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LA MALA HIERBA

Agustín Martínez

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Fragmento

Jacobo

Quiero recordarte descansando sobre mi pecho, exhausta después de hacer el amor, y no como el barco que se hunde en un charco de sangre a mis pies.

Lo intento con todas mis fuerzas; juro que lo intento.

Quiero volver a aquella playa. A tu espalda desnuda; a los reflejos de un mar bravo que te dibujaba olas en la piel, una caricia. Y después, cuando me perseguiste hasta el piso de estudiantes en el extrarradio de la ciudad, rodeados por la estridencia de los coches que atravesaban la autovía.

Quiero verte, Irene, cómo dejabas caer tus ojos hacia mí y me sonreías. Quiero volver a pensar que íbamos a comernos la vida. Que íbamos a crecer salvajes.

Pero el tiempo me zarandea y me impide quedarme allí, en aquella playa o en el piso de estudiantes.

Atravieso los años, la universidad, los primeros trabajos, noches de demasiadas cervezas y risas de amigos que también fueron quedando atrás, borrosos: ¿quién puede recordar hoy sus rostros? El frigorífico vacío y el pánico interno, tal vez sólo mío, a la vida que empezaba a formarse dentro de ti, Irene, que amenazaba con salir y devorarnos. Nuestra hija. Miriam y la boda.

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Quiero detenerme pero es imposible. Quiero parar, te juro que quiero parar.

Pero sigo avanzando hacia el desastre como un proyectil.

¿Te acuerdas de esas otras noches, Irene, cuando nos abrazábamos derrotados? La piel de tu espalda ya no era una playa tersa. No me importaba. Habría hundido mi cara en ella igual que la primera noche junto al mar. ¿Por qué no puedo volver atrás?

Nos mentimos. Nos dijimos que podíamos retomar la marcha después de que todo saltara por los aires.

El anciano sentado junto al surtidor, cuando paramos en la gasolinera con el coche lleno de maletas y de todo aquello que no habíamos conseguido vender, no nos advirtió de nada. Sólo hizo un leve gesto con la cabeza y permaneció en silencio, con la sonrisa congelada y una dentadura a la que le faltaban varias piezas. Al ver su piel entendí adónde habíamos llegado. No a un desierto de dunas suaves, horizontes dorados e infinitos, sino de barrancos, piedras y tierra cuarteada. Matorrales de cobre como alambradas.

Miriam estaba en el asiento trasero del coche y ni siquiera sonrió cuando le llevamos las chocolatinas. Las abandonó a su lado y siguió jugando con el móvil sin echar una sola mirada fuera, a esa tierra donde pretendíamos volver a empezar.

A ese desierto que nos acogió, al cortijo, apartados del pueblo y de cualquier ruido. Tan lejos del principio, del estruendo de las olas.

Al pie de la nada.

Te habías transformado en una extraña. ¿O fui yo quien se alejó? Estaba perdido. Miraba a mi alrededor y me preguntaba: ¿cómo hemos llegado aquí? ¿En qué momento soñamos con este futuro?

El cortijo de paredes encaladas y ventanas que cerraban mal. El frío del desierto en invierno se colaba por todas partes. Miriam había ido a dormir a casa de una amiga y yo pensaba, al igual que tantas otras noches, en cómo arreglar lo nuestro. En dejar de mirarnos como dos perros de presa que se mueven en círculos por el redil que era la casa. Manteniéndonos la distancia, midiéndonos.

Odiaba esas putas ventanas; tan negras en cuanto caía la noche.

No había encendido la televisión. Oí tus pasos, bajando las escaleras, y supe que ibas a entrar en el salón. Miré al vano de la puerta esperando ver tu silueta y, estúpido, infantil, imaginé que lo hacías desnuda y me decías: «Abrázame. Vamos a hacerlo, como cuando lo hacíamos antes».

La llama azul de la estufa tembló durante un segundo, puedo recordarlo, al igual que el fuego recorriendo con un espasmo y un zumbido el frontal de amianto de la catalítica para recuperar el calor. Hay detalles insignificantes grabados en mi memoria, pero el conjunto de lo que sucedió aquella noche permanece como una figura mal ensamblada, brazos y piernas en lugares imposibles, el monstruo del pasado arrastrándose hacia mí, rogándome que le dé forma con un balbuceo incoherente, mitad llanto, mitad grito.

La puerta de la cocina no cerraba. El peso del hierro la había descolgado, las viejas bisagras apenas si podían sostenerla. En el suelo, el dibujo del arco de la puerta, un arañazo blanco en las baldosas. No supe arreglarla y tampoco pudimos pagar a nadie para que lo hiciera. ¿Qué te voy a contar del dinero, Irene?

Por esa puerta entraron.

Puedo verme escupiendo sangre en el pasillo. Clavando mis manos en el suelo como si fuera una pared vertical por la que me despeñaba. El charco pegajoso bajo mi pecho, el ruido de un chapoteo absurdo al deslizar mi cuerpo sobre él.

Me levanté, eso fue antes, en el salón, y miré al vano de la puerta. Irene, ¿por qué había pensado que aparecerías desnuda o, quizás, sólo cubierta por la bata de algodón, abierta, los pechos y tu sexo ante mí? «Vamos a olvidar todo lo que ha pasado», podrías haber dicho.

De repente, todas esas posibilidades desaparecieron como quien tira del mantel, llevándose cubiertos y platos, y deja al descubierto la madera desbastada.

Sólo te oí gritar «¡Jacobo!».

«¿Quién ha entrado?», dije yo. Las voces de aquellos hombres sonaron como sirenas, alarmas del desastre, «¡¿Dónde te crees que vas?!». El chirrido de una silla al arrastrar las patas sobre la cerámica del suelo como una tiza rota en la pizarra… «Tú grita, puta, grita lo que quieras.»

El fogonazo del disparo, un relámpago blanco que, durante un instante, dibujó sus siluetas. Negras. Tan negras y, sin embargo, ¿por qué creía haber visto sus dientes de marfil enmarcados en una sonrisa?

Uno de ellos vino hacia mí; la escopeta colgando a su lado como una azada. Pude ver la sangre que le empapaba la pernera del pantalón.

¿Qué dije o qué hice? ¿Te llamé, Irene, o simplemente me di la vuelta y traté de huir?

Su disparo me atravesó el pulmón derecho. Quizás sí tuve valor y me abalancé sobre él, desesperado, inconsciente, y gritando «¡Irene!». Como si pudiera atravesarlos, no sólo al hombre que me había disparado, sino a todos, y cogerte de la mano, Irene. Saltar a través de una ventana, dotado de una fuerza increíble y, a grandes zancadas, más bien vuelos, alejarnos del cortijo, ladrones de Bagdad que recorren los tejados y a los que basta un leve roce sobre la superficie para elevarse, mágicos, contra el cielo. Irene enamorada y liviana, cogida de mi mano, su pelo batiéndose como una bandera.

Estabas muerta. Desmadejada en el suelo de la cocina: ¿llegué a verte? Fui incapaz de reconocer tu cara bajo un amasijo de pelo, sangre y carne. ¿Te dispararon en la cabeza? No estoy seguro.

¿Estabas desnuda? ¿Llevabas la bata de algodón?

Alguien se apoyaba en el quicio de la puerta de la cocina. Miraba hacia fuera, al desierto. Lo que ocurría dentro de esas viejas paredes, los gritos y el dolor, no iban con él. Como el profesor que ha aprendido a ignorar a los alumnos que alborotan la clase.

La mancha en que se había transformado tu cara, Irene, era lo único que había ante mis ojos. Una masa informe donde me habría gustado hundir las manos para volver a colocar cada cosa en su lugar.

Una pelliza marrón con un cuello de borrego. Algo así vestía quien volvía ahora del salón, ¿o bajaba las escaleras?

Dijeron: «Tú grita, puta, grita». Dijeron: «¿Dónde te crees que vas?». Dijeron: «Tengo hambre».

Todavía era de noche cuando sus piernas pasaron junto a mí; recogían los casquillos del suelo.

Incliné la cabeza y, desde donde estaba, vi tu pie, Irene: desnudo, rígido. Me mostraba la planta, endurecida y marrón y también roja: la sangre.

Oí cómo vaciaban cajones, tiraban cosas al suelo, y tuve ganas de reír: ¿qué buscáis, imbéciles?, ¿qué tenemos, salvo una enorme nada, tan grande y muerta como este desierto, una nada que nos ha estado tragando, abriendo su boca de gusano ciego para comernos, a Irene, a Miriam, a mí?

Buscad, buscad.

Pero luego lloré.

¿Por qué nosotros, si no tenemos nada, si no somos nadie? ¿Por qué, Irene?

Desierto

 

—una celebración—

El hombre que le sonreía bajo el voladizo de la gasolinera exhibía una dentadura a la que le faltaban piezas con la impudicia de la anciana que se levanta la falda. No hacía nada más que sonreír y acompañar esa mueca con un repetitivo cabeceo afirmativo. A la sombra de un sol que hacía hervir la tierra alrededor de la gasolinera, el asfalto y el techo de su coche, aparcado junto al surtidor. Jacobo le respondió con un gesto idéntico, sonrisa y cabeceo, y pensó que, vistos desde fuera, debían de parecer un par de idiotas, sonriendo y cabeceando, sonriendo y cabeceando.

Irene vino exhalando una nube de humo. Había ido a la parte trasera a fumarse un cigarro.

—¿Has pagado? —preguntó a Jacobo.

—Con veinte euros nos llega —dijo después de afirmar—. ¿A cuánto estamos?

—A unos sesenta kilómetros, creo. —Irene miró al coche y luego, dándose por vencida, enfiló sus pasos hacia la tienda de la gasolinera—. Vamos a comprarle algo.

Jacobo la siguió al interior. A través de la cristalera, vio que el anciano se había levantado y ahora estaba apoyado en la ventanilla trasera de su coche: ¿hablaba con Miriam?

—¿Qué hace el abuelo…? —se preguntó mientras Irene recorría el stand de chocolatinas. Iba a salir para decirle que se apartara de su hija cuando el viejo, parsimonioso, se alejó del coche. Irene descubrió el gesto de preocupación en Jacobo y él, para tranquilizarla, dijo—: Tu hija ha debido de espantarlo.

Un aviso sonó en el móvil de Irene.

—Están en la plaza del pueblo, en la terraza del Diamond —leyó en el mensaje—. Mi hermano tiene las llaves.

—«Daiamond», en inglés, no te olvides —intentó bromear Jacobo, pero no conseguía eliminar la inquietud que le había provocado ese anciano. Con paso cansado, el hombre se alejaba de la gasolinera por el arcén de la carretera, bajo el sol. Rumbo a ningún sitio.

—No digas tonterías cuando lleguemos —le pidió Irene mientras se decantaba por un Twix—. No se bromea con las cosas del pueblo…

En el coche, Miriam ni siquiera levantó la mirada del móvil cuando su madre le lanzó la chocolatina. La barrita de Twix cayó en su regazo.

—¿Qué tal un gracias? —la acusó Irene mientras se ponía el cinturón.

—Un Twix, mamá…, qué pasada, pero ¿cómo me lo has comprado? Me da hasta pena comérmelo.

Jacobo arrancó con la esperanza de que el ruido del motor apagara el sarcasmo de Miriam.

—Cariño, llevamos muchas horas de carretera. ¿De verdad quieres que nos peleemos? —Irene se hundió en su asiento y encendió la radio. Jacobo agradeció que su mujer evitara la discusión.

Salió del aparcamiento de la gasolinera y, al tomar la incorporación, se situó junto al anciano. Redujo la marcha. El viejo levantó la cabeza y le saludó con la boca abierta y los huecos de la dentadura a la intemperie. Hizo visera con sus manos para evitar que le cegara el sol.

—¿Qué te ha dicho ese hombre?

—Nada —respondió Miriam—. Se ha quedado en la ventanilla… mirando… ¿Me habíais echado los seguros?

Aceleró y el anciano se fue haciendo pequeño en el espejo retrovisor hasta desaparecer. El coche salió de nuevo a una autovía que se hundía entre los montes pelados como una cicatriz.

Jacobo intentó olvidar al viejo y pensar que eran una familia más, deslizándose en silencio por una carretera cualquiera del país, rumbo al sur. Sabía que se engañaba; en realidad, se estaban despeñando. Miraba a sus mujeres, había empezado a llamarlas así hacía unos años, y sus caras, apagadas, le recordaban a un jardín abandonado donde las flores se ajan.

El asfalto bordeaba el desierto como un cortafuegos. Tabernas quedaba al sur y ellos tomaron el desvío por la comarcal, hacia Portocarrero. Una bandada de vencejos dibujaba espirales en el cielo.

Irene bajó su espejo, el neceser de maquillaje abierto sobre los muslos. Se limpió el sudor de la cara con unas toallitas y, después, se recogió el pelo en una coleta para echarse polvos. Sus ojos grises recorrían con detalle cada centímetro de su rostro, intentaba tapar con el maquillaje el cansancio del viaje. El cansancio de ese último año.

Habían salido temprano y Miriam apenas si había hablado en las siete horas de carretera. Encogida en el asiento trasero, los pies descalzos sobre la tapicería, la cabeza hundida en el móvil y los cascos puestos; sólo el intermitente tarareo de la música que escuchaba recordaba su presencia. Jacobo sintió pena por su hija, por cómo leía esas conversaciones del grupo de amigas del instituto, conversaciones que cada vez le serían más ajenas. «Miriam ha salido del grupo», aparecería un día escrito. Le resultaba tétrica la asepsia con la que, a veces, las redes sociales describían cambios que, en realidad, eran dramas.

—Me han puesto en la calle —fueron las palabras de Jacobo al regresar a casa después de que le comunicaran el despido.

Irene, entonces, le tranquilizó y preguntó a cuánto ascendía la indemnización. Miriam jugaba en el salón con unas muñecas. Pasaba horas con ellas. Las vestía y desvestía, les intercambiaba las cabezas y fingía sus voces, pero, sólo unos días después, aquellas muñecas se quedaron apartadas en un rincón de su cuarto. A medio vestir, transformadas en pequeños monstruos, las melenas rubias hechas un ovillo. Una mañana, Jacobo entró en la habitación de su hija para pedirle que hiciera la cama y se dio cuenta de que tampoco estaban allí. Las muñecas se habían esfumado.

Mientras tanto, recibos impagados, un subsidio del paro mucho más corto de lo esperado, la casa de la sierra a la que ya no podían hacer frente. Qué rápido desapareció todo aquello que creía eterno. Irene dejó de trabajar cuando Miriam nació, aunque nunca había llegado a tener un contrato estable. Ahora, a su edad, ¿dónde iba a encontrar empleo? Él imprimió currículums, rescató el viejo diploma de empresariales, el máster en estadística, los años de experiencia en la Agencia Europea de Trenes. Llamó a quienes consideraba amigos.

No fue fácil asumir cuán prescindible podía ser para el mundo. Los niños seguían yendo al colegio, la gente charlaba en torno a un café, alguien vaciaba por las noches los contenedores de basura. La rueda giraba ajena a que él ya no estaba en ella.

Miriam lloró cuando le dijeron que iban a mudarse. Intentaron contárselo como si fuera una decisión tomada por ellos cuando, en realidad, no podían decidir nada. Hacía tres años que la madre de Irene había muerto. Su vieja casa en el pueblo estaba vacía. Habían pensado venderla, pero el mercado ya no era como antes. Ningún comprador se interesó por ese cortijo al borde de la ruina. Irene se encerró una noche en la habitación y habló más de una hora con su hermano. Luego, con los ojos todavía enrojecidos por las lágrimas, le dijo que a Alberto le parecía bien. Podían instalarse en la casa de sus padres mientras ponían en orden las cosas.

Pero no había orden posible. Su vida se había amontonado en un trastero y lo único que podían hacer era echar la llave y olvidarse de ella. Jacobo negoció con los bancos para saldar su deuda a cambio de las dos casas. Intentaron vender todo aquello que tenía algún valor: la lavadora, el frigorífico, la televisión, el portátil de Miriam…

Y, después, desaparecer en ese desierto con la esperanza de que allí podrían retomar sus vidas. Eso se murmuraban mientras la casa se vaciaba, se colaba en maletas y cajas como si fueran sumideros. Ella había cumplido los cuarenta y tres años, él tenía uno más. ¿Realmente estaban a tiempo de empezar nada?

Los golpes en la ventanilla hicieron que Miriam diera un respingo. Ni siquiera se había dado cuenta de que habían llegado al pueblo. Su tío Alberto le hablaba desde el otro lado del cristal y hacía gestos para que lo bajara. Ella se quitó los cascos.

—Pero, nena, ¿tú cómo has crecío? —La voz de Alberto entró en el coche acompañada por una bocanada de ese olor a campo al que tanto le iba a costar acostumbrarse.

Miriam se encogió de hombros por respuesta. Sus padres salieron del coche y esperó que, a partir de ese momento, ellos acapararan toda la atención. Pensaba que, siempre y cuando no lo mirara, el sitio al que habían ido a parar tampoco existía. «Huele a cerdo», había escrito en el chat de sus amigas al atravesar tierras recién abonadas en la carretera. Fue lo último que dijo de aquel lugar. No hables más de él, no lo mires y terminará por desaparecer, se repitió. Cogió la barrita de Twix, pero, al abrirla, descubrió que el calor la había deshecho. Se manchó los dedos de chocolate. Los chupó. Aunque intentaba permanecer al margen, era imposible: las voces se colaban en el interior del coche.

Lo que Irene había llamado plaza en la gasolinera no era tal, sino un cruce de calles; el ensanche de una acera y, en el centro, un olivo de ramas secas, más un fósil que otra cosa. El árbol del ahorcado, pensó Jacobo, pero prefirió callar el comentario al recordar el aviso de su mujer: «No se bromea con las cosas del pueblo». Alrededor del olivo se esparcían mesas, sillas de plástico. Estaban ocupadas por un grupo de hombres y mujeres vestidos de gala que se pusieron en pie al verlos llegar. Ellos, enfundados en trajes; ellas, con vestidos ceñidos y escotes desbordados. Un enjambre de saludos y tintineos de copas que les sonreía y sudaba.

—Un gin-tonic, por lo menos, os tomaréis. —Y Alberto le dio un golpe de camaradería a Jacobo en la espalda para, después, abrazar a su hermana.

—Estamos deseando llegar, que son muchas horas de viaje —se excusó él.

El hermano de Irene le acusó de maricón mientras se alejaba hacia las mesas y pedía un botellín para su cuñado. Alberto despedía olor a alcohol y aftershave. Se había quitado la chaqueta, el sudor le empapaba la camisa, adherida a su piel, y transparentaba el pelo que le crecía en la espalda. El grupo jaleó la idea del hermano de Irene y alguien sacó una cerveza de un cubo de hielo, un botellín que viajaba de mano en mano rumbo a Jacobo. Otros comían jamón de unos platos en los que brillaba la huella de grasa. Todos uniformados para Dios sabe qué celebración.

—¡Qué guapa estás! —escuchó que decía Irene.

Jacobo buscó en ese desorden a su mujer y la descubrió con los brazos abiertos, preparada para recibir a la esposa de su hermano. Rosa llevaba un vestido fucsia y, cuando se acercó a Irene, patizamba, porque había bebido demasiado o porque no estaba acostumbrada a los tacones, se sujetó el escote para que no se le salieran las tetas.

—Un poco más y nos pillas todavía en la iglesia. El cura, dos horas nos ha tenido de boda. Ni que fuéramos kikos —dijo Rosa mientras le daba dos besos.

El botellín llegó a manos de Jacobo y agradeció el trago de cerveza fría. Hacía calor. Un golpeteo nervioso, ¿alguien tamborileaba con los dedos en una mesa?, se mezclaba con las voces.

Le costaba reconocer las caras de los que una vez fueron amigos de Irene. En el caos de trajes, camisas blancas y vestidos, todos distintos y, al mismo tiempo, iguales, los rostros le resultaban extraños. Alberto y Rosa eran los únicos que los habían visitado en la ciudad. Los únicos familiares. Él sólo había pasado unas Navidades en Portocarrero. Cenó alguna noche con matrimonios del pueblo y, como si surgiera de ese recuerdo, escuchó la voz de la Fuertes.

—Me cago en la puta, Irene. Nosotras aquí, emperifollándonos desde las nueve, y tú estás hecha una modelo.

Jacobo hizo un esfuerzo por acordarse de su nombre, ¿Berta?, no estaba seguro y daba igual. Todos la llamaban la Fuertes. Con un traje de chaqueta estampado en flores y un tocado con medio velo que el sudor le pegaba a la frente, la Fuertes y su escaso metro y medio se hicieron un hueco entre Irene y Rosa para besar a la recién llegada. Un cigarro en la punta de sus dedos y la voz partida, rota desde el colegio, le había dicho Irene, y que parecía imposible que naciera de ese pequeño cuerpo, delgado, nervioso.

—En lugar de darte un beso, debería darte una hostia —bromeó la Fuertes.

—¿Quién se ha casado? —preguntó Irene.

—El Gordo, con la de la panadería. Isabelita —explicó Rosa—. Pero ¿tú qué vas a saber quiénes son?

—El Gordo sí sé quién es —se defendió Irene.

—Nos vamos al Asador, que han montado allí el convite. Aunque nos podían poner un autobús, que no anda ninguno como para coger el coche. —La Fuertes se rio con estruendo de su propio comentario.

El ruido del golpeteo ganó presencia; un redoble que aumentaba en velocidad, pero arrítmico. Nadie lo provocaba en las mesas. Jacobo volvió la vista atrás. Miriam seguía en el coche y pudo ver cómo su hija se hundía aún más en el asiento, apenas podía adivinar parte de sus rizos morenos; una melena que ya había perdido los reflejos dorados de la niñez. Si Miriam hubiera puesto un pie en el suelo, habría pasado de beso en beso, entre pellizcos en los mofletes y halagos a sus incipientes pechos. Con la excusa de no interrumpir la celebración, Jacobo le pidió a Alberto las llaves del cortijo. Él se registró los bolsillos con un entrechocar de monedas.

—Espera, que me parece que las llevaba en la chaqueta.

¿De dónde venía el dichoso ruido? El bar Diamond hacía esquina. Un toldo descolorido que quizás fue rojo alguna vez, con el nombre serigrafiado, se desplegaba inútil bajo el sol de mediodía. En las mesas, alrededor del olivo seco, los invitados bebían y comían, mordisqueaban lajas de jamón sin parar de hablar, de gritar. Sin embargo, las calles adyacentes estaban desiertas. Por un instante, esa fauna ruidosa le pareció a Jacobo una alegre comitiva de dementes en el día libre del psiquiátrico. Borrachos, eufóricos, disfrazados de gente normal, pero que, sobreactuando, se delataban.

¿Y los niños?, se preguntó.

Entonces, lo vio: en la esquina de una calle próxima, un pájaro sacudía sus alas contra el asfalto, histérico. Tal vez herido, el vencejo era incapaz de remontar el vuelo.

Se giró al escuchar el ruido de la puerta del Diamond batirse con violencia. Un quejido de dolor y luego:

—¡Te vas a tu puta casa!

Un hombre salió expelido del bar, trastabillando hasta caer sobre el asfalto. El griterío de la plaza se apagó, como si, de repente, hubieran encendido las luces en mitad de la función y ya no tuviera sentido seguir fingiendo. Un silencio que encajaba, ahora sí, con las calles vacías, con el árbol muerto y la ausencia de niños. En mitad de la carretera, el hombre se incorporó con dificultad, dolorido. Era un anciano y a Jacobo le sorprendió que lograra ponerse en pie. Aunque no lo había visto antes, supo de inmediato quién era; Irene le había hablado de él. El pelo largo y cano recogido en una coleta que descansaba sobre su espalda, pantalones vaqueros y un chaleco de cuero bajo el que no vestía nada más y dejaba a la vista la piel morena y manchada por el sol. Una piel vieja. El Indio se agachó para recoger su sombrero, un bombín con una pluma cosida en el lateral, cuando recibió otro empujón. Esta vez, el anciano pudo mantener el equilibrio. Jacobo quiso intervenir, pero su mirada se encontró con la de Irene: «Estate quieto», le decía, y recordó otra vez lo que ella le había advertido en la gasolinera. «No se bromea con las cosas del pueblo.»

Ni siquiera el repentino silencio que se había instalado en la plaza sirvió para despertar la curiosidad de Miriam. Su hija seguía escondida en el asiento trasero del coche, intentando hacerse invisible. ¿Qué había pasado con el vencejo? ¿Había logrado volar? Ya no podía verlo.

—¡Y, encima, tienes el cuajo de plantarte aquí! —volvió a gritar quien había empujado al Indio. Entonces, su tono cambió. Con un aire de compadreo le dijo—: Anda, toma el sombrero de los cojones.

Ginés lo recogió y se lo hundió en la cabeza al Indio. El marido de la Fuertes seguía tal y como Jacobo lo recordaba: el pelo negro y ensortijado alrededor de un rostro redondo como una yema de huevo. La camisa, hoy también con corbata, cerrada hasta el último botón, estrangulándole su recio cuello. Se estaba subiendo los pantalones, recolocándoselos, mientras se tambaleaba como una peonza sobre unos pies demasiado pequeños para darle equilibrio.

—No podéis dejar que hagan lo que les dé la gana —les advirtió el Indio mientras se alejaba de Ginés unos pasos. Parecía que, a su bravuconería, iba a seguirle una carrera despavorida en cualquier momento.

—¿Y quién te dice que lo estén haciendo?

No fue Ginés quien contestó al Indio. Alguien más había salido del bar. Jacobo se inclinó ligeramente para ver al hombre que intentaba poner fin a la discusión: el Rubio.

—No seas coñazo, que no hay para tanto. Anda y déjanos tranquilos, no nos des la boda… —Y con eso el Rubio parecía dar por terminado el problema.

—Esos críos son el demonio… —se atrevió a murmurar el Indio.

El anciano recorrió con una mirada que parecía una acusación a los que se habían convertido en espectadores: Ginés y el resto de los invitados a la sombra del árbol muerto. Alberto y su mujer, Rosa. La Fuertes, que dejó escapar una bocanada de humo. También ellos, Irene y Jacobo, extraños en mitad de la celebración. Él se sintió incómodo y rehuyó los ojos del Indio. Volvió la mirada a las calles vacías para preguntarse de nuevo: ¿dónde están los niños?

El Indio se alejó encorvado por una callejuela que se retorcía hacia la parte baja del pueblo. Tras unos segundos de silencio, el bullicio volvió a estallar en conversaciones, risas y «dame un puto quinto». Irene se había sentado en el borde de una mesa de plástico. El sol iluminaba su camiseta blanca hasta el punto de hacerla traslúcida. Jacobo vio la sombra marrón que se dibujaba sobre la areola de sus pezones. Ginés se abalanzó para darle la bienvenida, pero él no podía apartar la mirada de su mujer. Un suave viento, arrastrando fuego de la sierra que había a la espalda de Portocarrero, recorrió el laberinto de calles hasta llegar a la plaza y levantar servilletas de papel de las mesas, los vuelos de los vestidos, el pelo de Irene, que tembló sobre su cara. Ella se lo apartó antes de saludar al Rubio.

—Me ha dicho Alberto que os quedáis en el cortijo. —La voz de Ginés, delante de Jacobo, le impidió oír qué le decía Irene al Rubio, por qué parecía tan feliz—. Vas a tener que meterle mano; por lo que he visto, tiene la cubierta hecha una pena…

¿Por qué tenía ganas de mandar a Ginés a la mierda? ¿Por qué esa tentación de soltarle un puñetazo? Quizás el marido de la Fuertes notó esa animadversión y por eso se justificó:

—Bajo todos los días a Tabernas, a trabajar, y paso por al lado del cortijo.

Irene y el Rubio se acercaron. ¿Cuchicheaban?, se preguntó Jacobo. Él llevaba la chaqueta del traje abierta, la corbata, negra y estrecha, batiéndose sobre su pecho como un péndulo. Y ese gesto de superioridad, ¿de conmiseración? Como si sus finos labios dijeran: ya sé cómo estáis, hechos una mierda, tranquilos, voy a cuidar de vosotros… Sabía que tenía los mismos años que él, pero el Rubio, de alguna forma, había detenido el curso del tiempo y todavía conservaba el brillo de la juventud en la piel.

¿Por qué no llevaba sujetador Irene? No se había dado cuenta en todo el viaje. Le costaba entender por qué le molestaba tanto entrever sus pezones al trasluz, rozándose con el algodón. Erectos.

—¿Cómo le hacéis eso al pobre hombre? —le espetó Jacobo al Rubio como saludo.

—El Indio no está bien. ¿Cuánto hace que no lo veis? Lo suyo ya no hace gracia…

El Rubio le tendió la mano y Jacobo se la estrechó. Irene pidió un cigarro. Sacó su paquete de tabaco para darle uno. El Rubio prendió el mechero antes de que Jacobo tuviera oportunidad de buscar el suyo. Alberto volvió de las mesas con las llaves del cortijo.

—Irene tiene mi teléfono —dijo el Rubio—. Lo que haga falta…

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Jacobo le dio las gracias y, con las llaves del cortijo en la mano, regresó al coche. Irene tiró su cigarrillo antes de subir, lo aplastó con la punta de la zapatilla.

El sol caía vertical, sin apenas lugar para la sombra. Jacobo se dio cuenta al arrancar de que había empezado a sudar.

—No sé qué les habrá hecho el Indio para tratarlo así. ¿Cuántos años debe de tener el pobre? ¿Setenta?

Irene no contestó y eso fue todo lo que se habló en el coche hasta que llegaron al cortijo.

La autovía separaba el pueblo del desierto. Había que cruzarla y, un par de kilómetros después, coger una salida que pronto se transformaba en un camino de tierra para llegar al cortijo. La estructura, rectangular, se levantaba en mitad de una era cuarteada por la sequía. Matojos amarillentos y piedras sobre los que circulaba el coche y que Jacobo pensó que debía ser lo primero que tenía que limpiar si no quería reventar las ruedas.

Daba la impresión de que la casa llevaba abandonada mucho más tiempo del que había estado en realidad. El encalado de las paredes se había desconchado haciendo visible la mampostería de sus muros. Marrón como los montes que los rodeaban. Irene forcejeaba con la puerta metálica, enrobinada, intentando abrirla. Miriam había salido del coche y miraba con desgana a esa nada que los envolvía. Tierras muertas, el lejano rumor de los coches en la autovía se confundía con el viento y las chicharras, piedras níveas como cráneos y, alrededor de la casa, unas chumberas que parecían enfermas. Las palas habían perdido el color y exhibían un blanco calcáreo. Días después, Ginés le contaría que era por la plaga de la cochinilla. El parásito se había extendido por toda Almería y se alimentaba de la savia de las chumberas hasta matarlas. No se podía hacer nada salvo quemarlas.

Un gato atigrado y famélico salió corriendo de algún lugar de la casa cuando Irene logró abrir la puerta, que chirrió con un grito agudo, el quejido de unas bisagras oxidadas.

Entraron como quien da los primeros pasos en un barco a la deriva. Polvo y arena caliza se acumulaban sobre los pocos muebles que había en el salón, un viejo sillón, una estantería de obra. Miriam gritó que había excrementos al pie de las escaleras que subían al segundo piso donde estaban las dos habitaciones. Obra del gato, seguramente. Jacobo pensó que sería un milagro que hubiera agua corriente y luz, que las tuberías todavía funcionaran. Alberto, en teoría, se había encargado de dar todo de alta. «¿Habrá internet?», había preguntado Miriam antes de hacer la mudanza. Uno de los escasos momentos en los que había abandonado la negación ante el futuro que se cernía sobre ellos para interesarse por él. «No creo que llegue, cariño», había contestado Irene.

Una grieta cruzaba el techo del salón. Parecía el perfil de una cadena montañosa.

—Media hora con la puerta, y la de la cocina está abierta —oyó que decía Irene desde la cocina.

—¿De qué puerta hablas? —preguntó Jacobo. Quería sonar enérgico, como si la ruina en la que estaba la casa no hubiera podido con él.

—En la cocina hay otra puerta, da al patio de atrás, y se ve que está rota; no cierra —le explicó Irene al regresar. Se sacudía las manos de un polvo que, por mucho que intentaran mantener a raya, siempre iba a encontrar rendijas por donde colarse.

La puerta de la cocina. Y, en una esquina del salón, una estufa catalítica que a Jacobo le resultó excéntrica: ¿algún día iban a pasar frío en ese infierno?

—En cuanto saquemos las maletas, me pongo con esa puerta. A ver si tiene arreglo.

Jacobo salió de la casa. Abrió el maletero. Dentro, lo poco que quedaba de su vida. A su alrededor, el desierto. El canto lejano de las chicharras. Recortado contra el cielo, sobre una loma, le pareció ver la silueta de un coche. Alguien se montaba en él, lo ponía en marcha y se alejaba hasta disolverse como aceite hirviendo en la línea del horizonte.

Hospital

—despierta, tigre—

—¿Jacobo? —El médico esperó en silencio algún tipo de reacción y, al no obtenerla, hizo un gesto a sus compañeros para que le quitaran la intubación—. Preparados por si no respira por sí solo.

La cánula, tiznada de sangre y fluidos, salió de su boca. Jacobo sintió un leve ardor, lejano, como el recuerdo de una herida. Creía estar sumergido en un mar negro, petróleo, y empezó a boquear asfixiado. Temía absorber la oscuridad que le rodeaba, que el líquido se volviera pétreo en su interior y acabara por matarle. Los ojos se le empañaron de lágrimas que quemaban.

Los médicos retiraron la respiración artificial; su ritmo cardíaco aumentó, aún dentro de los parámetros normales. Uno de ellos le presionaba suavemente el pecho, de manera rítmica. «Despierta, tigre.»

La oscuridad fue perdiendo densidad y pudo adivinar siluetas. Un rumor de voces, de hombres y mujeres que parecían estar hablando en otra habitación, aunque de él, ¿cómo podía saberlo? Jacobo movió ligeramente la cabeza en un espasmo, ¿o no lo hizo y sólo fue una descarga eléctrica interior?

Las siluetas se agitaban al otro lado de sus párpados como insectos.

Recordó el disparo. No la detonación, sino el eco que vino después, rebotando en las paredes del cortijo. Rebotando todavía en las paredes de su cráneo.

Una de las siluetas se venció sobre él y sintió el frío de la mano al posarse sobre su mejilla. Le abrió un párpado. Después, un haz de luz blanca le cegó antes de apagarse.

Respiraba con dificultad, pero respiraba por sí mismo.

Abrió los ojos y la habitación estaba vacía. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Adónde habían ido a parar aquellas siluetas? Fue incapaz de encajar lo que veía, las imágenes eran palabras escritas en un alfabeto desconocido. Un fluorescente blanco zumbaba suavemente sobre él.

—Jacobo, ¿puedes oírme? —¿De dónde venía esa voz?—. Basta con que parpadees si puedes hacerlo. Parpadea si es que sí.

Y Jacobo parpadeó. Quiso girar la cabeza pero los músculos no le respondían. Imaginó sus pupilas, moviéndose de un lado a otro, histéricas como un pájaro con las alas rotas.

—Muy bien, Jacobo. Lo estás haciendo muy bien.

Las lágrimas ya no quemaban como al principio. Contrajo los dedos de la mano derecha, al menos ésa fue su sensación, aunque ya no sabía bien si todos esos impulsos realmente tenían consecuencia en el exterior o sólo eran sensaciones bajo su piel.

—Soy Miguel, pero aquí todos me llaman Lagarto. Son unos cabrones. ¿Te ves con fuerzas de mover ese cuerpo sandunguero?

El olor frío y picante de la crema, la piel resbaladiza y Lagarto, su monserga en la que alternaba largos monólogos sobre el personal del hospital y melodías irreconocibles, con tarareos que también llenaban el silencio. Y, mientras tanto, ejercicios que intentaban recuperar, o al menos salvar, su escasa movilidad. La luz de la ventana hacía más profundas las cicatrices en la cara de Lagarto, un acné virulento en la adolescencia, quizás viruela. Tenía surcos cuarteándole la piel y, en las escasas ocasiones en que callaba, Jacobo lo veía ligeramente encorvado sobre él, con sus ojos saltones, afilado, paralizado como la lagartija en el muro.

Los quejidos fueron los primeros sonidos que emitió. El dolor por las flexiones que Lagarto le obligaba a hacer y que provocaban que su boca exhalara un ruido.

—Eso está muy bien, Jacobo —le felicitaba Lagarto—. A ver si te oigo cagarte en mi puta madre la próxima vez.

Más y más voces, hombres y mujeres, visitándolo en aquella habitación. «¿Cómo estás, Jacobo?» E imaginaba su mirada ausente, extraviada, clavada en esas caras que le sonreían y trataban de sonar familiares. Pero ¿quiénes eran? Un aroma a tomillo quedaba a veces flotando en el aire. A campo y viento.

—¿Sabes por qué estás aquí? —le preguntó alguien una vez.

Lagarto lo sentó en un sillón, en la esquina de la habitación. Le costaba mantenerse erguido.

—Soy Juan Carlos, el cirujano que te operó. Te estás recuperando muy bien, Jacobo. ¿Lo sabes?

Él hacía esfuerzos por fijar la vista en ese hombre de bata blanca que se había sentado frente a él. Sin embargo, su imaginación transformaba al hombre en mujer, la bata blanca en una piel desnuda. Aquella habitación de hospital, en una playa, una noche.

«¿Sabes por qué estás aquí?», le habían preguntado. Esa pregunta se quedó dentro de él, recorriendo su cuerpo como si fuera un enorme caserón, abriendo y cerrando puertas, atravesando pasillos, buscando desesperado al gato que llora atrapado en algún rincón.

—Tengo sed —le dijo a una enfermera.

Intentaba, en esas horas que ahora sufría eternas, reconstruir su vida. Recordó los testimonios de hombres que habían vivido un accidente de tren y no podían describir cómo había sucedido. Pero él no sólo había perdido ese instante en que todo se quebró. Su vida, su historia, era poco más que el gusto en el paladar de una comida que no podía identificar. Sólo dos certezas: su amor por Irene. Su amor por Miriam.

—Ella es Verónica, la psicóloga del centro —dijo el cirujano.

Una mujer vestida con traje de chaqueta buscó una silla para sentarse al lado de Jacobo, posó una mano sobre la de él. Había estado haciendo preguntas a Lagarto, a las enfermeras, y todos le habían dicho que pronto vendrían los médicos para explicárselo todo. Ahora sentía que caminaba por el filo de una cornisa y agradeció la mano de Verónica, cogiéndole suavemente, dándole un punto de apoyo en la realidad.

—No tengas miedo. En tu estado, es normal que te cueste entender qué ha pasado. Para eso estamos nosotros aquí, para intentar explicártelo. Posiblemente, ni siquiera sepas el tiempo que llevas aquí, en el hospital. Han sido casi dos meses.

Jacobo cabeceó ligeramente. Sabía que eran los prolegómenos de una noticia que, de alguna forma, ya había estado revoloteando por esas cuatro paredes. Un cuervo encerrado.

—Vamos a dejar de lado los tecnicismos. Ya habrá ocasión con el cirujano. Quizás lo hayas olvidado, pero llegaste aquí todavía consciente. Habías recibido un impacto de bala. Se te practicó una operación, el doctor Juan Carlos Mendizábal fue el encargado. Tenías perforado el pulmón. Por eso decidieron inducirte el coma. Fueron diecisiete días los que estuviste así, hasta que estimaron que podías respirar por ti mismo…

Verónica hizo una pausa para que Jacobo asumiera la información, el silencio tras una cucharada después de una temporada de hambruna. Su cuerpo tenía que asimilar esos viejos nutrientes, las palabras. El relato que da sentido a todo.

—Has sido un campeón. Lagarto, el fisio, nos ha contado cómo te esfuerzas. Ya verás como todo va a salir bien —continuó la psicóloga.

—¿Irene? —alcanzó a vocalizar Jacobo. Desde que despertó, no había dicho su nombre en voz alta o no recordaba haberlo hecho.

—Sé que éstas son las peores noticias, pero no pudimos hacer nada por ella. —La mano de Verónica apretó ahora con más fuerza la de Jacobo. Él supo que la psicóloga había estado esperando la pregunta. Sus palabras, la explicación que vino después, sonó levemente impostada, demasiado tiempo ensayándola ante el espejo—. Cuando los servicios sanitarios llegaron a la casa, ella ya había fallecido. ¿Recuerdas algo de lo que pasó?

Como un látigo, le golpeó la imagen de la pernera del pantalón de aquel hombre, empapada de sangre.

Sangre de Irene.

La recordó estremeciéndose sobre él, cuando hacían el amor. Su pulso acelerado, tan viva.

La garganta se le contrajo en un nudo y pensó que caería de nuevo en la oscuridad de la que había escapado, ese mar negro. Pero quería resistir. Sólo un poco más.

—¿Y mi hija?

La mano de Verónica sobre la suya se despegó levemente, quizás nerviosa, para volver a cogérsela, aunque esta vez era él quien tenía la sensación de estar sujetándola a ella.

—Tu hija está bien, tranquilo. Están cuidando de ella.

Lagarto dejó de hablar. El fisioterapeuta tapaba el silencio con tarareos de canciones irreconocibles, al menos para Jacobo, como siempre había hecho, pero sus charlas sobre el personal del hospital desaparecieron. En ...