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LA NOCHE SOBRE LOS DOS RíOS

Juan Carlos Martínez Barrio

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Fragmento

MÚSICA RECOMENDADA

Composiciones y canciones sugeridas por el autor para acompañar y ambientar la lectura:

Prólogo Arnold Schönberg, Noche transfigurada

I Agalloch, Fire above, ice below

II Francis Poulenc, Concierto para piano

Diario 1 My Dying Bride, My wine in silence

III Edward Elgar, Concierto para violoncello y orquesta en mi menor. Opus 85

IV The Morningside, The shadows of the past

Diario 2 Erik Satie, Trois gymnopédies

V Agalloch, A poem by Yeats

VI October Falls, Shores of fire

VII Empyrium, The Franconian woods in Winter’s silence

VIII Gallowbride, Autumn I – II

Diario 3 Hector Berlioz, Le spectre de la rose

IX Frédéric Chopin, Impromptu Fantasia

X Agalloch, The misshapen steed

Diario 4 Vàli, Naar vinden graater

XI Franz Schubert, Winterreise

XII Camille Saint-Saëns, Suite para violonchelo y piano Opus 16. Prelude

XIII Pietro Mascagni, Caballería Rusticana: Preludio

Diario 5 Opeth, Burden

XIV Franz Schubert, Der Tod und das Mädchen

XV Alcest, Écailles de lune

Diario 6 Coldworld, Tortured by solitude

XVI Alda, Shadow of the mountain

XVII Estatic Fear, Chapter I

Diario 7 Agalloch, They escaped the weight of darkness

XVIII Vincenzo Bellini, Norma: Casta Diva

XIX Erik Satie, Six Gnossiennes

XX Dornenreich, Der Wind geboren

XXI Sergei Prokófiev, Sinfonía – Concierto Opus 125 para violonchelo y orquesta

XXII Franz Schubert, Ave María

XXIII The Morningside, He tried to remember

Noticias The third and the mortal, Sorrow

Epílogo Gustav Mahler, Sinfonía n.º 2 Resurrección

Prólogo

Poza de la Sal, 26 de septiembre de 1921

 

—¡Muerte en la calle Bajera! ¡Muerte en la calle Bajera!

Aquella voz destacó por encima del murmullo emitido por el gentío que abarrotaba la plaza Nueva de Poza de la Sal. Era un lunes, día de San Cosme y San Damián, la fiesta mayor, y, desde luego, no iba a resultar una jornada que pasase fácilmente al olvido.

Todo el pueblo, que estaba esperando con ansiedad la salida de la banda de música, quedó enmudecido, petrificado, tras los gritos, procedentes de la entrada de la plaza, dados por un hombre que repentinamente había hecho su aparición. Los niños dejaron de jugar, los hombres y las mujeres interrumpieron sus encendidas conversaciones. Un silencio denso y brumoso cubrió el lugar. Únicamente las palabras encendidas de aquel hombre de rostro rojizo y desencajado sobresalían de la niebla. El hombre se detuvo, jadeante, y tras tomar aire, lanzó una mirada fugaz a la gente, que, atónita, le observaba abrumada por el desconcierto y la sorpresa.

—¡Muerte en la calle Bajera! ¡Muerte en la calle Bajera! —repetía.

—¡Es Marcelino! —exclamó alguien situado en las primeras filas.

—¡Sí, sí, es él! —respondieron otras voces.

El alcalde, que estaba departiendo con un grupo de hombres en el otro extremo de la plaza, consciente de su papel, se acercó corriendo.

—Marcelino, por Dios, ¿qué estás diciendo?

—¡Es horroroso, horroroso! —repuso, y un torrente de lágrimas inundó su rostro.

Marcelino pasaba de los cincuenta años, sin embargo no pudo evitar ponerse a llorar como un crío. Era una escena inusual que podría haberse calificado como enternecedora o, incluso, tierna, de no haber sido por su clara y evidente naturaleza dramática. Era un hombre curtido por el trabajo en las salinas y, sin lugar a dudas, no era de los que se asustaban con facilidad. El conocimiento común de esta circunstancia incrementó, si cabe, la estupefacción de los presentes.

Don Severiano, el cura, hizo también su aparición, y tomando a Marcelino por los hombros, exclamó:

—¡Marcelino, qué ha ocurrido, dime!

—¡Dinos qué sucede, por lo que más quieras! —demandó el alcalde.

El círculo se iba estrechando en torno a éstos a medida que la curiosidad derrotaba a la sorpresa y al susto inicial. La gente se acercaba, ya con escasa cautela, cada vez más. Aun temiendo que algo terrible hubiese pasado, era difícil evitar el ansia irrefrenable que en estos casos surge por enterarse de lo que sucede.

Marcelino cayó de rodillas al suelo y, tapándose la cara con las manos, quizá en un intento de ocultar sus lágrimas, quizá en un intento de tranquilizarse, alcanzó a balbucear:

—¡Dios mío, Irene, Irene!

—¿Irene? ¿Qué pasa con Irene? —preguntaba el cura.

—¿Qué Irene? ¿La de Alberto? ¿Irene la de los Altos? —insistía, nervioso, el alcalde.

Poza de la Sal era un pueblo pequeño, donde todo el mundo se conocía, y no eran muchas las Irenes que por aquel entonces poblaban la localidad. De hecho la mención a la calle Bajera reducía las opciones a una sola persona, Irene Sanz Martín, hija de Alberto Sanz, conocida como Irene la de los Altos, dado que había pasado su niñez, junto con su familia, en una casa en la parte alta del pueblo.

—Sí, Irene, Irene… —no dejaba de repetir el pobre hombre.

Marcelino había entrado en una especie de estado de trance y no parecía posible que nada pudiese hacerle reaccionar hasta que, inesperadamente, una mujer, tras abrirse paso, se abalanzó sobre él con desesperación.

—¡Qué le ha pasado a mi hija! ¡Qué le ha pasado a mi hija!

Aquel

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