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LA PUERTA DE LAS TINIEBLAS (TRILOGíA CONDENADOS 2)

Glenn Cooper

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Fragmento

1

—Mamá, ¿dónde estamos?

Al no obtener respuesta, Sam, de cuatro años, repitió la pregunta con insistencia.

Su hermana, Belle, un año menor, empezó a llorar.

Arabel, la madre de ambos, desconocía la respuesta, y se limitaba a mirar a su alrededor en estado de shock sin decir palabra; un momento antes se hallaban en la cafetería de las instalaciones del colisionador de partículas del MAAC en Dartford, Inglaterra, con la esperanza de reunirse por fin con Emily Loughty, la hermana de Arabel, y un instante después se encontraban en un lugar muy diferente. Sin embargo, la otra mujer que estaba con ellos tenía un mal presentimiento sobre adónde habían ido a parar. Delia May tomó en brazos a toda prisa a Belle y le susurró que fuese una buena niña y no hiciese ruido.

Estaban en el interior de una casa diminuta, no mucho más grande que un cobertizo. Con el suelo de adobe, una pequeña chimenea en la que ardían unos exiguos troncos y un ave cazada colgada de un gancho, era mucho más rústico que la mayoría de las cabañas que conocía. El humo que flotaba en el ambiente hizo toser a Sam, y Delia le hizo callar de inmediato. Fuera se oía a gente hablando en voz alta. Delia sostuvo a la criatura y se arrastró hasta la ventana en la que los postigos cerrados pero no fijados repiqueteaban sacudidos por el viento. Abrió una de las persianas unos centímetros y echó un vistazo al exterior. Pese a que creía entender lo que estaba sucediendo, contuvo el aliento ante lo que vio. A poca distancia de allí, en medio de un camino embarrado, distinguió a Duck, el joven al que había estado vigilando durante el último mes. Permanecía desnudo frente a un hombre mucho más corpulento, que enseguida reconoció como Brandon Woodbourne, que le estaba gritando. Otro joven empezó a golpear a Woodbourne por la espalda con un palo y al punto se concentró a su alrededor un variopinto grupo de personas y Woodbourne salió corriendo, maldiciendo y gritando.

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En ese momento Sam descubrió el pájaro colgado, dio un paso para acercarse y se echó a reír.

—Mira, mamá. Se me han caído los pantalones.

Tenía los vaqueros por los tobillos y los calzoncillos, de los que había desaparecido el elástico, comenzaban también a deslizarse por su cintura.

Arabel se palpó su ropa. La falda no le ajustaba y la cremallera se había desvanecido, tenía la blusa medio abierta porque le faltaban los botones y el sujetador, sin ganchos, colgaba debajo. Con voz temblorosa, preguntó:

—Por favor, ¿puedes decirme qué está pasando?

—Tenemos que evitar hacer ningún ruido —respondió Delia mientras se apartaba de la ventana—. Creo que hemos ido a parar al lugar en el que estuvo tu hermana.

—No sé de qué me hablas —le aseguró Arabel—. Quiero saber qué está ocurriendo. ¿Dónde está la cafetería? ¿Y el laboratorio? ¿Nos han drogado?

—Baja la voz —le imploró Delia, pero no había manera de tranquilizar a Arabel.

La puerta estaba cerrada únicamente con un pasador de madera. Arabel se dirigió hacia ella. Cuando Delia trató de impedírselo, la apartó de un empujón, movió el pasador y abrió la puerta con tantísima fuerza que golpeó estruendosamente contra la pared.

Arabel contempló el exterior desconcertada y repitió la pregunta que había hecho su hijo pequeño.

—¿Dónde estamos?

Delia tiró de ella para volver a meterla en la casa y cerró la puerta. Sabía dónde estaban, pero era incapaz de verbalizarlo. Era incapaz porque hacerlo significaba convertirlo en real.

Era incapaz de decir: «En el Infierno».

2

John Camp se despertó dolorido y desorientado en la sala de postoperatorio del Royal London Hospital. Le pareció que el fornido enfermero que estaba comprobando su presión sanguínea se reía entre dientes al mirarlo, lo que le confundió todavía más. En realidad, al enfermero le acababan de contar las curiosas instrucciones que John había dado a los cirujanos justo antes de que la anestesia le hiciese efecto.

—Asegúrense de doblar o triplicar el número de puntadas que suelen dar —les indicó.

—¿Y eso por qué? —le preguntaron a través de la mascarilla.

—No se lo puedo explicar —respondió John—. Limítense a hacerlo. Necesito que la herida esté muy bien cerrada.

—Bienvenido de vuelta —le saludó el enfermero.

John parpadeó.

—¿Qué te hace tanta gracia? —Su voz sonó débil y áspera; las cuerdas vocales parecían papel de lija.

—¿Gracia? Nada. Nada de nada. La operación ya ha terminado. Todo ha ido bien.

—¿La operación? Oh, sí, ahora lo recuerdo. Joder. —Hizo un gesto de dolor.

—¿Le duele?

John asintió.

—Voy a inyectarle morfina.

En cuanto el narcótico hizo efecto, cerró los ojos y empezó a soñar.

Soñó con el Infierno.

Estaba atrapado en un fétido pudridero y golpeaba la puerta cerrada. Al otro lado se hallaba Solomon Wisdom, diciéndole que no podía dejarle salir. Nadie podía hacerlo. Era su destino. Después Thomas Cromwell aparecía plantado a su lado, hundido hasta las rodillas en carne humana, y le informaba de que Enrique VIII estaba enojado con él, de hecho, muy enojado.

—¿Os vais a arrepentir? —le preguntó Cromwell.

—Me arrepiento.

Desde el otro lado de la puerta, Wisdom soltó una carcajada.

—Arrepiéntete todo lo que quieras. No va a servir de nada. Lo hecho, hecho está.

Cuando volvió a despertarse se encontraba en una habitación individual de un pabellón del hospital. El resplandor anaranjado del atardecer se colaba por la ventana. Emily llevaba un rato esperando junto a la cama y en cuanto vio que John parpadeaba, trató de envolver una de sus enormes manos con la suya, mucho más pequeña.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Peor que antes.

—He hablado con el cirujano. Han tenido que hacer una incisión considerable para limpiar la zona infectada. Te están suministrando el antibiótico a través del gotero, de hecho, dos antibióticos, hasta que tengan los resultados del cultivo de la muestra de la herida.

—Supongo que saldrán horribles virus infernales —masculló John, mientras buscaba los mandos de la cama.

Emily los localizó y levantó la cama para que estuviese en una posición más cómoda.

—¿Mejor así?

—Mejor —respondió él. Pidió hielo picado y ella le puso un poco en la boca con una cucharilla—. ¿Qué has estado haciendo mientras me limpiaban las entrañas?

—He estado en el laboratorio, reuniendo información.

—¿Y?

—Estoy segura de que Matthew tiene razón. La elevada energía de colisión produjo una sorprendente abundancia de strangelets y gravitones. La interacción entre ambos es la explicación del fenómeno.

—El fenómeno. Es uno de los mayores eufemismos de todos los tiempos.

—Bueno, ya sabes cómo suelen hablar los científicos.

—¿Ya se ha contabilizado?

—¿Contabilizado?

—Cuánta gente ha desaparecido.

—Cuatro personas en Dartford. Arabel, sus hijos y Delia, la agente del MI5. South Ockendon sigue sumido en el caos. Todavía no han atrapado a ninguno de los moradores del Infierno que aparecieron allí.

John pidió más hielo antes de seguir hablando.

—Vaya desastre.

Emily asintió y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel.

—No soporto pensar lo que deben estar pasando Arabel y los niños. Estarán aterrorizados.

—Dirk no es un mal chico, dentro de lo que cabe. Espero que los esté ayudando. Y su hermano también estará allí. Trevor me dijo que Duck estaba muy unido a Delia May. Ella sabrá que vamos a organizar un rescate.

Emily asintió.

—Lo sé. He hablado con Trevor esta tarde. También me ha contado que lleva un mes saliendo con mi hermana.

—¿En serio?

—Parece que se ha enamorado. Está tan preocupado como yo.

—Vaya, es un buen hombre. No me sorprendería que se presentase voluntario para la misión.

Emily estrujó el pañuelo y lo guardó en el bolso.

—John, no quiero que tú vayas.

Él reprimió una incipiente risa; el gesto dolía demasiado.

—Y yo no quiero que vayas tú.

—A mí no me acaban de operar. Yo no tengo una infección de caballo.

—Estaré recuperado en unos días. Me curo rápido. Emily, soy un soldado. Me dedico a esto. Tú estuviste fantástica. Estoy orgulloso de cómo lograste sobrevivir, pero eres una científica. Tienes que quedarte aquí y pensar en cómo solucionar el problema. Haz lo que haces mejor y yo haré lo que hago mejor.

—Lo siento, John, pero voy a ir. Si Arabel, Sam y Belle no estuviesen atrapados allí, no volvería de manera voluntaria ni loca. Pero no me voy a quedar aquí esperando. Sabes lo tozuda que soy. La decisión está tomada.

—Bueno, yo tampoco pienso cambiar de opinión.

Se sonrieron. Estaba decidido.

La enorme sala de reuniones del colisionador de partículas angloamericano de Dartford se estaba llenando para la reunión de las ocho de la mañana. No había asientos asignados, y los convocados elegían su ubicación según el nivel de importancia que creían tener. Leroy Bitterman y Karen Smithwick, los ministros de energía de Estados Unidos y el Reino Unido respectivamente, ocuparon la cabecera de la mesa. Cerca de ellos estaban el director del FBI, Campbell Bates, y George Lawrence, director general del MI5. Ben Wellington, también del servicio de seguridad inglés, se sentó al lado de Trevor Jones. Los científicos de la cúpula del MAAC, incluidos Matthew Coppens y David Laurent, y el director de relaciones públicas del laboratorio, Stuart Binford, completaban la reunión. Entró también Henry Quint, a quien habían reservado una silla en la cabecera. Cuando se dirigía hacia allí, Smithwick le saludó con la mano y él bajó la mirada incómodo antes de sentarse en una silla junto a la pared.

Ben se inclinó hacia Trevor y preguntó:

—¿Han convocado a John Camp?

—Creo que no —respondió Trevor—. Esta mañana le están haciendo alguna prueba médica.

—¿Y dónde está la doctora Loughty?

Trevor rastreó la habitación con la mirada.

—Voy a buscarla.

Emily estaba sentada en su despacho, mirando algo.

—Hola —saludó Trevor con amabilidad mientras se sentaba—. Solo quería avisarte de que está a punto de empezar la reunión.

Ella le respondió con una amplia sonrisa y un suspiro de agotamiento.

—He perdido la noción del tiempo —reconoció—. Supongo que ya no tengo el hábito de consultar el reloj.

—Lo entiendo.

Emily lanzó una mirada cansada a su móvil.

—He estado hablando con mis padres.

—¿Cómo se lo han tomado?

—Están desconcertados. Contentos de que yo esté sana y salva, pero destrozados porque ahora han desaparecido Arabel y los niños.

—¿Qué les has contado?

—¿Estoy hablando con Trevor el amigo o con Trevor el jefe de seguridad?

—Con el amigo.

—Me he salido del guion. Tenía que hacerlo.

—¿Hasta qué punto te has salido?

—Créeme, no he utilizado la palabra Infierno ni una sola vez. Lo he llamado «otra dimensión», les he dicho que el MAAC abrió un pasadizo a otra dimensión. Y les he asegurado que traeremos de vuelta a Arabel, Sam y Belle.

—¿Te han creído?

—No lo sé. Estaban demasiado asustados como para hacer muchas preguntas.

—Solo para que lo sepas, ellos también firmaron el Acta de Secretos Oficiales.

—Lo sé.

—¿Les has dicho que vas a volver allí?

—Todavía no, pero lo haré. Tengo que contárselo.

—Tenemos que ir a la reunión. —Cuando se levantó, Trevor vio lo que Emily estaba mirando. Era el retrato en carboncillo que le había hecho Caravaggio—. El parecido es increíble —le dijo.

Ella lo guardó en el primer cajón del escritorio.

—Me encanta tenerlo.

La reunión empezó en cuanto Emily y Trevor llegaron. Matthew había reservado una silla a su lado. Emily conocía a todos los presentes excepto al hombre sentado entre Bitterman y Smithwick. Su rostro, rubicundo y de aire agresivo, parecía un globo inflado por culpa del apretado cuello de la camisa y el nudo de la corbata. Le preguntó a Matthew quién era, pero él tampoco lo conocía.

Trevor le estaba haciendo la misma pregunta a Ben.

—Se llama Trotter. Anthony Trotter. Es del MI6. Dicen que le envía el mismísimo primer ministro. ¿Sabes cómo lo llaman sus colegas de la inteligencia secreta?

—Ni idea —respondió Trevor en voz baja.

—Cerdo.

Trevor contuvo la risa.

—¿Te imaginas cómo sería en el colegio?

Al mismo tiempo, Campbell Bates le preguntó a su homólogo en el MI5 qué pensaba de la incorporación de Trotter.

Lawrence le susurró su respuesta:

—Estoy tan contento como lo estarías tú si te convirtieran en el segundón del FBI.

—¿Empezamos? —interrumpió Smithwick—. El doctor Bitterman y yo dirigiremos conjuntamente esta reunión. Han pasado veintidós horas desde el incidente que nos ocupa. Este grupo de trabajo mantendrá reuniones diarias para coordinar la respuesta. El primer punto del orden del día es presentar a Anthony Trotter, del Servicio de Inteligencia. El señor Trotter es el JASS, el Jefe Adjunto del Servicio Secreto, además de asesor del comité Cobra del Consejo de Ministros. Va a sustituir, con efecto inmediato, al doctor Quint en el mando operativo del MAAC. Creo que todos somos conscientes de que la misión científica del MAAC ha quedado relegada a un segundo plano debido a los problemas de seguridad, que han ocupado el primer plano de un modo alarmante. ¿Alguna pregunta?

Emily levantó la mano.

—Adelante, doctora Loughty —la invitó Smithwick.

No se esforzó por sonar diplomática. Había pasado por demasiadas cosas como para preocuparse por eso.

—¿Tiene algún tipo de formación científica, señor Trotter?

El aludido, que estaba anotando algo en su libreta, la miró alzando la mirada con la cabeza gacha.

—No, no tengo ninguna.

—¿Quién de los aquí presentes considera que es una buena idea dejar una instalación científica en manos de alguien que no es científico? —continuó Emily con voz firme—. Todo el mundo sabe que estoy más que indignada porque el doctor Quint ordenó sobrepasar los parámetros de energía establecidos del Hércules I y ahora tenemos que afrontar las desastrosas consecuencias de su decisión. Pero resolver nuestro actual problema requerirá la mejor dirección científica posible, no una gestión meramente administrativa.

—¿Puedo hablar? —pidió Leroy Bitterman.

—Adelante. —Smithwick le dio la palabra.

Bitterman dedicó una cálida sonrisa a Emily y habló con tono paternalista:

—En primer lugar, quiero repetir públicamente lo que ayer le comenté en privado a la doctora Loughty, que admiro muchísimo el coraje y la tenacidad que desplegó en lo que sin duda fueron unas circunstancias horripilantes. Tenemos con ella una gran deuda de gratitud por lo que ha hecho y por lo que se ha presentado voluntaria para volver a hacer. Doctora Loughty, quiero garantizarle de manera pública y rotunda que no vamos a poner en riesgo el programa científico del MAAC ni vamos a escatimar esfuerzos para resolver el problema más acuciante que tenemos, que es taponar el agujero interdimensional en cuanto hayamos rescatado a toda nuestra gente. Tendremos en cuenta sus sugerencias para reunir a un comité de expertos internacionales en física de partículas y cosmología para que asesoren al equipo científico de Dartford. El señor Trotter es experto en otros asuntos y no va a interferir en las cuestiones puramente científicas y técnicas. Cuenta con la confianza total de los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido para dirigir los complejos temas relacionados con la seguridad y el alto secreto a los que nos enfrentamos. Espero que esto aclare cualquier duda.

Emily le devolvió la sonrisa.

—Gracias, doctor Bitterman —dijo—. Su intervención ha sido de gran ayuda y sí, tengo algunos nombres que me gustaría sugerir para esta comisión de expertos.

Smithwick retomó el control de la reunión y detalló secamente la agenda, como si se tratase de una reunión rutinaria sobre las cuotas de producción de petróleo del Reino Unido en el Mar del Norte en el marco de la Unión Europea. A Emily esta actitud indiferente le pareció lamentable y se retorció en la silla.

—Dado que no hay ningún comentario acerca de la agenda —concluyó Smithwick—, pasemos al repaso de la respuesta de seguridad a la actual situación. Quizá el señor Trotter quiera dirigir la discusión de este asunto.

Trotter se aclaró la garganta castigada por los habanos. No era un hombre de aspecto imponente, pero creía tener un aire churchilliano y potenciaba esa imagen fumando puros Romeo y Julieta, la marca favorita del gran hombre.

—Gracias, señora ministra. Como sabe, se ha pedido al Servicio de Inteligencia, el SIS, que tome el mando y coordine las actividades del MI5, el ejército, la Policía Metropolitana y otros departamentos policiales y de emergencia. ¿Por qué el SIS, que se encarga de las amenazas internacionales, en lugar de los efectivos del MI5 dedicados a la seguridad interna? Bueno, es difícil imaginar una amenaza más extranjera que la que ahora debemos afrontar.

Emily sintió vergüenza ajena ante semejante tentativa de humor. Trotter asimiló el cortante silencio que se extendió por la mesa con la expresión amarga de un comediante cuyo chiste no ha funcionado.

—Hablando en serio —continuó, tratando de reconducir el desaguisado—, el SIS está especialmente capacitado para esta tarea gracias a nuestra capacidad de análisis, procesado de información y comunicación. El primer ministro tiene plena confianza en nuestro liderazgo y no quedará decepcionado. Desde mi punto de vista, la máxima prioridad es solucionar el asunto de los extranjeros que andan sueltos por ahí.

Una voz áspera interrumpió a Trotter.

—No se trata de rumanos o chinos. Por el amor de Dios, estamos hablando de gente procedente del Infierno.

Con todas las miradas concentradas sobre Trotter, nadie se había percatado de que John acababa de entrar cojeando en la sala.

Emily y Trevor se levantaron y acudieron en su ayuda.

—¿Qué haces aquí? —le regañó Emily.

—Me he hartado de estar tumbado sobre mi trasero, así que he decidido darme el alta.

—Jefe, deberías volver al hospital —terció Trevor, que lo agarró por la cintura y lo ayudó a sentarse en la única silla libre. Estaba al lado de la de Henry Quint, que se apartó un poco al ver a John. Todavía le dolía la mandíbula después de su último encuentro.

—Ni de coña —replicó John—. Hay demasiado trabajo por hacer. Me han metido un montón de antibióticos y demás. Estoy bien.

Emily no podía ocultar su preocupación y estaba a punto de ponerse a discutir con él cuando Trotter tomó la palabra.

—Usted debe de ser John Camp.

—Lo soy. ¿Y quién es usted?

—Anthony Trotter, del SIS. Estoy al mando de este laboratorio.

—¿Eso quiere decir que Quint ya no es el director? —preguntó con una sonrisa.

—Correcto —respondió Trotter.

—Vaya, eso es una buena noticia.

El comentario provocó contenidas risitas por toda la mesa. Quint mantuvo la mirada fija con estoicismo.

Cuando se acallaron, Trotter respondió al comentario de John.

—Sabemos de dónde procede esa gente. ¿Cómo se llaman a sí mismos? ¿Infernales?

—Algunos sí —reconoció John.

—El MI5 se encargará de la detención de esos seres infernales. Ben Wellington ejerce de enlace con este comité. Señor Wellington, ¿puede informarnos de la situación?

Ben había preparado unas notas, pero decidió prescindir de ellas y cerró el portafolios de cuero.

—Permítanme empezar con el grupo más fácil de manejar de los dos, los individuos que han aparecido aquí, en la cafetería de empleados. Como ya saben, son cuatro, cuyas edades biológicas van de los treinta a los cincuenta años, todos ellos procedentes del área de Londres y Kent y que fallecieron entre los siglos XV y XIX. El que parece ejercer el liderazgo del grupo es Alfred Carpenter, que ha explicado que lo ahorcaron por varios crímenes a principios del siglo XVI. Yo lo describiría como un bruto de escasa inteligencia. Pese a todas las explicaciones que le hemos dado y las evidencias que le hemos mostrado, sigue empeñado en creer que ha sido víctima de algún tipo de magia negra. Sus compañeros, en especial los que proceden de siglos más cercanos al nuestro, le siguen la corriente, pero si se los aísla, parecen entender la situación.

—¿Siguen en estas instalaciones? —preguntó el director del FBI.

—Así es —respondió Ben—. Creemos que este sitio es tan bueno como cualquier otro para retenerlos, y en conjunto ofrece las mejores garantías de seguridad frente a otras alternativas. Además, contamos con la experiencia de haber mantenido al joven Duck en el dormitorio de seguridad...

—Del que se escapó —le interrumpió Trotter.

—Sucedió durante un paseo no autorizado por el exterior del complejo —aclaró Ben—. Un error lamentable. A estos hombres no se les ofrecerá esta oportunidad. Estamos transformando los dormitorios en auténticas celdas que estarán listas para utilizarse mañana mismo. A los individuos del segundo grupo que capturemos también los encerraremos aquí.

—Guantánamo llega a Dartford —ironizó Trotter.

Trevor tomó la palabra:

—¿John o Emily pueden contarnos alguna cosa sobre estos cuatro individuos que pueda ser de utilidad para los guardias que los custodian?

—Yo no tuve apenas contacto con ellos —respondió John.

Emily comentó que ella tampoco.

—Mientras esperábamos en el punto designado para la reiniciación del MAAC, Alfred era algo así como el macho alfa —explicó John—. Lo describiría como amenazante, pero no es de los peores. No es un vagabundo.

—¿Un vagabundo? —preguntó Trotter—. ¿Qué es eso?

—Los vagabundos deambulan por la campiña buscando a gente a la que atacar. Viven como salvajes, por lo general duermen de día y por la noche dan rienda suelta a sus instintos. Roban y mutilan. Y si tienen hambre, comen.

—¿Quiere decir que son caníbales? —quiso saber Bitterman, alarmado y desconcertado.

—Sí, señor, correcto —reconoció John—. Todo el mundo los teme, son la pura encarnación del mal.

Bitterman murmuró algo inaudible.

Ben tomó entonces la palabra:

—Eso explicaría algo que hemos descubierto esta mañana en la urbanización de South Ockendon. Es muy reciente, por eso no hemos informado todavía al grupo de trabajo. Como todos ustedes saben, evacuamos la urbanización con el pretexto de una amenaza de ataque terrorista con armas bioquímicas descubiertas en una vivienda. En el registro casa por casa hallamos a una pareja asesinada, un anciano y una mujer. Los habían matado a puñaladas y machetazos con cuchillos de cocina y de carnicero. Y ahora viene la parte más inquietante: tenían marcas de mordiscos en brazos y piernas y les habían arrancado trozos de carne.

—¡Dios mío! —exclamó Smithwick, tapándose la cara con las manos.

—Sin duda son vagabundos —aseguró John—. ¿Alguna pista sobre su paradero?

—Ni rastro de ellos —dijo Ben—. Establecimos enseguida un perímetro con la policía local y también hemos reforzado los efectivos con unidades de la 16 Brigada Paracaidista llegadas desde la guarnición de Colchester Garrison, pero me temo que las reses escaparon del establo antes de que lográsemos sellarlo por completo.

—¿No han visto a ninguno de ellos por la zona? —insistió Trotter.

—No tenemos nada definitivo —respondió Ben—. La policía de Essex ha recibido llamadas procedentes de un radio de unos ocho kilómetros a la redonda alertando sobre actividades de personas sospechosas en jardines de casas, contenedores volcados y este tipo de cosas. Pero ningún avistamiento claro.

—Como ya he dicho, son nocturnos —terció John—. Son los dueños de la noche.

—¿No disponemos de ninguna información sobre a cuántos individuos en activo nos enfrentamos? —preguntó Trotter.

John puso los ojos en blanco al oír la expresión. ¿Quién utiliza conceptos como «en activo»?, pensó.

Algo parecido debió de pasar por la cabeza de Emily, porque torció los labios en un gesto similar.

Ben abrió su portafolios.

—El instrumento más eficaz del que disponemos para hacer un cálculo al respecto es contar cuánta gente ha desaparecido en la urbanización, suponiendo que la pauta de intercambio de uno por uno de la vez anterior siga siendo válida. El cálculo es complicado, porque no sabemos cuánta gente estaba en sus casas y cuánta había salido a las diez de la mañana de ayer. De momento hemos instalado a los evacuados, unos trescientos vecinos de la urbanización, en un pabellón de la guarnición de Colchester y estamos interrogando a todos ellos, pero todavía no disponemos de una cifra de desaparecidos. Sin duda, lo iremos clarificando a lo largo del día y por la tarde haré circular la información actualizada.

Trotter comenzó a repiquetear con los dedos en la mesa. A John no le quedó claro si se trataba de un tic nervioso o de un modo de expresar impaciencia.

—Será fundamental controlar a la prensa. La anterior grieta se supo ocultar bien, de hecho, tan bien que no se informó al MI6, lo que debo decir que no nos gustó nada. Esta grieta ha sido mucho más grande y la situación será más difícil de controlar, de modo que va a ser un auténtico reto. ¿Quién es el jefe de prensa?

Stuart Binford levantó indeciso la mano y se presentó.

—Muy bien, señor Binford. Por favor, ilústrenos acerca de cómo piensa informar sobre la resolución de la primera grieta y cómo va a enfocar la segunda.

Binford sonó dubitativo, como si hablar sobre estos asuntos quedase por encima de sus responsabilidades. De entrada, se degradó a sí mismo al nivel de mero agregado de prensa que se limitaba a recibir órdenes de Henry Quint, antes de exponer un planteamiento muy anticuado.

La primera brecha, tal como la había bautizado Trotter, se había explicado aludiendo a un intruso armado que se había colado en el MAAC, había secuestrado y asesinado a una periodista y después a varias personas más. Por supuesto, no se podía hacer mención alguna a Brandon Woodbourne, el verdadero culpable, porque se daba la incómoda circunstancia de que llevaba casi cincuenta años muerto. Binford sugirió inventarse un sospechoso e informar de que había muerto a manos de los servicios de seguridad durante la detención.

—¿Eso podría funcionar? —preguntó retóricamente Binford.

Trotter se encogió de hombros y sugirió que, aunque se trataba de un caso singular, sus colegas del MI6 habrían optado por una solución parecida.

Sobre la segunda brecha, mucho más complicada, Binford comentó:

—En mi opinión, explicar el incidente de South Ockendon atribuyéndolo a una conspiración terrorista que almacenaba armas bioquímicas en esa urbanización ha sido la mejor estrategia posible. La prensa está, y seguirá estando, ansiosa por recibir más información, pero creo que podremos pararles los pies aludiendo a la seguridad nacional. Deberíamos poder mantenerlos a raya suministrándoles pequeñas informaciones bien dosificadas.

—¿Durante cuánto tiempo? —preguntó Smithwick.

—Es difícil saberlo —reconoció Binford—. Pero sin duda cuanto más se alargue la situación, más difícil será.

—De acuerdo —aceptó Trotter, y dirigiéndose a toda la mesa expuso—: Parece que disponemos de las líneas maestras de una estrategia de prensa. Haré que uno de mis ayudantes se ponga en contacto con el señor Binford para concretarla y perfilar los detalles. Lo cual nos lleva al siguiente punto de la agenda. Por decirlo de un modo nada científico, lo llamaré «taponar el agujero».

Emily se indignó visiblemente.

—No me parece que «taponar el agujero», como usted lo llama, sea el siguiente punto en absoluto —protestó con la voz quebrada—. El siguiente punto debe ser organizar el rescate de las personas que han acabado en un lugar muy peligroso y aterrador.

Bitterman se disponía a responder, pero Trotter le cortó:

—Doctora Loughty, soy consciente de que ha pasado por una experiencia muy dura y también sé que su hermana, su sobrino y su sobrina se han visto atrapados en esta situación, y precisamente por eso creo que debe usted mantenerse al margen de esta discusión.

Furiosa, Emily se levantó como impulsada por un resorte.

—¿Disculpe?

John también intentó ponerse en pie, pero no lo logró y se desplomó en la silla, dolorido.

—¿Se ha vuelto loco? —espetó, señalando a Trotter con el dedo—. La doctora Loughty es la persona más cualificada de esta sala, por no decir del planeta, para entender por un lado lo que están pasando esas personas y por otro los mecanismos científicos necesarios para traerlas de vuelta y convertir el MAAC en un lugar seguro.

Bitterman alzó las manos en un intento de apaciguar la creciente tensión.

—Por favor, calma. Estoy seguro de que el señor Trotter no está sugiriendo que el rescate no sea una prioridad.

—Lo siento —respondió Trotter con frialdad—, pero eso es exactamente lo que estoy sugiriendo. Como ya he dicho, no soy un científico y me rijo por el sentido común, lo que me lleva a la conclusión de que el canal, o pasaje, a esa otra dimensión se ha ensanchado. En la anterior ocasión solo se abrió en Dartford. Ahora se ha sumado South Ockendon. Parece que cada vez que se reinicia el colisionador, el riesgo no hace más que aumentar. Por lo tanto, considero que nuestra máxima prioridad debe ser sellar el agujero, y mi mente acientífica me dice que el mejor modo de hacerlo es clausurar el MAAC de una vez por todas.

—No pienso seguir aquí sentada escuchando esta sarta de sandeces y además... —replicó a gritos Emily.

John la interrumpió y trató de reconducir la situación.

—Emily, por favor, permíteme intervenir. Van a seguir insistiendo en tu supuesto conflicto de intereses, de modo que déjame decir una cosa. En la guerra, uno jamás abandona a uno de sus hombres en el campo de batalla. Y no nos engañemos, esto es una guerra. Las personas que han quedado atrás en el campo de batalla son hombres, mujeres y niños inocentes. Yo me he presentado voluntario para volver allí, al igual que Emily. Y también Trevor Jones. Estamos dispuestos a arriesgar nuestras vidas, y ustedes deben tener el coraje de apoyarnos hasta el final.

—Muy bien dicho, señor Camp —proclamó Bitterman—. Tiene mi apoyo y el del gobierno estadounidense.

—Con todos mis respetos, señor secretario —continuó Trotter—, es suelo británico el que ha sido invadido por estos seres, y son ciudadanos británicos los que han sido asesinados. Si esto estuviese sucediendo en Washington o Nueva York, me aventuro a decir que su posición sería idéntica a la mía.

Bitterman se apoyó en el respaldo de la silla y respiró hondo.

—De acuerdo, usted gana. Déjenme entonces hacerles una pregunta a los expertos: ¿están ustedes de acuerdo en que cada vez que el MAAC se reinicia aumenta la inestabilidad de la conexión entre nuestro mundo y ese universo paralelo?

John vio cómo Emily se debatía en silencio ante la pregunta y se puso en su piel, pero Quint respondió antes de que ella pudiese hacerlo.

—La elevada energía de colisión que alcanzamos con el voltaje máximo de treinta TeV produce gran cantidad de gravitones y strangelets. Cuando estas partículas se combinan de un determinado modo que desconocemos perforan el velo de nuestro universo y crean una conexión a través del multiverso hasta otra dimensión. Esto está claro. Aunque todavía no entendemos el funcionamiento del fenómeno, las sucesivas colisiones de alta energía parecen provocar que se propaguen estas conexiones entre gravitones y strangelets, y ahora tenemos dos nódulos de conexión a lo largo del túnel del MAAC. Según mis cálculos, cada nuevo reinicio incrementará el riesgo de que se formen nuevos nódulos en cualquier punto de la red de túneles, es decir, en cualquier lugar alrededor del Gran Londres.

Bitterman señaló a Matthew Coppens y le pidió su opinión. Evitó la severa mirada de Emily y, de mala gana, se mostró de acuerdo con Quint. El siguiente en mojarse fue David Laurent, quien también dijo compartir esa opinión.

—Doctora Loughty, no pretendo ponerla en un aprieto —le aseguró Bitterman—, pero usted es la directora científica y está al mando del proyecto Hércules. Su valoración objetiva tiene mucho peso para mí.

Emily lanzó un profundo suspiro antes de hablar.

—Me gustaría poder estudiar más a fondo los datos, pero no estoy necesariamente en desacuerdo con mis colegas. Dicho lo cual, considero que debemos abordar el problema que nos ocupa con una estrategia para mitigar los riesgos.

—¿Qué tiene en la cabeza? —preguntó Bitterman.

—Durante las seis semanas pasadas se produjeron seis reiniciaciones del colisionador. En la primera fui transportada yo, en la segunda se transportó John, las tres siguientes no produjeron ningún resultado y con la sexta, la de ayer, pudimos regresar nosotros, pero transportó al otro lado a varias personas en dos puntos o nódulos, por utilizar la terminología del doctor Quint. La decisión de reiniciar el MAAC semanalmente durante la misión de John, hasta un total de cuatro veces, era a primera vista razonable. No sabía cuánto tiempo le llevaría localizarme, y sin posibilidad alguna de comunicarse con el laboratorio, se decidió otorgarle cuatro ventanas de oportunidad. Sugiero que para limitar al máximo futuras inestabilidades nos pongamos el límite de un reinicio en cuanto estemos preparados para enviar un equipo de rescate y un único reinicio más para el regreso de cuantos rescatadores y víctimas sea posible reunir, intercambiándolos por todos los moradores del Infierno que se hayan podido capturar.

—¿Cuánto tiempo les concederemos para completar la misión? —preguntó Bates, el director del FBI.

Emily le pidió a John su opinión.

—Yo diría un mes —respondió—. Si todos los desaparecidos siguen en Britania tenemos un escenario manejable, pero si han llevado a algunos por barco al continente, la cosa cambia. Tendremos que conocer la identidad y el historial de todos los desaparecidos en South Ockendon para tener alguna posibilidad de localizarlos.

—¿Y cuándo partirían? —quiso saber Smithwick.

—Lo antes posible —aseguró John—. Cuanto más tardemos, más posibilidades hay de que la gente que ha llegado allí sea dispersada por el continente.

—¿Por qué el continente? —preguntó sir George Lawrence, director general del MI5—. ¿Por qué no podemos dar por hecho que permanecerán en el lugar en el que han aparecido?

—Porque los traficantes de personas están atentos a la aparición de cualquier recién llegado y en cuanto los tasan, los ofrecen al mejor postor —explicó Emily—. No hay nada más exótico y valioso que una persona viva, en especial una mujer viva, y algunos de los mayores postores están en Europa, como ellos llaman al continente.

—Dios bendito —resopló sir George—. Es abominable.

—Creo que nos estamos alejando del tema —intervino Trotter, intentando retomar el control de la reunión.

—Yo no creo que nos estemos alejando del tema en absoluto —replicó Bitterman, y le hizo callar con un gesto—. La decisión final sobre posibles reinicios recaerá sobre las espaldas de dos hombres que no están en esta sala, el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de Gran Bretaña. En caso de que decidiéramos seguir adelante con la muy sensata propuesta de limitación de los riesgos que se ha puesto sobre la mesa, sé cómo planteársela al presidente. No tengo ni la más remota idea de cómo lo hará la secretaria Smithwick con su primer ministro, pero retaría al señor Camp a tener listo el equipo de rescate en el plazo de una semana. Hay mucho que hacer. Debemos recopilar un dosier con los desaparecidos de South Ockendon; preparar una minuciosa entrevista con el señor Camp y la doctora Loughty para conocer mejor a nuestros adversarios; pensar en cómo aprovisionar al equipo de rescate para enfrentarse a todos los desafíos con los que se toparán; y por último, aunque desde luego no menos importante, debemos darle tiempo al señor Camp para recuperarse de la operación y a la doctora Loughty para analizar las posibles opciones de sellado del agujero planteadas por el señor Trotter.

John insistió en que en una semana estaría recuperado por completo y Emily también aseguró que en ese tiempo estaría preparada para partir.

—Yo estaré listo cuando ellos lo estén —añadió Trevor.

Ben levantó la mano y pidió permiso para hablar.

—¿Cómo piensan enfrentarse al reto geográfico de rescatar a dos grupos de personas inocentes, uno en Dartford y el otro en South Ockendon o como se llame eso en el Infierno?

John admitió que iba a ser un reto importante y prometió pensar en ello a fondo.

—En el mejor de los escenarios, encontramos a Arabel, a sus hijos y a Delia enseguida. Los escondemos en alguna casa segura con uno de nosotros haciendo guardia. Y mientras, los otros dos nos dirigimos a South Ockendon, hallamos a los desaparecidos y los traemos de vuelta a Dartford para la evacuación.

—Se me ocurren un montón de cosas que pueden ir muy mal —dijo Ben.

—De acuerdo, no voy a negarlo. Vamos a tener que saber improvisar.

—¿No ha pensado en incorporar más gente al equipo de rescate? —continuó Ben.

John sonrió y preguntó:

—¿Se está presentando voluntario?

Ben bajó la cabeza.

—No exactamente.

—Dado el tiempo de que disponemos antes de la partida, los peligros inherentes de la misión, el necesario secretismo y la destreza operativa que se requiere, creo que tenemos suerte de contar con tres voluntarios listos para partir.

—Dado que no he oído ninguna objeción al plan propuesto por la doctora Loughty y el señor Camp —añadió Bitterman tras agradecer a todos su presencia en la reunión—, creo que debemos solicitar la aprobación para reiniciar el MAAC dentro de una semana.

—Y yo que creía que estaba al mando —murmuró Trotter en un tono lo bastante alto para que todos los presentes lo oyesen.

—Los únicos que están al mando, como usted dice, son el presidente y el primer ministro —matizó Bitterman elevando bastante el tono—. El resto de nosotros somos humildes consejeros. Una última cosa: estoy convencido de que a mí no me va a hacer ni caso, señor Camp, así que le pido a la doctora Loughty que haga uso de su autoridad y le ordene volver al hospital a recuperarse para los retos que le esperan la semana que viene.

—Gracias, doctor Bitterman —respondió Emily, y sonrió a John—. Eso es precisamente lo que voy a hacer.

3

Los hombres plantados en mitad del camino dejaron lo que estaban haciendo y miraron hacia la puerta abierta, señalaron a Arabel y gritaron muy excitados.

—¡Mira! ¡Una mujer! —exclamó uno de ellos.

—En la casa de Albert —añadió otro.

—¿Qué les ha pasado a Albert y los suyos? —preguntó un tercero.

Arabel volvió a meterse en la casa y cerró de un portazo.

Los hombres se acercaron corriendo y Delia, que los observaba por la ventana, buscó algo con lo que mantenerlos a raya. Vio un hacha para cortar leña junto a la chimenea y la cogió. Salió con ella entre las manos como si empuñase un rifle.

—¡No os acerquéis! —les advirtió.

Los hombres frenaron en seco.

—Está rolliza —comentó uno.

—A mí me parece estupenda —se rio otro mirándola con lascivia.

—Yo las prefiero más jóvenes —concluyó el último.

El que estaba más cerca de Delia olfateó el aire.

—Esta también está viva, ¿no? ¿Qué diablos está pasando por aquí?

De pronto oyó una voz desde detrás de aquellos individuos.

—¿Delia? ¿Eres tú?

—Me temo que sí, Duck —respondió ella a gritos.

El joven, sin su chándal rojo del Liverpool, se abrió paso hasta ella y la agarró por la cintura.

—Desnudo como el mismísimo Adán —suspiró Delia.

Fabricadas en gran parte con algodón y cachemira, las prendas de Delia habían pasado casi intactas.

—No me puedo creer que estés aquí —dijo Duck—. No estabas en la gran sala cuando me marché. Eso me entristeció, pero ahora estoy contento.

—Ojalá pudiese decir lo mismo. ¿Esos hombres nos van a hacer daño a mí y a mis amigos?

—No si el bueno de Duck está aquí. Desde luego que no. —Soltó a Delia y se dirigió a los aldeanos—. Esta mujer es mi Delia. En la Tierra se portó muy bien conmigo y ahora yo voy a hacer lo mismo con ella aquí. Así que largaos y ocupaos de vuestros asuntos.

Dirk se acercó y la observó.

—Tú debes de ser Dirk —lo saludó—. Tu hermano me ha hablado mucho de ti.

—Gracias por cuidar de él —respondió el joven—, pero confieso que la cabeza me está dando vueltas. Primero John y Emily desaparecen, y entonces Duck vuelve a casa acompañado por más personas vivas. Creo que necesito un buen trago.

—Ella se ha portado de maravilla —repitió Duck—. Es una dama redomada.

—¿Una dama redomada? —preguntó Delia, que por fin dejó el hacha en el suelo—. Te juro que no entiendo la mitad de las cosas que dices.

—Guapa —explicó Duck—. Guapa y justa.

—¿Has dicho que John Camp y Emily Loughty han estado justo aquí? —le preguntó Delia a Dirk.

—Estaban, y de repente han desaparecido —respondió Dirk—. Esta aldea debe de estar embrujada.

Arabel los escuchaba desde el interior de la casa. Les pidió a los niños que no se moviesen y se asomó al exterior. Tenía la boca reseca.

—¿Emily estaba aquí? Dios mío, ni siquiera sé dónde estamos.

—Estaba aquí, Abajo, así es —afirmó Dirk.

—¿Abajo?

—Es como lo llamamos —añadió Duck—. Delia te lo explicará.

—Después —dijo Delia.

—¿Está bien? ¿Emily está bien? —preguntó Arabel.

—Estaba fresca como una rosa —le aseguró Dirk—. ¿La conoces?

—Es mi hermana.

Dirk la observó con atención.

—Veo un aire de familia. Encantado de conocerte, aunque no creo que tú estés encantada de conocerme a mí. Duck es mi hermano. De John Camp, en cambio, no puedo decir que estuviese fresco como una rosa. Había recibido una cuchillada.

—Bueno, gracias a Dios han logrado regresar —murmuró Delia.

Dirk dio un paso hacia la casa.

—Has dicho que habías llegado con amigos. ¿Hay más?

—Dos más —explicó Delia—, y tenéis que prometerme que los vais a tratar con muchísima amabilidad.

—Vale, de acuerdo. Deben ser criaturas delicadas, ¿no?

—Sí, así es. Son niños. Un niño y una niña.

—¿Pequeños? ¿Aquí?

—Me temo que sí. Voy a entrar y los voy a preparar lo mejor que pueda; mientras tanto, Duck, te agradecería mucho que te buscases algo de ropa.

—¿No quieres que vean su barra de caramelo y sus nuececillas? —preguntó Dirk riéndose.

—No, desde luego que no. Esperad unos minutos.

Delia volvió a entrar en la choza y le pidió a Arabel que se sentase en la desvencijada silla. Habló en voz baja para que Sam y Belle, que estaban en una oscura esquina jugando con una pila de ramitas para encender el fuego, no oyeran lo que decía. Al principio, Arabel no podía o no quería creerla, pero después de varios minutos de pacientes explicaciones comprendió que ni ella ni Delia se habían vuelto locas. En la anterior ocasión el MAAC había enviado a Emily a través de la frontera invisible que separa el mundo que ellas conocían de otro distinto, y ahora eran ellas las que habían llegado allí.

Al Infierno.

Lloró hasta que Delia le dijo que debía parar. Parar y ser fuerte. Por los niños.

—Sin duda nos vamos a enfrentar a cosas para las que no estamos preparadas —le dijo—. Tendremos miedo. Nos sentiremos horrorizadas. Desesperadas. Pero ten siempre presente una cosa, jovencita: tu hermana y sus colegas ya estarán trabajando en un plan para rescatarnos. ¿Conoces a John Camp?

—He oído hablar de él —respondió Arabel—, pero no lo conozco en persona.

—Bueno, pues John vino hasta aquí para rescatar a tu hermana. Por lo que parece, lo ha logrado. Y si lo ha hecho una vez, lo hará de nuevo. Debemos mantenernos firmes por nuestro bien y el de los niños. Saldremos de esta.

—¿Cómo consigues ser tan fuerte?

—No lo soy tanto como pueda imaginarse por el tono de mis palabras. De hecho, me estoy sorprendiendo a mí misma. Trabajo para el MI5, pero no como agente sobre el terreno. Soy investigadora. Me siento ante un escritorio y un ordenador. Me sacaron de mi cubículo para hacer de niñera de Duck, que apareció en el laboratorio cuando John Camp pasó a este mundo. Pero soy una mujer de armas tomar, como dicen algunos de los jovencitos de mi división. Y lo soy por la vida que he tenido. Mi único hijo murió a la edad de Sam. Mi marido me abandonó. Y yo salí adelante.

—Mi marido también murió —dijo Arabel sin alzar la voz.

—Entonces espero que también tengas la fortaleza necesaria. Vamos. Unamos nuestras fuerzas. Salgamos y enfrentémonos a este mundo extraño y a los brutos que lo pueblan, ¿de acuerdo?

Les llevó más tiempo del que Delia hubiera querido atravesar el embarrado camino. Durante décadas y siglos los hombres de la aldea habían visto llegar a mujeres peculiares. Cuando apareció Emily incluso vieron a una mujer viva, de modo que Arabel y Delia eran un espectáculo, pero no «el espectáculo». Ese honor les correspondía a Sam y Belle, porque ninguno de aquellos tipos había visto jamás a un niño en el Infierno. Al verlos, enmudecieron y los miraron perplejos, sin hacer otra cosa que observar y olfatear, pero pasados los primeros instantes de asombro, trataron de bloquearles el paso y algunos incluso intentaron tocar a los niños, quizá porque no daban crédito a lo que veían.

—Dejadlos en paz, dejadlos pasar —insistió Duck.

Dirk le había prestado sus pantalones bombachos y, aunque seguía a pecho descubierto, a Delia le pareció al menos presentable.

—Niños, mirad hacia delante —les indicó Delia, mientras ella misma intentaba seguir su propio consejo—, y no soltéis la mano de mamá. Estos hombres solo sienten curiosidad. Nunca han visto a unos niños tan adorables.

—Huelen mal —protestó Sam—. Y van muy sucios.

—Sé educado —le regañó Delia—. Aquí nosotros estamos de visita.

Arabel no dijo ni una palabra; tenía el rostro petrificado por el miedo. Agarraba las manos de sus hijos con toda la fuerza posible sin llegar a hacerles daño.

Cuando se vieron obligados a detenerse, Dirk acudió en su ayuda con un garrote y amenazó con golpear a sus vecinos como había hecho con Woodbourne. El grupo de acosadores se echó hacia atrás y les permitió seguir adelante, pero Sam ralentizó la marcha en dos ocasiones, primero cuando sus deportivas, que habían perdido el velcro, se le salieron y quedaron hundidas en el barro y después cuando se detuvo para preguntarle a un hombre por qué lloraba.

—Hacía mucho tiempo que había olvidado cómo eran los niños... —respondió el tipo, demacrado y cetrino, tras secarse las lágrimas que se deslizaban por su desaliñada barba.

Cuando llegaron a la choza de los dos hermanos, los niños comenzaron a jugar con una pluma de urraca en la cama de Dirk y Delia cayó en la tentación y se apuntó a una jarra de cerveza con los muchachos. Arabel se sentó a la mesa en silencio y volvía la cabeza de vez en cuando para echar un vistazo a sus hijos, mientras Delia lanzaba una retahíla de preguntas.

—¿Aquí estamos a salvo? —quiso saber.

—Pues claro, nosotros no os vamos a hacer daño —respondió Dirk, ofendido por la pregunta.

—No me refiero a vosotros, sino a esos hombres de ahí fuera. ¿Intentarán entrar?

—No lo sé con certeza —reconoció Dirk—. Parece que los peores, Albert y sus colegas, han desaparecido. Quizá han ido a parar al lugar del que venís vosotras. Los demás puede que se envalentonen un poco por la repentina aparición de unas mujeres guapas.

—Eso lo entiendo si hablamos de Arabel, pero no creo que yo le caliente la sangre a nadie —comentó Delia sonriendo.

—No estás tan mal —replicó Dirk.

—Tengo edad suficiente para ser tu madre, y hasta tu abuela —contestó ella, divertida.

—No tenéis que temer nada —les aseguró Duck—. Entre mi hermano y yo nos turnaremos para descansar y vigilaremos a esos rufianes. Los niños pueden dormir en una cama y las dos damas en la otra. Nosotros echaremos una cabezada junto al fuego.

—Creo que no deberíamos salir de aquí —añadió Delia tras darles las gracias—. Se está un poco apretado, pero es lo más seguro. Van a preparar un equipo de rescate y cuando vengan a buscarnos, será aquí adonde lleguen.

—¿Quién va a venir? —preguntó Dirk.

—No sé si Emily, porque ella ya ha pasado lo suyo, pero supongo que John Camp formará parte del grupo de rescate.

—No estaba en muy buenas condiciones cuando se marchó esta mañana —les recordó Dirk.

—¿Estaba muy mal?

—Bueno, tenía fiebre y parecía muy débil. Un vagabundo le había dado una cuchillada.

—Bueno, en ese caso tal vez manden a algún otro —comentó Delia—. Pero gracias a Dios él y la doctora Loughty han podido regresar. —Sabía qué eran los vagabundos por sus conversaciones con Duck en el MAAC, así que preguntó—: ¿Aquí tenemos que preocuparnos por los vagabundos?

—Todo el mundo está preocupado por su posible aparición —reconoció Dirk—, pero no hemos tenido ningún problema reciente con ellos, ¿verdad que no, Duck?

—Ninguno desde hace tiempo —respondió Duck mientras repasaba con la mirada la exigua choza—. Aquí las cosechas son escasas en comparación con otras aldeas.

Todos se sobresaltaron cuando Arabel habló por primera vez.

—¿Cuándo? ¿Cuándo van a venir a rescatarnos?

—No lo sé, querida —susurró Delia con tono amable—. Supongo que antes querrán preparar bien y planificar la misión de rescate. Si conozco cómo funciona aquello, tendrán que superar algunos obstáculos, pero seguro que lo lograrán. Cuando John vino a buscar a Emily, la misión se puso en marcha una semana después de su desaparición. De modo que quizá tengamos que resistir siete días.

—No creo que pueda aguantar aquí tanto tiempo —murmuró Arabel con un hilo de voz—. Queremos volver a casa antes.

—Cuanto antes mejor —añadió Delia acariciándole el brazo.

Con su vocecita, Belle dijo que tenía sed.

—¿Tenéis agua? —preguntó Delia.

Dirk señaló un cubo de madera junto a la chimenea.

—¿Es potable?

—No tiene barro —respondió Dirk.

Delia la inspeccionó y se echó un poco en la palma de la mano para probarla.

—Sabe bien.

Belle dijo que prefería un zumo, pero Delia lavó lo mejor que pudo una taza de madera y se la ofreció. La niña metió la nariz y comenzó a gimotear. Arabel le explicó a la niña que allí no tenían zumos, pero Delia zanjó el asunto con una actitud práctica.

—Ya beberá cuando tenga tanta sed que no pueda aguantarse. Tendrá que adaptarse para sobrevivir. Todos tendremos que hacerlo.

Escucharon el relincho de un caballo que cabalgaba por el barro. Dirk abrió la puerta para echar un vistazo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Duck.

—Alguien se ha marchado a caballo.

—¿Tenemos que preocuparnos? —preguntó Delia.

—Creo que no —dijo Dirk—. Estas idas y venidas son habituales.

El día se les hizo eterno.

Para Delia, lo primero era proporcionarle a Arabel más información sobre la situación en la que se encontraban. La joven ya había asumido que estaban en una tierra extraña, pero todavía no se sentía preparada para digerir hasta qué punto era singular. La formación religiosa de Arabel le proporcionaba unas difusas nociones sobre el Cielo y el Infierno. Pero este Infierno se hallaba muy lejos del mundo de fuego y azufre que tenía metido en la cabeza. Lo poco que había visto de él era mugriento y áspero, primitivo y desolado.

Mientras Arabel permanecía echada en una de las camas, Delia les pidió a Duck y su hermano que le explicasen los detalles que todavía no conocía, e insistió en que lo hicieran en voz baja para que no lo oyesen los niños. Sirviéndose de sus propias cortas vidas como ejemplo, con el asesinato que habían cometido y su posterior ahorcamiento, le contaron las lamentables consecuencias de sus actos. El sufrimiento eterno. La inacabable vida de ultratumba. La imposibilidad de salvación o liberación. La ausencia de niños, de procreación. La falta de ley y los peligros del lugar, sobre todo por las noches, cuando merodeaban los vagabundos. La penosa y feudal subsistencia de la gente y el poder y la crueldad de la corona. Con cada nueva revelación, Arabel parecía empequeñecer un poco más, sus hombros perdían firmeza y apretaba con más fuerza las rodillas contra el pecho. Cuando ya no soportó seguir escuchando, se dio la vuelta, clavó la mirada en los tablones de la pared y dejó de prestar atención a la conversación.

Delia se armó de coraje haciendo lo que mejor hacía como analista: recopilar hechos. Interrogó a los dos hermanos para reunir toda la información posible sobre el nuevo entorno en el que se encontraban. Ya había recabado muchos datos sobre ese mundo durante el mes que pasó haciendo de niñera de Duck, al que le hizo muchísimas preguntas, pero ahora trató de absorber hasta los detalles más nimios de la vida cotidiana de esa aldea. Se interesó por la historia de cada uno de los residentes en Dartford y sus personalidades. Se informó sobre las fuentes de alimentos, agua y leña. Les preguntó sobre las aldeas y ciudades cercanas, sobre los peligros internos y externos. Quería saber más sobre los soldados del rey y los temidos vagabundos.

Los niños no estaban tan hambrientos como para mostrarse dispuestos a comer de la olla del estofado de Dirk, pero la sed sí que apretaba lo suficiente como para que decidiesen beber agua. A última hora de la tarde ni siquiera se quejaban por tener que salir detrás de la choza para hacer sus necesidades sobre la hierba. Incluso parecieron disfrutar de esa aventura de acampada después de que Delia les pintara la situación de esa forma.

Arabel salió por fin de su estado de catatonia y se dedicó a cortar tiras de una piel de ciervo para hacer con ellas cinturones, cordones y correas para sujetar adecuadamente la ropa. Delia sacrificó una manga de su chaqueta de punto, la rellenó de hierba y la cerró con tiras de cuero para convertirla en una dudosa muñeca para Belle. Duck, al percatarse de los celos de Sam, talló un pequeño barco a partir de un tronco y le dijo al niño que, si por la noche llovía, por la mañana buscarían un charco en el que hacerlo navegar.

Cuando llegó el momento de acostar a los niños, ambos se quejaron de las irregularidades de los colchones y de las punzantes puntas de paja que asomaban entre la tela, pero no tardaron en quedarse profundamente dormidos.

Al anochecer, Arabel y Delia se apiñaron sobre el otro estrecho colchón y se dejaron arrastrar por un sueño profundo.

A solas, los dos hermanos se sentaron junto al fuego y bebieron y hablaron en susurros.

—Me alegro de que hayas podido conocer a Delia —reconoció Duck—. Si no, yo te lo hubiera contado todo sobre ella, pero no habría conseguido describírtela correctamente. Durante mi estancia en el otro mundo, ella me ayudó a salir adelante. Fue amable conmigo, muy amable. Al principio todas esas extrañas cosas nuevas me daban mucho miedo, aunque al final me acabé acostumbrando a la excelente comida, a la cama mullida, a la ropa bonita, a los vídeos de dibujos animados, sobre los que te tengo que hablar, y a esa cosa en la que te sentabas para cagar. Solo echaba en falta una cosa.

—¿Qué? —preguntó Dirk.

—Tú, claro, bobo. Te echaba muchísimo de menos.

Dirk sonrió y le sirvió más cerveza a su hermano.

—Bueno, pues ya me tienes otra vez aquí, y yo a ti.

Dirk hizo el primer turno de vigilancia, pero había sido un día agotador y su fuerza de voluntad tenía un límite. No tardó en empezar a roncar junto a Duck. No hubo ningún aviso antes de que la puerta se abriese de una patada y la choza se llenase de soldados y antorchas.

Delia fue la primera en despertarse y lanzó un grito de alarma mientras tiraba con brusquedad de Arabel y los niños, pero ya era tarde para huir y lo único que podían hacer era protegerse en un rincón.

Los soldados vieron las camas y murmuraron sorprendidos.

El último en entrar en la choza fue el individuo que había roto a llorar al ver a los niños, y estaba claro que fue él quien salió del pueblo a caballo en busca de una recompensa.

—Ya le dije que era verdad —le comentó al capitán de la guardia—. Hay mujeres vivas y niños. Todavía no me lo puedo creer. Niños.

—Te juro que te ensartaré la cabeza en un espetón —le susurró Duck al aldeano—. Será lo que recibirás por tu traición.

—Quiero protección después de lo que he hecho —exigió el hombre al capitán—. Arreste a los dos hermanos. No les deje volver a la aldea.

El militar al mando le lanzó un par de monedas y le dijo que se protegiese él mismo. Las monedas le rebotaron en el pecho. Él se inclinó para recogerlas y salió corriendo hacia la noche.

Delia y Arabel se colocaron en actitud protectora delante de la cama de los niños. Sam y Belle seguían dormidos bajo la manta de piel.

—Por favor, dejadlos en paz —imploró Duck.

Dirk vio que miraba el atizador y lo detuvo.

—Duck, no lo hagas. Acabo de recuperarte. Te necesito a mi lado. ¿Lo entiendes?

—Lo siento, Delia —murmuró Duck apesadumbrado—. Tenéis que marcharos con ellos.

—Vamos —urgió el capitán—. Despertad a los niños y traedlos aquí o lo haremos nosotros.

Arabel no pudo contenerse y empezó a llorar.

—¿Adónde vais a llevarnos? —quiso saber Delia.

—No hagas preguntas —le amenazó el capitán.

—Sé adónde os llevan —dijo Dirk—. A...

—Ni una palabra más —le advirtió el militar—, o acabarás troceado en un pudridero.

Delia buscó el rostro de Duck bajo la luz de las antorchas. El muchacho trataba de decirle algo que no les pusiese en peligro a todos, pero no encontraba las palabras. Al final dio un paso al frente y dijo que quería despedirse de Delia con un beso. Antes de que un soldado lo empujase y lo tirase al suelo, logró susurrarle al oído:

—Sé adónde os van a llevar. Cuando vengan a rescataros les diré dónde estáis. Puedes contar con el bueno de Duck.

...