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LA PUERTA DE LAS TINIEBLAS (TRILOGíA CONDENADOS 2)

Glenn Cooper

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Fragmento

1

—Mamá, ¿dónde estamos?

Al no obtener respuesta, Sam, de cuatro años, repitió la pregunta con insistencia.

Su hermana, Belle, un año menor, empezó a llorar.

Arabel, la madre de ambos, desconocía la respuesta, y se limitaba a mirar a su alrededor en estado de shock sin decir palabra; un momento antes se hallaban en la cafetería de las instalaciones del colisionador de partículas del MAAC en Dartford, Inglaterra, con la esperanza de reunirse por fin con Emily Loughty, la hermana de Arabel, y un instante después se encontraban en un lugar muy diferente. Sin embargo, la otra mujer que estaba con ellos tenía un mal presentimiento sobre adónde habían ido a parar. Delia May tomó en brazos a toda prisa a Belle y le susurró que fuese una buena niña y no hiciese ruido.

Estaban en el interior de una casa diminuta, no mucho más grande que un cobertizo. Con el suelo de adobe, una pequeña chimenea en la que ardían unos exiguos troncos y un ave cazada colgada de un gancho, era mucho más rústico que la mayoría de las cabañas que conocía. El humo que flotaba en el ambiente hizo toser a Sam, y Delia le hizo callar de inmediato. Fuera se oía a gente hablando en voz alta. Delia sostuvo a la criatura y se arrastró hasta la ventana en la que los postigos cerrados pero no fijados repiqueteaban sacudidos por el viento. Abrió una de las persianas unos centímetros y echó un vistazo al exterior. Pese a que creía entender lo que estaba sucediendo, contuvo el aliento ante lo que vio. A poca distancia de allí, en medio de un camino embarrado, distinguió a Duck, el joven al que había estado vigilando durante el último mes. Permanecía desnudo frente a un hombre mucho más corpulento, que enseguida reconoció como Brandon Woodbourne, que le estaba gritando. Otro joven empezó a golpear a Woodbourne por la espalda con un palo y al punto se concentró a su alrededor un variopinto grupo de personas y Woodbourne salió corriendo, maldiciendo y gritando.

En ese momento Sam descubrió el pájaro colgado, dio un paso para acercarse y se echó a reír.

—Mira, mamá. Se me han caído los pantalones.

Tenía los vaqueros por los tobillos y los calzoncillos, de los que había desaparecido el elástico, comenzaban también a deslizarse por su cintura.

Arabel se palpó su ropa. La falda no le ajustaba y la cremallera se había desvanecido, tenía la blusa medio abierta porque le faltaban los botones y el sujetador, sin ganchos, colgaba debajo. Con voz temblorosa, preguntó:

—Por favor, ¿puedes decirme qué está pasando?

—Tenemos que evitar hacer ningún ruido —respondió Delia mientras se apartaba de la ventana—. Creo que hemos ido a parar al lugar en el que estuvo tu hermana.

—No sé de qué me hablas —le aseguró Arabel—. Quiero saber qué está ocurriendo. ¿Dónde está la cafetería? ¿Y el laboratorio? ¿Nos han drogado?

—Baja la voz —le imploró Delia, pero no había manera de tranquilizar a Arabel.

La puerta estaba cerrada únicamente con un pasador de madera. Arabel se dirigió hacia ella. Cuando Delia trató de impedírselo, la apartó de un empujón, movió el pasador y abrió la puerta con tantísima fuerza que golpeó estruendosamente contra la pared.

Arabel contempló el exterior desconcertada y repitió la pregunta que había hecho su hijo pequeño.

—¿Dónde estamos?

Delia tiró de ella para volver a meterla en la casa y cerró la puerta. Sabía dónde estaban, pero era incapaz de verbalizarlo. Era incapaz porque hacerlo significaba convertirlo en real.

Era incapaz de decir: «En el Infierno».

2

John Camp se despertó dolorido y desorientado en la sala de postoperatorio del Royal London Hospital. Le pareció que el fornido enfermero que estaba comprobando su presión sanguínea se reía entre dientes al mirarlo, lo que le confundió todavía más. En realidad, al enfermero le acababan de contar las curiosas instrucciones que John había dado a los cirujanos justo antes de que la anestesia le hiciese efecto.

—Asegúrense de doblar o triplicar el número de puntadas que suelen dar —les indicó.

—¿Y eso por qué? —le preguntaron a través de la mascarilla.

—No se lo puedo explicar —respondió John—. Limítense a hacerlo. Necesito que la herida esté muy bien cerrada.

—Bienvenido de vuelta —le saludó el enfermero.

John parpadeó.

—¿Qué te hace tanta gracia? —Su voz sonó débil y áspera; las cuerdas vocales parecían papel de lija.

—¿Gracia? Nada. Nada de nada. La operación ya ha terminado. Todo ha ido bien.

—¿La operación? Oh, sí, ahora lo recuerdo. Joder. —Hizo un gesto de dolor.

—¿Le duele?

John asintió.

—Voy a inyectarle morfina.

En cuanto el narcótico hizo efecto, cerró los ojos y empezó a soñar.

Soñó con el Infierno.

Estaba atrapado en un fétido pudridero y golpeaba la puerta cerrada. Al otro lado se hallaba Solomon Wisdom, diciéndole que no podía dejarle salir. Nadie podía hacerlo. Era su destino. Después Thomas Cromwell aparecía plantado a su lado, hundido hasta las rodillas en carne humana, y le informaba de que Enrique VIII estaba enojado con él, de hecho, muy enojado.

—¿Os vais a arrepentir? —le preguntó Cromwell.

—Me arrepiento.

Desde el otro lado de la puerta, Wisdom soltó una carcajada.

—Arrepiéntete todo lo que quieras. No va a servir de nada. Lo hecho, hecho está.

Cuando volvió a despertarse se encontraba en una habitación individual de un pabellón del hospital. El resplandor anaranjado del atardecer se colaba por la ventana. Emily llevaba un rato esperando junto a la cama y en cuanto vio que John parpadeaba, trató de envolver una de sus enormes manos con la suya, mucho más pequeña.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Peor que antes.

—He hablado con el cirujano. Han tenido que hacer una incisión considerable para limpiar la zona infectada. Te están suministrando el antibiótico a través del gotero, de hecho, dos antibióticos, hasta que tengan los resultados del cultivo de la muestra de la herida.

—Supongo que saldrán horribles virus infernales —masculló John, mientras buscaba los mandos de la cama.

Emily los localizó y levantó la cama para que estuviese en una posición más cómoda.

—¿Mejor así?

—Mejor —respondió él. Pidió hielo picado y ella le puso un poco en la boca con una cucharilla—. ¿Qué has estado haciendo mientras me limpiaban las entrañas?

—He estado en el laboratorio, reuniendo información.

—¿Y?

—Estoy segura de que Matthew tiene razón. La elevada energía de colisión produjo una sorprendente abundancia de strangelets y gravitones. La interacción entre ambos es la explicación del fenómeno.

—El fenómeno. Es uno de los mayores eufemismos de todos los tiempos.

—Bueno, ya sabes cómo suelen hablar los científicos.

—¿Ya se ha contabilizado?

—¿Contabilizado?

—Cuánta gente ha desaparecido.

—Cuatro personas en Dartford. Arabel, sus hijos y Delia, la agente del MI5. South Ockendon sigue sumido en el caos. Todavía no han atrapado a ninguno de los moradores del Infierno que aparecieron allí.

John pidió más hielo antes de seguir hablando.

—Vaya desastre.

Emily asintió y se secó las lágrimas con un pañuelo de papel.

—No soporto pensar lo que deben estar pasando Arabel y los niños. Estarán aterrorizados.

—Dirk no es un mal chico, dentro de lo que cabe. Espero que los esté ayudando. Y su hermano también estará allí. Trevor me dijo que Duck estaba muy unido a Delia May. Ella sabrá que vamos a organizar un rescate.

Emily asintió.

—Lo sé. He hablado con Trevor esta tarde. También me ha contado que lleva un mes saliendo con mi hermana.

—¿En serio?

—Parece que se ha enamorado. Está tan preocupado como yo.

—Vaya, es un buen hombre. No me sorprendería que se presentase voluntario para la misión.

Emily estrujó el pañuelo y lo guardó en el bolso.

—John, no quiero que tú vayas.

Él reprimió una incipiente risa; el gesto dolía demasiado.

—Y yo no quiero que vayas tú.

—A mí no me acaban de operar. Yo no tengo una infección de caballo.

—Estaré recuperado en unos días. Me curo rápido. Emily, soy un soldado. Me dedico a esto. Tú estuviste fantástica. Estoy orgulloso de cómo lograste sobrevivir, pero eres una científica. Tienes que quedarte aquí y pensar en cómo solucionar el problema. Haz lo que haces mejor y yo haré lo que hago mejor.

—Lo siento, John, pero voy a ir. Si Arabel, Sam y Belle no estuviesen atrapados allí, no volvería de manera voluntaria ni loca. Pero no me voy a quedar aquí esperando. Sabes lo tozuda que soy. La decisión está tomada.

—Bueno, yo tampoco pienso cambiar de opinión.

Se sonrieron. Estaba decidido.

La enorme sala de reuniones del colisionador de partículas angloamericano de Dartford se estaba llenando para la reunión de las ocho de la mañana. No había asientos asignados, y los convocados elegían su ubicación según el nivel de importancia que creían tener. Leroy Bitterman y Karen Smithwick, los ministros de energía de Estados Unidos y el Reino Unido respectivamente, ocuparon la cabecera de la mesa. Cerca de ellos estaban el director del FBI, Campbell Bates, y George Lawrence, director general del MI5. Ben Wellington, también del servicio de seguridad inglés, se sentó al lado de Trevor Jones. Los científicos de la cúpula del MAAC, incluidos Matthew Coppens y David Laurent, y el director de relaciones públicas del laboratorio, Stuart Binford, completaban la reunión. Entró también Henry Quint, a quien habían reservado una silla en la cabecera. Cuando se dirigía hacia allí, Smithwick le saludó con la mano y él bajó la mirada incómodo antes de sentarse en una silla junto a la pared.

Ben se inclinó hacia Trevor y preguntó:

—¿Han convocado a John Camp?

—Creo que no —respondió Trevor—. Esta mañana le están haciendo alguna prueba médica.

—¿Y dónde está la doctora Loughty?

Trevor rastreó la habitación con la mirada.

—Voy a buscarla.

Emily estaba sentada en su despacho, mirando algo.

—Hola —saludó Trevor con amabilidad mientras se sentaba—. Solo quería avisarte de que está a punto de empezar la reunión.

Ella le respondió con una amplia sonrisa y un suspiro de agotamiento.

—He perdido la noción del tiempo —reconoció—. Supongo que ya no tengo el hábito de consultar el reloj.

—Lo entiendo.

Emily lanzó una mirada cansada a su móvil.

—He estado hablando con mis padres.

—¿Cómo se lo han tomado?

—Están desconcertados. Contentos de que yo esté sana y salva, pero destrozados porque ahora han desaparecido Arabel y los niños.

—¿Qué les has contado?

—¿Estoy hablando con Trevor el amigo o con Trevor el jefe de seguridad?

—Con el amigo.

—Me he salido del guion. Tenía que hacerlo.

—¿Hasta qué punto te has salido?

—Créeme, no he utilizado la palabra Infierno ni una sola vez. Lo he llamado «otra dimensión», les he dicho que el MAAC abrió un pasadizo a otra dimensión. Y les he asegurado que traeremos de vuelta a Arabel, Sam y Belle.

—¿Te han creído?

—No lo sé. Estaban demasiado asustados como para hacer muchas preguntas.

—Solo para que lo sepas, ellos también firmaron el Acta de Secretos Oficiales.

—Lo sé.

—¿Les has dicho que vas a volver allí?

—Todavía no, pero lo haré. Tengo que contárselo.

—Tenemos que ir a la reunión. —Cuando se levantó, Trevor vio lo que Emily estaba mirando. Era el retrato en carboncillo que le había hecho Caravaggio—. El parecido es increíble —le dijo.

Ella lo guardó en el primer cajón del escritorio.

—Me encanta tenerlo.

La reunión empezó en cuanto Emily y Trevor llegaron. Matthew había reservado una silla a su lado. Emily conocía a todos los presentes excepto al hombre sentado entre Bitterman y Smithwick. Su rostro, rubicundo y de aire agresivo, parecía un globo inflado por culpa del apretado cuello de la camisa y el nudo de la corbata. Le preguntó a Matthew quién era, pero él tampoco lo conocía.

Trevor le estaba haciendo la misma pregunta a Ben.

—Se llama Trotter. Anthony Trotter. Es del MI6. Dicen que le envía el mismísimo primer ministro. ¿Sabes cómo lo llaman sus colegas de la inteligencia secreta?

—Ni idea —respondió Trevor en voz baja.

—Cerdo.

Trevor contuvo la risa.

—¿Te imaginas cómo sería en el colegio?

Al mismo tiempo, Campbell Bates le preguntó a su homólogo en el MI5 qué pensaba de la incorporación de Trotter.

Lawrence le susurró su respuesta:

—Estoy tan contento como lo estarías tú si te convirtieran en el segundón del FBI.

—¿Empezamos? —interrumpió Smithwick—. El doctor Bitterman y yo dirigiremos conjuntamente esta reunión. Han pasado veintidós horas desde el incidente que nos ocupa. Este grupo de trabajo mantendrá reuniones diarias para coordinar la respuesta. El primer punto del orden del día es presentar a Anthony Trotter, del Servicio de Inteligencia. El señor Trotter es el JASS, el Jefe Adjunto del Servicio Secreto, además de asesor del comité Cobra del Consejo de Ministros. Va a sustituir, con efecto inmediato, al doctor Quint en el mando operativo del MAAC. Creo que todos somos conscientes de que la misión científica del MAAC ha quedado relegada a un segundo plano debido a los problemas de seguridad, que han ocupado el primer plano de un modo alarmante. ¿Alguna pregunta?

Emily levantó la mano.

—Adelante, doctora Loughty —la invitó Smithwick.

No se esforzó por sonar diplomática. Había pasado por demasiadas cosas como para preocuparse por eso.

—¿Tiene algún tipo de formación científica, señor Trotter?

El aludido, que estaba anotando algo en su libreta, la miró alzando la mirada con la cabeza gacha.

—No, no tengo ninguna.

—¿Quién de los aquí presentes considera que es una buena idea dejar una instalación científica en manos de alguien que no es científico? —continuó Emily con voz firme—. Todo el mundo sabe que estoy más que indignada porque el doctor Quint ordenó sobrepasar los parámetros de energía establecidos del Hércules I y ahora tenemos que afrontar las desastrosas consecuencias de su decisión. Pero resolver nuestro actual problema requerirá la mejor dirección científica posible, no una gestión meramente administrativa.

—¿Puedo hablar? —pidió Leroy Bitterman.

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