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LA SUSTANCIA DEL MAL

Luca D'Andrea

4


Fragmento

 

Siempre es así. En el hielo, uno primero oye la voz de la Bestia, y luego muere.

Grietas idénticas a aquella en la que me encontraba estaban llenas de montañeros y escaladores que habían perdido las fuerzas, la razón y, finalmente, la vida por culpa de esa voz.

Una parte de mi mente, esa parte animal que conocía el terror porque había vivido en el terror durante millones de años, comprendía lo que la Bestia silbaba.

Ocho letras: «Márchate».

No estaba preparado para la voz de la Bestia.

Necesitaba algo familiar, humano, que me arrancara de la cruda soledad del glaciar. Levanté la mirada por encima de los bordes de la grieta, allá arriba, en busca de la silueta roja del EC-135 del Socorro Alpino de los Dolomitas. Pero el cielo estaba vacío. Una saeta desportillada de un azul cegador.

Fue eso lo que me derrumbó.

Empecé a balancearme adelante y atrás, con la respiración acelerada, con la sangre vacía de toda clase de energía. Igual que Jonás en el vientre de la ballena, me encontraba solo ante la presencia de Dios.

Y Dios gruñía: «Márchate».

A las dos y diecinueve minutos de ese maldito 15 de septiembre, del hielo surgió una voz que no era la de la Bestia. Era Manny, con su uniforme rojo destacando en todo aquel blanco. Repetía mi nombre, una y otra vez, mientras el cabestrante lo iba bajando lentamente hacia mí.

Cinco metros.

Dos.

Sus manos y sus ojos estaban buscando heridas que explicaran mi comportamiento. Sus preguntas: cien y mil cosas a las que no podía dar una respuesta. La voz de la Bestia era demasiado fuerte. Me estaba devorando.

—¿No lo oyes? —murmuré—. La Bestia, la…

La Bestia, hubiera querido explicarle, aquel hielo tan antiguo, consideraba intolerable la idea de un corazón caliente sepultado en sus profundidades. Mi corazón caliente. Y también el suyo.

Y ahí estábamos: las dos y veintidós minutos.

La expresión de sorpresa en la cara de Manny que se transforma en puro terror. El cable del cabestrante que lo levanta como a una marioneta. Manny que sale disparado hacia arriba. El rugido de las hélices del helicóptero que se convierte en un grito estrangulado.

Por último.

El grito de Dios. El alud que destruye el cielo.

¡Márchate!

Fue entonces cuando vi. Cuando me quedé solo, más allá del tiempo y del espacio: vi.

La oscuridad.

La oscuridad total. Pero no morí. Oh, no. La Bestia jugueteó conmigo. Me dejó vivir. La Bestia que ahora susurraba: «Te vas a quedar conmigo para siempre, para siempre…».

No estaba mintiendo.

Una parte de mí todavía sigue allí.

Pero, como habría dicho mi hija Clara con una sonrisa, esa no era la z al final del arcoíris. No era el final de mi historia. Al contrario.

Ese fue solo el inicio.

Con seis letras: «Inicio». Seis letras: «Bestia».

Las mismas que: «Terror».

(We Are) the Road Crew

1.

En la vida, como en el arte, solo hay una cosa que importa: los hechos. Para conocer los hechos, los que se refieren a Evi, Kurt y Markus y a la noche del 28 de abril de 1985, es esencial que lo sepáis todo sobre mí. Porque no se trata solamente de 1985 y de la masacre del Bletterbach. No se trata solamente de Evi, Kurt y Markus, sino también de Salinger, Annelise y Clara.

Todo está relacionado.

2.

Hasta las dos y veintidós del 15 de septiembre de 2013, es decir, hasta el momento en que la Bestia estuvo a punto de matarme, se me había definido como el cincuenta por ciento de una estrella en ascenso en un ámbito, el de los documentales, que más que estrellas tiende a producir minúsculos meteoritos y flatulencias devastadoras.

A Mike McMellan, el otro cincuenta por ciento de la estrella en cuestión, le gustaba decir que aun aceptando que fuéramos estrellas fugaces en rumbo de colisión con el planeta llamado Fracaso Total, habríamos tenido el privilegio de desaparecer en la hoguera reservada a los héroes. A partir de la tercera cerveza me manifestaba de acuerdo con él. Aunque fuese el único motivo, era una excusa óptima para un brindis.

Mike no era solo mi socio. También era el mejor amigo que podéis tener la suerte de conocer. Era irritante, vanidoso, egocéntrico tanto y más que un agujero negro, obsesivo hasta extremos insostenibles, y dotado de la misma capacidad de concentración en un único tema que un canario cargado de anfetaminas. Pero también era el único artista de verdad que había conocido.

Fue Mike —cuando aún no éramos más que la combinación de medios talentos menos cool de la Academia de Cine de Nueva York (curso de Dirección para Mike, de Guion para el que suscribe)— quien se dio cuenta de que si nos empeñábamos en seguir nuestras ambiciones hollywoodenses acabaríamos con el culo aplastado a base de patadas, amargados y farragosos como el maldito profesor «Llamadme Jerry» Calhoun, el exhippie que más había disfrutado torturando nuestras primeras y tímidas creaciones.

—Que le den por culo a Hollywood, Salinger —dijo Mike—. La gente está hambrienta de realidad, no de gráficos por ordenador. La única manera que tenemos de hacer surf en este Zeitgeist de mierda es alejarnos de la ficción y dedicarnos a la amada, vieja y sólida realidad. Cien por cien garantizada.

Enarqué una ceja:

—Zeitgeist?

—Tú eres el teutón, socio.

Mi madre era de origen alemán, pero no había nada de qué preocuparse, estaba a años luz de sentirme discriminado por Mike. Al fin y al cabo, yo había crecido en Brooklyn y él, en el Medio Oeste de mierda.

Consideraciones genealógicas aparte, lo que Mike pretendía decir en ese húmedo noviembre de hace tantos años era que iba a tener que tirar mis (pésimos) guiones y, junto a él, ponerme a filmar documentales. Trabajar con instantes dilatados para transformarlos en un relato que discurriera bien desde el punto a hasta el punto z, según el evangelio del difunto Vladimir Jakovlevič Propp (uno que sabía tanto de historias como Jim Morrison de paranoias).

Un auténtico lío.

—Mike… —resoplé—. Poseo ejemplares del National Geographic que se remontan a 1800. Solo existe una categoría de personas peores que quienes quieren triunfar con las películas: los documentalistas. Muchos de ellos tienen antepasados que murieron en busca de las fuentes del Nilo. Llevan tatuajes y bufandas de cachemira al cuello. Es decir: son unos capullos, pero unos capullos liberales, y por eso se sienten absueltos de todos los pecados. Por último, pero no por esto menos importante: tienen familias cargadas de pasta que subvencionan sus safaris por todo el mundo.

—Salinger, a veces eres muy, pero que muy… —Mike negó con la cabeza—. Déjalo estar y escúchame. Necesitamos un tema. Un tema fuerte para un documental que haga saltar la banca. Algo que la gente ya conozca, algo familiar, pero que nosotros dos vamos a mostrar de una manera nueva, diferente a todo lo que se haya visto hasta ahora. Estrújate el cerebro, piensa y…

No sé cómo y no sé por qué, pero mientras Mike me estaba mirando con esa jeta suya de asesino en serie, mientras un millón de razones para rechazar esa propuesta se arremolinaban en mi cabeza, oí que un gigantesco clic me estallaba en el cerebro. Una idea absurda. Demencial. Incandescente. Una idea tan idiota que amenazaba con funcionar rematadamente bien.

¿Qué había más electrizante, potente y sexi que el rock and roll?

Era una religión para millones de personas. Un latigazo de energía que unía a las generaciones. No había ni un alma en este planeta que nunca hubiera oído hablar de Elvis, de Hendrix, de los Rolling Stones, de Nirvana, de Metallica y de todo ese tren chispeante de la única y auténtica revolución del siglo XX.

Fácil, ¿verdad?

No.

Porque el rock también eran esos grandes y fornidos guardaespaldas vestidos de oscuro, parecidos a armarios de dos puertas y con la mirada de un pitbull, a los que se paga por alejar a listillos como nosotros. Algo que de buena gana hasta harían gratis.

La primera vez que intentamos poner en marcha nuestra idea (Bruce Springsteen en un bolo de calentamiento previo a la gira en un local del Village) salí bien librado, con algún empujón y un par de cardenales. A Mike le fue peor. La mitad de su cara se parecía a la bandera escocesa. La guinda del pastel: nos libramos de una denuncia por un pelo. A Springsteen le siguió el concierto de los White Stripes, el de Michael Stipe, el de los Red Hot Chili Peppers, el de Neil Young y el de los Black Eyed Peas, que en esa época estaban en la cima de su fama.

Coleccionamos un montón de moratones y muy poco material. La tentación de rendirse era fuerte.

Fue en ese momento cuando el dios del rock miró en nuestra dirección, vio nuestros patéticos esfuerzos para rendirle homenaje y con una mirada benévola nos mostró el camino del éxito.

3.

A mediados de abril conseguí hacerme con un contrato doble para montar un escenario en el Battery Park. No era para un grupo cualquiera, sino para la más controvertida, diabólica y denostada banda de todos los tiempos. Señoras y señores: con todos ustedes, Kiss.

Trabajamos como aplicadas hormiguitas concienzudas; luego, mientras los obreros se marchaban, nos escondimos en una montaña de basura. Silenciosos como francotiradores. Cuando llegaron las primeras berlinas oscuras, Mike pulsó el botón Rec. Estábamos en el séptimo cielo. Era nuestra gran oportunidad. Y, como es natural, todo se precipitó.

Gene Simmons salió de una limusina tan larga como un transatlántico, se desperezó y ordenó a sus lacayos que soltaran la correa de su querido cuatro patas. En cuanto se sintió libre, el caniche blanco y horroroso, de expresión luciferina, empezó a ladrar en nuestra dirección igual que uno de los sabuesos del infierno que cantaba Robert Johnson («And the day keeps on reminding me, there’s a he

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