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LABERINTOS DE LA NOCHE

Anne Perry

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Fragmento

1

Las pequeñas lámparas de gas titilaban a lo largo de las paredes del pasillo como si hubiera corriente de aire, pero Hester sabía que, siendo bastante más de las doce de la noche, todas las puertas estaban cerradas. Incluso las ventanas de las salas lo estarían a aquellas horas.

La niña permanecía inmóvil. Tenía los ojos muy abiertos y la piel tan blanca como el camisón que le llegaba por debajo de las rodillas. Sus piernas eran delgadas como palillos y llevaba sucios los pies descalzos. Daba la impresión de estar aterrorizada.

—¿Te has perdido? —le preguntó Hester con delicadeza.

No se le ocurría qué podía estar haciendo allí la chiquilla. Estaban en un anexo del Hospital de Greenwich. Por detrás daba al Támesis, bastante río abajo del inmenso Port de Londres y de la abarrotada ciudad. ¿Sería de alguna de las enfermeras, que la había colado a hurtadillas para no dejarla sola en casa? Eso iba contra las normas. Hester debía asegurarse de que nadie más la encontrara.

—Por favor, señorita —dijo la niña con un susurro ronco—. ¡Charlie se muere! Tiene que venir a ayudarlo. Por favor...

No había otro sonido en la noche, ninguna pisada en los suelos de piedra. El doctor Rand no entraría de turno hasta la mañana.

El miedo de la niña vibraba en el aire.

—Por favor...

—¿Dónde está? —preguntó Hester en voz baja—. Veré qué puedo hacer.

La niña tragó saliva y respiró profundamente.

—Es por aquí. He dejado la puerta atrancada. Podemos regresar, si se da prisa. Por favor...

—Vamos —convino Hester—. Indícame el camino. ¿Cómo te llamas?

—Maggie.

Se volvió y emprendió la marcha deprisa, sus pies descalzos eran silenciosos sobre el frío suelo.

Hester fue tras ella pasillo abajo, giró a la derecha y enfiló otro pasillo todavía peor iluminado. Tan solo podía ver la pequeña figura pálida que iba delante de ella y que cada dos por tres se volvía para asegurarse de que Hester aún la seguía. Se estaban alejando de las salas donde se trataba a los marineros enfermos o malheridos, adentrándose en las zonas administrativas y de almacenamiento. Hester no conocía bien el hospital. Se había ofrecido voluntaria temporal del turno de noche para hacerle un favor a Jenny Solway, una amiga que debía atender a un familiar que había caído enfermo repentinamente. Habían servido juntas a las órdenes de Florence Nightingale en Crimea. De eso hacía ya casi catorce años pero las experiencias que habían compartido —en espantosos campos de batalla, incluido el de Balaclava, y en el hospital de Sebastopol— fraguó una duradera amistad que permanecía inquebrantable aunque pasaran años sin verse.

Hester alcanzó a la chiquilla y la cogió de la mano, pequeña y fría.

—¿Adónde vamos? —preguntó.

—A ayudar a Charlie —contestó Maggie sin volver la cabeza. Ahora tiraba de Hester—. Tenemos que darnos prisa. Por favor...

Un giro más del pasillo y llegaron ante una puerta que estaba enrasada con la pared y que al parecer no tenía picaporte. Una tira de algodón anudada para formar una especie de cuerda hacía las veces de cuña para impedir que la puerta se cerrara del todo. Maggie soltó la mano de Hester, deslizó sus delgados dedos por debajo de la tela y abrió la puerta.

—¡Chis! —advirtió. Luego entró de lado por la rendija e hizo una seña a Hester para que la siguiera. En cuanto Hester estuvo dentro, volvió a poner la cuerda en su sitio y cerró la puerta.

Hester entró pisándole los talones a Maggie. Estaban en otra sala, más pequeña que las de los marineros, donde había seis catres. Las lamparillas de las paredes mostraban las menudas figuras que había tendidas en tres de ellos, inmóviles como si durmieran.

—¿Dónde estamos? —susurró Hester.

—En nuestra habitación —contestó Maggie—. Charlie está allí.

Agarró de nuevo la mano de Hester y tiró de ella hacia el último catre, que quedaba cerca de la puerta de la sala. Estaba cerrada, y Hester se había desorientado y no sabía a qué lado daba.

Maggie se detuvo junto a la cama donde yacía un niño con la tez cenicienta, más o menos de su estatura, apoyado sobre las almohadas. El crío se volvió hacia ella e intentó sonreír.

—Charlie —dijo Maggie con voz un poco temblorosa y lágrimas en las mejillas—, todo irá bien. He traído a una enfermera. Hará que te pongas mejor.

—No tendrías que haberlo hecho —susurró Charlie—. La meterás en problemas.

Maggie levantó un poco el mentón.

—¡Me da igual! —Miró a Hester—. Tiene que hacer algo.

A Hester se le cayó el alma a los pies y tuvo un momento de pánico. El niño parecía estar gravemente enfermo. Probablemente, Maggie llevaba razón al decir que se estaba muriendo. ¿Estarían en una sala de cuarentena? ¿Cómo podía esperar sonsacar información suficiente a un niño tan pequeño para hacerse una idea de lo que le ocurría, a fin de poder atenderlo?

Lo primero que debía hacer era tranquilizarlo, ganarse su confianza. Se acercó hasta el borde de la cama.

—Hola, Charlie —dijo en voz muy baja—. Dime cómo te sientes. ¿Tienes calor? ¿Estás mareado? ¿Tiemblas? ¿Te duele alguna parte en concreto?

Charli

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