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LAS ASOMBROSAS AVENTURAS DE KAVALIER Y CLAY

Michael Chabon

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Fragmento

UNO

Muchos años más tarde, cuando hablara con un entrevistador o con un público compuesto por fans maduros en una convención de cómics, a Sam Clay le gustaría explicar, a propósito de la creación más importante de la que era autor junto con Joe Kavalier, que cuando era un chaval encerrado y atado de pies y manos en aquel tanque hermético que era Brooklyn, Nueva York, a menudo soñaba con Harry Houdini.

—Para mí, Clark Kent en una cabina de teléfono y Houdini en un cajón de embalaje eran lo mismo —explicaría con erudición en el WonderCon o en la Feria de Angoulema o al editor del Comics Journal—. La persona que salía no era la misma que entraba. El primer número de magia de Houdini, ya saben, cuando estaba empezando, se llamaba «Metamorfosis». Nunca era una simple cuestión de escaparse. También era una transformación.

Lo cierto era que, de niño, Sammy solamente había tenido un interés casual, como máximo, en Harry Houdini y sus hazañas legendarias. Sus grandes héroes habían sido Nikola Tesla, Louis Pasteur y Jack London. Sin embargo, hablar del papel de Houdini —y de su imaginación— en el nacimiento del Escapista, como en todas sus mejores invenciones, resultaba verosímil. Los sueños de Sam siempre habían sido houdinianos: eran los sueños de una crisálida forcejeando a ciegas en su capullo, enloquecida por su anhelo de luz y de aire.

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Houdini era un héroe para los bajitos, los chavales de ciudad y los judíos; Samuel Louis Klayman era las tres cosas. Tenía diecisiete años cuando empezaron las aventuras: fanfarrón, no tan veloz a la carrera como le gustaba imaginar y con tendencia, igual que muchos optimistas, a la excitabilidad. No era guapo de ninguna forma convencional. Su cara era un triángulo invertido, con la frente ancha, la barbilla puntiaguda y una nariz roma y pendenciera. Tenía los hombros caídos y la ropa le sentaba mal: siempre tenía aspecto de que lo acababan de asaltar para robarle el dinero del almuerzo. Cada mañana salía de casa con las mejillas impolutas de la inocencia personificada, pero a mediodía el afeitado ya no era más que un recuerdo y la penumbra de vagabundo en el mentón no bastaba para darle un aspecto duro. Se consideraba feo pero era porque nunca había visto su cara en estado de reposo. Había repartido el Eagle durante la mayor parte de 1931 para poder comprarse unas pesas, que luego estuvo levantando todas las mañanas durante los siguientes ocho años hasta que tuvo los brazos, el tórax y los hombros fibrados y fuertes. La polio le había dejado unas piernas endebles de niño. En calcetines, medía metro sesenta y cinco. Igual que todos sus amigos, consideraba un cumplido que alguien lo llamara listillo. Tenía un conocimiento incorrecto pero ferviente del funcionamiento de la televisión, la energía atómica y la antigravedad, y albergaba la ambición —entre otras mil— de terminar sus días en las playas cálidas y soleadas del Gran Océano Polar de Venus. Lector omnívoro con tendencia a la improvisación, le divertían Stevenson, London y Wells, se esforzaba con Wolfe, Dreiser y Dos Passos e idolatraba a S. J. Perelman; su régimen autoimpuesto ocultaba el típico apetito culpable. En su caso la pasión encubierta —una de ellas, por lo menos— eran aquellos cargamentos de sangre y fantasía a bajo precio: las revistas pulp. Había conseguido y leído todos los números quincenales de La sombra publicados desde 1933, y estaba en trámites de conseguir las colecciones completas de El vengador y El hombre de bronce.

La larga vida de Kavalier y Clay —y la verdadera historia del nacimiento del Escapista— empezó en 1939, hacia finales de octubre, la noche que la madre de Sammy entró de sopetón en su cuarto, le estampó el anillo y los nudillos de hierro de la mano izquierda en un costado del cráneo y le dijo que se moviera y que hiciera sitio en la cama para su primo de Praga. Sammy se sentó en la cama, con el corazón latiéndole en los goznes de la mandíbula. A la luz lívida del tubo fluorescente que había sobre el fregadero distinguió a un muchacho delgado más o menos de su edad, encorvado como un interrogante y apoyado en el marco de la puerta, con un montón desordenado de periódicos debajo de un brazo y con el otro tapándose la cara como si tuviera vergüenza. Aquel, dijo la señora Klayman dando un empujón a Sammy en dirección a la pared, era Josef Kavalier, el hijo de su hermano Emil, y había llegado aquella misma noche a Nueva York en un autobús Greyhound procedente de San Francisco.

—¿Qué le pasa? —dijo Sammy. Se corrió hacia un lado hasta que sus hombros tocaron el yeso frío de la pared. Se cuidó de llevarse consigo las dos almohadas—. ¿Está enfermo?

—¿Tú qué crees? —dijo su madre, dando unas palmadas sobre la superficie vacía de la cama como para dispersar las partículas nocivas que Sammy pudiera haber dejado. Acababa de llegar a casa después de su última noche en el turno de noche de Bellevue, en donde trabajaba como enfermera de psiquiatría. Todavía llevaba consigo el aliento rancio del hospital, pero el cuello abierto de su uniforme despedía un vago aroma al agua de lavanda con que rociaba su cuerpo diminuto. La fragancia natural de su cuerpo era especiada y áspera, como de virutas de lápiz—. Apenas se puede mantener de pie.

Sammy miró más allá de su madre, intentando ver mejor al pobre Josef Kavalier con su traje ancho de tweed. Se acordaba vagamente de que tenía primos checos. Pero su madre no le había dicho ni una palabra de que uno de ellos fuera a venir de visita, menos todavía de que fuera a compartir la cama de Sammy. Tampoco estaba seguro de qué papel tenía San Francisco en la historia.

—Ahí lo tienes —dijo su madre irguiendo la espalda de nuevo, aparentemente satisfecha de haber desplazado a Sammy a los quince centímetros más al este del colchón. Luego se volvió hacia Josef Kavalier—. Ven aquí. Quiero decirte algo. —Le agarró de las orejas como si agarrara una jarra por las asas y le aplastó los labios en cada una de las mejillas—. Lo has conseguido. ¿De acuerdo? Ya estás aquí.

—Muy bien —dijo su sobrino. No parecía convencido.

Ella le dio una toallita y salió. Tan pronto como se hubo marchado, Sammy recuperó unos centímetros preciosos de colchón mientras su primo se quedaba de pie, frotándose las mejillas maltrechas. Al cabo de un momento la señora Klayman apagó la luz de la cocina y los dos se quedaron a oscuras. Sammy oyó que su primo suspiraba y dejaba ir el aire lentamente. El montón de periódicos crujió y luego cayó al suelo con un ruido sordo de derrota. Los botones de su chaqueta golpearon el respaldo de una silla. Sus pantalones susurraron cuando se los quitó. Dejó caer un zapato y luego el otro. Su reloj de pulsera tintineó contra el vaso de agua de la mesilla de noche. Luego él y una ráfaga de aire frío se metieron bajo las sábanas, trayendo consigo un olor a cigarrillos, axilas, lana húmeda y algo dulce y vagamente nostálgico que Sammy identificó como el olor, procedente del aliento de su primo, a las ciruelas del pedazo que había sobrado del pan de carne «especial» de su madre —las ciruelas solamente eran una pequeña parte de lo que lo hacía especial—, que había visto cómo ella embalaba como un paquete con una hoja de papel de cera y colocaba en una bandeja del frigorífico. De forma que ya sabía que su sobrino iba a llegar esa noche. Lo había estado esperando para cenar y no le había dicho nada a Sammy.

Josef Kavalier se puso cómodo en el colchón, carraspeó, se colocó los brazos bajo la cabeza y se quedó repentinamente inmóvil, como si lo acabaran de desenchufar. Se quedó quieto hasta el punto de no flexionar ni un dedo del pie. El Big Ben de la mesilla de noche hacía un tictac estridente. La respiración de Josef se volvió más lenta y pesada. Sammy se estaba preguntando si alguien podía quedarse dormido con tanta facilidad cuando su primo habló:

—Tan pronto como yo consigo algo de dinero, busco alojamiento y salgo de la cama —dijo. Tenía un acento vagamente alemán con un extraño deje escocés.

—Me parece bien —dijo Sammy—. Hablas bien el inglés.

—Gracias.

—¿Dónde lo has aprendido?

—Prefiero no decir.

—¿Es un secreto?

—Es una cuestión privada.

—¿Puedo preguntar qué estabas haciendo en California? —dijo Sammy—. ¿O eso también es información confidencial?

—Llego allí desde Japón.

—¡Japón! —Sammy se sintió enfermar de envidia. Sus piernas flacas como pajitas de refresco nunca habían llegado más lejos de Buffalo y nunca habían cruzado nada más peligroso que la cinta flatulenta de color verde tóxico que separaba Brooklyn de la isla de Manhattan. En aquella cama estrecha, en aquel dormitorio que apenas era un poco más ancho que la cama, al fondo de un apartamento situado en un edificio marcadamente de clase media-baja en Ocean Avenue, con los ronquidos de su abuela haciendo temblar las paredes como si pasara un tranvía, Sammy albergaba las fantasías de huida, transformación y evasión típicas de Brooklyn. Tenía sueños descabellados en los que se convertía en un importante novelista americano o en alguien de ingenio notorio como el ensayista Clifton Fadiman, o tal vez en un médico heroico. O bien desarrollaba, mediante la práctica y la pura fuerza de voluntad, poderes mentales que le permitían asumir un control sobrenatural sobre los corazones y las mentes de la gente. En el cajón de su escritorio había —y llevaba allí bastante tiempo— las primeras once páginas de una abultada novela autobiográfica que tenía que titularse o bien (a la manera de Perelman) Mucho ruido en pocas veces o bien (a la manera de Dreiser) Desilusión americana (una cuestión que por aquella época se puede decir que ignoraba). Había dedicado una cantidad vergonzosa de horas de concentración silenciosa —con el ceño fruncido y conteniendo la respiración— al desarrollo de sus poderes latentes de telepatía y control mental. Y se había emocionado por lo menos diez veces con la Ilíada del heroísmo médico, Cazadores de microbios. Pero como la mayoría de nativos de Brooklyn Sammy se consideraba realista, y en general sus planes de huida se basaban en la obtención de cantidades fabulosas de dinero.

Desde los seis años vendía semillas, barras de caramelo, plantas de interior, líquidos limpiadores, abrillantador de metales, suscripciones a revistas, peines irrompibles y cordones de zapatos puerta a puerta. En un laboratorio de Zharkov instalado en la mesa de la cocina había inventado artefactos cuasifuncionales como sujeciones para botones caídos, abridores de dos botellas a la vez y planchas sin calor para la ropa. En los últimos años la atención comercial de Sammy se había dirigido al terreno de la ilustración profesional. Estaban en pleno apogeo los grandes ilustradores y caricaturistas comerciales —Rockwell, Leyendecker, Raymond, Caniff—, y circulaba la opinión general de que en la mesa de dibujo un hombre no solamente podía ganarse bien la vida sino también alterar el tono y textura de la opinión del país. En el armario de Sammy se amontonaban docenas de blocs llenos de toscos dibujos a tinta de caballos, indios, héroes del fútbol americano, simios inteligentes, aeroplanos Fokker, ninfas, cohetes lunares, vaqueros, sarracenos, selvas tropicales y osos pardos, así como estudios sobre los pliegues de la ropa de mujer, las muescas de los sombreros de hombre, los brillos del iris humano y las nubes del cielo del Oeste. Su dominio de la perspectiva era endeble, su conocimiento de la anatomía humana dudoso y su trazo a menudo inseguro, pero eso sí, tenía una gran iniciativa para robar. Recortaba sus páginas y anuncios favoritos de los periódicos y cómics y los pegaba en un grueso cuaderno: así había conseguido un millar de posturas y estilos ejemplares. Había empleado a fondo aquella biblia de recortes para falsificar una tira cómica de Terry y los piratas de Milton Caniff titulada El mar de la China Meridional, dibujada con una fiel imitación estilística de su genial autor. Había imitado a Raymond en algo que él llamaba Los murajes de los planetas y a Chester Gould en una tira sobre un agente del FBI de cuello rígido titulada Nudillos de hierro Doyle. Había intentado copiar a Hogarth y Lee Falk, a George Herriman, Harold Gray y Elzie Segar. Sus tiras de muestra las guardaba en un abultado portafolio de cartón debajo de su cama, esperando que se presentara su oportunidad, su gran momento.

—¡ Japón! —repitió, regocijándose con el exótico aroma caniffiano que desprendía aquel nombre—. ¿Qué estabas haciendo allí?

—Sobre todo estaba sufriendo malestar intestinal —dijo Josef Kavalier—. Y todavía lo sufro. Sobre todo de noche.

Sammy consideró un momento esta información y se arrimó un poco más a la pared.

—Dime, Samuel —dijo Josef Kavalier—. ¿Cuántos ejemplos tengo que tener en mi portafolio?

—Samuel no. Sammy. No, llámame Sam.

—Sam.

—¿De qué portafolio hablas?

—Mi portafolio de dibujos. Para yo enseñar a tu patrón. Por desgracia, he estado obligado a dejar atrás todo mi obra en Praga, pero puedo hacer muy deprisa muchos otros que serán tremendamente bien.

—¿Para enseñar a mi jefe? —dijo Sammy, notando en su propia confusión el rastro persistente de la intervención de su madre—. ¿De qué hablas?

—Tu madre me sugirió que podías ayudar a encontrar mi trabajo en el empresa donde trabajas. Soy artista, igual que ti.

—Artista. —De nuevo Sammy envidió a su primo. Aquella era una afirmación que él nunca sería capaz de hacer sin desviar la mirada fraudulenta en dirección a sus zapatos—. ¿Mi madre te ha dicho que soy artista?

—Artista comercial, sí. Para la empresa Empire Novelties Incorporated.

Durante un instante Sammy protegió con las manos la llamita que había prendido en su interior aquel cumplido de segunda mano. Luego la apagó.

—Estaba hablando sin ton ni son —dijo.

—¿Perdón?

—Que decía chorradas.

—¿Decía qué…?

—Soy encargado de inventarios. A veces me dejan hacer la maqueta de un anuncio. O cuando añaden un artículo nuevo al catálogo me dejan hacer la ilustración. Me pagan dos dólares por cada una.

—Ah —Josef Cavalier dejó escapar otro largo suspiro. Seguía sin mover un músculo. Sammy no tenía ni idea de si aquella inmovilidad aparentemente completa era el producto de una tensión insoportable o de una calma maravillosa—. Tu madre escribió una carta a mi padre —explicó Josef—. Yo me acuerdo que ella dice que tú hace diseños de inventos y artefactos nuevos sensacionales.

—¿Adivinas lo que hacía?

—Hablar sin ton.

Sammy suspiró, como para corroborar que por desgracia estaba en lo cierto; dejó escapar un suspiro abatido, angustiado… y falso. Sin duda su madre, al escribir a su hermano de Praga, había creído que estaba llevando a cabo un informe preciso. Era Sammy el que había estado hablando sin ton ni son durante el último año, adornando, no solamente para su madre sino para cualquiera que quisiera escuchar, la naturaleza subalterna de su posición en Empire Novelties. Sammy se sintió avergonzado durante un instante, no tanto por haber sido sorprendido y tener que confesar la bajeza de su estatus a su primo como por la evidencia de un defecto en la omnisciente lupa maternal. Luego se preguntó si acaso su madre, lejos de dejarse engañar por sus fanfarronadas, no estaría aprovechando en realidad la forma grotesca en que Sammy exageraba su influencia sobre Sheldon Anapol, el dueño de Empire Novelties. Si se viera obligado a mantener la mentira a la que había dedicado tanta energía e inventiva, entonces también tendría que volver del trabajo al día siguiente con un trabajo para Josef Kavalier en sus dedos mugrientos de empleado de inventario.

—Lo intentaré —dijo, y fue entonces cuando sintió la primera chispa, el cosquilleo de la posibilidad recorriéndole la espalda. Durante otro rato largo, ninguno de ellos dijo nada. Esta vez, Sammy se dio cuenta de que Josef seguía despierto. Casi podía sentir el goteo capilar de la duda filtrándose y mortificando al chaval. A Sammy le dio lástima.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo.

—¿Qué pregunta?

—¿Por qué llevabas tantos periódicos?

—Son los periódicos de Nueva York. Los he comprado en la terminal de Greyhound en Capitol.

—¿Cuántos?

Por primera vez Sammy se dio cuenta de que Josef Kavalier se agitaba.

—Once.

Sammy contó rápidamente con los dedos: había ocho diarios metropolitanos. Diez contando el Eagle y el Home News.

—Me falta uno.

—¿Te falta…?

—El Times, el Herald Tribune —se tocó las yemas de dos dedos—. El World-Telegram, el Journal-American, el Sun. —Cambió de mano—. El News, el Post. Hum, el Wall Street Journal. Y el Eagle de Brooklyn. Y el Home News del Bronx. —Dejó caer las manos sobre el colchón—. ¿Cuál es el que hace once?

—El Woman’s Daily Wearing.

—¿El Women’s Wear Daily?

—No sabía que se decía así. El de los vestidos. —Se rió de sí mismo con una serie de carraspeos entrecortados—. Estaba buscando algo sobre Praga.

—¿Encontraste algo? En el Times debían de decir algo.

—Algo. Muy poco. Nada de los judíos.

—Los judíos —dijo Sammy, empezando a entender. Josef no buscaba noticias de las últimas maniobras diplomáticas de Londres y Berlín, ni de las bravatas más recientes de Adolf Hitler. Buscaba algún artículo que mencionara la situación de la familia Kavalier—. ¿Sabes judío? Yiddish. ¿Lo entiendes?

—No.

—Es una lástima. En Nueva York tenemos cuatro periódicos judíos. Probablemente digan algo.

—¿Y los periódicos alemanes?

—No sé, pero imagino que los habrá. Tenemos montones de alemanes, eso sí. Organizan marchas y mítines por toda la ciudad.

—Ya veo.

—¿Estás preocupado por tu familia?

No hubo respuesta.

—¿No han podido salir?

—No. Todavía no. —Sammy notó que Josef daba una sacudida brusca con la cabeza, como para terminar la discusión—. Temo que he fumado todos los cigarrillos —continuó con un tono neutro de libro de frases—. Tal vez tú podrías…

—Es que me he fumado el último antes de meterme en la cama —dijo Sammy—. Eh, ¿cómo sabes que fumo? ¿Es que huelo?

—Sammy —dijo su madre—, duerme.

Sammy se olió a sí mismo.

—Hum. Me pregunto si Ethel puede olerlo. A ella no le gusta. Si quiero fumar tengo que hacerlo en esa ventana, la que da a la salida de incendios.

—No fumas en la cama —dijo Josef—. Más razón de mí para dejarlo.

—No me hables —dijo Sammy—. Me muero de ganas de tener piso propio.

Se quedaron así durante unos minutos, anhelando cigarrillos así como todas las demás cosas que aquel anhelo parecía condensar y representar en su frustración absoluta.

—Tu plato de ceniza —dijo por fin Josef—. Tu cenicero.

—En la salida de incendios. Es una planta.

—Debe de estar llena de… ¿spacek?, ¿kippe? De los restos.

—¿Quieres decir las colillas?

—Las colillas.

—Supongo que sí. No me digas que te fumarías…

Sin previo aviso, con una especie de descarga de dinamismo que parecía al mismo tiempo la contrapartida y el resultado del estado de calma total que la había precedido inmediatamente, Josef dio media vuelta y salió de la cama. Para entonces los ojos de Sammy ya se habían ajustado a la oscuridad de la habitación, que nunca era completa. Un orillo de radiación azul grisácea del fluorescente de la cocina bordeaba la puerta del dormitorio y se mezclaba con el haz pálido procedente de la noche de Brooklyn, un compuesto formado por los halos de las farolas, los faros de los coches y los tranvías, los fuegos de las tres factorías de laminación de acero que funcionaban en el barrio y el brillo emitido por el reino insular del otro lado del río, que se filtraba en ángulo oblicuo por el espacio entre las cortinas. Bajo aquel resplandor tenue que para Sammy representaba la luz enfermiza del insomnio materializado, vio cómo su primo registraba metódicamente los bolsillos de la ropa que antes había colgado con cuidado del respaldo de la silla.

—¿La lámpara?

Sammy negó con la cabeza.

—La tiene mi madre —dijo.

Josef volvió a la cama y se sentó.

—Entonces tenemos que trabajar en la oscuridad.

Entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda sostenía una hoja plisada de papel de liar. Sammy entendió. Se apoyó en un brazo y con el otro separó las cortinas, despacio para que el ruido no los delatara. Luego, apretando los dientes, levantó la hoja de la ventana situada a un lado de su cama, dejando que entrara el zumbido helado del tráfico y una ráfaga susurrante de la medianoche fría de octubre. El «cenicero» de Sammy era una maceta alargada de terracota de estilo vagamente mexicano, llena de un compuesto estéril de tierra para macetas y hollín, y ocupada por el esqueleto semipetrificado, por otra parte bastante apropiado, de una cineraria que no se había vendido durante la época de plantas de interior de Sammy, de forma que era casi tres años anterior a su hábito bastante reciente de fumador. Alrededor de la base de la planta marchita había una docena de colillas aplastadas de Old Gold. Sammy cogió un puñado de ellas con desagrado —estaban un poco húmedas—, como si estuviera recogiendo lombrices de tierra, luego se las dio a su primo, que a su vez le dio una caja de cerillas que de forma evocadora le invitaba a «Comer en Joe’s Crab, en el Muelle de los Pescadores» y en la cual solamente quedaba una cerilla.

Rápidamente, pero no sin cierta teatralidad, Josef abrió siete colillas con una sola mano y fue dejando caer las hebras en la hoja arrugada de Zig Zag. Al cabo de un minuto de manipulación había fabricado un cigarrillo.

—Ven —dijo. Cruzó de rodillas la cama hasta llegar a la ventana. Sammy se unió a él, los dos se inclinaron bajo la hoja de guillotina y sacaron la cabeza y la parte superior del cuerpo por la ventana. Josef le dio el cigarrillo a Sammy y a la luz preciosa de la cerilla, que Sammy protegió nerviosamente del viento, este vio que Josef había construido un cilindro perfecto, tan grueso, recto y casi tan liso como si lo hubiera liado una máquina. Sammy dio una larga calada de True Virginia Flavor y le devolvió aquel cigarrillo mágico a su fabricante. Los dos fumaron en silencio hasta que quedó menos de un centímetro. Luego volvieron al interior, bajaron la hoja de la ventana y la persiana, y se tumbaron en la cama, oliendo a humo.

—¿Sabes? —dijo Sammy—. Estamos, hum, hemos estado muy preocupados… Por Hitler… Y la forma en que está tratando a los judíos y… Y todo eso. Cuando fueron… Cuando fuisteis… Invadidos… Mi madre… O sea todos nosotros… —Negó con la cabeza, sin saber muy bien qué decir—. Ten. —Se incorporó un poco y se sacó una de las dos almohadas de debajo de la cabeza.

Josef Kavalier levantó la cabeza y se puso la almohada debajo.

—Gracias —dijo, y se quedó nuevamente inmóvil.

Enseguida su respiración se volvió rítmica y se ralentizó hasta convertirse en un traqueteo congestionado, dejando a Sammy a solas para cavilar, como cada noche, sus habituales proyectos larvarios. Pero en sus fantasías Sammy descubrió que por primera vez en años, era capaz de incluir la ayuda de un aliado.

DOS

Fue un sueño larvario —un sueño de evasión fabulosa— el que finalmente había llevado a Josef Kavalier a través de Asia y del Pacífico y hasta el camastro de su primo en Ocean Avenue.

Tan pronto como el ejército alemán ocupó Praga, en ciertos ambientes se empezó a hablar de poner a salvo el famoso Gólem de la ciudad, el autómata milagroso del rabino Loew, enviándolo al exilio. Con los nazis llegaron los rumores acerca de confiscaciones, expropiaciones y saqueos, sobre todo de objetos sagrados de los judíos. El gran miedo de sus guardianes secretos era que el Gólem fuera embalado y enviado para adornar algún Institut o colección privada de Berlín o Munich. Un par de jóvenes alemanes de mirada taimada y voz susurrante habían pasado casi dos días deambulando con cuadernos por la Vieja Nueva Sinagoga, en cuyos aleros la leyenda situaba al paladín largo tiempo aletargado del gueto. Los dos jóvenes alemanes habían asegurado que eran académicos, que estaban allí por interés personal y no tenían vínculos oficiales con el Reichsprotektorat, pero nadie los creyó. Se rumoreaba que ciertos altos cargos del partido en Berlín eran estudiantes ávidos de teosofía y de las llamadas ciencias ocultas. Parecía cuestión de tiempo que descubrieran al Gólem en su ataúd gigante de madera de pino, durmiendo su letargo sin sueños, y lo robaran.

En el círculo de sus guardianes había cierta resistencia a la idea de enviar al Gólem al extranjero, ni aunque fuera para protegerlo. Algunos decían que como se había formado originalmente con el barro del río Moldava, podía sufrir cierta degradación física si lo alejaban de su clima nativo. Los que tenían inclinaciones historicistas —y que, como todos los historiadores del mundo, se atribuían con orgullo la perspectiva más juiciosa— argumentaban que el Gólem ya había sobrevivido a muchos siglos de invasiones, calamidades, guerras y pogromos sin ser descubierto ni desplazado, y se manifestaban contrarios a reaccionar de forma precipitada ante una simple mala racha más para los judíos de Bohemia. Incluso había unos cuantos en el círculo que, cuando se les presionaba, admitían que no querían enviar lejos al Gólem porque interiormente no habían renunciado a la esperanza infantil de que el gran enemigo de quienes odiaban a los judíos y los acusaban falsamente de crímenes pudiera ser revivido en un momento de extrema necesidad para luchar de nuevo. Al final, sin embargo, la votación se decantó a favor de enviar al Gólem a un lugar seguro, preferiblemente a un país neutral que no estuviera metido en la contienda y donde hubiera población de judíos.

Fue entonces cuando un miembro del círculo secreto que tenía vínculos con la escena de los espectáculos de magia en Praga sacó a colación el nombre de Bernard Kornblum y dijo que era el hombre en quien se podía confiar para llevar a cabo la evasión del Gólem.

Bernard Kornblum era un Ausbrecher, un ilusionista especializado en trucos con camisas de fuerza y esposas, la clase de números que se habían popularizado gracias a Harry Houdini. Hacía poco tiempo que se había retirado del mundo del espectáculo (tenía setenta años por lo menos) para establecerse en Praga, su ciudad adoptiva, y esperar lo inevitable. Pero tal como dijo quien lo había propuesto, era originario de Vilna, la ciudad sagrada de la Europa judía, un lugar conocido, a pesar de su reputación de testarudez, por albergar a hombres con una buena consideración de los gólems. Asimismo, Lituania era oficialmente neutral y supuestamente Hitler había renunciado a toda ambición hacia aquel país en un protocolo secreto del pacto entre Molotov y Ribbentrop. Así pues, Kornblum fue convocado, apartado de su puesto vitalicio en una mesa de póquer de la sala de juegos del club Hofzinser y llevado al lugar secreto donde el círculo se reunía: en Monumentos Faleder, en una caseta detrás de la sala de exposición y venta de lápidas. Allí le explicaron la naturaleza de su tarea: tenía que hacer desaparecer al Gólem de su escondrijo, prepararlo bien para el trayecto y luego sacarlo del país, sin llamar la atención, y hacerlo llegar a manos de los contactos en Vilna. Los documentos oficiales necesarios —certificados de transporte, documentación para las aduanas— serían proporcionados por los miembros más influyentes del círculo o por amigos situados en lugares elevados.

Bernard Kornblum aceptó de inmediato el encargo del círculo. Aunque como muchos magos era un no creyente convencido y solamente reverenciaba a la naturaleza, esa Gran Ilusionista, sin embargo era un buen judío. Más importante todavía, estaba aburrido y se sentía desgraciado ahora que estaba jubilado, e incluso había estado considerando un regreso a los escenarios quizá poco recomendable cuando lo convocaron. Aunque vivía en una miseria relativa, rechazó los generosos honorarios que el círculo le ofrecía y solamente puso dos condiciones: que no desvelaría ni un detalle de sus planes a nadie y que no aceptaría ningún consejo o ayuda no solicitados. Correría una cortina sobre todo el truco, por decirlo de algún modo, y solamente la abriría cuando la hazaña hubiera tenido éxito.

Estas condiciones no solamente hicieron gracia a los miembros del círculo sino que en cierta forma también les parecieron sensatas. Cuanto menos supiera ninguno de ellos sobre los detalles, más fácilmente podrían alegar, si el asunto salía a la luz, que no sabían nada de la fuga del Gólem.

Kornblum salió de Monumentos Faleder, que no estaba lejos de su propio alojamiento en la calle Maisel, y se dirigió a su casa con la mente ya empezando a construir el armazón de un plan sólido y elegante. Durante un breve período en Varsovia en la década de 1890, Kornblum se había visto obligado a delinquir, en concreto a desvalijar casas, así que la perspectiva de escamotear el Gólem de su guarida actual de forma inadvertida despertó viejos recuerdos perversos de luz de gas y joyas robadas. Pero todos sus planes cambiaron cuando entró en el vestíbulo de su edificio. La gardienne asomó la cabeza y le dijo que había un joven esperando para verlo en su habitación. Un joven atractivo, le dijo, bien vestido y con buenos modales. Por supuesto, en circunstancias normales habría hecho esperar al visitante en la escalera, pero le había parecido reconocerlo como un antiguo estudiante de herr Professor.

La gente que se gana la vida coqueteando con el desastre desarrolla un talento para la imaginación pesimista, una anticipación de lo peor, que a menudo no se distingue de la clarividencia. Kornblum supo de inmediato que su visitante inesperado tenía que ser Josef Kavalier y se le cayó el alma a los pies. Meses atrás había oído que el chico iba a abandonar la escuela de arte y que emigraba a América. Algo le había ido mal.

Josef se puso en pie al entrar su antiguo profesor y agarró su sombrero sobre el pecho. Llevaba un traje aparentemente nuevo de aromático tweed escocés. Kornblum notó por el rubor de sus mejillas y el cuidado excesivo con que evitaba darse con la cabeza contra el techo bajo e inclinado que el muchacho estaba bastante borracho. Y ya no era precisamente un muchacho. Debía de tener casi diecinueve años.

—¿Qué pasa, hijo? —dijo Kornblum—. ¿Qué haces aquí?

—No estoy aquí —respondió Josef. Era un muchacho pálido y pecoso con el pelo negro, una nariz al mismo tiempo grande y aplastada y unos ojos azules muy separados y demasiado empañados por el sarcasmo para resultar soñadores—. Estoy en un tren rumbo a Ostende. —Fingió teatralmente que consultaba su reloj de pulsera. A Kornblum le pareció que no estaba fingiendo en absoluto—. A esta hora estoy pasando por Frankfurt, ¿entiende?

—Entiendo.

—Sí. Mi familia ha gastado toda su fortuna. Han sobornado a todo el mundo a quien se podía sobornar. Han vaciado nuestras cuentas bancarias. Han vendido la póliza de seguros de mi padre. Las joyas de mi madre y su plata. Los cuadros. La mayoría de los muebles valiosos. El instrumental médico. Las acciones. Todo para asegurarse de que yo, el afortunado, pueda estar sentado en ese tren, ¿entiende? En el vagón de fumadores. —Expulsó una bocanada de humo imaginario—. Atravesando Alemania de camino a the good old U.S.A. —Terminó la frase en americano gangoso. A Kornblum su acento le pareció bastante bueno.

—Muchacho…

—Con todos los papeles en orden, you betcha.

Kornblum suspiró:

—¿Y el visado de salida? —aventuró. Había oído historias sobre denegaciones de último minuto en las semanas pasadas.

—Dijeron que me faltaba un sello. Un sello. Les dije que no era posible. Que todo estaba en orden. Yo tenía una lista de control que me había preparado el subsecretario auxiliar de visados de salida en persona. Y se la enseñé.

—¿Pero?

—Dijeron que los requisitos habían cambiado esa misma mañana. Tenían una orden, un telegrama de Eichmann en persona. Me hicieron bajar del tren en Eger. A diez kilómetros de la frontera.

—Ah —Kornblum se sentó en la cama (sufría hemorroides) y dio unos golpecitos en la colcha a su lado. Josef se sentó. Se tapó la cara con las manos. Dejó escapar un suspiro entrecortado, se le pusieron los hombros tensos y los tendones se le marcaron en la parte de atrás del cuello. Intentaba refrenar las ganas de llorar.

—Escucha —dijo el viejo mago intentando adelantarse a su llanto—. Escúchame. Estoy casi seguro de que podrás salir del apuro.

Las palabras de consuelo le salieron más envaradas de lo que le habría gustado, pero empezaba a sentir una vaga aprensión. Ya era pasada la medianoche y el muchacho tenía un aire de desesperación, de estallido inminente, que ciertamente conmovía a Kornblum pero también le ponía nervioso. Cinco años antes se había visto implicado en un episodio desgraciado con aquel mismo chico insensato y desafortunado del que se había arrepentido considerablemente.

—Vamos —dijo Kornblum. Le dio al chico un golpecito torpe en el hombro—. Tus padres deben de estar preocupados. Te acompaño a casa.

Aquello fue la gota que colmó el vaso: con una exhalación brusca, como un hombre que saltara aterrorizado desde la cubierta en llamas de un barco a un mar congelado, Josef rompió a llorar.

—Ya los he dejado una vez —dijo, negando con la cabeza—. No puedo volver a hacérselo.

Toda la mañana, en el tren que lo había llevado en dirección oeste rumbo a Ostende y América, a Josef le había atormentado el recuerdo amargo de su despedida. No había llorado pero tampoco le había sentado especialmente bien el llanto de su madre y de su abuelo, que había cantado la parte de Vitek en el estreno de 1926 del Vec Makropoulos de Janácek en Brno, y, como suele pasar con los tenores, acostumbraba a demostrar abiertamente sus sentimientos. Pero Josef, como muchos chicos de diecinueve años, creía erróneamente que le habían roto muchas veces el corazón y se enorgullecía de la dureza imaginaria de dicho órgano. Su tendencia al estoicismo juvenil le había ayudado a mantenerse impávido al recibir el abrazo lacrimógeno de su abuelo aquella mañana en la Bahnhof. También se había sentido desgraciadamente contento de irse. No le alegraba dejar Praga tanto como le excitaba dirigirse a América, con destino a la casa de la hermana de su padre y de un primo suyo llamado Sam, en el inimaginable Brooklyn, con sus locales nocturnos, sus tipos duros y todo el brío de la Warner Bros. La misma insensibilidad robusta a lo James Cagney que le había permitido ocultar el dolor de abandonar a toda su familia y el único hogar que conocía también le había ayudado a decirse a sí mismo que solamente era cuestión de tiempo que todos ellos se reunieran con él en Nueva York. Además, la situación en Praga era más adversa que nunca. Por tanto, en la estación, Josef había mantenido la cabeza erguida y las mejillas secas y había estado dando caladas a un cigarrillo, fingiendo que prestaba más atención a los demás pasajeros que llenaban el andén, los soldados alemanes con sus abrigos elegantes, que a los miembros de su propia familia. Había besado la mejilla rasposa de su abuelo, había soportado el largo abrazo de su madre y estrechado las manos de su padre y de su hermano menor, Thomas, que le entregó un sobre. Josef se lo había metido en un bolsillo con indolencia estudiada, ignorando el temblor del labio de Thomas cuando el sobre desapareció. Luego, cuando Josef estaba subiendo al tren, su padre le agarró los faldones del abrigo y le hizo bajar de nuevo al andén. Se acercó a Josef por la espalda y lo rodeó con un abrazo compungido. La sensación que le había producido a Josef el bigote húmedo por las lágrimas de su padre en su mejilla fue mortificadora. Josef se separó.

—See you in the funny papers —dijo. Se obligó a mostrarse desenfadado. En mi aplomo, se dijo, reside su esperanza de salvación.

Tan pronto como el tren se alejó del andén, sin embargo, y Josef estuvo sentado en su asiento del compartimento de segunda clase, sintió la brutalidad de su conducta como un puñetazo en el estómago. Pareció al mismo tiempo hincharse, latir y arder de vergüenza, como si todo su cuerpo protagonizara una rebelión contra su conducta, como si la vergüenza pudiera producir en él la misma reacción catastrófica que la picadura de una abeja. El asiento que ahora ocupaba había costado, con el añadido de los impuestos de partida y la reciente «tasa aduanera de transbordo», lo mismo que su madre había sacado con el empeño de un broche de esmeraldas que su marido le había regalado por su décimo aniversario. Poco antes de aquel triste aniversario, frau Dr. Kavalier había tenido un aborto en el cuarto mes de embarazo, y de pronto la imagen de aquella hermana que no había llegado a nacer —tenía que ser una niña— adoptó en la mente de Josef la forma de un penacho de vapor resplandeciente y clavó en él una mirada de reproche de color esmeralda. Cuando los oficiales de emigración aparecieron en Eger para hacerle bajar del tren —su nombre estaba entre los muchos de su lista— lo encontraron entre dos vagones, con la nariz moqueando y llorando con la cara apoyada en el brazo.

La vergüenza de Josef por su partida, sin embargo, no fue nada comparada con la ignominia insoportable de su regreso. En el viaje de vuelta a Praga, hacinado en el vagón de tercera clase de un tren local sin aire, en compañía de un grupo de robustas y ruidosas familias de granjeros de los Sudetes que se dirigían a la capital para alguna clase de celebración religiosa, pasó la primera hora disfrutando de una sensación de justo castigo por su insensibilidad, su ingratitud y por haber abandonado a su familia. Pero cuando el tren pasó por Kladno, el inevitable regreso a casa empezó a abrumarlo. Ahora le parecía que su regreso por sorpresa, en vez de ofrecerle la oportunidad de reparar su conducta imperdonable, solamente serviría para llevar más tristeza a su familia. Durante los seis meses transcurridos desde que empezara la ocupación, el objetivo de los esfuerzos de la familia Kavalier, de su existencia colectiva, había sido enviar a Josef a América. De hecho, aquel esfuerzo había llegado a representar un contrapeso necesario al esfuerzo diario de sobrevivir y una inyección de esperanza contra sus efectos devastadores. En cuanto los Kavalier decidieron que Josef, nacido durante una breve estancia de la familia en Ucrania durante 1920, reunía gracias a un capricho de la política los requisitos para emigrar a Estados Unidos, el complejo y costoso proceso de enviarlo allí había devuelto a sus vidas un componente de orden y sentido. ¡Cómo los iba a devastar verlo aparecer en el umbral a menos de once horas de su partida! Cuando a última hora de la tarde el tren entró arrastrándose en la estación de Praga, Josef se quedó en su asiento, incapaz de moverse, hasta que un revisor que pasó a su lado le sugirió, con amabilidad, que el joven caballero debía apearse.

Josef deambuló por el bar de la estación, se bebió un litro y medio de cerveza y no tardó en quedarse dormido en un reservado al fondo del local. Al cabo de un período indeterminado, un camarero lo zarandeó y Josef se despertó borracho. Cargó con su bolsa de viaje por las calles de la ciudad que aquella misma mañana había imaginado realmente que nunca volvería a ver. Vagabundeó por la calle de Jerusalén, llegó al Josefov y, de forma casi inevitable, sus pasos lo llevaron a la calle Maisel, donde estaba el piso de su antiguo profesor. No podía destrozar las esperanzas de su familia permitiendo que lo vieran de nuevo; de ninguna forma podía permitirlo, al menos a aquel lado del Atlántico. Si Bernard Kornblum no podía ayudarlo a escapar, por lo menos podría ayudarlo a esconderse.

Kornblum le dio un cigarrillo a Josef y se lo encendió. Luego fue a su sillón, se acomodó con cuidado y se encendió otro. Ni Josef Kavalier ni los guardianes del Gólem eran los primeros que acudían a Kornblum con la expectativa desesperada de que su experiencia con las celdas, las camisas de fuerza y los cofres de hierro pudiera ampliarse de alguna forma a franquear las fronteras de las naciones soberanas. Hasta aquella noche había declinado aquellas peticiones no solamente por poco prácticas o por estar fuera de sus posibilidades, sino también por considerarlas radicales y prematuras. Ahora, sin embargo, sentado en su sillón, y viendo cómo su antiguo estudiante rebuscaba infructuosamente entre los pedazos arrugados de documentos triplicados, billetes de tren y cartillas selladas de inmigración que llevaba en la cartera de viaje, los oídos aguzados de Kornblum detectaron el ruido, inconfundible para él, de los pasadores de una enorme cerradura de hierro afianzándose en su sitio. La oficina de emigración, dirigida por Adolf Eichmann, había pasado de la simple extorsión cínica al robo descarado y ahora se dedicaba a quitarles a los solicitantes todo lo que tenían a cambio de nada. Gran Bretaña y América prácticamente habían cerrado sus puertas: solamente gracias a la insistencia de una tía americana y a la chiripa geográfica que suponía su nacimiento en la Unión Soviética había sido Josef capaz de obtener un visado de entrada en Estados Unidos. Mientras tanto, en Praga, ni siquiera el último terrón inservible de barro del río estaba a salvo del hocico ávido del invasor.

—Te puedo hacer llegar a Vilna, en Lituania —dijo Kornblum por fin—. Desde allí te las tendrás que apañar solo. Memel está ahora en manos de los alemanes, pero a lo mejor puedes encontrar un pasaje desde Priekule.

—¿Lituania?

—Eso me temo.

Al cabo de un momento el chico asintió, se encogió de hombros y aplastó el cigarrillo en un cenicero que tenía dibujados el kreuzer y la espada del símbolo del club Hofzinser.

—Olvídate del sitio del que te escapas —dijo, citando una de sus viejas máximas—. Reserva tu preocupación para el sitio al que te diriges.

TRES

La decisión de Josef Kavalier de entrar en el exclusivo club Hofzinser tuvo su apogeo un día de 1935, a la hora del desayuno, en que se atragantó con un bocado de tortilla de albaricoque en conserva. Era una de las raras mañanas en el piso caótico de los Kavalier, en un edificio profusamente ornamentado estilo secesión junto al Graben, en que todos se sentaban a desayunar juntos. Los doctores Kavalier mantenían una rigurosa agenda de trabajo y, como muchos padres ocupados, tendían al mismo tiempo a consentir a sus hijos y a tenerlos abandonados. Herr Dr. Emil Kavalier era el autor de Grundsätzen der Endikrinologie, un texto estándar, así como el descubridor de la acromegalia de Kavalier. Frau Dr. Anna Kavalier era una neuróloga que había sido psicoanalizada por Alfred Adler y desde entonces había pasado a tratar, en su diván estampado de cachemir, a la flor y nata de las jóvenes promesas de Praga. Aquella mañana, cuando de pronto Josef se inclinó hacia delante, asaltado por las arcadas, con los ojos inundados en lágrimas y buscando su servilleta a tientas, el padre dejó un momento de lado su Tageblatt y le dio unos golpecitos distraídos a Josef en la espalda. Su madre, sin levantar la vista del último número de Monatsschrift für Neurologie und Psychiatrie, le recordó por milésima vez que comiera más despacio. Solamente el pequeño Thomas vio, en el instante antes de que Josef se llevara la servilleta a los labios, el destello de algo extraño dentro de su boca. Se levantó de la mesa y fue hasta la silla de su hermano. Se quedó mirando la mandíbula de su hermano mientras masticaba trabajosamente el pedazo conflictivo de tortilla. Josef no le hizo caso y se metió otro trozo en la boca.

—¿Qué es eso? —dijo Thomas.

—¿Qué es el qué? —dijo Josef. Masticaba con cuidado, como si le molestara una muela en mal estado—. Lárgate.

En ese momento la señora Horne, la institutriz de Thomas, levantó la vista de su ejemplar viejo del Times de Londres y estudió la situación de los hermanos.

—¿Se te ha caído un empaste, Josef?

—Tiene algo en la boca —dijo Thomas—. Algo brillante.

—¿Qué tienes en la boca, joven? —dijo su madre, señalando con el cuchillo.

Josef se metió dos dedos entre la mejilla derecha y las encías superiores y sacó un objeto metálico alargado y plano con una muesca en el extremo: una horquilla no más grande que el meñique de Thomas.

—¿Qué es eso? —le preguntó su madre, con aspecto de estar a punto de marearse.

Josef se encogió de hombros:

—Una llave dinamométrica —dijo.

—¿Qué iba a ser si no? —le dijo su padre a su madre con un sarcasmo cuya falta de sutileza resultaba en sí misma sutil y que usaba para no parecer sorprendido por la conducta a menudo sorprendente de sus hijos—. Claro, una llave dinamométrica.

—Herr Kornblum me ha dicho que me tengo que acostumbrar a ella —explicó Josef—. Me ha dicho que cuando Houdini murió, se descubrió que se había fabricado dos bolsillos de tamaño considerable dentro de las mejillas.

Herr Kavalier volvió a su Tageblatt:

—Una aspiración admirable —dijo.

Josef se había interesado por los espectáculos de magia desde que tenía las manos lo bastante grandes como para manejar un mazo de cartas. Praga tenía una rica tradición de ilusionistas y prestidigitadores, y encontrar a un instructor competente no resultó difícil para un hijo de padres ocupados e indulgentes. Estudió un año con un checo llamado Bozic que se hacía llamar Rango y que estaba especializado en manipulación de monedas y cartas, mentalismo y carterismo. También podía cortar una mosca por la mitad lanzando un tres de diamantes. Josef no tardó en aprender la «Lluvia de Plata», el «Kreuzer Desaparecido», el «Pase del Conde Erno» y los rudimentos del «Abuelo Muerto», pero cuando sus padres se enteraron de que Rango había estado encarcelado una vez por sustituir las joyas y el dinero del público con bisutería y papel, el chico fue debidamente separado de su tutor.

Los ases y reinas fantasma, las lluvias de coronas de plata y los relojes de muñeca sustraídos que habían compuesto el repertorio de Rango no eran más que pasatiempos. Para Josef, las largas horas frente al espejo del lavabo practicando las desapariciones, los pases y los juegos de manos que hacían que pareciera posible meterse una moneda en el oído derecho, hacerla atravesar la bóveda craneal y sacarla por el oído izquierdo de un amigo o un pariente, o introducir la sota de corazones en el pañuelo de una chica guapa, requerían una intensidad de conciencia masturbatoria que casi le resultaba más placentera que el truco en sí. Pero luego un paciente mencionó a su padre el nombre de Bernard Kornblum y todo cambió. Bajo la tutela de Kornblum, Josef empezó a aprender el riguroso oficio del Ausbrecher de uno de sus maestros. A los catorce años ya había decidido consagrar su vida a las evasiones prodigiosas.

Kornblum era un judío «del Este», esquelético y con una poblada barba rojiza que se ataba con una redecilla de seda negra antes de cada espectáculo. «Eso los distrae», decía, refiriéndose a su público, a quienes veía con la mezcla de asombro y desdén que caracteriza a los artistas veteranos. Como trabajaba con un mínimo de palabrería, siempre era importante encontrar otros medios de distraer a los espectadores. «Si pudiera trabajar sin pantalones —decía— saldría desnudo.» Tenía una frente inmensa y unos dedos largos y hábiles pero poco elegantes por culpa de los nudillos sarmentosos. Sus mejillas, incluso en las mañanas de mayo, tenían un aspecto irritado y despellejado, como si las azotara un viento polar. Kornblum era de los pocos judíos del Este a quienes Josef había conocido. En el círculo de sus padres había refugiados judíos de Polonia y Rusia, pero se trataba de médicos y músicos «europeizados», que procedían de grandes ciudades y hablaban francés y alemán. Kornblum, que hablaba mal el alemán y no hablaba palabra de checo, había nacido en un shtetl de las afueras de Vilna y había pasado la mayor parte de su vida viajando por las provincias de la Rusia imperial, actuando en los teatros de variedades, barracones y plazas de mercado de un millar de aldeas y pueblos. Llevaba trajes con un corte pasado de moda y estrecho de pecho a lo Valentino. Debido a que su dieta consistía básicamente en pescado enlatado —anchoas, eperlano, sardinas y atún— a menudo su aliento tenía un aroma rancio a mar. Aunque era un ateo acérrimo, mantenía un régimen kosher, no trabajaba en sábado y tenía un grabado en acero del Monte del Templo en la pared oriental de su habitación. Hasta hacía muy poco Josef, que por entonces tenía catorce años, había pensado muy poco en su condición de judío. Creía —tal como estipulaba la constitución checa— que los judíos eran una más de las numerosas minorías étnicas del joven país del que Josef estaba orgulloso de ser hijo. La llegada de Kornblum, con su aire báltico, sus buenos modales trasnochados y su yiddish le causaron a Josef una fuerte impresión.

Dos veces por semana durante aquella primavera, verano y ya entrado el otoño, Josef estuvo yendo a la habitación de Kornblum en el piso superior de una casa combada en la calle Maisel, en pleno Josefov, para ser encadenado al radiador o atado de manos y pies con una cuerda larga de grueso cáñamo. Al principio Kornblum no le hacía ni la más pequeña sugerencia acerca de cómo evadirse de aquellas ataduras.

—Así prestarás atención —le dijo la tarde de la primera lección mientras encadenaba a Josef con grilletes a una silla de madera alabeada—. Eso te lo aseguro. Y también te acostumbrarás al tacto de la cadena. Ahora la cadena es tu pijama de seda. Son los brazos cariñosos de tu madre.

Aparte de aquella silla, de un catre de hierro, un ropero y el grabado de Jerusalén en la pared oriental, la habitación estaba prácticamente vacía. El único objeto decorativo era un arcón chino tallado en alguna madera tropical, rojo como un hígado crudo, con gruesas asas metálicas y un par de cerraduras metálicas ornamentadas en forma de estilizados pavos reales. Para abrir el arcón, el mago pulsaba los catorce botones de jade en un orden determinado que parecía cambiar cada vez.

Durante las primeras sesiones, Kornblum se limitó a enseñarle a Josef distintas clases de cerrojos que iba sacando del arcón. Cerrojos de los que se usaban en esposas, buzones y diarios de señora. Cerrojos para puerta de tope y de gacheta. Candados toscos y cerrojos de combinación procedentes de cajas fuertes y puertas blindadas. Sin decir palabra, abría todos aquellos cerrojos con un destornillador y los volvía a montar. Hacia el final de la hora de clase, y todavía sin soltar a Josef, le hablaba de los rudimentos del control de la respiración. Por fin, en los últimos minutos de la lección, desencadenaba al chico y lo metía en un cajón de pino sin adornos. Luego se sentaba sobre la tapa, bebiendo té y mirándose el reloj de bolsillo hasta que la lección se terminaba.

—Si tienes claustrofobia —le explicó Kornblum—, tenemos que detectarlo ahora y no cuando estés encadenado al fondo del Moldava, metido dentro de una saca de correos y con toda tu familia y vecinos esperando que salgas nadando.

Al inicio del segundo mes le enseñó el plectro y la llave dinamométrica y empezó a aplicar aquellas herramientas prodigiosas a cada uno de los diversos cerrojos de muestra que guardaba en el arcón. Seguía teniendo las manos hábiles y el pulso firme a pesar de que pasaba de los sesenta años. Forzaba los cerrojos y, con objeto de instruir a Josef, los desarmaba y los volvía a forzar con las entrañas expuestas. Fueran nuevos o antiguos, ingleses, alemanes, chinos o americanos, los cerrojos no se resistían más que unos segundos a sus manipulaciones. Además, había reunido una pequeña biblioteca de volúmenes gruesos y polvorientos, muchos de ellos ilegales o prohibidos, algunos marcados con el sello de la temible Cheka bolchevique, en los que se detallaban, en columnas infinitas de letra minúscula, las fórmulas de las combinaciones, por números de serie, de millares de cerraduras de combinación fabricadas en Europa desde 1900.

Durante semanas, Josef le estuvo suplicando a Kornblum que le permitiera tener una ganzúa. Incumpliendo sus instrucciones, había estado practicando con las cerraduras de su casa usando un alfiler de sombrero y un rayo de rueda de bicicleta, con éxito ocasional.

—Muy bien —dijo Kornblum por fin. Le dio a Josef su ganzúa y una llave dinamométrica y lo llevó hasta la puerta de su habitación, en donde había instalado un flamante nuevo cerrojo Rätsel de siete patillas. Luego se desanudó la corbata y la usó para vendarle los ojos a Josef—. Para ver el interior de la cerradura no necesitas los ojos.

Josef se arrodilló en la oscuridad y buscó a tientas el pomo enchapado en latón. Notaba la puerta fría contra la mejilla. Cuando por fin Kornblum le quitó la venda y le hizo una señal para que se metiera en el cajón, Josef había forzado el cerrojo tres veces, la última vez en menos de diez minutos.

El día antes de que Josef causara el incidente en la mesa del desayuno, después de meses de ejercicios de respiración nauseabundos que le hacían sentir un cosquilleo en la nariz y de prácticas que le dejaban las falanges de los dedos doloridas, había entrado en la habitación de Kornblum y le había ofrecido las muñecas, como de costumbre, para que se las esposara y se las atara. Kornblum lo sorprendió con una sonrisa poco habitual. Le dio a Josef una valija de cuero pequeña y negra. Josef la abrió y encontró la diminuta llave dinamométrica y un juego de ganzúas metálicas, algunas de ellas no más largas que la llave y otras el doble de largas y con mangos de madera pulimentada. Ninguna era más gruesa que una cerda de escoba. Las puntas habían sido cortadas y dobladas imitando ingeniosamente toda clase de formas de luna, diamante y tilde.

—Las he hecho yo —dijo Kornblum—. Son de confianza.

—¿Para mí? ¿Las ha hecho para mí?

—Eso es lo que hemos de decidir ahora —dijo Kornblum. Señaló la cama, en donde había dejado un par de esposas alemanas nuevas y sus mejores cerrojos americanos Yale—. Encadéname a la silla.

Kornblum se dejó encadenar a las patas de su silla con una cadena larga y pesada. Luego Josef encadenó la silla al radiador y el radiador al cuello de su profesor. También le esposó las manos, delante del cuerpo para que pudiera fumar. Sin un consejo ni una queja de Kornblum, Josef abrió todas las cadenas y todos los cerrojos menos uno durante la primera hora. Pero el último cerrojo, un Yale Dreadnought de 1927 de medio kilo con dieciséis patillas y clavijas de arrastre, frustró sus esfuerzos. Josef sudó y maldijo en voz baja, en checo, para no ofender a su maestro. Kornblum encendió otro Sobranie.

—Las patillas tienen voces —le recordó a Josef por fin—. El cerrojo es una línea de teléfono en miniatura. Las yemas de tus dedos tienen oídos.

Josef respiró hondo, metió la ganzúa que terminaba con un garabato diminuto en el agujero del cerrojo y aplicó nuevamente la llave. Fue rozando rápidamente con la punta de la ganzúa cada una de las patillas en una dirección y en otra, notando cómo cedía cada una de ellas, poniendo a prueba la resistencia de las clavijas de arrastre y los muelles. Cada cerrojo tenía su propio punto de equilibrio entre la torsión y la fricción. Si lo girabas demasiado deprisa se atascaba. Si lo hacías demasiado despacio, las patillas no quedaban bien cogidas. Con las columnas de dieciséis patillas, encontrar el punto de equilibrio era una pura cuestión de intuición y estilo. Josef cerró los ojos. Oyó el alambre de la ganzúa zumbándole en los dedos.

Con un chasquido metálico satisfactorio, el cerrojo se abrió. Kornblum asintió, se puso de pie y se desperezó.

—Puedes quedarte las herramientas —dijo.

Por lento que le pudiera resultar a Josef el avance de las clases con herr Kornblum, a Thomas Kavalier le parecía diez veces más lento. La interminable manipulación de cerrojos y nudos que Thomas presenciaba secretamente, noche tras noche, bajo la luz tenue de la lámpara del dormitorio que los chicos compartían, le resultaba mucho menos interesante que las aficiones previas de Josef a los trucos con monedas y la prestidigitación con cartas.

Thomas Masaryk Kavalier era un muchacho diminuto y nervioso con una espesa mata de pelo negro. Cuando era muy pequeño, se había manifestado en él el cromosoma musical de su familia materna. A los tres años regocijaba a las visitas con arias largas y tempestuosas cantadas en italiano macarrónico. Durante unas vacaciones familiares en Lugano, cuando tenía ocho años, se descubrió que había aprendido bastante italiano de verdad con la lectura de sus libretti favoritos como para ser capaz de conversar con los camareros del hotel. Convocado constantemente para actuar en las producciones de su hermano, posar para sus dibujos y servir de coartada de sus mentiras, le había cogido gusto al teatro. En un cuaderno pautado había escrito recientemente las primeras líneas del libreto de una ópera, Houdini, ambientada en un Chicago fabuloso. Pero aquel proyecto tenía la dificultad de que nunca había visto actuar a un escapista. En su imaginación, las hazañas de Houdini eran mucho más grandiosas que nada de lo que pudiera haber imaginado el antes llamado Erich Weiss: saltos con armadura desde aeroplanos en llamas sobrevolando África y evasiones del interior de bolas huecas lanzadas desde cañones submarinos a guaridas de tiburones. La entrada de Josef, aquella mañana en el desayuno, en el territorio antaño ocupado por el gran Houdini, marcó un gran día en la infancia de Thomas.

En cuanto sus padres se marcharon —la madre a su oficina en Narodny; el padre a coger un tren para Brno, en donde lo habían llamado para tratar a la hija enferma de gigantismo del alcalde— Thomas no paró de hacerle preguntas a Josef acerca de aquella cuestión de Houdini y sus mejillas.

—¿Podía meterse una moneda de dos coronas? —preguntó. Estaba en su cama, tendido boca abajo, mirando cómo Josef devolvía la llave dinamométrica a su valija especial.

—Sí, pero cuesta imaginar por qué habría de querer hacerlo.

—¿Y una caja de cerillas?

—Supongo que sí.

—¿Cómo las habría mantenido secas?

—A lo mejor podría haberlas envuelto en hule.

Thomas se palpó la mejilla con la punta de la lengua. Experimentó un escalofrío:

—¿Qué otras cosas te dice herr Kornblum que te metas ahí?

—Me estoy entrenando para ser escapista, no para ser una bolsa de viaje —dijo Josef en tono irritado.

—¿Vas a hacer alguna fuga de verdad?

—Me falta menos cada día.

—¿Y entonces podrás entrar en el club Hofzinser?

—Ya veremos.

—¿Cuáles son los requisitos?

—Te tienen que invitar.

—¿Tienes que haber burlado a la muerte?

Josef puso los ojos en blanco y se arrepintió de haberle hablado a Thomas del Hofzinser. Era un club privado para hombres, ubicado en una antigua posada en una de las calles más retorcidas y decadentes del Stare Mesto, que combinaba las funciones de cantina, asociación benéfica, gremio artesanal y sala de ensayo para los profesionales de la magia de Bohemia. Herr Kornblum cenaba allí casi todas las noches. Josef se imaginaba que el club no solamente era la única fuente de compañerismo y charla para su taciturno profesor sino también una verdadera galería de prodigios, un depósito viviente de la sabiduría acumulada durante siglos de prestidigitación e ilusionismo en una ciudad que había dado algunos de los faquires, charlatanes y hechiceros más importantes de la historia. Josef se moría de ganas de que le invitaran a unirse. De hecho, aquel deseo había sido el objetivo secreto de todos sus pensamientos ociosos (un papel que poco después iba a ser usurpado por su institutriz, la señorita Dorothea Horne). En parte, la razón de que le irritaran tanto las preguntas insistentes de Thomas era que su hermano había adivinado la preeminencia constante del club Hofzinser en sus pensamientos. A su vez, la mente de Thomas estaba llena de visiones bizantinas y atestadas de huríes e higos confitados, en las que hombres con chaqué y pantalones de pachá deambulaban por el interior sombrío y con las vigas de madera al descubierto del hotel de Stupartskà, con la parte superior del torso separada de la inferior y haciendo aparecer leopardos y aves lira de la nada.

—Estoy seguro de que cuando llegue el momento me invitarán.

—¿Cuando tengas veintiún años?

—Tal vez.

—Pero ¿y si hicieras algo para demostrarles…?

Aquello era un eco de los propios pensamientos privados de Josef. Se balanceó en su cama, se inclinó hacia delante y se quedó mirando a Thomas:

—¿Como por ejemplo?

—Si les enseñaras que sabes librarte de cadenas, abrir cerrojos, contener la respiración, desatar cuerdas…

—Todo eso es fácil. Esas cosas se pueden aprender en la cárcel.

—Bueno, pues si hicieras algo realmente grandioso, no sé. Algo que los dejara asombrados.

—Una fuga.

—Podríamos tirarte de un avión atado a una silla, con el paracaídas atado a otra silla y cayendo por el aire. Así. —Thomas se levantó de la cama y fue a su escritorio, sacó el cuaderno azul en el que estaba componiendo Houdini y lo abrió por una de las últimas páginas, en donde estaba bosquejando la escena. Ahí estaba Houdini con su esmoquin, cayendo por el aire de un avión torcido en compañía de un paracaídas, dos sillas, una mesa y un juego de té, todo ello dejando tras de sí unos garabatos que representaban la velocidad. El mago sonreía y le servía un té al paracaídas. Parecía pensar que tenía todo el tiempo del mundo.

—Menuda idiotez —dijo Josef—. ¿Qué sé yo de paracaídas? ¿Y quién me va a querer tirar desde un avión?

Thomas se ruborizó.

—He sido un crío —dijo.

—No pasa nada —dijo Josef. Se puso de pie—. ¿No estabas jugando hace un momento con los trastos viejos de papá, con sus cosas de la facultad de medicina?

—Están aquí —dijo Thomas. Se dejó caer al suelo y se metió debajo de la cama. Al cabo de un momento apareció un cajón de madera cubierto de telas de araña polvorientas y con la tapa sujeta con alambres retorcidos.

Josef se arrodilló y levantó la tapa, revelando extraños componentes de aparatos y suministros médicos que habían sobrevivido a la instrucción médica de su padre. Perdidos en una piscina de virutas de madera, había un matraz Erlenmeyer, un tubo de cristal con forma de pera y tapón de vidrio, un par de pinzas de crisol, la caja forrada de piel que contenía lo que quedaba de un microscopio Zeiss portátil (estropeado mucho tiempo atrás por Josef, que una vez había intentado usarlo para ver mejor el trasero de Pola Negri en una foto borrosa en bañador recortada de un periódico), y unos cuantos objetos extraños.

—¿Thomas?

—Estoy bien. No tengo claustrofobia. Me podría pasar semanas enteras aquí.

—¿No había…? —Josef escarbó en el montón de despojos oxidados—. ¿No teníamos antes…?

—¿El qué? —Thomas salió de debajo de la cama.

Josef encontró una vara de cristal larga y reluciente y la blandió tal como habría hecho Kornblum.

—Un termómetro —dijo.

—¿Para qué? ¿Qué temperatura vas a tomar?

—La del río —dijo Josef.

A las cuatro de la madrugada del viernes 27 de septiembre de 1935, la temperatura del agua del río Moldava, negro como una campana de iglesia y resonando contra el muro de contención en el extremo norte de la isla de Kampa, era de 22,2 ºC. Era una noche sin luna y sobre el río flotaba una niebla que parecía un velo extendido por la mano de un hechicero. Un viento afilado agitaba las vainas que colgaban de las ramas desnudas de las acacias de la isla. Los hermanos Kavalier habían venido preparados para el frío. Josef los había vestido de lana de los pies a la cabeza, con dos pares de calcetines cada uno. En la espalda llevaba una mochila con un trozo de cuerda, una cadena, el termómetro, media salchicha de ternera, un candado y una muda limpia con dos pares de calcetines para él. También llevaba un brasero portátil de aceite, prestado por un amigo de la escuela cuya familia practicaba el alpinismo. Aunque no planeaba pasar mucho tiempo en el agua —no más de un minuto y veintisiete segundos según sus cálculos—, había estado practicando en la bañera llena de agua fría y sabía que, incluso en la atmósfera recalentada por el vapor del baño, uno tardaba varios minutos en librarse del frío.

Thomas Kavalier no se había levantado tan temprano en toda su vida. Nunca había visto las calles de Praga tan vacías ni las fachadas tan a oscuras, como una hilera de faroles con las mechas apagadas. Las esquinas que conocía, las tiendas, los leones labrados de una balaustrada frente a la cual pasaba cada día para ir al colegio, todo resultaba extraño y misterioso. La luz flotaba en forma de vapor pálido en torno a las farolas y las esquinas estaban inundadas de sombras. No podía evitar imaginar que si se giraba vería a su padre persiguiéndolos en camisón y zapatillas. Josef caminaba deprisa y Thomas tenía que apresurarse para no perderlo de vista. El aire frío le quemaba las mejillas. Varias veces, y por razones que a Thomas no le quedaron claras, se detuvieron para ocultarse en un portal o refugiarse tras el guardabarros prominente de un Skoda aparcado. Pasaron delante de la puerta trasera abierta de una panadería y Thomas se quedó momentáneamente abrumado por tanta blancura: una pared de azulejos blanca, un hombre pálido vestido todo de blanco, una nube de harina flotando sobre una montaña de masa de pan de color blanco brillante. Para asombro de Thomas, a aquella hora había toda clase de gente: proveedores, taxistas, dos borrachos cantando e incluso una mujer cruzando el Puente de Carlos con un abrigo largo y negro, fumando y murmurando para sí misma. Y policías. Se vieron obligados a esconderse de dos de ellos en su camino a Kampa. Thomas era un niño que cumplía la ley con satisfacción y que tenía una buena opinión de la policía. También le tenía miedo. Su idea de las cárceles y los calabozos estaba muy influida por su lectura de Dumas y no le cabía ninguna duda de que los niños eran sepultados en ellas sin compasión.

Empezaba a arrepentirse de haber ido. Deseaba que nunca se le hubiera ocurrido la idea de que Josef demostrara su valía a la gente del club Hofzinser. No es que dudara de la capacidad de su hermano. Aquello nunca se le habría ocurrido. Simplemente tenía miedo: de la noche, de las sombras, de la oscuridad, de la policía, de la ira de su padre, de las arañas, de los atracadores, de los borrachos, de las mujeres con abrigo y, sobre todo, aquella mañana, del río, más negro que ninguna otra cosa en Praga.

Por su parte, Josef solamente tenía miedo de que lo detuvieran. No de que lo cogieran: no podía haber nada ilegal, consideró, en atarse a uno mismo y luego intentar salir nadando de un saco para la colada. No creía que ni la policía ni sus padres vieran la idea con simpatía —sospechaba que incluso lo podían denunciar por nadar en el río fuera de temporada— pero no temía el castigo. Simplemente no quería que nada le impidiera realizar su fuga. Tenía muy poco tiempo. Ayer le había enviado por correo una invitación al presidente del club Hofzinser:

Los honorables miembros del club Hofzinser

están cordialmente invitados

a presenciar una nueva hazaña de autoliberación

de ese prodigio del escapismo

CAVALIERI

en el Puente de Carlos,

el domingo 29 de septiembre de 1935

a las cuatro y media de la madrugada

El texto le gustaba, pero solamente le quedaban dos días para prepararse. Durante las dos semanas anteriores había estado forzando cerrojos con las manos metidas en el lavabo lleno de agua fría y soltándose de sogas y abriendo cadenas en la bañera. Aquella noche intentaría su «hazaña de autoliberación» en la orilla de la isla de Kampa. Dos días más tarde, haría que Thomas lo empujara por encima de la reja del Puente de Carlos. No le cabía ninguna duda de que sería capaz de realizar el truco con éxito. Aguantar la respiración durante un minuto y medio no le suponía ninguna dificultad. Gracias al entrenamiento de Kornblum podía pasar casi el doble de tiempo sin aire. Veintidós grados centígrados era una temperatura inferior a la del agua de las tuberías de su casa, pero no planeaba pasar mucho tiempo sumergido. Llevaba una cuchilla para cortar el saco escondida entre dos capas de la suela del zapato izquierdo. La llave dinamométrica de Kornblum y una ganzúa en miniatura que Josef había fabricado con el filamento de alambre de la escoba de un barrendero permanecían tan bien acomodadas en el interior de sus mejillas que apenas era consciente de su presencia. Consideraciones como el impacto de su cabeza en el agua o en uno de los pilares de piedra del puente, su miedo escénico paralizante delante de un público tan eminente o hundirse irremisiblemente no interferían con su idea fija.

—Estoy listo —dijo, dándole el termómetro a su hermano. Estaba como un carámbano cuando Thomas lo cogió—. Vamos a meterme en el saco.

Cogió el saco para la colada que había robado del armario de su ama de llaves, lo abrió y metió las piernas en la boca del mismo como haría con unos pantalones. Luego cogió la cadena que Thomas le ofrecía y se la enrolló varias veces alrededor de los tobillos y entre los mismos antes de unir los extremos con un pesado candado Rätsel que le había comprado a un ferretero. Luego le tendió las muñecas a Thomas, que, siguiendo sus órdenes, las unió con la cuerda y luego las ató fuertemente con un nudo y un par de lazos. Josef se puso en cuclillas y Thomas le cinchó el saco por encima de la cabeza.

—El domingo tendrás que poner cadenas y cerrojos en el cierre del saco —dijo Josef, con una voz amortiguada que angustió a su hermano.

—Pero ¿entonces cómo saldrás? —Al chico le temblaron las manos. Se volvió a poner sus guantes de lana.

—Son para impresionar. No voy a salir por ahí. —El saco se infló de repente y Thomas dio un paso atrás. Dentro del saco, Josef estaba inclinado hacia delante, con los brazos extendidos y palpando el suelo. El saco se volcó—. ¡Oh!

—¿Qué ha pasado?

—Estoy bien. Llévame hasta el agua.

Thomas miró el bulto amorfo que tenía en los pies. Parecía demasiado pequeño para ser su hermano.

—No —dijo él, sorprendiéndose a sí mismo.

—Thomas, por favor. Eres mi ayudante.

—No lo soy. Ni siquiera salgo en la invitación.

—Lo siento —dijo Josef—. Me he olvidado. —Esperó—. Thomas, me disculpo sinceramente y de todo corazón por mi descuido.

—Vale.

—Ahora llévame al agua.

—Tengo miedo. —Thomas se arrodilló y empezó a abrir el saco. Era consciente de estar traicionando la confianza de su hermano y el espíritu de la misión, y le dolía, pero no podía evitarlo—. Tienes que salir de ahí ahora mismo.

—No me va a pasar nada —dijo Josef—. Thomas. —Tumbado de espaldas y mirando por la boca reabierta del saco, Josef negó con la cabeza—. Estás actuando de forma ridícula. Vamos, ciérralo otra vez. ¿Qué pasa con el club Hofzinser, eh? ¿No quieres que te lleve a cenar allí?

—Pero…

—Pero ¿qué?

—El saco es demasiado pequeño.

—¿Qué?

—Está muy oscuro. Está demasiado oscuro, Josef.

—Thomas, ¿de qué estás hablando? Come on, Tommy boy —añadió en inglés. Así era como lo llamaba la señorita Horne—. Cenar en el club Hofzinser. Danza del vientre. Delicias turcas. Los dos solos, sin papá ni mamá.

—Sí, pero…

—Hazlo.

—¡Josef! ¿Te está sangrando la boca?

—¡Mierda, Thomas, cierra el puñetero saco!

Thomas retrocedió. Rápidamente se inclinó, cerró el saco y arrastró a su hermano hasta el río. El ruido del saco al caer en el agua lo asustó y rompió a llorar. Por la superficie del agua se extendió un óvalo enorme de ondas concéntricas. Durante un instante frenético, Thomas caminó de un lado a otro del muro de contención, oyendo todavía el estruendo del agua. Tenía los bajos de los pantalones empapados y le entraba agua fría por las lengüetas de los zapatos. Acababa de tirar a su propio hermano al río, de ahogarlo como a una camada de gatos.

Lo siguiente que supo Thomas es que estaba en el Puente de Carlos, corriendo entre las estatuas, rumbo a casa, a la comisaría y a la celda en la que ahora él mismo tenía ganas de meterse. Pero cuando pasaba por delante de San Cristóbal le pareció oír algo. Corrió al parapeto del puente y se asomó. Distinguió la mochila de alpinista sobre el muro de contención y el resplandor tenue del brasero. La superficie del río permanecía intacta.

Thomas bajó corriendo hasta la escalera que llevaba a la isla. Al pasar por el bolardo redondo que remataba la escalera, el ruido de la palma de su mano contra el mármol pareció exhortarlo a que se enfrentara con el agua negra. Bajó los escalones de piedra de dos en dos, cruzó la plaza vacía a toda velocidad, se deslizó por el muro de contención y se hundió de cabeza en el Moldava.

—¡Josef! —gritó antes de que se le llenara la boca de agua.

Todo aquel tiempo, Josef, ciego, amarrado y atontado por el frío, intentaba exasperado aguantar la respiración mientras, uno tras otro, los distintos pasos de su truco iban saliendo mal. Al tenderle las manos a Thomas, había cruzado las muñecas a la altura de la articulación y después de ser atado había acomodado la parte blanda de ambas manos, pero la cuerda parecía haberse contraído en el agua, consumiendo la media pulgada necesaria para la maniobra. Presa de un pánico que nunca habría imaginado, sintió que se esfumaba casi un minuto antes de liberarse las manos. Aquel triunfo lo tranquilizó un poco. Se sacó de la boca la llave y la ganzúa y, cogiéndolos con cuidado, buscó a tientas la cadena que le ataba las piernas. Kornblum ya le había avisado acerca de lo duro que iba aquel cerrojo casero, pero ahora se quedó perplejo al ver que la llave dinamométrica se doblaba como el tallo de una hoja y se le escapaba de los dedos. Tenía las yemas de los dedos entumecidas por el frío y solamente gracias a una vibración afortunada del alambre logró acertar en las patillas, accionar las clavijas de arrastre y hacer girar el cerrojo. El mismo entumecimiento le fue de mucha más utilidad cuando, al buscarse la cuchilla en el zapato, se hizo un corte en la yema del índice de la mano derecha. Aunque no veía nada, notó un hilo de sangre en la sustancia oscura y resonante que lo rodeaba.

Tres minutos y medio después de tirarse al río, pataleando con sus zapatones y sus dos pares de calcetines, salió a la superficie. Solamente los ejercicios de respiración de Kornblum y un milagro de aclimatación le habían impedido soltar hasta la última gota de aire de sus pulmones en el momento de caer al agua. Jadeando, trepó por el muro de contención y gateó hacia el brasero susurrante. El olor a petróleo era como el olor a pan caliente y a pavimento en un verano templado. Tragó aire a carretadas. El mundo entero parecía entrarle por los pulmones: los árboles retorcidos, la niebla, las farolas que parpadeaban a lo largo del puente, una luz encendida en la vieja torre de Kepler del Klementinum. De pronto se sintió enfermo y escupió algo amargo, repulsivo y caliente. Se secó los labios en la manga empapada de la camisa de lana y se sintió un poco mejor. Luego se dio cuenta de que su hermano había desaparecido. Temblando, se puso de pie, con las ropas pesándole como cadenas, y vio a Thomas a la sombra del puente, debajo de la figura esculpida de Bruncvik, dando manotazos torpes al agua, intentando dar brazadas, jadeando y ahogándose.

Josef volvió al agua. Estaba tan fría como antes pero esta vez no pareció notarlo. Mientras nadaba sintió algo que le agarraba, que se aferraba a sus piernas y trataba de hundirlo. No era más que la fuerza de la gravedad o la corriente del Moldava pero en aquellos momentos Josef tuvo la impresión de que lo estaba agarrando la misma sustancia repugnante que había escupido sobre la arena.

Cuando Thomas vio que Josef se le acercaba chapoteando rompió a llorar.

—Sigue llorando —dijo Josef, pensando que lo esencial era respirar y que llorar no dejaba de ser una forma de respiración—. Eso es bueno.

Josef pasó un brazo por la cintura de su hermano, luego intentó arrastrar a ambos, a Thomas y a sí mismo con todo su peso, de vuelta al muro de contención de Kampa. Mientras chapoteaban y forcejeaban en medio del río, no dejaron de hablar, aunque más tarde ninguno de los dos recordaría sobre qué habían estado conversando. Fuera lo que fuera, después a los dos les parecería que había sido algo tranquilo y ocioso, como cuando hablaban en cuchicheos antes de quedarse dormidos. En un momento dado Josef se dio cuenta de que notaba los brazos y las piernas templados, incluso calientes, y de que se estaba ahogando. Lo último que percibió de forma consciente fue a Bernard Kornblum avanzando por el agua en dirección a ellos, con la barba poblada atada en una redecilla para el pelo.

Josef se despertó una hora más tarde en su cama. Thomas necesitó dos días más para revivir. Durante la mayor parte de ese tiempo nadie, y menos todavía sus padres médicos, creyeron que fuera a despertar. Nunca volvió a ser el mismo. No soportaba el agua fría y le quedó un catarro perpetuo. Asimismo, tal vez debido al daño sufrido en los oídos, perdió el gusto por la música. El libreto de Houdini quedó abandonado.

Las lecciones de magia quedaron interrumpidas a petición de Bernard Kornblum. Durante las difíciles semanas que siguieron a aquella aventura, Kornblum se comportó con corrección y preocupación modélicas, llevó juguetes y pasatiempos a Thomas, intercedió en favor de Josef ante los Kavalier y cargó con toda la culpa. Los doctores Kavalier creyeron la versión de sus hijos de que Kornblum no había tenido nada que ver con el incidente, y como había salvado a los chicos de ahogarse, se mostraron más que dispuestos a perdonarlo. Josef se sentía tan arrepentido y mortificado que sus padres incluso se manifestaron dispuestos a permitirle que continuara sus estudios con el viejo y menesteroso mago, que ciertamente no podía permitirse perder un alumno. Pero Kornblum les dijo que ya no tenía nada más que hacer con Josef. Nunca había tenido un discípulo con tanto talento, pero no había conseguido transmitirle su disciplina, que en realidad constituía la única posesión de un escapista. No les contó lo que ahora creía privadamente: que Josef era uno de aquellos muchachos desafortunados que se convierten en escapistas para demostrar la capacidad asombrosa de sus cuerpos enfrentados a artimañas descabelladas y a las leyes de la física, pero por razones peligrosamente metafóricas. Personas que se sienten aprisionadas por cadenas invisibles: emparedados, envueltos en telas de lona. Nunca había una hazaña de autoliberación que ellos consideraran la última.

Kornblum no pudo, sin embargo, resistir la tentación de hacerle una última crítica a su antiguo alumno acerca de su actuación de aquella noche:

—Nunca te preocupes del sitio del que te escapas —le dijo—. Reserva tu preocupación para el sitio al que te escapas.

Dos semanas después del desastre de Josef, y con Thomas ya recuperado, Kornblum se presentó en el piso del Graben para llevar a los hermanos Kavalier a cenar en el club Hofzinser. Resultó ser un lugar bastante normal, con un comedor apretado y mal iluminado que olía a hígado y a cebolla. Había una pequeña biblioteca llena de tomos apolillados acerca de engaños y falsificaciones. En el salón, una chimenea eléctrica proyectaba un brillo nimio sobre una serie de sillones desperdigados, tapizados con velvetón gastado, unas cuantas macetas con palmeras y árboles de plástico polvorientos. Un anciano camarero llamado Max hizo que un puñado de golosinas viejas cayeran desde su pañuelo al regazo de Thomas. Sabían a café quemado. Los magos, por su parte, apenas levantaron la mirada de sus tableros de ajedrez y de sus partidas silenciosas de bridge. Si les faltaban caballos o torres empleaban cartuchos de escopeta usados y montoncitos de kreuzers de antes de la guerra. Sus naipes estaban ajados por los años de pliegues, muescas y ocultamientos que les habían infligido los tahúres. Como ni Kornblum ni Josef tenían talento para la conversación, recayó en Thomas la responsabilidad de hablar en la mesa, que él asumió obedientemente hasta que uno de los miembros del club, un viejo nigromante que cenaba solo en la mesa de al lado, le dijo que se callara. A las nueve en punto, tal como había prometido, Kornblum llevó a los chicos a su casa.

CUATRO

Después de haber estado haciendo espeleología con sus linternas eléctricas en las vigas de la Vieja Nueva Sinagoga, la Altneuschul, los dos jóvenes profesores alemanes finalmente se marcharon decepcionados. Porque resultó que el altillo que había bajo el tejado escalonado de la vieja sinagoga gótica era un cenotafio. Hacia finales del siglo XIX, los padres de la ciudad de Praga habían decidido «sanear» el antiguo gueto. Durante un momento en que el destino de la Altneuschul había parecido incierto, los miembros del Círculo Secreto habían hecho las disposiciones para que su contenido fuera trasladado de su antiguo lecho, situado bajo un montón de devocionarios decomisados en el altillo de la sinagoga, a una habitación de un bloque de apartamentos cercano, construido poco tiempo antes por un miembro del Círculo que en su vida pública era un exitoso especulador en bienes inmuebles. Después de aquel momento de desacostumbrada actividad, sin embargo, el Círculo volvió a la inercia y la desorganización propias del gueto. El traslado, que se suponía que tenía que ser temporal, por alguna razón acabó siendo permanente, aun cuando había quedado claro que la Altneuschul iba a ser respetada. Unos años más tarde, el viejo yeshiva que tenía en su biblioteca el registro del traslado la palmó y el diario donde estaba el registro se perdió. Como resultado, el Círculo solamente pudo proporcionarle a Kornblum una ubicación aproximada del Gólem, ya que el número actual del apartamento en donde lo habían escondido estaba olvidado o era objeto de controversia. Lo más vergonzoso era que ninguno de los miembros actuales del Círculo recordaba haber visto al Gólem con sus ojos desde 1917.

—¿Entonces para qué trasladarlo otra vez? —le había preguntado Josef a su viejo profesor mientras ambos permanecían frente al edificio art nouveau, embadurnado con el hollín acumulado durante mucho tiempo, al que los habían remitido. Josef dio un tirón nervioso a su barba falsa, que le picaba en la barbilla. También llevaba bigote y peluca, todo de color rojo y de buena calidad, y unas gruesas gafas de concha redondas. Al mirarse aquella mañana en el espejo de Kornblum, vestido con el traje de tweed Harris comprado para su viaje a América, se había llevado la impresión de pasar muy bien por escocés. Le resultaba menos claro por qué el parecer escocés iba a hacer que pasara desapercibida la misión que él y Kornblum iban a emprender. Como muchos novatos en el arte del disfraz, se sentía exactamente igual de llamativo que si fuera desnudo o llevara un cartel con su nombre e intenciones escritos.

Miró a un lado y al otro de la Nicholasgasse, con el corazón aporreándole las costillas como un abejorro golpea una ventana. En los diez minutos que habían tardado en llegar desde la habitación de Kornblum, Josef se había cruzado tres veces con su madre, o mejor dicho se había cruzado con tres mujeres desconocidas cuyo parecido momentáneo con su madre lo había dejado sin aliento. Se acordó del verano anterior (después de uno de los episodios que él imaginaba que habían roto su joven corazón), cuando, cada vez que salía para ir a la escuela, al Club Alemán de Tenis sobre Hierba situado debajo del Puente de Carlos o a nadar en la Militärschwimmschule o la Civilschwimmschule, la posibilidad constante de encontrar a una tal fräulein Felix había convertido todas las esquinas y portales en escenarios potenciales de vergüenza y humillación. Sin embargo, ahora era él quien había traicionado las esperanzas de otros. Estaba seguro de que si llegara a cruzarse con su madre, ella sería capaz de reconocerlo a pesar de las falsas patillas.

—Si ni siquiera ellos lo encuentran, ¿quién iba a hacerlo?

—Estoy seguro de que ellos lo pueden encontrar —le dijo Kornblum. Se había recortado la barba, quitándose aquel borbotón de color rojo cobre que, como descubrió Josef con sorpresa, había llevado durante años. Llevaba gafas sin montura, se tapaba la cara con un sombrero negro de ala ancha y se apoyaba con gran realismo en un bastón de roten. Kornblum había sacado los disfraces de las profundidades de su maravilloso arcón chino, pero le aseguró que originalmente habían sido propiedad de Harry Houdini, que había sido usuario frecuente y experto de disfraces en la cruzada que mantuvo toda su vida para embaucar y desenmascarar a médiums falsos—. Supongo que lo que se teme es que tarde o temprano —sacó su pañuelo y tosió en él— van a tener que intentarlo.

Kornblum le explicó al superintendente del edificio, dando un par de nombres falsos y mostrando credenciales y referencias cuya fuente Josef nunca fue capaz de averiguar, que los enviaba el Consejo Judío (una organización pública sin relación con el Círculo Secreto del Gólem aunque en algunos casos co-constituyente con el mismo) para inspeccionar el edificio como parte de un programa para seguir el rastro de los movimientos de los judíos que entraban en Praga y que vivían en ella. De hecho, aquel programa existía, con carácter semivoluntario y emprendido con el terror que caracterizaba todos los tratos del Consejo Judío con el Reichsprotektorat. Los judíos de Bohemia, Moravia y los Sudetes estaban siendo concentrados en la ciudad, mientras que a los judíos de Praga los expulsaban de sus casas y los metían en vecindarios segregados, a menudo hacinando a dos o tres familias en un solo piso. La confusión resultante hacía que al Consejo Judío le resultara difícil proporcionar al protectorado la información precisa que exigía continuamente. De ahí la necesidad de un censo. El superintendente del edificio en donde dormía el Gólem, que el protectorado había designado para ser habitado por judíos, no encontró nada cuestionable en su historia ni en sus documentos y los dejó entrar sin sospechar nada.

Empezando por arriba y descendiendo los cinco pisos hasta la planta baja, Josef y Kornblum llamaron a todas las puertas del edificio, mostraron sus credenciales y apuntaron cuidadosamente los nombres y parentescos. Con tanta gente apiñada en cada piso, y tantos de ellos despedidos de sus empleos, había pocas puertas que no respondieran en pleno día. En algunos pisos, los habitantes habían establecido acuerdos estrictos o bien existía un tejido feliz de temperamentos que aseguraba el orden, la felicidad y la limpieza. Pero en su mayor parte, las familias no parecían haberse mudado juntas sino más bien haber colisionado, con un impacto que había arrojado en todas direcciones los libros de la escuela, revistas, medias, pipas, zapatos, periódicos, velas, quincalla, bufandas, maniquíes de sastre, vajilla y fotografías enmarcadas, esparciéndolo todo por unas habitaciones que tenían el aire provisional del almacén de una casa de subastas. En muchos apartamentos el mobiliario estaba descabelladamente duplicado y triplicado: hileras de sofás como bancos de iglesia, las suficientes sillas desiguales como para montar un café grande, un crecimiento selvático de lámparas de araña colgando de los techos, arboledas de lámparas de pie y relojes colocados unos junto a otros en la repisa de la chimenea, disputándose la hora. De forma inevitable surgían conflictos semejantes a guerras fronterizas. Para marcar las fronteras de los conflictos y las treguas se extendían cuerdas con ropa tendida. Se establecían duelos de aparatos de radio sintonizados en emisoras distintas, con los volúmenes belicosamente subidos al máximo. En aquellas circunstancias, escaldar un cazo de leche, freír un arenque ahumado u olvidarse de cambiar un pañal sucio podían tener un valor estratégico incalculable. Había historias de familias enteras sumidas en silencios hostiles que se comunicaban por medio de notas insultantes. En tres ocasiones, la simple pregunta de Kornblum por el parentesco entre los ocupantes de un piso desencandenó griteríos amargos acerca de los grados de vinculación o disputas testamentarias que en un caso estuvieron a punto de acabar con un puñetazo. En ninguno de aquellos interrogatorios circunspectos a maridos, mujeres, tíos, abuelos y abuelas se mencionó a un misterioso inquilino o una puerta que nunca se abriera.

Cuando después de cuatro horas de farsa tediosa y deprimente el señor Krumm y el señor Rosenblatt, representantes del Comité de Censos del Consejo Judío de Praga, terminaron su ronda por los pisos del edificio, solamente les quedaban tres por inspeccionar, todos los cuales resultaban estar en el cuarto piso. A Josef le pareció percibir desesperanza —aunque dudaba que su profesor lo hubiera admitido nunca— en el gesto encorvado del anciano.

—Tal vez —empezó a decir Josef, vaciló un momento y luego se permitió manifestar lo que le pasaba por la cabeza—, tal vez deberíamos dejarlo.

Estaba agotado por aquella farsa, y cuando salieron de nuevo a la calle, abarrotada por un tráfico vespertino de escolares, empleados y comerciantes, amas de casa con bolsas del mercado y paquetes de carne envueltos en papel, todos ellos con rumbo a sus casas, Josef se dio cuenta de que su miedo a ser descubierto, desenmascarado y reconocido por sus padres desencantados había sido reemplazado por un intenso deseo de verlos nuevamente. En cualquier momento esperaba —anhelaba— oír que su madre lo llamaba por su nombre, sentir la caricia húmeda del bigote de su padre en la mejilla. Quedaba un resto de verano en el azul acuoso del cielo y en el aroma floral de los cuellos desnudos de las mujeres. A lo largo del día habían aparecido carteles anunciando una nueva película protagonizada por Emil Jennings, el gran actor alemán y amigo del Reich, por quien Josef sentía una admiración teñida por la culpa. Seguramente había tiempo para reagruparse, considerar la situación en el seno de la familia y preparar una estrategia menos lunática. La idea de que su plan de escape previo, por los medios convencionales de pasaportes, visados y sobornos, podía reanudarse de alguna forma y ponerse en marcha empezó a susurrarle con aire seductor.

—Tú puedes dejarlo, por supuesto —dijo Kornblum, apoyándose en su bastón con una fatiga que parecía menos fingida que por la mañana—. Yo no tengo libertad para dejarlo. Aunque no te mande a ti, mi obligación previa es la misma.

—Solamente estaba pensando que quizás he renunciado demasiado deprisa a mi otro plan.

Kornblum asintió pero no dijo nada y el silencio se contrapuso a su asentimiento hasta el punto de cancelarlo.

—Esa alternativa no existe, ¿verdad? —dijo Josef al cabo de un momento—. Entre la manera de usted y la otra manera. Si de verdad me voy a ir, tengo que hacerlo a la manera de usted, ¿verdad? ¿Verdad?

Kornblum se encogió de hombros pero su mirada no participó en el ...