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LAS ASOMBROSAS AVENTURAS DE KAVALIER Y CLAY

Michael Chabon

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Fragmento

UNO

Muchos años más tarde, cuando hablara con un entrevistador o con un público compuesto por fans maduros en una convención de cómics, a Sam Clay le gustaría explicar, a propósito de la creación más importante de la que era autor junto con Joe Kavalier, que cuando era un chaval encerrado y atado de pies y manos en aquel tanque hermético que era Brooklyn, Nueva York, a menudo soñaba con Harry Houdini.

—Para mí, Clark Kent en una cabina de teléfono y Houdini en un cajón de embalaje eran lo mismo —explicaría con erudición en el WonderCon o en la Feria de Angoulema o al editor del Comics Journal—. La persona que salía no era la misma que entraba. El primer número de magia de Houdini, ya saben, cuando estaba empezando, se llamaba «Metamorfosis». Nunca era una simple cuestión de escaparse. También era una transformación.

Lo cierto era que, de niño, Sammy solamente había tenido un interés casual, como máximo, en Harry Houdini y sus hazañas legendarias. Sus grandes héroes habían sido Nikola Tesla, Louis Pasteur y Jack London. Sin embargo, hablar del papel de Houdini —y de su imaginación— en el nacimiento del Escapista, como en todas sus mejores invenciones, resultaba verosímil. Los sueños de Sam siempre habían sido houdinianos: eran los sueños de una crisálida forcejeando a ciegas en su capullo, enloquecida por su anhelo de luz y de aire.

Houdini era un héroe para los bajitos, los chavales de ciudad y los judíos; Samuel Louis Klayman era las tres cosas. Tenía diecisiete años cuando empezaron las aventuras: fanfarrón, no tan veloz a la carrera como le gustaba imaginar y con tendencia, igual que muchos optimistas, a la excitabilidad. No era guapo de ninguna forma convencional. Su cara era un triángulo invertido, con la frente ancha, la barbilla puntiaguda y una nariz roma y pendenciera. Tenía los hombros caídos y la ropa le sentaba mal: siempre tenía aspecto de que lo acababan de asaltar para robarle el dinero del almuerzo. Cada mañana salía de casa con las mejillas impolutas de la inocencia personificada, pero a mediodía el afeitado ya no era más que un recuerdo y la penumbra de vagabundo en el mentón no bastaba para darle un aspecto duro. Se consideraba feo pero era porque nunca había visto su cara en estado de reposo. Había repartido el Eagle durante la mayor parte de 1931 para poder comprarse unas pesas, que luego estuvo levantando todas las mañanas durante los siguientes ocho años hasta que tuvo los brazos, el tórax y los hombros fibrados y fuertes. La polio le había dejado unas piernas endebles de niño. En calcetines, medía metro sesenta y cinco. Igual que todos sus amigos, consideraba un cumplido que alguien lo llamara listillo. Tenía un conocimiento incorrecto pero ferviente del funcionamiento de la televisión, la energía atómica y la antigravedad, y albergaba la ambición —entre otras mil— de terminar sus días en las playas cálidas y soleadas del Gran Océano Polar de Venus. Lector omnívoro con tendencia a la improvisación, le divertían Stevenson, London y Wells, se esforzaba con Wolfe, Dreiser y Dos Passos e idolatraba a S. J. Perelman; su régimen autoimpuesto ocultaba el típico apetito culpable. En su caso la pasión encubierta —una de ellas, por lo menos— eran aquellos cargamentos de sangre y fantasía a bajo precio: las revistas pulp. Había conseguido y leído todos los números quincenales de La sombra publicados desde 1933, y estaba en trámites de conseguir las colecciones completas de El vengador y El hombre de bronce.

La larga vida de Kavalier y Clay —y la verdadera historia del nacimiento del Escapista— empezó en 1939, hacia finales de octubre, la noche que la madre de Sammy entró de sopetón en su cuarto, le estampó el anillo y los nudillos de hierro de la mano izquierda en un costado del cráneo y le dijo que se moviera y que hiciera sitio en la cama para su primo de Praga. Sammy se sentó en la cama, con el corazón latiéndole en los goznes de la mandíbula. A la luz lívida del tubo fluorescente que había sobre el fregadero distinguió a un muchacho delgado más o menos de su edad, encorvado como un interrogante y apoyado en el marco de la puerta, con un montón desordenado de periódicos debajo de un brazo y con el otro tapándose la cara como si tuviera vergüenza. Aquel, dijo la señora Klayman dando un empujón a Sammy en dirección a la pared, era Josef Kavalier, el hijo de su hermano Emil, y había llegado aquella misma noche a Nueva York en un autobús Greyhound procedente de San Francisco.

—¿Qué le pasa? —dijo Sammy. Se corrió hacia un lado hasta que sus hombros tocaron el yeso frío de la pared. Se cuidó de llevarse consigo las dos almohadas—. ¿Está enfermo?

—¿Tú qué crees? —dijo su madre, dando unas palmadas sobre la superficie vacía de la cama como para dispersar las partículas nocivas que Sammy pudiera haber dejado. Acababa de llegar a casa después de su última noche en el turno de noche de Bellevue, en donde trabajaba como enfermera de psiquiatría. Todavía llevaba consigo el aliento rancio del hospital, pero el cuello abierto de su uniforme despedía un vago aroma al agua de lavanda con que rociaba su cuerpo diminuto. La fragancia natural de su cuerpo era especiada y áspera, como de virutas de lápiz—. Apenas se puede mantener de pie.

Sammy miró más allá de su madre, intentando ver mejor al pobre Josef Kavalier con su traje ancho de tweed. Se acordaba vagamente de que tenía primos checos. Pero su madre no le había dicho ni una palabra de que uno de ellos fuera a venir de visita, menos todavía de que fuera a compartir la cama de Sammy. Tampoco estaba seguro de qué papel tenía San Francisco en la historia.

—Ahí lo tienes —dijo su madre irguiendo la espalda de nuevo, aparentemente satisfecha de haber desplazado a Sammy a los quince centímetros más al este del colchón. Luego se volvió hacia Josef Kavalier—. Ven aquí. Quiero decirte algo. —Le agarró de las orejas como si agarrara una jarra por las asas y le aplastó los labios en cada una de las mejillas—. Lo has conseguido. ¿De acuerdo? Ya estás aquí.

—Muy bien —dijo su sobrino. No parecía convencido.

Ella le dio una toallita y salió. Tan pronto como se hubo marchado, Sammy recuperó unos centímetros preciosos de colchón mientras su primo se quedaba de pie, frotándose las mejillas maltrechas. Al cabo de un momento la señora Klayman apagó la luz de la cocina y los dos se quedaron a oscuras. Sammy oyó que su primo suspiraba y dejaba ir el aire lentamente. El montón de periódicos crujió y luego cayó al suelo con un ruido sordo de derrota. Los botones de su chaqueta golpearon el respaldo de una silla. Sus pantalones susurraron cuando se los quitó. Dejó caer un zapato y luego el otro. Su reloj de pulsera tintineó contra el vaso de agua de la mesilla de noche. Luego él y una ráfaga de aire frío se metieron bajo las sábanas, trayendo consigo un olor a cigarrillos, axilas, lana húmeda y algo dulce y vagamente nostálgico que Sammy identificó como el olor, procedente del aliento de su primo, a las ciruelas del pedazo que había sobrado del pan de carne «especial» de su madre —las ciruelas solamente eran una pequeña parte de lo que lo hacía especial—, que había visto cómo ella embalaba como un paquete con una hoja de papel de cera y colocaba en una bandeja del frigorífico. De forma que ya sabía que su sobrino iba a llegar esa noche. Lo había estado esperando para cenar y no le había dicho nada a Sammy.

Josef Kavalier se puso cómodo en el colchón, carraspeó, se colocó los brazos bajo la cabeza y se quedó repentinamente inmóvil, como si lo acabaran de desenchufar. Se quedó quieto hasta el punto de no flexionar ni un dedo del pie. El Big Ben de la mesilla de noche hacía un tictac estridente. La respiración de Josef se volvió más lenta y pesada. Sammy se estaba preguntando si alguien podía quedarse dormido con tanta facilidad cuando su primo habló:

—Tan pronto como yo consigo algo de dinero, busco alojamiento y salgo de la cama —dijo. Tenía un acento vagamente alemán con un extraño deje escocés.

—Me parece bien —dijo Sammy—. Hablas bien el inglés.

—Gracias.

—¿Dónde lo has aprendido?

—Prefiero no decir.

—¿Es un secreto?

—Es una cuestión privada.

—¿Puedo preguntar qué estabas haciendo en California? —dijo Sammy—. ¿O eso también es información confidencial?

—Llego allí desde Japón.

—¡Japón! —Sammy se sintió enfermar de envidia. Sus piernas flacas como pajitas de refresco nunca habían llegado más lejos de Buffalo y nunca habían cruzado nada más peligroso que la cinta flatulenta de color verde tóxico que separaba Brooklyn de la isla de Manhattan. En aquella cama estrecha, en aquel dormitorio que apenas era un poco más ancho que la cama, al fondo de un apartamento situado en un edificio marcadamente de clase media-baja en Ocean Avenue, con los ronquidos de su abuela haciendo temblar las paredes como si pasara un tranvía, Sammy albergaba las fantasías de huida, transformación y evasión típicas de Brooklyn. Tenía sueños descabellados en los que se convertía en un importante novelista americano o en alguien de ingenio notorio como el ensayista Clifton Fadiman, o tal vez en un médico heroico. O bien desarrollaba, mediante la práctica y la pura fuerza de voluntad, poderes mentales que le permitían asumir un control sobrenatural sobre los corazones y las mentes de la gente. En el cajón de su escritorio había —y llevaba allí bastante tiempo— las primeras once páginas de una abultada novela autobiográfica que tenía que titularse o bien (a la manera de Perelman) Mucho ruido en pocas veces o bien (a la manera de Dreiser) Desilusión americana (una cuestión que por aquella época se puede decir que ignoraba). Había dedicado una cantidad vergonzosa de horas de concentración silenciosa —con el ceño fruncido y conteniendo la respiración— al desarrollo de sus poderes latentes de telepatía y control mental. Y se había emocionado por lo menos diez veces con la Ilíada del heroísmo médico, Cazadores de microbios. Pero como la mayoría de nativos de Brooklyn Sammy se consideraba realista, y en general sus planes de huida se basaban en la obtención de cantidades fabulosas de dinero.

Desde los seis años vendía semillas, barras de caramelo, plantas de interior, líquidos limpiadores, abrillantador de metales, suscripciones a revistas, peines irrompibles y cordones de zapatos puerta a puerta. En un laboratorio de Zharkov instalado en la mesa de la cocina había inventado artefactos cuasifuncionales como sujeciones para botones caídos, abridores de dos botellas a la vez y planchas sin calor para la ropa. En los últimos años la atención comercial de Sammy se había dirigido al terreno de la ilustración profesional. Estaban en pleno apogeo los grandes ilustradores y caricaturistas comerciales —Rockwell, Leyendecker, Raymond, Caniff—, y circulaba la opinión general de que en la mesa de dibujo un hombre no solamente podía ganarse bien la vida sino también alterar el tono y textura de la opinión del país. En el armario de Sammy se amontonaban docenas de blocs llenos de toscos dibujos a tinta de caballos, indios, héroes del fútbol americano, simios inteligentes, aeroplanos Fokker, ninfas, cohetes lunares, vaqueros, sarracenos, selvas tropicales y osos pardos, así como estudios sobre los pliegues de la ropa de mujer, las muescas de los sombreros de hombre, los brillos del iris humano y las nubes del cielo del Oeste. Su dominio de la perspectiva era endeble, su conocimiento de la anatomía humana dudoso y su trazo a menudo inseguro, pero eso sí, tenía una gran iniciativa para robar. Recortaba sus páginas y anuncios favoritos de los periódicos y cómics y los pegaba en un grueso cuaderno: así había conseguido un millar de posturas y estilos ejemplares. Había empleado a fondo aquella biblia de recortes para falsificar una tira cómica de Terry y los piratas de Milton Caniff titulada El mar de la China Meridional, dibujada con una fiel imitación estilística de su genial autor. Había imitado a Raymond en algo que él llamaba Los murajes de los planetas y a Chester Gould en una tira sobre un agente del FBI de cuello rígido titulada Nudillos de hierro Doyle. Había intentado copiar a Hogarth y Lee Falk, a George Herriman, Harold Gray y Elzie Segar. Sus tiras de muestra las guardaba en un abultado portafolio de cartón debajo de su cama, esperando que se presentara su oportunidad, su gran momento.

—¡ Japón! —repitió, regocijándose con el exótico aroma caniffiano que desprendía aquel nombre—. ¿Qué estabas haciendo allí?

—Sobre todo estaba sufriendo malestar intestinal —dijo Josef Kavalier—. Y todavía lo sufro. Sobre todo de noche.

Sammy consideró un momento esta información y se arrimó un poco más a la pared.

—Dime, Samuel —dijo Josef Kavalier—. ¿Cuántos ejemplos tengo que tener en mi portafolio?

—Samuel no. Sammy. No, llámame Sam.

—Sam.

—¿De qué portafolio hablas?

—Mi portafolio de dibujos. Para yo enseñar a tu patrón. Por desgracia, he estado obligado a dejar atrás todo mi obra en Praga, pero puedo hacer muy deprisa muchos otros que serán tremendamente bien.

—¿Para enseñar a mi jefe? —dijo Sammy, notando en su propia confusión el rastro persistente de la intervención de su madre—. ¿De qué hablas?

—Tu madre me sugirió que podías ayudar a encontrar mi trabajo en el empresa donde trabajas. Soy artista, igual que ti.

—Artista. —De nuevo Sammy envidió a su primo. Aquella era una afirmación que él nunca sería capaz de hacer sin desviar la mirada fraudulenta en dirección a sus zapatos—. ¿Mi madre te ha dicho que soy artista?

—Artista comercial, sí. Para la empresa Empire Novelties Incorporated.

Durante un instante Sammy protegió con las manos la llamita que había prendido en su interior aquel cumplido de segunda mano. Luego la apagó.

—Estaba hablando sin ton ni son —dijo.

—¿Perdón?

—Que decía chorradas.

—¿Decía qué…?

—Soy encargado de inventarios. A veces me dejan hacer la maqueta de un anuncio. O cuando añaden un artículo nuevo al catálogo me dejan hacer la ilustración. Me pagan dos dólares por cada una.

—Ah —Josef Cavalier dejó escapar otro largo suspiro. Seguía sin mover un músculo. Sammy no tenía ni idea de si aquella inmovilidad aparentemente completa era el producto de una tensión insoportable o de una calma maravillosa—. Tu madre escribió una carta a mi padre —explicó Josef—. Yo me acuerdo que ella dice que tú hace diseños de inventos y artefactos nuevos sensacionales.

—¿Adivinas lo que hacía?

—Hablar sin ton.

Sammy suspiró, como para corroborar que por desgracia estaba en lo cierto; dejó escapar un suspiro abatido, angustiado… y falso. Sin duda su madre, al escribir a su hermano de Praga, había creído que estaba llevando a cabo un informe preciso. Era Sammy el que había estado hablando sin ton ni son durante el último año, adornando, no solamente para su madre sino para cualquiera que quisiera escuchar, la naturaleza subalterna de su posición en Empire Novelties. Sammy se sintió avergonzado durante un instante, no tanto por haber sido sorprendido y tener que confesar la bajeza de su estatus a su primo como por la evidencia de un defecto en la omnisciente lupa maternal. Luego se preguntó si acaso su madre, lejos de dejarse engañar por sus fanfarronadas, no estaría aprovechando en realidad la forma grotesca en que Sammy exageraba su influencia sobre Sheldon Anapol, el dueño de Empire Novelties. Si se viera obligado a mantener la mentira a la que había dedicado tanta energía e inventiva, entonces también tendría que volver del trabajo al día siguiente con un trabajo para Josef Kavalier en sus dedos mugrientos de empleado de inventario.

—Lo intentaré —dijo, y fue entonces cuando sintió la primera chispa, el cosquilleo de la posibilidad recorriéndole la espalda. Durante otro rato largo, ninguno de ellos dijo nada. Esta vez, Sammy se dio cuenta de que Josef seguía despierto. Casi podía sentir el goteo capilar de la duda filtrándose y mortificando al chaval. A Sammy le dio lástima.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo.

—¿Qué pregunta?

—¿Por qué llevabas tantos periódicos?

—Son los periódicos de Nueva York. Los he comprado en la terminal de Greyhound en Capitol.

—¿Cuántos?

Por primera vez Sammy se dio cuenta de que Josef Kavalier se agitaba.

—Once.

Sammy contó rápidamente con los dedos: había ocho diarios metropolitanos. Diez contando el Eagle y el Home News.

—Me falta uno.

—¿Te falta…?

—El Times, el Herald Tribune —se tocó las yemas de dos dedos—. El World-Telegram, el Journal-American, el Sun. —Cambió de mano—. El News, el Post. Hum, el Wall Street Journal. Y el Eagle de Brooklyn. Y el Home News del Bronx. —Dejó caer las manos sobre el colchón—. ¿Cuál es el que hace once?

—El Woman’s Daily Wearing.

—¿El Women’s Wear Daily?

—No sabía que se decía así. El de los vestidos. —Se rió de sí mismo con una serie de carraspeos entrecortados—. Estaba buscando algo sobre Praga.

—¿Encontraste algo? En el Times debían de decir algo.

—Algo. Muy poco. Nada de los judíos.

—Los judíos —dijo Sammy, empezando a entender. Josef no buscaba noticias de las últimas maniobras diplomáticas de Londres y Berlín, ni de las bravatas más recientes de Adolf Hitler. Buscaba algún artículo que mencionara la situación de la familia Kavalier—. ¿Sabes judío? Yiddish. ¿Lo entiendes?

—No.

—Es una lástima. En Nueva York tenemos cuatro periódicos judíos. Probablemente digan algo.

—¿Y los periódicos alemanes?

—No sé, pero imagino que los habrá. Tenemos montones de alemanes, eso sí. Organizan marchas y mítines por toda la ciudad.

—Ya veo.

—¿Estás preocupado por tu familia?

No hubo respuesta.

—¿No han podido salir?

—No. Todavía no. —Sammy notó que Josef daba una sacudida brusca con la cabeza, como para terminar la discusión—. Temo que he fumado todos los cigarrillos —continuó con un tono neutro de libro de frases—. Tal vez tú podrías…

—Es que me he fumado el último antes de meterme en la cama —dijo Sammy—. Eh, ¿cómo sabes que fumo? ¿Es que huelo?

—Sammy —dijo su madre—, duerme.

Sammy se olió a sí mismo.

—Hum. Me pregunto si Ethel puede olerlo. A ella no le gusta. Si quiero fumar tengo que hacerlo en esa ventana, la que da a la salida de incendios.

—No fumas en la cama —dijo Josef—. Más razón de mí para dejarlo.

—No me hables —dijo Sammy—. Me muero de ganas de tener piso propio.

Se quedaron así durante unos minutos, anhelando cigarrillos así como todas las demás cosas que aquel anhelo parecía condensar y representar en su frustración absoluta.

—Tu plato de ceniza —dijo por fin Josef—. Tu cenicero.

—En la salida de incendios. Es una planta.

—Debe de estar llena de… ¿spacek?, ¿kippe? De los restos.

—¿Quieres decir las colillas?

—Las colillas.

—Supongo que sí. No me digas que te fumarías…

Sin previo aviso, con una especie de descarga de dinamismo que parecía al mismo tiempo la contrapartida y el resultado del estado de calma total que la había precedido inmediatamente, Josef dio media vuelta y salió de la cama. Para entonces los ojos de Sammy ya se habían ajustado a la oscuridad de la habitación, que nunca era completa. Un orillo de radiación azul grisácea del fluorescente de la cocina bordeaba la puerta del dormitorio y se mezclaba con el haz pálido procedente de la noche de Brooklyn, un compuesto formado por los halos de las farolas, los faros de los coches y los tranvías, los fuegos de las tres factorías de laminación de acero que funcionaban en el barrio y el brillo emitido por el reino insular del otro lado del río, que se filtraba en ángulo oblicuo por el espacio entre las cortinas. Bajo aquel resplandor tenue que para Sammy representaba la luz enfermiza del insomnio materializado, vio cómo su primo registraba metódicamente los bolsillos de la ropa que antes había colgado con cuidado del respaldo de la silla.

—¿La lámpara?

Sammy negó con la cabeza.

—La tiene mi madre —dijo.

Josef volvió a la cama y se sentó.

—Entonces tenemos que trabajar en la oscuridad.

Entre los dedos índice y corazón de la mano izquierda sostenía una hoja plisada de papel de liar. Sammy entendió. Se apoyó en un brazo y con el otro separó las cortinas, despacio para que el ruido no los delatara. Luego, apretando los dientes, levantó la hoja de la ventana situada a un lado de su cama, dejando que entrara el zumbido helado del tráfico y una ráfaga susurrante de la medianoche fría de octubre. El «cenicero» de Sammy era una maceta alargada de terracota de estilo vagamente mexicano, llena de un compuesto estéril de tierra para macetas y hollín, y ocupada por el esqueleto semipetrificado, por otra parte bastante apropiado, de una cineraria que no se había vendido durante la época de plantas de interior de Sammy, de forma que era casi tres años anterior a su hábito bastante reciente de fumador. Alrededor de la base de la planta marchita había una docena de colillas aplastadas de Old Gold. Sammy cogió un puñado de ellas con desagrado —estaban un poco húmedas—, como si estuviera recogiendo lombrices de tierra, luego se las dio a su primo, que a su vez le dio una caja de cerillas que de forma evocadora le invitaba a «Comer en Joe’s Crab, en el Muelle de los Pescadores» y en la cual solamente quedaba una cerilla.

Rápidamente, pero no sin cierta teatralidad, Josef abrió siete colillas con una sola mano y fue dejando caer las hebras en la hoja arrugada de Zig Zag. Al cabo de un minuto de manipulación había fabricado un cigarrillo.

—Ven —dijo. Cruzó de rodillas la cama hasta llegar a la ventana. Sammy se unió a él, los dos se inclinaron bajo la hoja de guillotina y sacaron la cabeza y la parte superior del cuerpo por la ventana. Josef le dio el cigarrillo a Sammy y a la luz preciosa de la cerilla, que Sammy protegió nerviosamente del viento, este vio que Josef había construido un cilindro perfecto, tan grueso, recto y casi tan liso como si lo hubiera liado una máquina. Sammy dio una larga calada de True Virginia Flavor y le devolvió aquel cigarrillo mágico a su fabricante. Los dos fumaron en silencio hasta que quedó menos de un centímetro. Luego volvieron al interior, bajaron la hoja de la ventana y la persiana, y se tumbaron en la cama, oliendo a humo.

—¿Sabes? —dijo Sammy—. Estamos, hum, hemos estado muy preocupados… Por Hitler… Y la forma en que está tratando a los judíos y… Y todo eso. Cuando fueron… Cuando fuisteis… Invad

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