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LAS NIEVES DEL TIEMPO

Marcelo Birmajer

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Fragmento

I

Peor que amanecer buscándose en Google: no encontrarse. Borgovo había dedicado las primeras horas del día a apostar contra internet que su novela existía. Pero, aparentemente, los únicos diez ejemplares circulantes, que le habían sido entregados gratuitamente por contrato, estaban en su biblioteca. Ni reseñas ni comentarios. Ni una gacetilla de prensa de la editorial. No figuraba en los catálogos de las librerías. De no haber sido domingo, habría llamado a su editor para preguntarle si efectivamente habían impreso más que aquellos diez ejemplares de cortesía. ¿Le estaban jugando una broma? Pero… ¿qué rédito sacaría la editorial haciéndole creer que publicaban su libro? Nadie se hubiera tomado tantas molestias por él, en cualquier caso. Nada de lo que le ocurría tenía sentido.

Su novia, Malena, una bella y morena cuarentona, no lo había llamado el viernes ni el sábado. Malena tenía dos hijos, y quizás había debido pasar el fin de semana con ellos. La extrañaba. Pero tampoco comprendía por qué permanecía ella a su lado. ¿Qué podía ofrecerle un escritor fracasado, un hombre soltero a los casi cincuenta años, cuando ya ninguno de los dos guardaba ilusiones? Quizás era lo que Malena precisamente quería: un páramo ajeno a cualquier esperanza. Era una forma de calma.

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De pronto sonó el teléfono. Estaba tan absorto en el silencio de su fracaso que el timbre telefónico lo alteró.

Lo llamaban de la comisión cultural del austral pueblo de Las Nieves, entre San Martín de los Andes y Villa Gema. Se les había “caído” un importante escritor que debía dar una conferencia el siguiente martes, ¿podría Elías Borgovo reemplazarlo?

Elías Borgovo pensó inmediatamente en cuáles serían los honorarios. Pero en cambio preguntó: ¿De qué debería hablar?

—De lo que a usted le parezca —respondió la voz femenina, similar a la de una directora de colegio—. Es una conferencia libre.

—¿Puedo hablar de mi última novela?

—¡Estupendo! —exclamó, fingiendo entusiasmo, la anciana—. ¿Podría llegar usted mañana al mediodía, en el micro que sale de Buenos Aires hoy por la noche?

Borgovo intentó elucubrar algún inconveniente para no revelar su completa desocupación. Pero sólo se le ocurrió intercalar:

—¿Cuáles serían los honorarios?

La anciana respondió con una cifra digna como su propia entonación.

Cuando Borgovo aceptó, ella le pidió el número de documento y agregó que el ticket para el viaje lo estaría aguardando en la estación, en la boletería de la empresa, a su nombre.

II

Se imponía avisarle a Malena. Incluso, pensó Borgovo, invitarla. Pero era imposible encontrarla. La llamó dos veces a la casa y una al celular. Le dejó mensajes y le envió mails. La mujer no respondía. Esa misma noche se subió al micro, más entusiasmado por escapar de Buenos Aires y de sí mismo que melancólico o preocupado por la repentina desaparición de su novia.

Durmió durante todo el viaje, y al llegar lo recibió un lodazal blanco. Todo lo visible estaba nevado. Borgovo debió atravesar unos metros desde donde se detenía el micro hasta la rampa donde lo aguardaban sus anfitriones, hundiendo sus pies en la nieve. Sonó el celular a mitad de camino.

—¿Dónde estás? —preguntó Malena.

—En el sur —replicó Borgovo, risueño—. A catorce mil kilómetros de Buenos Aires.

—Podrías haberme avisado, ¿no?

—Te dejé dos mensajes, te envié mails. Te busqué durante todo el sábado.

—¿Y te vas a así, de un día para otro?

—Quise invitarte —insistió él.

—No importa —declaró ella—. De todos modos esta relación no daba para más.

—¿Por qué? —preguntó infantilmente Borgovo.

—Yo ya no te quiero —dijo ella.

Borgovo cortó la comunicación y arrojó el celular a la nieve. Caminó hasta sus anfitriones.

Lo recibieron como a un héroe. Borgovo intuyó que reemplazar a un escritor importante, llenarles el vacío de un acto trunco, le aportaba un alto grado de popularidad. Pero al encontrarse con el grupo de bibliotecarios y funcionarios que habían acudido a recibirlo lo sorprendió un milagro: cada uno de ellos tenía su libro en la mano; su última novela. De algún modo la habían conseguido.

La delegación lo llevó al hotel en una confortable combi. El hotel también era encantador, de madera, cálido, con clase. Los tres bibliotecarios —un matrimonio y una anciana— y los dos funcionarios, un matrimonio de ancianos, le pidieron que les firmara sus respectivos ejemplares de la novela.

Lo dejaron para que descansara un par de horas, y le preguntaron si quería que pasaran a buscarlo al atardecer. Borgovo respondió que hicieran lo que les resultara más cómodo, y todos sonrieron como si hubieran llegado a un acuerdo.

Comió un par de empanadas de cordero, de la cocina del propio hotel —todo pago por los organizadores— y, para su gran sorpresa, durmió una siesta. Como nadie había pasado a buscarlo ni lo había llamado, se consideró con derecho a dar un paseo a solas.

El pueblo era pequeño y prolijo como, por poner un ejemplo, la ciudad de Brujas, en Bélgica. Pero mucho más cálido y coloquial en todos los aspectos. No era un pueblo pensado para el turismo, pero no le faltaba nada para serlo. En un local que vendía útiles escolares encontró su novela en la vidriera: varios ejemplares, junto con otros de sus libros anteriores. En un kiosco de revistas, el diario regional estaba abierto y expuesto, colgado del techo, con una enorme foto del propio Borgovo, y una nota sobre su persona y su obra.

En la farmacia, pegado en el vidrio, un póster con una foto de Borgovo, de hacía diez años, invitaba a la población a la conferencia del día siguiente.

—Es la dimensión desconocida —pensó Borgovo—. De pronto soy famoso. ¿Habré muerto?

En el hotel lo aguardaba un periodista de la radio Municipal; un muchacho de unos veintidós años, animoso. Ya había leído el libro —“en una noche”, le aclaró—, y le hizo preguntas convencionales, sin conexión directa con la trama. “No lo leyó”, pensó Borgovo. Pero cuando acabó el reportaje deslizó atinados comentarios sobre los personajes principales. Y le pidió que se lo firmara.

—¿A quién se lo dedico? —preguntó Borgovo.

—Ponga “para Ezequiel” —respondió el muchacho, señalándose. Antes de que Borgovo escribiera “con cariño”, agregó:

—“Para Ezequiel y Natacha”, mejor.

III

¿Cómo había pasado de ser un fracaso consumado a este éxito en ciernes? No tuvo tiempo de darse grandes respuestas porque llegó la comitiva a buscarlo para ir a cenar. Pero alcanzó a decirse: “Tal vez todo sea cuestión de escenario: en Buenos Aires, ciudad infinita, soy un don nadie. En este paraje perdido de la mano de Dios, como el cuñado del jefe Abraracúrcix, soy el hombre más importante del pueblito”.

En cualquier caso, lo llevaron a comer como a un gran señor: guiso de ciervo, regado con estimulantes vinos patagónicos. Ya borracho, Borgovo declaró: “La próxima vez que se les enferme un invitado, así sea un pintor, o un cirujano, no duden en convocarme. Yo reemplazo al que sea”.

Una de las ancianas le preguntó si valía también para el lugar dejado por su difunto marido. Borgovo se tomó un chopp de cerveza artesanal sin respirar antes de contestar a voz en cuello: “¡Por supuesto!”. Y todos estallaron en carcajadas. Inmediatamente preguntó Borgovo quién había sido el “imbécil” del escritor que los había dejado plantados. La misma anciana viuda apuntó: “Se dice el pecado, no el pecador”.

“Además, de verdad que está enfermo”, reafirmó otro de los comensales, un sesentón que parecía haber vivido sentado.

Borgovo escorchó intentando arrebatarles si era novelista, cuentista, poeta. Pero los organizadores no daban el brazo a torcer. Protegerían a su invitado defraudador incluso bajo tortura. “A este que les hizo el cuento del tío, no voy porque tengo gota, lo defienden como a un mártir. A mí, que vine al instante, seguro que en cuanto me doy vuelta me llaman arrastrado, mercachifle, pordiosero”.

Llegó a su cama en el hotel de la mejor manera: sin saber cómo. Durmió con una profundidad que no recordaba haber sentido alguna vez. Cuando despertó, se sentía bien. La nieve todavía estaba allí, del otro lado de la ventana. Ni siquiera extrañaba a Malena.

Desayunó tostadas de pan casero negro con dulces del bosque. La mujer que se los sirvió tenía una cara de más de cincuenta años y manos de cerca de setenta. Entonces Borgovo reparó en que todas las personas que había cruzado hasta entonces, excepto el periodista radial, superaban los cincuenta años. “Es un pueblo de viejos”, pensó Borgovo, “me ven como a un pibe”. Repitió para sí mismo: “Es un capítulo de La dimensión desconocida”.

Sólo después de desayunar, con esa pesadez que deja la primera comida de la mañana, y al asomarse la resaca de la borrachera, Borgovo reflexionó acerca de que el viaje le estaba ocultando que su vida no había cambiado. Al regresar a Buenos Aires, la ausencia de Malena le rompería el corazón. Evidentemente, tenía a otro. Era lógico: podía aspirar a cualquiera más exitoso, más entusiasta, incluso más joven que él y que ella misma.

Pero el viaje sí estaba cumpliendo su función de fuga y olvido. ¿Qué más podía pedir? Esa noche, en la sala de cultura municipal, también biblioteca y cine, la concurrencia le confirmó su repentino e inexplicable éxito. Cerca de mil personas se congregaron para escucharlo. La jarra de agua, a su derecha, provenía de un manantial.

Borgovo comenzó, al revés de como se suelen organizar estos eventos, invitando al público a hacer preguntas, aclarando que si ninguna surgía había tomado la precaución de preparar una breve exposición. Daba por hecho que nadie le preguntaría nada. Pero para su gran sorpresa pudo salvarse de brindar su archisabido y atrofiado discurso.

Las primeras preguntas partieron de la propia comitiva organizadora, y fueron específicamente sobre su nueva novela. Envalentonado por el hielo roto, el resto del público se sumó al convite con preguntas más generales: inspiración, tiempo de trabajo, el rol del escritor en el mundo contemporáneo.

Borgovo respondió con una alegría desconocida. Los asistentes ya no pertenecían exclusivamente a tal o cual grupo etario. Ni siquiera eran todos de Las Nieves. Los organizadores le habían comentado, poco antes de comenzar, que atraídos por la conferencia acudían habitantes de los pueblos vecinos: Lomitas, Pachecales, Almacenes, Puntas Blancas.

La cantidad de gente, el entusiasmo de los presentes, el calor de la sala, resultaron una droga euforizante para Borgovo. Parecía un adolescente inspirado y sabio dirigiéndose por primera vez a un público cautivo de su talento. La gente aplaudía cada una de sus réplicas, se reía de sus chistes y acompañaba con un silencio pensante sus reflexiones. “Cuando termino, me asesinan en un ritual”, pensó Borgovo en una pausa. “Se trata de una tribu que se come a los visitantes luego de engordarlos de vanidad.”

Pero lo que ocurrió cuando acabó la charla fue que se le acercó una joven de inusual belleza. Inmediatamente llamaban la atención sus pechos. Sólo después permitían aquellos dos relieves, más poderosos que cualquiera de los que rodeaban la comarca, dirigirse al rostro, al que sólo un misterio interesante impedía alcanzar una simetría perfecta. Por el sitio donde se hallaban, la metáfora para aquellos rasgos caía fatalmente en Heidi; pero no se terminaba de admirar el resplandor de su inocencia, fresco, virginal, nuevo, cuando se descubría en el abrir sensual de las fosas nasales, en algo inesperado de los lóbulos de las orejas, en el apenas relumbrar oscuro de unas casi imposibles ojeras, en el grosor puro de los labios, las huellas de una perversidad, sólo incipiente, que convocaba pasiones.

“Así se les ocurrió matarme”, se dijo Borgovo antes de que la chica le extendiera su novela y le pidiera el autógrafo. Cuando ella le pidió “para Natacha”, Borgovo recordó haber escuchado ese nombre. Pero no pudo precisar dónde mientras duró el diálogo: ella le preguntó si volvería a dar una charla, hasta cuándo se quedaba, si dictaba algún tipo de curso.

Sólo por la noche, antes de dormir, reapareció el nombre con su respuesta: el periodista que lo entrevistara el día anterior le había pedido que lo agregara junto al suyo en la dedicatoria.

IV

Al despertar, no sabía qué debía hacer. No era muy distinto de sus despertares en la Capital; pero en un terreno extraño, rodeado de nieve, en una habitación señorial, el desconcierto se duplicaba. Repentinamente se sintió tan solo que llamó a Malena. ¿Por qué hacía eso? Ni siquiera había desayunado. Quizás precisamente ese era el motivo: el cerebro no funcionaba bien antes del primer café.

—Qué suerte que me llamás —dijo Malena—. Estuve intentando comunicarme con vos desde que cortamos anteayer.

—Me fue muy bien en la charla —informó Borgovo, sin saber qué decir.

—Me alegro —replicó Malena—. Creo que deberíamos hablar. ¿Cuándo volvés?

—Supongo que salgo hoy a la noche. En ese caso, llegaría a Buenos Aires mañana al mediodía.

—¿Me llamás cuando llegues? —pidió Malena.

—Dalo por hecho —confirmó Borgovo, sorprendido por su propia expresión.

“Dalo por hecho”, se repitió, frente al espejo, burlándose de sí mismo. Todavía no  le habían informado a qué hora salía su micro de regreso. Pero esas eran sus últimas horas de gloria. Malena lo esperaba para decirle en la cara que se acostaba con otro. Buenos Aires lo esperaba para recordarle que era un fracaso. Nada ni nadie más lo esperaba. “Acabemos con la farsa”, se dijo en silencio. “Finita la comedia”, pronunció, intentando una imitación de Marcelo Mastroianni. “Pastacciuta es la premisa”, improvisó. Afortunadamente para su dignidad, sonó el teléfono de la habitación. “Es Malena”, pensó Borgovo, “quedó el teléfono del hotel marcado en su celular. Llama para decirme que no puede esperar: me tiene que contar ya mismo con quién se acuesta y por qué. Me lo tengo merecido: ¿por qué llamo a alguien que me dice por teléfono que ya no me quiere? Me lo advirtió”.

Pero era el conserje, para avisarle que lo aguardaban en el hall. Bajó pensando en si lo despacharían de inmediato o le ofrecerían primero un almuerzo. No sería mala cosa atiborrarse de carne ovina, vino patagónico y viajar borracho como una cuba, durmiendo como un eremita. Pero lo aguardaban, con cara de pocos amigos, el sesentón que lo había acompañado a cenar y un cincuentón al que creía haber visto en algún lado, seguramente durante la conferencia.

El cincuentón le extendió la mano y Borgovo se la estrechó.

Era fría como la de un vampiro.

—Su conferencia fue extraordinaria —comentó el cincuentón.

—Chapeau —acotó el sesentón, llevándose una mano a la cabeza.

—Perdone, no me presenté —siguió el cincuentón—. Mi nombre es Antonio Careles y soy el intendente de Las Nieves. El señor es Benicio Lapacho, mi asistente en temas culturales.

Borgovo comprendió que la cara de pocos amigos obedecía a la timidez, no a un percance desafortunado.

—Le decíamos —siguió el intendente— que su conferencia de ayer fue magistral. Algunas personas lloraron, otras se rieron. A todas les interesó. Mucha gente, de Las Nieves y de pueblos vecinos, nos preguntó si usted regresaría. Y con Benicio pens ...