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LO QUE DESCUBRí DE TI

Sibila Freijo

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Fragmento

Contenido Portadilla Créditos 1. Después de la tempestad viene la calma 2. Sin ti no hay nada 3. Escuela de calor 4. Un cumpleaños feliz 5. La piedra lunar 6. Cuevas, sexo y murciélagos 7. Veneno en la piel 8. Agonda Paradise 9. Otra vuelta de tuerca 10. Plantaciones de té y aguas pantanosas 11. Lugares que se inventaron para nosotros 12. Dulce hogar 13. El pasado siempre vuelve 14. Ucrania, un sitio al que no ir 15. Ser o no ser 16. Una herencia en vida 17. Las mil y una noches 18. ¿Qué me pasa, doctor? 19. Una mujer fatal 20. Mister Equis 21. Nuevas emociones 22. Que la vida te deje exhausta 23. Leyla 24. La invitación 25. Solo chicas 26. En tu fiesta me colé 27. El brunch 28. Noche burlesque 29. Allí donde estés 30. Aprendiendo a confiar 31. La Dama de las Camelias 32. La carta 33. La sorpresa 34. Te prohíbo que me aprecies 35. Apocalipsis zombi 36. Sesión continua 37. Cojines con sorpresa 38. La vitrina del estanco 39. Cabo de Gata 40. Tengo miedo 41. Thelma y Louise 42. El día D 43. Tres 44. Nueva vida 45. Quédate conmigo 46. Una proposición indecente 47. El apartamento 48. Dime que me quieres 49. Esperando una señal 50. El túnel de lavado 51. Las galletas de la fortuna 52. Café Comercial Epílogo. Positano, Costa Amalfitana... dos días después

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Después de la tempestad viene la calma

Cuando aterrizo en el aeropuerto de Dubái, medio borracha por todo el champán que he bebido durante el vuelo y aturdida por las nueve horas de avión, enciendo el móvil y veo que tengo un único mensaje de texto, es de Eva:

Sé que estás de viaje. Antoine ha tenido un accidente y está grave en el hospital. Llama o escribe en cuanto puedas.

No puede ser. El corazón me da un vuelco y se me llenan los ojos de lágrimas al imaginar a Antoine al borde de la muerte en un hospital a miles de kilómetros de mí. ¿Qué le habrá pasado? No puedo llamar a Eva ahora; es madrugada en España así que no me queda más remedio que esperar a llegar a la India.

Todavía falta un buen rato para coger el vuelo de conexión a Bangalore. Paso un par de horas horribles, angustiada, arrastrándome por las tiendas del aeropuerto de Dubái, donde todo es un despropósito de lujo y ostentación y no importa mucho si es de día o de noche con tal de que tengas tarjetas de crédito. Mientras miro con ojos perdidos joyas, perfumes, bolsos caros y hasta coches deportivos, pienso en el karma, ahora que voy a la India, en si existirá y en si todo lo malo que hacemos nos viene de algún modo de vuelta. Antoine ha sido un hijo de puta, sí, pero de ahí a desearle la muerte hay un trecho.

Recuerdo nuestros momentos felices en París como pasando a cámara lenta en flashback y no puedo dejar de llorar, en medio de la sala de espera. Qué lástima todo. Me da pena él pero, sobre todo, me doy pena yo. No me explico cómo hace tan solo unas semanas podíamos estar paseando por las orillas del Sena, los dos felices, enamorados, con trabajo y un futuro por delante. La vida a veces es una zorra mentirosa.

Me quedan aún otras cinco horas de vuelo hasta llegar a la India. Para intentar tranquilizarme me tomo medio Orfidal y me paso el trayecto durmiendo. Sueño con Antoine, que está a mi lado y nos estamos yendo juntos de vacaciones. Todo es como una puñetera broma pesada.

Nada más poner un pie en el aeropuerto de Bangalore enciendo el móvil y consigo por fin localizar a Eva. Me cuenta lo que ha pasado con voz acelerada, la oigo muy lejos.

—... Antoine empotró el coche contra un camión en la carretera de La Coruña. Parece ser que iba completamente borracho. —Ni siquiera sabía que tuviera coche—. Está ingresado en la UCI del 12 de Octubre, grave, con un traumatismo craneoencefálico. Su madre llegó ayer de París para estar con él. Ya no sé nada más.

—¿Y por quién te has enterado?

—Me lo ha dicho Lupe, la secretaria de la agencia.

—Eva, por favor, ¿me podrías conseguir el teléfono del hospital y mandármelo en un sms?

—Sí, por supuesto. ¿Piensas volver?

—No, claro que no pienso volver, ¿por qué iba a hacerlo?

Antoine ya no significa nada para mí o más bien ya no quiero que signifique nada para mí.

A la salida de la zona de equipajes, decenas de guías y conductores se agolpan detrás de las barras buscando a sus turistas. Veo un cartel con mi nombre «Sra. Valdés». Seguro que soy yo aunque ponga lo de señora. Al fin y al cabo dentro de cinco días cumplo cuarenta años. Ya es hora de aceptar que me llamen señora sin que me den convulsiones.

Mi conductor es bajito y lleva bigote como casi todos los hindúes, camisa blanca impoluta y pantalones de color beige. Se presenta como Yoyo y habla un inglés casi incomprensible. Me coge la mochila y la pone en el maletero de su coche, antiguo pero inmaculado y con aire acondicionado. Salimos a la carretera y me siento por fin en la India. Las vacas por todas partes, los pequeños puestos de chai al borde del camino, los palmerales, el calor agobiante y húmedo. Encuentro pocas similitudes con la otra parte de la India que conozco, la del norte. Tras un par de horas de coche al fin llegamos a Kochi, la capital del estado de Kerala.

Yoyo me deja en mi hotel, una preciosa guest house bastante asilvestrada de pocas habitaciones que ya había reservado por Internet. Tras instalarme y darme una ducha rápida, el personal me recomienda ir a ver una representación teatral tradicional de la zona. Voy caminando, no está lejos. Hay actuaciones cada cuarenta minutos así que, tras esperar un poco, me siento en el teatrillo y al rato empieza la obra. De repente envuelta en todos esos colores, máscaras, danzas raras y músicas extrañas, me siento en un mundo ajeno y bastante desubicada, como si me hubieran lanzado allí desde un platillo volante.

Pienso en Antoine y, solo por un segundo, me gustaría teletransportarme a Madrid y estar con él en el hospital, a la cabecera de su cama. Seré gilipollas. ¿Qué me importa ya lo que le pase? Por mí como si se muere. Me debería dar igual. Al terminar la obra, ceno un curry de pescado muy rico en la terraza del hotel, instalada en un pequeño dique encima del agua. Apenas hay huéspedes y la cena me cuesta al cambio unos tres euros. A veces, casi siempre que viajo, me parece que vivo en el país equivocado. Me siento bien allí sola, pero estoy intranquila. Escribo un poco en mi cuaderno de viaje mis aventuras del día y mando los whatsapps de rigor a mi madre y Andrés para decir que he llegado bien y que todo es muy bonito.

Siempre es una sensación rara despertarse el primer día en otra parte, en una cama extraña de un sitio extraño, especialmente si lo haces al otro lado del mundo y tienes jet lag. Esta noche he tenido pesadillas con el trabajo y con Antoine. Al abrir los ojos todavía pienso aquello de «es verdad, no fue un sueño».

Después de dar un paseo por la ciudad, ver las famosas redes de pesca chinas en el puerto y visitar una casa-museo dedicada a la artesanía local, me decido a llamar al hospital para preguntar por Antoine. Cuando me contestan en la centralita me late el corazón. Tengo miedo de que haya muerto, de que me digan que no me pueden pasar con la habitación de un muerto. Pero no. Oigo la señal del teléfono y respiro aliviada. Responde su madre, tratando de hablar español bastante torpemente. Le digo con mi francés rudimentario que soy Carlota desde la India, le pregunto por su hijo. Creo comprender por lo que me dice: que ha salido de la UCI y ha mejorado algo.

Le pido por favor que no le diga a Antoine que he llamado. No sé si me entiende.

Decido poner la mente en blanco, para eso he venido aquí. Olvidarme de Antoine, del trabajo que he perdido, de mis hijos y de Andrés, mi exmarido. Todos están bien, la vida sigue sin mí. No soy indispensable. Se supone que he venido aquí a encontrarme a mí misma y si continúo así, preocupándome por todo el mundo, dudo mucho de que pueda empezar a buscarme.

Por la tarde, Yoyo viene a buscarme al hotel y abandonamos Kochi para poner rumbo a un centro de ayurveda que localicé días antes de venirme. Es algo así como u

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