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LOS DIECISéIS áRBOLES DEL SOMME

Lars Mytting

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Fragmento

 

 

 

 

MI MADRE ERA PARA MÍ UN OLOR. Era un calor, una pierna a la que me aferraba, un soplo de algo azulado, un vestido que creía recordar que usaba. Me decía a mí mismo que mi madre me había lanzado a la vida con un arco y, cuando moldeaba mis recuerdos sobre ella, no estaba seguro de si eran correctos ni verdaderos, sencillamente la recreaba tal como creía que un hijo debe recordar a su madre.

Era en ella en quien pensaba cuando ponía a prueba mi añoranza, rara vez en mi padre. En ocasiones me preguntaba si él habría sido como los demás padres del pueblo, esos hombres a los que veía con uniforme de la reserva o con zapatillas de deporte en los entrenamientos de fútbol para adultos, tipos que madrugaban los fines de semana para participar en las jornadas de trabajo colectivo de la Asociación de Caza y Pesca de Saksum. Sin embargo, permití que mi padre se desvaneciera sin sentir remordimientos, cosa que durante muchos años me tomé como prueba de que mi abuelo había tratado de hacer todo lo que podría haber hecho mi padre y de que realmente lo había conseguido.

La navaja del abuelo era una bayoneta rusa partida. Su mango de abedul flameado era el único trabajo de carpintería fina que había hecho en la vida. Por la parte de arriba, la hoja estaba roma y la usaba para raspar óxido y doblar alambres. El otro lado lo mantenía tan afilado que podía usarlo para cortar tiritas o desgarrar grandes sacos de cal, una maniobra que llevaba a cabo con rapidez para que los granos blancos no se salieran demasiado pronto y a mí me diera tiempo a maniobrar el tractor por el prado.

El lado afilado y el romo se unían en una punta de daga, con la que remataba a los grandes peces que cogíamos en el lago de Saksum. Primero iba desprendiendo las fuertes truchas de los anzuelos de la línea, mientras ellas se agitaban furiosas al sentir que se ahogaban en el aire. Luego las apoyaba contra la regala, les clavaba en la cabeza la punta de la navaja y presumía de la anchura de sus lomos. En ese momento, yo siempre levantaba los remos y me quedaba mirando cómo corría la sangre por el filo, un fluido denso que caía lentamente, a diferencia del agua que se deslizaba veloz por los remos.

Sin embargo, ambos líquidos acababan mezclándose en la misma agua de montaña, mientras las truchas se desangraban y pasaban a ser nuestro pescado cogido en nuestro lago.

El primer día de colegio, encontré un pupitre con mi nombre y allí fue donde me senté. Una mano desconocida había escrito Edvard Hirifjell con rotulador en un papel doblado por la mitad para que se mantuviera en pie. Mi nombre aparecía tanto por delante como por detrás, como si no solo el profesor sino también yo necesitara que me recordasen quién era.

Cada dos por tres me volvía hacia el abuelo, aunque sabía perfectamente que estaba allí. Los demás niños ya se conocían, de modo que yo me conformaba con mirar al frente, al mapa de Europa y la gran pizarra vacía, tan verde como un océano del mundo. Una de las veces que miré hacia atrás caí en la cuenta de que el abuelo doblaba en edad al resto de los padres. Ahí estaba él, con su jersey de faena de punto, y viejo al modo de Fridtjof Nansen, el explorador que aparecía en los billetes de diez coronas. Tenía su mismo bigote y sus mismas cejas, y los años no le pesaban, al contrario, parecían multiplicarse y proporcionar vigor a su rostro. El abuelo nunca sería viejo, o al menos eso decía él, que yo lo mantenía joven y que se rejuvenecía para mí.

 

 

LOS ROSTROS DE MIS PADRES NUNCA ENVEJECÍAN. Vivían en una fotografía que teníamos junto al teléfono, sobre una cómoda. Mi padre sale con pantalones de campana y chaleco a rayas, reclinado sobre el Mercedes. Mi madre está en cuclillas, acariciando a Pelle, nuestro perro pastor, que parece cortarle el paso, como si no quisiera dejarla marchar. Quizá los animales entiendan este tipo de cosas.

Yo estoy en el asiento trasero, saludando con la mano, así que es probable que la foto se tomara el día en que nos marchamos.

Aún creo recordar el viaje en coche hasta Francia, el olor a escay procedente de los asientos recalentados y el aroma de los árboles pasando a toda velocidad por delante de la ventanilla. Durante mucho tiempo, creí recordar también el peculiar olor de mi madre aquel día, y las voces de ambos por encima del estruendo del aire.

Todavía guardamos el negativo de esa fotografía. El abuelo no la mandó a revelar enseguida. Al principio creí que era por ahorrar, porque a la que sería la última fotografía de mis padres le siguieron la Nochebuena, la pesca con red de mediados de verano y la recogida de la patata.

Pero qué era lo que realmente estaba ahorrando no resulta obvio. Creo que esperó a revelarla porque nunca sabes cómo saldrán las fotos de un carrete, no lo averiguas hasta que vuelven del laboratorio y, hasta entonces, solo tienes una intuición, una expectativa de cómo aparecerá lo fotografiado. Así fue como mi abuelo logró que mis padres vivieran más, dentro de la emulsión, hasta que el baño del revelado los tornó definitivos.

 

Yo creía a mi abuelo cuando, hacia el final de mis arrebatos de furia, me aseguraba que tenía pensado contármelo todo cuando fuera «lo bastante mayor». Puede que sencillamente no se enterara de que yo estaba creciendo, pero el caso es que averigüé la verdad demasiado pronto y, para entonces, ya era demasiado tarde.

Ocurrió a principios del tercer curso. Un día bajé en bicicleta a la granja Lindstad y me encontré la puerta abierta, de modo que entré y dije «hola». La casa estaba vacía, debían de estar en el establo, así que continué hacia el salón y, en una estantería de madera oscurecida, vi un equipo de música con el plato cubierto de polvo, unos mapas de carreteras de la Federación Automovilística Noruega, unas novelas abreviadas y una fila de libros de color burdeos con letras doradas en los lomos. Sucedió, ponía en cada tomo, seguido de una cifra que indicaba un año, de modo que entendí que contenían un repaso de los principales acontecimientos de cada año.

Evidentemente, no fue casualidad que sacara el tomo de 1971 y el propio libro dio la impresión de querer hablarme porque se abrió por el mes de septiembre. Las hojas brillaban por la grasa de los dedos, tenían las esquinas deterioradas y, en el doblez, había briznas de tabaco.

Mi madre y mi padre, un sencillo retrato de cada uno. A pie de foto aparecían sus nombres y, entre paréntesis, ponía Reuters. Me pregunté quién sería ese Reuters y sentí que debería saberlo, puesto que se trataba de mis padres.

El texto decía que una pareja franco-noruega, «ambos residentes en Gudbrandsdal», había fallecido el 23 de septiembre en Authuille, en el norte de Francia. A pesar de las vallas, se habían adentrado en un campo de batalla de la Primera Guerra Mundial y los habían encontrado muertos en un río. La autopsia mostró que habían inhalado gas venenoso procedente de una vieja bomba y que habían caído inconscientes al agua; ya no lograron salir.

El anuario explicaba que todavía quedaban millones de toneladas de explosivos a lo largo de las viejas líneas del frente y que muchos de los terrenos se consideraban imposibles de limpiar. Más de un centenar de turistas y campesinos habían muerto en los años precedentes por pisar estos artefactos no detonados.

Todo eso ya lo sabía por la escueta explicación de mi abuelo. Lo que no me había contado era lo que ponía a continuación.

«Ciertos objetos hallados en el coche indicaron a la policía que la pareja llevaba consigo a un niño de tres años.» Pero como el niño no aparecía, organizaron una batida. Perros sabuesos peinaron en vano el viejo campo de batalla, un equipo de buzos dragó el río y varios helicópteros colaboraron en la búsqueda.

Entonces leí la frase que calcinó lo que me quedaba de infancia. Fue como echar hojas de periódico a la chimenea, la letra aún puede leerse mientras se prende el papel, pero el más leve roce la transforma en ceniza.

 

Cuatro días más tarde, encontraron al niño en la consulta de un médico a ciento veinte kilómetros de distancia, en la pequeña ciudad portuaria de Le Crotoy. Las intensas pesquisas policiales no arrojaron resultados. Se supuso que el niño había sido secuestrado, aunque estaba ileso salvo por algunos rasguños.

 

A partir de ahí, el texto volvía a esa verdad que yo conocía, puesto que afirmaba que mis abuelos de Noruega se hicieron cargo de mí. Sin embargo, yo estaba estupefacto. Con la mirada fija en las páginas del libro, pasé las hojas hacia delante para ver si después contaba algo más, las pasé hacia atrás para ver si decía algo antes. Quité el tabaco del doblez. La gente había hablado de mí. Cuando algún vecino se pasaba a tomar un café por la granja Lindstad, sacaban el Sucedió 1971 y rememoraban la época en que alguien de la familia Hirifjell había salido en los periódicos.

Y a mi rabia le quedaba mucho camino que recorrer. El abuelo dijo que no sabía más, así que tuve que llevarme mis preguntas a un bosque de abedules flameados situado por encima de nuestra granja. ¿Por qué me habían llevado mis padres a un sitio repleto de bombas? ¿Y qué pintaban ellos allí?

La respuesta se había esfumado igual que lo habían hecho mis padres, tal como el viento esparce la ceniza. Así fue como me hice adulto en Hirifjell.

 

 

HIRIFJELL SE ENCUENTRA EN LA UMBRÍA DE SAKSUM. Las granjas grandes están al otro lado del río, donde la nieve se retira pronto y el sol acaricia la madera de las casas y la «aristocracia» rural que albergan. Entre ellos y nosotros, corre el Laugen. El frío húmedo que emana del ancho cauce del r

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