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LOS DOCE CLANES

Jonathan Stroud

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Fragmento

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Svein era un bebé cuando llegó al valle con los colonos. Llevaban tanto tiempo en las montañas que el sol y la nieve les habían tostado los rostros hasta quemarlos. Cuando por fin descendieron a las verdes y suaves praderas, se detuvieron a descansar en una tranquila sombra. El bebé Svein se sentó en la hierba y miró a su alrededor. ¿Qué vio? Cielo, árboles, a sus padres, que dormían. Y también una gran serpiente negra, enroscada en un tronco, con las fauces abiertas, lista para morder la garganta de su madre. ¿Qué hizo él? Con sus manitas agarró a la serpiente por la cola. Cuando sus padres despertaron vieron a Svein, sonriente, con una serpiente muerta que colgaba de sus manos como un trozo de cuerda.

—Esta hazaña no deja lugar a dudas —dijo el padre de Svein—. Nuestro hijo será un héroe. Cuando sea el momento le daré mi espada y mi cinturón de plata, y con su ayuda nunca perderá una batalla.

—El valle será suyo —dijo la madre—. Construyamos aquí nuestra granja. Este lugar nos traerá buena suerte.

Y así fue. Luego otros colonos se diseminaron por el valle, pero nuestro Clan, el primero y más importante, se construyó allí mismo.

Halli Sveinsson nació a primera hora de la tarde del día que marcaba la mitad del invierno, cuando nubes bajas cargadas de nieve se cernían sobre el Clan de Svein y ocultaban las faldas de las monta

ñas. Justo a la hora de su alumbramiento, la nieve se acumuló hasta tal punto contra los viejos muros construidos contra los trows que parte de estos cedió bajo su peso. Para algunos esa fue una señal que auguraba gran bondad en el chico; para otros, un presagio de gran maldad. El propietario de los cerdos aplastados por la caída del muro no se manifestó en ninguno de los dos sentidos, pero exigió una compensación por parte de los padres del muchacho. Al año siguiente elevó su queja hasta la Asamblea, pero el caso se desestimó por falta de pruebas.

A medida que el niño se hacía mayor, su aya, Katla, solía llamar su atención hacia la fecha en que llegó a este mundo. Ella se reía y resoplaba por la nariz ante sus implicaciones siniestras.

—El día central del invierno es una fecha peligrosa —le decía mientras le arropaba en su cuna—. Los niños nacidos en ese día sienten afinidad por la oscuridad y las cosas secretas, por la brujería y los dictados de la luna. Debes tener cuidado en no atender a ese lado de tu naturaleza, o bien este te conducirá sin duda a la muerte y la destrucción de tus seres queridos. Aparte de eso, querido Halli, no tienes de qué preocuparte. ¡Que duermas bien!

A pesar de la cruda nevada del día de su nacimiento, en cuanto se hubo cortado el cordón umbilical, el padre de Halli cogió la sangre y la placenta de manos de la comadrona y partió hacia la montaña. Después de una escalada que le dejó tres dedos congelados, llegó a las runas de la cumbre y arrojó el regalo para que sirviera de alimento a los trows. Se cree que a estos debió de gustarles lo que comieron, porque el niño bebió la leche de su madre con ganas desde el principio. Se convirtió en un bebé rollizo y saludable, y la sombra negra no le tocó en todo el invierno. Era el primer niño de Astrid que conseguía sobrevivir después del nacimiento de Gudny, tres años atrás, y eso supuso un motivo de gran regocijo entre las gentes del Clan.

En primavera los padres de Halli celebraron una fiesta para conmemorar el nacimiento del último miembro del linaje de Svein. Colocaron la cuna sobre la tarima de la sala y los vecinos fueron pasando a presentar sus respetos. Arnkel y Astrid se sentaron juntos en los Asientos de la Ley y aceptaron los regalos, las ofrendas de pieles, telas, juguetes tallados y verduras frescas, mientras la pequeña Gudny permanecía callada y rígida al lado de su madre, con el cabello rubio primorosamente trenzado cual cola de dragón. El hermano mayor de Halli, Leif, heredero del Clan y de todas sus tierras, permanecía al margen de los acontecimientos; jugaba con los perros debajo de la mesa, disputándoles los restos de comida.

Los comentarios ante la cuna del bebé fueron de lo más halagadores, pero en los rincones de la sala, donde Eyjolf y los criados habían dispuesto las jarras de cerveza y el humo de las antorchas dibujaba densos círculos, las opiniones se mostraban menos contundentes.

—Ese bebé tiene un aspecto peculiar.
—No se parece en nada a su madre.
—Y, para ser exactos, tampoco a su padre. Ha salido más a su tío.

—¡Un trow sería un padre más probable! Astrid no soporta a ese Brodir, eso no es ningún secreto.

—Bueno, el chico tiene buenos pulmones igualmente. ¡Oíd cómo llora!

A medida que Halli creció, su singularidad no disminuyó. Su padre, el moreno Arnkel, era ancho de hombros y de miembros largos, y su simple y alta figura imponía respeto en la casa y los campos. Astrid, su madre, tenía rubias trenzas y la piel sonrosada típica de las gentes del valle; también ella era alta y esbelta, poseedora de una belleza inquietante que destacaba entre los morenos miembros del Clan de Svein. Leif y Gudny eran el puro reflejo en miniatura de sus padres: ambos eran delgados, graciosos y agradables a la vista.

En cambio Halli fue desde el principio un chico paticorto y ancho de espaldas, un crío pequeño y torpón, con dedos que parecían salchichas y unos andares lentos y oscilantes. Su piel era muy oscura, destacaba por ello incluso entre esos hombres curtidos por el sol de las montañas. Con la nariz pequeña y chata, una barbilla pronunciada y desafiante, y unos ojos grandes que denotaban curiosidad, contemplaba el mundo desde debajo de una enmarañada mata de espeso cabello moreno.

Su padre solía sentar a Halli en su regazo a las horas de las comidas y le observaba atentamente, mientras el niño exploraba la áspera barba de su progenitor con sus deditos regordetes y tiraba de ella hasta hacerle saltar las lágrimas.

—El chico es fuerte, Astrid —exclamaba él—. Y entrometido. ¿Te ha contado Eyjolf que lo encontró trasteando en los establos? ¡Se había plantado entre las pezuñas de Hrafin y se disponía a retorcerle la cola!

—¿Y dónde estaba Katla mientras nuestro hijo se ponía en peligro? Oh, tiraré de los pelos a esa boba por inútil.

—No la regañes. La pobre anda agotada y es fácil engañarla. Gudny puede ayudarnos a cuidar de su hermanito, ¿verdad, Gudny? —Revolvió el cabello de su hija con gesto cariñoso, pero la niña dio un respingo y levantó la vista de la costura.

—Yo no. Entró a espiar en mi habitación y se comió mis moras. Que se encargue Leif.

Pero Leif estaba en la pradera del foso, arrojando piedras contra los pájaros.

En aquellos primeros años las exigencias del hogar y del Clan impidieron que Astrid y Arnkel se implicaran activamente en el bienestar cotidiano de Halli. La tarea de cuidar del niño recayó por tanto en Katla, la vieja aya, canosa y arrugada como una arpía, tal y como antes se había ocupado de Leif y Gudny, y antes del padre de estos. Katla era dura y encorvada como una horca, una bruja tambaleante cuya aparición sembraba el pánico entre las niñas del Clan de Svein. Pero tenía unos ojos almendrados y chispeantes y una sabiduría que manaba sin cesar. Halli la adoraba incondicionalmente.

Por las mañanas, a la luz de las velas, ella llevaba el cubo de agua caliente al cuarto de Halli y, después de lavarlo, le enfundaba en los leotardos y la túnica, lo peinaba y lo acompañaba al comedor para que desayunara. Luego se se

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