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LOS DOCE CLANES

Jonathan Stroud

0


Fragmento

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1

Svein era un bebé cuando llegó al valle con los colonos. Llevaban tanto tiempo en las montañas que el sol y la nieve les habían tostado los rostros hasta quemarlos. Cuando por fin descendieron a las verdes y suaves praderas, se detuvieron a descansar en una tranquila sombra. El bebé Svein se sentó en la hierba y miró a su alrededor. ¿Qué vio? Cielo, árboles, a sus padres, que dormían. Y también una gran serpiente negra, enroscada en un tronco, con las fauces abiertas, lista para morder la garganta de su madre. ¿Qué hizo él? Con sus manitas agarró a la serpiente por la cola. Cuando sus padres despertaron vieron a Svein, sonriente, con una serpiente muerta que colgaba de sus manos como un trozo de cuerda.

—Esta hazaña no deja lugar a dudas —dijo el padre de Svein—. Nuestro hijo será un héroe. Cuando sea el momento le daré mi espada y mi cinturón de plata, y con su ayuda nunca perderá una batalla.

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—El valle será suyo —dijo la madre—. Construyamos aquí nuestra granja. Este lugar nos traerá buena suerte.

Y así fue. Luego otros colonos se diseminaron por el valle, pero nuestro Clan, el primero y más importante, se construyó allí mismo.

Halli Sveinsson nació a primera hora de la tarde del día que marcaba la mitad del invierno, cuando nubes bajas cargadas de nieve se cernían sobre el Clan de Svein y ocultaban las faldas de las monta

ñas. Justo a la hora de su alumbramiento, la nieve se acumuló hasta tal punto contra los viejos muros construidos contra los trows que parte de estos cedió bajo su peso. Para algunos esa fue una señal que auguraba gran bondad en el chico; para otros, un presagio de gran maldad. El propietario de los cerdos aplastados por la caída del muro no se manifestó en ninguno de los dos sentidos, pero exigió una compensación por parte de los padres del muchacho. Al año siguiente elevó su queja hasta la Asamblea, pero el caso se desestimó por falta de pruebas.

A medida que el niño se hacía mayor, su aya, Katla, solía llamar su atención hacia la fecha en que llegó a este mundo. Ella se reía y resoplaba por la nariz ante sus implicaciones siniestras.

—El día central del invierno es una fecha peligrosa —le decía mientras le arropaba en su cuna—. Los niños nacidos en ese día sienten afinidad por la oscuridad y las cosas secretas, por la brujería y los dictados de la luna. Debes tener cuidado en no atender a ese lado de tu naturaleza, o bien este te conducirá sin duda a la muerte y la destrucción de tus seres queridos. Aparte de eso, querido Halli, no tienes de qué preocuparte. ¡Que duermas bien!

A pesar de la cruda nevada del día de su nacimiento, en cuanto se hubo cortado el cordón umbilical, el padre de Halli cogió la sangre y la placenta de manos de la comadrona y partió hacia la montaña. Después de una escalada que le dejó tres dedos congelados, llegó a las runas de la cumbre y arrojó el regalo para que sirviera de alimento a los trows. Se cree que a estos debió de gustarles lo que comieron, porque el niño bebió la leche de su madre con ganas desde el principio. Se convirtió en un bebé rollizo y saludable, y la sombra negra no le tocó en todo el invierno. Era el primer niño de Astrid que conseguía sobrevivir después del nacimiento de Gudny, tres años atrás, y eso supuso un motivo de gran regocijo entre las gentes del Clan.

En primavera los padres de Halli celebraron una fiesta para conmemorar el nacimiento del último miembro del linaje de Svein. Colocaron la cuna sobre la tarima de la sala y los vecinos fueron pasando a presentar sus respetos. Arnkel y Astrid se sentaron juntos en los Asientos de la Ley y aceptaron los regalos, las ofrendas de pieles, telas, juguetes tallados y verduras frescas, mientras la pequeña Gudny permanecía callada y rígida al lado de su madre, con el cabello rubio primorosamente trenzado cual cola de dragón. El hermano mayor de Halli, Leif, heredero del Clan y de todas sus tierras, permanecía al margen de los acontecimientos; jugaba con los perros debajo de la mesa, disputándoles los restos de comida.

Los comentarios ante la cuna del bebé fueron de lo más halagadores, pero en los rincones de la sala, donde Eyjolf y los criados habían dispuesto las jarras de cerveza y el humo de las antorchas dibujaba densos círculos, las opiniones se mostraban menos contundentes.

—Ese bebé tiene un aspecto peculiar.
—No se parece en nada a su madre.
—Y, para ser exactos, tampoco a su padre. Ha salido más a su tío.

—¡Un trow sería un padre más probable! Astrid no soporta a ese Brodir, eso no es ningún secreto.

—Bueno, el chico tiene buenos pulmones igualmente. ¡Oíd cómo llora!

A medida que Halli creció, su singularidad no disminuyó. Su padre, el moreno Arnkel, era ancho de hombros y de miembros largos, y su simple y alta figura imponía respeto en la casa y los campos. Astrid, su madre, tenía rubias trenzas y la piel sonrosada típica de las gentes del valle; también ella era alta y esbelta, poseedora de una belleza inquietante que destacaba entre los morenos miembros del Clan de Svein. Leif y Gudny eran el puro reflejo en miniatura de sus padres: ambos eran delgados, graciosos y agradables a la vista.

En cambio Halli fue desde el principio un chico paticorto y ancho de espaldas, un crío pequeño y torpón, con dedos que parecían salchichas y unos andares lentos y oscilantes. Su piel era muy oscura, destacaba por ello incluso entre esos hombres curtidos por el sol de las montañas. Con la nariz pequeña y chata, una barbilla pronunciada y desafiante, y unos ojos grandes que denotaban curiosidad, contemplaba el mundo desde debajo de una enmarañada mata de espeso cabello moreno.

Su padre solía sentar a Halli en su regazo a las horas de las comidas y le observaba atentamente, mientras el niño exploraba la áspera barba de su progenitor con sus deditos regordetes y tiraba de ella hasta hacerle saltar las lágrimas.

—El chico es fuerte, Astrid —exclamaba él—. Y entrometido. ¿Te ha contado Eyjolf que lo encontró trasteando en los establos? ¡Se había plantado entre las pezuñas de Hrafin y se disponía a retorcerle la cola!

—¿Y dónde estaba Katla mientras nuestro hijo se ponía en peligro? Oh, tiraré de los pelos a esa boba por inútil.

—No la regañes. La pobre anda agotada y es fácil engañarla. Gudny puede ayudarnos a cuidar de su hermanito, ¿verdad, Gudny? —Revolvió el cabello de su hija con gesto cariñoso, pero la niña dio un respingo y levantó la vista de la costura.

—Yo no. Entró a espiar en mi habitación y se comió mis moras. Que se encargue Leif.

Pero Leif estaba en la pradera del foso, arrojando piedras contra los pájaros.

En aquellos primeros años las exigencias del hogar y del Clan impidieron que Astrid y Arnkel se implicaran activamente en el bienestar cotidiano de Halli. La tarea de cuidar del niño recayó por tanto en Katla, la vieja aya, canosa y arrugada como una arpía, tal y como antes se había ocupado de Leif y Gudny, y antes del padre de estos. Katla era dura y encorvada como una horca, una bruja tambaleante cuya aparición sembraba el pánico entre las niñas del Clan de Svein. Pero tenía unos ojos almendrados y chispeantes y una sabiduría que manaba sin cesar. Halli la adoraba incondicionalmente.

Por las mañanas, a la luz de las velas, ella llevaba el cubo de agua caliente al cuarto de Halli y, después de lavarlo, le enfundaba en los leotardos y la túnica, lo peinaba y lo acompañaba al comedor para que desayunara. Luego se sentaba a su lado y disfrutaba del sol mientras el niño jugaba con trozos de madera sobre las baldosas del suelo. La mayoría de los días la anciana se dormía al sol; la mayoría de los días Halli tardaba poco en levantarse e ir a explorar las estancias privadas que había detrás del salón, o se aventuraba a salir al patio, donde el eco del yunque de Grim se mezclaba con el zumbido de los telares, y desde donde podía contemplar a los hombres que trabajaban a lo lejos, en la colina. Desde el Clan de Svein podían verse los picos que cerraban el valle por ambos lados, y los desiguales y oscuros tocones que salpicaban sus cumbres. A Halli le recordaban los dientes de Katla. Detrás de las runas, difusas por la distancia incluso en los días más despejados, se alzaban las montañas de cimas blancas y flancos que caían en picado hasta perderse de vista.

Halli se alejaba a menudo por los senderos y callejones que rodeaban el Clan, y se dedicaba a jugar alegremente con los perros por los talleres, granjas, corrales y establos, hasta que el hambre le devolvía por fin a los nerviosos brazos de Katla. Por las noches cenaban solos en la cocina, un lugar acogedor lleno de aromas cálidos y sabrosos, con amplios bancos y carcomidas mesas, donde el resplandor del fuego se proyectaba en un centenar de potes y cacharros colgados.

Era entonces cuando Katla hablaba y Halli escuchaba.
—No cabe duda —decía ella— de que tus rasgos proceden de la familia de tu padre. Eres la viva imagen de su tío Onund, que trabajaba en la granja de Risco Alto cuando yo era niña.

Eso suponía un período de tiempo incalculable. Se decía que Katla tenía más de sesenta años.

—Tío Onund… —repetía Halli—. ¿Era un hombre guapo, Katla? —Era el hombre más feo de estas tierras y tenía un carácter endiablado. Durante el día era bastante tratable, incluso un poco debilucho, como tú a veces. Pero en cuanto anochecía ganaba en fuerza y era propenso a ataques de furia en los que arrojaba a los hombres por las ventanas y partía en dos los bancos de su casa.

Esto despertó el interés de Halli.
—¿Y de dónde procedía esa fuerza mágica?
—Diría que de la bebida. Al final, un arrendatario agraviado le asfixió mientras dormía, e imagina si le apreciaban poco que el asesino de Onund fue condenado por el Consejo a pagar una multa de solo seis ovejas y una gallina. Eso sí, el hombre terminó casándose con la viuda.

—Creo que no soy como el tío abuelo Onund, Katla. —Bueno, desde luego él era mucho más alto. ¡Ah! ¡Mira cómo se te arruga la frente cuando frunces el ceño! Eres igual que Onund. Solo con verte salta a la vista que tienes esa maldad dentro de ti, como le pasaba a él. Debes vigilar tus impulsos más sombríos. Pero entretanto tienes que comerte esas coles.

Halli no tardó mucho en descubrir que, con la posible excepción de Onund, su linaje era reconocido y respetado por todos los que formaban el Clan de Svein. Esto implicaba ciertas ventajas, ya que le abría todas las puertas: podía deambular a su gusto entre las cubas malolientes de Unn, el curtidor, y tumbarse debajo del secadero donde se colgaban las pieles; podía colarse en la cálida penumbra de la forja de Grim y contemplar cómo las chispas saltaban cual demonios bajo el atronador martillo; podía sentarse con las mujeres que lavaban ropa en el arroyo que corría por debajo de los muros y escuchar sus charlas sobre juicios, matrimonios y sobre asuntos de otros Clanes situados al sur del valle, cerca del mar. Había unas cincuenta personas en la granja: a los cuatro años Halli se sabía los nombres de todas ellas, junto con la mayor parte de sus secretos y sus rarezas. Esta valiosa información le llegaba con más facilidad que a los demás niños del Clan.

Por otro lado su estatus también provocaba una gran cantidad de indeseada atención. Como segundo hijo de Arnkel, su vida era valiosa: en el caso de que Leif sucumbiera a alguna enfermedad, como la fiebre del heno, Halli se convertiría en el heredero. Esto se traducía en la expresa prohibición de que llevara a cabo ciertas actividades importantes en los momentos más inadecuados. Transeúntes vigilantes lo bajaban del muro de los trows cuando él empezaba a recorrer sus bordes dentados; no le dejaban navegar por el estanque de los gansos a bordo de un comedero puesto del revés y remando con una hoz; y sobre todo le apartaban de los chicos de mayor edad justo cuando estaban a punto de enzarzarse en una buena pelea.

En tales casos lo llevaban en presencia de su madre, que se hallaba cosiendo y recitando genealogías con Gudny en el salón.

—¿Qué ha pasado esta vez, Halli?
—Brusi me ha insultado, madre. Y quería pelear con él.

Su madre suspiraba.
—¿Y qué te ha dicho exactamente?
—Da lo mismo. No merece la pena repetirlo.
—Halli… —Ella adoptaba entonces un tono de voz más profundo, más amenazador.

—Pues si quieres saberlo me llamó «diablo de los páramos de patas gordas». ¡Le oí cuando se lo decía a Ingirid! ¿Y tú por qué te ríes, Gudny?

—Es solo que la descripción de Brusi es tan deliciosamente adecuada, pequeño Halli, que me ha hecho gracia.

—Halli —dijo su madre en tono paciente—, Brusi te dobla la edad y es el doble de grande que tú. Admito que su ingenio es insultante, pero aun así no tienes que hacerle caso. ¿Por qué? Pues porque, si te peleas con él, te aplastará en el suelo como si fueras el clavo de una tienda, lo cual no sería apropiado para un hijo de Svein.

—Pero ¿cómo voy a proteger mi honor, madre? ¿O el de los míos? ¿Qué pasará cuando Brusi diga que Gudny es una cerdita engreída de labios finos? ¿También tengo que sentarme y fingir que no lo oigo?

Gudny emitió un ruido incoherente y soltó la costura. —¿Brusi ha dicho eso?
—Aún no. Pero supongo que es solo cuestión de tiempo. —¡Madre!
—Halli, no seas descarado. No hace ninguna falta que protejas nuestro honor con violencia. ¡Mira hacia la pared! —Señaló hacia las sombras que las armas de Svein, cubiertas de polvo por los años, dibujaban sobre los Asientos de la Ley—. Ya ha pasado mucho tiempo desde que los hombres hacían el tonto por cuestiones de honor.

¡Eres el hijo de Arnkel, y como tal debes dar ejemplo! ¿Y si le sucediera algo a Leif? Te convertirías en Árbitro… serías el número… ¿qué número desde nuestro fundador, Gudny?

—El decimoctavo —dijo Gudny al instante. Parecía satisfecha. Halli le dedicó una mueca.

—Buena chica. El número dieciocho de nuestro linaje, después de Arnkel, Thorir y Flosi, y todos los demás que fueron grandes hombres. En el caso de tu padre aún lo es. ¿No aspiras a ser como tu padre, Halli?

Halli se encogió de hombros.
—Estoy seguro de que cultiva como nadie los campos de remolacha y de que maneja las reses con mano experta. Pero la verdad es que su ejemplo no me emociona. Prefiero… —Se calló.

Gudny levantó la cabeza de su tarea y le miró con ojos maliciosos.

—A un hombre como el tío Brodir, ¿no es cierto, Halli?

La madre de Halli se sonrojó de repente. Dio un puñetazo contra la mesa.

—¡Ya basta! ¡Ni una palabra más, Gudny! ¡Halli, fuera de mi vista! Si vuelves a meterte en líos haré que tu padre te dé una paliza.

Halli y Gudny habían aprendido muy pronto que la simple mención del tío Brodir servía para molestar tremendamente a su madre. Ella, que como Jueza se enfrentaba impasible a los asesinos y ladrones más despiadados, se alteraba sobremanera solo con oír su nombre. Al parecer su cuñado la había ofendido, aunque ella nunca hablaba del tema.

Para Halli este curioso poder solo añadía brillo al aura de Brodir, una fascinación que había comenzado en su más tierna infancia gracias a la poblada barba de su tío. A diferencia de los demás hombres del Clan de Svein, Brodir no se recortaba la barba ni le daba forma. El padre de Halli, por ejemplo, en un ritual de gran solemnidad, se colocaba regularmente frente a un cubo de agua caliente, mirándose entre el vapor en un pulido disco reflectante, y se afeitaba de manera metódica los pómulos y la parte baja del cuello antes de recortar el resto con la ayuda de un cuchillo pequeño de mango de hueso. Rizaba con cuidado las puntas del bigote con el dedo índice. Su ejemplo como Árbitro era seguido por los otros hombres del Clan, con la excepción de Kugi, el porquerizo, que a pesar de ser ya hombre no tenía pelo en la barbilla… y con la excepción de Brodir. Brodir no se tocaba la barba. Esta florecía como si fuera un arbusto enmarañado, un nido de cuervos, una mata de hiedra enroscada en un árbol. Halli la contemplaba asombrado.

—Recortarse la barba es una costumbre de los que viven en el sur del valle —le advertía Brodir—. En estos pagos siempre se ha visto como algo poco masculino.

—Pero lo hacen todos excepto tú.
—Oh, bueno, siguen los pasos de tu padre, y él está influido por la querida Astrid, que procede del Clan de Erlend, al otro lado de los Rápidos, donde el vello de la gente tiene tan poca raíz que a menudo sale volando cuando soplan los vientos del mar. Para ellos es más aconsejable tenerlo corto y arreglado.

Dejando al margen la barba, Brodir era tan distinto al padre de Halli que resultaba difícil imaginar que compartían la misma sangre. Si Arnkel era corpulento, Brodir era más bien esbelto (aunque con tendencia a tener barriga) y con una cara rolliza, no del todo bien formada («de nuevo herencia de Onund», sentenciaba Katla). Arnkel irradiaba una poderosa autoridad, pero Brodir, que no tenía ninguna, parecía de lo más contento por ello. A pesar de ser el hijo segundo, nunca había tomado posesión de ninguna de las granjas más pequeñas que salpicaban las tierras del Clan de Svein. Se decía que de joven había recorrido todo el valle; ahora permanecía en la vieja casa, trabajaba el campo con el resto de los hombres y bebía con ellos por las noches. Por tanto, la mayoría de las noches se mostraba chillón, ocurrente y brusco. De vez en cuando se marchaba a lomos de su caballo, Brawler, y desaparecía durante días, de los que regresaba asombrado por las cosas que había visto.

Y eran sobre todo esas historias las que hacían que Halli le quisiera.

En las tardes de verano, mientras Brodir aún estaba sobrio y el sol seguía calentando desde el oeste el banco que había a las puertas de la casa, se sentaban juntos a charlar con la mirada puesta en el montículo del sur. Entonces Halli oía hablar de las fértiles tierras que había al otro lado de los Rápidos, donde el río fluía ya con languidez, y tanto las vacas como los granjeros engordaban; oía hablar del estuario que había más allá, donde los Clanes se construían sobre grandes superficies de piedra para que, durante las inundaciones de primavera, parecieran flotar sobre el agua, echando tranquilas nubes de humo por las chimeneas, como si de botes o islas se tratara. También oía hablar de las tierras más altas, donde el valle estaba surcado de cascadas y pedruscos, donde la hierba dejaba paso a la pizarra y donde los únicos animales que vivían eran los gusanos y los pinzones.

Pero al final de sus relatos Brodir siempre regresaba al mayor de los Doce Clanes: el de Svein; a sus dirigentes, Árbitros y Juezas, a sus feudos y lances amorosos, y a la ubicación de las piedras en la colina. Y sobre todo le hablaba del propio Svein, de sus incontables y asombrosas hazañas, de sus escapadas más allá de los páramos cuando aún estaba permitido ir hasta allí, y de la gran Batalla de la Roca, donde él y otros héroes menores se enfrentaron con los trows y los echaron del valle, condenándolos al exilio en las alturas.

—¿Ves esa runa de ahí? —preguntaba Brodir al tiempo que señalaba con el vaso—. Bueno, ahora es más bien un montículo, con toda esa hierba que le ha crecido encima. Todos los héroes fueron enterrados así, en las sierras que se alzaban cerca de sus respectivos Clanes. ¿Sabes cómo los enterraron?

—No, tío.
—Sentados en un asiento de piedra, de cara a los páramos, con la mano empuñando la espada. ¿Sabes por qué?

—Para asustar a los trows.
—Sí, y para que ese miedo no desapareciera. La verdad es que ha funcionado.

—¿Y esas runas que marcan las sepulturas están por todo el valle? ¿No solo aquí?

—Desde Boca del Río a las Piedras Altas, por ambos lados. Todos seguimos a los héroes y reforzamos los lazos como buenos chicos. Hay tantas pilas de piedras sobre el valle como hojas tiene un árbol en verano, y cada una de ellas yace sobre algún hijo o hija olvidados de uno de los Clanes.

—Algún día seré como Svein —dijo Halli con decisión—, y llevaré a cabo hazañas que serán recordadas durante muchos años. Aunque no me apetece mucho acabar enterrado en la colina.

Brodir apoyó la espalda en el respaldo del banco.
—Verás que hoy en día resulta difícil acometer tales hazañas. ¿Dónde están las espadas? ¡Enterradas bajo esas runas u oxidándose en las paredes! Ya no se nos permite seguir los pasos de Svein… —Dio un buen trago a la cerveza—. Salvo quizá en el hecho de morir jóvenes. Todos los Sveinsson morimos jóvenes. Pero no me cabe duda que tu madre ya te lo ha contado.

—No lo ha hecho.
—¡Vaya, pues es una gran aficionada a las historias! Así que no te ha hablado de mi hermano mayor, Leif, de lo que le sucedió…

—No.
—Ah… —Miró pensativo el vaso.
—Tío…
—Fue devorado por los lobos en la zona más alta del valle, a los dieciséis años. —Brodir se rascó la nariz y sorbió los mocos—. Había sido un verano muy duro para los lobos, y resultó más duro aún para Leif. El ataque se produjo en la tierra de Gestsson, pero la manada procedía de los páramos de los trows, así que nuestra familia no pudo demostrar que hubiera habido negligencia… Y no es el único. En la generación anterior tenemos a Bjorn…

—¿También lobos?
—Un oso. Un solo zarpazo mientras recogía moras entre la piedra de Skafti. Te digo la verdad, fue un final mejor que el de su padre, Flosi, tu bisabuelo. Este tuvo una muerte muy triste.

—¿Cómo murió, tío? ¿Cómo?
—Le picó una abeja. Se hinchó hasta extremos insospechados… No es una muerte digna de mencionar en un poema épico, la verdad… ¡Anímate, chico! No tengas miedo: son muertes poco habituales.

—Me alegro de oírlo.
—Sí, la mayoría de nosotros muere de glotonería. —Alzó el vaso y le dio una palmada con la otra mano—. Demasiado de esto. Es nuestro destino.

Halli balanceaba las piernas por debajo del banco.
—Yo no, tío.
—Tu abuelo Thorir dijo esas mismas palabras… Pero murió igual… y durante la boda de tus padres, de hecho.

—¿De tanto beber?
—En cierto sentido. Se cayó por el pozo cuando buscaba un lugar donde orinar. Bueno, dejemos estos temas tan macabros. Creo que iré a la cocina a buscar otra cerveza para animarme. Y tú, jovencito, deberías acostarte ya.

Durante su infancia, para Halli la hora de acostarse constituía el momento más íntimo del día, en el que podía dedicarse a reflexionar sobre las cosas y sobre lo que había aprendido. Arropado por su manta de lana blanca, con la vista puesta en la ventana que había al otro lado del cuarto, contemplaba cómo el frío brillo de las estrellas bañaba las negras siluetas de las montañas y escuchaba el rumor de voces que procedía de la sala, donde sus padres se ocupaban de los arbitrios vespertinos. Cuando Katla entraba para apagar la vela, él le hacía preguntas sobre lo que le rondaba por la cabeza.

—Háblame de los trows, Katla.

La habitación estaba a oscuras, a excepción de la vacilante llama de una vela sobre el estante. Cada arruga de la cara del aya parecía el surco de un campo en invierno; era como un grabado hecho en madera negra. Las palabras de la mujer entraban y salían de la mente adormecida del chico.

—Ah, los trows… Tienen la cara oscura como el barro que hay debajo de las piedras… Huelen a tumba y se esconden del sol… Aguardan en el interior de la colina a que algún alma despistada se aventure a subir por la pendiente. ¡Entonces saltan! Pon un pie más allá de esas sepulturas, Halli, y ellos te atraparán y te hundirán en la tierra a pesar de tus gritos… Bueno, supongo que ya debes de tener sueño. Apagaré la vela… ¿Qué pasa, chico?

—¿Has visto a un trow alguna vez, Katla?
—¡No, gracias a Svein!
—Oh… ¿Y has visto algo realmente malo?
—¡Nunca! A mi edad creo que es una bendición y un milagro que me haya librado de verlo. Pero ten en cuenta que mi seguridad no procede solo de la buena fortuna. No, siempre he llevado encima fuertes hechizos para que me libraran de cualquier mal. Pongo flores en las sepulturas de mis padres todas las primaveras; dejo ofrendas en los sauces llorones para aplacar a los espíritus del bosque. Además, evito los manzanos al mediodía, mantengo la vista alejada de las afiladas sombras de las sepulturas, y nunca, nunca hago mis necesidades cerca de un arroyo o de una mata de moras por miedo a ofender a su hada residente. Así que ya ves que se trata tanto de sentido común como de ir bien pertrechado. Y si quieres vivir muchos años seguirás mi ejemplo. Y ahora se acabó la charla, querido Halli. Hay que apagar la vela.

Que nadie piense que Halli era un niño tímido o irresponsable; en realidad, desde el principio, demostró poseer una confianza en sí mismo y un valor inusuales. Día tras día, año tras año, escuchaba en silencio los cuentos del Clan de Svein. Y todas las noches, con la misma certeza con que se enhebraban en la rueca de su madre, los hilos de cada historia se entretejían con su vida y sus sueños.

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2

Las cualidades de Svein fueron evidentes desde el principio. Ya de niño era más fuerte que cualquier hombre, capaz de romper el cuello de un novillo con sus propios brazos. También era orgulloso y apasionado, y, cuando estaba furioso, muy difícil de manejar. En una ocasión arrojó a un criado insolente sobre una bala de heno; más adelante, cuando le invadía la ira, salía a cazar trows. Cuando tenía más o menos tu edad, volvió a casa con una garra de trow clavada en el muslo después de haber mantenido una pelea en el campo. El trow le había hundido en la tierra hasta tal punto que tenía los sobacos llenos de barro, pero Svein se agarró a la raíz de un árbol y aguantó allí toda la noche hasta que el sol salió sobre los árboles. Entonces el trow perdió su fuerza y Svein quedó libre. Encontró la garra en la pierna al llegar a casa.

—He tenido suerte —dijo—. Era uno joven, no había desarrollado aún toda su fuerza.

No, no sé dónde está la garra. No hagas tantas preguntas.

A la edad de catorce años, Halli seguía siendo bajo, ancho de espaldas y corto de piernas. Aunque solo le faltaban dos años para ser un hombre adulto, apenas llegaba a la mitad de la altura de su hermano Leif y su cabeza alcanzaba los hombros de Gudny solo si se ponía de puntillas.

Sin embargo, tenía la suerte de disfrutar de una salud de hierro. No le afectó la fiebre negra, ni la del heno, ni la viruela, ni ninguna de las múltiples enfermedades que eran endémicas en el valle. Esta resistencia se unía a una cierta vitalidad de espíritu, que se manifestaba en todos sus «pensamientos» y actos, y que suponía un desafío para las normas que regían el Clan.

En su mayoría, las personas que formaban el Clan de Svein eran taciturnas y pacientes, curtidas tanto por dentro como por fuera por el rigor del clima de las montañas. Los ritmos largos y lentos del cuidado de la granja y el cultivo del campo marcaban su rutina; atendían a los animales, araban la tierra y practicaban la artesanía tal y como antes lo habían hecho sus padres. A pesar de su estatus, Arnkel y Astrid no eran ninguna excepción, ni tampoco sus hijos, y dedicaban el tiempo necesario a las tareas diarias, pero todos advertían que Halli ponía poco interés en seguir su ejemplo.

—¿Alguien ha visto hoy a Halli? —rezongó Arnkel mientras los hombres se reunían en el patio, acalorados y sucios de paja, para disfrutar de una cerveza al final de la jornada—. No ha trabajado en mi campo.

—Ni en el mío —dijo Leif—. Debería haber ayudado a las mujeres a rastrillar el heno.

Se oyeron los pasos de Bolli, el panadero, que se acercaba a toda prisa.

—¡Ya te diré yo dónde estaba! ¡Aquí, robándome las tortas de avena!

—¿Le has pillado haciéndolo?
—¡Como si le hubiera visto con mis propios ojos! Mientras trabajaba en el horno, he oído unos chillidos horribles que procedían de la puerta. He corrido hacia allí y me he encontrado un gato, atado por la cola al pestillo de la puerta. Y, cuando vuelvo al horno, ¿qué es lo que veo? ¡Un gancho prendido a un palo que desaparece por la ventana con cinco tortas de avena clavadas en él! He ido corriendo hacia la ventana, pero ya era tarde… El muy canalla se había largado.

—¿Estás seguro de que era Halli? —preguntó Arnkel de mal humor.

—¿Quién iba a ser si no?

Un débil murmullo de asentimiento se levantó entre los hombres. —Lleva todo el año así —dijo Grim, el herrero—. ¡Una serie de bromas, robos y huidas a expensas de otros! Comete una trastada tras otra con la velocidad de un poseído.

Unn, el curtidor, asintió.
—¿Recordáis cuando me robó la cabra y la llevó hasta los peñascos? ¡Dijo que quería que sirviera de anzuelo para cazar un lobo!

—¿Y qué me decís de cuando sembró el huerto de trampas? —dijo Leif—. Según él, pretendía atrapar a un diablillo. ¿Y a quién atrapó en su lugar? ¡A mí! ¡Aún tengo los tobillos hinchados a día de hoy!

—¿Os acordáis de los cardos que colocó en el retrete?
—¡Y de mis leotardos, colgados del palo de la bandera! —Ningún castigo parece escarmentarle. ¡No hay amenaza que surta efecto con él!

El hermano de Arnkel, Brodir, había estado escuchando la conversación en silencio. Por fin dejó el vaso sobre la mesa y se pasó la mano por la desordenada barba.

—Os lo tomáis todo demasiado a pecho —dijo él—. ¿Qué mal hay en todo esto? El chico tiene imaginación, y se aburre, eso es todo. Quiere aventuras… un poco de estímulo.

—Bien, ya le daré yo estímulo —dijo Arnkel—. Que alguien vaya a buscar a Halli y lo traiga aquí.

A pesar de las repetidas palizas, las quejas sobre el comportamiento de Halli continuaron durante todo el verano. Desesperado, Arnkel puso a su hijo bajo la tutela de Eyjolf, el jefe de los sirvientes del Clan.

Una noche, cuando Katla le estaba poniendo el camisón antes de acostarlo, Halli fue llamado al salón. Su padre, que acababa de terminar los arbitrios del día, estaba sentado en su Asiento de la Ley con la fusta en la mano. Halli parpadeó al verlo, y luego al distinguir a Eyjolf, que sonreía maliciosamente al lado de la tarima.

—Halli —dijo Arnkel despacio—, Eyjolf quiere que some ...