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LOS VISITANTES (AGENCIA LOCKWOOD 1)

Jonathan Stroud

0


Fragmento

1

Intentaré no hablar demasiado sobre las primeras investigaciones paranormales que realicé para la Agencia Lockwood, en parte para proteger la identidad de las víctimas y en parte por el carácter truculento de los incidentes, pero principalmente porque, de muchas y originales maneras, logramos fastidiarla en todos los casos. ¡Bueno, ya lo he dicho! Ni uno solo de esos primeros encargos acabó con la profesionalidad que hubiéramos deseado. Sí, desterramos al Monstruo de Mortlake, pero solo hasta Richmond Park, donde todavía acecha por las noches entre los árboles silenciosos. Sí, acabamos tanto con el Espectro Gris de Aldgate como con ese ente que respondía al nombre de Repicahuesos, pero no antes de que se produjeran bastantes (y, ahora que lo pienso, innecesarias) muertes. Y en cuanto a la sombra sigilosa que rondaba a la joven señora Andrews, y que casi la había llevado a tropezar con la locura y el bajo del vestido, continúa siguiéndola allá donde vaya, pobre mujer. De modo que no era precisamente un historial impecable lo que Lockwood y yo arrastrábamos cuando esa brumosa tarde de otoño enfilamos el camino que conducía al número 62 de Sheen Road y llamamos a la puerta con resolución.

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Allí estábamos, en el escalón de la entrada, de espaldas al murmullo apagado del tráfico y la mano enguantada de Lockwood tirando de la cuerda de la campana. El eco se apagó en el interior de la casa. Estudié la puerta con detenimiento: las pequeñas ampollas que el sol había levantado en el barniz, las rozaduras del buzón, los cuatro cristales esmerilados con forma de diamante que no dejaban ver nada, salvo la oscuridad. El porche tenía un aire abandonado y descuidado. En sus esquinas se amontonaban las mismas hojas de haya empapadas que cubrían el camino y el jardín.

—De acuerdo —dije—. Recuerda las nuevas normas: no pregones a los cuatro vientos lo que veas; no te pongas a especular delante de la gente sobre quién mató a quién, cómo o cuándo y, sobre todo, no imites al cliente. Por favor. Les sienta como una patada.

—Son un montón de noes, Lucy —protestó Lockwood.

—Ya puedes decirlo.

—Sabes que tengo un oído excelente para los acentos. Imito a la gente sin darme cuenta.

—Muy bien, imítalos tanto como quieras, pero, sobre todo, que sea después de la cita. No en voz alta, no delante de ellos, y menos aún si se trata de un estibador irlandés de dos metros con problemas de dicción y nos encontramos a casi un kilómetro de una vía pública.

—Sí, era bastante ágil, teniendo en cuenta su corpulencia —admitió Lockwood—. Aun así, la carrera nos vino bien para mantenernos en forma. ¿Percibes algo?

—Todavía no. Pero es bastante difícil aquí fuera. ¿Y tú?

Lockwood soltó la cuerda de la campana y se ajustó ligeramente el cuello del abrigo.

—Por extraño que parezca, sí. En las últimas horas se ha producido una muerte en el jardín. Debajo de ese laurel, hacia la mitad del camino.

—Espero que te refieras a un resplandor espectral pequeñín. —Ladeé la cabeza y entrecerré los ojos, atenta al silencio de la casa.

—Sí, del tamaño de un ratón —confirmó Lockwood—. Puede que fuera un ratón de campo. Me imagino que lo cazaría un gato o algo por el estilo.

—Entonces… seguramente no tendrá nada que ver con nuestro caso, ¿no? Si se trataba de un ratón…

—Es probable que no.

Al otro lado del cristal esmerilado, en el interior de la vivienda, atisbé un movimiento, algo que cambiaba de posición en las oscuras profundidades del vestíbulo.

—De acuerdo, allá vamos —dije—. Ya está aquí. Recuerda lo que te he dicho.

Lockwood flexionó las rodillas y cogió la bolsa de tela gruesa que había junto a sus pies. Ambos retrocedimos un poco y adoptamos una sonrisa agradable y respetuosa.

Esperamos. No ocurrió nada. La puerta permaneció cerrada.

Allí no había nadie.

Lockwood iba a abrir la boca para decir algo cuando oímos unos pasos detrás de nosotros, en el camino.

—¡Lo siento! —La mujer que surgía de la niebla había llegado caminando con paso tranquilo, pero, cuando nos vio, aceleró, como si echara a correr—. ¡Cuánto lo siento! —repitió—. Me han entretenido. No creía que fueran a ser tan puntuales.

La mujer subió los escalones. Era una señora que se adentraba en la mediana edad, bajita, rechoncha y de cara redonda. Llevaba el pelo, liso y de color rubio ceniza, recogido de forma estudiada con unos pasadores detrás de las orejas que le daba un aire serio. Vestía una falda larga y negra, una camisa blanca recién planchada y una chaqueta de punto enorme, cuyos bolsillos se abombaban a los lados. En una mano sostenía una carpeta no muy gruesa.

—¿Señora Hope? —pregunté—. Buenas tardes, señora. Me llamo Lucy Carlyle y él es Anthony Lockwood, de la Agencia Lockwood. Hemos venido por su llamada.

La mujer se detuvo en el penúltimo escalón y nos miró con sus grandes ojos grises, en los que se reflejaban las emociones de siempre: desconfianza, resentimiento, incertidumbre y miedo; no faltaba ni una. Es algo típico de esta profesión, así que no nos lo tomamos como algo personal.

Su mirada escudriñadora iba del uno al otro, tomando nota de lo limpios y bien peinados que íbamos, de los estoques relucientes que brillaban en nuestros cintos y de las bolsas pesadas que acarreábamos. Se nos quedó mirando un rato. No hizo el gesto de adelantarse hasta la puerta de la casa. Tenía la mano libre metida en el bolsillo, hasta el fondo, dando la lana de sí.

—¿Son solo ustedes dos? —dijo, al fin.

—Solo nosotros —contesté.

—Son muy jóvenes.

La radiante sonrisa de Lockwood iluminó la noche.

—Esa es la idea, señora Hope. Ya sabe que es así como debe ser.

—En realidad, no soy la señora Hope. —La débil sonrisa de la mujer, contagiada por la de Lockwood de manera involuntaria, apenas duró unos segundos antes de apagarse y dejar atrás una expresión preocupada—. Soy su hija, Suzie Martin. Me temo que mi madre no vendrá.

—Pero habíamos quedado en vernos —dije—. Iba a enseñarnos la casa.

—Lo sé. —La mujer bajó la vista hasta sus elegantes zapatos negros—. Me temo que se niega a poner un pie en este lugar. Las circunstancias que rodearon la muerte de mi padre fueron horribles, pero en los últimos tiempos las… molestias nocturnas se han repetido con demasiada insistencia. Anoche lo pasó fatal y decidió que ya no aguantaba más. Se ha instalado en mi casa. Esta la tendremos que vender, pero es obvio que no podemos hacerlo hasta que sea segura… —Entrecerró los ojos ligeramente—. Que es por lo que están aquí… Discúlpenme, pero ¿no deberían tener un supervisor? Creía que siempre debía haber un adulto presente en las investigaciones. Exactamente, ¿cuántos años tienen?

—Somos lo bastante mayores y lo bastante jóvenes —contestó Lockwood con una sonrisa—. Tenemos la edad perfecta.

—Señora, en sentido estricto, la ley estipula que solo se requiere la presencia de un adulto si los agentes se hallan en período de instrucción —añadí—. Es cierto que algunas de las agencias más importantes utilizan supervisores siempre, pero es algo que responde a su política interna. Estamos plenamente cualificados, somos independientes y no lo consideramos necesario.

—Según nuestra experiencia —intervino Lockwood con voz amable—, los adultos son un estorbo. Aunque, claro está, llevamos nuestras licencias. Por si quiere verlas.

La mujer se pasó una mano por la perfecta y lisa superficie de su pelo rubio.

—No, no… No es necesario. Ya que es evidente que mi madre les quería a ustedes, estoy segura de que no habrá ningún problema…

Lo había dicho con voz neutra y vacilante. Se hizo un breve silencio.

—Gracias, señora. —Lancé un vistazo a la tranquila puerta que nos esperaba—. Solo una cosa más: ¿hay alguien en casa? Cuando llamamos, me pareció…

La mujer levantó la vista de inmediato y me miró a los ojos.

—No. Eso es totalmente imposible. Solo yo tengo la llave.

—Ya veo. Debo de haberme equivocado.

—Bueno, no los entretengo más —dijo la señora Martin—. Mi madre ha rellenado el impreso que le enviaron. —Les tendió la carpeta de color marrón—. Espera que les sea de ayuda.

—Estoy seguro de que sí. —Lockwood se lo guardó dentro del abrigo—. Muchísimas gracias. Bueno, será mejor que nos pongamos manos a la obra.

La mujer le entregó un llavero. En algún lugar de la carretera se oyó un sonoro claxon, seguido de la respuesta de otro. Todavía quedaba bastante tiempo hasta el toque de queda, pero anochecía y la gente empezaba a ponerse nerviosa. Querían llegar a casa. Pronto nada se movería por las calles de Londres, salvo los jirones de niebla y los retorcidos rayos de luna. O, al menos, nada que un adulto pudiera ver con claridad.

Suzie Martin también era consciente de ello. Encogió los hombros y se ajustó la chaqueta.

—Bueno, será mejor que vaya tirando. Supongo que debería desearles suerte… —Apartó la mirada—. ¡Pero qué jóvenes! Qué lástima que el mundo haya acabado así.

—Buenas noches, señora Martin —dijo Lockwood.

Sin contestar, la mujer bajó los escalones apresuradamente. En cuestión de segundos había desaparecido entre la niebla y los laureles, en dirección a la carretera.

—No está contenta —dije—. Creo que mañana por la mañana ya no tendremos caso.

—Entonces será mejor que lo resolvamos esta noche —contestó Lockwood—. ¿Lista?

Le di unos golpecitos a la empuñadura de mi estoque.

—Lista.

Me sonrió, se acercó a la puerta y, con una floritura de mago, giró la llave en la cerradura.

Cuando se entra en una casa ocupada por un Visitante, lo mejor es hacerlo rápido. Es una de las primeras reglas que se aprenden. No dudes nunca, nunca te pares en el umbral. ¿Por qué? Porque si te detienes, aunque solo sean unos segundos, estás perdido. Te plantas en la entrada, con el aire fresco en la espalda y la oscuridad ante ti, y habría que ser idiota para no querer dar media vuelta y salir corriendo. Cuando eres consciente de ello, tu fuerza de voluntad comienza a abandonarte, el terror anida en tu pecho y, ¡pam!, se acabó, ya estás en peligro antes de empezar. Lockwood y yo lo sabíamos, así que no nos entretuvimos. Cruzamos el umbral sin más, soltamos las bolsas y cerramos la puerta con suavidad detrás de nosotros. A continuación, nos detuvimos y guardamos silencio, de espaldas a la entrada, atentos y expectantes, el uno junto al otro.

El vestíbulo de la casa que el señor y la señora Hope habían ocupado hasta hacía poco era alargado y relativamente estrecho, aunque su altura conseguía que pareciera bastante grande. Los suelos eran de baldosas de mármol blancas y negras dispuestas en diagonal, flanqueadas por unas paredes empapeladas en un tono pálido. Hacia la mitad, una escalera empinada conducía al primer piso y se perdía entre las sombras. El vestíbulo la rodeaba por la izquierda y continuaba hacia un vacío tenebroso. Había puertas a cada lado, abiertas de par en par, invadidas por la oscuridad.

Todo eso podría haber quedado perfectamente iluminado si hubiéramos encendido la luz, claro. Y había un interruptor allí mismo, en la pared, pero ni siquiera nos lo planteamos. Veréis, lo segundo que se aprende es esto: la electricidad provoca interferencias. Embota los sentidos, te vuelve débil y te atonta. Es mucho mejor observar y aguzar el oído a oscuras. Es bueno conservar ese miedo.

Guardamos silencio, como corresponde a nuestro trabajo. Yo escuché con atención. Lockwood observó. Hacía frío y en el ambiente se respiraba ese olor a cerrado, ligeramente acre, que tienen los lugares abandonados.

Me incliné hacia Lockwood.

—Calefacción apagada —susurré.

—Ajá…

—Hay algo más, ¿verdad?

—Ajá…

A medida que mis ojos iban acostumbrándose a la oscuridad, distinguí más detalles. Debajo de la curva del pasamano había una mesita reluciente en la que descansaba un cuenco de porcelana lleno de popurrí. La pared estaba decorada con cuadros, la mayoría de ellos, descoloridos pósters de musicales antiguos, y fotografías de colinas infinitas y mares tranquilos. Todo bastante anodino. De hecho, el vestíbulo no era feo, en absoluto. Con la brillante luz del día habría resultado acogedor. Aunque en ese momento, entre que la última luz que se colaba por los vidrios de la puerta creaba sombras que se alargaban hasta nuestros pies en forma de ataúdes distorsionados (dentro de los que nuestras siluetas encajaban a la perfección) y lo presente que teníamos el modo en que había muerto el señor Hope en ese mismo lugar, no lo parecía mucho.

Respiré hondo para tranquilizarme y ahuyentar pensamientos macabros. Acto seguido, cerré los ojos ante la burlona oscuridad y escuché con atención.

Con mucha atención…

Vestíbulos, descansillos y escaleras son las arterias y las vías respiratorias de cualquier edificio. Todo se canaliza a través de ellos. Se captan ecos de lo que ocurre en las estancias que comunican. En ocasiones, también se captan otros ruidos que, en un sentido estricto, no deberían estar ahí. Ecos del pasado, ecos de cosas ocultas…

Era una de esas ocasiones.

Abrí los ojos, cogí mi bolsa y avancé poco a poco por el vestíbulo en dirección a la escalera. Lockwood se encontraba junto a la mesita reluciente, debajo del pasamano. La luz que se colaba por la puerta le iluminaba el rostro débilmente.

—¿Has oído algo? —preguntó.

—S… sí.

—¿El qué?

—Como si llamaran a una puerta. Viene y va. Es muy débil y no puedo concretar de dónde procede. Pero se hará más fuerte… Apenas ha anochecido. ¿Y tú?

Lockwood señaló el pie de los escalones.

—Recuerdas lo que le ocurrió al señor Hope, ¿verdad?

—Cayó por la escalera y se rompió el cuello.

—Exacto. Bueno, pues justo aquí hay un increíble residuo de resplandor espectral que todavía aguanta tres meses después de su muerte. Tendría que haberme traído las gafas de sol, es muy brillante. Eso encaja con lo que le dijo la señora Hope a George por teléfono: su marido tropezó, cayó rodando y se golpeó fuertemente contra el suelo. —Volvió la vista hacia lo alto de la oscura escalera—. Un tramo largo y empinado… Un feo final.

Me agaché para estudiar el suelo en medio de la penumbra.

—Sí, mira cómo se han agrietado las baldosas. Tuvo que caer con una fuerza tremend…

Se oyeron dos golpes secos en la escalera. De pronto sentí una violenta ráfaga de aire en la cara. Antes de que me diera tiempo a reaccionar, algo grande, blando e increíblemente pesado aterrizó justo donde yo estaba. El impacto me hizo rechinar los dientes.

Me alejé de un salto a la vez que desenfundaba mi estoque y pegaba la espalda a la pared, con el arma en alto y temblando. El corazón estaba a punto de salírseme del pecho y miré a un lado y al otro, con los ojos desorbitados.

Nada. La escalera estaba desierta. En el suelo no había ningún cuerpo desmadejado y sin vida.

Lockwood se apoyó con tranquilidad en el pasamano. Estaba demasiado oscuro para asegurarlo, pero habría jurado que tenía una ceja enarcada. No había oído nada.

—¿Estás bien, Lucy?

Me costaba respirar.

—No. Acabo de captar el eco de la última caída del señor Hope. Ha sido muy estruendoso y muy real. Ha sido como si me hubiera aterrizado justo encima. No te rías. No tiene ninguna gracia.

—Disculpa. Bueno, algo ha decidido despertarse pronto esta noche. Esto va a ponerse interesante. ¿Qué hora es?

Un reloj de esfera luminosa es mi tercera recomendación. Aún mejor si soporta descensos bruscos de temperatura y fuertes descargas ectoplasmáticas.

—Queda poco para las cinco —contesté.

—Vale. —Los dientes de Lockwood no son tan luminosos como mi reloj, pero cuando sonríe la cosa está bastante reñida—. Tenemos tiempo de sobra para tomar una taza de té. Luego ya buscaremos un fantasma.

2

Cuando sales a cazar espíritus malignos, las cosas más sencillas son las más importantes. La punta plateada del estoque brillando en la oscuridad; las limaduras de hierro diseminadas por el suelo; las latas de fuego griego, selladas y de primera calidad, y preparadas como último recurso… Pero las bolsitas de té, marrones, nuevecitas y a montones, y elaboradas (preferiblemente) por la casa Pitkin Brothers de Bond Street, tal vez sean lo más sencillo y lo mejor de todo.

De acuerdo, quizá no te salvan la vida como lo haría la punta de una espada o un círculo de hierro, y tampoco poseen el poder protector de un muro de fuego repentino. Sin embargo, sí que proporcionan algo igual de vital: te ayudan a conservar la cordura.

Nunca es agradable sentarse a esperar en una casa encantada y en plena oscuridad. La noche cae a tu alrededor, el silencio bate contra tus oídos y pronto, si no vas con cuidado, empiezas a ver y a oír cosas que son producto de tu imaginación. Resumiendo: hay que distraerse. En la agencia, cada uno tiene sus preferencias. Yo me pongo a dibujar, George tiene sus cómics y Lockwood lee la prensa rosa. Sin embargo, a todos nos encanta el té con pastas, y esa noche en casa de los Hope no fue una excepción.

Encontramos la cocina al final del vestíbulo, justo detrás de la escalera. Una estancia bonita, limpia, blanca y moderna, y bastante menos fría que la entrada. No había rastros sobrenaturales de ningún tipo. Todo estaba tranquilo. Allí no se oía el débil golpeteo que había captado antes, ni volvió a repetirse el desagradable topetazo de la escalera.

Me encargué del hervidor mientras Lockwood encendía una lámpara de aceite y la colocaba en la mesa. A su luz, nos quitamos los estoques y los cinturones de trabajo, y los dispusimos delante de nosotros. De los cinturones cuelgan siete ganchos y bolsillos portaobjetos independientes, que comprobamos en silencio. Repasamos el contenido de manera sistemática, mientras el hervidor resoplaba con esfuerzo. Ya lo habíamos revisado en el despacho, pero volvimos a hacerlo encantados de la vida. Una chica de Rotwell había muerto la semana anterior porque no se había acordado de reponer las bengalas de magnesio.

El sol se había puesto al otro lado de la ventana. Unas pequeñas nubes poblaban el cielo negro azulado, y la niebla que se había levantado había invadido el jardín. Más allá de los setos negros se veía luz en otras casas. Estaban cerca, pero también alejadas, aisladas de nosotros como barcos que surcan aguas profundas.

Volvimos a colocarnos los cinturones y comprobamos el cierre de velcro de los estoques. Serví el té y lo llevé a la mesa. Lockwood encontró las pastas. Pasamos el rato allí sentados, mientras la luz de la lámpara de aceite parpadeaba y las sombras danzaban en los rincones de la habitación.

Por fin, Lockwood se levantó el cuello del abrigo.

—Veamos qué es lo que tiene que decir la señora Hope —propuso.

Extendió su mano, fina y alargada, para coger la carpeta que había en la mesa. La luz de la llama se reflejó tenuemente en su pelo.

Mientras él leía, yo miré el termómetro que llevaba enganchado en el cinturón. Quince grados. No hacía calor, pero era lo que podía esperarse de una casa con la calefacción apagada en esa época del año. Saqué una libreta de otro bolsillo y anoté la habitación y la temperatura. También apunté varias cosas sobre los fenómenos auditivos que había experimentado en el vestíbulo.

Lockwood apartó la carpeta a un lado.

—Vaya, ha sido muy útil.

—¿En serio?

—No, estaba siendo irónico. ¿O es sarcástico? Nunca lo sé.

—Hay que ser muy listo para saber emplear la ironía, así que seguramente estabas siendo sarcástico. ¿Qué dice?

—Nada de provecho. Para lo que nos sirve, como si lo hubiera escrito en latín. Te hago un resumen: los Hope llevaban dos años viviendo aquí, pero antes de eso vivían en algún lugar de Kent. Aporta un montón de detalles irrelevantes sobre lo felices que eran, que apenas había toques de queda, que las farolas antifantasmas pocas veces se encendían, y que podías salir a pasear bien entrada la tarde y cruzarte únicamente con vecinos vivos. Ese tipo de cosas. No me creo ni una sola palabra. Kent ha sufrido uno de los mayores brotes que se hayan visto fuera de Londres, según George.

Tomé un sorbo de té.

—¿No es donde empezó el Problema?

—Eso dicen. En cualquier caso, luego se trasladaron aquí. Hasta ahí, todo bien, ningún problema con la vivienda. Ninguna manifestación de ningún tipo. El marido cambió de empleo y empezó a trabajar desde casa. Eso fue hace seis meses, pero tampoco ocurrió nada extraño. Luego se cayó por la escalera y se mató.

—Espera —dije—. ¿Cómo se cayó?

—Tropezó, por lo visto.

—Me refiero a si estaba solo.

—Según la señora Hope, sí. Ella estaba en la cama. Ocurrió de noche. Dice que su marido parecía un poco ausente las semanas anteriores a su muerte. Que el hombre no dormía bien. Cree que se levantó para ir a beber agua.

—Yaaa… —gruñí, no demasiado convencida.

Lockwood me miró.

—¿Crees que lo empujó?

—No necesariamente, pero eso explicaría la visita espectral, ¿no? Los maridos no suelen rondar a sus esposas, salvo cuando tienen un motivo. Qué lástima que no quisiera hablar con nosotros. Me habría gustado evaluarla.

—Bueno, a veces las apariencias engañan —dijo Lockwood. Encogió sus finos hombros—. ¿Ya te he contado esa vez que conocí al famoso Harry Crisp? Tenía una cara simpática, el hombre, una voz dulce y ojos risueños. Era una buena compañía y tenía mucha labia, incluso me convenció para que le prestara diez libras. Sin embargo, al final resultó ser uno de los asesinos más brutales que se conocen. Lo que más le gustaba era…

Levanté una mano.

—Sí que me lo has contado. Como un millón de veces.

—Ah. Bueno, a lo que iba, el señor Hope podría haber regresado por un sinfín de motivos que no tienen nada que ver con la venganza. Por algo que haya quedado pendiente… Por ejemplo, un testamento del que su mujer no sabe nada, o por algo de dinero escondido bajo el colchón…

—Sí, quizá. Entonces ¿las molestias empezaron poco después de su muerte?

—Al cabo de una o dos semanas. Hasta ese momento, la mujer casi no había pisado la casa. Cuando volvió a instalarse en ella, comenzó a percatarse de una presencia no deseada. —Lockwood le dio unos golpecitos a la carpeta—. En cualquier caso, aquí no la describe. Dice que informó por teléfono y con todo detalle a nuestro «recepcionista».

Sonreí.

—¿Recepcionista? A George no le va a hacer gracia. Bueno, me he traído sus anotaciones por si quieres oírlas.

—En ese caso, adelante. —Lockwood se recostó en el respaldo de la silla, con aire expectante—. ¿Qué ha estado viendo la buena mujer?

Las notas de George estaban en uno de los bolsillos internos de mi chaqueta. Las saqué, las desdoblé y alisé las páginas sobre las rodillas. Les eché un breve vistazo y me aclaré la garganta.

—¿Estás listo?

—Sí.

—«Una silueta en movimiento.»

Con gran ceremonia, volví a doblar las páginas y las guardé.

Lockwood parpadeó, indignado.

—¿«Una silueta en movimiento»? ¿Eso es todo? ¿En serio? ¿Nada más? Venga ya… ¿Era grande? ¿Pequeña? ¿Oscura? ¿Brillante? ¿O qué?

—Era, y cito, «una silueta en movimiento que aparecía en la habitación de atrás y me seguía hasta el descansillo». Eso es lo que le contó a George, palabra por palabra.

Lockwood mojó una triste galleta en el té.

—No es que sea la descripción más detallada que nos hayan dado hasta la fecha. Vamos, que no da ni para hacer un retrato robot, ¿no?

—No, pero ella es una adulta, ¿qué esperabas? Tampoco serviría de nada. Las sensaciones que tuvo, en cambio, son más reveladoras. Dijo que tenía la impresión de que algo la buscaba, de que sabía que ella estaba allí y no podía encontrarla. Y que no podía soportar la idea de que esa cosa la encontrara.

—Bueno, eso está un poquitín mejor —dijo Lockwood—. Percibió que esa cosa tenía un propósito, lo que sugiere que se trata de un Tipo Dos. Sin embargo, da igual lo que el difunto señor Hope se traiga entre manos, no es el único que está aquí esta noche. También estamos nosotros. Bueno… ¿qué me dices? ¿Echamos un vistazo?

Apuré la taza y la dejé en la mesa con cuidado.

—Creo que es una buena idea.

Estuvimos cerca de una hora paseándonos por la planta baja. De vez en cuando encendíamos las linternas un instante para ver qué había en las habitaciones, pero por lo demás nos movíamos en la penumbra. Habíamos dejado la lámpara de aceite en la cocina, junto con unas velas, unas cerillas y una linterna de repuesto. Nunca está de más contar con un lugar bien iluminado al que retirarse en caso de necesidad, así como de distintas fuentes de luz, por si el Visitante tiene la capacidad de alterarlas.

Todo estaba despejado en la recocina y el comedor, situados en la parte de atrás de la casa. Esas estancias tenían un aire triste, sombrío, de abandono; daba la sensación de que la vida había quedado suspendida entre aquellas paredes. Pilas ordenadas de periódicos se amontonaban, enrollados, en la mesa del comedor; en la recocina, unas cebollas secas germinaban tranquilamente en su cesta, en la oscuridad. Sin embargo, Lockwood no encontró rastros visuales en ningún sitio y yo no capté nada. Parecía que los golpeteos suaves que había oído al entrar habían enmudecido.

Cuando volvimos al vestíbulo, Lockwood se estremeció y yo sentí que se me erizaba el vello de los brazos. Hacía mucho más frío. Comprobé el termómetro: nueve grados esa vez.

En la parte de delante de la vivienda, dos habitaciones más o menos cuadradas se distribuían a ambos lados del vestíbulo. En una había un televisor, un sofá, dos sillones cómodos y no hacía tanto frío, igual que en la cocina. De todos modos, echamos un vistazo y aguzamos el oído, pero no encontramos nada. Enfrente, en una clásica sala de estar, se veían los sillones y el mobiliario típicos de este tipo de estancias, dispuestos delante de unos ventanales con visillos, y tres helechos enormes en tiestos de barro.

Hacía más frío. En la esfera luminosa se leían doce grados. Marcaba menos que en la cocina. Podría no significar nada o podría significar mucho. Cerré los ojos, me concentré y me dispuse a escuchar.

—¡Lucy, mira! —susurró Lockwood—. ¡Es el señor Hope!

El corazón me dio un vuelco. Me volví en redondo, con el estoque medio desenfundado… y me encontré a Lockwood encorvado y tan tranquilo, mirando una foto que había en una mesita auxiliar. La enfocaba con la linterna, por lo que la imagen parecía flotar envuelta en un círculo dorado.

—También está la señora Hope —añadió.

—¡Serás idiota…! —protesté entre dientes—. Podría haberte atravesado con el estoque.

Lockwood ahogó una risita.

—Venga, no seas tan gruñona. Echa un vistazo. ¿Tú qué crees?

La fotografía era de una pareja de ancianos en un jardín. La mujer, la señora Hope, era una réplica entrada en años y más alegre de la hija que habíamos conocido en la puerta: cara redonda, sonrisa radiante e iba vestida de manera impecable. La cabeza le llegaba a la altura del pecho del hombre que tenía al lado. Él era alto y medio calvo, de hombros caídos y redondeados, y antebrazos grandes y voluminosos. Él también sonreía de oreja a oreja. Estaban cogidos de la mano.

—Parecen muy felices, ¿no? —comentó Lockwood.

Asentí con la cabeza, no demasiado convencida.

—Tiene que haber una razón para que sea un Tipo Dos. George dice que la presencia de un Tipo Dos siempre significa que alguien le ha hecho algo a otra persona.

—Sí, pero George tiene una mente truculenta y es un mal pensado. Lo que me recuerda que deberíamos encontrar el teléfono y llamarlo. Le he dejado una nota en la mesa, pero es probable que aun así se preocupe por nosotros. Primero terminemos la inspección —dijo Lockwood.

Él no encontró ningún resplandor espectral en la salita de estar y yo no oí nada, así que la planta baja estaba lista. Lo que significaba algo que ya habíamos adivinado: que lo que buscábamos estaba arriba.

Efectivamente, en cuanto puse un pie en el primer escalón el golpeteo se reanudó. Al principio se oía al mismo volumen que antes: un pequeño toc-toc-toc resonante, parecido al repiqueteo de una uña sobre escayola, o al de un martillo sobre un clavo para hundirlo en la madera. Sin embargo, el eco aumentaba a cada paso que daba y se hacía un poco más insistente en mi oído interno. Se lo mencioné a Lockwood, que caminaba como una sombra sin forma detrás de mí.

—También empieza a hacer más fresquito —dijo.

Tenía razón. A cada paso que dábamos, la temperatura descendía. De nueve grados a siete. A seis, a media escalera. Me detuve un instante y me subí la cremallera del abrigo con dedos torpes, sin apartar la vista de la oscuridad que nos esperaba arriba. El hueco de la escalera era estrecho y no se veía ninguna luz por encima de mí. La primera planta de la casa estaba envuelta en sombras. Sentí el vivo deseo de encender la linterna, pero me resistí al impulso, que solo hubiera conseguido cegarme aún más. Con una mano en la empuñadura del estoque, subí poco a poco los escalones mientras el golpeteo se hacía cada vez más audible y el frío me calaba los huesos.

No me detuve. El sonido se intensificaba por momentos. Se había convertido en un traqueteo frenético y chirriante. El número de la esfera descendía sin parar. De seis grados a cinco, y finalmente a cuatro.

La oscuridad convertía el descansillo en un espacio indefinido. A mi izquierda, los balaústres blancos se alzaban a la altura de mi cabeza como una hilera de dientes gigantescos.

Alcancé el último peldaño, puse un pie en el rellano…

Y el ruido se detuvo en seco.

Volví a consultar la esfera luminosa: cuatro grados. Once menos que en la cocina. Notaba que mi aliento formaba un abanico de vaho.

Estábamos muy cerca.

Lockwood me rozó al pasar por mi lado y encendió la linterna un instante para hacer un breve reconocimiento. Paredes empapeladas, puertas cerradas, silencio sepulcral. Y una labor enmarcada y bordada con letras infantiles de colores desvaídos que componían el dicho «Hogar, dulce hogar». Realizada años atrás, cuando los hogares eran dulces y seguros y nadie colgaba amuletos de hierro sobre las camas de sus hijos. Antes de que llegara el Problema.

El descansillo, de suelo de madera pulida, dibujaba una L formada por el pequeño cuadrilátero en el que nos encontrábamos y un largo pasillo que se alejaba a nuestras espaldas, paralelo a la escalera. A este rellano daban cinco puertas: una a nuestra derecha, otra justo enfrente y tres dispuestas a intervalos a lo largo del corredor. Todas estaban cerradas. Lockwood y yo guardamos silencio y usamos los ojos y las orejas.

—Nada —dije, al fin—. En cuanto he llegado arriba, el golpeteo ha parado.

Lockwood no contestó de inmediato.

—No hay resplandores espectrales —confirmó.

Por la tristeza que distinguí en su voz, supe que él también sentía el malestar, ese aletargamiento extraño, ese peso muerto de los músculos que se apodera de ti cuando hay un Visitante cerca. Suspiró débilmente.

—Bueno, las damas primero, Lucy. Elige una puerta.

—Ni hablar. Elegí una puerta en el caso del orfanato y ya sabes lo que ocurrió.

—Al final la cosa salió bien, ¿no?

—Solo porque me agaché. De acuerdo, probemos con esta, pero entras tú primero.

Había escogido la que tenía más cerca, la de la derecha. Resultó que daba a un cuarto de baño recién reformado. Las modernas baldosas lanzaron intensos destellos cuando la linterna pasó por encima de ellas. Había una bañera blanca y grande, un lavabo, un retrete y también un olor casi imperceptible a jabón de jazmín. Ninguno de los dos percibió nada que le llamara la atención, aunque la temperatura era la misma que la del descansillo.

Lockwood probó con la siguiente puerta. Esta se abrió a un dormitorio amplio que daba a la parte de atrás y que habían convertido en el estudio posiblemente más desordenado de todo Londres. La luz de la linterna alumbró un escritorio de madera maciza situado debajo de una ventana con cortinas. El escritorio apenas se veía, enterrado por montañas de papeles, y otras tantas pilas tambaleantes se repartían sin orden ni concierto por todas partes. Además de los armarios y el viejo sillón de cuero que había junto al escritorio, la habitación desprendía un olor ligeramente masculino. Yo diría que olía a loción para después del afeitado, a whisky e incluso a tabaco.

Hacía un frío glacial. El indicador del cinturón marcaba ya dos grados.

Sorteé las montañas de papeles con cuidado y descorrí las cortinas, con lo que removí tanto polvo que arranqué a toser. Un resplandor blanco y apagado, procedente de las casas que se veían al otro lado del jardín, se coló en la habitación.

Lockwood examinaba una alfombra vieja y deshilachada que había en el suelo de madera y la movía adelante y atrás con la punta del pie.

—Hay marcas de presión antiguas —dijo—. Aquí había una cama antes de que el señor Hope se trasladara a este lugar… —Se encogió de hombros y siguió estudiando la habitación—. Puede que haya vuelto para ordenar sus papeles.

—Ya está —dije—. La Fuente se encuentra aquí. Mira la temperatura. ¿Y no te sientes pesado, como si estuvieras agarrotado?

Lockwood asintió con la cabeza.

—Además, aquí es donde la señora Hope vio la legendaria «silueta en movimiento».

Una puerta se cerró de golpe, con fuerza, en alguna parte de la planta baja. Los dos dimos un respingo.

—Creo que tienes razón —dijo Lockwood—. Este es el lugar. Deberíamos preparar un círculo.

—¿Limaduras o cadenas?

—Ah, limaduras. Bastará con las limaduras.

—¿Seguro? No son ni las nueve y ya se nota su fuerza.

—No es para tanto. Además, no sé qué querrá el señor Hope, pero me cuesta creer que se haya vuelto malvado de repente. Con las limaduras hay de sobra. —Vaciló—. Aparte de que…

Lo miré.

—¿Aparte de que qué?

—De que se me han olvidado las cadenas. No me mires así. Los ojos te hacen una cosa rara.

—¡Que has olvidado las cadenas! Lockwood…

—George se las llevó para engrasarlas y no comprobé si las había devuelto a su sitio. Así que, en realidad, la culpa es de George. Mira, da igual. No las necesitamos para este tipo de trabajo, ¿no? Prepara lo del hierro mientras echo un vistazo a las otras habitaciones. Luego nos concentraremos en esta.

Tenía ganas de decirle muchas cosas, pero ese no era el momento. Respiré hondo.

—Bueno, no te metas en líos —le pedí—. La última vez que te pusiste a dar vueltas en medio de un caso acabaste encerrado en el baño.

—Fue un fantasma, ¿cuántas veces tengo que repetirlo?

—Eso es lo que tú dices, pero no había ni la más mínima señal de…

Ya se había ido.

No tardé mucho en acabar lo que me habían encargado. Acerqué varias pilas de papel amarillento y lleno de polvo a las paredes de la habitación para hacer sitio en el centro. A continuación aparté la alfombra a un lado y esparcí las limaduras en forma de círculo. Lo hice de un radio bastante pequeño para no malgastar el hierro. Ese sería nuestro refugio principal, un lugar al que podríamos retirarnos en caso de necesidad, aunque tal vez nos hicieran falta unos cuantos más, dependiendo de lo que nos encontráramos.

Salí al descansillo.

—Bajo un momento a buscar más hierro.

La voz de Lockwood resonó en una habitación próxima.

—Vale. ¿Puedes poner el hervidor en el fuego?

—Sí.

De camino a la escalera, le eché un vistazo a la puerta abierta del cuarto de baño. Cuando dejé la mano en la barandilla, noté que la madera estaba helada. Vacilé un instante, presté atención y luego me dirigí hacia la penumbra granulada del vestíbulo. Había descendido varios escalones cuando me pareció oír que algo se movía a gran velocidad detrás de mí, pero al volverme no vi nada. Llegué al último peldaño con la mano en la empuñadura del estoque y crucé el vestíbulo en dirección al cálido resplandor que se colaba a través del resquicio de la puerta de la cocina. A pesar de lo tenue que era, la luz de la lámpara de aceite me obligó a entrecerrar los ojos al entrar. Me comí una galleta de mantequilla, enjuagué las tazas y volví a preparar el hervidor. A continuació ...