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MARTíN LUTERO

Lyndal Roper

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

 

 

 

Para los protestantes es casi un artículo de fe que la Reforma empezó cuando el 31 de octubre de 1517, víspera del día de Todos los Santos, el tímido monje Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg y dio inicio a una revolución religiosa que hizo añicos la cristiandad occidental. El colaborador más cercano de Lutero, Philipp Melanchthon, a quien debemos una detallada descripción del suceso, afirma que la exposición pública de estas tesis permitió la recuperación de la «luz de los Evangelios». En etapas posteriores de su vida, Lutero celebraría ese momento del comienzo de la Reforma brindando con sus amigos[1].

La desmitificación histórica siempre es un ejercicio saludable, sobre todo cuando se trata de sucesos de tanta importancia. Como ya señalara el historiador católico Erwin Iserloh en 1962, Lutero nunca mencionó el evento, solo dijo que había enviado cartas al arzobispo Alberto de Maguncia y al obispo de Brandeburgo, Hieronymus Scultetus, en las que condenaba explícitamente el abuso que suponía la venta de indulgencias papales y a las que adjuntaba sus tesis[2]. Fueron Melanchthon y el secretario de Lutero, Georg Rörer, quienes afirmaron que las colgó en la puerta de la iglesia del castillo, pero ninguno de los dos se encontraba en Wittenberg por entonces y por tanto no pudieron ser testigos de los hechos[3]. Hay quien ha sugerido que el asunto fue menos dramático, pues puede que se limitaran a pegarlas en vez de a clavarlas[4].

Recibe antes que nadie historias como ésta

Probablemente nunca sepamos a ciencia cierta si Lutero usó clavos o un bote de cola, pero lo que sí nos consta es que el 31 de octubre envió las tesis al obispo Alberto, el clérigo más importante de toda Alemania. La carta que las incluía rebosaba confianza y resultaba arrogante. Aunque la introducción era laudatoria, criticaba duramente la negligencia del obispo al cuidar de su rebaño y amenazaba con la posibilidad de que, si Alberto no tomaba las medidas oportunas, «alguien pudiera rebelarse y acallar, por medio de publicaciones, a los predicadores que venden indulgencias prometiendo a los compradores una reducción del tiempo que habrán de pasar en el purgatorio»[5]. Lutero escribió una misiva similar a su superior jerárquico, el obispo de Brandeburgo, y fueron estas cartas, más que la colocación de las tesis en un páramo como Wittenberg, las que provocaron una reacción. Ya entonces, uno de los mayores talentos de Lutero consistía en su habilidad para orquestar eventos, para hacer algo espectacular que llamara la atención.

La Reforma de Lutero acabó para siempre con la unidad de la Iglesia católica e incluso cabría pensar que el proceso de secularización de Occidente comenzó cuando el catolicismo perdió su monopolio en grandes zonas de Europa. Todo empezó en un lugar remoto, la Universidad de Wittenberg, una institución nueva y modesta que luchaba por labrarse una reputación. La ciudad se componía de «casas enfangadas y calles sucias»; «toda senda, escalón y calle rebosaban barro». Los humanistas se mofaban, afirmando que Wittenberg estaba en el fin del mundo, lejos de las grandes ciudades imperiales como Estrasburgo, Núremberg o Augsburgo, todas ellas en contacto con la Italia de moda. Hasta Lutero señaló que se encontraba tan lejos de la civilización que, «de haber estado un poco más allá, habría formado parte de un país de bárbaros»[6]. Lutero no parecía un revolucionario. En vísperas de su trigésimo cuarto cumpleaños llevaba 12 años siendo monje. Había ascendido en el seno de la orden de los agustinos, era un administrador de confianza y ejercía la docencia en la universidad. Prácticamente no había publicado nada y su experiencia en ese campo no iba más allá de la elaboración de argumentos de debate, la realización de labores de exégesis y la redacción de sermones que escribía para colegas perezosos. La Iglesia tardó en reaccionar, pero las 95 tesis desataron una auténtica tormenta en Alemania. Muchos las leyeron, clérigos y laicos. En dos meses se hablaba de ellas en toda Alemania y pronto incluso más allá de sus fronteras.

Al margen de lo que realmente ocurriera el 31 de octubre de 1517, no podemos cuestionar la importancia de las tesis, un texto que fue la chispa que desató la Reforma. Se trataba un conjunto de argumentos numerados pensados para disputas académicas, aunque, en el caso que nos ocupa, ese tipo de debate nunca tuviera lugar ni Lutero lo pretendiera. No estaban redactadas a modo de artículos ni consagraban verdades, sino que más bien constituían un conjunto de afirmaciones hipotéticas, concisas, hasta el punto de resultar difíciles de entender, que había que demostrar aportando más argumentos. Conservamos algunas copias del texto original de Lutero y ninguna del expuesto en Wittenberg[7]. Se imprimieron por una sola cara en una hoja de papel alargada, probablemente pensada para pegarla en la pared (lo que hace más verosímil la historia de la puerta de la iglesia), aunque el tamaño y la tipografía de la letra dificultaran la lectura. En el encabezamiento, escrito en letras de mayor tamaño, Lutero invitaba a debatir estas tesis en Wittenberg[8].

La primera de las tesis empieza con las palabras: «Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: “Haced penitencia”, ha querido que toda la vida de los creyentes fuera penitencia». En latín se pone el énfasis en el verbo principal, voluit, en referencia a cómo quería Cristo que fuera la vida del creyente. Lutero prosigue afirmando que esto no significa que baste con limitarse a cumplir las penitencias impuestas por un sacerdote, como orar o comprar indulgencias. La afirmación resulta engañosa por su simplicidad, pero, de hecho, era un ataque directo a los fundamentos de la Iglesia bajomedieval[9].

¿Cómo pudo un mensaje tan simple tener tantas implicaciones y causar tal revuelo? Lutero no era ni el primero ni el único que criticaba las indulgencias. El confesor de Lutero, el agustino Johann von Staupitz, por ejemplo, ya había expresado estas dudas en un sermón pronunciado en 1516. En el fondo, Lutero estaba articulando su postura basándose en la naturaleza de la gracia descrita por san Agustín, según la cual, como nuestras buenas obras no bastan para garantizar nuestra salvación, dependemos de la misericordia divina. Según Lutero, se había pervertido el sacramento de la confesión, que ya no era un ejercicio espiritual, sino una transacción económica. Más tarde recordaría que lo que desató su furia fueron los sermones de un dominico, Johannes Tetzel, de la cercana ciudad de Jüterbog, que afirmaba que las indulgencias eran tan eficaces que, gracias a ellas, no pasaría por el purgatorio ni quien hubiera violado a la Virgen María. Las indulgencias eran un tema candente en los debates teológicos y políticos, pero al principio muchos creyeron que se trataba de una disputa más entre órdenes monásticas, fruto de viejas rivalidades entre los dominicos y los agustinos de Lutero.

Sin embargo, el asunto era más complicado, pues, al afirmar que los cristianos no podrían evitar pasar por el purgatorio con sus buenas obras, la contemplación de reliquias o la compra indulgencias, Lutero estaba poniendo en cuestión a una Iglesia medieval que supuestamente garantizaba el perdón y facilitaba la salvación dispensando los sacramentos. Para él, estas prácticas se basaban en un error de comprensión fundamental en lo relativo a la naturaleza del pecado, el arrepentimiento y la salvación. El cronista protestante Federico Myconius recordaría más tarde que ciertos feligreses de Lutero que se habían quejado de que «este no quería absolverlos de sus pecados porque no veía ni auténtico arrepentimiento, ni propósito de enmienda» aparecieron con indulgencias de Tetzel «porque no querían renunciar al adulterio, al puterío, a la usura, a la adquisición injusta de bienes y a otros pecados y maldades»[10].

Al reinterpretar la idea de penitencia, Lutero lanzaba un ataque al corazón mismo de la Iglesia del Papa y a su estructura social y financiera, basada en un sistema de salvación colectiva, que permitía a la gente rezar por los demás y reducir así el tiempo que pasaban en el purgatorio. Pagaban a todo un proletariado de sacerdotes dedicados a recitar misas de difuntos y a mujeres laicas y pías para que se ocuparan de los hospicios y rezaran por el alma de los fallecidos con el fin de facilitar su paso por el purgatorio. También pagaban a las hermandades que rezaban por sus miembros, decían misas, organizaban procesiones y mantenían ciertos altares de especial relevancia. La vida religiosa y social de la mayoría de los cristianos medievales giraba en torno a este sistema. La cabeza de esta Iglesia era el Papa, custodio de todo un tesoro de «méritos» y dispensador de la gracia que repartía entre todos. De modo que era previsible que, antes o después, la crítica a las indulgencias acabaría poniendo en cuestión el poder del Papa.

Nadie obligaba a la gente a comprar indulgencias, pero tenían mucho éxito. Cuando quienes las vendían llegaban a una ciudad:

 

las bulas papales [el documento en el que constaba la indulgencia con el sello papal] se llevaban envueltas en satén o en una tela dorada y todos, sacerdotes, monjes, concejales, maestros de escuela, colegiales, hombres, mujeres, doncellas y niños, salían en procesión cantando y portando velas y pendones. Las campanas repicaban y sonaban todos los órganos [...] [El vendedor de indulgencias] iba por las iglesias, en cuyo centro se colocaba una cruz roja de la que colgaba el pendón de la Santa Sede[11].

 

El sistema estaba tan bien organizado que las indulgencias salían de imprentas locales y contenían un espacio en blanco para poner el nombre del difunto.

El éxito de las 95 tesis de Lutero se debió, en parte, al momento en el que se hicieron públicas. En la festividad de Todos los Santos se exponía en la iglesia del castillo de Wittenberg la magnífica colección de reliquias de Federico, elector de Sajonia y soberano de Lutero. Peregrinos de muchos kilómetros a la redonda acudían a verlas, pues se otorgaban indulgencias a quien las contemplara. Es probable que las tesis se fijaran durante esa celebración o justo antes y, aunque los peregrinos analfabetos no habrían podido leerlas y hasta la gente de ciudad (que sí sabía leer) habría tenido problemas para entenderlas, los receptores de la carta de Lutero y sus colegas teólogos de Wittenberg habrían captado inmediatamente el significado de la fecha. En el caso de estos últimos, las tesis afectaban directamente a su forma de ganarse el sustento, pues la universidad dependía de la fundación de Todos los Santos, cuyos fondos provenían de lo recaudado por las misas de difuntos y las aportaciones de los peregrinos que veneraban las reliquias para reducir su tiempo de estancia en el purgatorio.

Lo que Lutero no sabía por entonces era que su «escándalo de las indulgencias» suponía mucho más que una crítica a los burdos sermones de Johannes Tetzel, que solía anunciarse con la salmodia: «En cuanto suena la moneda en el cofre, el alma salta del purgatorio». En realidad, las actividades de Tetzel eran fundamentales para financiar a la Iglesia. Se suponía que el dinero recaudado por el predicador iba a Roma para costear la reconstrucción de la basílica de San Pedro, pero, de hecho, la mitad acababa en manos de la familia Fugger, banqueros de Augsburgo, los más ricos comerciantes de la época, a los que Alberto de Maguncia debía dinero. Alberto, hijo menor de una poderosa familia noble, se había convertido en obispo de Magdeburgo a los 23 años. Sin embargo, al quedar vacante inesperadamente la sede de Maguncia, la más rica de Alemania, se le presentó una oportunidad que no podía dejar pasar. Pero el Papa estaba intentando frenar la tendencia de los obispos a hacerse con diversas sedes y, cuando Alberto ocupó la de Magdeburgo, decretó que, a partir de entonces, los obispos debían tener al menos 30 años de edad[12].

El conflicto se resolvió en favor de Alberto, cuando este ofreció pagar 21.000 ducados para financiar las obras de San Pedro. Como no disponía del dinero, lo pidió prestado a los Fugger, a los que la Iglesia consideraba usureros por sus actividades financieras, y empezó a desviar dinero (como el recolectado por Tetzel) para pagar su deuda. En otras palabras, las tesis de Lutero no afectaban solo al poder papal, sino también, sin él saberlo, a algunas de las personas más poderosas de Alemania y a la institución financiera más boyante de Europa.

En principio apenas sucedió nada cuando se hicieron públicas las 95 tesis; no hubo disputas y el obispo de Brandeburgo no respondió a la carta de Lutero. Cuando este le remitió los argumentos en favor de sus tesis, el obispo le recomendó que difiriera su publicación, lo que Lutero tomó equivocadamente por una demostración de simpatía hacia sus ideas. Alberto de Maguncia estaba en Aschaffemburgo cuando se recibieron las tesis, pero, cuando llegaron a sus manos, tampoco contestó. Remitió primero el documento a la Universidad de Magdeburgo, para que lo estudiaran los teólogos, y luego, a Roma. Estos pasos hacían que las tesis constituyeran un serio problema que podía provocar una investigación papal por herejía. La actuación rutinaria y burocrática de Alberto convirtió el asunto en un suceso que ya no solo afectaba a un remoto rincón de Alemania, sino que concernía a toda la Iglesia en su conjunto.

 

La vida y hábitos de Lutero eran muy sencillos. Había nacido en Eisleben, Sajonia, y murió en el mismo lugar por una extraña casualidad. Creció en el pueblo minero de Mansfeld, a unos 11 kilómetros hacia el norte; fue a la universidad en Erfurt, a 72 kilómetros hacia el sudoeste y pasó casi todo el resto de su vida en Wittenberg, a 88 kilómetros hacia el noreste. Solo una vez se aventuró más allá de las fronteras del Sacro Imperio Romano Germánico, cuando visitó Roma, de la que volvió con una plétora de anécdotas antipapales y haciendo gala de una gran intolerancia hacia todo lo que no fuera alemán. Viajó mucho por Sajonia, pero, cuando entró en conflicto con el Imperio, dejó de aventurarse en territorios donde no pudiera protegerlo el gobernante sajón. Al final de su vida, la mala salud lo retenía en casa y le llevaban en un pequeño carro a decir misa. Pero se hizo con una red de interlocutores por correspondencia que contaba con miembros más allá de las fronteras de Imperio y que estaba compuesta por pastores a los que había colocado y cuyas carreras seguía de cerca. Los efectos de su Reforma se difundieron desde Alemania hasta Italia, Inglaterra, Francia, Escandinavia y el este de Europa.

Su biografía es muy sencilla de contar. No hubo nada significativo en su infancia, exceptuando el hecho de que procedía de una zona minera. La minería no tenía nada que ver con el mundo de los talleres y pequeños comercios que abundaban en la mayoría de las ciudades del siglo XVI: el clásico entorno en el que se habían formado tantos humanistas y eruditos. La familia de Lutero invirtió en la educación de su hijo y quería que fuera abogado para proteger el negocio familiar. Pero, para disgusto de su padre, en 1505 el joven renunció a sus estudios de Derecho e ingresó en el monasterio agustino de Erfurt. Allí se vio muy influido por Johann von Staupitz, un destacado agustino que fue esencial para la fundación de la nueva Universidad de Wittenberg. Fue él quien convenció al joven de que dejara sus estudios de Derecho, se pusiera a estudiar Teología y obtuviera un doctorado. Lutero escalaba posiciones rápidamente en el seno de la orden, acabó ocupando el puesto de Staupitz en la universidad y acometió su Reforma. Entonces, en 1517, irrumpieron en escena las 95 tesis.

Las tesis no contenían un programa teológico completo. Lutero se crecía ante la adversidad y fueron las críticas y los argumentos de los demás los que le ayudaron a desarrollar su teología y a seguir explorando sus ideas. La Reforma surgió de una serie de disputas y debates con sus antagonistas de Heidelberg, Augsburgo y Leipzig. Lutero sabía que quemaban a los herejes en la hoguera y que, si la Iglesia lo arrestaba y juzgaba, probablemente perdería la vida. De manera que su teología surgió de la doble presión ejercida por las críticas, cada vez más agresivas, de sus adversarios y por la amenaza del martirio.

En 1521, Lutero, conocido ya en toda Alemania, fue convocado por el Emperador a la dieta de Worms, de la que formaban parte todos los estamentos del Imperio. Muchos pensaron que no se arriesgaría a ir, pero, como dijo él mismo, nada podía detenerlo, ni siquiera saber que allí había «más demonios que [...] tejas en los tejados». El valor que demostró en Worms corta el aliento. El hecho de que un plebeyo se enfrentara al Emperador y a los príncipes más poderosos del Imperio y de que fuera capaz de resistirse al poder de la Iglesia fue algo tan extraordinario como inolvidable. Resultó ser un evento decisivo, que dio esperanza a la gente y mejoró sus expectativas, con el que probablemente ganó más adeptos para la Reforma que con su teología. Como en cualquier movimiento revolucionario, las ideas de Lutero se magnificaron y refractaron, bien a partir de lo que las gentes oían en la calle y en los sermones, bien por medio de noticias sobre sus actos.

La dieta acabó con una enérgica condena por parte del Emperador. En el viaje de vuelta, Lutero, en peligro mortal, fue secuestrado por orden de su gobernante y protector, Federico el Sabio, y conducido al castillo de Wartburg por su propia seguridad. Allí pasó tres meses completamente aislado, escribiendo sin descanso y traduciendo el Nuevo Testamento. Mientras, en Wittenberg, la Reforma seguía su curso en su ausencia y se iba radicalizando paulatinamente bajo la dirección de Andreas Karlstadt, que reguló la ayuda a los necesitados y la moralidad. Cuando Lutero volvió a Wittenberg, en marzo de 1522, exigió de inmediato que se diera marcha atrás en unas reformas que se habían adoptado con demasiada premura. También se enemistó definitivamente con Karlstadt, que defendía una línea distinta a la suya en relación con la eucaristía, pues afirmaba que Cristo no estaba realmente presente en el pan y el vino como sí creía Lutero.

Esta ruptura no presagiaba nada bueno, pues permitió que todos aplicaran su teología tal y como la entendían a partir de su propia experiencia; una evolución a la que Lutero podía oponerse, pero que, en el fondo, escapaba a su control. A medida que se extendía la Reforma, esta a su vez se fragmentaba, pues muchos fieles del sur de Alemania, de las ciudades suizas, de Silesia y también de Sajonia dieron crédito a quienes negaban que el cuerpo de Cristo estuviera realmente presente durante la eucaristía. En pueblos y ciudades de todo el Imperio la gente empezó a exigir la libertad de leer los Evangelios, de nombrar predicadores evangélicos y de derrocar a las autoridades establecidas. Como bien habían señalado los adversarios de Lutero desde el principio, su mensaje provocó una revolución. En 1524 estalló la guerra de los Campesinos, el mayor levantamiento visto hasta entonces en Alemania, sin parangón en Europa hasta la Revolución francesa. Al principio, Lutero no parecía dar la razón a ninguno de los dos bandos, criticaba a los campesinos, pero también arremetía contra los gobernantes al modo de un profeta veterotestamentario. Al final, se decantó por los príncipes y demostró así el conservadurismo de su Reforma en temas sociales.

En el momento culminante de la guerra de los Campesinos, Lutero decidió casarse para «fastidiar al diablo», decía, sin duda una de las justificaciones más extrañas dadas por un novio[13]. Este matrimonio fue chocante, sin duda, pero su audacia representó un reto mucho mayor para la Iglesia que para el diablo: él era monje y sacerdote y su novia, Katharina von Bora, monja, de modo que ambos habían hecho voto de castidad. Lutero dejó de ser un monje cetrino y ascético y entró en una fase de su vida en la que pronto fue padre. Sin embargo, no tuvo que abandonar el monasterio, a la sazón desierto, porque los gobernantes de Sajonia le cedieron la propiedad a él y a sus herederos. Allí vivió con su familia, rodeado siempre de numerosos visitantes, estudiantes y colegas. Juntos se convirtieron en un ejemplo de parroquia evangélica a gran escala.

La nueva Iglesia aún no existía y, en 1530, el emperador Carlos V convocó otra dieta en suelo alemán, esta vez en Augsburgo. Ya entonces era evidente que no había acuerdo posible entre luteranos y católicos, pero los reformistas, a su vez, también estaban divididos en torno a la cuestión de la eucaristía y no dieron voz en la dieta a los adversarios de Lutero. Los últimos años de la vida del reformador estuvieron marcados por sus intentos de llegar a algún tipo de acuerdo con los «sacramentarios». Al final lograron un consenso precario, pero Lutero siguió convencido de que la razón estaba de su parte, algo típico de su psicología que plantearía problemas al movimiento en el futuro. Su retórica contra el Papa se hacía cada vez más crítica y su denuncia de que el Papa era el Anticristo acabó cristalizando hasta convertirse en uno de los axiomas fundamentales de su teología. Además, sus años de declive estuvieron marcados por violentas disputas con antiguos seguidores y furiosas diatribas contra los judíos. Tras la muerte de Lutero, su movimiento se escindió en distintas facciones que proclamaron su autoridad apasionadamente y fragmentaron su legado.

 

Hasta aquí hemos barajado datos que no hacen referencia a lo que constituye el núcleo del presente libro: la evolución interna de Lutero. ¿De dónde sacó la fortaleza necesaria para enfrentarse al Emperador y a los estamentos en Worms? ¿Qué le llevó a hacerlo? ¿Por qué rompió toda relación con Andreas Karlstadt, su seguidor más cercano en los primeros años de la Reforma? ¿Por qué Lutero siempre acababa peleándose con sus colaboradores más cercanos, convirtiéndolos en enemigos encarnizados, y aterrorizando al resto de sus seguidores con sus ataques de ira? ¿Cómo pasó de ser alguien convencido de que «no me impondrán esposa» a ejemplo de pastor casado? En este libro analizaremos las transformaciones emocionales fruto de los cambios religiosos iniciados por Lutero, ya que su personalidad, para bien o para mal, tuvo un enorme peso histórico. La Reforma surgió de su valor y de la firmeza con la que persiguió sus metas, pero su terquedad y su capacidad para demonizar a sus adversarios casi acaban con él.

La psicohistoria ha tenido mala prensa por su tendencia a explicar personalidades complejas y procesos históricos en términos de patrones básicos fijados en la infancia. La vida de Lutero ha inspirado algunas de las psicobiografías más famosas, incluida la de Erik H. Erikson, Young Man Luther [El joven Lutero], y el capítulo de Erich Fromm sobre el reformador en su obra El miedo a la libertad; ambos autores eran psicoanalistas[14]. Erikson era un especialista en psicología evolutiva que trabajaba con adolescentes y su interesante libro, publicado en Estados Unidos durante la posguerra, sigue siendo un clásico. Sin embargo, una de las características de la Reforma de Lutero es que no fue la de un hombre joven. En este libro intentaré demostrar que, aunque la relación de Lutero con su padre resulta fundamental para explicar su personalidad y su religiosidad e impregna toda su teología, las figuras paternas solo constituyeron uno de los elementos que le llevaron a convertirse en lo que fue.

Puede parecer temerario partir de la psicología para escribir sobre la vida del hombre cuya biografía se ha convertido en sinónimo de los peores ejemplos de historia reduccionista[15]. Cabría pensar que con un enfoque de este tipo se corre el riesgo de sobrestimar el peso de la acción individual (como hacía la hagiografía del Lutero del siglo XVI) sin llegar a explicar por qué calaron tanto las ideas de Lutero y cómo surgió un movimiento social a partir de ellas. También se podría alegar que, al reducir sus grandes ideas a deseos o conflictos inconscientes, haremos un flaco favor a su teología y no podremos explicar por qué ideas como la presencia real de Cristo en el sacramento o la naturaleza del arrepentimiento cobraron de repente tanta importancia.

Sin embargo, conservamos tanto material sobre Lutero que probablemente sepamos más de su vida interior que de la de cualquier otro individuo del siglo XVI. Su correspondencia nos permite reconstruir sus relaciones con sus amigos y colegas e incluso analizar sus sueños. Sus obras completas, en la famosa edición de Weimar, comprenden 120 volúmenes de cartas y 6 volúmenes de charlas de sobremesa. Muchos historiadores han utilizado este abundante material para trazar detalladamente su evolución teológica y aclarar sucesos concretos. Yo pretendo entender a Lutero; quiero saber cómo percibía el mundo un individuo del siglo XVI y por qué lo veía así; deseo explorar sus paisajes interiores para entender mejor sus ideas sobre la carne y el espíritu, formuladas antes de nuestra moderna escisión entre cuerpo y mente. Me interesan, sobre todo, las contradicciones de Lutero. Por un lado, es el hombre que expresó ideas más misóginas que cualquier otro pensador, pero, por otro, no solo estaba a favor de la sexualidad en el seno del matrimonio, sino que creía que el sexo debía proporcionar placer tanto a hombres como a mujeres. Intentar entender esta aparente paradoja es un reto al que no he podido resistirme.

Lutero era un hombre de gran carisma, de amistades apasionadas, que jamás perdonaba a quienes, en su opinión, eran desleales o estaban equivocados. Su teología brotaba de su carácter, un vínculo que subraya su colaborador Melanchthon, uno de sus primeros biógrafos, en cuya opinión: «su carácter era, por así decirlo, la mejor prueba de su doctrina»[16]. La teología de Lutero cobra vida cuando la ponemos en relación con conflictos psicológicos expresados en sus cartas, sermones, tratados, charlas y hasta en su exégesis bíblica. Esta relectura de fuentes originales, al margen de los añadidos del sectarismo académico, puede ayudarnos a entender por qué les preocupaban tanto a él y a sus contemporáneos estas cuestiones teológicas, aparentemente abstrusas, y qué interés tienen para nosotros hoy. Bucear en el psicoanálisis nos permitirá entender mejor a Lutero y también los principios religiosos revolucionarios a los que dedicó su vida: un legado que hoy conserva intacta toda su fuerza.

El presente volumen no es una historia general de la Reforma, ni siquiera de la Reforma en Wittenberg, y, desde luego, no pretende aportar una interpretación general de lo que llegó a ser el luteranismo. Procuro demostrar que nuestra comprensión de la Reforma en tierras alemanas se ha visto distorsionada por el gran interés académico de posguerra en las ciudades del sur, consecuencia de la Guerra Fría, cuando los historiadores occidentales no tenían acceso a los archivos de Alemania del Este. A los colegas de la República Democrática de Alemania en principio no les interesaba tanto Lutero como los movimientos sociales y el legado del revolucionario radical Thomas Müntzer. El resultado se traduce en que carecemos de una buena historia social del luteranismo; no poseemos ese relato lleno de matices sobre la evolución del movimiento del que sí disponemos en el caso de las ciudades del sur, porque, tras la guerra, los historiadores occidentales estaban tan empeñados en descubrir el linaje democrático de su propio pasado que idealizaron las ciudades libres independientes con sus concejos electos. No querían que la Reforma se identificara con el conformismo político y la obediencia y hablaban de la gran diversidad de las reformas locales populares, que expresaron ideas sobre el sacramento, las imágenes y la reforma social muy distintas a las de Lutero. El resultado es que nuestro relato de la Reforma está distorsionado. No tenemos una buena descripción del luteranismo en su propio contexto social y cultural, tan distinto al de las ciudades meridionales, pues las estructuras económicas y los valores políticos de Sajonia tenían poco que ver con los del sur. No somos conscientes de que el luteranismo evolucionó en un diálogo con lo que llegó a ser la religión reformada, precursora del calvinismo, que dio lugar a enconadas enemistades y a la trágica ruptura de amistades. Es una carencia que no podemos cubrir aquí y mi deseo es solo presentar un enfoque nuevo y original para estudiar la teología de Lutero que nos permita situarla en el contexto social y cultural en el que se formó el reformador.

 

Lutero ha estado presente en mi vida durante más tiempo del que quisiera admitir. Fue parte de mi infancia, pues mi padre ejerció como ministro presbiteriano durante algunos años. Pasamos poco tiempo en la casa parroquial, pero fui testigo del precio que pagaron mis padres por vivir una vida familiar pública. La extraña sotana negra y la sotana de gala parecían transformar a mi padre en otra persona. Tenía un estudio cubierto del suelo al techo con libros de teología, pero la congregación echaba de menos a su predecesor, menos intelectual. Todo esto me hizo entender la tensión que le provocaba su cargo y ciertos problemas relacionados con la autoridad: la que la congregación reconocía a mi padre, la seriedad que le conferían el púlpito y los largos trajes negros tan poco apropiados para el clima australiano. Vivíamos en nuestro hogar, pero éramos humillantemente dependientes; nada podía repararse ni comprarse en la casa parroquial sin permiso de la congregación. Uno de sus feligreses opinaba: «No necesita alfombras para hacer la labor de Dios».

Debido a un singular accidente histórico, la Iglesia presbiteriana de Melbourne estaba más influida por Lutero que por Calvino, su fundador, porque algunos teólogos de las universidades australianas habían estudiado en Tubinga con profesores luteranos. Años después, cuando mi padre ya había dejado la Iglesia y yo empezaba mi tesis doctoral, también estudié en Tubinga con el profesor Heiko A. Oberman, un académico holandés que había fundado el Institute for Late Middle Ages and Reformation [Instituto para el estudio de la Baja Edad Media y la Reforma], cuya obra estaba transformando nuestra forma de entender la teología bajomedieval. En mi primer semestre asistí a las clases que dio sobre su estudio de Lutero, un clásico que en mi opinión sigue siendo la mejor biografía del reformador que existe. Mientras estudiaba en Tubinga, a Hans Küng, un profesor católico de la universidad, se le retiró la autorización para enseñar teología católica por poner en duda la infalibilidad del Papa. Parecía que las cuestiones de autoridad, libertad y obediencia que Lutero había planteado siglos atrás estaban a la orden del día. Eran temas candentes que explican que la teología luterana fuera el foco de mis intereses personales e intelectuales.

Debemos la mayoría de las biografía de Lutero a historiadores de la Iglesia. La gran excepción es la reciente y magnífica biografía del historiador Heinz Schilling, el primero en situar a Lutero en un contexto histórico más rico y en dar peso a su adversario: Carlos V[17]. Yo no soy historiadora de la Iglesia, sino historiadora de la religión, formada en la historia social y cultural de las últimas décadas, sobre todo por el movimiento feminista. No trato de idealizar a Lutero ni de denigrarlo; tampoco deseo dotarlo de coherencia. Quiero entenderlo y extraer algún sentido de las convulsiones que desataron él y los protestantes, no solo en relación con la autoridad y la obediencia, sino también en lo referente a las relaciones de género y a cómo hombres y mujeres percibían su existencia.

Cuando empecé mis estudios de posgrado, el país seguía dividido y había muy pocos estudios de académicos occidentales sobre las regiones de la Reforma luterana de Alemania del Este. Una de las pocas excepciones era la obra del difunto Bob Scribner, que había escrito una tesis doctoral sobre la Reforma en Erfurt y que acabaría siendo mi director de tesis. La mayoría de los trabajos locales sobre la Reforma versaban sobre ciudades del sur de Alemania bajo la influencia de reformistas como Ulrico Zwinglio o Martín Bucero, no sobre las regiones luteranas[18]. Los especialistas de Alemania del Este, por su parte, se habían centrado en la guerra de los Campesinos y en la persona del adversario de Lutero, Thomas Müntzer, considerado un líder revolucionario. Mientras, la historia social de Wittenberg seguía intacta en gran medida, lo que distorsionaba gravemente la historia general de la Reforma. En las biografías publicadas no se hacía referencia al mundo social y cultural de Sajonia o de Wittenberg, lo que tendía a reforzar la idea de Lutero como héroe solitario de la teología más allá del tiempo y del espacio. Aun así, ha habido algunos momentos de subversión. Resulta irónico que el mejor trabajo académico sobre Wittenberg, sin parangón desde entonces, se deba al legado de los primeros años del movimiento feminista. Me refiero al estudio de Edith Eschenhagen, historiadora social y de la economía, publicado en 1927, en el que analiza los registros fiscales de Wittenberg[19].

Todas estas obras influyeron mucho en mí cuando empecé a redactar este libro en 2006, reforzando mi idea de que, para entender la Reforma de Lutero, era esencial saber más sobre el lugar en el que acaeció. Trabajé todo el tiempo que pude en los archivos de Wittenberg, situados en el castillo de Federico el Sabio; a la hora del almuerzo vagaba por la ciudad. Visité todos los lugares donde Lutero había vivido antes de trasladarse a Wittenberg y me sumergí en los archivos, no tanto para averiguar cosas sobre Lutero como para entender la economía local y las estructuras de poder. Leí relatos de contemporáneos de Lutero, amigos y enemigos, y descubrí que a menudo sus adversarios no entendieron ni su psicología ni sus motivos. La lectura de sus cartas fue lo que más placer me proporcionó y lo que me permitió llegar a conocer al hombre que fue. No las leía para datar o corroborar información sobre sucesos clave de la Reforma, sino como fuentes literarias que explicaban sus emociones y arrojaban luz sobre sus relaciones con los demás. Las cartas de Lutero estaban diseñadas para provocar una reacción. Sus errores, deslices, justificaciones y predilección por ciertas palabras dicen mucho sobre sus motivaciones. En los primeros años de la Reforma, por ejemplo, hablaba constantemente de invidia, o envidia, que atribuía a sus adversarios, aunque no se sabe muy bien qué podrían envidiar a un monje pobre y carente de poder; él, en cambio, tenía buenos motivos para temer a quienes envidiaba. Empecé a pensar que muchas de sus dudas teológicas estaban íntimamente relacionadas con los duros conflictos que moldearon su psicología.

Los hábitos epistolares de Lutero son muy interesantes. Aunque tuvo secretarios desde sus años de monje, siempre escribía sus cartas personalmente, salvo cuando no podía por estar gravemente enfermo. Su mano, pequeña, pulcra y bien formada, se deslizaba confiadamente por la página; Lutero casi siempre elegía el tamaño de folio exacto, lo que implica que tenía la habilidad de calcular cuánto iba a escribir. Su letra permaneció inalterada con el paso de los años, exceptuando cierta tendencia a hacerla más pequeña y angulosa, debido, evidentemente, a que los músculos de la mano se tensaban antes. Curiosamente, Lutero no conservaba copias de sus cartas en una época en la que estas pasaban de mano en mano, se falsificaban o se interceptaban y en la que en las cancillerías se guardaban resúmenes de las misivas enviadas. Esto dio mucho poder a los destinatarios, los únicos que tenían lo que había escrito, pero a Lutero no le preocupaba el asunto; solía bromear diciendo que siempre podría renegar de su propia «mano», una afirmación que revela una gran confianza en sí mismo.

Su apacible indiferencia ante las formalidades es una de sus características más atractivas. Era un amigo epistolar brillante y entregado, con un fino sentido de lo que haría reír al destinatario de su carta. Preguntaba por la salud de los demás con interés genuino, pero también sabía ser directo al responder a la angustia de su corresponsal. Las cartas desprenden tanto el carisma que debía de irradiar como el deleite que suponía para sus amigos recibir noticias suyas. Fueron las apasionadas amistades y enemistades de Lutero las que me convencieron de que, para entenderlo, había que analizar sus relaciones personales, no describirlo como si fuera un héroe de leyenda. La teología de Lutero surgió del diálogo y del debate con los demás, y no es casualidad que los debates propuestos en las 95 tesis fueran una de sus herramientas intelectuales favoritas hasta el día de su muerte.

El presente libro también ofrece una visión poco familiar de la teología de Lutero. Estamos acostumbrados a considerarlo como el defensor de la «salvación por la fe» y como el hombre que defendió el principio de sola scriptura, es decir, la idea de que la Biblia era la única autoridad en materia de doctrina. Pero, para Lutero, su insistencia en la presencia real de Cristo durante la eucaristía era igual de importante. Esta, probablemente, sea la idea que más ajena resulte a muchos protestantes modernos, que expresan su escepticismo ante el ritual y la posibilidad de que lo divino se manifieste en objetos. Sin embargo, fue la cuestión que ocupó a Lutero en sus últimos años, a la que le dedicó toda su energía, y también fue la idea que fragmentó la Reforma. Es en este punto donde cabe apreciar la mayor originalidad de Lutero como pensador, pues se negó a aceptar la sencilla distinción entre signo y significado, insistiendo en que Cristo realmente estaba presente durante la eucaristía, que era la sangre y el cuerpo de Cristo. A pesar de ser un intelectual, Lutero desconfiaba de la razón, a la que llamaba «esa prostituta»[20]. Su postura en torno a la eucaristía casa bien con su sencilla aceptación del mundo físico, un rasgo que a los biógrafos modernos les cuesta explicar. Lutero fue un pensador profundamente antiascético que subvertía continuamente la distinción entre cuerpo y espíritu: uno de los aspectos más atractivos de su legado. De ahí que no se pueda entender su teología sin estudiar al hombre que fue.

La Reforma luterana desató pasiones sin freno, ira, miedo y odio, pero también alegría y agitación. Lutero mismo fue un individuo muy emotivo, aunque gran parte de la historia de la Reforma deje de lado esas emociones por considerarlas irrelevantes para la evolución de su teología. A teólogos e historiadores les cuesta resolver puntos que hoy nos parecen muy ajenos: su inquietante obsesión con el demonio, su virulento antijudaísmo y su tendencia a la grosería al polemizar. Explorando su mundo interior y el contexto en el que fluyeron sus ideas y pasiones podremos obtener una nueva imagen de la Reforma.

1. MANSFELD Y LA MINERÍA

 

 

 

«Soy hijo de un campesino», afirmó Lutero, «mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre fueron auténticos campesinos»[21]. Era una verdad a medias. Aunque tuviera un origen campesino, lo cierto es que Lutero creció en territorio minero y la educación que recibió influyó mucho en él. Pasó su infancia en Mansfeld, una pequeña ciudad minera situada en la región del mismo nombre, con caminos fangosos llenos de vagonetas de carbón y el olor al fuego de las fundiciones flotando en el aire. Sería leal a Mansfeld toda su vida; firmaba como «el de Mansfeld» (por ejemplo, en la Universidad de Erfurt, donde se matriculó como Martinus ludher ex mansfelt) y mantenía correspondencia con los condes de Mansfeld cuando murió[22]. En 1546, en lo que habría de ser el último viaje de su vida, partió enfermo hacia Eisleben, donde pensaba resolver una disputa entre los condes. Sabía que el viaje podía costarle la vida y, aun así, fue: murió intentando arreglar las cosas en Mansfeld. Sin embargo, los fuertes vínculos que siempre le unieron a la ciudad de su niñez no forman parte de la imagen que hoy tenemos de Lutero, pues la mayoría de sus biógrafos tienen poco que decir sobre su infancia[23]. Al contrario que Eisleben, donde nació, y Wittenberg, donde pasó la mayor parte de su vida, Mansfeld nunca se convirtió en un lugar de peregrinaje para los luteranos. Pero, si queremos entender a Lutero, debemos comprender el mundo del que procedía.

Mansfeld era una zona minera desde el año 1200, aproximadamente, pero, a mediados del siglo XV, se había inventado una nueva forma de separar la plata pura del cobre tras el fundido inicial[24]. Esta innovación tecnológica requería un uso intensivo de capital, de manera que invirtieron en ella los grandes financieros de Leipzig y Núremberg y constituyó un boom económico para la región. Mansfeld se convirtió rápidamente en una de las regiones que más plata producía y, además, procesaba la cuarta parte del cobre del continente[25]. El cobre se aleaba con estaño o zinc para convertirlo en bronce o latón, utilizados para fabricar cientos de cacharros para el hogar. En ciudades como Núremberg, se registra una auténtica revolución en el estilo de vida, cuando la gente dejó de utilizar exclusivamente platos de cristal o loza y empezó a adquirir platos y sartenes de metal. En la década de 1480, el padre de Lutero, Hans Luder, supo que había minas en arriendo, probablemente a través de los contactos de la familia de su madre, y primero se mudaron a Eisleben (donde nació Lutero, en 1483) y, después, a Mansfeld.

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1. Eisleben, ciudad natal de Lutero.

 

Más tarde Lutero diría que su padre era «un trabajador del metal, un minero», pero lo que cuentan sus primeros biógrafos sobre el ascenso social de Hans Luder, que habría pasado de la pobreza a la riqueza, es falso[26]. Aunque no procediera de una familia culta, Hans nunca fue uno de esos hombres acuclillados con capote que se mataban intentando arrancar el carbón con sus picos en los túneles de techo bajo de la mina[27]. La familia Luder se había dedicado a la agricultura, pero Hans, a pesar de ser el primogénito, no heredó nada; según la costumbre en Möhra, donde vivían sus padres, quien se hacía cargo de la granja era el hijo menor. Probablemente se repartiera por igual el valor de la propiedad entre los hijos y así el mayor obtuvo un pequeño capital. En estudios recientes también se sugiere que la familia Luder podría haber tenido un taller de fundición de cobre cerca de Möhra, donde Hans, quizá, adquiriera experiencia[28]. Sin duda, sus perspectivas deben de haber sido buenas, porque, de otra forma, no se entiende que una familia como la de los Lindemann, patricios de rancio abolengo de la ciudad de Eisenach, prometiera en 1479 a una de sus hijas a un joven sin oficio ni herencia futura. Después de todo, Anthonius Lindemann era el oficial de mayor rango en Mansfeld y, además, maestro fundidor[29]. Resultó ser una buena decisión: en poco tiempo, Luder no solo dirigía las minas, sino que, como muy tarde en 1491, se había convertido en uno de los Vierer, un adjunto en el concejo de la ciudad que representaba a los cuatro sectores de Mansfeld. Más adelante acabaría convirtiéndose en inspector de minas (Schauherr), lo que le situó entre los cinco altos dirigentes de esa zona minera[30]. A principios del siglo XVI, se había asociado con otros inversores, tenía 7 hornos de fundición y era en uno de los mayores productores de Mansfeld.

En 1500, la ciudad tenía una población de 2.000 o 3.000 habitantes y 5 hospitales para hacerse cargo de heridos y enfermos. Lo que parecía más inusual es que también contara con una escuela secundaria para varones. Mansfeld estaba en un valle, tenía cuatro puertas y dos portalones de entrada a la ciudad y sus «barrios» habían surgido a partir de asentamientos iniciales mucho más pequeños[31]. Una de sus dos calles principales ascendía por la empinada colina para desembocar en la plaza principal, donde estaba la iglesia; en esa calle vivían los fundidores y los supervisores nombrados por los condes. La iglesia estaba consagrada a san Jorge, santo patrón de Mansfeld, y su construcción databa del siglo XIII, pero se quemó cuando Lutero apenas era un adolescente (por culpa de un organista distraído que olvidó apagar el fuego que calentaba los fuelles). Fue reconstruida entre 1497 y 1502, aunque el coro no estuvo acabado hasta 1518-1520[32]. Se decía que el caballero que representaba a san Jorge con la espada había sido uno de los condes de Mansfeld, quien supuestamente habría luchado con el dragón en la cercana colina de Lindberg. Los condes sacaban provecho de estos vínculos imaginarios y la figura del santo aparecía en las monedas, las fuentes y los dinteles de las puertas; había hasta veletas que representaban a san Jorge[33].

La casa de Hans Luder se encontraba situada frente a la taberna El Anillo de Oro, una de las dos hospederías donde podían alojarse los viajeros. La ciudad estaba en la ruta de Hamburgo a Núremberg, vía Erfurt, pero los viajeros no tenían muchas razones para parar en Mansfeld, a menos que tuvieran que ver con la minería o fueran a visitar a los condes[34]. La casa de los Luder aún existe y hoy creemos que era el doble de grande de lo que pensábamos. (No sabemos con certeza cuándo adquirió la vivienda Hans Luder; ya era su propietario en 1507)[35]. Tenía una gran entrada por la que cabía un coche de caballos, un enorme granero y establos para los caballos[36]. Desde cualquier parte de la casa se podían observar los efectos de la minería: montones de escoria poblaban el paisaje y el gran lago situado por debajo de la ciudad estaba muy contaminado por el agua de desechos procedentes de las dos fundiciones situadas extramuros. Algo más allá, calle arriba, en una gran casa de la plaza, ante la iglesia de San Jorge, vivía Hans Reinicke, el mejor amigo de Lutero. Su padre también poseía minas y era uno de los hombres más prósperos de Mansfeld. En la casa de al lado, entre la vivienda de Lutero y el colegio, vivía otro amigo, Nickel Öhmler, con quien acabaría emparentado por matrimonio.

El castillo de los condes de Mansfeld se recortaba sobre el horizonte de la ciudad. Resulta difícil imaginar un escenario en el que al joven Lutero le hubiera podido impresionar más el poder de los gobernantes. Los condes no se regían por las normas de la primogenitura; como todos sus hijos heredaban, durante la infancia de Lutero hubo tres linajes de condes. En 1501 llegaron a un acuerdo para dividir sus respectivos territorios y el gobierno recayó sobre al menos cinco condes[37]. No resulta sorprendente que no siempre se llevaran bien ni que el castillo fuera motivo continuo de disputa. Cuando Lutero era niño, había dos castillos, que a su vez contaban con dos hornos de pan, dos destilerías, establos y un muro divisorio con un camino compartido. Debe de haber sido un conjunto de edificios impresionante, pues, en 1474, los condes habían alojado al rey de Dinamarca y a 150 de sus caballeros durante tres noches[38]. En 1501, cuando el conde Alberto decidió construir un tercer castillo, los demás condes se opusieron. Pero acabaron resolviendo sus diferencias y el conde Alberto se salió con la suya. Gracias al dinero proporcionado por las minas, se reconstruyeron y reestructuraron tres pequeños castillos [lámina III] de estilo renacentista (uno pintado de rojo, el segundo, de amarillo y el tercero, de azul), que se convirtieron en uno de los complejos mejor fortificados de Alemania y que compartían la capilla a la que se llegaba por un acceso común. Se decía que, cuando uno de los condes encargó un retablo de la crucifixión para el altar de la capilla, mandó pintar al ladrón a la derecha de Cristo con los rasgos de su odiado corregente. No sabemos si es verdad o no, pero el ladrón ostenta los rasgos particulares típicos de un retrato y, cosa rara, no está desnudo, sino que va vestido como un verdugo, con llamativas calzas multicolor. Puesto que se consideraba a los verdugos como hombres sin honor, habría sido un insulto muy refinado[39].

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2. Retablo del castillo de Mansfeld.

 

La familia Luder vivía bien[40]. Les gustaba en especial la carne tierna de lechón, un alimento relativamente caro en una época en la que se empezaba a importar carne de vacuno de Europa central con mayor regularidad.

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3-5. Ilustraciones del tratado sobre minería, de Georg[ius] Agricola, De re metallica (1556). Dos mujeres robustas golpean el cobre sobre largas mesas, un método que aún se utilizaba en el siglo XIX. Otras dos mujeres criban el carbón, mientras que aquí se ven los inmensos fuelles y se vislumbra al fondo a una chica en manga corta haciendo su trabajo[41].

 

También comían aves cuando las atrapaban. Al menos uno de los miembros de la familia debió de ser un apasionado cazador de aves, pues en unas excavaciones realizadas en el exterior de la casa se han encontrado silbatos hechos con hueso de ganso usados para atraer a los pájaros. La cocina estaba bien provista, amueblada con piezas sencillas en verde y amarillo y llena de cerámica. Había vasos para beber, un lujo para la época[42]. Se trataba, sin duda, de una familia que disfrutaba de la comida y de los placeres de la vida sin tener que ahorrar hasta el último céntimo.

En la mayoría de los hogares urbanos del siglo XVI, la esposa del cabeza de familia colaboraba en el taller, supervisando a aprendices y asalariados, a veces hasta llevando las cuentas. Pero, entre los propietarios de minas, marido y mujer tenían ámbitos de acción claramente diferenciados. Los mineros vivían en sus propias casitas de campo con sus familias, y la mujer del fundidor no era responsable de su manutención y cobijo. Hans Luder salía de la ciudad para trabajar extramuros, donde se sumergía en un extraño mundo lleno de humo, pozos y túneles, mientras que la madre de Lutero permanecía en casa con los niños y los sirvientes. Era una separación de espacios muy parecida a la de la burguesía del siglo XIX, pero muy distinta a la usual en las ciudades y aldeas alemanas del Renacimiento, donde las mujeres se ocupaban de las aves de corral, cuidaban el huerto, hacían sus tareas domésticas y se daban buenos paseos hasta el mercado. Además, las mujeres tenían que ser capaces de hacerse cargo de la granja o el negocio si enviudaban. De modo que la estricta separación de roles de género que existía en casa de los Luder era bastante inusual y puede explicar las ideas posteriores de Lutero sobre los roles de género y por qué exageraba las diferencias entre ambos sexos: «Los hombres tienen los hombros anchos y las caderas estrechas, lo que denota inteligencia; las mujeres, en cambio, tienen los hombros estrechos y las caderas anchas. Las mujeres deben quedarse en casa: su morfología física indica que fueron creadas para ello, pues tienen caderas anchas y buen fundamento sobre el que sentarse»[43].

Las mujeres de clases sociales inferiores no estaban excluidas de la minería. Sus jornales semanales aparecen en los libros de contabilidad de principios del siglo XVI junto a los de sus maridos, lo que demuestra su importancia para la industria[44]. Giraban manivelas para arrastrar cargas pesadas dentro y fuera de los pozos junto a sus hombres y fragmentaban el mineral, según su calidad, con sus hijos. Realizaban la agotadora tarea de cribar el carbón para conseguir el fino polvo necesario para cubrir los hornos de fundición. Lavaban la ropa de los mineros llena de polvo y usaban la escoria que los hombres llevaban a casa para calentarse.

El padre de Lutero era Hüttenmeister, uno de los maestros fundidores que supervisaban la muy delicada operación del proceso de fundido del cobre y, de hecho, dirigían las minas. A cada pozo correspondía un horno o «fuego» y las Hütten (chozas) estaban situadas cerca de corrientes de agua, porque la fuerza del agua movía los fuelles que alimentaban las llamas de los hornos. En una choza podía haber varios hornos y, en 1508, debía de haber unos 95 «fuegos» en Mansfeld dirigidos por unos 40 maestros fundidores[45]. Trabajaban con capataces que les proveían de unos mineros con los que compartían sus labores en el subsuelo. Las relaciones laborales estaban sometidas a arbitraje y, cuando los mineros no estaban de acuerdo con sus condiciones de trabajo (como en 1507), ponían sus quejas por escrito y se las llevaban a los condes. Estos, por su parte, sabían que no debían agotar la paciencia de los mineros: de haber sido campesinos rebeldes, tal vez los hubieran ejecutado, pero, en ese momento, decidieron imponer cuantiosas multas de 100 florines a una docena de los cabecillas y les dejaron pagarlas a plazos[46]. Las autoridades ejercían su poder, pero era una cantera de trabajadores altamente especializados de los que no podían prescindir. Se trataba de hombres orgullosos de sus habilidades, que no se dejaban manipular y, en 1511, crearon una hermandad para defender sus intereses[47].

Los registros judiciales de la época nos permiten hacernos una idea de cómo era la vida en el mundo de la minería. Se robaba mucho: madera, escaleras y equipamiento de los pozos; la violencia era omnipresente[48]. Un hombre asesinó a una prostituta de un burdel cercano a Hettstedt y fue ejecutado por ello. Otro, que mató a un hombre y se deshizo del cuerpo tirándolo a uno de los pozos, también pagó con su vida, mientras que un tercero atacó a su propio padre, destrozándole el puño de tal forma que no pudo volver a trabajar[49]. El derecho penal de la época consistía en una mezcla de derecho romano y tradiciones antiguas basadas en la mediación. De modo que cabía limpiar la ofensa de un asesinato pagando una compensación a la familia de la víctima, pero, aun así, entre 1507 y 1509, fueron ejecutados por asesinato al menos tres criminales[50].

Los diferentes grupos de mineros se peleaban entre sí continuamente. El Haspeler, que se encargaba de los cabrestantes, odiaba al Sinker que bajaba al pozo. La mayor parte de los Sinker procedían de Silesia, renegaban del matrimonio y vivían con sus novias en casas cercanas a las minas donde convivían con el ganado y las aves de corral[51]. La minería era un trabajo peligroso. Los túneles que llevaban a los pozos eran angostos y los mineros tenían que trabajar tumbados boca abajo. Había poca luz. Cuando el tiempo empeoraba, las lámparas se apagaban de repente al acumularse en el pozo gas sulfúrico que envenenaba a los mineros que se encontraban en los pozos. Se creía que este gas, que mataba a los hombres al hacerles perder el sentido, era fruto de los malos humores que emanaban del azufre y los metales[52].

El trabajo en las minas daba mucha sed y, al no haber agua potable, la destilería era la segunda mayor industria de la ciudad. El alcoholismo degeneraba en peleas y, como casi todos los hombres llevaban navajas, solía derramarse sangre. La mayoría de las reyertas tenían lugar en tabernas donde se servía alcohol[53]. El tío de Lutero, el Pequeño Hans, era un derrochador que iba de taberna en taberna; de hecho moriría en una riña en uno de esos establecimientos en 1536[54]. La gente recurría a cualquier cosa que tuviera a mano, usaba lámparas para atacar a sus adversarios o enarbolaba jarras de cerveza para romperlas en la cabeza de su oponente. Las jarras eran un símbolo de camaradería: cuando un hombre decía de otro que no era alguien digno de compartir una jarra de cerveza con un hombre respetable, estaba profiriendo un insulto[55]. Beber era todo un ritual de confraternización y se realizaban competiciones entre los hombres para ver quién bebía más. Uno de los juegos favoritos de aquellos tiempos era la «copa marcada», la cual presentaba señales separadas por espacios de diferentes anchuras. La copa se pasaba de uno a otro y el bebedor tenía que beber exactamente hasta la siguiente marca; la familia Luder poseía al menos una de estas copas.

En una cultura tan dada a las peleas, los insultos eran moneda corriente. Un hombre podía decir a otro: «Si has nacido de una mujer pía [es decir, casta], sal aquí y pelea, pero, si te parió una deshonesta, quédate en casa». En las tabernas no eran muy caballerosos. Un hombre decía a una mujer que «fuera a fornicar con los curas y monjes de Hettstedt como sin duda había hecho antes». Otro proclamaba indignado: «No hay más de dos o tres mujeres honestas en todo Mansfeld». Cuando su compañero le preguntó si incluía a su esposa, no respondió[56]. Las disputas laborales podían degenerar rápidamente en peleas relacionadas con una conducta sexual, social o moral inapropiada, ya que el honor, el valor social básico, tenía connotaciones tanto sexuales como económicas.

Durante la infancia de Lutero, Hans Luder debió de ser alguien a tener en cuenta. Físicamente era un hombre fuerte; en una ocasión, en la que asistió a una pelea en una taberna, arrojó cerveza sobre los combatientes para separarlos y golpeó a ambos con una jarra en la cabeza hasta hacerlos sangrar[57]. No era un hombre al que se pudiera engañar fácilmente. Sabemos que se quejó de lo mucho que cobraban los rebobinadores de los cabrestantes y que acusó a un operario de la mina de robarle su cobre (el acusado respondió que Luder le estaba quitando su carbón)[58]. Los registros judiciales están repletos de disputas entre los trabajadores de las minas; nada sorprendente si se tiene en cuenta que, en los mejores tiempos de la industria, a principios del siglo XVI, había 194 pozos entre Mansfeld y la zona de Eisleben y no era fácil saber dónde acababa un territorio minero y empezaba otro. Avisaban a los inspectores de las minas una y otra vez para que supervisaran la posición de los lindes; las colinas estaban literalmente horadadas de túneles. El mayor tenía unos increíbles 13, 5 kilómetros de longitud y se decía que un hombre podía ir del castillo de Mansfeld a Eisleben por esos túneles.

Era un mundo de una enorme complejidad financiera. Había que mantener colectivamente gran parte de las estructuras de las minas y los registros nos hablan de préstamos, préstamos sobre préstamos y títulos de deuda. Circulaba mucho dinero en el pequeño grupo de gerentes de las minas, que a veces adelantaban los banqueros de Núremberg. Cuando se cedieron y redistribuyeron las minas[59], Hans Luder tuvo que luchar contra las distintas fuerzas en lid: los condes, que arrendaban las minas y pretendían sacar cada vez más dinero alterando los términos legales, los demás gerentes, que se apresuraban a sacar tajada, los mineros, cuyo trabajo extraía la riqueza del suelo y empezaban a organizarse colectivamente, y los prestamistas de las lejanas Núremberg y Leipzig, negociadores curtidos con los que era muy fácil endeudarse de por vida.

Surgió así un nuevo y difícil tipo de relaciones económicas. Los arrendamientos de minas a gran escala y las nuevas técnicas para producir plata más pura, introducidas en el siglo XV, atrajeron a inversores de otros lugares. Esta evolución afectó profundamente a las relaciones económicas, jurídicas y sociales, y generó una gran incertidumbre. Los nuevos arrendamientos acordados por los condes ya no eran permanentes, sino temporales, lo que dio lugar a situaciones jurídicas diferentes en el seno de la pequeña élite de propietarios de las minas. Además, no había ninguna garantía de éxito. Algunos empresarios ganaban enormes cantidades de dinero (familias como los Heidelberg o los Drachstedt hicieron fortunas fabulosas), mientras que otros se endeudaban cada vez más.

A menudo los propietarios de las minas habían de unir sus fuerzas para adquirir el capital y la maquinaria necesarios. Pero no crearon empresas comunes, sino que recurrieron a los contratos, como los comerciantes, pactando acciones conjuntas durante un periodo de tiempo determinado[60]. Hans Luder se labró una buena posición en Mansfeld, con 7 «fuegos» y unos 200 trabajadores a su cargo en la década de 1520[61]. Era consciente de que necesitaba a alguien que entendiera de contratos para proteger sus intereses frente a los inversores y los condes, lo que posiblemente le llevara a decidir que su hijo estudiara Derecho. Puede que también influyera en esta decisión su socio en los negocios, el Dr. Drachstedt, doctor en Derecho, que acabaría siendo el propietario de minas más exitoso de la zona durante la segunda mitad de la década de 1520[62].

Cuando los contratos no eran protección suficiente, los vínculos de sangre ayudaban. Como todos los miembros de esta pequeña élite minera, compuesta por 20 o 30 familias, Hans Luder recurrió a las alianzas matrimoniales para afianzar su posición. Ya tenía tres o cuatro hijos, no lo sabemos con certeza, y cuatro hijas. Hans Luder pudo soñar con fundar una dinastía, pero dos de sus hijos murieron de peste en 1506 o 1507 y una de las niñas, en 1520[63]. Tres de sus hijas se casaron con miembros de la élite local. Dorothea pasó a formar parte del clan Mackenrodt, que llevaba viviendo en la zona al menos un siglo y pertenecía al afortunado grupo de quienes gozaban de títulos de propiedad saneados. Margarethe, que llevaba el nombre de su madre, se casó con Heinz Kaufmann, que, entre 1508 y 1512, solo gestionaba un «fuego», pero más tarde se asociaría con su suegro, al igual que Jacob, el hermano menor de Martín (la familia pronunciaba su nombre como «Jacuff»). La tercera de las hermanas se casó con Claus Polner, quien, como Luder, pertenecía al grupo de propietarios de minas sin arrendamientos garantizados[64].

Al final, los cuidadosos cálculos y estrategias a largo plazo de Hans Luder acabarían en nada. Los cinco condes administraban las minas de Mansfeld colectivamente y ejercían la jurisdicción por turnos. Parece que el sistema era equitativo y, aun así, los réditos permitieron que los palacios renacentistas irguieran sus siluetas sobre la ciudad. En la década de 1520, cuando Lutero ya había abandonado su hogar, empezó a resultar difícil conservar este equilibrio. Los condes seguían exprimiendo a los arrendatarios, pero las minas empezaron a producir menos porque las vetas ya estaban a mayor profundidad y eran difíciles de alcanzar; además, había que achicar agua continuamente, para lo cual se necesitaban más máquinas. Disminuyó el número de maestros fundidores y las refinerías de plata (Saigergesellschaften) que habían estado financiando a los gerentes empezaron a quedarse con las minas a medida que los maestros fundidores se iban endeudando con ellos[65]. En la década de 1520, Hans Luder era un hombre orgulloso e independiente, pero no pudo pagar sus deudas y hubo de trabajar para los odiados inversores en la refinería de plata de Schwarza por un salario de 50 florines al año y pasar por la humillación de tener un supervisor a su lado mientras trabajaba[66]. A su muerte, en 1530, no dejó a su hijo minas en Mansfeld, tan solo la casa familiar, que se podía vender por una buena suma que había que dividir en partes iguales entre todos sus hijos[67]. Si en 1508 había 42 maestros fundidores en Mansfeld, en 1536 solo quedaba la mitad[68]. En la década de 1560, los condes se empeñaron en dirigir las minas personalmente y toda la empresa minera quebró[69]. A finales del siglo XVI, las vetas se agotaron y los productores de plata alemanes no pudieron hacer frente a la competencia que suponía la plata del Nuevo Mundo.

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6. En el folclore de los mineros cada mineral estaba adscrito a un planeta: el cobre, a Venus. En un tratado de minería publicado por Ulrich Rülein von Calw en 1527, se representa el cobre como una diosa del amor desnuda, de grandes pechos y largos tirabuzones que caen seductoramente por su espalda. Se mira en un espejo y sujeta en su mano derecha una balanza, el emblema de la Justicia.

 

Hans Luder y sus contemporáneos intentaron dar sentido a relaciones económicas que acabarían con ellos, porque nadie las entendía ni sabía controlarlas. No había ninguna teoría económica y no acababan de entender cómo se generaba la riqueza: nadie sabía por qué los inversores de Núremberg y Leipzig obtenían beneficios, mientras los propietarios se empobrecían de repente. La economía se basaba en la idea de que la riqueza era limitada. Si una persona poseía muchas riquezas, otra no podía obtenerlas. Se creía que los metales procedían de la aleación de mercurio y azufre y que estaban bajo la influencia de los planetas, de manera que la minería también era una cuestión de buena fortuna. Había adivinos y se publicaban libros de consejos, pero nadie sabía dónde se ocultaban las mejores vetas. No puede sorprendernos que la idea de destino estuviera tan presente entre los habitantes de Mansfeld.

El rico folclore de los mineros dejó una profunda huella en Lutero. Como el agua resultaba esencial para el proceso de fundición, creció creyendo en los nix o espíritus del agua. Se decía que los fósiles hallados en las minas eran dibujos hechos por los espíritus de la tierra y el aire; también se hablaba de extrañas y misteriosas luces que indicaban dónde estaban las mejores vetas. De adulto, Lutero creía que las luces eran obra de Satanás, el gran embustero, y que «el diablo humilla y engaña a la gente en las minas poniendo espíritus ante sus ojos para que crean que están viendo una gran pila de cobre y plata cuando, en realidad, no hay nada». Y, aunque Lutero rechazó explícitamente muchas supersticiones sobre la minería, nunca dejó de creer en la fortuna. Admitía que había quien tenía suerte y encontraba ricas vetas. «Yo no tengo suerte en la minería», escribió, «porque el diablo no permite que reciba ese don de Dios»[70]. Como solía hacer a menudo, Lutero daba una explicación teológica que superponía a creencias más antiguas sobre la fortuna, atribuyendo, medio en broma, poder al diablo.

Las amargas experiencias de los propietarios de las minas dieron forma al pensamiento económico de Lutero. Más tarde, a lo largo de su vida, estallaría en cólera repetidamente por las «triquiñuelas» de «ladrones», «bandidos» y «terratenientes interesados», dando rienda suelta al odio popular hacia banqueros como los Fugger, que pecaban ejerciendo la usura e intentaban monopolizar fuentes de riqueza como los minerales[71]. Lutero recurría al lenguaje moral para explicar su conducta económica y condenaba su avaricia, uno de los siete pecados capitales, pero este enfoque ético no le permitía manejar los mecanismos del nuevo capitalismo. Condenó muchas prácticas comerciales por considerarlas poco cristianas y opinó durante toda su vida que la usura era pecado, aunque estaba dispuesto a aceptar la percepción de un tipo de interés básico por parte de los prestamistas. Cuando, años más tarde, los duques de Sajonia le ofrecieron participaciones en las minas que podían haberle proporcionado 300 florines al año, a los que hubiera podido dar buen uso, rechazó la oferta: «Soy el piojo del Papa: le atormento, él me cuida y yo vivo a su costa». Lutero no quería ser un inversor. Para él las participaciones eran Spielgeld, dinero procedente del juego[72].

No resulta sorprendente que, cuando Johannes Tetzel, el predicador que impulsó a Lutero a redactar sus 95 tesis, empezó a vender indulgencias en 1508, se dirigiera en primer lugar a la nueva región minera del monte de Santa Ana, cuyo nombre deriva de la santa del mismo nombre, Ana, la madre de la Virgen María: los mineros necesitaban toda la protección que pudieran obtener. Como diría después Myconius, el predicador luterano de la ciudad, esperaban que, si «compraban gracia e indulgencias, las montañas de Santa Ana se convertirían en plata pura, y creían que, en cuanto las monedas tintineaban en la escudilla, el alma por la que se había pagado volaría directamente al cielo tras su último suspiro»[73].

Puede que esa incertidumbre omnipresente y el peligro y los riesgos del mundo de las minas anidaran en el alma de Lutero y le hicieran experimentar la total omnipotencia divina: la sensación de que los seres humanos están totalmente expuestos en sus relaciones con Él, sin mediadores o estrategias capaces de protegerlos. La magia no era eficaz, no había seguridad y la ley brindaba escasa protección. El minero siempre podía invocar a los santos, sobre todo a santa Ana. Pero, al final, se enfrentaba solo a Dios.

 

En torno a 1527, Lucas Cranach el Viejo pintó retratos de los padres de Lutero cuando fueron a visitar a su hijo a Wittenberg. El retrato de Hans [lámina I a] muestra a un hombre de gran presencia física y de rasgos gruesos. Se nota que es un hombre de acción, parece estar incómodo sentado y dobla las manos de forma poco natural. Va vestido de negro, el color favorito de los hombres importantes, y lleva el consabido cuello de piel. El parecido con Martín es evidente. Tiene los ojos hundidos y la gran mandíbula que heredaría Lutero. Su madre, Margarethe [lámina I b], lleva cofia y camisa blancas que contrastan con los colores oscuros del retrato de su marido. Aparece como una esposa modélica, con un atuendo sencillo y sin joyas, aunque su mentón, proyectado hacia delante, delata un carácter poco convencional. También se conserva un dibujo de Hans Luder realizado a lápiz y acuarela por Cranach que probablemente sea un estudio para el retrato. Como se centra en el rostro, resulta más revelador. Los ojos de Hans están rodeados de arrugas y la piel de su cara parece quemada por el sol, como corresponde a un hombre que trabaja al aire libre. La boca es firme y la nariz, contundente. Representa a un hombre acostumbrado a decir lo que piensa, pero su mirada sombría nos habla también de alguien que ya ha gastado su potencial, de un patriarca viejo. Los días de esplendor de la minería ya habían pasado cuando se pintaron estos retratos.

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7. Lucas Cranach el Viejo, Hans Luder, 1527.

 

Es difícil saber qué tipo de padre fue Hans Luder. Era piadoso por convención y practicaba la religión como toda su generación. Pertenecía a las hermandades de Santa Ana y San Jorge y ayudó a fundar la hermandad mariana local. El fragmento de un cuerno de Aquisgrán hallado en su casa sugiere que alguien de la familia pudo haber emprendido un famoso peregrinaje de siete años: los cuernos se tocaban cuando se mostraban las reliquias[74]. Pero es más que dudoso que la intensa espiritualidad de Lutero procediera de su padre. Hans Luder era un hombre acostumbrado a confiar solo en sí mismo para hacer las cosas; había elegido no trabajar para otros y asumir responsabilidades. Sabemos que Lutero se mostró sorprendido al enterarse de los muchos parientes por parte de padre que tenía cuando les visitó en Möhra tras la dieta de Worms de 1521, de manera que Hans, evidentemente, no había mantenido el contacto con su amplia familia cuando formó una propia[75]. Había adquirido talentos y habilidades por sí mismo, no había heredado nada, pues, aunque el entorno familiar pudiera haberle proporcionado algunos conocimientos básicos sobre minería, de ninguna forma podía haberle ayudado a dirigir una empresa minera, manejar grandes capitales o disciplinar a los trabajadores difíciles. Este hombre irascible, competitivo, que supo abrirse camino en el mundo de los hombres duros, bien pudo ser un padre exigente. Parece que fue incapaz de aceptar el hecho de que su hijo quisiera dedicar su vida a algo diferente. El amargo conflicto que estalló entre padre e hijo cuando Martín ingresó en el monasterio sugiere que estaban muy unidos y que el padre se sintió muy dolido cuando su hijo rechazó la vida que había planeado para él.

Lutero, que había heredado de su padre la determinación de triunfar, actuó como el típico primogénito, aunque es posible que tuviera un hermano mayor que murió[76]. La casa de los Luder se encontraba llena de niños. Lutero parece haber estado muy unido a su hermano menor, Jacob; su madre afirmó que «los dos hermanos siempre se llevaban bien, que ninguno de los dos prefería la compañía de otro de los hermanos, ni se divertía comiendo o jugando con los demás»[77]. Puede que, como muchos de los hijos mayores, Martín se resintiera del nacimiento de nuevos hermanos que acaparaban la atención de su madre; entonces se solía amamantar a los niños durante un par de años. Cuando, en 1532, Lutero vio a su esposa, Katharina von Bora, dar de mamar embarazada a su joven hijo Martin, afirmó: «Es difícil alimentar a dos invitados, uno dentro de casa y el otro en la puerta»[78]. Cuando, en 1533, nació Paul, su quinto hijo, Lutero le cogió en sus brazos y musitó: «¡Cuánto debe de haber amado Adán a Caín, su primogénito, y, sin embargo, acabó matando a su hermano!». En cierto modo, suponía el reconocimiento de que los padres aman a sus hijos hagan lo que hagan, pero esta observación fuera de lugar también puede revelar que sabía por experiencia lo desplazado y celoso que se puede sentir un primogénito[79]. Tuviera o no un hermano mayor, lo cierto es que el padre de Lutero invirtió mucho en su educación. Le dieron un trato especial para que se sintiera orgulloso y confiara en sus capacidades al suceder a su padre.

Sin embargo, puede que la situación le hiciera sentir culpable y que le preocuparan los celos de sus hermanos. Lutero sabía lo mucho que costaba su educación universitaria: se llevó el producto de dos años de fundición en Erfurt, algo que seguramente su padre logró que no olvidara nunca[80]. También sabía que era dinero que no se invertía en sus hermanos y hermanas. Había que colocar o dotar a siete u ocho hijos, cinco de los cuales sobrevivieron hasta la edad adulta, y todo salía de los negocios mineros de Hans Luder. La estructura de la economía familiar, pensada para colocar a los hijos gracias a los beneficios del cobre de Mansfeld, debió de generar una fuerte sensación de meta común; la familia parece haber estado muy unida durante toda la vida de Lutero[81]. Cuando murieron sus padres, hubo algunas disputas en torno a la herencia ...