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MIS RINCONES OSCUROS

James Ellroy

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Fragmento

1

La encontraron unos niños.

Eran jugadores de la liga Babe Ruth que habían salido a lanzar unas cuantas bolas. Tres entrenadores adultos caminaban detrás de ellos.

Los chavales vieron un bulto en la franja de hiedra justo al lado del bordillo. Los hombres vieron unas perlas sueltas en la acera. Se produjo un ligero sobresalto telepático.

Clyde Warner y Dick Ginnold hicieron que los niños se retiraran un poco para evitar que mirasen desde demasiado cerca. Kendall Nungesser cruzó Tyler Avenue a la carrera en dirección a una cabina de teléfonos que había junto a la lechería.

Llamó a la Oficina del Sheriff de Temple City y le contó al sargento de guardia que había descubierto un cuerpo. Estaba allí mismo, en la carretera junto al campo de entrenamiento de béisbol del instituto Arroyo. El sargento le dijo que se quedara allí y que no tocase nada.

Se emitió el aviso por radio: 10.10 del domingo 22 de junio de 1958. Cadáver en King’s Row con Tyler Avenue, El Monte.

Un coche patrulla del sheriff llegó al lugar en menos de cinco minutos. Segundos después se presentó una unidad de la policía de El Monte.

El ayudante del sheriff Vic Cavallero reunió a los entrenadores y a los niños. El agente Dave Wire inspeccionó el cuerpo.

Se trataba de una mujer de raza caucásica. Tenía la piel muy clara y era pelirroja. Debía de rondar los cuarenta años. Se hallaba tendida boca arriba en un macizo de hiedra a escasos centímetros del bordillo de King’s Row.

El brazo derecho estaba vuelto hacia arriba. La mano descansaba en el suelo, unos pocos centímetros por encima de la cabeza. El brazo izquierdo estaba doblado por el codo y cruzaba el cuerpo a la altura de la cintura. La mano se veía crispada; las piernas, extendidas y abiertas.

Llevaba puesto un vestido azul marino ligero y de escote generoso, sin mangas. Un gabán azul oscuro con forro a juego cubría la mitad inferior de su cuerpo.

Los pies y los tobillos quedaban a la vista. El pie derecho estaba descalzo. En torno al tobillo izquierdo tenía enrollada una media de nailon.

El vestido estaba ajado y tenía los brazos cubiertos de picaduras de insectos. La lengua asomaba entre los labios y el rostro presentaba varias magulladuras. El sujetador estaba desabrochado y subido por encima de los pechos. Alrededor del cuello tenía una media de nailon y un cordel de algodón, ambos firmemente anudados.

Dave Wire habló por radio con el agente de guardia del Departamento de Policía de El Monte. Vic Cavallero llamó a la oficina de Temple. Se dio la alerta para la recogida del cuerpo:

Que venga el forense del condado de Los Ángeles. Que vengan los del Laboratorio de Criminología de la Oficina del Sheriff y el fotógrafo. Llamad a la Brigada de Homicidios y decidles que manden un equipo.

Cavallero se quedó de pie junto al cuerpo. Dave Wire se acercó a la lechería y pidió un rollo de cuerda. Cavallero lo ayudó a extenderla para establecer un perímetro protegido en torno a la escena del crimen.

Comentaron la extraña posición del cuerpo. Parecía caído al azar y, a la vez, depositado con cuidado.

Empezaron a llegar curiosos. Cavallero los obligó a retirarse hasta la acera de Tyler Avenue. Wire reparó en que había algunas perlas en la calzada y trazó un círculo de tiza en torno a cada una de ellas.

Unos coches oficiales se detuvieron ante el cordón de seguridad. Varios agentes, uniformados y de paisano, pasaron por debajo de la cuerda.

Del Departamento de Policía de El Monte: el jefe Orval Davis, el capitán Jim Bruton y el sargento Virg Ervin. De la Oficina del Sheriff de Temple: el capitán Dick Brooks, el teniente Don Mead y el sargento Don Clapp. Los ayudantes del sheriff de Temple llamados para contener a los curiosos eran policías de servicio o fuera de él.

Dave Wire midió la ubicación exacta del cuerpo: veintiún metros al oeste de la primera verja cerrada del recinto del instituto y medio metro al sur del bordillo de King’s Row. Llegó el fotógrafo policial y tomó unas fotos en perspectiva de King’s Row y del campo de deportes del instituto.

Era mediodía y el sol caía en un ángulo de noventa grados.

El fotógrafo tomó instantáneas del cuerpo desde arriba y desde los lados. Vic Cavallero le aseguró que la gente que lo había encontrado no lo había tocado. Los sargentos Ward Hallinen y Jack Lawton llegaron al lugar y se dirigieron de inmediato hacia el jefe Davis.

Davis les dijo que se encargaran del asunto, en virtud del protocolo por el que todos los asesinatos cometidos en la ciudad de El Monte eran competencia de la Brigada de Homicidios de la Oficina del Sheriff de Los Ángeles.

Hallinen se acercó al cuerpo. Lawton dibujó un plano de la zona en su libreta de notas.

Tyler Avenue iba de norte a sur. King’s Row la cortaba en el extremo sur de los terrenos escolares. King’s Row continuaba hacia el este unos ciento setenta y cinco metros y desembocaba en Cedar Avenue, que marcaba el límite oriental de los terrenos del instituto. No era más que una vía de acceso pavimentada.

El extremo de Cedar Avenue estaba cerrado por una verja. Otra valla interior resguardaba unos bungalows cerca de los edificios principales del instituto. La única manera de acceder a King’s Row era por Tyler Avenue.

King’s Row medía unos cinco metros de ancho. El campo de deportes se extendía a lo largo del límite norte. Por detrás del bordillo de la acera sur había una valla de alambre cubierta de maleza y una mata de hiedra de un metro de anchura. El cuerpo estaba situado a setenta y cinco metros al este de la esquina de Tyler y King’s Row.

El pie izquierdo de la víctima quedaba a unos cincuenta centímetros del bordillo. El peso del cuerpo había aplastado la hiedra.

Lawton y Hallinen contemplaron el cadáver. Empezaban a aparecer los primeros síntomas del rigor mortis: la mano cerrada de la víctima había quedado rígida.

Hallinen observó un anillo con una perla falsa en el dedo corazón. Lawton comentó que quizá los ayudase a identificarla.

El rostro había adquirido un ligero tono morado. Tenía toda la pinta del clásico cuerpo tirado a altas horas de la noche.

Vic Cavallero dijo a los entrenadores y a los chavales del equipo de béisbol que se fueran a casa. Dave Wire y Virg Ervin se mezclaron con los curiosos. Se presentó en el lugar el sargento Harry Andre, un tipo de Homicidios impaciente por echar una mano.

Llegaron los miembros de la prensa. Algunos agentes de Temple se acercaron en los coches patrulla para echar un vistazo a la escena del crimen. La mitad de los veintiséis hombres del Departamento de Policía de El Monte pasaron por allí. Las mujeres blancas muertas eran como un imán.

Se presentó el ayudante del forense. El fotógrafo le dijo que podía examinar a la víctima.

Hallinen y Lawton se abrieron paso hasta la primera fila para mirar. El ayudante del forense levantó el gabán y dejó al descubierto la mitad inferior del cuerpo.

No llevaba bragas, liguero ni pantis. El vestido estaba subido por encima de las caderas. Ni pantis ni zapatos. Esa media enrollada en torno al tobillo izquierdo. Magulladuras y pequeñas laceraciones en la cara interna de los muslos. Unas marcas en la cadera izquierda de haber sido arrastrada por el asfalto.

El ayudante del forense le dio la vuelta al cuerpo. El fotógrafo sacó algunas tomas de la parte posterior de la víctima. La espalda estaba húmeda de rocío y mostraba señales de lividez post mortem.

El ayudante del forense dijo que probablemente llevase muerta entre ocho y doce horas. La habían tirado allí antes del amanecer; el rocío en la espalda era un claro indicio de ello.

El fotógrafo tomó unas cuantas fotos más. El ayudante del forense y su colaborador levantaron el cuerpo. Estaba flácido, todavía lejos del rigor mortis completo. Llevaron a la víctima al furgón y la colocaron en una camilla.

Hallinen y Lawton investigaron el macizo de hiedra y el bordillo cercano.

Encontraron una antena de coche rota en la calzada, así

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