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MUCHOS CUERPOS, UNA MISMA ALMA

Brian L. Weiss

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Fragmento

Título original: Same Soul, Many Bodies

Traducción: Carlos Mayor

1.ª edición: enero 2011

© 2004 by Weiss Family Limited Partnership 1, LLP

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-666-4590-4

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

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Una única alma existe en muchos cuerpos.

Plotino

Contenido

Portadilla

Créditos

Cita

 

NOTA DEL AUTOR

PRÓLOGO

1 LA INMORTALIDAD

2 GEORGE: EL CONTROL DE LA IRA

3 VICTORIA, EVELYN Y MICHELLE: LA SALUD

4 SAMANTHA Y MAX: LA EMPATÍA

5 HUGH Y CHITRA: LA COMPASIÓN

6 PAUL: LA PACIENCIA Y LA COMPRENSIÓN

7 AMY, JOYCE, ROBERTA Y ANNE: LA NO VIOLENCIA

8 BRUCE: LAS RELACIONES PERSONALES

9 PATRICK: LA SEGURIDAD

10 JOHN: EL LIBRE ALBEDRÍO Y EL DESTINO

11 LA CONTEMPLACIÓN Y LA MEDITACIÓN

12 DAVID: LA ESPIRITUALIDAD

13 JENNIFER Y CRISTINA: EL AMOR

14 GARY: EL FUTURO

AGRADECIMIENTOS

ACERCA DEL AUTOR

NOTA DEL AUTOR

En este libro no he reproducido de forma literal las sesiones mantenidas con mis pacientes, como hacía anteriormente, ya que varios de ellos han sido reconocidos debido a que sólo cambié sus nombres. En esta ocasión me he tomado la libertad de alterar ocupaciones y profesiones, datos geográficos (ciudades, calles, etcétera) u otra información que pudiera servir para identificarles. También he modificado ligeramente el diálogo entre médico y paciente por motivos de confidencialidad. No obstante, lo que he escrito es totalmente fiel a las conversaciones mantenidas.

Sin duda, el lector podrá detectar algunos anacronismos en el diálogo, como sucedió con determinados críticos en mis anteriores libros. Para ellos, por ejemplo, la fecha de antes de Cristo que Catherine menciona en Muchas vidas, muchos maestros deja la historia sin efecto; sin embargo, para los escépticos, esta «prueba de inverosimilitud» era un detalle que no les dejaba ver el bosque. Se explica fácilmente: todos los recuerdos de mis pacientes han pasado por el filtro de las mentes del siglo xx; son conscientes del presente, aunque sus recuerdos procedan del pasado o, en el caso de este libro, del futuro.

PRÓLOGO

En los últimos tiempos, he visitado repetidamente un lugar al que antes había ido en contadas ocasiones: el futuro.

Cuando Catherine acudió a mí como paciente psiquiátrica hace veinticuatro años, recordó con asombrosa precisión las vidas anteriores que había llevado en épocas tan distantes entre sí como el segundo milenio antes de Cristo y mediados del siglo xx, y con ello cambió mi vida para siempre. Yo era psiquiatra, un científico formado en Yale y Columbia; entonces me topé con una mujer que me hablaba con todo lujo de detalles de experiencias vividas siglos atrás que no podía haber conocido en esta vida y, ayudado por otros expertos, logré darles validez. En mi «ciencia» no había nada que pudiera explicarlo. Lo único que sabía era que ella me contaba lo que realmente había visto y sentido.

A medida que avanzaba la terapia, Catherine iba recordando lecciones de los sabios (guías o espíritus incorpóreos poseedores de una gran erudición que la rodeaban cuando estaba ausente de su cuerpo), enseñanzas que desde entonces han sido trascendentales en mi pensamiento y han gobernado mi conducta. Catherine podía adentrarse tanto en el pasado y había tenido experiencias tan trascendentes que, al escucharla, me sentía envuelto en una especie de magia, en cierto misterio. Me hablaba de reinos de cuya existencia yo jamás había tenido noticia. Me llenaba de júbilo, de asombro... y de miedo. ¿Quién iba a creerme? Para empezar, ¿me lo creía yo mismo? ¿Acaso estaba loco? Parecía un chiquillo dueño de un secreto cuya revelación iba a cambiar para siempre la concepción de la vida y, pese a ello, imaginaba que nadie me creería. Tardé cuatro años en reunir el valor necesario para escribir sobre los viajes de Catherine y sobre los míos propios en Muchas vidas, muchos maestros. Temía que fuera a suponer mi expulsión del colectivo psiquiátrico, pero, al mismo tiempo, estaba cada vez más convencido de que lo que escribía era cierto.

En los años transcurridos desde entonces, mi certeza se ha visto reforzada y muchos otros, pacientes y terapeutas, han reconocido que mis descubrimientos son válidos. A estas alturas ya he ayudado a más de cuatro mil pacientes haciéndoles retroceder mediante hipnosis a sus vidas pasadas, por lo que mi sensación inicial de sorpresa ante la existencia de la reencarnación (por no decir, la fascinación que me produjo el descubrimiento) ha ido desapareciendo. Pero ahora algo vuelve a sorprenderme y, por ello, me siento muy motivado: ahora puedo transportar a mis pacientes al futuro y, además, verlo con ellos.

De hecho, una vez intenté llevar a Catherine al futuro, pero no me habló del suyo, sino del mío, y vio mi muerte con claridad (lo cual fue, como mínimo, inquietante).

—Cuando concluya tu labor terminará tu vida —me aseguró—, pero para eso falta mucho tiempo. Mucho.

Luego pasó a otro nivel y ya no descubrí nada más. Meses después, le pregunté si podíamos volver a adentrarnos en el futuro. En aquella ocasión, yo hablaba directamente con los sabios, además de con el subconsciente de Catherine, y fueron ellos los que respondieron:

—No está permitido.

Quizá ver el futuro la habría asustado demasiado. O quizá no era buen momento. Yo era joven y, probablemente, no habría reaccionado con tanta competencia como ahora ante los extraordinarios peligros que plantean las progresiones.

Para empezar, la progresión hacia el futuro resulta más difícil para el terapeuta que el retroceso al pasado, ya que el futuro aún no ha sucedido. ¿Y si lo que experimenta el paciente es fantasía, y no realidad? ¿Cómo comprobarlo? No podemos. Cuando regresamos a vidas anteriores sabemos que los hechos ya han sucedido y que, en muchos casos, pueden demostrarse, pero supongamos que una mujer en edad fértil ve que el mundo será destruido dentro de veinte años. «No pienso traer a un hijo a este mundo —se dice—. Moriría demasiado pronto.» ¿Quién puede asegurar que su visión es real? ¿Y que su decisión ha sido lógica? Tendría que ser una persona muy madura para comprender que lo que había visto podría ser una distorsión, una fantasía, una metáfora, un simbolismo, el futuro verdadero o quizás una mezcla de todas esas cosas. ¿Y qué sucedería si una persona viera su muerte dentro de dos años, pongamos que por culpa de un conductor ebrio? ¿Se alarmaría? ¿Dejaría de conducir? ¿Provocaría esa visión ataques de ansiedad? «No —me dije entonces—. Vamos a dejarlo.» Empezaron a preocuparme los vaticinios que acarreaban su propio cumplimiento y la inestabilidad de las personas. El riesgo de que alguien actuara movido por ideas erróneas era demasiado grande.

Sin embargo, en los veinticuatro años transcurridos desde lo de Catherine, algunos de mis pacientes se han adentrado en el futuro de forma espontánea, a menudo hacia el final de su terapia. Si confiaba en que fueran capaces de comprender que lo que presenciaban podría ser una fantasía, les animaba a continuar.

—Se trata de crecer y experimentar —les decía—, buscar una ayuda para tomar decisiones correctas y sensatas en el presente; pero vamos a evitar cualquier recuerdo (¡sí, recuerdos del futuro!), cualquier visión, cualquier conexión que tenga que ver con escenas de muerte o de enfermedades graves. Esto es sólo para aprender.

Y eso era precisamente lo que hacían sus mentes. El valor terapéutico era considerable. Comprobé que esos pacientes tomaban decisiones más sensatas y elegían mejor. Podían analizar una bifurcación en un futuro cercano y decirse: «¿Qué sucederá si tomo este camino? ¿Sería mejor tomar el otro?» Y, a veces, sus futuros se hacían realidad.

Algunas de las personas que recurren a mí describen acontecimientos precognitivos (es decir, saben qué va a suceder antes de que suceda). Quienes investigan las experiencias de muerte cercana escriben sobre ello; es un concepto que se remonta a tiempos prebíblicos. Pensemos en Casandra, que podía predecir el futuro con exactitud, pero a la que nadie creía.

La experiencia de una de mis pacientes demuestra la fuerza y los peligros de la precognición. Empezó a soñar con el futuro y, a menudo, lo que soñaba acababa cumpliéndose. En el sueño que la hizo acudir a mi consulta, su hijo sufría un terrible accidente de tráfico. Era «real», me decía. Lo había visto con claridad y la aterraba la idea de que su hijo pudiera morir así. No obstante, el hombre del sueño tenía el pelo cano, y su hijo era un joven moreno de veinticinco años.

—Mire —le contesté, presa de una repentina inspiración, mientras pensaba en Catherine, convencido de que mi consejo era acertado—, sé que muchos de sus sueños se han hecho realidad, pero no por ello tiene que cumplirse éste. Hay espíritus que pueden intervenir (llámelos ángeles, guardianes, guías, Dios; son energías más elevadas, conciencias superiores que nos rodean). En términos religiosos, esto se denomina «gracia», la intervención de un ser divino. Rece, envíe luz, haga lo que pueda a su manera.

Tomó mis palabras al pie de la letra y rezó, meditó, pidió un deseo, revisualizó. Pero, aun así, el accidente sobrevino.

Sin embargo, no fue mortal. No había por qué haberse alarmado. Sí, su hijo sufrió heridas en la cabeza, pero enseguida se hizo patente que no había lesiones graves. No obstante, el accidente le resultó traumático desde el punto de vista emocional, ya que, cuando los médicos retiraron los vendajes del cráneo, comprobaron que se le había encanecido el pelo.

Hasta hace unos meses, en las contadas ocasiones en que hacía progresar a mis pacientes hacia el futuro, procuraba no salir de sus propias vidas. Sólo hacía progresiones cuando creía que el paciente tenía la fortaleza psicológica necesaria para soportarlas y, muchas veces, me quedaban tantas dudas como a ellos sobre el sentido de las escenas que evocaban.

Sin embargo, la primavera pasada algo cambió mientras daba una serie de talleres a bordo de un crucero. En esas sesiones suelo hipnotizar en grupo a los asistentes para transportarlos a una vida anterior y después de vuelta al presente. Algunos retroceden en el tiempo, otros se duermen y otros se quedan como estaban, sin llegar a ser hipnotizados. En aquella ocasión, uno de los presentes (Walter, un hombre adinerado, un genio del software) hizo una progresión por sí mismo. Y no se quedó en su propia vida, ¡sino que avanzó un milenio!

Walter traspasó unas nubes oscuras y se encontró en un mundo nuevo. Había algunas zonas (por ejemplo, Oriente Próximo o el norte de África) «prohibidas», tal vez debido a la radiación o a una epidemia, pero el resto del mundo era precioso. Lo habitaban muchas menos personas, quizá por una catástrofe nuclear, o por una plaga, o porque había descendido la tasa de fertilidad. Walter se quedó en el campo, así que no pudo decir nada de las ciudades, pero la gente estaba a gusto, contenta, incluso feliz; decía que no tenía palabras para describir su estado con precisión. Lo que había provocado el descenso de población había sucedido hacía mucho tiempo, y lo que él vio resultaba idílico. No estaba seguro de la fecha, pero sí de que habían pasado más de mil años desde la actualidad.

La experiencia le ayudó emocionalmente. Era lo bastante rico para soñar con la idea de cambiar el mundo, pero, en aquel momento, comprendió que eso no está en la mano de ningún hombre. «Hay demasiados políticos —decía—, que no están abiertos a conceptos como el amor al prójimo o la responsabilidad planetaria.» Lo que de verdad importaba era el propósito de trabajar por un mundo mejor, además de los actos benéficos que él pudiera hacer en persona. Cuando regresó a esta vida, se sentía algo triste, posiblemente porque ya no estaba en aquel futuro paradisíaco, o tal vez le apenaba la calamidad que se cernía sobre nosotros y, hasta cierto punto, intuía que era algo inevitable, como nos sucede a casi todos.

Una vez despierto, describió las escenas gráficas e impactantes que había visto, las sensaciones y los sentimientos que había experimentado, uno de los motivos por los que no creo que todo sea producto de su imaginación. Sin embargo, su entusiasmo no se acercaba ni mucho menos al que sentía yo: por fin era consciente de las repercusiones. Había descubierto que pasado, presente y futuro forman un todo, y que lo que suceda en el futuro puede influir en el pasado, del mismo modo que el pasado repercute en el futuro. Aquella noche escribí lo siguiente: «Podemos adentrarnos en el futuro si lo hacemos con prudencia. El futuro, sea cercano, sea lejano, puede servirnos de guía; puede retroalimentar el presente para instigarnos ahora a elegir mejor y decidir mejor. Podemos cambiar lo que hacemos hoy en función de lo que nos diga el mañana. Y eso altera nuestros futuros, que toman una dirección más positiva.»

¡Piensen en lo que ello implica! Del mismo modo que hemos tenido un número limitado de vidas pasadas, tendremos una cantidad finita de vidas futuras. Conocer lo que ya ha sucedido y lo que va a suceder puede permitirnos determinar el futuro del mundo y también nuestros propios futuros. Esto enlaza con el antiguo concepto de karma: se cosecha lo que se siembra. Si plantamos mejores semillas, si mejoramos los cultivos, si hacemos mejores acciones, nos veremos recompensados en las recolecciones futuras.

Desde entonces, he progresado a muchas otras personas. Algunas han avanzado en sus propias vidas, otras en el futuro del planeta. La ciencia ficción, el cumplimiento de los deseos y la imaginación: todos ellos son explicaciones factibles para lo que han visto mis pacientes, aunque también cabe la posibilidad de que en verdad hayan estado allí. Quizá la gran lección que puedo extraer de esta vida es qué nos reserva el futuro y cómo podemos influir todos en él. Dicha información (al menos la que poseo en este momento) influirá en mis próximas vidas, y en las de ustedes, al realizar nuestro viaje rumbo a la inmortalidad.

La flexibilidad del futuro y nuestra presencia en él son los conceptos que se tratan en este libro. La compasión, la empatía, la no violencia, la paciencia y la espiritualidad son lecciones vitales que todos debemos aprender. En esta obra voy a mostrarles, con los ejemplos de algunos de mis pacientes más destacables, por qué son tan importantes, y también voy a añadir algunos ejercicios sencillos para empezar a enseñarles cómo interiorizarlas a lo largo de su existencia. Puede que algunos de ustedes lleguen a experimentar regresiones, pero no se desanimen si no es así, ya que, si aprenden estas lecciones, esta vida y las que lleven en el futuro serán más felices, más fáciles y más ricas desde el punto de vista emocional, y se sentirán más realizados. Es más, si todos nosotros logramos interiorizar esas enseñanzas, el futuro en sí será mejor para la humanidad como colectivo, ya que, seamos o no conscientes de ello, todos luchamos para alcanzar el objetivo final, que es el Amor con mayúscula.

1
LA INMORTALIDAD

Todos somos inmortales.

No me refiero simplemente a que, antes de morir, transmitimos nuestros genes, nuestras convicciones, nuestras peculiaridades y nuestras costumbres a nuestros hijos, y ellos, a su vez, a los suyos; aunque, desde luego, esto es así. Tampoco me refiero a que nuestros logros (la obra de arte, el invento para la confección de zapatos, la idea revolucionaria, la receta para hacer tarta de arándanos) nos sobreviven, aunque, desde luego, esto también es así. Lo que quiero decir es que la parte más importante del ser humano, el alma, vive eternamente.

Sigmund Freud afirmó que la mente funcionaba en distintos niveles. Entre ellos, está lo que él denominó el inconsciente, del que, como su propio nombre indica, no somos conscientes, y que almacena toda nuestra experiencia y nos empuja a actuar como actuamos, a pensar como pensamos, a responder como respondemos y a sentir como sentimos. Freud comprobó que sólo si accedemos al inconsciente podemos descubrir quiénes somos para, con ello, alcanzar la curación. Hay quien ha escrito que eso es precisamente el alma, el inconsciente de Freud. Y en mi trabajo de regresión, y últimamente de progresión, de pacientes a sus vidas pasadas y futuras para que puedan curarse con más facilidad, esto es también lo que veo: el funcionamiento del alma inmortal.

Creo que todos poseemos un alma que existe después de la muerte del cuerpo físico y que regresa una y otra vez a otros cuerpos en un intento progresivo de alcanzar un plano superior. (Una de las preguntas que surgen con frecuencia es: «¿De dónde salen las almas, si ahora hay mucha más gente que cuando se creó el mundo?» Una respuesta sería que hay numerosas dimensiones en las que viven las almas, que no sólo existen en la Tierra; si la población del planeta se reduce en el futuro, las almas pasarán a otras esferas.) Esto no puede demostrarse de forma empírica; el alma no tiene ADN o, al menos, no tiene un ADN físico como el que describieron Crick y Watson. Sin embargo, los casos de los que se tiene conocimiento son abrumadores y, para mí, sin lugar a dudas, concluyentes. Lo he visto casi todos los días desde que Catherine me llevó con ella hasta momentos del pasado tan dispares como la Arabia del año 1863 antes de Cristo o la España de 1756.

Por ejemplo, tenemos a Elizabeth y a Pedro (Lazos de amor), que se habían amado en vidas anteriores y se reencontraron en la presente; a Linda (A través del tiempo), guillotinada en Escocia, casada en Italia siglos después con el que ha sido su abuelo en esta vida, y anciana más tarde en Holanda, rodeada por su extensa y querida familia; a Dan, y a Laura y a Hope (Los mensajes de los sabios), y a unos cuatro mil más (sobre algunos he escrito, sobre muchos, no) cuyas almas han recorrido vidas pasadas y han llevado consigo su parte inmortal hasta el presente.

(Algunos de esos pacientes recordaban idiomas que habían hablado en vidas anteriores y que en ésta jamás habían aprendido o estudiado, un fenómeno conocido como xenoglosia que supone una «prueba» importante de que lo que relataban era cierto.)

Cuando mis pacientes se veían en otras vidas, los traumas que les habían conducido hasta mí quedaban mitigados y, en algunos casos, llegaban a desaparecer. Ése es, pues, uno de los propósitos fundamentales del alma: progresar hacia la curación.

Si fuera yo el único que hubiera visto esos casos, el lector tendría razón al creer que sufro alucinaciones o que he perdido el juicio; pero no: hace miles de años que los budistas y los hindúes acumulan casos sobre vidas pasadas, la reencarnación se mencionaba en el Nuevo Testamento hasta tiempos de Constantino, cuando los romanos la censuraron, y hasta es posible que el propio Jesús creyera en ella, ya que preguntó a los apóstoles si reconocían en san Juan Bautista al profeta Elías, que había vivido novecientos años antes, resucitado. De hecho, se trata de un principio esencial del misticismo judío; en algunas sectas se enseñaba de forma habitual hasta principios del siglo xix.

Cientos de terapeutas han grabado miles de sesiones sobre vidas pasadas, y muchas de las experiencias de sus pacientes se han comprobado. Yo mismo he verificado detalles y hechos concretos de los recuerdos de vidas anteriores de Catherine y otros pacientes, información precisa que resulta imposible atribuir a la «falsa memoria» o a la fantasía. Ya no dudo de que la reencarnación es real. Nuestras almas han vivido antes y volverán a vivir. Ésa es nuestra inmortalidad.

Justo antes de morir, el alma, esa parte del ser que es consciente cuando abandona el cuerpo, se detiene durante un instante, flotando en el aire. En ese estado, puede diferenciar el color, escuchar voces, identificar objetos y repasar la vida que acaba de dejar atrás. Ese fenómeno se conoce como «experiencia extracorporal» y se ha documentado en miles de ocasiones; son especialmente conocidos los casos de Elizabeth Kubler-Ross y Raymond Moody. Todos lo experimentamos al morir, pero son pocos los que han regresado a la vida presente para contarlo.

Uno de esos casos me lo relató (y yo lo mencioné brevemente en Lazos de amor) no la propia paciente, sino su cardiólogo del Centro Médico Monte Sinaí de Miami, un científico, un hombre muy académico y con los pies en el suelo. La enferma, una anciana diabética, estaba ingresada para hacerse unas pruebas cuando sufrió un paro cardíaco (sencillamente, el corazón dejó de latir) y entró en coma. Los médicos no eran nada optimistas, pero aun así se esforzaron denodadamente por revivirla y llamaron a su cardiólogo para que les ayudara. El especialista entró corriendo en la UCI y se le cayó un bolígrafo de oro de aspecto bastante inusual, que fue rodando por toda la habitación hasta detenerse bajo una ventana. Durante una corta pausa en el proceso de reanimación lo recogió.

Según contó la mujer, mientras el equipo médico intentaba salvarla, salió flotando de su cuerpo y contempló toda la escena desde un punto situado sobre el carrito de las medicinas, cerca de la ventana. Naturalmente, lo observaba todo con detenimiento, porque veía que los médicos intentaban salvarle la vida. Estaba deseando llamarles, decirles que se encontraba bien y que no tenían que trabajar con tanta desesperación, pero sabía que no la oirían; cuando intentó darle un golpecito en el hombro a su cardiólogo para reconfortarlo, lo atravesó con la mano y no sintió nada. Veía todo lo que sucedía en torno a su cuerpo, oía todo lo que decían los médicos y, sin embargo, por mucho que lo intentara, no conseguía que la escucharan.

Los esfuerzos de los doctores surtieron efecto. La mujer regresó a la vida.

—He seguido todo el proceso —le dijo a su cardiólogo, que se quedó atónito.

—No puede ser. Estaba inconsciente. ¡Estaba en coma!

—El bolígrafo que se le ha caído es muy bonito —replicó ella—. Debe de ser muy caro.

—¿Lo ha visto?

—Acabo de decírselo —respondió, y pasó a describir el bolígrafo, la ropa de los médicos y las enfermeras, la sucesión de gente que había entrado y salido de la UCI y lo que había hecho cada uno, cosas que no podría haber sabido alguien que no hubiera estado presente.

El cardiólogo seguía impresionado pasados unos días, cuando me lo contó. Me confirmó que todo lo que había dicho la anciana había sucedido realmente y que sus descripciones habían sido del todo exactas. Sin embargo, no cabía duda de que había estado inconsciente; es más, ¡hacía más de cinco años que había perdido la vista! La que veía era su alma, no su cuerpo.

Desde entonces, ese mismo cardiólogo me ha hablado de varios pacientes que, antes de morir, habían visto a personas conocidas y fallecidas hacía mucho tiempo que los esperaban para acompañarlos al otro lado. Se trataba de enfermos que no tomaban ningún tipo de medicación y que, por lo tanto, estaban lúcidos. Uno contó que su abuela esperaba sentada tranquilamente en una silla de la habitación del hospital a que llegara la hora de su nieto. Otra recibió la visita de su hijo, que había muerto de niño. El cardiólogo observó que, entre sus pacientes, la muerte se afrontaba con calma, con serenidad. Aprendió a decirles: «Me interesa mucho lo que usted sienta y experimente. Por muy extraño que le parezca, no se preocupe, puede hablar conmigo.» Cuando se lo contaban, perdían el miedo a la muerte.

Lo más habitual es que las personas que pasan por una reanimación afirmen haber visto luz, por lo general dorada y a lo lejos, como si estuviera al final de un túnel. Nancy Snyderman, una doctora que trabaja como periodista especializada en temas médicos para la cadena televisiva ABC, me permitió hacerle una regresión como demostración y describió su vida como granjera en las grandes llanuras de Estados Unidos en el siglo xix. Al final de su larga existencia, quedó flotando por encima de su cuerpo, observándolo a distancia. Luego tuvo la sensación de que la llamaba una luz, en su caso azul, y de que cada vez se alejaba más de su cuerpo para acercarse a una nueva vida, una vida que aún no estaba clara. Se trata de una típica experiencia de muerte cercana, casi un relato de manual, aunque con una salvedad: Nancy relataba la experiencia de alguien (ella misma en otra vida) que llevaba más de cien años muerto.

¿Adónde se dirige el alma tras abandonar el cuerpo? No estoy seguro; puede que no exista la palabra adecuada para designar ese lugar. Yo digo que es otra dimensión, un estado de conciencia superior. Está claro que el alma existe fuera del cuerpo físico y que establece conexiones no sólo con las demás vidas de la persona que acaba de abandonar, sino con todas las demás almas. Morimos físicamente, pero esa parte de nuestro ser es indestructible e inmortal. El alma es eterna. Probablemente, en el fondo, exista sólo un alma, una energía. Mucha gente lo llama Dios; otros, amor. Pero tampoco es el nombre lo que importa.

Yo entiendo el alma como una entidad energética que se fusiona con la energía universal y que después vuelve a separarse, intacta, al regresar a una nueva vida. Antes de fundirse con el alma única, contempla desde lo alto el cuerpo que acaba de abandonar y hace lo que yo denomino una evaluación vital, un repaso de la vida que acaba de abandonar. La evaluación se realiza con espíritu de bondad afectuosa y cariño. No se trata de castigar, sino de aprender.

El alma registra las experiencias. Siente el aprecio y la gratitud de todas aquellas personas a las que uno ha ayudado en la vida, y de todos aquellos seres a los que ha amado, con más intensidad ahora que ha abandonado el cuerpo. Del mismo modo, siente el dolor, la rabia y la desesperación de todos aquellos a los que ha hecho daño o traicionado, tam ...