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MUJERES EN PIE DE GUERRA

Susana Koska

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Fragmento

Presentación

Arrancaba el siglo y yo escribí este mismo enunciado en una hoja en blanco. Lo escribí para dar inicio a lo que me hervía dentro, aunque no sabía ni cómo se llamaba. La verdad es que hoy tampoco lo sé, pero me siento en la obligación de escribir unas palabras que os guíen, para poder entender lo que viene. Lo que sí sé es que mezclar la Historia con mi historia me resulta difícil, como si tuviera que quitarme la piel a tiras.

Ya ni sé por qué, pero arrancó el siglo y fui dando pasos, cortos, escasos y patosos en mi relato. Pasos a la deriva. Entrando y saliendo de charcos, enfrentándome a las dificultades propias de toda tentativa. No fue hasta que conocí a Antonina Rodrigo cuando por fin me puse en el camino de baldosas amarillas.

Ella ha sido y es mi maestra. Me adoptó a la primera, sin parar mientes en el fardo que se cargaba al hombro. Ella me enseñó a buscar en los archivos y a fijarme en lo pequeño, en lo que no se dice, o se dice a media voz, o se dice en la cocina, donde hemos reinado las mujeres y desde donde hemos empujado el mundo sin que se contase con nosotras. Esas mujeres de Martín Gaite, de Rodoreda o de Aldecoa, ventaneras, que parece que no se están enterando de nada cuando en realidad se dan cuenta de todo.

Me he desviado muchas veces, pero siempre vuelvo a él y aquí sigo. Mi camino de baldosas amarillas.

Yo era «la pequeña» (en mi casa lo soy y lo seré por siempre). La verdad es que no sé más que empezar por mí y con eso me hago responsable de estos actos, guste o no.

A las mujeres de mi familia les gusta contar batallitas, cuentos, estampas, y hablo en presente porque las que quedamos seguimos practicando. Me alimentaron con ellas sin saber que, con la tontería, íbamos a llegar hasta aquí.

Agosto

Mi madre y mi tía Rosa, de punta en blanco, dando una vuelta por el Espolón del bracete, como cuando eran jóvenes de zapato Gilda. Yo, feliz, con mi bollo de leche bien cargado de azúcar glas de La Exquisita. Con el calor sofocante del verano era inevitable el recuerdo de los días del hambre, de las croquetas de aire, del frío miserable de aquella ciudad de provincias desgarrada por la guerra. De aquella amiga de mi madre que tenía la nariz torcida, decían, porque su padre le tiró un chusco de pan tan duro que al acertarle en plena cara le torció la nariz. Del pan blanco del estraperlo y del día en que mis tíos volvieron de Francia, a punto de cerrarse las fronteras europeas, cuando en casa todavía no había mantas y lo único que las protegía del frío eran los capotes militares que cosía mi abuela Ángela y mi tía Juanita, su única forma de subsistencia y abrigo en invierno.

Estos recuerdos, supe después que comunes para muchos, este tapiz de puntadas dolorosas me persiguió siempre. ¿Qué fue de los tuyos en la Guerra Civil? A mí me gustaba sentarme a escuchar esas historias que no encontraba en los libros de texto y una y otra vez acudía a ellas, a mi madre y a mi tía, cuando quería saber cómo fue la vida de una niña de la guerra, superviviente de las bombas de la Legión Cóndor.

Nunca me he sentido historiadora, ni lo soy, así que este es un libro de historia oral, la historia de los que no tenemos papel que nos certifique la mayúscula.

Asumo, como Hildegarda von Bingen, que soy iletrada, y cuento lo que me contaron tal y como me lo contaron.

Mujeres en pie de guerra fue documental en 2004, una época de búsquedas, de encuentros y desencuentros, amor, descubrimientos terribles, cartas, confidencias aterradoras en taxis, en bares, en casas de barrios que desconocía y por los que siempre me perdía. Fotos en blanco y negro que encerraban una historia enorme, inabarcable. Una crónica sentimental de aquello de «¿Qué fue de los tuyos en la Guerra Civil?». Yo fui sumando y aprendiendo y escuchando y copiando, con vocación de escriba, a juzgar por la cantidad de material guardado.

Viajes en el tiempo y viajes hacia dentro. Descubrí la historia de los míos, los de casa y los de casas ajenas. Rojas y azules. Me aprendí la guerra desde la palabra viva, desde el cuerpo a cuerpo, sin poder quitarme el abrigo de aprendiz de Stanislavsky. Será mi alma rusa, digo yo.

Mujeres en pie de guerra cambió mi vida, me hizo crecer a punta de palabra, a golpe de verdad, a base de compromiso. Compromiso con hacernos visibles, compromiso con nuestro género, sin género de dudas. Compromiso con la historia, con la Revolución, con su época, con su generación. Fueron jóvenes, entusiastas, sin reglas, garantes de un futuro luminoso, y todo por el bien de la Humanidad.

Y puestos a perder, perdiendo todos la guerra, las mujeres perdieron más. Perdieron sus derechos fundamentales, perdieron la identidad, perdieron la vida, perdieron la posibilidad de crecer, de mejorar, de progresar. Perdieron visibilidad al convertirse en víctimas eternas, vestidas de negro, llorando a sus muertos y cuidando a los vivos, sin salir de la cocina.

Mujeres en pie de guerra hizo un largo camino y yo fui andando a su lado, en universidades y bibliotecas, colegios y asociaciones de mujeres, casas de cultura en pueblos decididamente pequeños. También en festivales, algunos de ellos internacionales, donde el desgarro no dejaba de emocionarme.

Tras todo ello, me sentí con el testigo en la mano, con la obligación de hacer los deberes. Y así, por ley de vida, se fueron marchando Sara, Rosa, Teresa, Trini, Josefina. Por ley de vida me fueron cayendo uno tras otro los golpes de la madurez y en cada ocasión me levanté como pude. La lección, como decía Josefina, consistía en convertir los limones en limonadas, una ardua lección, pero yo la llevaba bien aprendida porque mis maestras han sido excepcionales. A ver quién es la guapa que se queja de algo después de escucharlas a ellas.

Han pasado diecisiete años y casi el mismo número de vidas. Supongo que me ha llegado el momento de abrir mi caja de Pandor

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