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NANA

Émile Zola

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Los orígenes

En las primerísimas notas preparatorias para los Rougon-Macquart, Zola hace de sociólogo, a imitación tal vez del Balzac de La muchacha de los ojos de oro. Pero mientras este simbolizaba por medio de círculos superpuestos la distribución de la sociedad parisina en categorías sociales, Zola distingue «mundos»: cuatro mundos fundamentales —el pueblo, los comerciantes, la burguesía, la alta sociedad— y un «mundo aparte», al que pertenecen los que hoy llamaríamos «los marginados». La concepción zoliana de la marginalidad es bastante peculiar, puesto que en ella reúne al asesino, al sacerdote, al artista… y a «la puta». La puta, primera figura de Nana en la arqueología de los Rougon-Macquart.

Unos meses más tarde, cuando aparece el primer proyecto de los Rougon-Macquart en diez novelas, reserva un papel para el mismo arquetipo, denominado más poéticamente «mi cortesana». Y por último, el primer plan razonado, más explícito, enviado al editor Albert Lacroix prevé (en palabras claramente inspiradas en Taine) «una novela que tiene por marco el mundo galante y cuya heroína es Louise Duval, la hija de un matrimonio de obreros. Como producto de los Goiraud, gente sumergida en el placer exacerbado, es un engendro social; como producto de los Bergasse, gente corrompida por los vicios de la miseria, es una criatura podrida y dañina para la sociedad. Además del hecho hereditario, existe en ambos casos una influencia fatal del ambiente de la época. Louise es lo que llamamos “una mantenida de altos vuelos”. Retrato del mundo en el que viven esas muchachas. Drama desgarrador de una vida de mujer perdida por un deseo insaciable de lujo y de placeres fáciles».

La transposición de nombres resulta sencilla. Louise Duval = Anna Coupeau. Goiraud = Rougon. Bergasse = Macquart. La mantenida de altos vuelos será la hija de Gervaise Macquart y de Coupeau, el matrimonio de obreros. Zola respetará exactamente su programa en cuanto a esas relaciones de parentesco.

El tema de Nana no es nuevo. Son innumerables las cortesanas de la novela francesa, campesinas pervertidas, actrices tísicas, muchachas seducidas y abandonadas luego a su suerte… Zola tiene como precedentes al abate Prévost, a Alexandre Dumas o a Victor Hugo. No obstante, el Segundo Imperio le dio un nuevo lustre a esta figura, tanto en la realidad como en la ficción. Se trata de una época y de una sociedad en la que el comercio de la galantería ha prosperado y abarca todas las categorías: favoritas de altos vuelos que se mueven en el entorno más cercano del emperador; actrices de operetas; amantes de príncipes y banqueros; mantenidas enriquecidas que poseen coche, vivienda propia y criadas, como esa Païva de la que hablan los Goncourt en su diario; antiguas modistillas convertidas en cortesanas; prostitutas de los bulevares, de las orillas del Marne o de los figones, que aparecen en los libros de Alfred Delvau, y que también encontraremos en La jauría de Zola, La ramera Elisa de Goncourt, o A la deriva de Huysmans. Ahora bien, mientras que la prostituta de la generación romántica era de naturaleza sentimental, frágil, seductora y al tiempo digna de compasión, la cortesana imperial, al menos dentro del ámbito de la novela y del teatro, ganó en audacia y en descaro, así como en un estilo de vida lleno de lujos.

La evolución de este tipo de mujeres se percibe en la propia obra de Zola. Laurence, el personaje femenino principal de La confesión de Claude, su primera novela (1865), es una joven prostituta de los bajos fondos; al igual que Madeleine, heroína de un drama en tres actos que Zola intenta en vano representar en 1866, y que luego utilizará como argumento de Madeleine Férat (1868). Madeleine y Laurence son dos pobres muchachas, amargada y cínica la una, lastimosa la otra. Son los únicos tipos de prostituta que Zola conoce en la época de sus tímidos comienzos. En cambio, en los tres últimos años del Segundo Imperio, su experiencia del mundo se amplía. Convertido en periodista, crítico literario y teatral y asiduo del bulevar y de Batignolles, descubre otra clase de prostitución: la cortesana, que tiene libre acceso a los cafés de moda y a los pequeños teatros, y que a veces consigue «hacer carrera» en el entorno de los príncipes. Puede percibirse el cambio de temas y de tonos si comparamos, por ejemplo, La confesión de Claude con La jauría (1871).

Zola no tiene el mérito de la originalidad. La figura de la cortesana es un estereotipo literario, al menos como personaje característico de la «fiesta» parisina. Existen especialistas del género: los redactores de Le Figaro, Alfred Delvau (Les plaisirs de Paris, 1867), Arsène Houssaye (Les courtisanes du monde, 1870). Se establecen clasificaciones, utilizando todas las metáforas que permite el decoro de un lenguaje menos audaz que el nuestro en este ámbito: las amazonas de París, las juguetonas, las bellas pecadoras, las damas de Risquenville, las devoradoras de hombres, las damas del lago, las vividoras, las gatitas de esos señores… Todo esto a la manera de la opereta y del sobrentendido pícaro.

Pero a Zola no le va la sonrisa fácil. Él prefiere tratar ese tema de moda desde otro enfoque: no en clave de humor ni tampoco en clave moralista, sino como sociólogo, como «anatomista», por emplear una imagen de la época. Le horrorizan «eso

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