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NUEVA HISTORIA DE LA REVOLUCIóN RUSA

Sean McMeekin

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Fragmento

NOTA SOBRE NOMBRES, FECHAS, TRADUCCIONES Y TRANSLITERACIONES

 

 

 

La Revolución rusa, al igual que las dos guerras mundiales del siglo XX, causó estragos en el ámbito de los nombres, pues ciudades y regiones enteras pasaron de un imperio a otro, dejaron de formar parte de imperios para convertirse en Estados-nación y, en ocasiones, volvieron a formar parte de territorios imperiales. Curiosamente, Moscú no se vio afectada por esta revolución en la forma de referirse a determinados topónimos, pero es un caso aislado en un tablero cuyo estudio suscita dolor de cabeza. En la mayor parte del presente libro se habla de Petrogrado, nombre que ostentó la antigua San Petersburgo entre 1914 y 1924 antes de convertirse en Leningrado. En el caso de otras ciudades, utilizo los nombres de la época e incluyo su denominación actual entre paréntesis; por ejemplo, Reval (Tallin) o Tartu (Dorpat). En casos políticamente más sensibles, doy tres versiones diferentes, como cuando hablo de Lemberg (Lvov/Lviv). En el periodo que cubre este libro, hasta los funcionarios del gobierno otomano denominaban Constantinopla a lo que hoy es Estambul, y, por tanto, utilizo el nombre que recibía en la época. Aunque la República de Turquía no existió oficialmente hasta 1923, cuando quiero referirme a épocas anteriores a esa fecha hablo de Turquía o del Imperio otomano indistintamente, como hacían por entonces muchos turcos y la mayoría de los rusos y europeos.

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Las fechas son un problema especialmente importante en la historia moderna de Rusia, porque el calendario juliano, que aún se utilizaba allí, llevaba doce o trece días de retraso con respecto al calendario gregoriano de uso común en Occidente, que los bolcheviques adoptaron en enero de 1918, en pleno drama revolucionario ruso. Cuando indico fechas destacadas de la historia rusa o de la europea anteriores a ese año, procuro ofrecer ambas; por ejemplo: 1/14 de 1916, donde 1 es la fecha del calendario juliano y 14, la del gregoriano. En 1917, año en el que hay que mencionar muchas fechas y que, en el contexto ruso, es de vital importancia, me ciño al calendario juliano para no crear confusión en relación con los meses que forman parte de la terminología revolucionaria (revolución de Febrero, días de Abril y Julio, revolución de Octubre). Vuelvo al calendario gregoriano a partir de la fecha en que fue adoptado por los bolcheviques, a mediados de enero de 1918. Iré advirtiendo al lector del momento en el que ocurren estos cambios.

En cuanto a la transliteración de los nombres rusos, pido disculpas a los expertos, pues a veces difiero ligeramente del sistema establecido por la Biblioteca del Congreso. Con ello he pretendido que estos se lean y recuerden lo más fácilmente posible; pero, puesto que una coherencia absoluta es de todo punto imposible, he procurado que prevalezca siempre el sentido común(1).

A menos que se indique o que esté citando un texto traducido, las traducciones del francés, alemán, ruso y turco son mías.

INTRODUCCIÓN

EL PRIMER SIGLO DE LA REVOLUCIÓN RUSA

 

 

 

Al igual que 1789, el año en que estalló la Revolución francesa, 1917 forma parte de ese léxico asociado a fechas de la historia mundial que todo ciudadano culto debería recordar. Sin embargo, existen profundos desacuerdos en torno al significado de 1917, sobre todo porque ese año funesto hubo dos revoluciones en Rusia. En la revolución de Febrero se derrocó a la monarquía y se abrió un interregno de gobiernos mixtos, liberales y socialistas, al que puso fin la revolución de Octubre, en la que el partido bolchevique de Lenin impuso una dictadura comunista y proclamó la revolución mundial contra el «capitalismo» y el «imperialismo». Ambas derivas fueron lo suficientemente significativas como para dedicarles un estudio histórico serio. Consideradas en conjunto, constituyen un suceso transcendental de la historia contemporánea, que introdujo el comunismo en el mundo y sentó las bases de décadas de un conflicto ideológico que culminaría en la Guerra Fría (1945-1991).

Como los bolcheviques eran marxistas, ha sido el lenguaje marxista el que durante mucho tiempo ha dado color a nuestra forma de entender la Revolución rusa: de la idea de la lucha de clases entre «proletarios» y clases gobernantes «capitalistas» a la evolución dialéctica desde una revolución «burguesa» hasta una socialista. En los años de la Guerra Fría, incluso los historiadores no marxistas tendían a aceptar el marco marxista básico para debatir en torno a la Revolución rusa y se centraban en asuntos como el atraso económico del país comparado con países occidentales más avanzados, las etapas de su salida del feudalismo, su desarrollo industrial «tardío» o su estructura social asimétrica y desigualitaria. En un reputado manual universitario, The Russian Revolution, de fecha tan atrasada como 1982, Sheila Fitzpatrick afirma inequívocamente que el objetivo de Lenin durante la revolución de Octubre era «el derrocamiento de la burguesía por parte del proletariado»[1].

Esta forma relativamente acrítica de estudiar la Revolución rusa resultó ser sorprendentemente resistente al cambio a lo largo de las décadas, en parte porque los grandes escritores anticomunistas de los años de la Guerra Fría, como George Orwell, Alexandr Solzhenitsin o Robert Conquest, se centraron en el comunismo de la época de «madurez» estalinista de las décadas de 1930 y 1940, no en sus orígenes revolucionarios. Ciertamente se publicaron estudios muy serios en torno a la revolución de Febrero, como, por ejemplo, Russia 1917, de George Katkov (1967), o The February Revolution (1981), de Tsuyoshi Hasegawa. Sin embargo, el primer estudio serio sobre las dos revoluciones de 1917 consideradas en su conjunto es La Revolución rusa (1990), de Richard Pipes. Según él, lo que ocurrió durante el Octubre rojo no fue una revolución, un movimiento popular, sino un golpe de Estado realizado desde arriba, «la toma del poder por parte de una pequeña minoría». Lejos de ser fruto de la evolución social, la lucha de clases, el desarrollo económico u otras fuerzas inexorables de la historia defendidas por la teoría marxista, la Revolución rusa la llevaron a cabo «personas con nombres y apellidos que perseguían sus propios intereses» y, por tanto, «podemos emitir juicios de valor sobre ella». El dictamen de Pipes sobre estas personas es demoledor[2].

El estudio revisionista de Pipes se publicó en pleno proceso de colapso de la Unión Soviética y fue como una bola de demolición que echó por tierra toda esperanza de que el Partido Comunista Ruso pudiera alegar legitimidad democrática, popular o moral. Convocaron a Pipes como perito en los juicios, a la manera de Núremberg (interrumpidos rápidamente), celebrados en 1992 durante el gobierno poscomunista del presidente Borís Yeltsin. Aunque muchos especialistas soviéticos se mofaron del relato revisionista de Pipes, que consideraban totalmente parcial (Pipes había sido asesor de la Administración de Reagan entre 1981 y 1982), nadie pudo ignorarlo. En los largos debates sobre el comunismo entre simpatizantes y «caballeros de la Guerra Fría», los simpatizantes siempre acababan a la defensiva cuando no directamente derrotados.

Un cuarto de siglo después, todo indica que estamos ante un nuevo giro. El éxito de ventas internacional de obras como El capital en el siglo XXI (2013), de Thomas Piketty, unido a la popularidad de la que gozan socialistas como Bernie Sanders, a quien votan los jóvenes en un Estados Unidos tradicionalmente hostil al socialismo, sugieren que tal vez asistamos a un sorprendente resurgir de Marx. En opinión de los «marxistas millennials», como denomina la revista The Nation a estos nuevos activistas movidos por la «plaga de la desigualdad», el desastre financiero de 2008 ha tenido mayores repercusiones que la caída del muro de Berlín en 1989, símbolo del fin del comunismo en Europa del Este, o que el derrumbe de la Unión Soviética en 1991[3]. Efectivamente, muchos indicadores (como el coeficiente de Gini) demuestran que la desigualdad está incrementándose rápidamente en los países de Occidente, lo que proporciona munición a los cada vez más numerosos críticos del capitalismo. Si los jóvenes historiadores reviven el viejo sueño de la revolución socialista, es de esperar que publiquen libros contrarrevisionistas sobre la historia del comunismo.

Un hecho tan relevante como la Revolución rusa siempre ocupará un lugar en el debate político; se lo distorsiona, señalando que se trató de una transformación que hizo época bien al liberar a los oprimidos obreros y campesinos de Rusia («paz, tierra y pan») o bien al esclavizarlos, dependiendo de la tendencia política que se defienda. Por muy edificantes que resulten estas parábolas, tienen poco que ver con los sucesos reales de 1917 que intentan reconstruir los historiadores con acceso a la documentación original tras la caída de la Unión Soviética y la apertura de los archivos rusos.

Puesto que, afortunadamente, ya ha terminado la Guerra Fría, podemos analizar la Revolución más desapasionadamente, como un hecho histórico concreto, controvertido y de gran importancia por su duradero impacto sobre la política mundial, pero digno de ser estudiado en sus propios términos al margen de nuestros prejuicios actuales. A lo largo de las décadas, a medida que evolucionaba el interés de los historiadores, hemos ido reemplazando nuestros recuerdos distorsionados de lo sucedido por anécdotas que expresan verdades a medias y por relatos sobre la Revolución que discurren por caminos trillados y que se repiten una y otra vez. Ha llegado la hora de descender del empíreo de la argumentación ideológica en torno a 1917 y volver al sólido terreno de los hechos. Recuperar las fuentes originales nos permite redescubrir la Revolución en tiempo real y desde la perspectiva de actores claves que no sabían cómo acabaría la historia cuando actuaban.

La mayor revelación aportada por los archivos rusos es muy simple. Según las fuentes documentales de la época, el hecho más significativo en la Rusia de 1917 era que el país estaba en guerra. Por alguna razón este hecho tan obvio quedó oscurecido por una avalancha de argumentos históricos sobre la tradición política autocrática de Rusia: el «atraso económico ruso», los campesinos y la cuestión agraria, las estadísticas industriales, las huelgas, el trabajo, el marxismo, los bolcheviques, los mencheviques y los socialistas revolucionarios con sus doctrinas enfrentadas, etcétera, y ha habido que redescubrirlo en el telón de fondo de los acontecimientos[4].

Por suerte para los historiadores de la Revolución, en los años transcurridos desde 1991 se ha dado un gran impulso a las investigaciones sobre la actuación militar de Rusia durante la I Guerra Mundial (1914-1917), un tema de estudio tabú en tiempos soviéticos por los vínculos existentes entre Lenin y Alemania y por su controvertida decisión de solicitar a Berlín la paz por separado en noviembre de 1917. Resulta que los ejércitos rusos no se encontraban tan irremediablemente sobrepasados por los alemanes en el frente oriental como creíamos. Según los informes de los censores militares que acabamos de redescubrir, es errónea la idea, mencionada en prácticamente todas las historias de la Revolución, de que existía una profunda insatisfacción entre las tropas en el invierno de 1916-1917. Su moral era alta, entre otras cosas porque los soldados-campesinos rusos estaban mucho mejor alimentados que sus enemigos alemanes.

Los datos económicos arrojan un resultado similar. Las pruebas que obran en nuestro poder demuestran que no hubo un colapso general que culminara en la revolución de Febrero; todo lo contrario, las cifras reflejan un gran (aunque inflacionario) boom de la economía de guerra. Hubo crisis durante la gran retirada rusa de 1915, cuando todo indicaba que la falta de munición acabaría con el esfuerzo bélico ruso, pero la superaron brillantemente en 1916, un año en el que se dispararon los índices de producción industrial y los ejércitos rusos ganaron terreno en todos los frentes. Un análisis más detallado también parece indicar que la famosa escasez de pan en Petrogrado durante el invierno de 1917 constituye un mito.

A medida que los actores políticos van emergiendo o desapareciendo del escenario de la historia de la Revolución cambian hasta los nombres importantes. Muchos historiadores han subestimado la importancia del legendario Rasputín, pero ahora parece que, después de todo, había algo de verdad en los rumores sensacionalistas: miembros de la alta sociedad rusa, políticos liberales, espías aliados y mandos veteranos del ejército intentaron arrebatar el poder o asesinar al influyente campesino-sanador del zar. Mijaíl Rodzianko, presidente de la Duma estatal y el político más famoso de Rusia a principios de 1917, dejó de ser una celebridad con el paso de las décadas y hoy solo se le recuerda por haber desempeñado un modesto papel durante la revolución de Febrero, que apenas merece algo más que una mención en la mayoría de los manuales de historia. Actualmente sabemos, sin embargo, que fue el actor clave de este drama. Trotski y Stalin estuvieron en el centro del escenario durante la acción revolucionaria, tanto en 1905 como en 1917, y se han ganado su celebridad. En cambio, Lenin, el fundador exiliado del partido bolchevique, tuvo muy poco que ver con los sucesos de 1905 y apenas atrajo la atención de la policía zarista hasta su regreso a Rusia en abril de 1917, tras una ausencia de casi dos décadas. Aun así, de no haber sido por sus contactos, Lenin hubiera tenido un impacto modesto en la escena política. Los alemanes le proveyeron de los fondos necesarios para hacer propaganda entre las tropas del ejército ruso, en una época en la que los frentes de guerra se extendían del mar Báltico al mar Caspio y había unos siete millones de hombres movilizados.

Lenin y los bolcheviques no desempeñaron ningún papel digno de mención en el derrocamiento del zar: este fue un regalo inesperado del destino que les pilló por sorpresa y que parecía una burla, si tenemos en cuenta las pretensiones de determinismo histórico del marxismo; pero, en último término, fueron sus beneficiarios. El programa de la izquierda de Zimmerwald de Lenin, redactado durante la guerra en congresos de socialistas exiliados en Suiza, que proponía «volver rojos a los ejércitos» infiltrando en ellos agitadores radicales, fue una doctrina minoritaria de la que se burlaron los líderes socialistas de la corriente mayoritaria, que preferían centrarse en la resistencia y en la organización de manifestaciones en contra de la guerra. Sin embargo, cuando Lenin tuvo la oportunidad de poner en práctica su programa tras la revolución de Febrero, pocos reían ya. Lenin explotó la vulnerabilidad de la posición estratégica rusa en 1917 e hizo todo lo posible por «convertir la guerra imperialista en una guerra civil» incitando al amotinamiento y a la deserción de los soldados del ejército con sus armas. De este modo pudo dotar al partido bolchevique de los combatientes que precisaba para triunfar en la revolución de Octubre e imponer el dominio comunista en Rusia.

Los bolcheviques se hicieron con el control del ejército ruso violentamente en 1917. Fue una jugada audaz, arriesgada y difícil que estuvo a punto de frustrarse en muchos momentos críticos. Si los hombres de Estado que estaban al mando desde la revolución de Febrero, sobre todo Alexandr Kérenski, el socialista revolucionario, orador y hombre fuerte, hubieran sido más competentes y enérgicos al intentar suprimir la agitación leninista en los ejércitos, los bolcheviques serían hoy tan desconocidos como otros partidos socialistas minoritarios europeos y Lenin hubiera pasado a ser, como mucho, una nota a pie de página en la historia de Rusia y del socialismo.

Lenin logró cosas increíbles, pero no el «derrocamiento proletario de la burguesía» que le adscriben los relatos tradicionales. Gracias a los subsidios alemanes y a su indomable voluntad de poder, Lenin consiguió dividir al ejército imperial ruso en 1917, reconstruirlo, a partir de los fragmentos, en 1918 y convertirlo, con ayuda de Trotski, en el temible ejército rojo. Tal y como previó Lenin en su profecía de la izquierda de Zimmerwald, la guerra civil de 1918-1920, que libraron los bolcheviques contra una miríada de enemigos internos y externos, reales e imaginarios, acabó siendo más sangrienta que la «guerra imperialista» contra las potencias centrales. Además, requirió movilizaciones en masa, control estatal y una policía secreta encargada de la vigilancia y la represión.

Cuando, en 1920, salieron de Rusia los últimos extranjeros y los restos de las tropas equipadas por países extranjeros, la guerra civil rusa se convirtió en una lucha interna contra los campesinos recalcitrantes, «enemigos de clase» reducidos a la pobreza y condenados al hambre por las requisas forzosas de trigo del régimen comunista y por la supresión de toda transacción mercantil y monetaria que siguió a la aplicación de un programa marxista de abolición de la propiedad privada. Reconociendo tácitamente que el futuro comunista estaba algo más lejos de lo esperado, Lenin acabó con las medidas draconianas del «comunismo de guerra» (nombre dado, retrospectivamente, a la abolición de la actividad económica privada) en 1921-1922, con el fin de proporcionar un nuevo impulso al mercado del cereal, dar juego a las fuerzas del mercado y abastecer los comercios. Sin embargo, este recurso de Lenin a su Nueva Política Económica (NPE) nunca pretendió ser más que una retirada táctica. Tras pelear y ganar una dura batalla final contra la Iglesia ortodoxa en 1922, los bolcheviques lograron acabar con toda resistencia en los territorios del antiguo Imperio zarista, que reemplazaron por uno nuevo denominado Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). A partir de ese momento, Lenin y sus sucesores podían empezar a pensar en la revolución mundial y en exportar el comunismo hasta los últimos rincones del planeta.

Tras un cuarto de siglo de estimulantes descubrimientos en los archivos, ha llegado la hora de ver lo que hemos aprendido. En los días postreros del zarismo, Rusia era un país de contradicciones, donde una inmensa riqueza convivía con una pobreza extrema, a lo que había que añadir la enorme cantidad de tensiones sociales y étnicas propias de un gran Imperio multiétnico. Sin embargo, el derrumbamiento del régimen en 1917 no fue en absoluto inevitable. La revolución de 1905, detonada por una humillante derrota en la guerra rusojaponesa, estuvo a punto de desgarrar al Imperio ruso. Sin embargo, este emprendió una recuperación muy notable en la década siguiente, cuando el zar permitió la creación de un parlamento (la Duma), la fundación de sindicatos de trabajadores y la puesta en práctica del ambicioso plan de reforma agraria de Piotr Stolipin. La gran tragedia de los liberales rusos fue que, aun siendo reformadores y constitucionalistas comprometidos, defendían el paneslavismo y convencieron a Nicolás II de la necesidad de movilizarse en 1914 para aplacar a la opinión pública. Luego, aunque desafortunadamente les hizo caso, se pasaron la guerra conspirando en su contra. Lo que puso fin a una era de gran progreso económico y social en Rusia y, en último término, costó el trono al zar, fue su decisión de ir a la guerra en contra de la opinión de Rasputín y otros consejeros monárquicos y conservadores de los que solía fiarse más que de los liberales. El Imperio, una autocracia, se hundió debido a la escasa voluntad del último de sus autócratas, que carecía del coraje que proporciona tener convicciones propias. Lenin no cometió el mismo error cuando se hizo con el poder.

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PRÓLOGO

LA SANGRE DE UN CAMPESINO

 

 

 

Cuando la Gran Guerra contra Alemania y las potencias centrales entró en su tercer y terrible año, en Petrogrado aumentó la oposición al gobierno autocrático del zar Nicolás II, que había asumido el mando de las fuerzas armadas en 1915. Los líderes parlamentarios, que deseaban desempeñar un papel más activo en la vida política rusa, olieron la sangre. Pável Miliukov, un distinguido historiador que había fundado el partido liberal de los kadetes [Partido Democrático Constitucional, KD], causó sensación en la Duma el 1/14 de noviembre de 1916, cuando recriminó al último primer ministro del zar, Borís Stürmer (que, desafortunadamente, tenía un apellido alemán), sus fracasos y le preguntó mordazmente si habían sido fruto de la «traición o de la estupidez». Aunque no lo decía, estaba dando a entender que los auténticos traidores eran la zarina Alejandra (Alix) de Hesse, alemana de nacimiento, y las «fuerzas oscuras» de las que se valía Grigori Rasputín, el famoso campesino sanador, que gozaba de la confianza de la zarina gracias a su misteriosa habilidad para reconfortar al hijo hemofílico de esta, Alejo, el heredero al trono. El incendiario discurso, pronunciado por una autoridad tan respetada como Miliukov, que, además, daba crédito a los rumores populares sobre Rasputín, confirmó a la sociedad de Petrogrado lo que un noble había expresado: «La emperatriz y Stürmer están vendiendo Rusia al káiser Guillermo»[5].

El líder de los kadetes lo insinuaba, pero otros hablaban abiertamente. Vladímir Purishkévich, un diputado reaccionario, distribuyó el discurso de Miliukov entre los soldados del frente; pero Purishkévich quería más. Se puso en pie durante la sesión de la Duma, celebrada el 6/19 de noviembre de 1916, y arremetió contra los ministros del zar, a los que acusó de ser «marionetas manejadas con mano firme por Rasputín y la emperatriz Alejandra Fiódorovna […], que sigue siendo alemana, aunque ocupe el trono ruso y es ajena al país y a sus gentes». Purishkévich reservaba su furia para el sanador. «Mientras Rasputín siga vivo», afirmó, «no podremos ganar [la guerra]». Invitó a los principales políticos de Rusia a participar en el linchamiento, mientras afirmaba de forma amenazadora: «¡No permitiremos que nos siga gobernando un oscuro mujik!»[6].

No eran palabras vanas. A finales de mes, Purishkévich se había unido a una pujante conspiración de las élites para matar a Rasputín, liderada (aunque no fuera necesariamente la cabeza pensante) por el príncipe Félix Yusúpov, un dandi educado en Oxford y el único heredero de la que, probablemente, era la mayor fortuna de Rusia. Pertenecía a una familia mucho más rica que los Románov y estaba casado con la sobrina del zar, la princesa Irina. La madre de Yusúpov, la princesa Zinaida, era amiga íntima de los grandes duques Románov y de la familia del zar, pero buena amiga a su vez de Mijaíl Rodzianko, presidente de la Duma estatal. El marido de la princesa Zinaida también era un conde de alta cuna. El zar le había cesado como gobernador general de Moscú en 1915, y ella culpaba a Rasputín y a la zarina Alejandra de su desgracia. Sus chismorreos envenenados contribuyeron enormemente a fomentar entre la alta sociedad de Petrogrado la fobia hacia las traidoras «fuerzas oscuras». La princesa Zinaida dio instrucciones precisas a su hijo Félix para que «hablara claro» a Rodzianko y la Duma sobre Rasputín. Otro de sus conversos era el gran duque Demetrio Pávlovich Románov, primo hermano del zar y uno de los principales actores de la conspiración para acabar con Rasputín[7].

El plan era sencillo. Yusúpov invitaría a Rasputín a su rutilante palacio sobre el canal Moika, con el pretexto de presentarle a Irina, su hermosa mujer. La princesa Irina, que no quería saber nada de la trama (aunque la conocía), no estaría en casa. Harían esperar a Rasputín abajo y le ofrecerían vino y pasteles aderezados con cianuro potásico. Los conspiradores tenían pistolas por si el veneno no funcionaba y una coartada bastante débil basada en algunas llamadas telefónicas. Para mayor seguridad, el gran duque Demetrio Pávlovich estaría presente: al ser un Románov gozaba de una inmunidad total. El plan era sórdido y estrambótico, pero tenía algo en su favor: la famosa ansia de conquistas femeninas de un hombre a quien el embajador francés llamó «el maniaco erótico-místico de Pokróvskoie». Rasputín nunca había rechazado una invitación para conocer a una princesa[8].

La conspiración Purishkévich-Yusúpov no era la primera. Alexéi N. Jvostov, nombrado ministro del Interior en septiembre de 1915 por recomendación de Rasputín, se había vuelto contra su benefactor pocos meses después y había ofrecido 200.000 rublos al coronel Mijaíl Komissarov, oficial de la policía secreta encargado de la seguridad de Rasputín, si asesinaba al hombre a quien debía el cargo que ostentaba y cuya protección le había encomendado el zar. Por poco plausible que parezca, el coronel Komissarov probó diversos venenos en los gatos de Rasputín (Jvostov hubiera preferido que estrangularan al campesino). Ciertos rumores en relación con esta trama se filtraron a la prensa, lo que provocó la caída en desgracia de Jvostov cuando el zar se enteró.

En 1916 se había desatado una auténtica fiebre asesina en torno a Rasputín, que recibió por correo amenazas de muerte y fue atacado físicamente en diversas ocasiones. La fiebre era tan contagiosa que se extendió más allá de Rusia. Al haber fallado en su intento, Jvostov trató de reclutar al antiguo valedor de Rasputín en la Iglesia ortodoxa, el sacerdote archimandrita secularizado Serguéi Trufánov (conocido en Occidente como el obispo Iliodor), que por entonces vivía en Noruega. Se creía que Trufánov había organizado el intento de asesinato de Rasputín en Pokróvskoie en julio de 1914 (fue apuñalado en el abdomen por una mujer que gritaba: «¡He matado al Anticristo!», pero Rasputín logró sobrevivir). Esta vez Trufánov se negó a participar en un asesinato, pero dio toda una nueva dimensión a la campaña de desprestigio iniciada en contra de Rasputín cuando emigró a Estados Unidos, donde vendió una jugosa historia («Rasputín: el santo demonio de Rusia») a la revista Metropolitan Magazine por 25.000 dólares. Fue un gran éxito de ventas durante todo el verano. El consulado ruso de Nueva York desmintió la historia antes de que llegara a los quioscos. Entonces Trufánov demandó al gobierno ruso y exigió el pago de una indemnización por lucro cesante. En noviembre de 1916, cuando Miliukov y Purishkévich estaban encendiendo una hoguera bajo los pies de Rasputín en la Duma de Petrogrado, Trufánov testificó públicamente ante un tribunal de Nueva York: «Grigori Rasputín es proalemán y pone a la zarina en contra de los aliados […], actualmente conspira para firmar la paz por separado»[9].

Los agentes británicos de Nueva York prestaron mucha atención a Trufánov. Tras testificar lo llamaron para que ofreciera un informe oficial al consulado británico. Londres tenía pocas esperanzas de abrirse camino en el frente occidental (1916 fue el año sangriento y fútil de Verdún y el Somme) y temía que Rusia dejara en la estacada a sus aliados y concertara la paz con Alemania por separado. Con el fin de animar a los rusos, el inestable gobierno liberal del primer ministro Herbert Henry Asquith había enviado a Rusia, en junio, a petición del zar Nicolás II, a uno de sus responsables más prestigiosos, el mariscal de campo Horatio Herbert Kitchener, pero este murió durante el viaje después de que una mina alemana hundiera el navío en el que viajaba. En otoño de 1916 los diplomáticos, los espías y los miembros del gabinete británicos interpretaban toda información interceptada como un signo de que Rusia iba a renunciar al esfuerzo bélico.

Desde la perspectiva británica, el controvertido nombramiento de Alexandr Protopópov como ministro del Interior, el 18 de septiembre de 1916, fue la gota que colmó el vaso. A través de los informes del embajador, sir George Buchanan, el gabinete de Londres sabía dos cosas de Protopópov. En primer lugar que se había reunido con un funcionario de la embajada alemana con buenos contactos, Fritz Warburg (de la dinastía de banqueros Warburg), en Estocolmo en julio de 1916, supuestamente para sondear la posibilidad de pedir la paz por separado, y, en segundo lugar, no desconocían que se trataba de uno de los protegidos de Rasputín. Tras leer el alarmista informe de Buchanan, el secretario de Estado para la Guerra, David Lloyd George, mandó un «memorándum confidencial» al primer ministro Asquith el 13/26 de septiembre de 1916, en el que le avisaba de que «cambios recientes han reforzado considerablemente las influencias germanófilas. Nuestros hombres han ido desapareciendo uno a uno y ya no tenemos a nadie mínimamente influyente en la burocracia rusa […] favorable a este país»[10].

Aunque las peores acusaciones contra Rasputín (que fuera un espía alemán) resultaran falsas, sus enemigos sabían que los rumores sobre su enorme influencia política eran ciertos, lo que bastaba para planear con determinación su asesinato. Habían sido Rasputín y la zarina quienes habían convencido a Nicolás II de la necesidad de asumir personalmente el mando del ejército ruso en agosto de 1915. También estaba detrás (junto con la zarina) del nombramiento (en febrero de 1916) como presidente del Consejo de Ministros de Borís Stürmer, un político retirado de cerca de setenta años sin ningún peso político. Ese mes de julio supo convencer también a Nicolás II de la necesidad de despedir a quien llevaba largo tiempo como ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Sazónov, y movió sus influencias para lograr que se nombrara a Protopópov en septiembre, pese a su tardía fama de ser imprevisible y de estar, quizá, loco (la sífilis que había contraído en sus años de militar estaba acabando gradualmente con la salud mental de Protopópov). Este «baile de ministros» políticamente nefasto no se debió solo a los consejos de Rasputín y la decisión última fue del zar, que solía desoír los consejos del campesino, aunque no cabe duda de que el sanador ejercía una enorme influencia sobre la zarina. Con el zar lejos, en el frente, dependiendo de los consejos políticos que recibía de su mujer desde la capital, se puede decir que Rasputín fue «el tercer hombre más poderoso de Rusia» durante unos años críticos de la I Guerra Mundial[11].

Los enemigos de Rasputín también estaban en lo cierto cuando decían que se mostraba «blando» en el asunto de la guerra (aunque no fuera un traidor proalemán). Curiosamente, la guerra era el único tema en el que Rasputín y la zarina no estaban de acuerdo, pues esta, pese a ser alemana de origen (o quizá porque procedía de un estado pequeño, pero orgulloso, del oeste de Alemania, Hesse-Darmstadt, fagocitado por la Prusia de Bismarck), despreciaba al káiser Guillermo II y su Imperio y buscaba su destrucción. Rasputín envió un famoso telegrama al zar cuando se enteró de la movilización de julio de 1914, en el que le advertía de que era una guerra sin sentido, una trágica pérdida de vidas con la que había que acabar lo antes posible.

En noviembre de 1916, la conspiración para acabar con la vida de Rasputín era un secreto a voces en Petrogrado. Samuel Hoare, jefe de los Servicios Secretos de Inteligencia británicos (SIS) en la ciudad, recordaría más tarde que Purishkévich le había comentado que «él liquidaría [a Rasputín]». Ni Purishkévich ni Yusúpov eran discretos; ambos comentaban abiertamente sus planes con su familia y amigos, quizá para convencerse a sí mismos de que estaban haciendo lo correcto. Por lo que sabemos, nadie se mostró en contra, con la excepción parcial de la esposa de Yusúpov, Irina, que aconsejó a su marido, cuando se enteró del asunto mientras veraneaba en Crimea, que «no debería meter la nariz en ese juego sucio». Contamos con algunas pruebas de que un oficial de los SIS, Oswald Rayner, que conocía a Yusúpov desde sus años de Oxford, estaba en el ajo o al menos seguía los acontecimientos muy de cerca; como muchos oficiales británicos quería quitar de en medio a Rasputín. Yusúpov mismo explicó la forma de pensar de los conspiradores: «La salud mental de la zarina Alejandra depende totalmente de Rasputín; si este desaparece, se desmoronará. En cuanto [el zar] se libere de la influencia de su mujer y de Rasputín, todo cambiará, se convertirá en un buen monarca constitucional» y, presumiblemente, volverá a dedicarse a ganar la guerra[12].

En la noche del 16/17 (29/30) de diciembre de 1916 el tiempo estaba revuelto y los termómetros marcaban temperaturas bastante por debajo de cero tras un día de intensas nevadas que habían cubierto la ciudad de una capa blanca. En los días anteriores, Yusúpov y sus colegas conspiradores habían explorado los canales y ríos de la ciudad buscando un sitio donde arrojar un cadáver (habían comprado pesadas cadenas para atar el cuerpo y lograr que se hundiera), pero las aguas se habían helado casi por completo. El mejor lugar era el viejo Nevá, fuera de los límites de la ciudad, junto a un puente que llevaba a unas islas que Rasputín frecuentaba para «visitar a los gitanos»: una coartada añadida. Resultaba propicio porque los conspiradores no querían que se encontrara el cuerpo cerca del lugar del asesinato, pero sí deseaban asegurarse de que se hallara para salir al paso de posibles rumores de que Rasputín seguía vivo[13].

El lugar elegido para cometer el asesinato, el grandioso palacio de Yusúpov orillas del canal Moika (números 92 y 94), tampoco estaba exento de problemas. Como el Ministerio del Interior y la estación de policía adyacente se encontraban casi enfrente, al otro lado del canal, a menos de 50 metros, los disparos podían atraer la atención de las fuerzas de seguridad. Era uno de los palacios más ricos de Rusia, visitado hasta el día de hoy por turistas ávidos de contemplar lo que queda de sus relucientes tesoros, y, claro está, contaba con muchos sirvientes de librea que podrían testificar. Aunque el alto rango de Yusúpov y su colega conspirador Románov desincentivaría a cualquier posible testigo, Purishkévich no quería correr riesgos: insistió en que Yusúpov despidiera a los criados y en que dejara solo a dos hombres de guardia. Yusúpov había elegido un almacén abovedado, con gruesos muros que apagarían el sonido de los posibles disparos, situado en los sótanos del palacio. También resultaba obvio que, si Rasputín bebía la cantidad suficiente de vino de Madeira, nadie oiría nada[14].

Yusúpov empezó a preparar la escena del crimen hacia la medianoche del día elegido. Antes de irse los criados habían bajado vino y dulces. Un tal doctor Lazavert, contratado por Purishkévich, esparció cristales de cianuro sobre los dulces y esperó hasta el último minuto para diluirlo en el vino. A las doce y media el doctor llevó al príncipe Yusúpov hasta la puerta trasera de la casa de Rasputín, en la calle Gorojovaia, donde lo hallaron elegantemente vestido y oliendo a jabón barato. Al parecer se había creído las mentiras sobre la princesa Irina, pues Yusúpov nunca le había visto tan arreglado, tan «limpio y pulcro». Hasta ahí el plan discurría perfectamente[15].

Cuando Yusúpov condujo a su huésped al sótano abovedado del palacio Moika por una puerta trasera, mientras se escuchaba débilmente la melodía de «Yankee Doodle Dandy» procedente de un gramófono de la planta de arriba, Rasputín no dio muestras de sospechar nada. Tampoco rechazó la invitación de Yusúpov de beber algo mientras esperaba (a Rasputín le gustaba el vino de Madeira más que nada en el mundo, si exceptuamos a las damas de la alta sociedad). Sin embargo, Rasputín no probó los dulces y gran parte del veneno diluido en el vino se había evaporado. Aparte de algunos gemidos, nada indicaba que el cianuro estuviera surtiendo efecto. Los relatos de los actores divergen sobre lo ocurrido en torno a las dos de la madrugada, lo que ha dado lugar a todo tipo de teorías y fábulas. Lo único que sabemos con certeza es que recibió dos tiros entre las dos y las seis de la madrugada, que lo apuñalaron en el torso, que tenía marcas de golpes en la parte superior del cuerpo y la cara y que fue un tercer disparo en la frente lo que le causó la muerte instantánea. (La autopsia demostró que tenía poca agua en los pulmones, lo que acabó con el mito de que Rasputín seguía vivo cuando lo arrojaron a las heladas aguas del río; lo más seguro es que lo matara el disparo en la cabeza)[16].

Sea cual fuere la verdad de lo ocurrido, no cabe duda de que el asesinato de Grigori Rasputín fue premeditado, que algunos de los conspiradores eran miembros de alta cuna de la aristocracia rusa, incluidos el príncipe Yusúpov y el gran duque Demetrio Pávlovich y que, debido a las circunstancias imperantes en el régimen autocrático que llevó a cabo la investigación, nunca se llegó a acusar a nadie del delito (aunque desterraron a Yusúpov de Petrogrado y asignaron a Demetrio Pávlovich un destino militar en Persia [Irán]). De manera que, lejos de acusarlos y colgarlos, la sociedad de Petrogrado consideró héroes a los asesinos: habían liquidado al maloliente sátiro mujik cuyas maquinaciones habían dañado la reputación de la monarquía. Los liberales rusos pensaban, sin duda, que el zar recuperaría la sensatez y que escucharía sus brillantes consejos en vez de los del depravado Rasputín.

Pero la celebración era prematura. El brutal asesinato de uno de sus confidentes, un devoto sanador religioso (aunque tuviera sus defectos), a quien su esposa y él habían confiado el tratamiento de su amado hijo hemofílico, horrorizó al zar. Para disgusto de la sociedad de Petrogrado, Nicolás II afirmó que se avergonzaba ante Rusia, «porque la sangre de este campesino ha teñido de sangre las manos de mis familiares»[17].

De manera que la torpe conspiración concebida por Yusúpov y su círculo de la élite rusa de buena cuna para zanjar las diferencias entre el zar y la Rusia liberal no hizo sino agrandar la brecha. Solo, sin rumbo, traicionado por su propia familia, Nicolás II se refugió en el centro de mando de Moguilov, donde esperaba acabar con la incesante cacofonía de los políticos y sus intrigas. La tranquilidad duraría poco.

 

 

PRIMERA PARTE

 

EL OCASO DE LOS ROMÁNOV

 

 

 

Rusia se ha hecho fuerte gracias a la autocracia.

 

KONSTANTIN PETRÓVICH POBEDONÓSTSEV,

procurador del Santo Sínodo y asesor
de los zares Alejandro III y Nicolás II

 

 

El revolucionario se introduce en el mundo del Estado, de las clases privilegiadas, de la así llamada civilización y vive en él con el único propósito de conseguir su rápida y total destrucción.

 

SERGUÉI NECHÁYEV,

El catecismo revolucionario (1869)

1

EL ANTIGUO RÉGIMEN Y SUS ENEMIGOS

 

 

 

A principios del siglo XX el Imperio ruso era enorme. El Imperio británico tenía una superficie mayor, pero constaba de fragmentos aislados repartidos por todo el mundo. Los dominios del zar, en cambio, constituían un único bloque que ocupaba 9.656 kilómetros, de la Polonia rusa al océano Pacífico, de las heladas aguas del Ártico a las ardientes estepas de Asia central. Como bien señalara un periodista: «Podríamos encajar a Estados Unidos en [Rusia] y aún quedaría espacio para China y la India»[18].

Los vecinos de Rusia temblaban de miedo con solo mirar el mapa. El Imperio zarista había ido creciendo inexorablemente desde el siglo XVII, como impulsado por una implacable ley de expansión, unos 88 kilómetros cuadrados al día, unos 32.000 kilómetros al año. Es verdad que la extensión de las fronteras exigía cada vez más soldados para protegerlas, pero, como pudo comprobar Napoleón en 1812, también dotaban al Imperio de solidez estratégica. Proyectando esta tendencia, cabía imaginar un futuro mapa en el que Rusia se hubiera hecho con fragmentos de China, Afganistán, Persia, el Imperio otomano, la Galitzia austriaca y la Prusia oriental. A esto había que añadir que la población rusa se había cuadruplicado en el siglo XIX hasta alcanzar los 150 millones (volvería a repuntar tras 1900 y el Imperio llegó a tener casi 175 millones de habitantes en 1914), lo que no contribuía a tranquilizar a sus enemigos. La economía rusa seguía siendo la quinta mayor del mundo, por detrás de Gran Bretaña, Francia, Alemania y Estados Unidos, y, en la primera década del siglo XX, crecía a un ritmo del 10 por ciento anual; fue un caso de economía emergente tan espectacular como el de China en el siglo XXI[19].

Muchos historiadores, que ya sabían cómo acababa la historia de los zares, han sugerido, retrospectivamente, que el coloso ruso tenía los pies de barro. Pese al aumento de los problemas, el desarrollo económico desigual y los brotes de fervor revolucionario, la Rusia imperial en 1900 era una empresa funcional y su tamaño y poder constituían una fuente de orgullo para la mayoría, si no todos, de los súbditos del zar. Las debilidades de un Imperio, que por entonces suscitaba temor entre sus enemigos extranjeros, se descubrieron después. En el ámbito interno, el temible aparato policial (mal financiado), que cobró protagonismo tras el asesinato del zar Alejandro II en 1881, intimidaba a todo un surtido de opositores. Puede que el número de inmigrantes e inversores que acuden a un país sea uno de los mejores indicadores de su vitalidad. A principios del siglo XX, Rusia era un gran importador neto, tanto de personas como de capital, una realidad muy significativa que no se ha vuelto a dar tras la Revolución.

A un visitante extranjero que llegara a San Petersburgo procedente de Occidente en torno a 1900 le hubieran sorprendido el aire europeo de la ciudad (la buena sociedad hablaba francés en vez de ruso) y la increíble riqueza y glamur de la alta sociedad. A orillas de los canales se alineaban los palacios de estilo renacentista construidos por arquitectos italianos, lo que explica que se la conociera como la «Venecia del Norte». San Petersburgo está situada a 60 grados de latitud norte, a la misma altura que Alaska, en el borde exterior del Círculo Polar Ártico, y su vida social se enriquecía durante las largas noches de invierno, que daban lustre a una de las grandes «temporadas» de Europa, en la que se celebraban fiestas y conciertos entre Año Nuevo y Pascua. También eran legendarias las «noches blancas» de principios del verano, cuando la gente tomaba las calles. Nuestro visitante hubiera contemplado una función del Ballet Imperial en el teatro Mariinski, hubiera escuchado las mejores obras de Glinka, Músorgski, Rimski-Kórsakov o Chaikovski y puede que asistiera a un baile donde, en palabras de uno de los biógrafos de la familia imperial, «toda cabeza, cuello, oreja, muñeca, dedo y escote daba fe de la pasión que despiertan las joyas en las mujeres rusas»[20].

Si nuestro turista hubiera seguido viaje hasta Moscú, capital de Rusia antes de que Pedro el Grande abriera una ventana a Occidente a orillas del Nevá en 1703, hubiera hallado una ciudad menos decadente y decididamente más rusa. Aunque la burocracia imperial había emigrado a Petersburgo, Moscú seguía siendo el corazón espiritual del Imperio. Todo zar era coronado en la catedral Uspenski [del Tránsito de la Virgen], situada dentro del recinto de paredes rojas del Kremlin, sentado en el trono de diamantes del zar Alejo. Moscú, la ciudad de las «cuarenta veces cuarenta iglesias», era la tercera Roma para los fieles ortodoxos (tras Roma y Bizancio-Constantinopla, de donde procedía la Iglesia rusa): una ciudad sagrada dedicada al ritual y a la tradición. El complejo y refinado rito ortodoxo unía a príncipes y campesinos, que portaban cirios mientras escuchaban himnos hechizantes y respiraban el aire lleno de humo de incienso. Moscú también era una ciudad comercial, donde convergían las rutas históricas tradicionales y su creciente red ferroviaria. Era una ciudad de extremos, muy calurosa y húmeda en verano y con uno de los inviernos más fríos del mundo. Los industriales y hombres de negocios de la ciudad, más interesados en hacer dinero que la jet set de Petersburgo, bebían mucho. Tras purificar su alma en alguna iglesia, nuestro visitante habría brindado con vodka en los bares y cantinas de Moscú y habría comido los pepinillos encurtidos, los arenques, el esturión ahumado y el caviar que aún hoy se toman con la bebida en Rusia.

Si nuestro visitante hubiera sido lo suficientemente intrépido como para aventurarse más allá de las capitales, podría haber visitado las ciudades medievales del Anillo Dorado o de los Jardines al noroeste de Moscú (Kostromá, Suzdal, Vladímir o Yaroslavl). Hubiera podido tomar el tren en dirección norte, a Nóvgorod o a Tver; al este se hubiera dirigido a la boyante ciudad siberiana de Irkutsk; hacia el sur hubiera llegado a Crimea, o podría haber visitado los balnearios termales del norte del Cáucaso y las colinas cubiertas de viñedos de Georgia; tal vez hubiera navegado en un vapor por el Volga. Los trenes, que rodaban sobre raíles baratos que no cumplían los estándares occidentales (la mayoría de los raíles pesaban la mitad de lo que exigían las normas estadounidenses), aún eran lentos, lo que hubiera dado a nuestro turista tiempo de sobra para contemplar el paisaje. Lejos de las grandes ciudades y de algunas bolsas de industrialización en Ucrania y en Siberia occidental, habría visto pequeñas aldeas de isbas, las cabañas de madera sin pintar de los campesinos, dispersas entre bosques de abedules. En las poblaciones de más postín, las isbas estaban rematadas por bóvedas de iglesia con forma de cebolla. En verano hubiera visto a muchos hombres y mujeres trabajando duramente en los campos, sembrando y recolectando el trigo durante la corta temporada de cultivo. De haber ido en invierno, nuestro turista podría haber montado en una troika, un trineo tirado por caballos en el que se viajaba mucho mejor por la Rusia cubierta de nieve del invierno que por las carreteras embarradas de la primavera y el otoño o llenas de polvo del verano (el país contaba con pocas carreteras asfaltadas aptas para todas las estaciones del año). Puede que hubiera tiritado de frío en la troika azotada por el viento gélido, pero no por ello hubiera dejado de admirar la etérea belleza blanca del invierno ruso.

Por supuesto, nuestro viajero se habría perdido muchas cosas, pues, presumiblemente, se habría limitado a visitar los mejores barrios de ciudades y pueblos, las arterias con tráfico y las capitales de provincias. De haberse aventurado más allá, habría descansado en las mejores posadas rurales. Puede que alguna guía turística mencionara de pasada el «problema campesino», pero solo un alma muy inquisitiva hubiera sido capaz de rascar la superficie de la vida rural rusa. En un país donde los campesinos seguían conformando el 80 por ciento de la población, la agricultura era penosamente ineficaz con respecto a los estándares occidentales. Obtenían menos de la mitad de trigo por acre que la media europea y siete veces menos de lo que se producía en Inglaterra. Como los excedentes eran escasos, los años de malas cosechas solían ser de hambruna, como 1892, en el que murieron casi un millón de campesinos, la mayoría de cólera.

Parte de estos bajos rendimientos se debían a lo breve que era la temporada de cultivo en Rusia, así como a la mala calidad del suelo (excepción hecha del cinturón de «tierra negra» del sur de la Rusia europea y Ucrania), pero también a la organización social. En 1861 se había liberado a los siervos, al menos sobre el papel, aunque, para muchos, más que una «liberación», había sido un premio de consolación. En los malos, viejos tiempos cumplían con sus obligaciones de trabajo forzoso para el señor local, pero ahora los siervos liberados debían pagar la tierra que les habían «concedido». Pagar a plazos lo que, de hecho, era una hipoteca resultaba difícil en una economía que carecía de liquidez y en la que muchos aldeanos aún confeccionaban ellos mismos sus botas y herramientas. Para complicarlo todo aún más, los pagos no eran individuales, sino colectivos; se encargaba de ello el mir, una especie de comuna rural que dio muchos dolores de cabeza a sus miembros que nunca sabían qué debían a quién. Paradójicamente, esta forma de liberación de la servidumbre no convirtió a los campesinos en pequeños propietarios de granjas, sino que fortaleció las comunas tradicionales rusas, que, en torno a 1900, controlaban la mayor parte de las tierras asignadas. Se decía que solo había un hombre en toda Rusia que entendía realmente la cuestión agraria: el economista A. V. Chayanov, quien, tras estudiar este tema durante toda su vida, había llegado a la conclusión de que los campesinos y la agricultura eran impermeables a la reforma y recomendó a los administradores del gobierno que los dejaran en paz. Fue un consejo que no gozó de mucha popularidad[21].

Si nuestro viajero hubiera llegado a Rusia en la última década del siglo XIX, le habría sorprendido el boom de la industrialización en torno a las grandes ciudades de la Rusia europea, los Urales y Ucrania. El ímpetu provenía, igual que en Estados Unidos, de un ferrocarril construido para hacerse con un país vastísimo que incrementaba su demanda de hierro, acero y energía. Por aquellos años estaba en manos de Serguéi Witte, director de Asuntos Ferroviarios de 1889 a 1891, que inició la construcción del gran Transiberiano antes de ser ascendido a ministro de Carreteras y Medios, primero, y a ministro de Economía, después. Se trataba de un puesto clave que desempeñó hasta 1903. Bajo el hábil liderazgo de Witte, Rusia adoptó el patrón oro y fue pionera en el capitalismo de Estado que se sigue practicando en muchas economías emergentes. Mediante el mismo los funcionarios gubernamentales dirigen los flujos de capital hacia las infraestructuras y la industria pesada, animan a los inversores extranjeros a invertir en tecnología y procuran armonizar su política comercial con las necesidades internas. Se respeta la propiedad privada, aunque la mayoría de los bancos son estatales o están administrados por el gobierno; además, el Estado se reserva el monopolio de ciertas mercancías (como el vodka en Rusia). Sea cual fuere la fórmula de Witte, parecía funcionar: en 1900 la economía estaba creciendo a un ritmo del 8 por ciento anual. Todo prosperó: la minería, la metalurgia y la energía. Puertos como Riga, en el mar Báltico, u Odesa, en el mar Negro, quintuplicaron su tamaño en los años de Witte, mientras surgían ciudades de la nada de Siberia occidental al mar Caspio, donde la inmunda Bakú, llena de petróleo, se transformó, de la noche a la mañana, en una de las ciudades más ricas del mundo. Allí labraron sus fortunas gentes como la familia Nobel, que actualmente sigue desembolsando el dinero de sus famosos premios.

El boom económico generado por Witte no solo hizo ricos a los barones del petróleo y a los industriales rusos, sino que también dio lugar a un enorme y creciente proletariado industrial. Según las estimaciones del gobierno, en los años finales de Witte había 2,5 millones de trabajadores en las fábricas y casi 3 millones en 1914, aunque puede que estas cifras sean bajas porque el cuerpo de inspectores de fábricas tenía poco personal y no podía inspeccionarlas todas, sobre todo las pequeñas. Los salarios de los obreros no cualificados eran bajos, especialmente en el caso de las mujeres (a las que se pagaba menos que a los hombres, que tenían la obligación de llevar el dinero a casa), pero subieron rápidamente para los trabajadores especializados del sector textil, la metalurgia o la maquinaria. Las condiciones de trabajo en las fábricas eran muy malas. Las pensiones de mala muerte donde vivían la mayoría de los trabajadores de las ciudades eran pequeñas y se encontraban muy llenas, al igual que los comedores sociales públicos donde comían. Sin embargo, ciertos aspectos de la cultura rusa suavizaron los peores excesos de la industrialización, como los muchos días libres establecidos por la Iglesia ortodoxa (casi 90 todos los años, incluidos todos los domingos; además, los sábados había un horario reducido). En Rusia no existía nada parecido al sistema alemán de seguros de accidentes de trabajo y pensiones de jubilación, creado por Bismarck en la década de 1880, de manera que la mayoría de los trabajadores se hallaban a merced de los crueles caprichos del destino. Aun así, la caridad religiosa proporcionaba cuidados médicos a los heridos. La naturaleza patriarcal de la sociedad rusa imponía limitaciones al tipo de trabajo que se permitía realizar a niños y a mujeres y, de este modo, se regulaba lo que la ética más igualitaria de la cultura de Europa del norte no había impuesto (sobre todo en Inglaterra, donde se explotaba a los niños como deshollinadores y a las mujeres, en los talleres textiles). La vida del trabajador ruso era dura, pero no necesariamente peor que la de otros trabajadores europeos de la época.

La explotación de los industriales rusos no era mayor que la de sus homólogos europeos, pero las protestas políticas sí tenían un carácter más radical. La fuerza y la debilidad de la autocracia residía en los pocos intermediarios que había entre el zar y sus súbditos para absorber y calmar las frustraciones populares. Los sindicatos eran ilegales y no existía un Parlamento nacional que centrara la atención del gobierno en los problemas sociales. En los pocos años de concesiones liberales que siguieron a la humillante derrota de Rusia en la guerra de Crimea (1853-1856), el zar Alejandro II había permitido la creación de pequeñas asambleas locales o zemstvos en 1864, pero su sucesor Alejandro III, más conservador, había recortado sustancialmente sus competencias en 1890, al subordinar estos concejos a los gobernadores regionales nombrados por el zar. Quienes gobernaban realmente Rusia eran los burócratas del Estado, organizados jerárquicamente en una serie de rangos que, más que los méritos, reflejaban el estatus de nobleza, los servicios prestados y su longevidad. Respondían directamente ante el zar, quien nombraba personalmente a todos los ministros y altos funcionarios. No es de extrañar que, a falta de otros medios de respuesta legales, los trabajadores y campesinos que actuaban en el terreno políticamente yermo de la autocracia recurrieran a menudo a la violencia.

Rusia contó con revolucionarios mundialmente famosos mucho antes de tener un proletariado industrial. Pensemos en Alexandr Herzen (1812-1870), editor de la influyente revista socialista Kolokol [La Campana], y en Mijaíl Bakunin (1814-1876), quien creó prácticamente solo la filosofía anarcosindicalista de acción directa en el ámbito industrial que llegó a imperar entre los movimientos obreros franceses e italianos. Lo que diferenciaba a Bakunin de sus rivales europeos era su estilo ruso, que le dotó de un gran prestigio entre la izquierda europea no igualado ni por Karl Marx (cuando Bakunin abandonó la I Asociación Internacional de Trabajadores de Marx tras el problemático congreso de La Haya de 1872, esta primera organización se disolvió en cuatro años).

El radicalismo ruso era un mundo en sí mismo, surgido de forma sui generis en muchos aspectos. Al igual que solo había un Bakunin, tampoco existía un equivalente europeo de Serguéi Necháyev o del movimiento nihilista de los naródniki [populistas], progenitor del terrorismo político moderno. Necháyev escribió en su influyente Catecismo (1869): «El revolucionario es un hombre condenado. No tiene intereses personales ni económicos, ni emociones, ni apegos, ni propiedades ni nombre. Todo lo absorbe un único pensamiento y una única pasión: la revolución»[22]. El asesinato de Alejandro II, el «zar libertador», llevado a cabo por los naródniki en 1881, dio lugar a una oleada de asesinatos similares a lo largo y ancho de Europa y de Estados Unidos, que acabó con la vida de seis jefes de Estado y con la de docenas de funcionarios de menor rango a lo largo de las dos décadas siguientes.

El régimen reaccionario del zar Alejandro III (1881-1894) creó una sofisticada red de informantes y de agentes dobles para acabar con los naródniki. Se la conocía por el nombre de Ojrana (Ojránnoyie otdeléniye) y tampoco tenía parangón en la Europa de la época. A lo largo de los años, la Ojrana y los revolucionarios evolucionaron a la par, estudiándose y aprendiendo unos de otros, cultivando una atmósfera ubicua de conspiración y paranoia. Por lo general, la Ojrana iba un paso por delante de sus adversarios, pero no siempre. En el caso Degáiev, en la década de 1880, un coronel de la Ojrana de Petersburgo se infiltró entre los dirigentes de los naródniki y fue asesinado por su informador (el asesino desapareció y reapareció décadas después en Dakota del Norte, donde enseñaba matemáticas en la universidad). Otro agente doble famoso, Yevno Azef, proporcionó valiosa información a la Ojrana entre 1902 y 1905, aunque, podría decirse, no tan valiosa como las vidas de dos ministros del Interior y un gran duque Románov, a los que dijo haber asesinado para demostrar su autenticidad revolucionaria[23].

Sin embargo, salvo algunos fallos esporádicos, durante la mayor parte del tiempo el régimen zarista parecía haber tomado la medida a sus adversarios. A menos que hubiera tenido la desgracia de ser testigo de algún bombazo terrorista, a nuestro visitante extranjero le hubiera impresionado más el aspecto atildado de los policías, bien visibles con sus uniformes azules y blancos y con sus negras botas de cuero, que los miserables bohemios del submundo revolucionario. También es cierto que la Ojrana solía estar mal equipada y no contaba con agentes suficientes (como la burocracia zarista en general). En 1900, había un total de 6.874 agentes de policía y de 1.852 sargentos; puede que trabajaran unas 1.000 personas más en las secciones políticas de la Ojrana, pero pretendían mantener bajo control a un país de 150 millones de habitantes desparramados por gran parte de dos continentes. Comparada con la Checa del sóviet, tan satisfecha de sí misma que contaba con cientos de miles de empleados, la Ojrana era débil sobre el terreno, lo que dice mucho de su eficacia. En torno al cambio de siglo habían reducido en gran medida hasta a los naródniki, cuyos principales líderes se habían unido al Partido Social-Revolucionario (PSR), fundado en 1901 para exigir una reforma agraria (más o menos) legal. En muchos aspectos, el Partido Social-Revolucionario era la quintaesencia de los partidos políticos rusos, un movimiento popular que defendía los intereses de la gran mayoría de los súbditos del zar: los campesinos[24].

Mientras tanto había surgido en Rusia un nuevo partido marxista al estilo europeo, que se definía por su oposición al romanticismo menos disciplinado de los naródniki. Se trataba del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (Rossíyskaya Sotsial-Demokratíchyeskaya Rabóchaya Pártiya [RSDRP]) fundado en 1898 como una «sección» nacional afiliada a la II Asociación Internacional de Trabajadores o II Internacional (1889-1914), organización creada para normalizar los principios marxistas tras la muerte de Marx en 1883. Como el programa del RSDRP era de naturaleza explícitamente revolucionaria, la Ojrana vigiló al partido desde el principio. De hecho, su fundación se debió a la supresión de ligas rusas marxistas menos organizadas a lo largo de los años. El RSDRP fue, desde sus inicios, un partido de exiliados. Dos de sus líderes, Vladímir I. Uliánov (Lenin) y Julius Zederbaum (Yuli Mártov), estaban en Siberia en el exilio cuando se fundó el partido y un tercero, Gueorgui Plejánov, vivía en Suiza desde 1880. El II Congreso del RSDRP no se celebró hasta cinco años más tarde y, además, en Bélgica, no en Rusia.

Pese a la reputación de la policía rusa, considerada excesivamente violenta desde la época de Nicolás I (1825-1855), los métodos de represión del régimen no carecían de cierta sutileza. Solo se imponía la pena de muerte a los peores criminales, como los asesinos políticos confesos o convictos. El castigo más común impuesto a los culpables de delitos políticos era la kátorga (trabajos forzados), que rara vez se cumplía a menos que la ofensa fuera atroz. El castigo por defecto que había hecho famosa a Rusia era el «exilio administrativo» por un periodo de hasta cinco años, normalmente en Siberia. El clima siberiano era muy duro, sobre todo en invierno, pero, por lo demás, las condiciones de vida de los exiliados resultaban poco severas, sobre todo comparadas con las imperantes en los gulags soviéticos. Recibían una paga anual del zar para comprar ropa y comida y para pagar el alquiler. Algunos exiliados ricos, como Lenin (cuyo padre era consejero de Estado, con cargo hereditario, y noble de cuarta clase en la escala de rangos), viajaban a Siberia en primera clase. Lenin se llevó a su madre y a su mujer y contrató a una criada para que se ocupara de la casa. Así pues, los exiliados no se hallaban encerrados y podían hacer lo que quisieran mientras permanecieran en Siberia. La policía patrullaba las vías férreas en busca de fugitivos, pero, de todas formas, miles escapaban con documentación falsa, que era fácil de obtener en el mercado negro. Un enérgico seminarista georgiano convertido en revolucionario, Iósif V. Dzhugashvili (Stalin), exiliado por haber organizado en Batum una manifestación violenta en marzo de 1902, en la que murieron 13 personas y resultaron heridas 54, alardearía después de haber escapado de Siberia seis veces (en realidad, puede que fueran ocho)[25].

En cuanto volvían a la Rusia europea, cientos de exiliados fugados proseguían viaje hacia el oeste hasta alcanzar Europa, donde pasaban a formar parte del mobiliario del radicalismo europeo. El Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) era como un segundo hogar para los socialistas rusos que conspiraban para derrocar un régimen lo suficientemente estúpido como para dejarlos escapar. En el periodo que va de la revuelta decembrista de 1825 (los primeros disturbios políticos serios entre las élites del Imperio) a 1917, el «temido» régimen zarista solo ejecutó a 6.321 personas en total por todo tipo de delitos (incluidos los delitos penales graves como el asesinato): menos de 70 al año. Lenin, que vio cómo transcurrían apaciblemente las cómodas y relajantes vacaciones de su exilio siberiano entre 1897 y 1900, no fue uno de ellos.

En los relatos sobre la Revolución rusa se tiende a poner el énfasis en los antecedentes de 1917. Se ha dedicado mucha atención, por ejemplo, a la famosa escisión en el RSDRP, acaecida en el congreso celebrado en Bruselas en julio de 1903, de la que surgió una facción «mayoritaria» (bolcheviques) y otra «minoritaria» (mencheviques). Sin embargo, por entonces, a los rusos no les interesaban los politiqueos de los exiliados, solo, si acaso, a los agentes de policía, a quienes pagaban para vigilarlos y a los que solía aburrir su trabajo. En un típico informe de la Ojrana, en este caso sobre Lenin, se dedica mayor atención a su aspecto («2 arshiny y 5,5 vershkí [1,65 metros] de altura […], su aspecto general produce una grata impresión, ojos castaños, frente amplia, cara redonda, barbilla redonda, barba rojiza [...]») que a sus ideas políticas y apenas se menciona la escisión menchevique-bolchevique. La historia mundial no dio importancia a estas derivas secretas hasta que Lenin cobró fama años después[26].

Por entonces se prestaba mayor atención a la lucha entre el régimen zarista y sus críticos internos, sobre todo a las protestas estudiantiles. En los primeros años del siglo XX, las universidades de San Petersburgo, Moscú, Varsovia y Kiev se habían radicalizado debido a un decreto, aprobado en julio de 1899, que anulaba, para los culpables de delitos políticos, las prórrogas que el ejército concedía a los estudiantes. Como era de prever, muchos de los estudiantes que protestaron contra este decreto hubieron de incorporarse al ejército. En febrero de 1901, un estudiante de la Universidad de San Petersburgo asesinó al ministro de Educación, N. P. Bogolepov, lo que desató una trágica escalada. Aunque el zar Nicolás II nombró al inofensivo y octogenario ministro de la Guerra, general Vannovski, para sustituir a Bogolepov, los esfuerzos de este por calmar a los estudiantes inflamaron aún más a los radicales. En abril del año siguiente, otro estudiante asesinó al ministro del Interior como muestra de rechazo a la rama de olivo ofrecida por el zar. Nicolás II entendió el mensaje y nombró para el cargo a uno de sus hombres fuertes, Viacheslav Pleve, al que otorgó más poderes[27].

La estrategia de Pleve consistía en combinar la represión directa con esfuerzos para incorporar a los elementos más útiles de la oposición. A duras penas toleraba a los estudiantes radicales, pero el nuevo ministro del Interior era más sutil en sus relaciones con el movimiento sindical ruso, pues creía que las masas, aisladas de los estudiantes agitadores y a cambio de algunas zanahorias económicas, podrían al menos aceptar de forma pasiva el régimen. Pleve trabajó codo a codo con el jefe de la Ojrana de Moscú, Serguéi V. Zubatov, introdujo infiltrados en las organizaciones sindicales clandestinas y creó otras nuevas controladas por la policía. La estratagema de Pleve para neutralizar los zemstvos mediante su integración en el Ministerio del Interior resultó menos exitosa. Esta torpe maniobra sembró la desazón entre los liberales rusos, que consideraban los zemstvos como un primer paso hacia la consecución de un Parlamento nacional en condiciones. La campaña de «rusificación» de Pleve fue una torpeza aún mayor, sobre todo en Finlandia y Polonia, que encabezaban desde hacía tiempo el separatismo nacionalista.

Al principio, y pese a las protestas de la oposición, las reformas de Pleve parecieron instilar nueva vida al régimen. Mejoró la moral de los burócratas en unos años en los que estos temían por sus vidas. Si le hubieran dado tiempo para resolver el problema de las protestas estudiantiles, los zemstvos y los sindicatos, tal vez Pleve hubiera podido restaurar el buen nombre del gobierno ante la opinión pública. Sin embargo, sus reformas se olvidaron tras la controversia surgida en torno a unos pogromos antisemitas que habían tenido lugar en Kishiniev [Chisináu] el domingo de Pascua de 1903, en los que murieron 38 judíos (y 4 gentiles) y se saquearon unos 1.350 hogares (casi todos) judíos.

En los libros de historia, se suele invocar el pogromo de Kishiniev como un punto de no retorno en las relaciones entre la Rusia zarista y sus súbditos judíos. Este pogromo inspiró la falsificación antisemita Los protocolos de los sabios de Sion y provocó una emigración masiva de judíos rusos de la zona de asentamiento (el área de Rusia occidental donde podían vivir los judíos; fuera de ella no estaban autorizados a residir); la mayoría fueron a Estados Unidos. Todo esto es cierto, pero, en términos rusos, solo es parte de la verdad. Lo que los occidentales vivieron como una tragedia en blanco y negro en la que los judíos se enfrentaban a cristianos antisemitas fue algo muy diferente para Pleve y para millones de rusos. En 1903, hubo mucha violencia en toda Rusia, con huelgas en las grandes ciudades industriales, reprimidas, en muchos casos, por el ejército (solo en Zlatoust murieron 45 personas en una carnicería y 83 resultaron heridas). En verano hubo revueltas campesinas (bunts) por todas partes y 54 grandes mansiones ardieron hasta los cimientos. El terrible pogromo de Kishiniev de abril formaba parte de una oleada nacional de revueltas y disturbios que acabó con unas 174 bajas civiles y con la muerte de 162 soldados. En julio de 1903, muchos agentes de policía pagados por la Ojrana se habían pasado al bando de los huelguistas y Pleve despidió a Zubatov, a quien culpaba del desastre. Kishiniev no fue más que un episodio de la guerra entre el régimen y sus enemigos que ya duraba meses[28].

Sin embargo, el pogromo de Kishiniev fue un jarro de agua fría para la historia política rusa. Los conservadores rusos creían que existía una conexión entre los judíos y el radicalismo: Pleve estimó que el 40 por ciento de los revolucionarios rusos eran de origen judío. Probablemente sea una cifra exagerada, pero no se puede negar que muchos judíos con formación se habían unido al movimiento socialista, casi siempre a través de su propia organización judeomarxista, el Bund o Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia, creado en 1895. El Bund destrozó al RSDRP y alcanzó los 35.000 afiliados: cuatro veces más que los del RSDRP. De hecho, la fundación del partido marxista «gentil», en marzo de 1898, debía mucho a una redada de la Ojrana contra el Bund judeomarxista ese mismo mes, que acabó con 500 revolucionarios judíos en prisión, 175 solo en Kiev. En abril de 1903 estos detalles carecían de importancia en Kishiniev; pero se le dio mucha publicidad al asunto del pogromo, lo que endureció las actitudes. Numerosos estudiantes abandonaron la vía asimilacionista para dedicarse a la política revolucionaria, lo que proporcionó más munición a los antisemitas. Mientras, los judíos menos intelectuales se unían a organizaciones armadas de autodefensa[29].

No cabe duda de que Kishiniev situó a la cuestión judía en el centro del escenario y marcó de forma indeleble al socialismo ruso. Según la creencia generalizada, y la mayoría de los libros de historia, la famosa escisión entre bolcheviques y mencheviques de julio de 1903 tuvo lugar porque Lenin defendía la necesidad de una organización de élites profesionales (a veces denominada «vanguardia»), que describe en su panfleto, de 1902, ¿Qué hacer?, mientras que los mencheviques querían la participación masiva de los trabajadores en el partido. Sin embargo, lo cierto es que los fuegos artificiales estallaron en el congreso de Bruselas en torno a la cuestión judía. No se habló de temas organizativos hasta la decimocuarta sesión plenaria. El principal objetivo de Lenin en Bruselas era derrotar al Bund, es decir, acabar con la autonomía de los judíos en el seno del partido. Su mejor argumento consistía en que los judíos no constituían una nación, pues no compartían ni una lengua ni un territorio nacional común. Mártov, fundador del Bund, se sintió muy ofendido y formó la nueva facción menchevique (minoritaria) como protesta por el asunto. Le siguieron casi todos los socialistas judíos, entre ellos Lev Bronstein (Trotski), un joven estudiante ucraniano de Jersón, que había estudiado en un centro alemán en la cosmopolita Odesa y que defendía el marxismo europeo. Cuando Lenin asumió los argumentos de los antisemitas rusos, no es de extrañar que Mártov, Trotski y otros judíos se unieran a la oposición. Paradójicamente, la fusión del Bund con la nueva facción menchevique del RSDRP, si bien confirmó a los agentes de la Ojrana la redundancia de que todos los judíos rusos eran socialistas, probablemente debilitara el carácter judío del marxismo ruso, en un momento en el que los bolcheviques («mayoría») gentiles de Lenin tomaban las riendas (aunque, para aumentar la confusión, estos eran muchos menos que los mencheviques y el Bund juntos). En efecto, Lenin había rechazado el internacionalismo socialista judío (la fe cosmopolita de intelectuales como Trotski) y había optado por la tradición revolucionaria autóctona, en la que había injertado su propia versión implacable de populismo de sello naródnik en el marxismo. El bolchevismo, como su fundador, era ruso de los pies a la cabeza[30].

Sin embargo, debemos tener cuidado de no sobrestimar las célebres convulsiones del congreso de Bruselas. Judíos y marxistas eran pequeñas minorías en el Imperio zarista y ninguno de los grupos gozaba de apoyo en Rusia más allá de las filas de la intelligentsia radical. En los únicos actos violentos tras Kishiniev en los que se enfrentaron cristianos y judíos en 1903, un choque al que se dio mucha menos publicidad, acaecido en Gómel a finales de agosto, hubo menos de 10 víctimas. Esta vez murieron más cristianos (5) que judíos (4), porque estos últimos contaban con organizaciones de autodefensa, aunque de nuevo los judíos salieron perdiendo, pues se saquearon 250 hogares judíos. Sea lo que fuere lo que dio lugar a los horribles actos de violencia de Kishiniev y Gómel, existía un interesante paralelismo entre ambos casos que, en contra de la opinión del coro ferozmente antizarista de la prensa extranjera, hablaba en favor del régimen (aunque no de todos sus servidores). Aunque la policía local de estas ciudades de la vieja zona de asentamiento judía había fracasado estrepitosamente a la hora de prevenir los pogromos, la paz se restableció rápidamente cuando llegó el ejército regular[31].

Mientras reinara la disciplina en el ejército ruso, no había ninguna razón por la que el Imperio no pudiera sobrevivir a brotes periódicos de huelgas industriales y pogromos. La Ojrana y los revolucionarios jugaban al gato y al ratón, pero, para los rusos corrientes, se trataba de otro mundo, tan remoto como el de los bailes de Petersburgo a los que asistían los jóvenes aristócratas que se presentaban por primera vez en sociedad. Si hacemos un recuento de lo que podría denominarse de forma laxa oposición, la fuerza combinada de socialistas, populistas, nacionalistas separatistas, radicales judíos, organizaciones de autodefensa y hasta los terratenientes liberales rusos no era nada comparada con un ejército predominantemente campesino, que, incluso en tiempos de paz, a principios del siglo XX, contaba con más de un millón de soldados, la mayoría leales al zar, a quien servían. Mantener el orden social era parte importante de las tareas del ejército imperial ruso. En sus estatutos («Determinación del método de intervención de las tropas para ayudar al poder civil»), en vigor entre 1877 y 1906, se facultaba a las autoridades civiles para llamar al ejército por una variada serie de razones: para «mantener el orden durante las ceremonias religiosas, ferias y reuniones públicas», para «proteger la propiedad del Estado», para «prevenir el contrabando», para «servir de guardia o ayudar a ejecutar sentencias judiciales», para «capturar a bandidos y ladrones» y hasta para «extinguir incendios forestales» y «ayudar durante las inundaciones». El ejército siempre estaba preparado por si los gobernadores regionales o los funcionarios de las ciudades querían «prevenir o detener desórdenes populares». Es comprensible que muchos oficiales, y sus hombres, se resintieran por el hecho de que se les llamara para suprimir la disensión interna. Sin embargo, llevaron a cabo lo que se les ordenaba y, además, lo hicieron bien, a juzgar por las pocas bajas registradas en operaciones internas; hasta el severo repunte de la violencia en 1903[32].

Exceptuando algunas quejas por tener que realizar tareas propias de la policía, en general la moral del ejército imperial ruso era alta en los albores del siglo XX. ¿Y por qué no? El boom económico de Witte dobló la recaudación de impuestos en la década de 1890. Aunque el gasto militar no aumentó en la misma medida, entre 1890 y 1900 el presupuesto anual del ejército se incrementó en un 60 por ciento, lo que permitió un auténtico cambio generacional tras la adquisición del nuevo fusil de cerrojo Mosin y el primer cañón de tiro rápido de 3 pulgadas [7,6 centímetros]. En todo caso, el ejército ruso era mucho más fuerte que aquellos revolucionarios y bandidos que fueran lo bastante estúpidos como para ponerlo a prueba. En asuntos internos nadie podía con él, aunque, desde el punto de vista moral, sus actos dejaran que desear[33].

En cuanto a los enemigos externos, el resultado también era positivo. Aunque la guerra de Crimea de la década de 1850 no hubiera acabado bien, se peleó contra las dos mayores potencias de la época (Francia y Gran Bretaña), así como contra el Imperio otomano y el Piamonte-Cerdeña. La última guerra que Rusia había librado sola contra los otomanos, en 1877-1878, había sido un gran triunfo, pues el ejército del Cáucaso se había hecho con tres provincias del este de Turquía (Kars, Ardahan y Batum) y la línea de ataque principal, situada en los Balcanes, había logrado penetrar hasta San Stefano [Yeşilköy] (en la ubicación actual del aeropuerto internacional Atatürk a las afueras de Estambul). Es verdad que, en cuanto Gran Bretaña envió su flota, el congreso de Berlín de 1878 rechazó los términos para la paz redactados por Rusia. Sin embargo, por lo general, la moral de un ejército depende de su actuación en la última guerra y, en 1900, el ruso era un ejército vencedor[34].

Existían ciertas dudas sobre la cohesión del ejército, ya que los hombres que lo componían provenían de un vasto Imperio que acogía a más de cien nacionalidades, más de las presentes en la famosa corona dual multiétnica de Austria-Hungría. Según el censo de 1897, el primero y único elaborado durante el zarismo, el Imperio contaba con 125 millones de habitantes (y, probablemente, la cifra sea baja), de los que solo 55.667.469 (el 44 por ciento) pertenecían a la Gran Rusia. Los 22 millones de rusos de la Pequeña Rusia (hoy denominados ucranianos) y los 6 millones de «rusos blancos» (bielorrusos) constituían una gran mayoría de 87 millones de eslavos orientales ortodoxos, aunque también había muchos habitantes no rusos y minorías cristianas no ortodoxas, como los católicos polacos (cerca de 8 millones) y los finlandeses protestantes (3,5 millones). El Imperio contaba también con una población turcotártara musulmana de más de 13,7 millones, a la que había que sumar unos 5,2 millones de judíos con afiliación religiosa y algunos más, si añadimos a aquellos judíos que hablaban yidis. El resto (armenios, alemanes, georgianos, letones, lituanos y rumanos) no llegaba a los 2 millones de personas, si bien es cierto que se concentraban en zonas determinadas, lo que planteaba el riesgo de que se convirtieran en separatistas[35].

El ejército zarista reflejaba muy bien la composición multiétnica de la población imperial, aunque con significativas excepciones. El corazón del ejército era «eslavo oriental», pues casi el 75 por ciento de las tropas provenían de la Gran Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Los polacos servían en el ejército en un porcentaje proporcional a su número de habitantes, pese a que había dudas bien fundadas sobre su lealtad a un Imperio dominado por los rusos, por lo que, de forma deliberada, eran repartidos para que nunca pudieran constituir más del 20 por ciento en una unidad. Los polacos no servían en la Polonia rusa, una región fronteriza problemática que formaba un saliente entre la Prusia oriental alemana y la Galitzia austrohúngara. Lo mismo ocurría en el caso de otras minorías, pues procuraban mantener a los soldados de etnias minoritarias lejos de otros miembros de sus etnias con el fin de frustrar cualquier intento de creación de milicias nacionalistas. La excepción la constituían los finlandeses, a los que se les permitía servir en sus propios batallones porque así constaba en el acuerdo de paz por el cual Finlandia había pasado a formar parte del Imperio en 1809 (los finlandeses tampoco parecían tan escandalosamente nacionalistas como los polacos). El asunto era distinto en el caso de alemanes y musulmanes. Por un lado, había muchos oficiales alemanes del Báltico (sobre todo en la flota del Báltico de la marina), pero los alemanes menonitas de la región del Volga, animados a instalarse en Rusia por la emperatriz Catalina la Grande, estaban exentos del servicio militar a perpetuidad. Algo similar ocurría en el caso de los nómadas turcos de Asia central, que no solían figurar en las listas de levas zaristas. En cambio se alababa a los musulmanes del Cáucaso y Crimea por sus virtudes militares; una fama similar a la que tenían los musulmanes del Punyab en el ejército indio británico[36].

Los cosacos formaban una categoría aparte. La mayoría eran eslavos orientales ortodoxos, pero se trataba de profesionales más que de un grupo étnico-religioso. Las hordas del Don, Kubán y el Térek se autogobernaban y habían sido vasallos de los zares Románov desde el siglo XVII. Habían ayudado a defender (y a menudo a expandir) las fronteras del sur de Rusia y constituían la caballería auxiliar rusa en las guerras contra las grandes potencias. A finales del siglo XIX, el régimen zarista dependía de los cosacos para llevar a cabo tareas de vigilancia interna. Como utilizaban su pesado látigo de cuero sin curtir (knut) para controlar a las masas, este se convirtió en un símbolo de la represión rusa. Los cosacos adquirieron una pésima fama en Occidente, debido a su participación en la represión interna y en los pogromos antisemitas, que mantienen hasta hoy. De ahí que debamos tener en cuenta que, al menos hasta 1905, el ejército zarista los tenía en gran estima y los patriotas rusos los admiraban por el leal servicio que prestaban al país. Tolstói escribió una novela muy inspirada titulada Los cosacos, en la que compara su valor exento de egoísmo y su gran capacidad militar con la de sus desvaídos superiores rusos. La Rusia soviética los difamó y los consideró leales herramientas del Antiguo Régimen, pero, tras 1991, los cosacos han recuperado el favor popular y se cuentan muchas historias sobre sus actos heroicos[37].

El ejército zarista ruso no era tan moderno como el alemán. Solo sabían leer y escribir entre el 30 y el 40 por ciento de los reclutas, frente al 90 por ciento del ejército alemán. Los campesinos rusos conformaban una aguerrida infantería, pero no resultaba fácil enseñarles los rudimentos de la guerra moderna: manejo de artillería y ametralladoras y comunicaciones por radio. La mejor formación de los alemanes (posibles adversarios de Rusia desde que esta firmara una alianza defensiva con Francia en 1894) y de los franceses (aliados de Rusia) promovía en sus ejércitos un fuerte sentimiento de identidad nacional, basado en referencias compartidas y en un propósito común del que carecía el ejército zarista. A pesar de su elevado número de habitantes, a Rusia le costaba movilizar al mismo número de hombres que a sus rivales continentales. Las levas afectaban a poco más del 20 por ciento de los jóvenes. Rusia tenía un potencial militar enorme que no podía explotar al máximo debido a sus limitaciones sociales y políticas[3 ...