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PA' HABERNOS MATAO

Antonio Resines

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Fragmento

Quiero dedicar este libro, que es un pequeño paso para mí pero un gran salto para la historia de la literatura universal, a mi hijo Ricardo.

A la memoria de mi madre, Amalia.

A mi padre, José Ramón.

Y, por supuesto, a Ana.

ANTONIO RESINES

A Ana y José, mis padres, que ya no están.

A Álvaro, Carlota y Juan, que son mis niños.

Y a Antonio, que es el amor de mi vida.

ANA PÉREZ-LORENTE

 
Dos o tres cosas que sé de él,
por Fernando Trueba

Antonio...

La primera vez que le vi fue en la facultad. Iba escayolado y con muletas. Y con su inseparable Juanito (Juan Molina). Eran amigos desde el cole, desde que tenían siete años. Y lo siguen siendo más de medio siglo después. Dicho esto, ya no haría falta decir nada más de Antonio, pero tengo que escribir un prólogo, así que prosigamos...

A primera vista, si uno no les prestaba demasiada atención —lo que era difícil—, podían parecer Peter Fonda —Antonio— y Dennis Hopper —Juan—, que se habían escapado de Easy Rider y se habían salido de la película como Jeff Daniels en La rosa púrpura de El Cairo, pero si mirabas mejor, a quien se parecían era a Stephen Stills —Antonio— y a David Crosby —Juan—.

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Antonio y Juanito, qué gran pareja, un par de imprescindibles, de los que completan y mejoran cualquier alineación, haciéndola perfecta, algo así como Sócrates y Zico en la selección brasileña del ¿82? Una pareja que convierte en inmortal cualquier grupo de amigos.

Como Pierre y Bernard, mis inseparables amigos de sonido, que uno hacía películas por estar con ellos, que siempre han estado ahí y siempre lo estarán. Incluso cuando ya no están.

Cuando Pierre y Bernard vinieron a hacer Ópera prima, se enamoraron de España, de Madrid, de los bares de cañas... O sea: se enamoraron de Antonio y Juanito.

Pero ¿por qué hablo de tantos amigos si de lo que tengo que hablar es de Antonio? Tal vez sea porque hablar de Antonio es hablar de la amistad.

Antonio es español, muy español y mucho español, es decir: no tiene absolutamente nada de lo malo de la gente de aquí y posee absolutamente todo lo bueno. ¿Cómo explicarlo mejor? Tal vez diciendo que Antonio es Don Quijote pero es también Sancho Panza. Y si me apuras hasta el bachiller Sansón Carrasco. Pero lo que nunca será es el cura ni el barbero.

Antonio es un poco Di Stéfano, pero también Puskas y Gento. Tardé años en descubrir que Antonio es varias cosas a la vez siendo uno, siendo único. Como la Santísima Trinidad. Pero sin personalidad escindida, sin conflictos freudianos.

Porque Antonio es un tipo sólido. Como una mesa de roble a la que no le falta ninguna pata, en la que uno puede comer, leer, apoyarse, sentarse y hasta echarse la siesta si hace falta. Como le decía Jennifer O’Neill a John Wayne en Río Lobo: «Es usted un hombre muy confortable».

Y es que hay algo de John Wayne en Antonio, hasta en sus andares... Me explico: Antonio es como Río Rojo, pero sin Montgomery Clift, claro. No habría desentonado en Río Lobo, aunque ahí sería Dean Martin, ni en El Dorado, aunque ahí sería Robert Mitchum.

A primera vista podría parecer conservador, como John Wayne, pero solo a primera vista. Lo que Antonio es es un clásico, es decir, alguien que parece que siempre ha estado ahí.

Para saber cómo es Antonio recomiendo ver El hombre tranquilo. Él es John Wayne, pero también es Victor McLaglen y, como él, también tiene una libreta donde lo lleva todo anotado.

Es como El Padrino, el uno, el dos y el tres. La Santísima Trinidad: De Niro, Pacino y Duvall. Nada de Brando, ¿eh?

Siempre fue un fanático de Tintín, y, aunque a primera vista tiene algo del Capitán Haddock, si te fijas tiene mucho también de Tintín y hasta de Milú.

Como Jeff Daniels en la película de Woody, Antonio también se ha salido de la pantalla y anda por su barrio en salacot. Y es que es un poco Capitán Tan, pero también Locomotoro.

La prueba de que es un clásico es que ha trabajado, sin desentonar, con Fernán Gómez y Paco Rabal, con Agustín González y Manolo Alexandre, con Rafael Alonso y López Vázquez... ¡Si hasta se ha acostado con Luis Ciges! ¿Ustedes conocen a alguien que se haya acostado con Luis Ciges?

Pero igual que con esos, podría haberse mezclado con Pepe Isbert y Manolo Morán, con José Luis Ozores y Tony Leblanc... Podría estar sin esfuerzo en Los tramposos y La gran familia, en El Tigre de Chamberí y en Los económicamente débiles.

Y es que Antonio no desentonaría ni con los hermanos Marx, y es que tiene mucho de Groucho, algo de Chico y hasta un poco de Harpo... Pero nada, absolutamente nada de Gummo ni Zeppo. Eso no. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Es difícil imaginarlo en el Actor’s Studio o en Los comulgantes de Bergman, pero si hubiera nacido en Italia le habríamos podido ver en compañía de los sospechosos habituales, I soliti ignoti, de los Vitelloni, con De Sica y Fabrizi, Totò y De Filippo, Sordi y Tognazzi, Gassman y Mastroianni...

En Francia habría podido hacer compañía a los Raimu, Michel Simon, Fernandel..., pero no habría desentonado en una de Melville, con ese aire entre Lino Ventura y Jean Gabin, con un cable suelto a lo Louis de Funes.

Antonio posee una virilidad de las de antes. Me explico: puedes vestirlo de mujer como a Cary Grant en La fiera de mi niña o La novia era él y nunca deja de ser «un tío».

Mi amiga Dolores, que era la bibliotecaria de la facultad después de serlo de la Escuela de Cine y antes de serlo de la Filmoteca, y que nos conoció jóvenes y nos abrió su casa y su corazón, dijo que Antonio le recordaba a William Holden en Picnic...

Y Rafa, Rafita, jefe de eléctricos, iluminador jefe, gaf­fer, amigo, me dijo un día, a esas horas estúpidas a las que solemos empezar a rodar, cuando aún no han puesto las calles, viendo llegar a Antonio al rodaje y el efecto euforizante que su llegada provocaba en todos los miembros del equipo: «A Antonio habría que contratarlo en todas las películas, incluso si no hay papel para él».

Antonio nunca pidió ser actor. Ha sido actor porque se lo han pedido. El secreto de su éxito es que no es artificial, es próximo, cercano, entrañable, humano, cálido. Ríe mucho pero hacer reír mucho más.

Antonio sabe llorar. Lo sé porque lo he visto. Una vez. Pero es la persona menos llorica que conozco.

Antonio no siempre está ahí cuando a uno le gustaría. Pero siempre está ahí cuando uno lo necesita. Antonio puede ser elusivo y hasta reclusivo. Pero es el tipo menos plasta que conozco.

Sé que al final de la vida, si me pusiera a enumerar, como John Huston hace al final de sus Memorias, esas cosas que si uno volviera a nacer le gustaría haber hecho mejor, inmediatamente después de «pasar más tiempo con mi madre, con mi hijo, con mis hermanos» pondría «pasar más tiempo con Antonio».

Antonio es legal, es noble, es gracioso. Es lo que ves, o sea: es de verdad. Un caso escaso. El amigo que a todo el mundo le gustaría tener, un tipo del que te puedes fiar, uno de los nuestros.

FERNANDO TRUEBA

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Palabras liminares

Hay un par de cosas que creo debe conocer el intrépido lector que ha decidido enfrentarse a este libro. Habla de mi vida, y por lo tanto aparecen personas y hechos que para mí han sido importantes. Con las personas no he tenido problemas, sé quién ha formado parte de mi vida y quién no, pero los hechos..., eso me ha costado más. Cuando intento recordarlos para plasmarlos en papel, me doy cuenta, con creciente frustración, de que recuerdo más bien poco. Para ser más exacto, de algún hecho lo recuerdo todo pero de la mayoría recuerdo poco o nada. No quiero con esto que penséis que mi vida ha sido tan compleja y aturullada que ni siquiera una mente despierta y sagaz como la mía ha sido capaz de retener tanto detalle. NO, digamos que es más bien simple, básicamente he trabajado mucho y cuando no he tenido trabajo, he disfrutado de mi familia y de mis amigos. Y han sido precisamente mi familia y mis amigos los que han tenido la paciencia de sentarse conmigo a charlar durante horas para recordar juntos los avatares de estos sesenta y dos años.

En este libro están mis recuerdos y cómo he vivido YO las cosas, pero también los de ellos y la opinión que ellos tienen de mi persona. Observaréis que las opiniones casi siempre son elogiosas; es normal, ya os he dicho que llamé a mis amigos. Si hubiera llamado a la gente que piensa que soy un imbécil —que si te pones a buscarla la encuentras fijo— o a la que me cae como una patada en los huevos, los comentarios que encontraríais en el libro no serían, por decirlo de forma suave, tan amables y cariñosos.

Este libro es, por tanto, una visión totalmente parcial y falta de la más mínima objetividad de mi vida, vista a través de mis ojos y de los de las personas que me quieren.

 
 
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RECUERDOS DE INFANCIA DESLAVAZADOS

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El paquete

Si cierro los ojos y pienso en mi infancia, veo muchas cosas. Veo El Retiro, adonde nos llevaban a jugar de pequeños, un jardín en Torrelavega. También mi cabeza siempre llena de golpes o las peleas con mis hermanos, y al fondo, siempre mi madre. Mi madre, que ya no está. Que no es la única persona de mi infancia que se ha ido, pero sí la más importante, sí la más insustituible. Con ella hablaba prácticamente a diario; de hecho, me seguía regañando cuando consideraba que tenía que hacerlo, lo cual era bastante a menudo, y tenía un sentido del humor increíble: con ella me reía muchísimo. Creo que la gran culpable de que yo siga siendo la misma persona que era cuando empecé a trabajar en el cine es ella. Algo más sabio, un poco, y más calvo, eso bastante, pero la misma persona. Cómo no voy a echarla de menos.

Nací en Torrelavega (Cantabria) el 7 de agosto de 1954 de forma casual. Aunque mis padres, cántabros, se habían trasladado a vivir a Madrid, pasaban en Torrelavega los veranos. De manera que, aunque vivo en Madrid desde que nací, me siento cántabro y me escapo a Cantabria siempre que puedo.

La madrugada del 7 de agosto de 1954 mi tía Mari, la hermana pequeña de mi madre, volvía de un baile en el casino de Torrelavega. Entró en el portal y metió la mano en una ventanita que había en una esquina para coger una llave de esas grandes y antiguas con la que abrir la puerta de la casa. Dejó la llave en su sitio, tachó su nombre en la lista que había al lado de la llave y entró. Aquí hago un inciso para explicar lo de la lista de la entrada, que seguro que más de uno no lo habrá entendido: la casa de mi abuela tenía un portal enorme que permanecía abierto hasta que llegaba el último de mis tíos, que, cuando se aseguraba de que los nombres de todos los demás estaban tachados, cerraba la puerta. Aquel 7 de agosto, ya dentro de casa, mi tía empezó a subir por la enorme escalera, se había quitado los guantes y llevaba los zapatos en una mano para no hacer ruido. Se dirigió hacia su habitación y, de repente, la puerta del cuarto de su madre se abrió y de ella, como por arte de magia, apareció una enfermera con un paquete en los brazos: «Tenga», le dijo, y sin más se lo dio. El paquete, claro, era yo.

Nací en la habitación de mi abuela, encima de su cama cubierta con un hule que por lo visto traía el propio médico, que se llamaba Pepitines. No he encontrado a nadie que pudiera decirme el nombre real de dicho médico ni que me explicara por qué el hombre se hacía llamar de esa forma.

Me bautizaron unos días más tarde en el comedor de casa de mi abuela y lo celebraron después con un desayuno. Mis padrinos fueron mi tío Wenceslao Mazón y mi abuela Carmen. Mi tía suele contar que yo era muy guapo, pero mi madre discutía con mi abuela porque, al parecer, ella decía que, en realidad, no era tan guapo como mi hermana.

Cuando nací, y hasta que tuve nueve años, mi familia vivía en la calle Sainz de Baranda, en el barrio del Retiro. Mi hermana Maite había nacido dos años antes y con ella compartí mis primeros juegos; ella siempre ha estado y sigue estando ahí. Cuando aún no había cumplido los dos años, tuvo la escarlatina y nos separaron para que no me contagiara. Dicha separación consistió en que mi padre, que tenía que ir a Santander por trabajo, me montó con él en el tren y al llegar a la estación de Torrelavega me estaban esperando tía Mari, tío Antonio y Nati con un montón de mantas en el andén. Era pleno invierno y cuando el tren se detuvo mi padre aviso desde el vagón: «Estamos aquí, estamos aquí», y me entregó por la ventanilla a mi tío Antonio, que inmediatamente le pasó el paquete a Nati, que estaba a su lado con los brazos abiertos. De manera que, por segunda vez en mi vida, volví a ser un paquete.

Me llevaron a casa de mi abuela y cuentan que ahí me pasé los primeros días diciendo: «Papá, mamá, Tate, papá, mamá, Tate», y llorando sin parar. Intentaban distraerme con cualquier cosa para que me pusiera contento, pero de repente me quedaba muy serio, hacía un puchero y otra vez «papá, mamá, Tate», y a llorar de nuevo. Los berrinches no duraron mucho, supongo que en ello tuvo que ver el hecho de que mi tía Mari tenía la voz, y hoy en día todavía la tiene, muy parecida a la de mi madre y me encariñé con ella enseguida. Aparte de eso, iniciaron una terapia de choque que consistía en llevarme al parque, darme dulces y comprarme juguetes todos los días, así que pronto pudieron tranquilizar a mi madre, que llamaba por teléfono a diario preocupada por mi estado. Mi abuela llamó a su aña, que todavía vivía, para que se hiciera cargo de mí durante esos meses. Había sido aña de mi abuela y después niñera de mi madre y sus hermanos, así que debía de tener unos mil años. La recuerdo con su uniforme, su cofia y unos pendientes larguísimos que me parecen, viendo hoy las fotos, lo menos indicado para cuidar bebés. La aña hipnotizaba gallinas y a mí me tenía completamente fascinado. Ahora pienso que igual también me había hipnotizado a mí. Aparte de estar con la aña, mi tía Mari me llevaba con ella a todas partes y entre sus amigas y las amigas de mi abuela me tenían entretenido. Me cuenta mi tía que yo me reía muchísimo y que era un niño encantador, más o menos como ahora. Estuve viviendo en casa de mi abuela hasta septiembre, pero en junio habían llegado mis padres con mi hermana, la famosa Tate, ya recuperada, a pasar el verano.

Un par de años después Maite también tuvo la tiña y se quedó sin pelo. Le compraron una capota con un flequillo y unas trenzas que me daban un miedo espantoso. La verdad es que mi hermana, la pobre, tuvo de todo.

Antes de empezar el colegio, íbamos a un piso cerca de casa, lo que hoy equivaldría a un jardín de infancia, donde nos daba clases una señora de la que solo soy capaz de recordar que tenía un perro. No sé bien qué nos enseñaría, cuatro letras y a dibujar, supongo, no lo recuerdo, pero de lo que sí me acuerdo perfectamente es de que un día mi hermano Moncho salió de allí con un cartel tipo hombre anuncio que ponía por delante y por detrás «Soy un burro». El método no me parece a priori demasiado sutil, y mi hermano estuvo llorando todo el camino a casa, que afortunadamente era corto, y lo cierto es que no mejoró sus resultados académicos al día siguiente. Ya en esa época mi hermano Moncho era más grande que yo. Era, por decirlo de alguna manera, robusto, y a mí me jodía porque existe una norma no escrita, o eso entendía yo entonces, por la que el hermano mayor tiene que ser más grande y más alto, y en mi caso no era así. De forma que me vengué y me pasé todo el camino diciéndole: «Eres un burro, eres un burro», lo que tuvo como consecuencia que al llegar a casa ese día nos pegáramos más que de costumbre.

Cuando íbamos al Retiro desde casa, el más pequeño iba en el carrito y los demás atados con correas al cochecito para no escaparnos, porque éramos malísimos. En la puerta de la calle Ibiza, por donde entrábamos nosotros, estaba siempre Pirulo, que vendía chicles, chuches y polos; el polo de menta era el mejor y el que pedíamos todos. Mis hermanos se tomaban el polo a toda velocidad y, cuando ellos habían terminado, el mío seguía prácticamente intacto. Entonces todos me pedían un poco y yo lo chupaba con parsimonia y contestaba tranquilamente «no», y seguía comiendo sin ni siquiera mirarles, disfrutando del momento. Dentro del parque del Retiro estaba la Casa de Fieras. Nos encantaba ir a mirar a los monos, sobre todo por las obscenidades que hacían delante de todo el mundo sin ningún reparo. Un día mi padre se dio cuenta de la razón por la que salíamos disparados hacia su jaula nada más llegar y siempre intentaba, sin mucho éxito, desviarnos hacia la de tigres y leones.

En 1963 se rodó en España El fabuloso mundo del circo, con John Wayne y Rita Hayworth de protagonistas. Parte de los decorados se montaron en El Retiro, y debió de ser un acontecimiento porque mi padre nos llevó a verlos. No nos dejaron acercarnos mucho, pero yo recuerdo un montón de camiones y carpas, mucho barullo y, sobre todo, que regresé a casa muy impresionado.

Mi tía Mari, con la que yo a raíz de aquel verano en Torrelavega me había encariñado mucho, venía a visitarnos a Madrid, para ver a mi madre y echarle una mano. Con cinco niños y una diferencia de siete años entre la mayor y el pequeño, cualquier ayuda era siempre bienvenida. De manera que cuando llegaba mi tía era ella la que se encargaba de sacarnos de paseo. El otro día hablando con ella recordábamos las idas y venidas al Retiro con los cinco niños y me dijo: «Yo creo que tu madre confiaba en mí porque nunca supo exactamente lo que pasaba en esos paseos; yo llegaba como podía con los cinco, me quedaba con el pequeño en el carrito y entonces los demás se largaban a correr y pelearse sin control ninguno. Y mientras os veía pegaros como bestias pensaba: “Madre mía, si Amalia supiera lo que está pasando aquí...”».

Es en estos años cuando se produce mi primera no asistencia al cine, precisamente con mi tía Mari. Fue para ver La dama y el vagabundo. A menos de una manzana de casa mi tía metió el tacón del zapato en una alcantarilla, se le rompió y volvimos a casa sin haber llegado siquiera a la taquilla.

Lo que recuerdo vivamente de aquellos primeros años es la tele. La primera se compra en mi casa cuando nace mi hermano pequeño, en 1960. Hasta ese momento subíamos a casa de un vecino a ver la tele por las tardes. De este vecino tan amable solo puedo decir que se llamaba Enrique, que tenía una mujer, Rosa, y que casi me ahogo un verano cuando tenía cuatro años en la piscina de una casa que tenían en la sierra.

Todavía soy capaz de cantar de memoria canciones de muchas series de entonces: Rin tin tin, Lassie, La mula Francis, Mister Ed y, por supuesto, Bonanza. Recuerdo lo raro que se me hizo años después, en una reposición, ver Bonanza en color. Me acuerdo de los nombres de los cinco hermanos Telerín que nos mandaban a la cama y de todos los Chiripitifláuticos que me recibían al llegar del colegio. Ah, y se me olvidaba: también me acuerdo de Perry Mason y de Ironside.

La vida en casa era de todo menos tranquila. Dormíamos todos los chicos juntos y la misma habitación servía a la vez de cuarto de juegos y de estudio. Con mi hermano Moncho, con el que me llevo un año y poco, me peleaba muchísimo. Como ya he dicho antes, aunque más pequeño, era más alto que yo y las peleas eran constantes y en cualquier lugar: en la calle, en nuestro cuarto, en el parque, en el pasillo y en el cuarto de estar. Nos peleábamos en todas partes, lo que para mi madre debía de ser una auténtica locura.

Recuerdo varios episodios. Uno de ellos fue un día en el que estábamos jugando a la pídola y cuando me tocaba saltar a mí, Moncho se apartó al verme venir, me estrellé contra la pared y me rompí las dos muñecas. Al día siguiente fui al colegio con las dos manos escayoladas.

En otra ocasión me empujó contra un armario de dos cuerpos que había en nuestro cuarto y este se me cayó encima y me quedé debajo, oculto entre la ropa que había dentro y gritando: «¡Mamá, mamá!». En esos casos, cuando mi madre llegaba cobrábamos todavía más; debía de estar harta, la pobre, de convivir con una pandilla de bestias en casa.

Visto con perspectiva éramos francamente malos: no parábamos quietos y la casa debía de ser una pesadilla porque nos peleábamos a todas horas. Los altercados normales los solucionaba mi madre; cuando ya había algo más grave, por ejemplo, un armario roto o todos los cristales, que alguna vez ocurrió, tomaba cartas en el asunto mi padre nada más llegar de trabajar. La frase que solía decir mi madre era: «Te estampo contra la pared», y a mí esa imagen de mi madre despegando a un niño de la pared como si fuera una pegatina siempre me hizo mucha gracia. Si la cosa era más seria entonces decía: «Ya verás cuando llegue tu padre».

En Navidad ponían un abeto grande en el cuarto de estar de casa y un nacimiento en el que íbamos acercando los Reyes Magos un poco cada día, de manera que acabaran delante del portal el 6 de enero. Ese día nos levantábamos todos muy temprano, como todos los niños de España, y las puertas del salón permanecían cerradas mientras mis hermanos y yo desayunábamos en la cocina. Cuando habíamos terminado con el roscón, formábamos una fila de menor a mayor delante de la puerta y solo entonces nos dejaban entrar a ver nuestros regalos. Una mañana de Reyes durante el desayuno, me vi en la obligación de confesar a mis padres: «Ayer por la noche vi a los Reyes Magos entrar por el balcón», y les tranquilicé: «Pero me fui corriendo a la cama para que no me vieran». Yo me había ido la noche anterior angustiado a la cama pensando que igual me habían visto y que a la mañana siguiente sería el único de los hermanos que no tendría juguetes. En ese momento no entendí por qué mis padres no parecían creerme.

Un año los Reyes le trajeron a mi hermana Maite un muñeco que ella enseguida bautizó como Pepín. Tenía el cuerpo de trapo, cabeza, manos y pies de goma y unos enormes ojos azules. Vestía una trenca roja, pantalones escoceses y unas botitas marrones, y era, según Maite, el muñeco más bonito del mundo. Cuando lo vio se le iluminó la cara y, conforme lo iba sacando de la caja, le metí los dedos en los ojos y lo dejé ciego. Le tuvieron que llevar al hospital de muñecos para arreglarlo. El incidente me pareció muy gracioso, pero mi hermana Maite no opinó lo mismo y mis padres tampoco. Mi regalo esas Navidades fue un tren eléctrico, que afortunadamente ella no rompió como revancha, pero del que no pude disfrutar hasta mucho después como castigo por haber lesionado a Pepín.

A los doce años presumía en clase de ver Belphegor, el fantasma del Louvre, aunque rara vez conseguía ver más de una secuencia porque tenía dos rombos y mis padres me mandaban a la cama en cuanto empezaba. Pero era la serie de moda por dos razones obvias: daba muchísimo miedo y la actriz protagonista era muy guapa, así que me las ingeniaba como podía para conseguir que a base de invenciones pareciera que sí la veía. Para los que no lo recuerden o sean más jóvenes, el argumento era el siguiente: un guardián del Museo del Louvre ve un fantasma vagar de noche por los pasillos. Como tiene cierta afición por la bebida, no le creen, pero, aun así, su jefe decide pasar una noche en el museo y aparece muerto a la mañana siguiente. Es entonces cuando la policía se toma en serio el asunto y una joven y guapa estudiante, interpretada por Juliette Gréco, decide investigar por su cuenta.

Cuando llegaba la noche intentaba por todos los medios esquivar la supervisión de mis padres para conseguir ver algo en la tele. En aquellos años me eran de gran utilidad unos ataques de tos que sufría noche tras noche. Los ataques eran causados por una enfermedad llamada falso crup. No es grave, pero el síntoma es la tos seca y aparatosa, como un ladrido de perro, que aparece durante la noche. Lo único que se puede hacer es sentar al niño a respirar aire húmedo. Así, me sentaban en el cuarto de estar a respirar vapor de eucalipto mientras mis padres veían la tele. Gracias a hacerme el dormido, conseguía ver series y películas que no me estaban permitidas, como las Historias para no dormir, de Chicho Ibáñez Serrador.

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Feo y cabezón

Los veranos, esos veranos antiguos que se prolongaban durante casi cuatro meses, los pasábamos en Torrelavega con mi abuela materna, Carmen, que vivía en una casa enorme que todavía existe, en el centro de la ciudad, con sus hijos solteros: tío Luis, tío Antonio, tía Luisi y tía Mari. Allí nos juntábamos todos los veranos un montón de primos.

«Por San Pedro y San Pablo nos metían en el coche-cama a todos los hermanos y un montón de baúles, porque al norte hay que ir de veraneo con katiuskas, traje de baño, chubasquero y camiseta. Nos acompañaba una señorita que nos cuidaba. Nos instalábamos en casa de la abuela hasta el Pilar, cuando volvíamos a Madrid. Allí nos reencontrábamos con Nieves, que era nuestra niñera, y con Nati, que vivía con la abuela y era su mano derecha, su mano izquierda y la que controlaba todo: desde el servicio hasta los asuntos de la abuela. Era, además, una cocinera extraordinaria», cuenta mi hermana Maite.

«Para Amalia los viajes eran agotadores —recuerda mi tía Mari—. Tú no te dormías, Moncho no paraba de llorar porque estuvo llorando los primeros dos años y Maite no paraba de preguntar: “Mamá, ¿te cuento el cuento de Caperucita?; mamá, ¿te cuento el cuento de los siete cabritillos?; mamá, ¿te cuento...?”».

Mi abuela se llamaba Carmen Ruiz de Rebolledo y mi abuelo Antonio Resines. Mi abuelo murió de un infarto con cuarenta y pocos, cuando mi madre tenía ocho años, y dejó a mi abuela viuda y con seis hijos.

Mi abuela jamás cocinó, pero me cuenta mi tía que a veces se acercaba por casualidad a la cocina, metía una cuchara de palo en el puchero que en ese momento estuviera en el fuego, le daba un par de vueltas y se volvía al salón. Ese día cuando llegaba la comida a la mesa, según la probaba, decía: «Cómo me han quedado hoy las lentejas», ante el asombro de Nati, que no podía evitar mirarla completamente anonadada.

De mi abuelo Antonio dicen que era un hombre carismático, tremendamente simpático, que se llevaba bien con la gente y ayudó siempre que pudo a todo el mundo. Su entierro fue multitudinario y cuando yo era pequeño, habiendo transcurrido casi veinte años de su muerte, todavía recuerdo a gente trayendo gallinas, queso y fruta y verdura como regalo de agradecimiento a mi abuelo.

El plan del verano era ir casi todos los días al parque de Torrelavega, donde teníamos nuestra pandilla. Allí se encontraba una estatua de Adolfo Ruiz de Rebolledo, hermano de mi bisabuelo, que había traído las aguas a la ciudad. Justo detrás de la estatua había unas casas en las que vivían unos niños con los que quedábamos para pegarnos. Todo empezó porque un día nos dijeron que no podíamos beber agua de la fuente, que era de ellos. Como es de suponer, acabamos a cantazo limpio. Si íbamos al parque había pelea seguro, pero debíamos esquivar a Carpio, el guardia, que a mi hermana Maite le parecía un señor altísimo y guapísimo, porque nos separaba si nos pillaba peleándonos. El primer día del verano siempre corríamos a buscarle para darle un beso.

También jugábamos a indios y vaqueros, como todos los niños, pero con la variante de que cuando cogíamos a alguno del equipo contrario le torturábamos, de aquella manera, nada irreparable, para que confesara no sé bien el qué. Había uno que era el más bajito y el que menos corría de toda la pandilla, así que le cazábamos casi siempre a él y acababa siendo el que más recibía del verano.

Un año a mi hermano Moncho le regalaron un grifón francés y le puso de nombre Dino. No le dejaron llevarlo a Madrid, por lo que se quedó en casa de la abuela, y veíamos al perro solo en verano. Me contó el otro día mi tía que en una ocasión salió de paseo con el perro y al volver estaban nuestras maletas en el portal porque habíamos llegado hacía un rato. El animal salió corriendo como un loco escaleras arriba hasta encontrarnos. Supongo que cuando nos reencontrábamos, los saltos, gritos y ladridos, nuestros y del perro, se podían oír en toda la ciudad.

Fue a los catorce años cuando tuve mi primera novia, una niña de la pandilla del parque. Era rubia y llevaba trencitas, pero no recuerdo ni siquiera cómo se llamaba. Intuyo que no debió de ser una relación muy sólida, entre otras cosas porque nunca llegamos a hablarnos, lo que hacía difícil, cuando no imposible, cualquier tipo de intimidad.

La fiesta más importante de Torrelavega es la de la Virgen Grande, que se celebra en el mes de agosto. Íbamos a la feria y ahí había una noria, coches de choque y todo tipo de barracas, pero también teníamos que ir a todas las procesiones, absolutamente a todas. Era una época en la que un porcentaje altísimo de la población, unos por convicción y otros por obligación, tenía que ir a ese tipo de actos religiosos. Pero mis padres eran religiosos y nos tocaba ir a todas.

Cuando llovía jugábamos dentro de casa y pasábamos horas viendo la tele y escuchando música en un pick-up que había en una habitación que mi abuela llamaba «la salita».

Había un jardín en el que también jugábamos muchos ratos al tiro al blanco y al escondite. Tenía un porche de piedra, una tejavana de madera, un pozo y caminos de piedra. Un niño vivía en una casa cuyo balcón daba a este jardín y desde lo alto descolgaba una cuerda para pasarnos los tebeos que él ya había leído y nosotros le pasábamos a él los nuestros. Con lo fácil que habría sido bajar al jardín y hacer allí el intercambio, pero el invento de la cuerda le daba una dimensión de aventura y riesgo que era lo que realmente nos gustaba.

Durante el verano las peleas con Moncho continuaban. Un clásico. En una ocasión bajaba yo corriendo a toda velocidad por las escaleras de casa de mi padrino y Moncho me estaba esperando fuera, en la puerta, con una silla del bar de enfrente en la mano. Cuando vio que me acercaba puso la silla delante de la puerta y me estampé contra ella. El resultado fue que me rompí un montón de costillas, todas las flotantes y varias de las otras. Me escayolaron entero y tuve que volver a Madrid con el tronco inmóvil y sin apenas poder moverme. Recuerdo con horror aquel viaje en el que Moncho, armado con una aguja de hacer punto, era el encargado de rascarme cuando me picaba. En el fondo nos queríamos mucho y hasta hoy.

El 20 de agosto de 1961, con siete años recién cumplidos, hice la Primera Comunión en la capilla del Colegio de los Sagrados Corazones de Torrelavega, de donde mi abuela era antigua alumna. Después de la ceremonia fuimos a desayunar chocolate con churros al hotel Moderno. Al volver me esperaba en el jardín una bicicleta con ruedines de los que después de practicar solo tres días ya pude desprenderme. Ese día también me dejaron comer en la mesa con los mayores y de postre había una tarta de hojaldre coronada con merengue y fruta escarchada. Por la tarde vinieron los de la pandilla del parque a merendar a casa.

Cuando estábamos en Torrelavega frecuentábamos la playa de la Concha, en Suances. Para ir hasta ahí nos metíamos en el Seiscientos con mi madre, mi abuela, mis cuatro hermanos y yo. No sé muy bien cómo, pero cabíamos. Nati nos preparaba unas fiambreras llenas de fritos que estaban buenísimos. Recuerdo que en la playa había una mujer que iba vestida de negro con un delantal blanco inmaculado y un moño. Se paseaba por la playa con una cesta llena de cucuruchos con patatas fritas, cortezas, quisquillas y cangrejos y se ganaba la vida vendiéndolos. Todavía recuerdo su nombre, María la Cangrejera.

Hasta que tuve más o menos trece años íbamos mucho al cine con mis padres. En invierno todos los fines de semana y en verano, de vez en cuando. Cuando vivíamos en Sainz de Baranda íbamos al Sainz de Baranda o al Ibiza; después, cuando nos mudamos a José Marañón, al Colón o al Chueca. En verano íbamos sobre todo con mi madre al Principal de Torrelavega. Me vienen a la cabeza muchas películas de esa época, desde Los tres caballeros, de Disney, hasta La máquina del tiempo o La mujer pirata, que me encantó. Me enamoré de Marisol cuando vi Marisol rumbo a Río, como todos los niños de entonces, y pasé mucho miedo volviendo a casa con mi madre después de ver Ben-Hur, porque me acordaba de los leprosos. Me puse pantalón largo por primera vez con trece años para colarme a ver Rebeca y El graduado, que eran para mayores de catorce. No sé hasta qué punto habrán influido esas tardes de cine con mis padres y hermanos en el interés que por él tuve a partir de los quince años.

Todos los veranos pasábamos unos quince días en casa de mi tía Carmen Resines, hermana del abuelo. La tía Carmen era un auténtico personaje y estaba casada con el tío Vicente.

Vivían en La Pezuela, que es una casa enorme que está en el pueblo cántabro de Entrambasaguas, situado en la comarca de Trasmiera. Aunque está en el interior, se encuentra muy cerca de la costa. En La Pezuela volvíamos a juntarnos todos los primos y mientras estábamos ahí se encargaba de cuidarnos Nieves.

A lo largo de mi infancia, por una u otra razón, yo siempre tenía la cabeza llena de golpes. Con seis años, un día me di con las rodillas en la barbilla cuando saltaba a la comba en el jardín. Como tenía la lengua fuera, me la partí. No sé cómo describir lo que sangra una lengua, pero es lo más parecido a un surtidor. Nieves me envolvió en una toalla y nos montamos en la serre rumbo al veterinario del pueblo Nieves, mi madre, Maite y yo. El veterinario me agarró la lengua y me la cosió en vivo, sin anestesia ni contemplaciones. Solo recuerdo haber caído redondo. Después me colocaron otra vez encima de Nieves y a casa. Maite preguntaba a mi madre mientras me cosían: «Mamá, ¿se va a morir, se va a morir? ...