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PROMESAS INCUMPLIDAS

Javier Moscoso

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Fragmento

AGRADECIMIENTOS

 

 

 

Durante el tiempo que ha durado la redacción e investigación que ha dado lugar a este libro, he contraído deudas de muy distinta naturaleza. El Centre Alexandre Koyré y el Centro de estudios del siglo XIX en la Sorbonne, ambos en París, la Universidad de Washington en St. Louis (USA), el Fishbein Center for the History of Science y el Departamento de Historia de la Universidad de Chicago, el personal del Archivo Departamental de Val-de-Marne, el personal de los archivos del APHP de la rue des Minimes, en París, la Wellcome Library, en Londres, la Biblioteca Nacional de Madrid, la Bibliothèque de Médecine de la Université René Descartes, París V (BIU) han contribuido a hacer de este un mejor libro. A lo largo de los años de estudio y redacción, pude beneficiarme también de distintos permisos de estancia, concedidos por el Ministerio español de Economía en el Centre Alexandre Koyré y el Centro d’études du 19ème siècle, en París I, Sorbonne, así como de una invitación como George Lurcy Visiting Professor en la Universidad de Chicago. El Colegio de España, su director Juan Ojeda, su gestor, Ramón Solé, así como el resto de personal tuvieron la gentileza de acogerme durante los meses de octubre de 2015 y 2016. Fue allí, apenas a unos minutos a pie de la vieja prisión hospicio de Bicêtre, que he terminado este libro, todo bajo el auspicio de distintos proyectos de investigación del Ministerio de Economía y Competitividad (FFI2016-78285-R). Para la búsqueda del caso clínico con el que se abre este libro he contado también con la ayuda de Sylviane Sauge, Adjointe au Directeur del Département des patrimoines écrits. Médiathèque du Grand Dole et archives municipales de Dole.

Muchos han sido también los colegas con los que he tenido oportunidad de discutir algunas de las ideas contenidas en esta obra, por más que la última responsabilidad de lo aquí escrito recaiga tan solo en mi persona. Para empezar, me gustaría agradecer a mi editora de Taurus, Elena Martínez Bavière, por su paciencia y su apasionada confianza. En el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC he encontrado siempre la luz en colegas a los que al mismo tiempo aprecio y admiro. Junto a los compañeros del Departamento de Historia de la ciencia, me gustaría mencionar especialmente a Pura Fernández, Eduardo Manzano, Ana Rodríguez, Fernando Rodríguez-Mediano, Cristina Jular, Mercedes García-Arenal, Manuel Lucena-Giraldo, así como la directora de mi instituto, Chelo Naranjo, y el personal de administración y servicios. Fuera del CSIC, la lista también es grande. En el contexto más académico, debo reconocer mis deudas con Jo Labanyi (NYU, Nueva York), Tilli Boon (Washington University, St. Louis), Ignacio Infante (Washington University, St. Louis); Elena Delgado (University of Illinois, Urbana), Akiko Tsuchiya (Washington University at St. Louis, USA), David Niremberg (Universidad de Chicago), Robert Richards (Universidad de Chicago), Joanna Bourke (Birkbeck College, Londres), Sofía Torallas (University of Chicago), David Konstan (NYU, Nueva York), Jesús Vega (UAM, Madrid), Esperanza Guillén (Universidad de Granada), Jean Goldstein (University of Chicago), Lorraine Daston (MPIWG, Berlín), Barbara Rosenwein (Loyola University, Chicago), Suzannah Biernof (Birkbech College), Dominique Kalifa (Sorbonne), Frédérique Langue (CNRS), Rafael Mandresi (Centro A. Koyré, París), Akihito Suzuki (Universidad de Keio, Tokio), Nuria Godón (Florida Atlantic University), Rob Boddice (Freie Universität, Berlín), Fernando Broncano (Universidad Carlos III, Madrid), José Luis Villacañas (Universidad Complutense, Madrid); Marta Sábado (París), María Lumbreras (Johns Hopkings University); Belén Rosa de Egea (Cartagena), Elena Carreras (Queen Mary, Universidad de Londres), Fay Bound (QMC, Londres), Thomas Dixon (Queen Mary, University of London), Fernando Vidal (ICREA), y Francisco Ortega (Universidad del Estado de Río de Janeiro, Brasil), entre otros muchos.

Algunas de las ideas contenidas en este libro pudieron discutirse durante los distintos cursos sobre historia y teoría de las emociones que impartí en el CSIC, en Madrid, en la Universidad Iberoamericana, en México, en la Universidad de Chicago, en las Universidades de Tokio y de Keio, Japón, en la Universidad de Rennes, en Francia, en el IVAM, en Valencia, en la Universidad Autónoma de Madrid y en la de Barcelona. También en los agradables encuentros de la Sociedad de Santa Leocadia en Cantabria, por los que estoy muy agradecido a Eva Fernández, a Francisco Jarauta, a José Enrique Ruíz-Domènec, a Rafael Segura y a Rosa, entre otros muchos. El grupo de investigación que dirijo en Madrid ha sido testigo de los avances y retrocesos de esta investigación. Muchas gracias a Juan Manuel Zaragoza, Alberto Fragio, Antonio Sánchez, Nike Fakiner, Josefa Ros, Marina Cruz, Victoria Diehl, Marina Núñez, Diego S. Garrocho, Loren Berlanga, M. Cruz de Carlos, Susana Gómez, Ruth Somalo, Vicente Palop, Blanca Folch, y Mónica Portillo. Sheila Lastra ha tenido la paciencia y la generosidad de leer y mejorar todos los capítulos de este libro. No hay palabras para expresar mi gratitud.

Después de toda una vida de relación, mi siempre esposa ha seguido siendo, aun en la distancia de la separación, el sustento de mis alas. Tal vez el amor sea el peor enemigo del matrimonio, pero estoy seguro de que, cuando todo oscurezca, allá estará Reyes iluminando mi noche. Nuestro hijo, Arturo, sigue siendo la gran alegría de mi vida entera. Soy el más afortunado de los hombres.

INTRODUCCIÓN

 

 

 

Quien miente no quiere recordar, quien incumple sus promesas busca que los demás olviden, quien deshonra sus acuerdos persigue reconstruir el pasado de modo que el eco de sus viejas palabras caiga en la indiferencia. Quien miente también calla. Quizá con el tiempo, se dice, la letanía de su silencio llegue a sugerir que nada tuvo lugar como los demás lo recuerdan. Tal vez los años consigan borrar la sombra de la sospecha o la marca de la ignominia. Quizá la traición pueda reinterpretarse a la luz de un presente más benévolo o sumergirse para siempre en la oscura noche de la desmemoria. El tiempo y el silencio son los grandes aliados de la iniquidad, como la memoria y la palabra lo son de la justicia. Al contrario que el traidor, que busca ant

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