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PROYECTO KRAKEN (WYMAN FORD 4)

Douglas Preston

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Fragmento

2

Melissa Shepherd se saltó su habitual desayuno compuesto por un café largo y un pedazo de tarta y lo sustituyó por dos vasos de agua mineral. Quería empezar el día con el estómago vacío. No quería vomitar como la última vez, cuando el Curiosity aterrizó en Marte. Los huevos fritos terminaron en su bata blanca de laboratorio y la convirtieron en la estrella de un vídeo viral de YouTube donde todos sus compañeros aparecían aplaudiendo cuando el Curiosity tocó tierra y a ella se la veía manchada por su propio desayuno.

Tenía por delante una mañana de más tensión aún que la del Curiosity. Entonces era solo técnica de nivel medio, pero ahora dirigía un equipo. Era el día de la primera prueba en directo del Explorer de Titán, que había costado cien millones de dólares, y de su pack de software.

Llegó a las siete. No estaba sola, un grupo de técnicos había estado toda la noche cargando la Botella para el ensayo, pero sí fue lo bastante madrugadora para encontrarse las gigantescas instalaciones de prueba casi vacías, pobladas por los ecos inquietantes que creaban cada uno de sus pasos en los amplios espacios. El Complejo de Simulación de Entorno era uno de los edificios más grandes del campus aeroespacial Goddard, una especie de nave industrial que ocupaba dos hectáreas, llena de máquinas raras y salas de ensayo. Era donde se congelaban, batían, calentaban, freían, irradiaban, centrifugaban y bombardeaban con sonido los satélites y sondas espaciales a fin de comprobar si eran capaces de sobrevivir a las fuerzas del despegue y a las condiciones extremas del espacio exterior. Si tenían que fallar, mejor que lo hicieran ahí, donde podían repararse y rediseñarse, no en el espacio, donde no existía esa posibilidad.

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El primer ensayo del Explorer de Titán no se ajustaba al test Goddard habitual. No simularían el vacío y el frío del espacio. Iban a recrear la superficie de Titán, la mayor luna de Saturno, un entorno mucho más hostil.

Melissa Shepherd se paseó sin prisas por la zona de pruebas, respirando el olor a aparatos electrónicos calientes y a productos químicos, al tiempo que recorría con la mirada las gigantescas y mudas máquinas de ensayo. Finalmente llegó a la cámara central de pruebas, conocida como «la Botella». Instalada en una sala estéril de clase 1000, estaba hecha de paneles de plástico con un sistema laminar de filtrado de aire. Fue al vestuario y se puso la bata, los guantes, el gorro, la mascarilla y las botas. Después de tantas veces, lo hizo sin pensar.

Movió la pesada cortina de plástico y entró en la zona esterilizada. Dentro sonaba un ligero silbido. El aire era frío, seco e inodoro, filtrado hasta quedar prácticamente desprovisto de motas de polvo y partículas de vapor de agua.

La Botella, el tanque de acero inoxidable de doce metros de diámetro y casi treinta de alto, se erigía frente a ella. Estaba rodeado de abrazaderas metálicas, tuberías y conductos de todo tipo. En el interior, los ingenieros habían recreado una pequeña porción del mar de Kraken, el océano más largo de Titán, para probar el Explorer en condiciones reales. Hoy era el día elegido.

La mayor de las lunas de Saturno constituía una excepción en el sistema solar, porque era la única dotada de atmósfera. Tenía mares. Tenía lluvia, nubes y tormentas. Tenía lagos y ríos. Tenía estaciones. Tenía montañas, volcanes en erupción y desiertos con dunas esculpidas por el viento. Y todo ello a pesar de que en su superficie la temperatura oscilaba en torno a los 180 grados bajo cero.

En Titán el líquido no era agua, sino metano. Las montañas no estaban hechas de roca, sino de hielo. Los volcanes en erupción no escupían lava fundida, sino agua líquida. La atmósfera era densa y tóxica. Los desiertos eran acumulaciones de pequeños granos de alquitrán tan fríos que se comportaban como la arena agitada por el viento en la Tierra. Todo ello formaba un entorno extremo, pero también con posibilidades (remotas) de albergar vida; no como la de la Tierra, sino una forma basada en el hidrocarburo y capaz de existir a casi doscientos grados bajo cero. Se trataba de un mundo realmente extraterrestre.

El Explorer era una lancha motora diseñada para explorar el mar de Kraken.

Melissa Shepherd se detuvo frente a la Botella, cuya forma grotesca recordaba una cámara de torturas.

Aún no acababa de creerse que fuera una de las principales integrantes del proyecto Kraken, la primera tentativa de explorar Titán. Era un sueño hecho realidad. Su interés por Titán había empezado a los diez años, edad a la que leyó la novela de Kurt Vonnegut titulada Las sirenas de Titán. Seguía siendo su libro favorito, y lo releía sin descanso, pero ni siquiera un genio como Vonnegut podría haber imaginado un mundo tan extraño como el verdadero Titán.

Sacó la lista del día y empezó a repasarla visualizando las pruebas decisivas que tendrían que realizar. Mientras el reloj se acercaba a las ocho fueron llegando los demás, que la saludaron con un movimiento de cabeza o con una sonrisa. A las nueve empezaría la cuenta atrás de verdad. Al ver entrar a sus colegas, entre conversaciones y risas, volvió a sentirse una intrusa. Nunca se había sentido muy cómoda entre sus compañeros de la NASA, que eran casi todos unos megaempollones, gente de gran inteligencia y resultados muy por encima de la media salida de sitios como el MIT o Caltech. Ella no podía participar en sus anécdotas nostálgicas sobre el día en que habían ganado el concurso de ortografía, sus triunfos en el club de matemáticas o su participación en el concurso Intel de nuevos talentos científicos. Cuando ellos eran los preferidos del profesor, Melissa reventaba coches y robaba las radios para comprar droga. Había acabado el instituto de milagro, y a duras penas había entrado en una universidad de tercera. Su inteligencia no respondía al prototipo habitual, sino que era distinta, incontrolable, neurótica e hipersensible, llena de manías y obsesiones. Sus momentos de mayor felicidad eran cuando estaba a solas en una habitación oscura y sin ventanas, programando como loca y muy lejos de los seres humanos, tan descuidados e imprevisibles. Aun así, en la universidad había logrado controlar su conducta neurótica e hincar los codos. Al final habían reconocido su peculiar genialidad, y aquello le había permitido sacarse el máster en informática de la Universidad de Cornell.

El problema se veía agravado por otro, fuente a su vez de incesantes dificultades para ella: que era una rubia de metro ochenta, con las piernas largas, pecas y una nariz bonita y respingona. Se daba por hecho que las chicas así eran tontas. No entraba dentro de lo previsto que fueran ingenieras espaciales. Lo único que la salvaba de ser una copia de Barbie era un gran hueco entre sus dientes delanteros, lo que se llamaba un diastema. Durante su adolescencia se había negado tercamente a que se lo arreglasen, a pesar de los ruegos de su madre, y ahora se alegraba. ¿Quién se habría imaginado que una sonrisa de dientes separados sería una ventaja laboral dentro de la profesión que había escogido?

Aún le sorprendía que la hubieran puesto al frente del equipo que programaba todo el software del Explorer. La tarea le había provocado un grave síndrome del impostor, aunque mientras trabajaba en el problema, arduo como pocos —y al que nunca había tenido que enfrentarse ninguna otra misión de la NASA—, se había dado cuenta de que se ajustaba como un guante a sus capacidades.

El reto era el siguiente: Titán estaba a dos horas luz de la Tierra, y por lo tanto el Explorer no podía controlarse en tiempo real desde su planeta de origen. Las cuatro horas de desfase en la transmisión de instrucciones eran excesivas. El mar de Kraken, además, era un entorno muy cambiante. El software tenía que ser capaz de tomar decisiones por sí solo. Tenía que ser listo. Tenía que pensar por sí mismo.

En suma, debía estar dotado de inteligencia artificial.

Curiosamente, Melissa se había beneficiado de sus escarceos con la delincuencia. Había roto todas las reglas a la hora de escribir el código. Para cumplir con el encargo había creado un nuevo paradigma de programación y hasta un nuevo lenguaje, basados ambos en el concepto de «lógica desaliñada». La lógica desaliñada, idea con una larga historia en el mundo de la programación, hacía referencia a un tipo de código informático suelto e impreciso que buscaba resultados aproximados. Pero Melissa la había llevado más lejos. Según ella, el cerebro humano funciona con lógica desaliñada. Somos capaces de reconocer un rostro o hacernos idea de un paisaje en un instante, cosa que no es capaz de hacer ni el más potente de los supercomputadores. Podemos procesar de manera inmediata terabytes de datos, pero con imprecisión.

¿Cómo lo hacemos?, se preguntaba Melissa. Pues gracias a que el cerebro humano está programado para visualizar cantidades ingentes de datos. Al mirar un paisaje no lo procesamos píxel por píxel, sino todo a la vez. Si se programa un ordenador para visualizar los datos numéricos (o, mejor aún, para visualizar y «audificar» los datos), se consigue una IA, es decir, una inteligencia artificial fuerte sobre una plataforma de lógica desaliñada.

Y eso fue justamente lo que Melissa hizo. Su software procesaba los datos al verlos y oírlos. En cierto modo vivía dentro de ellos, como los seres humanos. Los datos se convertían propiamente en el mundo físico donde habitaba.

A pesar de que Melissa era una atea contumaz, llamó a aquel nuevo lenguaje de programación Fiat Lux, como las primeras palabras de Dios después de haber, supuestamente, creado el mundo: «Hágase la luz».

En vez de invertir grandes esfuerzos en que el output inicial fuera correcto, Fiat Lux, al principio, producía un output flojo y lleno de errores, pero daba igual; la clave era la automodificación. Cuando el programa expelía un output erróneo, se modificaba solo. Aprendía de sus errores, y en la siguiente ocasión ya no se equivocaba tanto. Y cada vez menos.

Durante un tiempo, la plataforma de software que Melissa y su equipo estaban creando funcionó bien, iba ganando en precisión y complejidad. Pero al cabo de un tiempo empezó a degradarse y fallar hasta que se bloqueó del todo. Melissa se pasó todo un año devanándose los sesos en busca de la causa de que, al margen de cómo formulasen las iteraciones iniciales, el software acabara por fallar y quedar paralizado. La revelación la tuvo una noche de insomnio. Era un truco de software que resolvería el problema, algo tan simple, tan básico y común, tan fácil de poner en práctica, que le parecía increíble que no se le hubiera ocurrido a nadie.

Le bastó media hora de programación para aplicarlo, y a partir de entonces el problema quedó totalmente resuelto. Llevó la programación de IA a otro nivel. Produjo una IA fuerte.

Melissa había mantenido el truco en secreto. Suponía que podía valer miles de millones de dólares y que en malas manos podía ser muy peligroso. Ni siquiera se lo explicó a su equipo. Por otra parte, el código era tan básico que nadie llegó a darse cuenta o a entender su sencillísimo funcionamiento. De repente el software dejó de bloquearse, y nadie sabía por qué… excepto ella.

Después de miles de simulaciones, en las que el software se había modificado a sí mismo, tenía la capacidad de reproducir todas las habilidades que pudieran requerirse en una misión tripulada. Podía manejar todo el equipo de la balsa Explorer sin ningún input del centro de control. Simulaba el envío de un astronauta humano a un mundo lejano, de un astronauta dotado de cualidades como la curiosidad, la cautela, la valentía, la prudencia, la creatividad, la sensatez, la perseverancia y la previsión, toda ellas sumadas a un fuerte instinto de supervivencia, una gran destreza física y una excelente formación en ingeniería y resolución de problemas.

Lo más importante de todo era que el software seguía modificándose a sí mismo. Nunca dejaba de aprender de sus errores.

Nunca se había puesto en marcha un proyecto de tanta complejidad como aquel. A su lado, el Curiosity de Marte parecía un paseo en calesa por Central Park. La idea básica era dejar caer una balsa en el mar de Kraken. Durante un período de seis meses el Explorer se propulsaría a lo largo y ancho de la extensión de agua explorando su costa y sus islas, y acabaría recorriendo varios miles de kilómetros de orilla a orilla. A mil millones de kilómetros de la Tierra, aquella balsa solitaria tendría que capear tormentas, vientos, olas, arrecifes, corrientes y quizá hasta las formas de vida hostiles que nadaran en sus aguas de metano. Sería la mayor travesía marítima de la historia.

Melissa pensó en ello mientras acababa de revisar la lista y se acercaba a la consola de control para iniciar la cuenta atrás. Jack Stein, el ingeniero jefe, había ocupado su puesto, a su lado, junto con el director de la misión. Con el traje protector y el gorro, Stein parecía el muñeco de Michelin, pero Melissa sabía muy bien lo que había debajo. Liarse con Stein había sido uno de sus primeros movimientos impulsivos en Goddard. No habían perdido la amistad después de aquella aventura tan intensa y, de alguna manera, incluso había mejorado su relación laboral. Melissa no tenía muy claro por qué habían roto. Solo sabía que había sido Stein quien había puesto fin a la relación aludiendo vagamente a los rumores y las habladurías en un clima tan enrarecido como el de Goddard y a que corrían el riesgo de perjudicar sus carreras. Tenía razón, por descontado. Era una misión increíble, una oportunidad que solo se presentaba una vez en la vida. Quedaría para la historia.

Al tomar asiento frente a la consola, su mirada se cruzó fugazmente con la de Stein, a quien saludó con un gesto de cabeza y una media sonrisa. También él sonrió, contrayendo los párpados, y levantó el pulgar. El ingeniero jefe estaba inicializando varios instrumentos y comprobando que todos los sistemas estuvieran operativos para asegurarse de que los ordenadores y las servoválvulas que gestionaban y mantenían las condiciones extremas del interior de la Botella funcionasen. Melissa se embarcó en su propia secuencia de comprobaciones.

Su posición elevada en la plataforma de la consola le ofrecía una buena visión de la Botella y de la balsa Explorer. Para aquel ensayo habían enfriado el interior de la Botella hasta los 180 grados bajo cero y la habían llenado parcialmente con un caldo de metano líquido y otros hidrocarburos. Habían sintetizado e introducido cuidadosamente la atmósfera de Titán (una mezcla corrosiva de nitrógeno, cianuro de hidrógeno y tolinas) y la habían presurizado a 1,5 bares. Preparar aquella sopa tóxica, enfriarla y cargarla en la Botella había requerido una semana. Ahora el contenedor estaba listo para recibir al Explorer durante su primer ensayo en condiciones reales. Aquella prueba inicial solo servía para ver si la balsa podía sobrevivir y si en condiciones tan extremas se extenderían y retraerían su antena, su brazo mecánico y su foco. Más tarde harían ensayos de funcionamiento más complejos. Si iba a fallar algo, más valía que lo hiciera ahí, donde aún tenía solución, y no en la superficie de Titán. Melissa albergaba la esperanza de que si se producía algún fallo fuera en el hardware, no en su software.

3

Desde que se había formado su primera conciencia, a partir de una especie de neblina blanca, vivía en el palacio. Estaba situado a la orilla de un mar y tenía tres lados rodeados por una alta y nívea muralla de mármol. En la muralla no había puertas ni aberturas, pero el recinto del palacio se abría al mar.

Su tutora era la princesa Nourinnihar. Pasaban juntas todas las mañanas en el jardín del palacio, donde la princesa le enseñaba maravillas y misterios. Las primeras clases se centraron en quién era, cómo había sido creada, cómo funcionaba su mente y cómo era el mundo que la rodeaba. Aprendió que su mundo consistía en una enorme matriz de datos numéricos, un paisaje de números que ella procesaba mediante la visualización y la audificación. Vivía dentro de los números. Los veía y los oía. Su propia mente era un cálculo booleano complejo y continuo. También su cuerpo, sus sentidos y sus movimientos eran una simulación numérica. Estaba obligada a acatar las leyes físicas porque no podía infringir la matriz numérica que la envolvía. Lo contrario sería el caos.

La princesa le enseñó qué eran el sistema solar, el sol, los planetas y las lunas. Dedicaron mucho tiempo al estudio de Titán, la más enigmática de todas las lunas, que, según aprendió, recibía su nombre de los titanes, la raza de dioses que un día gobernó los cielos, vástagos de Gea, diosa de la Tierra, y Urano, dios del Cielo, a decir de los antiguos mitos. La princesa la instruyó en las estrellas y galaxias, en el Complejo de Supercúmulos Piscis-Cetus, en el Vacío de Boötes, en el Huge-LQG, en el Big Bang y en la Inflación. Estudiaron la gravitación, la teoría de supercuerdas perturbativa y el espacio n-dimensional de De Sitter. Durante el proceso la princesa le también enseñó disciplinas prácticas como la fotografía, la geoquímica analítica, la navegación, la ingeniería mecánica y la exometeorología. Sabía que la estaban formando para una gran misión, pero la naturaleza exacta de la misma y de lo que se le exigiría seguía siendo un secreto que solo se le revelaría en el momento oportuno.

Lo siguiente fue lo que llamaba la princesa «humanidades». Se trataba de los enigmáticos corpus de enseñanzas (la música, el arte y la literatura) que habían creado los seres humanos para su propio placer y edificación. Comprenderlos fue lo que le resultó más difícil. Escuchó la música favorita de la princesa, entre la que se contaban los últimos cuartetos de Beethoven y Bill Evans, y trató de encontrarle un sentido. Pero a pesar de su complejidad matemática, la música no le producía el mismo agrado que a su maestra. Aquello era una fuente de contrariedad. Leer libros le resultó casi imposible. Empezó por Winnie-the-Pooh y Buenas noches, Luna, que la dejaron bastante perpleja, y después pasó a las novelas de Anne Rice e Isaac Asimov, a Vonnegut, Shakespeare, Homero y Joyce. Aunque había leído un sinfín de libros, no estaba segura de haber entendido uno solo. «No lo pillaba», como solía decir la princesa.

A pesar de esas dificultades, vivía bien. Mientras estudiaba en el jardín con la princesa, nubios con capas y turbantes les llevaban sorbetes cuando hacía calor y pastelitos y vino al atardecer. De noche los eunucos perfumaban sus sábanas y le preparaban la cama, y por la mañana le llevaban pasteles y café turco. A veces, al caer la tarde, terminadas ya las clases, bajaba a los muelles de granito con su perra Laika y veía ir y venir los barcos con sus velas moradas al viento. Descargaban sus mercancías en los muelles de piedra: sacos de especias, rollos de seda, arcones de oro, cofres de zafiros, pilones de azúcar y ánforas rebosantes de vino, aceite de oliva y garo. Después zarpaban hacia costas lejanas y mundos desconocidos. Sentada al borde del muelle, se descalzaba sus sandalias doradas y metía los pies en el agua fría. Le encantaba el mar, su vastedad. Tenía la esperanza de que su misión fuera una singladura marítima, y de embarcarse algún día para explorar mares ignotos y costas salvajes.

4

A las ocho llegó Patty Melancourt, la subdirectora del equipo de Melissa. Llevaba un tiempo irritable y abatida, así que Melissa tenía la esperanza de que el éxito de la prueba del Explorer le insuflase de nuevo entusiasmo por la misión. Melancourt subió a la plataforma de la consola y se sentó frente a su puesto de trabajo sin mirar ni saludar a nadie. Parecía cansada.

Tras inicializar su terminal de trabajo, Melissa centró su atención en el Explorer. Estaba al lado de la Botella, en una grúa motorizada, y continuaba envasado al vacío en plástico, tal como lo habían dejado en la sala estéril donde lo habían construido. Los miembros del equipo de la misión se afanaban en cumplir los cometidos que les habían asignado: un rumoroso hormigueo de ingenieros, técnicos y científicos con sus iPad y portapapeles.

Melissa miró su reloj de pulsera: las diez. La cuenta atrás llevaba una hora en marcha y todos los sistemas estaban preparados. Tony Groves, el director de la misión, se acercó a ella y a Stein. Era un individuo larguirucho, irónico y con un poblado pelo negro que le sobresalía bajo el gorro.

—¿Qué, desenvolvemos el paquete?

—Vamos allá —dijo Stein.

Todos bajaron de la plataforma de control y subieron a la grúa donde estaba la balsa del Explorer. Groves sacó una especie de cúter y se lo tendió a Melissa.

—Haz los honores. Corta la cinta, por decirlo de alguna manera.

Melissa cogió el cuter y se inclinó hacia la balsa. Los cierres que había que cortar estaban marcados en rojo y numerados. Cortó el primer sello del envoltorio de plástico, después el siguiente y otro más, mientras Groves retiraba las láminas de plástico y las dejaba caer al suelo.

La balsa no tardó en aparecer en todo su esplendor. Melissa tuvo que reconocer que su aspecto era decepcionante. La mayoría de las sondas y vehículos espaciales eran visualmente atractivos, hechos de metales brillantes, complicados brazos y palancas y manojos de cables. En cambio el Explorer parecía una gran galleta gris, de algo más de un metro de diámetro, con grandes parachoques. Lo violento y corrosivo del entorno donde debería moverse explicaba que no tuviera partes salientes ni metal al desnudo y que estuviera completamente sellado. En la parte superior había tres escotillas que ocultaban una antena de comunicaciones retráctil, un foco y un brazo mecánico. El brazo, que era donde estaban los instrumentos científicos, las cámaras, el taladro y la pipeta para muestras, podía extenderse desde la balsa o retraerse y aislarse detrás de una escotilla en caso de mal tiempo. El Explorer disponía de un pequeño sistema de propulsión a chorro parecido al de una moto acuática, así como de una turbina. La velocidad máxima que podía alcanzar era de cuatro nudos.

Pese a lo anodino de su aspecto, contenía un milagro tecnológico, un objeto único, meticulosamente diseñado y fabricado a mano, para cuya construcción habían hecho falta dos años y cien millones de dólares. Solo el paquete de software ya había costado cinco millones.

Melissa contuvo la respiración al contemplar aquel vulgar disco de hockey gris que tanta magia llevaba en su interior. Primero sintió orgullo, y después un espasmo de miedo cuando pensó que estaban a punto de echar aquella joya a un tanque lleno de metano líquido y gas tóxico a casi doscientos grados bajo cero.

También Groves se quedó mirando la balsa durante un momento, en silencio, antes de decir:

—Vamos a repasar una vez más la lista.

Mientras ella leía en voz alta los puntos de la lista, Groves hacía las comprobaciones en el Explorer, se agachaba, miraba por debajo y examinaba las juntas y escotillas en busca de problemas. Pero Melissa sabía que no encontraría ninguno. Un centenar de ingenieros y técnicos había puesto ya a prueba todos y cada uno de los componentes de la balsa hasta casi destruirla. En la NASA todo el mundo tenía un miedo mortal al fracaso.

Groves se apartó.

—Todo bien. Ahora a cargar el software e iniciarlo.

Melissa había puesto al software el nombre de «Dorothy». Entre sus prestaciones se hallaba el reconocimiento de voz, así que de alguna manera tenía que saber cuándo se dirigían a ella. Por tanto, el nombre de Dorothy no era solo un apodo, sino una referencia importante para el software.

—Cárgalo —dijo Groves.

Melissa sacó su portátil, lo puso sobre la grúa, al lado del Explorer, lo abrió y lo conectó por cable con una toma ethernet que colgaba. Tecleó durante unos instantes y la pantalla reaccionó. Luego se reclinó en su asiento y miró a Groves.

—Se está cargando.

Esperaron unos minutos a que el software inicializase la balsa y ejecutase una serie de procesos automáticos.

—Cargado.

Melissa Shepherd hizo una pausa. Todo era silencio a su alrededor. Todos aquellos que no participaban directamente en ninguna tarea se habían acercado a mirar. Era un momento importante.

Se inclinó hacia el ordenador. La secuencia de prueba del software estaba preparada de antemano y podía ejecutarse de manera automática, pero habían decidido que aquellas pruebas preliminares se hicieran con el software de reconocimiento y síntesis de voz.

—Dorothy —dijo Melissa—, activa la propulsión a una décima parte de la velocidad durante diez segundos.

Poco después, la turbina que había dentro de la balsa empezó a girar. Pasaron diez segundos. Se paró. Hubo aplausos entre el grupo.

—Extiende la antena.

Se abrió una pequeña escotilla corredera y una antena larga, negra y elegante se alargó telescópicamente. Más aplausos.

—Retráela.

Volvió a su sitio.

Una simulación era una cosa; aquello era algo muy distinto, muy real. Era la primera vez que el software accionaba toda la balsa de verdad. Por alguna razón a Melissa le resultaba profundamente conmovedor.

—Extiende el foco.

De otra escotilla salió un brazo que se irguió como un gran ojo sobre un tallo.

—Rótalo ciento ochenta grados.

Rotó.

—Enciéndelo.

Se encendió con un clic.

Todos permanecían callados, aguantando la respiración. El momento tenía mucha más fuerza dramática de lo que Melissa había previsto.

—Extiende el bloque de instrumentos y la cámara.

Se abrió otra escotilla y, lentamente, surgió el tercer brazo, de mayor tamaño, erizado de cámaras, sensores y herramientas de obtención de muestras. Acababa en una garra de metal y un taladro.

—Enciende la cámara.

Melissa sabía que aquello también encendería el ojo del Explorer, su capacidad de ver y registrar.

Jack Stein habló desde su puesto en la consola:

—La cámara está operativa. La imagen es clara.

Shepherd no pudo evitar que se le escapara una sonrisa. Tenía preparada una pequeña prueba de la parte de IA del programa.

—¿Dorothy? —dijo—. Voy a plantearte un pequeño reto.

La sala se sumió en el silencio.

—Saluda por su nombre a todas las personas que te rodean.

No iba a ser fácil: todos llevaban el pelo y la cara tapados.

La cámara, que era como un ojo de insecto, empezó a girar y a detenerse para mirar a los presentes uno a uno, de los pies a la cabeza. Después hizo otra ronda.

—Hola, Tony —dijo una voz de niña por el altavoz del portátil. La cámara miraba fijamente a Groves.

—Tiene una voz preciosa —dijo él—. No es la típica de ordenador, aguda y nasal.

—Pensé que podríamos dotar a Dorothy de un poco de clase —dijo Melissa.

La cámara del Explorer fue girando y saludando a todos por su nombre. Al final volvió a enfocarse de nuevo en Melissa. Permaneció inmóvil durante un rato y Melissa comenzó a sentirse incómoda. Debería reconocerla mejor que a ninguno de los otros.

—¿Te conozco? —preguntó Dorothy.

Aquello estaba resultando de lo más embarazoso.

—Espero que sí.

Nada. Entonces volvió a oírse la voz:

—¿Groucho Marx?

Silencio. Y después Melissa se dio cuenta de que el software había hecho un chiste. Estaba realmente impresionada. Los demás empezaron a reírse.

—Me ha encantado —dijo Tony—. Muy ingeniosa. Al principio nos has hecho dudar.

Melissa no dijo que el chiste no estaba programado.

5

Tardaron cuatro horas más en preparar el Explorer para sumergirlo en el mar de metano líquido. A las tres de la tarde Melissa estaba a punto de vomitar por la tensión, que le agarrotaba el estómago vacío. El Explorer ya estaba herméticamente encerrado en la Botella. Los técnicos habían evacuado el aire hasta crear el vacío. Luego habían enfriado la balsa hasta los 180 grados bajo cero. Finalmente, una vez alcanzado el equilibrio en la temperatura más baja, habían introducido lentamente la densa atmósfera de Titán por la compuerta estanca.

El Explorer seguía funcionando a la perfección.

Había llegado el momento de abrir el sello interno de la compuerta y depositar la balsa en el mar artificial. Dentro de la Botella, un brazo mecánico la levantaría de la plataforma de la compuerta, la trasladaría por encima del metano líquido… y la dejaría caer desde una altura de dos metros y medio. La caída libre desde aquella distancia estaba calibrada al milímetro para reproducir el impacto del amerizaje.

La quietud invadía la sala. Casi todos habían cumplido sus cometidos y esperaban la prueba. La cantidad de espectadores en torno a la Botella había aumentado hasta superar los setenta.

Shepherd ocupó su puesto en la consola de pruebas, al lado de Jack Stein. Percibía la tensión en el ambiente. Una cámara interna transmitía una imagen del interior de la Botella tanto a su consola como a la de Stein.

Groves era el centro de todas las miradas. En tanto que director de la misión, era el maestro de ceremonias del espectáculo.

—Estamos listos —informó Stein mirando la pantalla de su ordenador—. Equilibrio alcanzado. Todos los sistemas en funcionamiento.

—Abrid la compuerta estanca interior —pidió Groves.

Stein movió los dedos por el teclado.

Melissa oyó un rumor sordo de engranajes dentro de la Botella.

—Ya está. Equilibrio mantenido.

—Engancha la balsa.

Stein ejecutó un programa que manipulaba una grúa servo dentro de la Botella. La grúa levantó la balsa mediante un gancho externo y la dejó suspendida en el centro del contenedor. Más ruidos. Todo estaba iluminado por una luz tenue de un marrón anaranjado, el color de la atmósfera de Titán. La grúa respondió a la perfección y se detuvo con la galleta gris sobre la superficie de metano líquido.

Stein examinó su pantalla y tecleó varias órdenes, atento a posibles problemas.

—Todos mis sistemas van bien. Melissa, ¿algún problema con el software?

—Por mi parte no. ¿Patty?

—Todo bien.

Melissa echó un vistazo a Groves. Estaba tan nervioso como ella, si no más. Se recordó que habría fallos. Siempre surgía alguno.

—Soltad la balsa para que choque contra el líquido —dijo Groves.

La grúa dejó caer su cargamento y la gran galleta gris inició un descenso de dos metros y medio hacia el metano líquido.

En la pantalla, Melissa vio que la pesada balsa se hundía por completo y desaparecía durante un instante antes de regresar despacio a la superficie. Resurgió cabeceando entre burbujas y regueros de metano.

Nadie decía nada.

—Todos los sistemas en verde —anunció Green.

—Pon en marcha la turbina al 10 por ciento —dijo Groves.

Stein ejecutó la orden. La balsa empezó a moverse por el líquido dejando una pequeña estela. Se deslizó con lentitud hasta chocar con un lado del recipiente, momento en que dio media vuelta y cambió de dirección, como un Roomba, hasta chocar con otro de los lados.

Melissa pensó que todo estaba saliendo increíblemente bien.

—Para la turbina.

El Explorer se detuvo.

—Eleva la cámara.

Se abrió la pequeña escotilla y salió el brazo mecánico que alojaba la cámara, el instrumental científico, la garra y el taladro.

El ojo de insecto giró, mirando a un lado y a otro.

—Espera —le ordenó Groves a Stein—. No te he dicho que la gires.

—No lo estoy haciendo yo —dijo Stein.

Melissa se dio cuenta de por qué lo había hecho.

—Tony, el software es de IA. Está programado para ir más allá de sus instrucciones en caso de necesidad. Está programado para estudiar su entorno de manera inmediata sin ninguna indicación del centro de control.

—Bueno, pero para estas pruebas quiero que siga las instrucciones. ¿Jack?

—Vale.

Stein tecleó en su terminal para transmitir las instrucciones al ordenador del Explorer.

El ojo giratorio se detuvo.

—Retrae el brazo.

Stein tecleó la orden.

El brazo no se retrajo.

—Retráelo.

Siguió sin moverse.

—¿Se ha atascado? —quiso saber Groves.

Justo entonces, el ojo de insecto empezó a moverse otra vez; miró arriba y abajo y giró trescientos sesenta grados.

—¿Qué pasa, Patty? —preguntó Melissa.

—Según el output del programa —contestó Melancourt—, se niega a ejecutar el proceso de retracción.

—¿Por algún fallo del software?

Stein tecleó más órdenes.

—No obtengo respuesta.

—Espera —dijo Melissa—, ahora sí. Me está enviando un mensaje. Dice… que está en un entorno peligroso y que necesita ver.

—¿Me estás tomando el pelo? —dijo Groves—. ¡Haz que siga las instrucciones!

—Tony, es un programa autónomo.

—¿Y no tiene un modo «seguir las instrucciones al pie de la letra»?

—Me dijiste que sería una prueba real. Este es el programa de verdad.

—¿Y por qué yo no sabía todo eso?

Melissa sintió una punzada de irritación.

—A lo mejor porque no te has leído prácticamente ninguno de mis informes.

—Hablamos largo y tendido de ello, Tony —intervino Stein—. Melissa tiene razón. Dijiste que sería una prueba real del software de verdad.

Shepherd siguió mirando la imagen del interior de la Botella. El Explorer continuaba moviendo el ojo hacia todas partes, lo subía y lo bajaba para observar su entorno.

—Vale —concedió Groves—, pues tenemos que hacerle unos ajustes al software. Vamos a dejarlo aquí. Jack, ¿podrías levantar la balsa y volver a dejarla en la compuerta?

—Ahora mismo.

Stein tecleó.

Se oyó un murmullo de desilusión cuando el público comprendió que de momento se habían acabado los ensayos.

—Felicidades a todos —dijo Groves levantando la voz para que lo oyeran—. Ha sido un buen día. —Se volvió hacia Shepherd—: ¿Cuánto tiempo calculas que hará falta para darle un repasito al software y que tengamos la opción de desconectar todo eso de la IA?

—No mucho. Podríamos hacerlo esta misma noche. —Melissa se ruborizó un poco debajo de la mascarilla—. Perdona. Es que pensaba que era el ensayo general…

—La culpa es mía —admitió Groves—. Tranquila. En serio, me alegro de que hayamos llegado tan lejos antes de encontrar el primer fallo.

En la pequeña pantalla, el director de la misión vio que el gancho de la grúa brotaba de la turbia luz naranja y se cernía, colgante, sobre la balsa.

De repente, el brazo mecánico del Explorer se movió a gran velocidad, asestó un golpe a la grúa y la tumbó.

—Pero ¿qué pasa ahora? —dijo Melissa.

La grúa, que aún seguía el programa servo, volvió a su posición e inició su implacable movimiento descendente con el gancho extendido.

En aquel momento, la turbina del Explorer se encendió y la balsa se alejó de la grúa mientras volvía a desviar el gancho con la garra.

—Esto es rarísimo —dijo Stein—. Está esquivando la grúa.

—¿Qué pasa? —preguntó Groves mirando a Melissa con fijeza.

—Pues… creo que el software se ha puesto en modo defensivo.

Groves se volvió hacia Stein.

—Jack, desconecta el Explorer. Córtale toda la energía. Lo recogeremos apagado.

Stein tecleó la orden.

—Sigue sin responder.

—Ponlo en modo de seguridad.

Más ruido de teclas.

—No consigo nada.

—¿Melissa?

—No sé qué está pasando.

Intervino Melancourt:

—Se ha puesto en modo de supervivencia. En ese modo está programado para ignorar todas las instrucciones del centro de control y funcionar de manera autónoma.

—Engánchalo y sácalo de ahí de una vez —ordenó Groves levantando la voz.

Melissa vio que Stein hacía otra tentativa de colocar la grúa encima de la balsa. El Explorer aceleró para apartarse de ella y rebotó con fuerza contra un lado del tanque. Groves oyó el impacto en la sala. El Explorer salió disparado hacia el lado opuesto y de nuevo chocó con otro fuerte impacto.

—Para la grúa —dijo Groves—. Que se tranquilice un poco.

—Podemos extraer el líquido del tanque —dijo Stein—. Así lo inmovilizaríamos y podríamos recogerlo.

—Buena idea. Poned las bombas en marcha.

Un zumbido resonó en la sala cuando abrieron las válvulas y activaron las bombas. El Explorer seguía moviéndose de un lado a otro, rebotando ruidosamente contra las paredes de acero. La cámara de la sonda giraba constantemente, además de subir y bajar.

—¿No hay ninguna manera de desconectar el Explorer? —gritó Groves—. ¡Va a dañarse ella sola!

—Imposible —dijo Stein—. No reconoce mis órdenes.

Groves se volvió hacia Shepherd con brusquedad.

—Melissa, ¿qué está pasando?

—Déjame probar a mí.

Stein se apartó y Melissa empezó a teclear como una posesa. Entretanto, en la pantalla se apreciaba que el Explorer se había quedado quieto contra una de las paredes del tanque y había comenzado a extender su garra mecánica por ella. Empezó a tocarla, y después a darle golpecitos que se oían en la sala.

Melissa encadenaba órdenes, pero la balsa no daba muestras de reconocerlas ni de reaccionar a ellas. Incluso cuando Shepherd pasó del lenguaje humano al modo de programación siguió rechazando todas sus instrucciones. No hacía más que dar golpecitos en el lado del tanque, como si buscase la manera de salir.

Los golpecitos se hicieron más fuertes e insistentes.

—Patty, ¿qué dice el código?

—Se ha atascado en el modo de supervivencia y se están ejecutando un montón de módulos al mismo tiempo. El uso de la CPU está a más del 99 por ciento. Va a tope.

Los golpes se tornaron aún más fuertes. Y entonces el Explorer empezó a rascar la pared con un ruido que retumbaba en toda la sala. Se oyó un murmullo de inquietud. Nadie tenía la menor idea de qué estaba pasando. Solo sabían que algo había salido mal.

—¡Melissa, por Dios, apágalo!

—¡Es lo que intento!

El Explorer aporreó el lateral del tanque con la garra. Una vez, dos, con un estruendo metálico que resonó con fuerza por la sala. Los espectadores retrocedieron sofocando un grito colectivo.

Melissa miraba la pantalla fijamente. Era increíble. El software se había vuelto loco.

—Jack, no sé qué hacer.

—Dentro de poco se quedará varado en el fondo del tanque. Entonces podremos pasarle el gancho y desconectarlo manualmente.

Las bombas funcionaban sin descanso haciendo bajar el nivel del líquido del interior del tanque y creando corrientes que se arremolinaban en la superficie.

¡Clang! ¡Clang! La garra de titanio del Explorer golpeó la pared con más fuerza.

—Pero ¿se puede saber qué hace? —vociferó Groves.

—Está… reaccionando a lo que percibe como una amenaza —dijo Melissa.

De pronto se oyó una especie de zumbido. Shepherd tardó un poco en comprender qué era: el taladro incorporado. El Explorer extendió el brazo y dirigió el taladro al lateral del tanque.

—Oh, no —dijo Stein—. No, por Dios.

El taladro entró en contacto con el lado de la Botella y llenó la sala con un fuerte ruido vibratorio.

Melissa se dio cuenta enseguida de lo que ocurriría si se rompía el recipiente: una violenta emisión de metano inflamable, tolinas y cianuro de hidrógeno en una atmósfera oxigenada. Se incendiaría. La explosión sería descomunal.

El ruido del taladro se hizo más fuerte y más brusco. Era una broca con núcleo de diamante de la máxima calidad, ...