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RAGDOLL (MUñECO DE TRAPO)

Daniel Cole

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Fragmento

Prólogo

Lunes, 24 de mayo de 2010

Samantha Boyd se agachó para pasar por debajo de la destensada cinta policial y elevó la vista hacia la estatua de la Dama de la Justicia que se erigía sobre los tristemente famosos tribunales londinenses de Old Bailey. Concebida como símbolo de fuerza e integridad, Samantha veía lo que era en realidad: una mujer desencantada y desesperada a punto de saltar del tejado para estamparse contra la acera. Había sido un acierto suprimir la venda que tapaba los ojos de otras esculturas similares en todo el mundo, porque el de «justicia ciega» era un concepto ingenuo, sobre todo cuando se habla de racismo o corrupción policial.

Las calles y estaciones de metro circundantes habían sido cerradas de nuevo por culpa del enjambre de periodistas que se había formado y que había transformado una zona bulliciosa del centro de Londres en un ridículo barrio de chabolas de clase media. En medio del suelo alfombrado de desperdicios podían verse envases de comida vacíos con el logotipo de Marks & Spencer y de Pret A Manger. Los sacos de dormir de marca estaban siendo plegados al son del zumbido de las máquinas de afeitar, y un hombre que manejaba una decepcionante plancha de viaje intentaba disimular en vano el hecho de que había dormido sin quitarse la camisa y la corbata.

Samantha se sintió incómoda mientras se abría paso entre la multitud. Llegaba tarde, había empezado a sudar tras seis minutos de rápida caminata desde Chancery Lane, y el cabello, rubio platino, que se había sujetado en un infructuoso intento de cambiar de aspecto, le tiraba. Desde el primer día la prensa identificó a quienes estaban vinculados con el juicio. Cuarenta y seis días después, Samantha seguramente ya habría aparecido en los principales periódicos de todo el mundo. En una ocasión incluso se había visto obligada a llamar a la policía cuando un reportero más insistente de lo habitual la siguió hasta su casa, en Kensington, de donde se negaba a marcharse. Decidida a no llamar una atención que no buscaba, mantuvo la cabeza gacha y siguió andando con paso resuelto.

Dos filas serpenteantes atravesaban el cruce de Newgate Street, provocadas por el número insuficiente de retretes portátiles a un lado, Starbucks móvil al otro. Arrastrada por la corriente que circulaba sin interrupción entre ambas, Samantha bregó por llegar hasta la pareja de policías que vigilaban la tranquila entrada lateral de los tribunales. Cuando por accidente entró en el plano de una de las decenas de grabaciones que se estaban efectuando, una mujer menuda le espetó algo airadamente en japonés.

«El último día», se recordó Samantha, ignorando la lluvia de insultos indescifrables; solo faltaban ocho horas para que pudiera volver a llevar una vida normal.

Una vez en la puerta, un policía al que no conocía examinó su identificación antes de iniciarse el proceso que Samantha ya se sabía de memoria a esas alturas: guardar en la consigna sus pertenencias, explicar que le resultaba literalmente imposible quitarse el anillo de compromiso cuando saltó la alarma del detector de metales, preocuparse por las posibles manchas de sudor mientras la cacheaban y adentrarse en los anodinos pasillos para unirse a los otros once jurados y tomar una taza de café instantáneo templado.

Debido al interés abrumador suscitado en los medios de todo el mundo y al incidente en la casa de Samantha, se había tomado la insólita decisión de recluir al jurado, hecho que indignaba al público, ya que la cuenta del hotel se abonaría con el dinero de decenas de miles de contribuyentes. Después de casi dos meses, las conversaciones matutinas se centraban sobre todo en los dolores de espalda que provocaban las camas del hotel, en la monotonía del menú de la cena y en las cosas que más se echaban en falta: la esposa, los hijos y el último episodio de la temporada de Perdidos.

Cuando el ujier del tribunal acudió a recoger al jurado, el silencio tenso que la charla trivial enmascaraba terminó por imponerse. El presidente del jurado, un anciano llamado Stanley que al parecer había sido designado por los demás debido al intrigante parecido que guardaba con Gandalf, se levantó despacio para encabezar la fila.

El tribunal número uno, tal vez uno de los juzgados más famosos del mundo, se reservaba en exclusiva para los crímenes más graves; era la sala donde célebres monstruos como Crippen, Sutcliffe y Dennis Nilsen habían subido al estrado para responder por sus abominables pecados. La luz artificial entraba por un ventanal de cristales esmerilados e iluminaba los oscuros paneles de madera y el tapizado de cuero verde.

Samantha ocupó su asiento habitual en la primera fila del jurado, el más próximo al banquillo, y cayó en la cuenta de que tal vez su vestido blanco, uno de los que ella misma diseñaba, fuese un poco corto. Se colocó la documentación de jurado sobre el regazo, para desilusión del viejo verde que el primer día había estado a punto de pisar a otro miembro por las prisas para adjudicarse la silla contigua.

Al contrario que en las salas de justicia de las películas americanas, en las que el demandado, bien vestido, se sienta en una mesa junto con sus abogados, el acusado de Old Bailey se enfrentaba al intimidante tribunal a solas. Los vidrios de seguridad que rodeaban el banquillo, de poca altura pero bien visibles, acentuaban la impresión de que quien estaba dentro representaba una amenaza considerable para el resto de la sala.

Culpable hasta que demostrara su inocencia.

Justo frente al banquillo, a la izquierda de Samantha, estaba la tribuna del juez. Una espada con la empuñadura de oro pendía del blasón real que quedaba por detrás de la silla del centro, la única que había permanecido vacía durante todo el juicio. El secretario judicial, la defensa y la acusación ocupaban el centro de la sala, mientras que la galería destinada al público, que bordeaba la pared opuesta, estaba atestada por fervientes espectadores de ojos somnolientos que habían acampado en la calle para asegurarse un sitio desde el que presenciar el desenlace de ese juicio extraordinario.

Al fondo de la sala, en los bancos olvidados debajo de la galería, se sentaba una serie de personas relacionadas de manera indirecta con el juicio: expertos a quienes los abogados podían invitar a intervenir, aunque seguramente no lo harían; diversos funcionarios judiciales; y, cómo no, el agente que había llevado a cabo el arresto y que ocupaba el epicentro de la controversia, el detective apodado Wolf, William Oliver Layton-Fawkes.

Wolf había asistido a las cuarenta y seis jornadas de juicio. Se pasaba las incontables horas mirando el banquillo fijamente con una expresión fría desde su discreto asiento, situado junto a la salida. De complexión fornida, rostro curtido y ojos de un azul intenso, aparentaba cuarenta y pocos años. Samantha opinaba que podría haberle resultado bastante atractivo de no ser porque daba la impresión de que llevaba meses sin dormir y soportando el peso del mundo sobre sus hombros; aunque, a decir verdad, así era.

El Asesino Incinerador, sobrenombre que le había puesto la prensa, se había convertido en el asesino en serie más prolífico de la historia de Londres. Veintisiete víctimas en veintisiete días, todas prostitutas de edades comprendidas entre los catorce y los dieciséis años, circunstancia que hacía más llamativo el caso, pues exponía ante la masa desinformada la dura realidad de la calle. Las habían sedado y quemado vivas, para que el fuego consumiese las posibles pruebas; la mayoría aún ardían cuando las habían encontrado. Después los asesinatos habían cesado de pronto, lo cual había confundido a la policía, que no tenía sospechosos relevantes. La Policía Metropolitana fue muy criticada durante la investigación por no hacer nada mientras seguían muriendo chicas inocentes, pero entonces, dieciocho días después del último asesinato, Wolf efectuó el arresto.

El hombre que ocupaba el banquillo era Naguib Khalid, un musulmán suní británico de origen paquistaní que trabajaba como taxista en la capital. Vivía solo y tenía antecedentes policiales: varios delitos menores por provocar incendios. Las muestras de ADN vinculaban a tres de las víctimas con el maletero de su taxi, y cuando se presentaron ante el tribunal junto con el testimonio irrefutable de Wolf, el caso parecía haber quedado visto para sentencia. Pero entonces las cosas empezaron a complicarse.

Se alegaron coartadas que contradecían los informes de vigilancia elaborados por el detective y su equipo. Afloraron acusaciones por los abusos y la intimidación ejercidos durante el tiempo que Khalid permaneció bajo custodia. Los análisis forenses contradictorios sugerían que las muestras de ADN degradado por el fuego no podían considerarse pruebas fiables y, para alegría de los abogados de la defensa, la unidad de Asuntos Internos integrada en la Policía Metropolitana aportó una carta que habían recibido. Redactada por un colega anónimo y fechada escasos días antes del último asesinato, la misiva expresaba cierta preocupación tanto por el modo en que Wolf estaba manejando el caso como por su estado anímico, y sugería que el detective estaba «obsesionado» y «desesperado», por lo que recomendaba un cambio inmediato de destino.

La noticia más comentada en todo el mundo adquirió entonces una magnitud aún mayor. Se acusó a la policía de utilizar a Khalid como oportuno chivo expiatorio para ocultar su propia negligencia. Tanto al comisario como a su adjunto en la Unidad Especial de Crimen y Operaciones se les presionó para que dimitieran por los actos de corrupción flagrante cometidos delante de sus narices, y los tabloides se llenaron de historias escandalosas sobre el desacreditado detective, en las que se recogían sus supuestos problemas con el alcohol y su posible predisposición a la violencia, todo lo cual habría provocado el fracaso de su matrimonio. En un momento dado, la altiva abogada de Khalid recibió una amonestación por proponer que Wolf y su cliente intercambiaran asientos. Naguib Khalid presenció el espectáculo con desconcierto, sin evidenciar en ningún momento la satisfacción que le producía dejar de ser el monstruo para convertirse en la víctima.

El último día del juicio se desarrolló como cabía esperar. Tanto la defensa como la acusación pronunciaron sus alegatos finales antes de que el juez se dirigiera al jurado para enumerar las escasas pruebas que seguían considerándose válidas y aconsejarle sobre las co

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