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RECURSOS INHUMANOS

Pierre Lemaitre

4


Fragmento

1.

Nunca he sido un hombre violento. No me viene a la memoria ningún momento en el que haya querido matar a nadie. Sí que he tenido ataques de ira de vez en cuando, pero nunca la voluntad real de hacer daño. De destruir. Así que, claro, estoy sorprendido. La violencia es como el alcohol o el sexo: no se trata de un fenómeno, es un proceso. Entramos en ellos casi sin notarlo, simplemente porque estamos maduros, porque nos llegan en el momento justo. Me daba perfecta cuenta de que estaba enfadado, pero nunca habría imaginado que aquello se transformaría en furia despiadada. Y es eso lo que me da miedo.

Y que todo esto lo haya pagado Mehmet…

Mehmet Pehlivan.

Es turco.

Lleva en Francia diez años, pero tiene menos vocabulario que un niño de esa edad. Solo conoce dos maneras de expresarse: o se cabrea o pone cara de cabreo. Y cuando se cabrea, mezcla el francés con el turco. Entonces nadie le entiende, pero a todo el mundo le queda claro lo que piensa de nosotros. En Mensajerías Farmacéuticas, donde trabajo, Mehmet es «supervisor», y siguiendo un comportamiento vagamente darwiniano, cuando asciende pasa de inmediato a despreciar a sus antiguos compañeros y a considerarlos meras lombrices. Me he encontrado muchas veces con eso en mi carrera, y no solo entre trabajadores inmigrantes. Lo he visto en mucha gente que venía de abajo, de hecho. En cuanto progresan, se identifican con sus superiores con una convicción tal que los superiores no se atreverían a soñar. Es el síndrome de Estocolmo aplicado al mundo del trabajo. Pero, cuidado, no es que Mehmet se crea el jefe, más bien lo reencarna. Es el jefe cuando el jefe desaparece. Resulta evidente que aquí, en una empresa que debe de contar con cerca de doscientos asalariados, no hay un patrón propiamente dicho, solo jefes. Pero Mehmet se siente demasiado importante como para identificarse con un simple jefe. Él se identifica con una especie de abstracción, un concepto superior al que llama «la Dirección», algo vacío de contenido (nadie conoce aquí a los directores) pero rebosante de sentido: la Dirección es como decir el Camino, la Vía. A su manera, ascendiendo por la escala de la responsabilidad, Mehmet se acerca a Dios.

Empiezo a trabajar a las cinco de la mañana en lo que llaman un miniempleo (aunque utilizan la palabra «empleo», hay que añadir el «mini» por el salario). La tarea consiste en seleccionar las cajas de medicinas que se distribuyen después por las farmacias del extrarradio. Yo no estaba allí para verlo, pero parece ser que Mehmet hizo este trabajo durante ocho años antes de convertirse en «supervisor». Hoy se enorgullece de tener bajo sus órdenes a tres lombrices, lo que no es poca cosa.

La primera lombriz se llama Charles. Curioso nombre para un hombre sin techo. Tiene un año menos que yo, es delgado como un fideo y bebe como un cosaco. Lo de sin techo es por simplificar, porque de hecho sí tiene techo. Y completamente cubierto. Vive en su coche, que lleva cinco años sin moverse. Él lo llama su «inmóvil home». A Charles le gustan este tipo de chistes. Lleva un reloj sumergible del tamaño de un plato con un montón de esferas y un brazalete verde fosforito. No tengo ni idea de dónde viene ni de qué le ha llevado a esa situación extrema, pero Charles tiene su lado curioso. Por ejemplo, no sabe cuánto tiempo estuvo inscrito en las listas de espera para obtener un piso de protección oficial, pero calcula con precisión el que ha pasado desde que renunció a renovar su solicitud. En el último recuento, cinco años, siete meses y diecisiete días. Lo que calcula Charles es el tiempo que ha pasado desde que perdió la esperanza de ser realojado. «La esperanza —dice levantando el índice— es una abyección inventada por Lucifer para que los hombres acepten su condición con paciencia». La frase no es suya, yo ya la había oído en otra parte. He buscado la cita, pero no la he encontrado. De todas formas, eso demuestra que, a pesar de esa pinta de borracho, Charles tiene cultura.

La otra lombriz es un chaval, Romain, un chico de Narbona. Como gozaba de cierto éxito en el club de teatro de su instituto, soñaba con convertirse en actor, y al terminar el bachillerato se vino a París, pero nunca consiguió papel alguno porque arrastra las erres como D’Artagnan. Y como Enrique IV. Con ese tono ronco me recita: «Partimos quinientos, más con prontos refuerzos…», y todo el mundo se parte de risa. Fue a clases para corregirlo, pero sin resultado alguno. Fue encadenando pequeños trabajos que le permitían presentarse a todos esos castings en los que jamás le escogían. Un día comprendió que sus sueños no se harían nunca realidad. Romain, el actor de cine, estaba acabado. Y además, la ciudad más grande que conocía era Narbona. París le apabulló, terminó pronto con él. Llegaron entonces las nostalgias infantiles y las añoranzas regionalistas. Pero no quería volver a casa con las manos vacías, así que intenta ahorrar unas perras y el único papel con el que sueña todavía es el del hijo pródigo. Para ello acumula todos los trabajillos que puede encontrar. Con vocación de hormiguita. Las horas que le quedan las pasa en Second Life, MSN, MySpace, Twitter, Facebook y un montón de redes sociales más. Lugares, supongo, donde no pueden apreciar su dicción. Según Charles, se le da muy bien la informática.

Trabajo tres horas todas las mañanas y gano quinientos ochenta y cinco euros brutos (cuando hablamos de un pequeño salario, hay que añadir siempre la palabra bruto, por lo de los impuestos). Vuelvo a casa hacia las nueve. Si Nicole sale con retraso, puede que nos crucemos. Cuando sucede, me dice: «Llego tarde», y me besa en la nariz antes de cerrar la puerta por fuera.

Bien, pues esa mañana Mehmet estaba furioso. Parecía bajo presión. Supuse que tenía problemas con su mujer. No paraba de dar vueltas, como a sacudidas, de un lado a otro del muelle en el que se colocan los paquetes y las cajas. Tenía su lista agarrada tan fuerte que sus articulaciones estaban blancas. Se notaba que sobre ese tipo pesaba una responsabilidad enorme y que sus problemas personales eran inoportunos. Llegué puntual, pero en cuanto me vio empezó a aullar toda una serie de borborigmos. Para él, ser puntual no es prueba suficiente de motivación. Él llega por lo menos con una hora de antelación. Sus berridos no eran del todo inteligibles, pero pude comprender lo esencial. En resumidas cuentas: para él yo no era más que un gilipollas.

Por mucho que Mehmet haga de ello una cuestión de vida o muerte, el trabajo en sí no es muy complicado. Se clasifican los paquetes y se introducen en cajas que luego se colocan en palés. Normalmente los paquetes llevan impreso en grande el código de la farmacia, pero a veces, no sé por qué, el número no está. Romain dice que debe de haber una impresora mal configurada. En ese caso, hay que leer el código en una larga serie de minúsculas cifras impresas en una etiqueta. Solo los caracteres undécimo, duodécimo y decimotercero. No puedo leerlos sin gafas y eso para mí es un lío. Tengo que sacarlas del bolsillo, ponérmelas, contar los números… Y pierdo tiempo. Si me vieran hacerlo, la Dirección se enfadaría. Y precisamente esa mañana, el primer paquete que agarré no tenía código. Mehmet se puso a gritar. Me agaché, y en ese momento me dio una patada en el culo.

Eran poco más de las cinco de la mañana.

Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años.

Soy un directivo en paro.

2.

Al principio, acepté este trabajo en Mensajerías Farmacéuticas para pasar el tiempo. Al menos eso fue lo que le dije a Nicole, pero ni ella ni mis hijas me creyeron. A mi edad, uno no se levanta a las cuatro de la mañana para ganar un cuarenta y cinco por ciento del salario mínimo simpleme

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