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SERAFINA Y EL BASTóN MALIGNO (SERAFINA 2)

Robert Beatty

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Fragmento

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Pegada al suelo y con los ojos fijos en su presa, Serafina acechaba entre la maleza del bosque bañado de luna. Allí delante, a pocos metros, una enorme rata cambalachera roía el escarabajo que acababa de sacar de la tierra. Los potentes y regulares latidos de su corazón marcaban el lento avance de Serafina hacia el roedor. Los músculos le temblaban con la emoción del salto inminente. Pero no se dio prisa. Contoneando los hombros adelante y atrás para corregir el ángulo del ataque, aguardaba el momento preciso. Cuando la rata se agachó para sacar otro escarabajo, saltó.

La rata atisbó a Serafina de refilón un instante antes de que cayera sobre ella. Serafina no se explicaba por qué el terror paralizaba a casi todos los animales del bosque cuando se precipitaba sobre ellos. Si la muerte en forma de uñas y dientes surgiera de la oscuridad para apresarla, Serafina lucharía. O escaparía. Haría algo. Los animalillos silvestres como ratas, conejos, ardillas y demás no se caracterizaban precisamente por su valor, pero ¿de qué les servía quedarse paralizados de puro terror?

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Cayendo sobre la rata, la atrapó en menos de lo que canta un gallo y la sujetó con el puño. Y ahora, demasiado tarde, el animal empezó a forcejear, a morder y a arañar según su cuerpecito peludo mudaba en una escurridiza serpiente y su diminuto corazón latía a un ritmo desenfrenado. Ahora sí, pensó Serafina mientras percibía el titim-titim del corazoncito en la mano. Ahora opones resistencia. La sensación le aceleró el pulso y aguzó sus sentidos. Súbitamente, percibía hasta el último movimiento del bosque que la envolvía: el rumor de una rana de árbol que recorría una rama a diez metros de distancia, el potente canto de una perdiz solitaria a lo lejos y la sombra de un murciélago que surcaba el estrellado firmamento sobre la irregular bóveda del bosque.

Serafina tan solo lo hacía como entrenamiento, claro que sí, merodear y saltar, acechar a la presa y capturarla. No mataba a los animales salvajes que cazaba, no le hacía falta, ¡pero ellos no lo sabían, maldita sea! ¡Serafina era el terror con patas! ¡Era la muerte andante! Así pues, ¿por qué en el instante del ataque se quedaban paralizados? ¿Por qué no escapaban?

Serafina se acomodó entre la maleza, de espaldas a un viejo roble de tronco retorcido y cubierto de liquen, y apoyó el puño con la rata en el regazo.

Entonces abrió la mano despacio.

La rata salió disparada, pero ella volvió a atraparla y devolvió la mano al regazo.

Sostuvo la rata con fuerza unos segundos antes de abrir nuevamente la mano. La rata no se apresuró esta vez. Se quedó allí, temblando y jadeando, demasiado confusa y cansada como para moverse.

Serafina levantó al aterrado roedor sobre su palma extendida para mirarlo más de cerca, ladeó la cabeza y lo observó. La rata cambalachera no se parecía a las desagradables ratas de cloaca que cazaba en el sótano de la mansión Biltmore. Esta en particular tenía una cicatriz en la oreja izquierda. No era la primera vez que se metía en líos, estaba claro. Y con esos ojillos oscuros y los temblorosos bigotes en el hocico largo y puntiagudo, recordaba más a un ratoncillo marrón y regordete que a las sucias alimañas a las que Serafina debía el título que ostentaba. Prácticamente lo imaginaba con un sombrerito en la cabeza y un chaleco abotonado. Se sintió una pizca culpable por haberlo capturado, pero también sabía que, si el animal intentaba escapar nuevamente, su mano lo atraparía antes de que diera dos pasos. No era una decisión consciente. Era un reflejo.

Mientras recuperaba el resuello, la ratita miraba aquí y allá buscando una vía de escape. Pero no se atrevió a intentarlo. Intuía que, tan pronto como tratara de huir, Serafina la apresaría otra vez, pues tal era la naturaleza de su especie: jugar con su presa, arrearle, propinarle algún que otro zarpazo hasta matarla.

Con todo, Serafina miró a la rata y luego la dejó en el suelo.

—Perdona, amiguita… Solo estaba practicando.

El animal alzó la vista, desconcertado.

—Vete —concedió Serafina con suavidad.

La rata lanzó una ojeada a los tupidos matojos.

—No te engaño —le aseguró ella.

El roedor no se lo acababa de creer.

—Vete a casa —insistió Serafina—. Tú aléjate despacio al principio, sin echar a correr; ese es el truco. Y, la próxima vez, aguza la vista y el oído, aunque te estés zampando un escarabajo, ¿me oyes? En este bosque hay seres mucho peores que yo.

Estupefacta, la ratita de la oreja partida se frotó la cara varias veces antes de inclinar la cabeza, casi como haciendo una reverencia. Serafina soltó una risita por la nariz, lo que por fin animó a la rata a ponerse en marcha. Se espabiló en un santiamén y se escabulló entre la maleza.

—Que pases una buena noche —le gritó Serafina.

Supuso que el animal se felicitaría más y más por su valor según se alejara de ella y para cuando llegara a su casa tendría una bonita historia que contar a su esposa y a sus crías durante la cena. Serafina sonrió al imaginar al animalillo explicando a su atenta familia una fantástica epopeya. Estando tan tranquilo en el bosque, royendo un escarabajo, un malvado depredador lo había atacado y había tenido que luchar a brazo partido para no perder la vida, les diría. Se preguntó si, en la historia, ella sería una bestia feroz. O solo una niña.

De improviso oyó un susurro en lo alto, como una brisa otoñal que agitara las copas de los árboles. Pero no era una brisa. Hacía una noche fría y callada, y no soplaba ni una pizca de aire, igual que si Dios contuviera el aliento.

Se quedó escuchando el delicado murmullo, casi etéreo, algo así como el susurro de un fantasma. Alzó la vista, pero no vio nada más que las ramas de los árboles. Serafina se levantó, se sacudió el sencillo vestido de trabajo, de color verde, que la señora Vanderbilt le había regalado el día anterior y se encaminó hacia el bosque, atenta al rumor. Intentó determinar de dónde procedía. Torció la cabeza a la izquierda y luego a la derecha, pero el ruido no venía de ninguna parte en concreto, o eso parecía. Enfiló hacia unos peñascos, allí donde el terreno caía en picado hacia un frondoso valle. Las vistas desde allí eran magníficas, kilómetros y kilómetros de bosque que se perdían entre la niebla hasta las montañas Blue Ridge del fondo. Un refulgente velo de nubes blancas matizadas en tonos plata pasó despacio por delante de la luna. Los rayos del astro proyectaron una corona de luz en las vaporosas nubes, las traspasaron y dibujaron una sombra alargada e irregular en la tierra que se extendía detrás de Serafina.

Serafina permaneció unos instantes en la cornisa de roca, observando el valle que se abría a sus pies. A lo lejos, las puntiagudas torres y los tejados de pizarra de la imponente casa Biltmore emergían de las sombras del bosque circundante. Gárgolas de animales míticos y exquisitas estatuas de guerreros de otros tiempos decoraban los grisáceos muros de caliza. Los cristales de las oblicuas ventanas reflejaban la luz de las estrellas, y las aristas del tejado, ribeteadas de oro y cobre, destellaban a la luz de la luna. Allí, en el segundo piso de la mansión, dormían el señor y la señora Vanderbilt, al igual que su sobrino y amigo de Serafina, Braeden Vanderbilt. Los invitados de la familia —parientes procedentes de otras ciudades, hombres de negocios, dignatarios, artistas famosos— descansaban en el tercer piso, cada cual en el lujoso dormitorio que le habían asignado.

El padre de Serafina se encargaba de mantener el sistema de calefacción a gas, la dinamo que generaba la electricidad, las lavadoras impulsadas por correas y demás artilugios de última tecnología que poseía la mansión. Los dos vivían en el taller del sótano, al final del pasillo que llevaba a las cocinas, los lavaderos y los almacenes. Sin embargo, a diferencia de todas las personas que Serafina conocía y amaba, ella no dormía durante la noche. Echaba una cabezadita por aquí y otra por allá durante el día, acurrucada bajo una ventana o en algún oscuro recoveco del sótano. Al caer la noche merodeaba por los corredores de Biltmore, por la zona de los señores y por la zona de los criados, igual que un vigilante invisible y silencioso. Exploraba los sinuosos caminos de los enormes jardines y los sombríos valles de los bosques circundantes, y cazaba.

Era una niña de doce años, pero jamás había llevado lo que cualquier otra persona llamaría una vida normal. Se pasaba horas pululando por los enormes sótanos de la mansión, cazando ratas. Su padre, medio en broma, la había apodado JBAR: Jefa de la Brigada Antirratas. Pero Serafina se había apropiado el título con orgullo.

Su padre siempre la había querido y la había criado lo mejor que había podido a su manera tosca. Desde luego, a Serafina nunca la había entristecido cenar con su padre y deslizarse después entre las sombras para limpiar la mansión de roedores. ¿Qué tenía eso de malo? Sin embargo, muy en el fondo de su corazón, siempre se había sentido un poco sola y terriblemente confusa. Jamás había entendido por qué los demás precisaban un fanal para alumbrarse en la oscuridad o por qué hacían tanto ruido al andar, o qué los impulsaba a dormir de noche, justo cuando todo tipo de maravillas se manifestaban en todo su esplendor. Llevaba el tiempo suficiente observando a hurtadillas a los niños de la mansión como para saber que ella no era una más. Cuando se miraba al espejo, veía a una chica de grandes ojos color ámbar, pómulos muy marcados y desgreñada melena oscura y jaspeada. No, Serafina no era una de esas niñas que se ven a diario. Ni siquiera era una niña diurna. Era una criatura de la noche.

Plantada en el confín del valle, atendió otra vez al rumor que la había llevado allí, como un suave aleteo o una serie de susurros que viajaran empujados por el viento allá en lo alto. Las estrellas y los planetas acechaban en el negro firmamento, titilando como animados por los espíritus de diez mil almas, pero no conocían la respuesta al misterio.

Una silueta pequeña y negra cruzó por delante de la luna y desapareció. Serafina se quedó de piedra. ¿Qué era?

Observó. Otra forma oscureció la luna, y luego otra. Al principio las tomó por murciélagos, pero los murciélagos no vuelan en línea recta.

Frunció el ceño, desconcertada y fascinada. Alzó la vista al cielo y vio cómo las estrellas empezaban a desaparecer. Serafina agrandó los ojos, asustada. Pero no tardó en atar cabos. Entornando los ojos en el ángulo preciso, avistó grandes bandadas de pájaros cantores, que sobrevolaban el valle. No uno ni dos, ni una docena, sino ríos aparentemente infinitos de aves, nubes enteras. Los pájaros ocupaban el cielo al completo. El ruido que la había llevado allí no era sino el suave aleteo de miles y miles de gorriones, chochines y ampelis que emprendían su viaje otoñal. Parecían piedras preciosas, verdes y dorados, amarillos y negros, rayados y moteados, miles y miles de ellos. Le extrañó que migraran ahora, estando la estación tan avanzada, pero ahí estaban. Surcaban raudos el cielo, agitando incansablemente las alas, rumbo a las tierras del sur que los acogerían durante el invierno, viajando de noche en secreto para evitar a los halcones diurnos y recurriendo a las cordilleras y a la posición de los astros para orientarse.

El movimiento caprichoso y crispado de los pájaros siempre la había fascinado, siempre le aceleraba el pulso, pero esta vez sintió algo distinto. Esta noche, la pureza y la belleza del viaje de esas pequeñas aves por la montañosa espina dorsal del continente le llegó al corazón. Tuvo la sensación de estar presenciando un acontecimiento único en la vida hasta que comprendió que los pájaros seguían la ruta que sus padres y sus abuelos les habían enseñado, que llevaban millones de años recorriendo ese mismo trayecto. Lo único excepcional en aquella situación era ella, su presencia allí, el hecho de que Serafina lo estuviera presenciando. Y se sintió sobrecogida.

La aparición de los pájaros le trajo a la mente a Braeden. El chico amaba a los pájaros y también a todo tipo de animales en general.

—Ojalá pudieras ver esto —susurró, como si él estuviera despierto en su cama y pudiera oírla a través de los kilómetros que los separaban. Cuánto le habría gustado compartir aquel momento con su amigo. Ojalá estuviera a su lado, contemplando las estrellas, los pájaros, las nubes de bordes plateados y la reluciente luna en todo su esplendor. Le hablaría de ellos la próxima vez que lo viera. Pero las palabras diurnas jamás podrían captar la belleza de la noche.

Hacía unas pocas semanas, Braeden y ella habían derrotado al hombre de la capa negra y habían hecho trizas la siniestra prenda. Braeden y Serafina se habían aliado e incluso habían trabado una buena amistad, pero se dio cuenta una vez más, ahora con más tristeza si cabe, de que llevaba varios días sin verlo. Cada noche esperaba su visita en el taller. Y cada mañana se iba a dormir sumida en la decepción y acosada por las dudas. ¿Qué andaba haciendo Braeden? ¿Por qué no la visitaba? ¿La estaba evitando adrede? Serafina se había alegrado tanto de tener por fin un amigo con el que charlar. Le costaba respirar cuando pensaba que quizá Braeden solo se había acercado a ella atraído por la novedad y que ahora Serafina tendría que volver a pasar las noches merodeando en solitario. Eran amigos. De eso estaba segura. Pero le preocupaba no encajar en las plantas de arriba a la luz del día, descubrir que ese no era su lugar. ¿Sería posible que la hubiera olvidado tan rápidamente?

Según el número de pájaros disminuía y el momento quedaba atrás, paseó la mirada por el valle sumida en un mar de dudas. Después de vencer al hombre de la capa negra, se había considerado uno más de los guardianes, los leones de mármol que, plantados junto a la entrada principal de Biltmore, protegían la casa de demonios y espíritus malvados. Se imaginaba a sí misma como una JBAR que no solo ahuyentaba pequeñas alimañas cuadrúpedas, sino a toda clase de intrusos. Su padre siempre la había advertido contra los peligros del mundo, contra los enemigos que podían robarte el alma y, después de todo lo sucedido, Serafina estaba segura de que había demonios ahí fuera.

Llevaba semanas observando y esperando, igual que un vigía en su torre, pero no tenía ni idea de cuándo aparecerían los demonios o qué forma adoptarían. Siendo sincera consigo misma, lo que más temía en el fondo de su corazón era la posibilidad de no ser lo bastante fuerte, lo bastante lista; no saber si al final sería cazador o presa. Puede que los animalillos silvestres, como la rata cambalachera o la ardilla listada, intuyeran que la muerte acechaba a un salto de distancia. ¿Se consideraban a sí mismos «presas»? Puede que casi esperaran la muerte, que estuvieran listos para morir. Pero Serafina no, ni por asomo. Tenía trabajo que hacer.

Su amistad con Braeden acababa de nacer y no pensaba renunciar a ella sencillamente porque hubieran topado con un escollo. Y apenas había empezado a comprender el vínculo que la unía al bosque, a entender quién o qué era ella. Y ahora que había conocido a los Vanderbilt cara a cara, su padre la presionaba para que se comportara como una niña diurna y normal. La señora Vanderbilt se estaba encariñando con ella y siempre la trataba con amabilidad. Podía deambular por el sótano, por el bosque y por el piso de arriba a su antojo; había pasado de no tener apenas familia a tener demasiada, como si la estiraran por tres lados al mismo tiempo. Pero después de haber vivido varios años sin más parientes que su padre, había acogido encantada aquella nueva vida.

Todo eso era perfecto y bueno. Cuando el peligro se presentara, pensaba luchar, pensaba sobrevivir. ¿Y quién no? Pero ¿y si el peligro aparecía tan súbitamente que la pillaba desprevenida? ¿Y si, igual que una lechuza se abalanza sobre un ratón, las garras caían del cielo y acababan con ella antes siquiera de que las viera venir? ¿Y si el verdadero desafío no consistía en afrontar la amenaza cuando llegase sino en identificarla antes de que fuera tarde?

Cuanto más pensaba en las bandadas de pájaros que acababa de ver, más crecía su desasosiego. Hacía buen tiempo, pero no podía quitarse de encima la sensación de que, a estas alturas del año, en pleno diciembre, los pájaros no deberían estar volando de acá para allá. Frunció el ceño y buscó la estrella polar en el firmamento. Cuando la encontró, comprendió que las aves ni siquiera habían tomado el rumbo correcto. Tampoco estaba segura de que esas especies migraran al sur durante el invierno.

Seguía allí plantada, en la cornisa, cuando un miedo oscuro y viscoso le empapó los huesos.

Alzó la vista hacia el tramo de cielo que acababan de cruzar los pájaros y se preguntó de dónde venían. Dejó vagar la mirada por las oscuras copas de los árboles. Su mente intentaba sacar conclusiones. Y entonces Serafina comprendió la razón de su inquietud.

Los pájaros no migraban.

Estaban huyendo.

Inspiró largo y tendido según su cuerpo se preparaba para lo que se avecinaba. El corazón de Serafina empezó a latir con fuerza. Percibió una repentina tensión en los brazos y las piernas.

Fuera lo que fuese se dirigía hacia allí.

Y no tardaría en llegar.

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Al poco, los oídos de Serafina notaron el cosquilleo de un rumor lejano. No eran gorriones aleteando, como antes, sino alguna criatura terrestre. Ladeó la cabeza para oírlo mejor. Parecía proceder del fondo del valle.

Se irguió, se volvió hacia el sonido y ahuecó las manos alrededor de las orejas, un truco que había aprendido imitando a los murciélagos.

Oyó el leve tintineo de unos arneses y el repiqueteo de unos cascos. Se le hizo un nudo en el estómago. No era un ruido que se dejase oír a menudo en mitad de la noche. Un carruaje con su tiro de caballos avanzaba por la sinuosa carretera de cinco kilómetros que llevaba a la casa. A la luz del día, el acontecimiento no tendría nada de particular. Pero nadie llegaba a Biltmore en mitad de la noche. Algo iba mal. ¿Sería un portador de malas noticias? ¿Habría estallado la guerra entre el Norte y el Sur otra vez? ¿Qué desgracia se cernía sobre el mundo?

Abandonando la cornisa, Serafina se apresuró hacia el valle y corrió por el bosque hasta llegar a un puente de ladrillo con estructura en arcos, allí donde la carretera cruzaba el arroyo. Oculta entre el follaje de laurel silvestre, observó cómo un carruaje viejo y destartalado pasaba por su lado. Por lo general, uno o dos caballos tiraban de los coches, pero este lo arrastraban cuatro sementales de color castaño oscuro dotados de músculos fuertes y protuberantes. Serafina atisbó a la luz de la luna las grupas brillantes de sudor y los ollares ensanchados del esfuerzo.

Tragó saliva con dificultad. Eso no es un mensajero.

Braeden le había explicado que los sementales son animales fieros y sumamente difíciles de manejar (cocean a los cuidadores, muerden a las personas y, por encima de todo, odian a los otros sementales), pero ahí había cuatro, nada menos, tirando de un coche en perfecta armonía.

Cuando Serafina buscó al cochero con los ojos, se le puso la piel de gallina. El pescante estaba vacío. Los caballos avanzaban a un galope corto, como retenidos por el conductor, pero este brillaba por su ausencia.

Serafina apretó los dientes. Algo iba sumamente mal. Lo notaba en los huesos. El coche se encaminaba directamente a Biltmore, donde todo el mundo dormía a pierna suelta y nadie tenía la menor idea de lo que se avecinaba.

Cuando el carruaje tomó una curva y desapareció de su vista, Serafina echó a correr para perseguirlo.

Cruzó el bosque a la carrera, siguiendo el trayecto del coche que circulaba por la ondulante carretera. El vestido de algodón que la señora Vanderbilt le había regalado no era demasiado largo, así que no le impedía correr, pero le costaba horrores seguir el paso de los caballos. Cruzó bosque a través, saltando sobre troncos caídos y aplastando los helechos. Salvó hondonadas y trepó colinas. Tomó atajos con el fin de sacar ventaja al sinuoso curso de la carretera. Le ardían los pulmones cada vez que respiraba grandes bocanadas de aire. A pesar de lo agitada que estaba hacía un rato, el reto que suponía alcanzar a los caballos le arrancó una sonrisa y luego una carcajada, y entonces aún le costó más respirar. Brincando y corriendo como una flecha, disfrutaba la emoción de la cacería.

Entonces, de improviso, los caballos redujeron la marcha.

Serafina se detuvo en seco y se agachó.

Los sementales se detuvieron.

Serafina se agachó detrás de una mata de rododendros, a un tiro de piedra del coche, y se escondió lo mejor que pudo a la vez que intentaba recuperar el resuello.

¿Por qué se ha detenido?

Los caballos corcoveaban nerviosos y soplaban penachos de vapor por los ollares.

El corazón de Serafina latía desbocado mientras observaba el carruaje.

La manija de la puerta se movió.

Ella se pegó al suelo cuanto pudo.

La portezuela del coche se abrió despacio.

Serafina creyó ver dos figuras en el interior, pero entonces una especie de negrura tembló y se arremolinó en la puerta, distinta de cualquier cosa que Serafina hubiera visto antes, una sombra tan negra y cambiante que ni siquiera sus ojos podían penetrarla.

Un hombre alto y enjuto, vestido con un sombrero de piel de ala ancha y un abrigo oscuro y raído, salió del carruaje. Tenía el pelo largo y gris, muy enredado, un bigote canoso y una barba que recordaba a musgo colgando de un tortuoso árbol. Tras apearse, se plantó en la carretera pertrechado con un bastón torcido y sin apartar la vista del bosque.

Detrás de él, un lebrel de expresión maligna bajaba despacio del carruaje. Y luego otro. Los animales poseían cuerpos grandes y desgarbados, cabezas enormes de ojos negros y pelajes de un gris negruzco, tupidos y apelmazados. Cinco perrazos en total abandonaron el coche y se quedaron juntos, los cinco escudriñando el bosque en busca de alguna presa a la que matar.

Temiendo hacer el más mínimo ruido, Serafina respiraba muy despacio, tan quedamente como podía. Notaba el martilleo del corazón en el pecho. Solo quería salir corriendo. No te muevas, se ordenó. Quédate muy quieta. Estaba segura de que, siempre y cuando no abandonase su escondrijo, los intrusos no la verían.

Por razones que no sabía explicar —quizá el abrigo, largo y desastrado, y el mal estado del carruaje—, tenía la sensación de que ese hombre venía de muy lejos. Se quedó de piedra cuando el extraño cerró la puerta del coche, se alejó unos pasos y miró a los caballos, que salieron disparados al momento igual que si los hubieran fustigado. El coche pronto se perdió de vista, llevándose consigo a Biltmore a quienquiera que siguiera dentro, pero dejando atrás al barbudo y a sus perros. El intruso no dio muestras de preocupación o enojo ante el abandono; más bien se comportó como si hubiera llegado a su destino.

Pronunciando unas palabras que Serafina no entendió, el hombre reunió a la jauría a su alrededor. Los perros eran unas bestias horribles de enormes patazas y gruesas garras. No se comportaban como sabuesos normales que husmean la tierra y exploran el bosque. Se limitaban a mirar a su amo, como esperando instrucciones.

La amplia ala del sombrero ocultaba el rostro del hombre, pero entonces volvió la cara a la luna y Serafina reprimió un grito. Un poderoso destello brilló en los ojos color plata del extraño, que asomaban en una cara curtida y marchita. El hombre abrió la boca despacio como si quisiera aspirar la luna. Y justo cuando ella pensaba que se disponía a hablar, soltó el grito más aterrador que Serafina había oído jamás, una especie de chirrido prolongado y crispado. Y en aquel preciso instante una lechuza blanca surgió de entre los árboles como un fantasma y sobrevoló la zona agitando las alas en absoluto silencio antes de responder al grito del hombre con otro chillido espeluznante. A Serafina le entraron temblores solo de oírlo. Y cuando pasó volando por su lado, la lechuza giró hacia ella su fantasmal cara aplastada, como si la buscara, como si acechara a una presa. Serafina se pegó al suelo igual que un ratón asustado.

Según la lechuza desaparecía entre las sombras de la medianoche, Serafina echó otro vistazo a la carretera. Se le heló la sangre en las venas. El hombre de la barba y sus cinco perros miraban ahora hacia el bosque, en su dirección, y los ojos del desconocido aún emitían aquella luz antinatural aunque la luna ya no se reflejaba en ellos. Serafina intentó convencerse de que era imposible que el hombre y sus perros la vieran allí escondida entre las hojas. Pero no pudo sacudirse de encima la horrible sensación de que sabían perfectamente dónde estaba. Debajo de sus pies, el terreno se empapó de una humedad extraña. Parecía como si la hiedra reptase por el suelo. Serafina oyó un castañeteo, cac, cac, cac, seguido de un siseo prolongado y chirriante. Súbitamente, notó el aliento del hombre en la nuca y se volvió a toda prisa, horrorizada, pero no vio nada más que negrura.

El hombre se introdujo en el bolsillo una nudosa y correosa mano y extrajo algo que parecía un jirón de tela oscura.

—Buscad —ordenó a sus perros en un tono grave y siniestro. Algo en la apariencia del hombre, quizá los rasgos rudos y la barba descuidada, el rústico atuendo y su manera de hablar, llevó a Serafina a pensar que procedía de los Apalaches, que había nacido y se había criado en los pedregosos barrancos y las escabrosas cuevas de aquellas mismas montañas.

El primer lebrel hundió el hocico en el paño oscuro. Cuando levantó la cabeza, tenía las fauces abiertas y lanzaba dentelladas salvajes entre hilos de baba. El perro empezó a gruñir. A continuación, el segundo y el tercero husmearon el paño también, y así hasta que los cinco memorizaron el olor. La malevolencia palpable y sonora de aquellos animales estrujó el estómago de Serafina, que temblaba de miedo. Solo le quedaba esperar que el rastro de la tela los arrastrara en la dirección opuesta.

El hombre bajó la vista hacia su jauría.

—La presa está cerca —les ordenó en tono de amenaza—. ¡Seguid el rastro! ¡Buscad a la negra!

De sopetón, los sabuesos aullaron en coro, salvajes como lobos. Los cinco se internaron en el bosque de un salto. Serafina dio un respingo involuntario. Sus piernas ansiaban echar a correr, tanto que apenas podía quedarse quieta. Pero no podía abandonar su escondite. No, si quería sobrevivir. Sin embargo, descubrió horrorizada que los perros se precipitaban directamente hacia ella.

No entendía nada. ¿Debía seguir escondida? ¿Debía defenderse? ¿Echar a correr? Los perros iban a destrozarla.

Justo cuando comprendía que debía salir huyendo, descubrió que ya era tarde. No lo conseguiría. Se le agarrotó el pecho. Se le petrificaron las piernas. Estaba paralizada de miedo.

¡No! ¡No! ¡No! ¡Ni se te ocurra! ¡No eres una rata! ¡No eres una ardilla! ¡Tienes que moverte!

Ante la amenaza de una muerte segura, hizo lo que haría cualquier criatura del bosque mínimamente sensata: pegó un salto de tres metros para subirse a un árbol. Aterrizó en una rama, la recorrió a todo trapo y se lanzó como una ardilla voladora hacia la rama siguiente con un brinco desesperado. Desde allí, saltó al suelo y corrió como alma que lleva el diablo.

Aullando de rabia, los perros la persiguieron con las fauces por delante. La acosaban como una jauría de lobos hostigaría a un ciervo. Pero estos lebreles eran perros loberos, así que no habían nacido para perseguir y matar algo tan indefenso como un venado. Habían sido criados para matar lobos.

Al mismo tiempo que corría, Serafina se volvía de vez en cuando a mirar la carretera. El hombre de la cara marchita alzó la vista hacia la lechuza, que de nuevo planeaba en círculos sobre la zona. Y entonces Serafina observó estupefacta cómo el extraño lanzaba su bastón al cielo. Girando sobre sí mismo, el báculo voló en dirección a la lechuza. Pero no la golpeó. Serafina creyó ver que el bastón temblaba y luego desaparecía en la oscuridad a la par que el ave de presa se internaba en la fronda de los árboles. Serafina no tenía ni idea de quién era aquel extraño y tampoco entendía lo que acababa de presenciar, pero ahora mismo no importaba. Si quería vivir, tenía que seguir corriendo.

Defenderse de un solo lebrel que salta, acosa, gruñe y muerde habría sido una hazaña, pero plantar cara a los cinco se le antojaba imposible. Serafina volaba por el bosque como un rayo, los músculos alimentados por la energía del miedo. No permitiría que esas bestias salvajes acabaran con ella. El aire frío de la noche entraba a chorro en sus ardientes pulmones y un pánico arrollador inundaba sus sentidos. Pisándole los talones, el primer perro alargó el sarnoso cuello, abrió las fauces y le agarró la pierna por detrás. Serafina se dio media vuelta y, gritando de rabia y de dolor al notar el mordisco de los colmillos, golpeó al animal. El olor de la sangre recrudeció el ataque de los demás. El segundo lebrel saltó sobre Serafina, le asestó una dentellada en el hombro y estiró la carne con saña mientras ella le estampaba el puño en la cara. El tercero le aferró la muñeca con los dientes según ella intentaba escapar. Los tres juntos la derribaron y la arrastraron por el suelo. Y por fin los dos perros restantes acudieron para dar muerte a la presa. Con las fauces abiertas de par en par, saltaron directos a su garganta.

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Cuando los lebreles se abalanzaron sobre ella, Serafina se protegió el cuello con el brazo. En lugar de rasgarle la garganta, los colmillos se le clavaron en el antebrazo y Serafina gritó de dolor al notar horribles pinchazos que se proyectaban hasta el hueso. El segundo perrazo se abrió paso para asestar la dentellada mortal, pero una piedra del tamaño de un puño se estampó contra su cabeza y lo dejó inconsciente. Casi al momento una segunda roca golpeó a otro animal, que giró sobre sí mismo para defenderse.

—¡Ahhhh!

Un violento grito se dejó oír en la oscuridad cuando un muchacho de cabello largo y enmarañado se sumó a la refriega golpeando, aporreando, arañando y agitando los brazos en un ataque ciego y feroz.

Rabiando de dolor, Serafina clavó la base de la mano en el hocico del perro que le mordía el antebrazo para apartarlo.

—¡Levanta! ¡Sé valiente! ¡Corre! —le gritó el chico al mismo tiempo que arremetía contra dos de los perros para abrirle paso.

Serafina se incorporó como pudo, lista para salir huyendo. Pero justo cuando creía que el muchacho y ella lo habían conseguido y tal vez pudieran escapar, uno de los perros surgió de las sombras, embistió al chico por el pecho y lo derribó. Perro y muchacho rodaron por el suelo en una voltereta feroz, entre gruñidos y dentelladas.

Otro lebrel se precipitó contra Serafina. Ella lo esquivó, pero un tercer perrazo apareció por el otro lado.

—No podrás correr más que ellos durante mucho rato —gritó el chico—. ¡Tienes que ponerte fuera de su alcance!

Serafina esquivó una dentellada, y luego otra y otra más, pero las horribles fauces no cejaban en su ataque. Arreó a un perro en la cabeza y atizó a otro en el flanco mientras los animales mordían, mordían, mordían sin cesar.

Correteó hacia atrás al mismo tiempo que se defendía de las incansables mandíbulas, pero se estampó contra una pared de roca lisa y no pudo seguir corriendo. Se acuclilló en posición de ataque a la vez que siseaba como un animal capturado en una trampa.

Justo cuando un perro arremetía contra ella, el chico lo derribó con su propio cuerpo.

—¡Venga! —gritó—. ¡Trepa!

Serafina se dio media vuelta e intentó trepar por la escarpada pared de piedra, pero la roca estaba mojada y resbalaba demasiado como para escalarla. Animados por su intento de huida, dos lebreles se abalanzaron sobre ella con más ganas. Serafina les pateó las cabezas una y otra vez. Les arreó bofetadas y puñetazos.

—¡No luches, tonta! ¡Trepa! —le gritaba el chico—. ¡Tienes que escapar!

Cuando se daba la vuelta para seguir subiendo, otro perro se precipitó hacia Serafina, pero el muchacho le saltó a la espalda mordiendo y arañando como un animal salvaje. Aullando de pura rabia, el perrazo se retorció sin dejar de asestar furiosas dentelladas a su enemigo. Perro y chico cayeron al suelo enzarzados en una violenta batalla. Dos perros más se unieron al enredo con los colmillos por delante.

Aprovechando el despiste, Serafina saltó y se asió a una rama de rododendro para ayudarse a escalar la pared. Pronto encontró dónde apoyar el pie y luego se agarró a otra rama. Usando los rododendros como escala, trepó lo más deprisa que pudo barranco arriba. ¡A ver si vosotros podéis hacer esto, patosos!

Una vez fuera del alcance de los perros, miró hacia abajo. Dos lebreles seguían correteando de acá para allá en la base del barranco, buscando entre gruñidos la manera de subir. El más decidido y bobo de los dos intentaba correr pared arriba, una y otra vez, solo para volver a caer al momento.

—¡Volved con vuestro dueño, chuchos asquerosos! —les espetó Serafina, al recordar la oscura y siniestra figura.

Sin embargo, cuando recorrió el bosque con la mirada, no era al dueño de los perros al que buscaba. No veía por ninguna parte ni a los otros tres lebreles ni al muchacho. Y no había llegado a distinguir quién ganaba y quién perdía, pero le parecía imposible que el pobre hubiera vencido a los tres al mismo tiempo.

Se que ...