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SIGO SIENDO YO (ANTES DE TI 3)

Jojo Moyes

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Fragmento

1

 

 

 

Lo que me recordó que ya no estaba en Inglaterra fue el bigote: un ciempiés gris, sólido, que oscurecía el labio superior del hombre dándole un aire decidido; un bigote a lo Village People, de vaquero, un cepillo en miniatura que reclamaba que le tomaran en serio. No había bigotes así en mi tierra; era incapaz de apartar mis ojos de él.

—¿Señora?

La única persona a la que había visto con un bigote como ese era el señor Naylor, nuestro profesor de matemáticas, que lo llevaba lleno de migas de galletas Digestive. Nos gustaba contarlas durante la clase de álgebra.

—¿Señora?

—¡Ah, perdón!

El hombre de uniforme me indicó que avanzara con su dedo rechoncho. No apartó la mirada de la pantalla. Esperé junto a la cabina mientras el sudor acumulado se secaba delicadamente en mi vestido. Levantó una mano, agitando cuatro dedos rollizos. Varios segundos después entendí que me estaba pidiendo el pasaporte.

—Nombre.

—Lo pone ahí —dije.

—Su nombre, señora.

—Louisa Elizabeth Clark —respondí mirando por encima del mostrador—, aunque nunca uso el segundo, Elizabeth. A mi madre le gustaba llamarme Louisita, hasta que se dio cuenta de que si lo dices muy deprisa suena como «loquita». Mi padre cree que me pega. No es que esté loca. Quiero decir, ustedes evidentemente no querrán locos en su país, ¡ja, ja! —Mi voz rebotó nerviosa en la pantalla de plexiglás.

El hombre me observó por primera vez. Tenía los hombros firmes y una mirada que te paralizaba como un táser. No sonrió. Se limitó a esperar a que se desvaneciera mi sonrisa.

—Lo siento —dije—. La gente de uniforme me pone nerviosa.

Eché un vistazo a la sala de inmigración a mi espalda. La serpenteante cola había dado tantas vueltas sobre sí misma que se había convertido en un impenetrable e inquieto mar de gente.

—Me siento rara haciendo esta cola. Creo sinceramente que es la cola más larga que he hecho en mi vida, y comenzaba a preguntarme si debía empezar mi lista de Navidad.

—Ponga su mano en el escáner.

—¿Siempre es tan enorme?

—¿El escáner? —preguntó el agente frunciendo el ceño.

—La cola.

Pero ya no me escuchaba. Contemplaba la pantalla.

Puse mis dedos sobre la pequeña almohadilla y entonces sonó mi teléfono.

Mamá: «¿Has aterrizado?». Iba a teclear una respuesta con la mano que tenía libre cuando el hombre se volvió bruscamente hacia mí.

—Señora, en esta zona no está permitido el uso de teléfonos móviles.

—Es mi madre. Quiere saber si ya he llegado.

Intenté apartar el teléfono de su campo visual y pulsar subrepticiamente el emoticono «pulgar arriba».

—¿Motivo del viaje?

«¿Qué?», fue la respuesta inmediata de mi madre. Había aprendido a enviar mensajes de texto. Ahora se encontraba como pez en el agua haciéndolo y escribía más rápido que hablaba. Es decir, básicamente a velocidad de vértigo. «Ya sabes que mi móvil no ve las figuritas. ¿Eso es un SOS? ¡Louisa, dime que estás bien!».

—¿Motivo del viaje, señora? —preguntó de nuevo con el bigote crispado por la irritación—. ¿Qué va a hacer en Estados Unidos? —añadió.

—Tengo un nuevo empleo.

—¿Cuál?

—Voy a trabajar para una familia de Nueva York, en Central Park.

Por un instante las cejas del hombre parecieron elevarse un milímetro. Comprobó la dirección en mi formulario.

—¿En qué va a trabajar?

—Es algo complicado. Voy a ser una especie de acompañante.

—Una acompañante.

—Verá, yo antes trabajaba para un hombre. Le hacía compañía, pero también le daba las medicinas, le sacaba a pasear y le alimentaba. No era tan raro como puede sonar, de hecho, su problema era que había perdido el uso de las manos. No es que fuera un pervertido… Lo cierto es que mi último trabajo acabó siendo algo más, porque es difícil no encariñarse con la gente a la que cuidas y Will, el hombre del que le hablo, era extraordinario, y nosotros…, bueno, nos enamoramos.

Sentí demasiado tarde que se me saltaban las lágrimas y me limpié los ojos con un gesto brusco.

—Así que creo que será algo parecido. Salvo por la parte del enamoramiento y la de la comida.

El agente de inmigración clavó su mirada en mí. Yo intenté sonreír.

—La verdad es que normalmente no suelo llorar cuando hablo de trabajo. No soy una loquita de verdad a pesar de mi nombre. Le amaba y él me amaba a mí. Entonces él…, bueno, decidió acabar con su vida. Así que esta es mi oportunidad de volver a empezar.

Las lágrimas se deslizaban por las comisuras de mis ojos, avergonzándome. No podía pararlas. Al parecer era incapaz de parar nada.

—Lo siento, será por el jet lag. Deben de ser las dos de la madrugada, hora local, ¿verdad? Además, ya nunca hablo de él. Quiero decir que tengo un novio nuevo fantástico. Es técnico de emergencias sanitarias y muy sexi. Es como ganar la lotería de los novios, ¿verdad? ¿Un técnico en emergencias sexi?

Hurgué en mi bolso en busca de un pañuelo de papel. Cuando levanté la mirada vi que el agente me alargaba una caja. Saqué uno.

—Gracias. De todos modos, mi amigo Nathan, de Nueva Zelanda, trabaja aquí y me ha ayudado a conseguir este empleo. En realidad, todavía no sé cuáles son mis obligaciones, aparte de cuidar a la esposa deprimida de un señor rico. Pero he decidido que esta vez voy a cumplir las expectativas que Will tenía puestas en mí, porque las cosas no me salieron bien la primera vez. Acabé trabajando en un aeropuerto.

Me quedé paralizada.

—Esto…, ¡no es que trabajar en un aeropuerto sea algo malo! Estoy segura de que el control de inmigración es un trabajo importante, realmente importante. Pero yo tengo un plan. Cada semana de las que esté aquí voy a hacer algo nuevo y voy a decir sí.

—¿Decir sí a qué?

—A cosas nuevas. Will siempre decía que yo no me permitía nuevas experiencias. Así que ¡ese es mi plan!

El agente revisaba mis papeles.

—No ha rellenado bien la dirección. Necesito un código postal.

Deslizó el formulario hacia mí. Consulté el número en la dirección que aparecía en la hoja de papel impresa que llevaba y rellené el formulario con mano temblorosa. Eché un vistazo a mi izquierda; la cola de mi sección se inquietaba. En la de al lado, dos agentes interrogaban a una familia china. Los llevaron a una sala contigua entre las protestas de la mujer. De repente me sentí muy sola.

El agente de inmigración echó un vistazo a la gente que esperaba. Y entonces, de repente, selló mi pasaporte.

—Buena suerte, Louisa Clark —dijo.

Le miré fijamente.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¡Muchísimas gracias! —exclamé sonriendo—, ¡qué amable! Quiero decir, es un poco raro estar sola al otro lado del mundo por primera vez, y ahora siento que acabo de conocer a la primera persona agradable y…

—Señora, circule por favor.

—Claro, lo siento.

Reuní mis pertenencias y me aparté un mechón de pelo sudado de la cara.

—Y, señora…

—¿Sí? —respondí, preguntándome qué habría hecho mal ahora.

Contestó sin apartar la vista de la pantalla.

—Tenga cuidado con a qué dice sí.

 

 

Nathan estaba esperándome en «Llegadas» tal y como había prometido. Busqué entre la multitud, insegura, con la secreta convicción de que no vendría nadie, pero allí estaba, agitando su enorme mano por encima de los cuerpos en movimiento a su alrededor. Levantó el otro brazo, sonriendo de oreja a oreja, y se abrió paso para llegar hasta mí. Me dio un gran abrazo levantándome en vilo.

—¡Lou!

Cuando le vi, algo dentro de mí se encogió inesperadamente, algo relacionado con Will, la pérdida y las emociones básicas que despierta el haber estado sentada en un vuelo de siete horas demasiado movido. Me alegré de que me abrazara tan fuerte, porque así tuve un momento para tranquilizarme.

—¡Bienvenida a Nueva York, pequeñaja! Ya veo que no has perdido el buen gusto en el vestir.

Me elevó sujetándome de los hombros, sonriendo. Me alisé el vestido estampado de leopardo estilo años setenta. Pensé que debía parecer Jackie Kennedy en su época Onassis… si Jackie Kennedy se hubiera tirado encima la mitad del café durante el vuelo.

—¡Cuánto me alegro de verte!

Cogió mis pesadas maletas como si estuvieran llenas de plumas.

—Venga. Vamos a casa. El Priu

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