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SISSI, EMPERATRIZ ACCIDENTAL (SISSI 1)

Allison Pataki

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Fragmento

Introducción

Corre el año 1853 y el Imperio austríaco abarca gran parte de Europa, extendiéndose desde Italia hasta la frontera rusa y desde el norte de Alemania hasta los Balcanes.

El emperador Francisco José, uno de los monarcas más poderosos del mundo, reina sobre más de treinta y cinco millones de almas, que incluyen católicos, protestantes, judíos y musulmanes. Sus súbditos son austríacos, húngaros, alemanes, checos, croatas, italianos, gitanos y personas de otras etnias.

Austria es la quintaesencia de ese imperio multiétnico, un rompecabezas políglota que se mantiene unido no por la nacionalidad, ni por la religión, ni por la lengua, ni siquiera por un sentimiento de afecto mutuo. Solo hay un vínculo común que mantiene unidas esas tierras, a esas gentes y esos intereses tan dispares: Francisco José. Un joven apuesto de poco más de veinte años, de pelo castaño cobrizo ondulado y de ojos azules con expresión seria que reina por derecho divino, una figura bendecida, una institución más que un simple hombre.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Francisco José llega al poder en 1848, año en el que las revoluciones asolan Europa, derribando monarquías en una oleada de idealismo liberal y de fervor nacionalista. En ningún otro lugar se alienta dicho fervor revolucionario, para después aplastarlo, como en el Imperio austríaco. Tras sofocar revueltas tanto en Hungría como en Italia, Francisco José le arrebata el trono a su tío, un hombre débil, y afianza su poder sobre el gobierno de Viena y de todo el reino.

Sin embargo, unos años después del comienzo de su reinado, un nacionalista húngaro ataca a Francisco José mientras pasea por Viena y le asesta una puñalada en el cuello. El imperio se estremece y reza mientras el emperador yace en la cama de un hospital, recobrándose de la herida. La necesidad de un heredero al trono de los Habsburgo nunca fue más evidente.

Gracias a su apostura, a su simpatía y, no en menor medida, a su rutilante imperio, Francisco José cuenta con un buen número de jovencitas deseosas de convertirse en su futura esposa.

Sin embargo, el consejero más poderoso de Francisco José no es un general de porte rígido ni un burócrata bigotudo. La persona cuyos consejos más busca Francisco José es su madre. La archiduquesa Sofía es, al fin y al cabo, la persona que lleva toda la vida educándolo para que asuma ese papel y la que ha encontrado el modo de situarlo en un trono que no le pertenecía. Y ya tiene a una novia en mente.

Siguiendo el consejo de su madre, Francisco José envía una invitación a Baviera a su bella y joven prima Elena, quien se siente intimidada y a la vez halagada al recibirla. Cuando Sissi, la alegre hermana menor de Elena, de quince años, decide acompañarla, ninguno de los implicados sabía hasta qué punto iban a cambiar sus vidas… y el mundo.

Prólogo

Budapest, Hungría

8 de junio de 1867

—Emperatriz, estamos listos.

Ella se vuelve, asiente levemente con la cabeza y hace una floritura con la mano.

—Ha llegado el momento de asumir el papel.

Pasa los brazos por las mangas. La prenda de seda, cortada y cosida por expertos, se amolda a sus curvas. ¡Por Dios…! Jamás se acostumbrará a semejante carga. Todas esas cosas parecen pesar más que su propio cuerpo, tan cansado.

Los criados y los asistentes parlotean con nerviosismo y discuten como abejas frenéticas en la colmena alrededor de su importante líder.

—¡Ahuecadle la falda!

—¡Cuidado con el bajo!

—¡Es hora de irse!

—¿Ya? No puede ser…

—¿Lista, emperatriz Isabel? —le pregunta la peluquera imperial, que está frente a ella con la antigua diadema entre las manos. Los diamantes relucen a la luz de las velas. La corona, tan delicada como una telaraña, ha sobrevivido sin embargo al paso de los siglos, más que las regias cabezas en las que descansó. Unas cabezas que a esas alturas están embalsamadas, con el pelo gris y marchito.

—Lista.

La emperatriz asiente y baja la barbilla para que puedan colocarle la diadema sobre su cabello castaño rizado. Ese cabello sí que es la joya más valiosa del tesoro de los Habsburgo. Según se dice, fue lo que conquistó el corazón del emperador.

Una vez con la diadema ceñida, avanza para mirarse en el espejo de cuerpo entero. Está deslumbrante. Hasta ella tiene que admitirlo.

El vestido está confeccionado con brocado de seda blanco y plateado, adornado con hileras de diamantes y cosido de manera que se ajuste a su delgada figura. De sus hombros pende una capa de satén blanco que arrastra por el suelo. Pero es su rostro lo que casi siempre quieren ver, más que cualquier vestido imperial o una diadema antigua. Todos han oído hablar de sus ojos almendrados del color de la miel. De sus pómulos cincelados. De sus labios, esos labios de los que el emperador dijo en una ocasión que eran «tan refrescantes como las fresas». El emperador… El corazón le da un vuelco en el pecho. ¡Por Dios…! Qué cansada está. ¿Tendrá la energía suficiente para sobrevivir a ese día?

Alguien llama a la puerta y el corazón le da otro vuelco. Alza la vista y sus ojos vuelan hacia la recia puerta de roble. ¿Cuál de ellos estará al otro lado? ¿Será el emperador? ¿O será… él? La idea le arrebola las mejillas y ella misma se reprende. Pese a todo lo que ha superado, todavía se sonroja como una niña de dieciséis años al pensar en él, al oír su nombre. Ni su propio esposo consigue ruborizarla de esa manera.

La puerta se abre, gruñendo como un guardia perezoso que alguien ha despertado para que realice la ronda nocturna después de beber demasiada cerveza. Lo ve al instante, y él la ve a ella. La mira de arriba abajo. La expresión de su cara le indica que ha logrado dejarlo sin aliento. Parece un animal asombrado.

—Sissi… —Es lo único que atina a decir. Extiende los brazos como si quisiera abrazarla, pero se reprime al reparar en todos los criados que hay a su alrededor—. Majestad. —Carraspea—. ¿Está lista?

Ella inspira mientras medita la respuesta. ¿Está lista? No. Nunca lo ha estado, supone. Ese era el problema, ¿verdad? Aun así, levanta la barbilla y endereza los hombros.

—Lo estoy —contesta al tiempo que asiente brevemente con la cabeza. Avanza con elegancia. El vestido es un lastre. Tanta opulencia resulta demasiado pesada para su agotado cuerpo. Pero suspira y sigue caminando.

Ya puede oírlos al otro lado de los muros. No tanto los vítores y los gritos como una especie de latido sordo y persistente. Constante. Como el murmullo de las olas al romper en la orilla: inquebrantable, incesante.

Él le ofrece el brazo y ella lo acepta. Percibe el roce de su almidonado uniforme contra la suave piel del brazo. Alguien abre la puerta de par en par. Parpadea y ansía poder levantar una mano. Para protegerse, para ocultar su cara de todas esas miradas directas e inquisitivas. Unas miradas que la observarán, la escudriñarán como si fueran a comérsela. El instintivo y familiar deseo de huir, de escapar, se apodera de ella. Pero controla el impulso. Se yergue un poco más.

Y entonces lo oye:

—¡Sissi!

Toma una bocanada de aire. Un instante para infundirse valor mientras se vuelve hacia él.

—Ha llegado el momento.

Y así era. Por fin había llegado el momento.

 

 

 

 

 

Primera parte

Capítulo 1

 

Castillo de Possenhofen, Baviera

Julio de 1853

Sissi se agachó y miró por encima del seto. Su expresión era vigilante, sus piernas estaban preparadas para entrar en acción, su corazón bombeaba la sangre por sus venas con esa velocidad que solo los perseguidos pueden soportar.

—¡Salid, cobardes!

En ese momento Sissi atisbó la figura que atravesaba el prado. Una silueta oscura que se recortaba contra las almenas del castillo blanco y el cielo azul. Se agachó de nuevo para ocultarse. Su hermano Carlos todavía no la había encontrado y, frustrado, detuvo su caballo como para recordar al animal quién mandaba, esa autoridad que sus hermanas menospreciaban con insolencia.

Sissi observó a Carlos y su desprecio aumentó a medida que le leía el pensamiento: mientras sujetaba las riendas, se veía como si fuera un guerrero germano a lomos de un semental, preparado para cargar contra los húngaros o los polacos y conseguir la gloria en el campo de batalla.

—¡Carlos el Benévolo, duque de Baviera, exige que os presentéis ante vuestro señor y os rindáis! —Buscó por la arboleda, y sus palabras encontraron a Sissi, si bien sus ojos no lograban localizarla—. Besad el anillo y os mostraré clemencia. Más clemencia de la que merecéis. Pero si seguís escabulléndoos y escondiéndoos como ratones, tendré que sacaros a la fuerza del escondite. ¡Y cuando lo haga, desearéis haberos rendido! —El caballo golpeó el suelo con los cascos, nervioso por culpa de la fuerza con la que Carlos aferraba las riendas.

Sissi ya estaba harta de ser la presa. No era justo. Si tuviera la oportunidad de montar su propio caballo, Bummerl, perseguiría a Carlos hasta la frontera de Baviera, y él lo sabía. Pero no imaginaba que tendría que defenderse de su hermano cuando se dirigía con su hermana, Elena, a la orilla del lago del bosque para coger flores.

—Deberíamos rendirnos, Sissi. —Elena estaba agachada a su lado. Su rostro moreno acusaba su creciente preocupación—. Ya lo has oído. Si no lo hacemos, nos creará problemas.

—Bobadas, Elena.

Carlos era menor que Sissi pero la doblaba en tamaño. Tenía trece años, dos menos que ella, y un cuerpo robusto debido a la adolescencia, a la cerveza y a las salchichas. Pero aunque carecía de su físico, Sissi sabía que era capaz de batir a su hermano con la inteligencia.

—Le enseñaremos a Carlos el Benévolo el enemigo tan temible que es.

Sissi le hizo un gesto con la cabeza a su hermana al tiempo que cogía una piedra fría y suave. Elena replicó con un gemido.

—¡Que así sea! —gritó Carlos desde la linde del bosque, en el otro extremo del prado—. Habéis elegido vuestro destino. Y ese destino es… ¡el dolor! —Azuzó a su caballo clavándole los talones en los costados. El animal relinchó en respuesta y acto seguido Sissi notó que el suelo empezaba a temblar.

—Ahora sí que tenemos problemas, Sissi.

Elena se removía en su escondite como si fuera un animal herido mientras el sonido de los cascos del caballo se acercaba.

—Calla, Nené —dijo Sissi para silenciar a su hermana mayor. ¡Oh, cómo deseaba estar a lomos de Bummerl!—. Elena, cuando yo diga «corre» echa a correr. ¿Entendido?

—¿Correr hacia dónde? ¿Hacia el lago?

—No. —Sissi negó con la cabeza—. En el sentido opuesto. Hacia casa, atravesando el prado.

—¿Hacia Carlos?

—Confía en mí, Nené, ¿de acuerdo?

Tras un breve silencio Elena asintió a regañadientes. Sissi asomó de nuevo la cabeza por encima del matorral y vio que su hermano casi había atravesado el prado. Cabalgaba hacia la arboleda donde ellas se habían ocultado, con los ojos entrecerrados mientras inspeccionaba la linde de matorral. Pero todavía no las había descubierto. Sissi levantó la mano que sostenía la piedra y apuntó. El golpeteo de los cascos del caballo retumbaba como cañonazos a medida que Carlos se aproximaba a ellas. Esperó con paciencia a que su hermano estuviera más cerca, y cuando lo tuvo a una distancia aceptable lanzó la piedra con toda la precisión de la que fue capaz.

—¡Ay! —Carlos gritó de dolor, detuvo el caballo y se dejó caer al suelo tras deslizarse de la silla.

A juzgar por el hilillo de sangre que le caía desde la nariz, Sissi supo que había dado en el blanco.

Tenían que aprovechar el momento.

—¡Elena, corre! —ordenó Sissi al tiempo que se enderezaba. Echó a correr hacia el otro extremo del prado.

—¡Eres una bruja! —le gritó Carlos cuando la vio pasar, pero siguió tumbado en el suelo, aturdido por su ataque.

Sissi atravesó el prado a la carrera en dirección a la enorme casa, con el corazón ligero mientras saboreaba la embriagadora victoria. Sus piernas no podían llevarla tan rápido como las de Bummerl, pero eran fuertes y ágiles gracias a los años que había pasado escalando las montañas, nadando en el lago y brincando en el campo en busca de plantas y animalillos. Le bastarían para ponerse a salvo.

Echó un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que Elena la seguía.

—¡Date prisa, Elena!

Aferró a su hermana del brazo y la obligó a seguir su paso. Compartían los mismos padres, pero poco más. Elena disfrutaba dentro de casa: aprendiendo idiomas, leyendo libros de filosofía, tejiendo o escribiendo en silencio en la penumbra de un rincón junto al fuego. Sissi siempre tomaba el mando cuando estaban en el exterior.

Unos cuantos pasos más y atravesaron el prado al completo cogidas de la mano. Una jadeante Sissi pasó junto a un sorprendido criado y entró en tromba en el vestíbulo del castillo, con Elena pisándole los talones. A través del cristal emplomado de la ventana vio que su hermano había vuelto a subirse a la silla y se alejaba del lago en dirección a la casa.

—¡Papá! —gritó Sissi al tiempo que entraba a la carrera en el salón—. ¡Ay, menos mal que estás aquí, papá!

La inerte figura del duque Maximiliano ocupaba un sillón enorme y mullido situado en un rincón de la oscura estancia. A sus pies, junto a sus botas manchadas de barro, resollaban dos perros adormilados y con las patas también embarradas. Ambos levantaron las cabezas a modo de descuidado saludo cuando las muchachas irrumpieron en el salón, pero el duque siguió roncando. Una voluta de humo ascendía de una pipa encendida y olvidada en el regazo del duque Max.

—¡Papá, despiértate! —Sissi le quitó la pipa antes de que le hiciera un agujero en los pantalones y la dejó en la mesita auxiliar—. ¡Despierta! —El duque logró soltar un último ronquido antes de emerger de su profundo sueño. El aliento le apestaba a cerveza—. Papá, Carlos nos persigue a Nené y a mí. Por favor, despierta.

—¿Qué pasa? —El duque se frotó los ojos, enrojecidos y con los párpados hinchados.

Sissi oyó que su hermano preguntaba de mala manera a los sorprendidos criados:

—¿Adónde han ido?

La puerta principal se abrió y oyó que Carlos entraba en el vestíbulo. Sus pasos resonaron sobre el suelo de piedra.

—Ah, Sissi.. —El duque Maximiliano se movió por fin y la miró con ojos vidriosos. Unos ojos que eran del mismo color que los de Sissi, aunque esa tarde no parecían muy lúcidos—. Has llegado justo a tiempo. Estaba aprendiendo una nueva canción de taberna. —El duque miró a su hija preferida con una sonrisa soñolienta mientras levantaba un dedo índice y empezaba a tararear una alegre tonada campesina—. ¿Ya se han marchado los demás? ¿Ya se han ido a casa? —El duque Maximiliano miró a su alrededor con expresión apática.

Sissi se encogió al oír los pasos de Carlos al otro lado de la puerta del salón.

—Papá, por favor…

—Tú, bruja, esta vez sí que me las vas a pagar. —En ese momento su hermano apareció en el vano de la puerta. Ya no parecía sangrarle la nariz, pero tenía un hilillo rojo reseco que le llegaba a los labios—. Me has dado en la cara con la piedra.

Sissi se enderezó y se volvió para enfrentarse a su hermano.

—Te lo merecías.

Elena empezó a lloriquear.

—Papá, por favor… —Sin embargo, su padre contemplaba las llamas que chisporroteaban en la chimenea al tiempo que empinaba la jarra de cerveza para ver si podía beber una última gota—. Sissi, ¿qué hacemos? —Elena retrocedió al ver a Carlos.

Sissi masculló un improperio al ver que su victoria acababa en derrota. Debería haber escuchado los ruegos de Elena y haber ablandado a Carlos. Su temerario orgullo las había llevado a aquella situación.

—Os enseñaré a desafiarme, par de rameras insolentes. —Al percibir su debilidad, Carlos se abalanzó en primer lugar hacia Elena.

—¡Apártate de ella! —Sissi apretó los puños y se preparó para lanzar el primer puñetazo antes de que llegara, indudablemente, su propia paliza. Cerró los ojos, de manera que no vio que alguien entraba por la puerta.

—Estáis aquí. —La duquesa Ludovica apareció en el salón. Era una mujer imponente, vestida de negro, con una falda abultada debido al miriñaque y unos marcados tirabuzones castaños. Carlos retrocedió de inmediato hacia un rincón oscuro al ver a su madre—. Bien, estáis todos aquí. —La duquesa atravesó la estancia con rapidez y descorrió las cortinas, levantando una nube de polvo—. Elena, Isabel, os he buscado por todas partes.

—¡Mamá! —Sissi corrió hacia su madre y se abalanzó sobre su alta y delgada figura. Cerró los ojos, mareada por el alivio.

—Sissi, niña. Pero ¿qué…? —Sin embargo, la duquesa dejó la pregunta en el aire cuando sus ojos abandonaron a Sissi y se posaron en la figura recostada de su marido y en el barro que manchaba la alfombra—. ¡Mira toda esa suciedad! —Ludovica suspiró. Sus hombros subían y bajaban con cada respiración. Estaba irritada—. Supongo que los criados tendrán que limpiarla de nuevo. —Y en voz baja añadió—: Y tendré que pedirles que limpien el polvo también. Esta cortina necesita un remiendo. Además, debo recordar preguntarles si las gallinas ponen huevos… —Volvió a suspirar al tiempo que tiraba otra vez de las andrajosas cortinas. A diferencia de su marido, que rara vez se preocupaba por los asuntos domésticos o por las peticiones de los campesinos (mucho menos por los asuntos de sus hijos), Ludovica siempre tenía muchas obligaciones, y poco tiempo para ocuparse de todas ellas.

La duquesa miró en ese momento a sus hijas, ambas encogidas como dos gatitas asustadas, y después reparó en la cara ensangrentada de Carlos. La expresión de su rostro dejó claro que comprendía lo que había sucedido. Soltó un suspiro cansado y miró por la ventana como si deseara escapar de aquella estancia oscura y sucia de barro.

—Gackl —dijo con voz severa—. ¿El caballo que está suelto en el jardín es tuyo? —Llamaba Gackl a Carlos, un apodo que le habían aplicado cuando era un bebé y dormía en la cuna, debido a los ruidos que hacía. Era también un localismo bávaro con el que se denominaba al gallo más sucio del corral. Sissi pensaba que a su hermano le iba como anillo al dedo—. A ver, ¿lo es o no? —insistió la duquesa al ver que Carlos no respondía.

Carlos miró hacia la ventana, refunfuñando a modo de respuesta. La duquesa lo silenció.

—Ve y lleva ese animal al establo de inmediato. Si no lo cuidas como es debido, no tendrás caballo alguno.

—Sí, madre —acató Carlos, si bien sus ojos tan oscuros como la tinta atravesaron a Sissi con una advertencia: «Esto no acaba aquí».

—Ese muchacho… —La duquesa apartó la mirada de su hijo, que ya salía por la puerta, y la clavó en sus hijas—. Y vosotras no estáis mucho mejor. Tan sucias como un par de campesinas. —Miró a Sissi con el ceño fruncido, reparando en el bajo de su vestido manchado de barro. Sin embargo, no les prohibía vagar por los bosques en busca de flores ni tampoco les prohibía ir al lago a pescar.

—Cállate, Ludovica, apenas oigo lo que está diciendo frau Helgasberg. —Maximiliano miró a su esposa desde el sillón, tras detener momentáneamente la conversación que al parecer mantenía en su cabeza.

Sissi se estremeció al oír aquel nombre. Frau Helgasberg era una de las amantes preferidas de su padre. Que lo hubiera pronunciado en ese momento con semejante desvergüenza no era nada nuevo. Todos los habitantes de la casa conocían su existencia. Todos los habitantes del ducado conocían su existencia. No obstante, que su padre recordara de esa manera tan frecuente e insolente su infidelidad era algo que enfurecía a Sissi.

Ludovica, por su parte, se mostraba impávida y no demostró la menor reacción.

—Max, ¿y si damos un paseo hasta el lago? —La duquesa se acercó a su marido y se llevó a la nariz una de las jarras vacías que tenía cerca. Olió con gesto reprobatorio y cogió el resto de las jarras—. Arriba, Max, ya has tenido bastante disipación por hoy. —Con la mano libre tiró de la manta de lana con la que se cubría su marido, pero él impidió que se la quitara colocando los brazos sobre ella.

—¡Fuera de aquí! —masculló el duque. Un hilillo de baba le cayó por una de las comisuras de los labios.

—Max, te lo ruego. —Ludovica mantuvo la voz serena y el tono firme. Era la viva imagen de la compostura, aunque sintiera la misma frustración que estaba haciendo hervir de rabia a Sissi—. Levántate, por favor.

—Déjalo ya, Ludovica. ¡Y no me hables de esta manera delante de tus ilustres invitados! El barón y yo debemos acabar nuestra conversación.

La duquesa observó a su marido, que no estaba muy lúcido, al parecer sopesando la eficacia de seguir discutiendo con él. Después suspiró y se volvió hacia un criado.

—Café para el duque. Y tráelo deprisa, por favor —le ordenó. Acto seguido, miró a sus hijas y dio una palmada—. Niñas, será mejor que os aseéis y os cambiéis de vestido para bajar a cenar. Vuestro padre y yo… —empezó la duquesa, y dirigió una breve mirada al duque— tenemos noticias que daros.

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—¡Sissi, mi polvorilla! ¡Elena! Venid a sentaros, estamos esperándoos, como de costumbre. —El duque parecía más espabilado a la hora de la cena, sin duda gracias a la jarra de café turco que su esposa le había puesto delante.

La familia se había reunido en el comedor formal de los banquetes y estaba rodeada por cabezas disecadas de enormes caribús, renos y zorros de intenso color naranja que adornaban las paredes. Los trofeos de las incontables cacerías de su padre. Si lo miraba en ese momento, con su porte descuidado y los ojos inyectados en sangre, a Sissi le resultaba difícil imaginar al duque Maximiliano cazando por toda Baviera. Sin embargo, sus habilidades como cazador eran bien conocidas. Rara vez pasaba más de un par de meses en Possenhofen sin que se marchara a alguna de esas cacerías. Al igual que Sissi, el duque adoraba la naturaleza. Más quizá que a las mujeres y la bebida.

—Vuestra madre ha insistido en que nos arreglemos para cenar. ¿Qué creéis que está tramando? —El duque miró a Sissi con una sonrisa y un brillo travieso en sus ojos ambarinos. El desdén que sentía Sissi disminuyó ligeramente.

En su desorganizada familia las cenas formales eran un acontecimiento. El duque rara vez se encontraba en casa por las noches. Su madre, aunque trataba con valentía de imponer cierto orden en un hogar que acusaba la ausencia de quien debía estar al frente del mismo, tenía dificultades para gobernar a sus hijos debido a su temperamento y su vitalidad. En esa época del año, con los días cada vez más largos y calurosos, las cenas de Sissi consistían en poco más que un cuenco de sopa fría cuando por fin entraba en casa, sonrojada por el sol y manchada de tierra tras haber pasado todo el día en los campos y los bosques.

Sissi supuso que la cena formal estaba relacionada con las noticias a las que su madre había aludido aquella tarde. ¿Sería posible que hubiera otro bebé en camino? Con los cuatro que habían nacido después de Carlos (María, Matilde, Sofía Carlota y el más pequeño, Max), Sissi ya se había acostumbrado a semejantes anuncios. Al parecer, por mucha enemistad que existiera entre sus padres, ambos se sometían de buena gana, y a menudo, a la tarea de producir herederos para el ducado. Todas las largas ausencias de su padre terminaban con su llegada inesperada, tras la cual siempre se producía una caótica y enredada reunión familiar a la que, semanas más tarde, seguía el anuncio del futuro nacimiento de otro bebé.

Pero Sissi sospechaba que esas no eran las noticias que su madre quería comunicarles en aquella ocasión. No lo eran porque su comportamiento de los últimos tiempos no se parecía en absoluto al que había demostrado en los otros embarazos.

Sissi se sentó al lado de Elena a la larga mesa. Se había puesto, siguiendo los deseos de su madre, un vestido sencillo de crepé negro y la doncella, Ágata, le había cepillado la larga melena y se la había recogido en dos trenzas.

—Otra vez vestidas de negro esta noche. Siempre de negro —se había lamentado Sissi hablando con su hermana y la doncella mientras se arreglaban antes de cenar.

—Calla, Sissi. Que no te oiga mamá volver a quejarte por el luto —la había reprendido Elena. Al igual que el de su madre y el de Elena, el vestuario de Sissi estaba muy limitado por aquel entonces debido al reciente fallecimiento de una tía lejana.

—Pero estoy cansada del negro. No conocía a la tía abuela… como se llamara, y quiero ir de azul. O de verde. O de rosa. —Movió la cabeza con brusquedad para expresar su oposición a la tirantez de las trenzas que le estaba haciendo Ágata.

—Silencio, señorita Isabel —le dijo la doncella, una muchacha de cara redonda que hablaba con acento polaco, mientras colocaba de nuevo la cabeza de Sissi en posición—. Siempre tan impaciente… Intente ser amable, como su hermana.

Carlos, que estaba sentado a la mesa frente a Sissi, llevaba una elegante chaqueta y una corbata negras. Se había limpiado la sangre de la herida, pero empezaba a apreciarse un moratón en el puente de su nariz. Mientras bebía un trago de cerveza, mirando a sus hermanas con el ceño fruncido y tirándose de la corbata que le apretaba, parecía más un golfillo buscapeleas que el heredero de un ducado.

Los cuatro hermanos menores, que aún no habían cumplido los doce años, no cenaban con la familia sino en la habitación infantil con sus institutrices.

—¿Vino, señorito Carlos? —Ágata rodeó la mesa para llenar las copas mientras dos criados sorteaban los perros dormidos para dejar en ella bandejas con pan caliente, patatas y ensalada de col.

—No quiero vino, Ágata. Más cerveza —respondió él al tiempo que le acercaba la jarra vacía para que se la llenara de nuevo.

Sissi se percató de que Ágata lo hacía manteniendo una prudencial distancia con Carlos. Las manos de su hermano, al igual que las de su padre, tendían a vagabundear cuando había una mujer confiada cerca.

—Por fin estamos todos. —La duquesa Ludovica se sentaba muy derecha, atenta y con modales exquisitos, al contrario que su marido, que estaba repantingado.

—Antes de que empieces —la interrumpió el duque meneando un dedo—, tengo algo importante que decir.

—¿Ah, sí? —Ludovica miró a su marido—. ¿De qué se trata, Max?

—Creo que los criados han estado tocando otra vez mis momias. —Max hizo caso omiso del repentino ceño fruncido de su mujer y siguió hablando, pronunciando las palabras con lengua de trapo—. No quiero que toquen…

—Max, se les ha dicho en incontables ocasiones que no deben tocar tus objetos egipcios. Te aseguro que no lo hacen. —La duquesa, que ocupaba el otro extremo de la larga mesa, atravesó un trozo de salchicha con su tenedor y lo dejó en su plato.

—Pero creo que lo han hecho. Te juro que el brazo de la momia parece fuera de su sitio.

Sissi había sido testigo de esa misma conversación bastantes veces para saber que su madre se veía obligada a reprimir el impulso de soltar una réplica mordaz.

El duque siguió farfullando.

—No pienso tolerar que los criados toqueteen unos tesoros tan valiosos.

Sissi sabía que su padre, cuando no estaba cazando animales, bebiéndose todo el licor de Baviera o engendrando hijos bastardos con campesinas, solo se preocupaba por la colección de antigüedades que había reunido en su gabinete del castillo de Possenhofen. Y más concretamente por las antigüedades con las que había regresado de Egipto décadas atrás, tras una expedición al templo de Dendur. Sissi se había pasado la vida aterrada por la momia de una mujer que su padre guardaba en su estudio, sobre todo después de que Carlos se explayara describiéndole cómo era el cadáver de la muchacha muerta, más o menos del mismo tamaño que ella, preservado bajo las amarillentas y tiesas vendas.

—Bueno, Max, si estás seguro… —dijo Ludovica antes de beber un sorbo de vino con los labios tirantes al tiempo que intercambiaba una mirada cómplice con Sissi—. Hablaré de nuevo con los criados para recordarles que no toquen la momia.

—Ni las piedras… No quiero que toquen tampoco las piedras del templo.

—Ni las piedras. —La duquesa logró esbozar una sonrisa tensa—. De todas formas, niñas… —Apartó la mirada de su marido y la posó en sus hijas, sentadas la una al lado de la otra—. Tal como ya os he dicho, tengo… tenemos unas noticias fabulosas.

—¿Qué ha pasado, mamá? —Sissi miró de reojo a Elena. Mientras se arreglaban, habían tratado de adivinarlo, pero ninguna había llegado a una conclusión razonable sobre cuál podía ser el anuncio que iba a hacer su madre.

—Tal vez hayan comprometido a Carlos —había sugerido Elena con un gesto desdeñoso mientras ayudaba a Ágata a trenzar la larga melena rubia oscura de Sissi.

—Pobre muchacha, si ese es el caso —había replicado Sissi al tiempo que se reía con su hermana y su criada.

No obstante, para sorpresa de Sissi, las noticias parecían no estar relacionadas con Carlos.

—Vuestro padre y yo hemos estado pensando en vuestro futuro. —Ludovica levantó el cuchillo para cortar otra salchicha—. ¿No es cierto, Max?

Sissi se enderezó, tensando la espalda contra la silla.

—Seguro que recordáis a vuestra tía Sofía, ¿verdad? —La duquesa siguió comiendo despacio mientras su mirada iba de una de sus hijas a la otra.

—¿La tía Sofía, la austríaca? —preguntó Elena.

Sissi la recordaba. La había conocido cinco años antes durante un viaje a Innsbruck, Austria. La tía Sofía era una mujer fuerte, alta y delgada, que se parecía mucho a su madre. Pero a diferencia de Ludovica, la tía Sofía tenía un carácter afilado que se apreciaba en todas sus peculiaridades: en su voz, en sus gestos e incluso en su sonrisa.

Fue en 1848, año en el que las revoluciones se extendieron por toda Europa. Viena era un polvorín y la familia real austríaca, los Habsburgo, habían estado a punto de perder sus derechos ancestrales a la corona. La tía Sofía, que se convirtió en una Habsburgo al casarse con el hermano menor del emperador Fernando, suplicó a Ludovica que le mostrara su apoyo asistiendo a la reunión urgente que la familia real había organizado en Innsbruck.

Se reunieron en el pabellón imperial, situado en lo más alto de los Alpes austríacos. Sissi, que en aquel entonces tenía diez años, recordaba bien el viaje. Había crecido en las montañas, pero no había visto nada semejante a esas cumbres cubiertas de nieve hacia las que viajaban.

—Estamos en la cima del mundo —exclamó Elena a medida que el carruaje subía y subía.

Sissi recordaba haberse preguntado en qué lugar dejaba de existir el cielo y empezaba el paraíso.

Durante la primera noche en Innsbruck su madre las dejó en una oscura habitación infantil y se apresuró a reunirse con su hermana mayor y con una multitud de hombres ataviados con inmaculados y rígidos uniformes. Los adultos parecían muy ocupados y muy enfadados. Susurraban con los labios apretados y el ceño fruncido, y no dejaban de lanzar miradas furtivas.

La estancia en Innsbruck para Sissi fue una sucesión de horas interminables con severas y desconocidas institutrices en aquella silenciosa habitación infantil imperial. Carlos estaba muy contento. En aquella dependencia había un buen surtido de garrapiñadas, y disponía de los trenecitos y los soldaditos de juguete de sus primos. Pero Sissi añoraba a su madre. En su hogar apenas se separaban de ella más de un par de horas. Y rara vez pasaban los días estivales dentro de casa, sino que trasladaban las clases al exterior, escalando las montañas que rodeaban su querido Possi, como llamaban al castillo de Possenhofen, pescando en el lago, montando a caballo y observando la flora local.

Sissi había pasado horas durante aquella estancia contemplando las montañas a través de los relucientes cristales de las ventanas, preguntándose dónde se posaban los pájaros que volaban sobre ella en aquel paisaje pedregoso y yermo.

Durante una de aquellas tardes, inquieta y dolida por la ausencia de su madre, Sissi salió a hurtadillas de la habitación infantil. Tras una infructuosa búsqueda, se descubrió perdida en uno de sus largos pasillos. No sabía dónde estaba su madre y tampoco sabía cómo regresar con Elena y con la severa institutriz imperial, una mujer llamada frau Sturmfeder. En aquel momento Sissi se encontró con la conocida figura de su tía, cuyos zapatos de tacón resonaban a medida que avanzaba por el interminable pasillo.

—¡Tía Sofía, tía Sofía! —Se parecía tanto a su madre que, aliviada, Sissi se arrojó hacia ella con los brazos extendidos a la espera de que la rodeara con los suyos.

Pero Sissi recibió, a cambio, una fría bofetada en la cara.

—Cálmate, niña —la reprendió Sofía con un rictus en los labios que enfatizaba las arruguitas que los rodeaban—. No se corre en el palacio y no se habla a los adultos. Mi hermana está más decidida a criar a una prole de bárbaros que a convertiros en un grupo de nobles civilizados. A ver, ¿por qué estás sola? Vuelve a la habitación infantil de inmediato. —Dicho lo cual, enderezó la espalda, se alisó la falda allí donde las manos de Sissi se habían posado y siguió su decidida marcha por el pasillo. Ni siquiera volvió la cabeza para mirar otra vez a su sobrina.

—Exactamente, Elena. —La respuesta de su madre interrumpió los recuerdos de Sissi y la devolvió a la mesa y al anuncio de la duquesa—. Mi hermana mayor, Sofía, la archiduquesa de Austria.

—¿Sabéis lo que se dice de vuestra tía Sofía? —El duque miró a Sissi con una sonrisa traviesa.

—Max, por favor, no es apropiado que… —La duquesa levantó una mano, pero no logró silenciar a su marido.

—La llaman «el único hombre en la corte de Viena». —El duque estalló en carcajadas y apartó la taza de café, optando en cambio por el vino.

La duquesa, con los labios firmemente apretados, esperó a que su marido dejara de reírse para seguir hablando con sus hijas.

—Las cosas han estado muy complicadas en Austria desde que el emperador, el cuñado de Sofía, abdicó al trono.

—¿No sucedió cuando estábamos en Innsbruck? —preguntó Sissi, que recordó de nuevo aquel desagradable viaje. Sus padres pocas veces discutían sobre política y Possi estaba tan lejos de Viena que a Sissi se le permitía demostrar semejante indiferencia por el tema. Sin embargo, sabía que su tía ocupaba una posición poderosa en el Imperio austríaco.

—Sí, Sissi —contestó su madre al tiempo que asentía también con la cabeza—. ¿Recuerdas aquel viaje? —Sissi asintió en silencio a su vez mientras su madre seguía hablando—. Mi hermana ha tenido que emplearse a fondo, digamos, a fin de mantener el trono a salvo para su hijo hasta que tuviera edad suficiente para asumir el poder.

Sissi recordaba a su primo de aquella visita a Innsbruck. Un adolescente serio, con el pelo del color de la canela. Era demasiado mayor para la habitación infantil, pero fue con sus trenecitos y sus soldaditos de juguete con los que jugó Carlos. Sissi solo lo vio en un par de ocasiones, siempre en compañía de sus tutores militares, sus asistentes y su madre. Recordaba de su primo Francisco que era un muchacho delgado que parecía encogerse cada vez que su madre hablaba. La miraba para pedirle opinión y esperaba que ella asintiera sutilmente con la cabeza antes de contestar cualquier pregunta que le hicieran. ¿Por qué habían elegido a un muchacho tan reservado y taciturno como emperador para reemplazar a su tío?, se preguntó Sissi.

Ludovica miró a Sissi, como si estuviera hablando solo con ella.

—Mi hermana, Sofía, ha logrado sobrevivir en Viena allí donde los hombres han fracasado. Aunque tal vez en ocasiones ha exhibido una fuerza que algunos tildan de poco adecuada para una dama, ha logrado salvaguardar el imperio y mantener el… ¿cuál es la forma más adecuada de decirlo? —Ludovica miró de reojo a su marido—. Mantener el decoro que se espera de su elevada posición.

—Supongo que tienes razón, Ludovica. Brindemos por la buena de Sofía. Tiene más pelotas que todos los demás. —El duque bebió un buen trago de vino, ajeno al ceño fruncido de su esposa.

—¿Y el primo Francisco ya es lo bastante mayor para asumir el poder? —preguntó Sissi, que se volvió para mirar de reojo a su hermana.

Elena guardaba silencio mientras masticaba un trocito de patata. Elena nunca tenía mucho apetito.

—Desde luego, Sissi —contestó la duquesa, cuya expresión se iluminó al ver que alguien prestaba atención a sus palabras—. Tu primo, Francisco José, ha ascendido al trono. Es el emperador de Austria.

—Y de momento está haciendo un buen trabajo, maldición. —El duque habló con la boca llena de carne y de ensalada de col—. La batalla que ha librado el pequeño Fran en la frontera italiana… ha sido un bautismo de fuego. Así es como los niños se convierten en hombres, Carlos, hijo mío. Esos italianos amenazaron con abandonar el imperio. —El duque estampó un puño en la mesa, haciendo que parte de la espumosa cerveza de su hijo se derramara por el borde de la jarra—. Y una vez que acabó con ellos, hizo lo mismo con el alzamiento húngaro. Los aplastó con ayuda de los rusos. No te puedes fiar de un húngaro, la verdad sea dicha.

La duquesa terció:

—Tu padre se refiere al hecho de que vuestro primo, el emperador, ha salvaguardado el imperio aun cuando en los últimos años algunos territorios se han sublevado.

—¿Cómo es que el primo Francisco se ha convertido en emperador si el trono le pertenecía a su tío? —preguntó Sissi, tratando una vez más de imaginarse a ese muchacho pelirrojo y tímido en el trono.

—La gente exigió que su tío abdicara —le explicó la duquesa—. Reconozco el mérito de mi hermana Sofía por haber presentado a su hijo como la alternativa viable que satisfaría al pueblo y mantendría a los Habsburgo en el poder, al mismo tiempo que se las arreglaba para no molestar al resto de su familia.

—Seguramente por eso todos los hombres gustan de señalar las pelotas de la señora. Menuda es Sofía… —murmuró el duque, que rio entre dientes.

Ludovica lo miró a modo de advertencia. Sissi se removió en su silla y miró de reojo a Elena mientras se hacía un breve silencio en la mesa.

Su madre siguió hablando tras unos minutos.

—Ahora que Francisco José ha asumido el poder, se enfrenta a una tarea de la mayor importancia. Un deber que todo el imperio desea ver realizado.

—¿Qué deber? —quiso saber Sissi.

Ludovica tomó una honda bocanada de aire mientras unía las yemas de los dedos sobre la mesa y adoptaba una expresión pensativa.

—El del matrimonio, por supuesto.

Sissi tragó saliva, sin saber muy bien por qué esa sencilla frase le había provocado un nudo en el estómago.

La duquesa Ludovica miró a su hija mayor y enarcó las cejas, adoptando una expresión interrogante.

—Francisco debe buscar una novia con la que engendrar un heredero que perpetúe la dinastía Habsburgo.

Pero ¿por qué miraba su madre de esa manera a Elena?, se preguntó Sissi. La sombra de la sospecha anidó en sus pensamientos cual silueta borrosa apenas discernible a través de una ventana empañada. No, su madre no podía estar refiriéndose a «eso». El silencio se hizo en la estancia de nuevo. Carlos se tiró de la corbata y ordenó que le sirvieran más cerveza. Elena, con las mejillas tan blancas como el mantel y las servilletas, mantuvo la vista gacha.

La duquesa apartó su plato y cruzó las manos sobre la mesa con gesto decidido.

—Nené, nunca me he permitido desear semejante futuro para mi hija. —La voz de Ludovica parecía cargada de emoción, y Sissi se sorprendió al ser testigo de ese extraño despliegue emocional en su normalmente compuesta y estoica madre. Antes de que Sissi pudiera desentrañar el significado de aquellas palabras, la duquesa añadió—: Y pensar que una de mis hijas va a sentarse en el trono de Viena…

Elena trató de articular la más débil de las réplicas:

—Madre, no te estarás refiriendo a…

La duquesa asintió con la cabeza.

—Elena, mi hermana te ha elegido a ti. Tú serás la prometida del emperador Francisco José. —Elena soltó el tenedor, que se estrelló contra el plato—. ¡Vas a ser emperatriz de Austria!

La duquesa miró a su pálida hija con una sonrisa deslumbrante, pero nadie en la mesa dijo nada.

Sissi entendía el mudo asombro de Elena. Su hermana, Elena, la muchacha que un rato antes había estado con ella cogiendo flores silvestres. La hermana que dormía a su lado por la noche y le colocaba los fríos pies debajo de las piernas para que se los calentara. La tímida muchacha que adoraba la filosofía y los principios religiosos, pero que aducía estar enferma para evitar las clases de baile. ¿Elena, emperatriz de Austria? ¿Presidiendo la corte vienesa?

—Nené —continuó la duquesa, impasible ante el silencio de su hija—, y pensar que cuando alumbres un hijo serás la madre del futuro emperador, la mujer más poderosa sobre la faz de la tierra…

El duque alzó su copa y bebió un sorbo de vino a modo de celebración.

—Por Elena.

—Por Elena —repitió Sissi a regañadientes mientras escudriñaba la cara de su hermana en busca de alguna reacción. Pero el rostro de Elena era una máscara impenetrable.

—La casa de Wittelsbach está ascendiendo, ¿verdad, Carlos? ¡No te será difícil gobernar este ducado con una hermana sentada en el trono de los Habsburgo! —exclamó el duque, que había adoptado una actitud plenamente festiva.

Sin embargo, las reacciones del resto de los comensales eran variadas. Sissi seguía sin pronunciar palabra, observando con atención a Elena en un intento por leerle el pensamiento. La duquesa, exultante en un primer momento, parecía incrédula, asombrada por el silencio imperturbable de Elena. Y Carlos parecía lejos de alegrarse por las noticias del ascenso de su hermana.

Al final fue él quien puso fin al silencio.

—Mi hermana va a casarse. Elena, ¿sabes lo que esperará que hagas? —Pinchó un trozo de salchicha con el tenedor y lo sostuvo en alto delante de la cara de Elena con actitud amenazadora—. ¿Te apetece un poco de salchicha?

—¡Carlos! ¿Es que no tienes vergüenza? —masculló la duquesa mirando a su hijo hasta que este apartó la salchicha que colgaba del tenedor.

Sissi extendió el brazo para tomar la mano fría y sudorosa de su hermana por debajo de la mesa.

—Elena, es el mayor de los honores y nos sentimos muy orgullosos de que te hayan elegido. —La duquesa volvió a prestar atención a su plato y comenzó a partir la salchicha con presteza y eficiencia.

—Pero, madre… —dijo Elena por fin.

La duquesa la miró.

—¿Qué?

—Mamá, yo…

—Dilo ya, Elena. —Ludovica tenía poca paciencia para la timidez de Elena, un rasgo de su personalidad que claramente no había heredado de ella.

—No quiero casarme con el primo Francisco.

Tras dicha confesión, Elena ocultó la cara entre las manos. Carlos rio entre dientes desde el otro lado de la mesa.

El duque, que observaba a su hija por encima del borde de su copa, miró a Sissi como si ella fuera la intérprete de Elena.

—¿Qué le pasa a tu hermana?

Sissi levantó una mano y se la colocó con ternura a Elena en el hombro al tiempo que le susurraba con suavidad que debía asimilar la noticia. Después añadió dirigiéndose a su padre:

—Papá, es un anuncio impactante. A lo mejor está demasiado impresionada.

—Sissi, ¿ahora presumes de leerme el pensamiento? —replicó su hermana con un tono brusco poco característico en ella—. Tú no eres a quien van a entregar como si fueras un objeto.

El comentario, una muestra de mordacidad extraña en la dulce Elena, logró silenciar a Sissi. Elena tenía razón. No era su destino el que estaban discutiendo. No era ella quien no podía decidir su propio futuro.

La duquesa la observaba en silencio, sopesando cómo reaccionar ante un giro tan inesperado de los acontecimientos. A la postre, habló.

—Elena, no lo entiendo. Todas las jóvenes quieren un buen marido.

Elena negó con la cabeza.

—Yo no. —Se echó a llorar. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

La duquesa suspiró.

—Pero sabías que algún día tendrías que casarte, Elena. Podría haber sido con un conde sajón, con un príncipe veneciano… Y ¿te pones a llorar porque es el emperador de Austria? Es el mejor pretendiente que podías esperar.

Elena negó con la cabeza de nuevo.

—Mamá, por favor, te lo suplico. No me obligues a hacerlo.

Ludovica volvió a suspirar.

—Elena, Francisco es un buen muchacho… un buen hombre. Te tratará con amabilidad. Y contarás con la ayuda de la tía Sofía para adaptarte a la vida en la corte.

—¡Pero no quiero casarme con él! —insistió Elena.

—Sin duda sabías que este día se acercaba, ¿no ...