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SUAVE ES LA NOCHE

Francis Scott Fitzgerald

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Fragmento



Índice

Suave es la noche

Nota de los editores

Libro primero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Libro segundo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Recibe antes que nadie historias como ésta

Libro tercero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Notas

Biografía

Créditos

Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) nació en Minnesota, Estados Unidos. Es uno de los más destacados representantes, junto a William Faulkner, Ernest Hemingway y John Dos Passos, de la Generación Perdida. Inició su carrera literaria con A este lado del Paraíso (1920), obra que le proporcionó un éxito inmediato. En 1922 publicó Cuentos de la era del jazz, colección de relatos donde se satirizan diversos aspectos de la vida norteamericana. El gran Gatsby, Suave es la noche y Hermosos y malditos son las tres grandes obras que lo encumbraron como uno de los mejores autores estadounidenses del siglo XX. Con carácter póstumo se publicó El jactancioso, colección de ensayos de signo autobiográfico.

Título original: Tender is the Night

Edición en formato digital: noviembre de 2015

© 1933, 1934, Charles Scribner’s Sons; 1948, 1951, F. Scott Fitzgerald Lanahan

© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.

Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona

© 1993, Rafael Ruiz de la Cuesta, por la traducción

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial

Fotografía de portada: © Getty images

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ISBN: 978-84-6633-333-7

Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.

www.megustaleer.com

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FRANCIS SCOTT FITZGERALD

Suave es la noche

Traducción de

Rafael Ruiz de la Cuesta

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www.megustaleerebooks.com

* Diagnóstico: esquizofrenia. Fase aguda decreciente. El miedo a los hombres es uno de los síntomas de la enfermedad y no es en absoluto constitucional. El pronóstico debe ser reservado.

*Ein Versuch die Neurosen und Psychosen gleichmässig und paragmatich zu klassifizieren auf Grund der Untersuchung von fünfzehn hundert pre-Kapaelin und post-Krapaelin Fällen wie siz diagnostiziert sein würden in der Terminologie von den verschiedenen Schulen der Gegenwart, acompañado de otro párrafo rimbombante: Zusammen mit einer Chronologie solcher Subdivisionen der Meinung welche unabhängig entstanden sind.

* Es decir, iba a ser ciego, sordo y mudo. (N. del T.)

Nota de los editores

La historia editorial de Tender is the Night ilustraría por sí misma un extenso capítulo de la teoría de la transmisión textual.

El libro fue publicado originariamente en Nueva York en 1934 por Charles Scribner’s Sons. En 1951 apareció una versión revisada a cargo de Malcolm Cowley en la que el prestigioso crítico incorporaba ciertas modificaciones que el propio Fitzgerald había comenzado a hacer en un ejemplar de la novela publicada. La idea básica de Fitzgerald consistía en reconstruir la novela en orden cronológico, colocando los llamados capítulos en flashback (del I al X del Libro Segundo) al comienzo.

Lo malo es que el propio autor terminó por desestimar su proyecto y que Cowley se extralimitó en sus correcciones. El libro, sin embargo, fue profusamente leído en esa versión. Desde hace algunos años la crítica más seria ha considerado las modificaciones de la edición «revisada» como ajenas al espíritu de Fitzgerald. La edición que ahora proponemos a nuestros lectores restituye el texto de la de Scribner’s y devuelve a la novela la frescura de un relato que no siempre ha sido comprendido como merecía.

¡Ya estoy contigo! Suave es la noche...

... Pero aquí no hay luz,

Salvo la que del cielo trae la brisa

Entre tinieblas de verdor y caminos de musgo tortuosos.

JOHN KEATS, «Oda a un ruiseñor»

Para Gerald y Sara

Muchas fiestas

Libro Primero

I

En la apacible costa de la Riviera francesa, a mitad de camino aproximadamente entre Marsella y la frontera con Italia, se alza orgulloso un gran hotel de color rosado. Unas amables palmeras refrescan su fachada ruborosa y ante él se extiende una playa corta y deslumbrante. Últimamente se ha convertido en lugar de veraneo de gente distinguida y de buen tono, pero hace una década se quedaba casi desierto una vez que su clientela inglesa regresaba al norte al llegar abril. Hoy día se amontonan los chalés en los alrededores, pero en la época en que comienza esta historia sólo se podían ver las cúpulas de una docena de villas vetustas pudriéndose como nenúfares entre los frondosos pinares que se extienden desde el Hôtel des Étrangers, propiedad de Gausse, hasta Cannes, a ocho kilómetros de distancia.

El hotel y la brillante alfombra tostada que era su playa formaban un todo. Al amanecer, la imagen lejana de Cannes, el rosa y el crema de las viejas fortificaciones y los Alpes púrpuras lindantes con Italia se reflejaban en el agua tremulosos entre los rizos y anillos que enviaban hacia la superficie las plantas marinas en las zonas claras de poca profundidad. Antes de las ocho bajó a la playa un hombre envuelto en un albornoz azul y, tras largos preliminares dándose aplicaciones del agua helada y emitiendo una serie de gruñidos y jadeos, avanzó torpemente en el mar durante un minuto. Cuando se fue, la playa y la ensenada quedaron en calma por una hora. Unos barcos mercantes se arrastraban por el horizonte con rumbo oeste, se oía gritar a los ayudantes de camarero en el patio del hotel, y el rocío se secaba en los pinos. Una hora más tarde, empezaron a sonar las bocinas de los automóviles que bajaban por la tortuosa carretera que va a lo largo de la cordillera inferior de los Maures, que separa el litoral de la auténtica Francia provenzal.

A dos kilómetros del mar, en un punto en que los pinos dejan paso a los álamos polvorientos, hay un apeadero de ferrocarril aislado desde el cual una mañana de junio de 1925 una victoria condujo a una mujer y a su hija hasta el hotel de Gausse. La madre tenía un rostro de lindas facciones, ya algo marchito, que pronto iba a estar tocado de manchitas rosáceas; su expresión era a la vez serena y despierta, de una manera que resultaba agradable. Sin embargo, la mirada se desviaba rápidamente hacia la hija, que tenía algo mágico en sus palmas rosadas y sus mejillas iluminadas por un tierno fulgor, tan emocionante como el color sonrojado que toman los niños pequeños tras ser bañados con agua fría al anochecer. Su hermosa frente se abombaba suavemente hasta una línea en que el cabello, que la bordeaba como un escudo heráldico, rompía en caracoles, ondas y volutas de un color rubio ceniza y dorado. Tenía los ojos grandes, expresivos, claros y húmedos, y el color resplandeciente de sus mejillas era auténtico, afloraba a la superficie impulsado por su corazón joven y fuerte. Su cuerpo vacilaba delicadamente en el último límite de la infancia: tenía cerca de dieciocho años y estaba casi desarrollada del todo, pero seguía conservando la frescura de la primera edad.

Al surgir por debajo de ellas el mar y el cielo como una línea fina y cálida, la madre dijo:

—Tengo el presentimiento de que no nos va a gustar este sitio.

—De todos modos, lo que yo quiero es volver a casa —replicó la muchacha.

Hablaban las dos animadamente, pero era evidente que iban sin rumbo y ello les fastidiaba. Además, tampoco se trataba de tomar un rumbo cualquiera. Querían grandes emociones, no porque necesitaran reavivar unos nervios agotados, sino con una avidez de colegialas que por haber sacado buenas notas se hubieran ganado las vacaciones.

—Vamos a quedarnos tres días y luego regresamos. Voy a poner un telegrama inmediatamente para que nos reserven pasajes en el vapor.

Una vez en el hotel, la muchacha hizo las reservas en un francés correcto pero sin inflexiones, como recordado de tiempo atrás. En cuanto estuvieron instaladas en la planta baja, se acercó a las puertaventanas, por las que entraba una luz muy intensa, y bajó unos escalones hasta la terraza de piedra que se extendía a lo largo del hotel. Al andar se movía como una bailarina de ballet, apoyándose en la región lumbar en lugar de dejar caer el peso sobre las caderas. Afuera la luz era tan excesiva que creyó tropezar con su propia sombra y tuvo que retroceder: el sol la deslumbraba y no podía ver nada. A cincuenta metros de distancia, el Mediterráneo iba cediendo sus pigmentos al sol implacable; en el paseo del hotel, bajo la balaustrada, se achicharraba un Buick descolorido.

De hecho, en el único lugar en que había animación era en la playa. Tres ayas inglesas estaban sentadas haciendo punto al lento ritmo de la Inglaterra victoriana, la de los años cuarenta, sesenta y ochenta; confeccionaban suéteres y calcetines con arreglo a ese patrón y se acompañaban de un chismorreo tan ritualizado como un encantamiento. Más cerca de la orilla había unas diez o doce personas instaladas bajo sombrillas a rayas, mientras sus diez o doce hijos trataban de atrapar peces indiferentes en las partes donde había poca profundidad o yacían desnudos al sol brillantes de aceite de coco.

Cuando Rosemary llegó a la playa, un niño de unos doce años pasó corriendo por su lado y se lanzó al mar entre gritos de júbilo. Al sentirse observada por rostros desconocidos, se quitó el albornoz e imitó al muchacho. Flotó cabeza abajo unos cuantos metros y, al ver que había poca profundidad, se puso en pie tambaleándose y avanzó cuidadosamente, arrastrando como pesos sus piernas esbeltas para vencer la resistencia del agua. Cuando el agua le llegaba más o menos a la altura del pecho, se volvió a mirar hacia la playa: un hombre calvo en traje de baño que llevaba un monóculo la estaba observando atentamente y, mientras lo hacía, sacaba el pecho velludo y encogía el ombligo impúdico. Al devolverle Rosemary la mirada, se quitó el monóculo, que quedó oculto en la cómica pelambrera de su pecho, y se sirvió una copa de alguna bebida de una botella que tenía en la mano.

Rosemary metió la cabeza en el agua e hizo una especie de crol desigual de cuatro tiempos hasta la balsa. El agua iba a su encuentro, la arrancaba dulcemente del calor, se filtraba en su pelo y se metía por todos los rincones de su cuerpo. Se recreó girando una y otra vez en ella, abrazándola. Llegó jadeante a la balsa, pero al notar que la estaba mirando una mujer de piel bronceada que tenía unos dientes muy blancos, Rosemary, consciente de pronto de la excesiva blancura de su cuerpo, se dio la vuelta y se dejó llevar por el agua hasta la orilla. Cuando salía, le habló el hombre velludo de la botella.

—Oiga, ¿sabe que hay tiburones al otro lado de la balsa?

Era de nacionalidad imprecisa, pero hablaba inglés con un pausado acento de Oxford.

—Ayer devoraron a dos marineros ingleses de la flota que está en Golfe-Juan.

—¡Dios mío! —exclamó Rosemary.

—Vienen atraídos por los desechos de los barcos.

Puso los ojos vidriosos como para indicar que su única intención era ponerla en guardia, se alejó unos pasos con afectación y se sirvió otro trago.

Al advertir, sin que realmente le desagradara, que en el curso de esa conversación habían pasado a centrarse en ella algunas miradas, Rosemary fue a buscar un lugar donde sentarse. Era evidente que a cada familia le pertenecía el espacio de playa que había justo delante de su sombrilla; por otra parte, había mucho visiteo y mucha charla de sombrilla a sombrilla: un ambiente de comunidad en el que habría pecado de presuntuoso el que hubiera intentado meterse. Algo más lejos, en una zona donde la playa se cubría de guijarros y algas secas, había un grupo de personas que tenían la piel tan blanca como ella. Estaban tumbadas bajo quitasoles de mano en lugar de sombrillas de playa y era evidente que no se sentían tan parte del lugar como el resto. Rosemary encontró un sitio entre la gente bronceada y la que no lo estaba y extendió su albornoz sobre la arena.

Así tendida, oyó al principio voces indistintas y sintió pies que le pasaban casi rozando el cuerpo y siluetas que se interponían entre el sol y ella. Notó en el cuello el aliento templado y nervioso de un perro fisgón; sentía que se le tostaba la piel ligeramente al calor del sol y hasta ella llegaba el apagado lamento de las olas que morían. Luego empezó a distinguir unas voces de otras y se enteró de que alguien a quien se llamaba despreciativamente «ese tipo, North» había secuestrado a un camarero de un café de Cannes la noche anterior con el propósito de partirlo en dos. La que avalaba esa historia era una mujer de pelo blanco que iba en traje de noche, claramente uno de los restos que habían quedado de la noche anterior, pues seguía llevando en la cabeza una diadema y en su hombro agonizaba una orquídea desanimada. A Rosemary le entró una vaga aversión hacia esa mujer y sus acompañantes y se dio la vuelta.

Al otro lado, muy cerca de ella, una mujer joven tendida bajo un dosel de sombrillas estaba confeccionando una lista a partir de un libro que tenía abierto sobre la arena. Se había bajado los tirantes del bañador y su espalda, que había adquirido un tono marrón rojizo tirando a anaranjado, brillaba al sol realzada por una sarta de perlas color crema. Tenía un rostro encantador, pero su expresión era dura y había algo en ella que movía a compasión. Cruzó la mirada con Rosemary sin verla. A su lado estaba un hombre bien parecido con gorra de jockey y un traje de baño a rayas rojas. También estaba la mujer que había visto en la balsa, que le devolvió la mirada y la reconoció, y un hombre de rostro alargado y cabellera aleonada y dorada, con un bañador azul y sin sombrero, que hablaba en tono muy serio con un joven de aspecto inconfundiblemente latino que llevaba un bañador negro; mientras hablaban, los dos recogían puñaditos de algas de la arena. Rosemary llegó a la conclusión de que casi todos eran americanos, si bien había algo en ellos que los hacía diferentes de los americanos que había conocido últimamente.

Pasado un momento se dio cuenta de que el hombre de la gorra de jockey estaba improvisando una pequeña representación para aquel grupo. Manejaba un rastrillo con aire solemne y removía la arena ostensiblemente en una especie de parodia esotérica que la gravedad de su expresión desmentía. La mínima derivación de la parodia producía hilaridad, hasta que llegó un momento en que cualquier cosa que dijera provocaba una carcajada. Todo el mundo, incluso los que, como ella, estaban demasiado lejos para entender lo que decía, había aguzado los oídos; la única persona en toda la playa que parecía indiferente era la joven del collar de perlas. Tal vez por el pudor del que se sabe propietario de algo que despierta la atención, respondía a cada nueva salva de risas agachándose más sobre la lista que estaba confeccionando.

De pronto le llegó a Rosemary desde el cielo la voz del hombre del monóculo y la botella.

—Es usted una nadadora excelente.

Ella rechazó el cumplido.

—Sí, magnífica. Me llamo Campion. Una señora que está conmigo me ha dicho que la vio la semana pasada en Sorrento, sabe quién es usted y le gustaría mucho conocerla.

Tratando de disimular su fastidio, Rosemary miró a su alrededor y vio que los no bronceados estaban expectantes. Se puso en pie de mala gana y fue a reunirse con ellos.

—La señora Abrams..., la señora McKisco..., el señor McKisco..., el señor Dumphry...

—Sabemos quién es usted —dijo la mujer del traje de noche—. Es Rosemary Hoyt. La reconocí en Sorrento y le pregunté al recepcionista del hotel. Todos pensamos que es usted una absoluta maravilla y queremos saber por qué no está ya en América rodando otra de sus maravillosas películas.

Le hicieron sitio entre ellos con gestos exagerados. La mujer que la había reconocido no era judía, a pesar de su nombre. Era una de esas personas de edad «alegres y despreocupadas» que, bien conservadas a fuerza de hacer bien la digestión y no dejar que nada les afecte, se integran en la siguiente generación.

—Queríamos advertirle del peligro de que se queme el primer día de playa —continuó en tono animado—, porque su piel es importante, pero parece haber tanta estúpida etiqueta en esta playa que no sabíamos si se iba usted a molestar.

II

—Pensamos que a lo mejor formaba usted parte de la intriga —dijo la señora McKisco.

Era joven y bonita, de mirada maliciosa y una intensidad que causaba rechazo.

—No sabemos quién forma parte de la intriga y quién no. Un hombre con el que mi marido había sido especialmente amable resultó ser uno de los personajes principales, prácticamente el segundo protagonista masculino.

—¿La intriga? —preguntó Rosemary, entendiendo a medias—. ¿Es que hay una intriga?

—Querida, no lo sabemos —dijo la señora Abrams soltando una risita convulsiva de mujer robusta—. No participamos en ella. Lo vemos todo desde la galería.

El señor Dumphry, un joven afeminado que tenía pelo de estopa, observó:

—Mamá Abrams es ya de por sí toda una intriga.

Y Campion le amenazó con el monóculo, diciendo:

—Royal, no empieces con tus bromas de mal gusto.

Rosemary miraba incómoda a unos y otros y pensaba que su madre debía haber bajado a la playa con ella. Aquella gente no le gustaba nada, sobre todo si la comparaba con el grupo del otro extremo de la playa que había despertado su interés. Las dotes modestas pero sólidas que tenía su madre para el trato social la sacaban siempre de situaciones embarazosas con firmeza y rapidez. Pero sólo hacía diez meses que Rosemary era famosa y a veces se armaba un lío entre la educación francesa que había recibido en su infancia y los modales más desenfadados que luego había adquirido en América, y quedaba expuesta a situaciones como aquélla.

Al señor McKisco, un pelirrojo flacucho y pecoso de unos treinta años, no le parecía divertido aquello de la «intriga» como tema de conversación. Había estado mirando el mar fijamente y, de pronto, tras echar una mirada rápida a su mujer, se volvió hacia Rosemary y le preguntó en tono agresivo:

—¿Lleva mucho tiempo aquí?

—Un día sólo.

—Ah.

Evidentemente convencido de que había logrado cambiar de tema radicalmente, pasó a mirar a los demás.

—¿Se va a quedar todo el verano? —preguntó la señora McKisco en tono inocente—. Si se queda podrá ver cómo se desarrolla la intriga.

—¡Por el amor de Dios, Violet, cambia de tema! —estalló su marido—. ¡A ver si se te ocurre una nueva broma!

La señora McKisco se inclinó hacia la señora Abrams y le susurró en forma perfectamente audible:

—Está nervioso.

—No estoy nervioso —protestó el señor McKisco—. Da la casualidad de que no estoy nada nervioso.

Estaba visiblemente alterado; se había extendido sobre su rostro un rubor grisáceo que le daba un aire de total ineficacia. Vagamente consciente de pronto de cuál era su estado, se puso en pie para ir al agua, seguido de su mujer, y Rosemary, aprovechando la oportunidad, les siguió.

El señor McKisco aspiró profundamente, se lanzó al agua donde no cubría y comenzó a golpear el Mediterráneo con brazos rígidos, queriendo dar a entender sin duda que nadaba a crol. Cuando se quedó sin aliento, se puso en pie y miró en torno suyo como sorprendido de encontrarse todavía tan cerca de la orilla.

—Aún no he aprendido a respirar. Nunca he entendido del todo cómo hay que respirar.

Dirigió a Rosemary una mirada interrogante.

—Creo que se suelta el aire debajo del agua —explicó ella—, y cada cuatro brazadas se saca la cabeza para tomar más aire.

—Respirar es lo que me resulta más difícil. ¿Vamos nadando hasta la balsa?

El hombre de la cabeza aleonada estaba tumbado todo lo largo que era sobre la balsa, que se ladeaba con cada movimiento del agua. En uno de esos bruscos meneos recibió un golpetazo en el brazo la señora McKisco, que trataba de subirse. El hombre se incorporó y la ayudó a subir.

—Me temía que la iba a golpear.

Hablaba pausadamente y con timidez, y la expresión de su rostro era de las más tristes que Rosemary había visto nunca. Tenía los pómulos salientes de los indios, el labio superior alargado y unos ojos enormes y hundidos de un tono dorado oscuro. Había hablado entre dientes, como si esperara que sus palabras llegaran hasta la señora McKisco por una ruta indirecta y discreta. En un instante se había lanzado al agua y su largo cuerpo flotaba en dirección a la orilla.

Rosemary y la señora McKisco le observaron. Cuando se le agotó el impulso se dobló bruscamente, se elevaron sus muslos flacos por encima del agua y desapareció totalmente dejando tras sí apenas un rastro de espuma.

—Es un buen nadador —dijo Rosemary.

A lo que replicó la señora McKisco con una vehemencia inesperada:

—¡Pero es un músico pésimo!

Y se volvió hacia su marido, el cual, tras dos intentos infructuosos, había logrado subirse a la balsa y, una vez que había conseguido mantener el equilibrio, trataba de hacer alguna floritura como para compensar, sin otro resultado que tambalearse una vez más.

—Estaba diciendo que Abe North podrá ser un buen nadador, pero es un músico pésimo.

—Sí —reconoció a regañadientes el señor McKisco. Era evidente que era él el que había creado el mundo de su mujer y le permitía muy pocas libertades dentro de ese mundo.

—A mí que me den a Antheil —dijo la señora McKisco volviéndose hacia Rosemary con aire desafiante—. A Antheil y a Joyce. Me imagino que en Hollywood no se oirá hablar mucho de ese tipo de gente, pero mi marido escribió la primera crítica del Ulises que apareció en América.

—Ojalá tuviera un cigarrillo —dijo el señor McKisco con voz calmosa—. Es lo único que me parece importante en este momento.

—Es de lo más profundo. ¿Verdad que sí, Albert?

Su voz se apagó de pronto. La mujer de las perlas se había juntado en el agua con sus dos hijos y Abe North surgió de repente por debajo de uno de ellos como una isla volcánica y se lo subió a los hombros. El niño gritaba de miedo y placer y la mujer contemplaba la escena con dulce calma, sin una sonrisa.

—¿Es ésa su mujer? —preguntó Rosemary.

—No, ésa es la señora Diver. Ésos no están en el hotel.

Sus ojos no se apartaban del rostro de la mujer, como si estuviera fotografiándola. Pasado un momento se volvió bruscamente hacia Rosemary.

—¿Había estado usted antes en el extranjero?

—Sí. Fui al colegio en París.

—Ah, bien. Entonces probablemente sabrá que si quiere divertirse aquí lo que tiene que hacer es conocer a alguna familia francesa de verdad. Me pregunto qué es lo que sacará toda esa gente.

Señaló la playa con el hombro izquierdo.

—Se pasan la vida en pequeñas camarillas, sin despegarse los unos de los otros. Nosotros, por supuesto, teníamos cartas de presentación y hemos conocido en París a los mejores artistas y escritores franceses. Así que fue estupendo.

—No me cabe la menor duda.

—Bueno, es que mi marido está acabando su primera novela.

—¡No me diga! —exclamó Rosemary. No estaba pensando en nada en particular; únicamente se preguntaba si su madre habría conseguido dormirse con aquel calor.

—Es la misma idea de Ulises —continuó la señora McKisco—. Pero en lugar de pasar en veinticuatro horas, la de mi marido se desarrolla a lo largo de cien años. Saca a un viejo aristócrata francés decadente y lo pone en contraste con la era de las máquinas.

—¡Por el amor de Dios, Violet! No le vayas contando la idea a todo el mundo —protestó el señor McKisco—. No quiero que se entere todo el mundo antes de que se haya publicado el libro.

Rosemary regresó nadando a la playa, en donde se puso el albornoz sobre los hombros que ya empezaban a picarle y se volvió a tender al sol. El hombre de la gorra de jockey iba ahora de una sombrilla a otra con una botella y varios vasitos; tanto él como sus amigos se iban animando y se acercaban cada vez más los unos a los otros, hasta que acabaron juntándose todos bajo un único ensamblaje de sombrillas. Rosemary supuso que alguno de ellos se marchaba y estaban tomando la última copa en la playa. Hasta los niños notaban la animación que se estaba creando debajo de aquella gran sombrilla y se volvían a mirar. Rosemary tenía la impresión de que todo nacía del hombre de la gorra de jockey.

El sol de mediodía pasó a dominar cielo y mar. Hasta la blanca línea de Cannes, a ocho kilómetros de distancia, se había convertido en un espejismo de frescor. Un velero con la proa pintada de rojo arrastraba tras sí un hilo del mar más lejano y oscuro. No parecía haber vida en toda aquella extensión de costa, salvo a la luz del sol que se filtraba por aquellas sombrillas en donde estaba pasando algo entre colores y murmullos.

Campion se acercó a ella y se detuvo a unos pasos de distancia. Rosemary cerró los ojos y se hizo la dormida; luego los entreabrió y vio dos columnas borrosas que eran unas piernas. El hombre intentó abrirse camino a través de una nube color de arena, pero la nube se escapó flotando hacia el cielo vasto y cálido. Rosemary se quedó dormida de verdad.

Se despertó empapada de sudor y se encontró con que la playa se había quedado desierta; al único que vio fue al hombre de la gorra de jockey que estaba plegando la última sombrilla. Seguía allí tendida, parpadeando, cuando se acercó él y le dijo:

—Pensaba despertarla antes de marcharme. No es bueno tomar tanto el sol el primer día.

—Gracias.

Rosemary se miró las piernas y vio que las tenía enrojecidas.

—¡Dios mío!

Se rió muy divertida, animándole a que siguiera hablando, pero Dick Diver se alejaba ya llevando un toldo y una sombrilla a un coche que estaba esperándole, de modo que se metió en el agua para limpiarse el sudor. Él regresó, recogió un rastrillo, una pala y un tamiz y los colocó en la grieta de una roca. Luego miró a su alrededor para ver si había olvidado algo.

—¿Sabe qué hora es? —preguntó Rosemary.

—Alrededor de la una y media.

Por un momento miraron los dos hacia el horizonte.

—No es una hora mala —dijo Dick Diver—. No es de los peores momentos del día.

La miró, y por un instante ella vivió en el mundo azul brillante de sus ojos, con avidez y confianza. Pero él se cargó al hombro el último trasto y se fue hacia el coche, y Rosemary salió del agua, sacudió el albornoz y se fue andando a su hotel.

III

Eran casi las dos cuando entraron en el comedor. Las ramas de los pinos que se balanceaban afuera creaban sobre las mesas desiertas un tupido diseño de luces y sombras oscilantes. Dos camareros que estaban apilando platos y hablaban en italiano en voz muy alta se quedaron callados al verlas entrar y fueron a servirles una versión fatigada del plato del día.

—Me he enamorado en la playa —dijo Rosemary.

—¿De quién?

—Primero de un grupo de gente que parecía muy agradable y luego de un hombre.

—¿Hablaste con él?

—Sólo un poco. Es guapísimo. Pelirrojo.

Estaba comiendo con un apetito voraz.

—Pero está casado. Como siempre.

Su madre era su mejor amiga, y había renunciado a sus últimas posibilidades personales para servirle de guía en su carrera, algo no tan infrecuente en el ambiente del teatro pero más bien extraordinario en este caso, ya que Elsie Speers no estaba tratando de resarcirse de su propio fracaso. Personalmente, la vida no le había creado amarguras ni resentimientos. Había estado felizmente casada dos veces, había enviudado las dos veces y su estoicismo jovial se había hecho cada vez más profundo. Uno de sus maridos había sido oficial de caballería y el otro médico militar, y los dos le habían dejado algo que pretendía entregar intacto a Rosemary. Al no ser condescendiente con ella la había hecho fuerte, y al no escatimar por su parte ni el esfuerzo ni el cariño, había cultivado un idealismo en Rosemary cuyo objeto, de momento, era ella misma, pues veía el mundo a través de sus ojos. De modo que, aunque Rosemary era una muchacha «sencilla», estaba protegida por una doble coraza, la de su madre y la suya propia, y sentía una desconfianza impropia de su edad hacia todo lo que resultara trivial, fácil o vulgar. Sin embargo, la señora Speers consideraba que, en vista del éxito repentino que había tenido Rosemary en el mundo cinematográfico, había llegado ya el momento de destetarla espiritualmente. No le disgustaba, sino más bien le agradaba la idea de que aquel idealismo vigoroso, exigente y en cierto modo excesivo se centrara en algo que no fuera ella misma.

—Entonces, ¿te gusta esto? —le preguntó.

—Podría ser divertido si conociéramos a esa gente. Había otras personas, pero no me resultaron simpáticas. Me reconocieron. Vayamos a donde vayamos todo el mundo ha visto La niña de papá.

La señora Speers esperó a que se esfumara aquel pequeño brote de egocentrismo. Luego, como sin darle importancia, dijo:

—Ahora que me acuerdo. ¿Cuándo vas a ir a ver a Earl Brady?

—He pensado que podíamos ir esta tarde, si ya no te sientes cansada.

—Ve tú sola. Yo no quiero ir.

—Bueno, entonces lo dejamos para mañana.

—Quiero que vayas tú sola. Está a un paso. Y, además, ni que tú no supieras francés.

—Oh, mamá. No me hablas más que de cosas que tengo que hacer.

—Está bien, ya irás otro día. Pero tienes que ir antes de que nos marchemos.

—De acuerdo, mamá.

Después de comer se sintieron las dos abatidas con el súbito aplanamiento que les entra a los viajeros norteamericanos en lugares apacibles del extranjero. No sentían ningún estímulo, no oían voces que las llamaran del exterior, ni les llegaban de pronto, de otras mentes, fragmentos de sus propios pensamientos. Tanto echaban de menos el clamor del Imperio que tenían la sensación de que en aquel lugar la vida se había detenido.

—Vamos a quedarnos sólo tres días, mamá —dijo Rosemary cuando ya estaban de vuelta en sus habitaciones. Afuera soplaba un viento ligero que esparcía el calor, lo filtraba por los árboles y enviaba pequeñas ráfagas calientes a través de los postigos.

—¿Y el hombre de la playa del que te has enamorado?

—Yo sólo te quiero a ti, mamá querida.

Rosemary se detuvo en el vestíbulo y le preguntó algo a Gausse padre relacionado con los trenes. El conserje, que haraganeaba junto al mostrador en su uniforme caqui claro, se quedó mirándola fijamente, pero enseguida recordó los modales que correspondían a su función. Ella subió al autobús y viajó hasta la estación con un par de camareros obsequiosos, incómoda ante su respetuoso silencio. Tenía ganas de decirles: «Venga, hablen, diviértanse, que a mí no me molesta».

En el compartimiento de primera hacía un calor sofocante; los anuncios llenos de colorido de las compañías de ferrocarriles —el puente del Gard en Arlés, el anfiteatro de Orange, los deportes de invierno en Chamonix— resultaban más refrescantes que el largo mar inmóvil de afuera. A diferencia de los trenes americanos, que, absortos en su propio destino lleno de intensidad, desdeñaban a los que vivían en otro mundo menos veloz y jadeante, aquel tren formaba parte de la comarca por la que pasaba. Su soplo removía el polvo de las palmeras y sus chispas iban a mezclarse con el mantillo de los jardines. Rosemary estaba segura de que podría coger flores con la mano si se asomaba por la ventana.

Delante de la estación de Cannes una docena de taxistas dormía en sus coches. Más allá, en el paseo, el casino, las tiendas elegantes y los grandes hoteles volvían sus máscaras de hierro sin expresión hacia el mar estival. Parecía increíble que alguna vez pudiera haber sido la «temporada» y Rosemary, a medias esclava de la moda, se sintió un poco incómoda, como si estuviera dando muestras de un gusto malsano por los moribundos, como si la gente se preguntara que qué estaba haciendo en medio de aquella calma pasajera entre la alegría del invierno anterior y del siguiente, mientras al norte bullía el mundo de verdad.

Cuando salía de la droguería con una botella de aceite de coco, se cruzó con ella una mujer con los brazos cargados de cojines, a la que reconoció como la señora Diver, que se dirigía hacia un coche aparcado algo más abajo. Un perro negro, pequeño y de forma alargada ladró al verla llegar, y el chófer, que dormitaba, se despertó sobresaltado. La mujer se acomodó en el coche, con su lindo rostro compuesto e inmóvil, su mirada decidida y alerta que no se fijaba en nada en particular. Llevaba un vestido de un rojo muy vivo y las piernas bronceadas sin medias. Tenía el pelo grueso, de un color dorado oscuro, como el de un perro chow.

Como le quedaba media hora hasta la salida del tren, Rosemary se sentó en el Café des Alliés, en la Croisette, donde los árboles creaban un verde atardecer sobre las mesas y una orquesta arrullaba a un imaginario público cosmopolita con la Canción del Carnaval de Niza y la melodía americana que estaba de moda el año anterior. Había comprado Le Temps y, para su madre, The Saturday Evening Post y, mientras se bebía una limonada, abrió este último en las memorias de una princesa rusa y todas aquellas oscuras convenciones de los años noventa le parecieron más reales y próximas que los titulares del periódico francés. Era la misma sensación que le había oprimido en el hotel. Acostumbrada al modo excesivo en que se resaltaban los aspectos más grotescos de un continente como comedia o tragedia, y poco preparada para la tarea de separar para sí misma lo que era esencial de lo que no lo era, empezaba a tener la sensación de que la vida francesa era vacía y caduca. A hacer esa sensación más intensa contribuían las tristes melodías de la orquesta, que recordaban la música melancólica que acompañaba a los acróbatas en los teatros de variedades. Se alegró de regresar al hotel de Gausse.

Al día siguiente tenía los hombros demasiado quemados para poder ir a bañarse, así que alquiló un coche con su madre —después de mucho regatear, pues Rosemary se había hecho su propia idea del valor del dinero en Francia— y se pasearon por la Riviera, delta de muchos ríos. El chófer, que era como un zar ruso de la época de Iván el Terrible, se las daba también de guía, y los nombres esplendorosos —Cannes, Niza, Montecarlo— comenzaron a brillar a través de su entumecido camuflaje, hablando en susurros de viejos reyes que habían ido allí a cenar o a morir, de rajás que lanzaban miradas de Buda a bailarinas inglesas, de príncipes rusos que convertían las semanas en atardeceres bálticos de los días del caviar perdidos. Más que ninguna otra cosa, se notaban en toda la costa las huellas de los rusos, el olor de sus librerías y colmados cerrados. Diez años antes, al terminar la temporada, en abril, se habían cerrado las puertas de la iglesia ortodoxa y se habían guardado las botellas de champán dulce, que era el que preferían, hasta su regreso. «Volveremos el año que viene», dijeron. Pero se habían precipitado al hacer esa promesa, porque nunca más iban a volver.

Resultaba agradable volver en coche al hotel a la caída de la tarde, con aquel mar de colores tan misteriosos como las ágatas y cornalinas de la niñez, verde como leche verde, azul como agua de lavar, oscuro como el vino. Resultaba agradable pasar ante la gente que comía al aire libre, ante la puerta de su casa, y oír las potentes pianolas ocultas tras las parras de los merenderos. Cuando doblaron la Corniche d’Or y llegaron al hotel de Gausse entre las hileras de árboles que se sucedían, en la creciente oscuridad, en múltiples tonalidades de verde, ya la luna asomaba tras las ruinas de los acueductos.

Allá en las colinas al otro lado del hotel había un baile, y su música, que le llegaba a Rosemary envuelta en la fantasmal luz de luna que se filtraba por la mosquitera, le hizo reconocer que también allí podía reinar la alegría, y se puso a pensar en la agradable gente de la playa. Tal vez se encontrara con ellos a la mañana siguiente, pero era evidente que formaban un grupito autosuficiente y, una vez que sombrillas, esteras, perros y niños estaban en su sitio, su rincón de la playa quedaba literalmente cercado. Decidió que, en todo caso, no iba a pasar las dos mañanas que le quedaban con los otros.

IV

La cuestión se resolvió sola. Los McKisco no habían bajado aún, y apenas había extendido Rosemary la bata sobre la arena cuando dos hombres, el de la gorra de jockey y el rubio alto dado a partir camareros en dos, dejaron el grupo y se acercaron a ella.

—Buenos días —dijo Dick Diver.

Hizo una breve pausa.

—Una cosa: estuviera quemada o no, ¿por qué no bajó ayer a la playa? Nos tuvo preocupados.

Ella se incorporó y con una risita les dio a entender que acogía feliz su intrusión.

—Queríamos saber si le gustaría sumarse a nosotros —dijo Dick Diver—. Le hacemos un sitio y tenemos comida y bebida, así que es una invitación en toda regla.

Parecía amable ...