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TERAPIA AMOROSA

Daniel Glattauer

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Fragmento

 

Nos encontramos en la consulta de un terapeuta de pareja que atiende aquí a sus clientes. El espacio pretende hacer olvidar la palabra «consulta» y crear una atmósfera de calma. La evidente preocupación por transmitir despreocupación se nota también en el mobiliario escogido.

Asistimos a lo que es claramente el comienzo de una sesión. Los clientes, Joana, una mujer de unos cuarenta años, y Valentin, un hombre un poco mayor que ella, acaban de llegar. Se sientan lo más alejados posible, dejando dos sillas vacías entre ellos. Nada indica que se conozcan o que quieran saber algo el uno del otro. El terapeuta, un hombre de entre cuarenta y cuarenta y cinco años, está frente a ellos, situado exactamente en el mismo ángulo respecto a los dos: ese ángulo bien estudiado que expresa el equilibrio perfecto entre la cordialidad y la distancia. Parece dispuesto a comenzar y, al contrario que sus clientes, está de muy buen humor. Los mira alternativamente con gran interés.

Reina el silencio. La pareja tiene la mirada clavada en el especialista y parece esperar con tensión y nervios a que comience a hablar. Cuanto más dura el inexplicable silencio, más incómodos se sienten los dos. Hasta que Valentin no aguanta más.

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VALENTIN

Bueno, perdone la impaciencia pero… ¿podríamos ir empezando?

EL TERAPEUTA

(Muy contento.) Por supuesto, claro que sí. Faltaría más.

Mira a sus clientes con gran expectación. Silencio.

JOANA

¿Sugiere que quizá uno de nosotros debería…?

VALENTIN

Disculpe, señor…, eeh…, terapeuta, pero sería algo más fácil… Bueno, mucho más fácil… En fin, nos ayudaría mucho que empezara usted. Si no es molestia, claro…

EL TERAPEUTA

No tienen que disculparse conmigo, de veras.

Silencio.

EL TERAPEUTA

Pensaba que a lo mejor querrían empezar con alguna petición.

VALENTIN

(Dubitativo.) Y así es…

EL TERAPEUTA

Pero no quieren hablar de ello…

JOANA

(Decidida.) Claro que sí.

EL TERAPEUTA

¿Y qué se lo impide?

Silencio.

VALENTIN

Verá, señor…, eeh…, terapeuta, es que estas cosas no se me dan muy bien.

EL TERAPEUTA

¿Qué cosas, señor Dorek?

JOANA

Pues «hablar de ello», qué va a ser. Bueno, hablar en general.

EL TERAPEUTA

¿Y qué hay de usted, señora Dorek?

JOANA

¿De mí? Pues, sinceramente, no sé ni por dónde empezar.

VALENTIN

Mi esposa no sabe ni por dónde empezar a… lavarme el cerebro, por decirlo de alguna manera. Ese es su principal interés.

JOANA

Mi marido conoce todos mis intereses: los principales, los secundarios… En fin, todos. Y los conoce antes que yo misma.

El terapeuta sonríe encantado, como si estuviera escuchando agradables cumplidos.

EL TERAPEUTA

Y dígame, ¿qué cree que es lo que más le interesa a su marido?

JOANA

Yo diría que sobrevivir a la siguiente hora y media. Casi seguro.

VALENTIN

Y, como puede ver, mi mujer se preocupa por mí y se esfuerza al máximo por ayudarme.

EL TERAPEUTA

(Sonríe divertido y se dirige a los dos.) Permítanme una pregunta: ¿están seguros de que quieren hacer esto?

VALENTIN

Discúlpenos, señor…, eeh…, terapeuta. Es que por el camino hemos tenido una…

JOANA

… fuerte…

VALENTIN

… pequeña…

JOANA

… pelea…

VALENTIN

… desavenencia. Y esa es la razón de que mi esposa esté un poco… tensa.

JOANA

Ha sido un error venir juntos. Normalmente siempre vamos por caminos separados. La vida es más fácil por caminos separados, es más nuestro estilo. ¿O no, Valentin?

EL TERAPEUTA

(Afable.) Permitan que les pregunte abiertamente: ¿quieren quedarse o se lo han pensado mejor? No tienen que avergonzarse, no serían los primeros que se van. No me lo voy a tomar a mal si por el camino han cambiado de opinión…

JOANA

Pues claro que nos quedamos. Ya que estamos aquí…

El terapeuta mira al marido, que ha adoptado una actitud pasiva.

VALENTIN

Pse…

EL TERAPEUTA

¿«Pse» quiere decir…?

JOANA

«Pse» en el lenguaje de mi marido significa: «Vale, pero yo no asumo ninguna responsabilidad». «Pse» viene a ser su filosofía de vida.

VALENTIN

En fin, creo que nos quedaremos. Así mi esposa se calmará… un poco al menos…, espero.

El especialista se toma un momento y luego da una palmada, como para marcarse a sí mismo el comienzo del trabajo.

EL TERAPEUTA

(Despacio, solemne, como en un discurso electoral.) Estimada señora Dorek, estimado señor Dorek: han decidido venir juntos, y repito: juntos, a terapia de pareja. Por teléfono acordamos que al final de esta sesión decidirían si querrían continuar o no con mis servicios. En cualquier caso me alegro de que hayan venido. Por muy problemático que haya sido el trayecto hasta aquí y por muy complicada que sea su relación, el solo hecho de que acudan juntos me demuestra que existe un vínculo entre ustedes. No puedo ni quiero ni voy a juzgar cómo de fuerte es ese vínculo ni hasta dónde alcanza. Por lo tanto, no esperen que haga de juez y les dé instrucciones o consejos sobre lo que tienen o no tienen que hacer. Si en estas sesiones quieren sacar lo que llevan dentro, es solo decisión suya. Si quieren salvar, conservar o fortalecer algo, es solo decisión suya. Si quieren cambiar o mejorar alguna cosa, es solo decisión…

JOANA

(Interrumpiendo.) ¡Nuestra! ¡De los dos!

EL TERAPEUTA

Exactamente. Y si quieren poner fin a algo, o comenzar algo de nuevo, por supuesto también es solo decisión suya. Haré lo que esté en mi mano para ayudarles a reconocer qué es lo que desean. Lo que quiere cada uno y, sobre todo, lo que quieren como pareja. Y cómo quieren seguir adelante.

JOANA

Ya, qué bien estaría eso.

EL TERAPEUTA

Intentaré recordar y resaltar todo aquello que les une, los puntos en común y no las discrepancias, la luz y no las sombras. Pero primero me gustaría preguntarles qué esperan de esta terapia en, digamos, el mejor de los casos. Empezaré por usted, señora Dorek. ¿Cuál sería el resultado ideal de la terapia para su marido? ¿Qué le haría decir «ha merecido la pe­na»?

JOANA

Creo que será mejor para todos que le pregunte a él mismo. Curiosamente, hoy no está en las nubes.

EL TERAPEUTA

Lo haré, pero primero me gustaría pedirle su opinión. ¿Cuál cree que sería la mejor consecuencia de la terapia para su marido?

JOANA

¿La mejor consecuencia? Que se confirmara su idea de que es… perfecto, de que no tiene fallos.

VALENTIN

No soy perfecto, lo sabes de sobra.

JOANA

Pues claro que lo sé. Eres tú el que no lo sabe. ¡No lo sabe! Da por hecho que es perfecto y por eso cree que puede seguir viviendo como hasta ahora. ¡Eso es! Vivir como hasta ahora: esa sería la consecuencia ideal para mi marido. Entonces diría: «Pues sí que me ha ido bien la terapia».

VALENTIN

Eso no es verdad.

JOANA

Claro que sí, él podría seg ...