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TRAUMA (LOS ROSTROS DE VICTORIA BERGMAN 2)

Erik Axl Sund

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Fragmento



Caída libre

La pesadilla viste un abrigo azul cobalto, un poco más oscuro que el cielo del anochecer sobre Djurgården y la bahía de Ladugårdsviken. Es rubia, de ojos azules, y lleva un bolso al hombro. Los zapatos rojos demasiado pequeños le hieren los talones, pero está acostumbrada a ello. Las llagas ya forman parte de su personalidad y el dolor la mantiene despierta.

Sabe que el perdón bastaría para liberarlos, a ella y a los perdonados. Durante años ha tratado de olvidar, siempre en vano.

No alcanza a verlo, pero su venganza es una reacción en cadena.

Una bola de nieve se puso en movimiento hace ya un cuarto de una vida en un cobertizo para guardar las herramientas del internado de Sigtuna y la arrastró con ella rodando hacia lo inevitable.

Cabe preguntarse qué saben hoy acerca del rodar de esa bola de nieve quienes en su día la tuvieron en sus manos. Probablemente nada. Sin duda han pasado página, simplemente. Han olvidado el acontecimiento como si se hubiera tratado solo de un juego inocente que empezó y acabó allí, en aquel cobertizo de las herramientas.

Pero la bola está en movimiento. Para ella el tiempo no cuenta, pues no cura las heridas.

El odio no se derrite. Al contrario, se endurece en cristales de hielo cortantes que rodean toda su persona.

La noche es un poco fresca y el aire se ha vuelto más húmedo tras los chubascos dispersos que se han sucedido a lo largo de la tarde. Llegan gritos de las montañas rusas, se pone en pie, se sacude el polvo y mira en derredor. Se queda un momento inmóvil, inspira profundamente y recuerda qué está haciendo allí.

Sabe qué tiene que hacer.

Al pie de la alta torre de observación en obras, ve la escena, un poco más lejos. Dos vigilantes se llevan a un hombre. A su lado corre una chiquilla llorando. Sin duda su hija.

Las bombillas de colores del parque de atracciones lanzan vivos reflejos sobre el asfalto mojado.

Comprende que se avecina el momento de actuar, aunque no sea lo que había previsto. El azar le ha facilitado las cosas. Es tan sencillo que nadie comprenderá qué ha ocurrido.

Ve al chico un poco más lejos, solo delante de la reja de la Caída Libre.

Perdonar lo perdonable no es perdonar, piensa. El auténtico perdón consiste en perdonar lo imperdonable. Algo de lo que solo Dios es capaz.

El muchacho parece perdido y ella se le acerca lentamente mientras él mira a otro lado.

Con ese gesto, el chico le ha hecho casi ridículamente fácil aproximarse a él sigilosamente, y ahora se encuentra a solo unos metros detrás de él. Sigue dándole la espalda, como si buscara a alguien con la mirada.

El verdadero perdón es imposible, loco e inconsciente, piensa. Y dado que espera que los culpables muestren arrepentimiento, nunca se podrá consumar. La memoria es y será una herida que se niega a sanar.

Agarra con firmeza al muchacho del brazo.

Él se sobresalta y se vuelve mientras ella le clava la jeringuilla en el antebrazo izquierdo.

Durante unos segundos la mira, atónito, y acto seguido le flaquean las piernas. Ella lo sostiene y lo sienta en un banco vecino.

Nadie la ha visto hacerlo.

Todo es perfectamente normal.

Saca algo del bolso y se lo coloca cuidadosamente sobre la cara.

La máscara de plástico rosa representa el hocico de un cerdo.

Gröna Lund

La comisaria Jeanette Kihlberg sabe precisamente dónde estaba cuando se enteró del asesinato del primer ministro Olof Palme: en un taxi de camino a Farsta, al lado de un hombre que fumaba cigarrillos mentolados. Caía una fina llovizna y sentía náuseas por haber bebido demasiada cerveza.

Vio a Thomas Ravelli clasificar por los pelos en la tanda de penaltis a Suecia contra Rumanía para el mundial de 1994 en el televisor en blanco y negro de un bar de Kornhamnstorg, y el dueño invitó a una ronda.

Cuando se hundió el Estonia, estaba en cama debido a una gripe, viendo El Padrino.

Sus recuerdos más precisos son también el concierto de los Clash en el estadio de Johanneshov, un beso pegajoso por el pintalabios en una fiesta en primaria y la primera vez que abrió la puerta de la villa de Gamla Enskede diciéndose que estaba en su casa.

Pero el instante de la desaparición de Johan será para siempre un agujero negro. Cinco minutos desaparecidos. Robados por un borracho en el parque de atracciones de Gröna Lund. Por un fontanero de Flen que había ido a empinar el codo a la capital.

Un paso al lado, la mirada al cielo. Johan y Sofia suben a la góndola, y siente vértigo aunque está segura en tierra firme. Un vértigo invertido. La torre parece muy frágil, los asientos muy rudimentarios y los riesgos de un fallo técnico muy catastróficos.

Luego, de repente, se oye un ruido de cristales rotos.

Gritos.

Alguien llora. Jeanette ve la góndola que sigue elevándose. Unos hombres se empujan y Jeanette se dispone a intervenir. Echa un vistazo hacia lo alto. Las piernas de Johan y de Sofia vistas desde abajo. Colgando. Algo hace reír a Johan.

Pronto llegan arriba.

—¡Te voy a matar, cabrón!

Jeanette ve que uno de los hombres ha perdido el control. El alcohol ha hecho que sus piernas sean demasiado largas, sus miembros demasiado tensos y su sistema nervioso demasiado lento.

Tropieza y se desploma en el suelo.

La góndola se inmoviliza.

El hombre se levanta, con rasguños en la cara producidos por la gravilla y el asfalto.

Unos niños lloran.

—¡Papá!

Una chiquilla, que no tendrá más de seis años, con un algodón de azúcar rosa en la mano.

—¿Nos vamos ya? ¡Quiero volver a casa!

El hombre no contesta, mira en derredor en busca de su adversario, de alguien en quien descargar su frustración.

Por reflejo policial, Jeanette actúa sin vacilar. Agarra al hombre del brazo.

—¡Alto! —dice tranquilamente—. ¡Calma!

Quiere hacerle entrar en razón y trata de evitar parecer que se dispone a echarle una bronca.

El hombre se vuelve y Jeanette le ve los ojos turbios e inyectados en sangre. Una mirada triste y decepcionada, casi avergonzada.

—Papá… —repite la niña, pero el hombre no reacciona, con la mirada extraviada.

—¿Y tú quién eres, joder? —Se suelta—. ¡Vete a la mierda!

Su aliento apesta a alcohol y tiene los labios cubiertos de una espuma blanquecina.

—Solo quería…

En el mismo momento, allá arriba, oye desprenderse la góndola y los gritos de alegría teñida de miedo distraen un instante su atención.

Ve a Johan, con los cabellos de punta y gritando con la boca abierta.

Y ve a Sofia.

Oye a la niña.

—¡No, papá, no!

Pero no ve al hombre levantar el brazo.

La botella alcanza a Jeanette en la sien. Se tambalea. Le corre sangre por la mejilla. Pero no pierde el conocimiento, al contrario.

Con el pulso firme, le hace una llave a su adversario y lo inmoviliza en el suelo. Un vigilante del parque de atracciones acude enseguida a echarle una mano.

Es en ese momento, cinco minutos más tarde, cuando lo descubre: Johan y Sofia han desaparecido.

Trescientos segundos.

Waldemarsudde

Como esas personas a las que se ha privado de felicidad a lo largo de toda su vida y aun así son capaces de mantener siempre la esperanza, Jeanette Kihlberg alienta en su vida profesional una hostilidad sin parangón ante la menor expresión de pesimismo.

Por eso no abandona nunca y por eso reacciona así cuando el inspector Schwarz la provoca quejándose ostensiblemente del mal tiempo, del cansancio y de la falta de progresos en la búsqueda de Johan.

Jeanette Kihlberg está furiosa.

—¡Mierda! Lárgate, vete a tu casa, ¡aquí no sirves de nada!

Efecto seguro. Schwarz retrocede, con la cola entre las piernas, y Åhlund a su lado no las tiene todas consigo. El ataque de cólera hace que le duela la herida bajo el vendaje.

Jeanette se calma un poco, suspira y con un gesto despide a Schwarz.

—¿Lo has entendido? Estás dispensado de servicio hasta nueva orden.

—Venga, vamos…

Åhlund se lleva a Schwarz del brazo.

Tras unos pasos, se vuelve hacia Jeanette y hace

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