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TULIPANES DE MARTE

Javier Yanes

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Fragmento

1

Soy un hombre muerto.

Muerto.

Escribo esta palabra con una resignación dolorida. Este es el sentimiento que ahora me domina, después de abrirse paso entre las ruinas humeantes de lo que antes ha sido mi perplejidad incrédula. Incrédula, porque nunca esperé este final: congelado, como un fósil glacial de cuya ignota existencia darán cuenta las pistas que se hallarán, o, mejor dicho, se habrán hallado, junto a mí. Cambio el tiempo del verbo al constatar que para ti, que estás leyendo estas líneas, soy historia, o quizá más bien leyenda, como el personaje de Matheson. Aunque a diferencia de Neville, no soy el último hombre. De hecho, en cierto sentido estaba destinado a ser el primero. Yo era el futuro. Y ahora, no mi ahora sino el tuyo, soy un testimonio residual del pasado. Qué paradoja.

Digo que soy un hombre muerto porque este relato, que espero tener el tiempo suficiente para terminar si no me desvío en figuraciones, concluirá con mi muerte. Espero que sepas perdonarme por destriparte el desenlace en la primera página. Sé que a todo espectador se le atragantarían las palomitas si su compañero de butaca le chivara durante los créditos iniciales que en realidad fue John Wayne, y no James Stewart, quien mató a Liberty Valance. Pero lo prefiero así. Creo que las cuentas quedarán mejor saldadas si te exhorto desde ahora a abandonar toda vana esperanza de verme salir de esta sano, salvo y triunfante, en caso de que llegue a caerte simpático. Si, por el contrario, te resulto un tipo aborrecible, que hay motivos para ello, ya puedes empezar a celebrarlo. Conozco exactamente cuál será la causa de mi muerte, y sé aproximadamente cuándo se producirá. En cuanto a lo segundo, tal vez un par de semanas, un mes a lo sumo. Respecto a lo primero, mi asesina será la radiación.

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Este pequeño enemigo insidioso ya está comenzando a descomponerme por dentro. Hoy ha caído el primer mechón de mi pelo. Y a pesar de que mi azote es un fantasma invisible sin rostro, la posibilidad de mirar a la muerte a los ojos hasta el mismo fondo de su retina le confiere cierto aire familiar, la despoja de túnica y guadaña para vestirla con boatiné y pantuflas, como la madre protectora que me ha faltado durante años y que regresará para tomarme de la mano y llevarme lejos de este infierno gélido y desolado. La perspectiva de abrazar esta paz es un pensamiento reconfortante que me ayuda a desdramatizar mi situación y a afrontar mis últimos momentos con el espíritu lavado, planchado y perfumado. Qué demonios. No es para tanto. Al fin y al cabo, tarde o temprano, todos morimos.

En mi caso, además, he vivido de prestado. Te explico el porqué. En Canadá se recuerda una especie de juramento que pronunciaban los cazadores inuits y que decía así: yo, que nací para morir, viviré. Ignoro qué significaba para aquellos cazadores. Pero cuando supe de ello, cobró sentido por algo que mi madre me contó cuando yo era niño. Según parece, me costó nacer. Me empeñé en nacer, a pesar de que la línea que me mantenía vivo en el útero se había transformado al mismo tiempo en mi peor amenaza. Mi cordón umbilical estaba anudado en dos lugares distintos y enlazado en torno a mi cuello como una soga viva dispuesta a estrangularme. La doctora que atendió el parto le reveló a mi madre que yo me las había ingeniado para sortear tres trampas letales, y que el mío debía haber sido un caso típico de muerte fetal. La primera vez que, escalofriado, escuché esta historia, me dio por pensar que la gestación embrionaria no es una incubación cómoda y calentita a buen recaudo, sino una especie de viaje sideral a través de un universo infinito, desconocido y cuajado de peligros, en el que somos los únicos ocupantes de una nave que no sabemos pilotar. El tránsito por el canal del parto es una arriesgada reentrada en la atmósfera en la que bien podemos perecer. Y solo si atravesamos con éxito esa procelosa barrera de carne asfixiante, vivimos. No hay nada impropio cuando se dice que venimos al mundo. Antes de eso, estamos lejos de él. Nuestro confinamiento en esa caja de caudales del seno materno nos mantiene tan apartados del planeta Tierra que solo se sabe de nosotros a través del latido que se recoge como la señal de una lejana sonda interplanetaria, y de esos mapas cósmicos de ultrasonidos llamados ecografías. Ya lo ves. Yo, como los inuits, me propuse vivir en contra de mi designio. Disfruté de un regalo que ahora se me ha agotado.

Pero antes de hablarte del fin, debo comenzar por el principio. Mi nombre.

Llámame Ismael. Sí, eso es. Como el grumete de Melville. Ismael.

Discúlpame, pero no he podido resistir el impulso de escribir mi nombre otra vez. O más que escribirlo, dibujarlo.

© Ana González

Yo solía dibujar, y lo hacía muy bien, pero lo dejé. Tal vez por esa añoranza de mi antigua afición, trazo mi nombre despacio, deslizando el lápiz arriba y abajo por sus líneas curvadas, sinuosas, y me quedo absorto patinando con la mirada por sus pendientes, que se tienden como las sogas de una hamaca anudadas a los postes de la i mayúscula y la ele…

Tienes razón. Ya me estoy perdiendo en figuraciones. Pero es que mi nombre se ha convertido para mí en una rareza, porque son muy pocos los que me conocen así. Y no es que yo sea un ciudadano anónimo. Nada de eso. Muy al contrario; he llegado a ser nombrado persona del año en la portada de la revista Time. ¿Cuántos humanos han gozado de ese privilegio? De mí se ha dicho que soy más popular que los Beatles, quienes a su vez dijeron de sí mismos que eran más populares que Jesucristo. He recibido al presidente de Estados Unidos. Repito: yo a él. No porque él viniese a mi casa, naturalmente, ya que esto habría estado fuera de sazón, sino porque fue su equipo el que solicitó una reunión conmigo para que el presidente pudiera fotografiarse junto a mí. Los medios de comunicación me han colgado muchos nombres. Time me bautizó como el Humano 2.0. Otros han dicho de mí que soy el heraldo, el enviado, el mensajero, el fundador, e incluso se creó alguna especie de secta cibernético-mesiánica que pretendía mi liderazgo. Claro que no todo fueron elogios, ni mucho menos. También me han llamado loco, suicida o alucinado, e incluso me han calificado de psicópata violento y peligroso delincuente internacional. Pero incluso quienes me odian lo han hecho con la pasión que se profesa hacia el ídolo. Mi rostro ha estado presente en más lugares de los que yo habría deseado, desde los intermedios de cualquier cadena de televisión del mundo hasta los envoltorios de las chocolatinas o las figuras de acción de las jugueterías. Y sin embargo, para todos ellos yo no era Ismael, sino, sencillamente, M. Así es como me conoce la humanidad. M, el martenauta.

En realidad, casi ni yo mismo me reconozco ya como Ismael. La persona que un día fui quedó destrozada entre los engranajes del tiempo, como si mi cuerpo hubiera atravesado el mecanismo de un enorme e inexorable reloj que me hubiese dejado maltrecho y paralítico. En otro tiempo sí guardé ciertas semejanzas con el grumete de Melville. Como él, yo tampoco tenía mucho dinero ni nada que me interesara en tierra, y esto me empujó a tomar la decisión de navegar un poco. También fue noviembre en mi alma. Me ha llovido mucho por dentro. He tenido mi Pequod, mi Ahab y su Moby Dick. Pero si la aventura de aquel barco ballenero terminó de forma desastrosa, al menos Ismael pudo sobrevivir para contarlo y quizá para enrolarse en una nueva travesía más amable, en algo que le pusiera ante los ojos una ilusión fresca y brillante. En cambio, mi último viaje ha terminado en esta cueva de un desierto yermo y aterido. Aquí permaneceré en soledad hasta el fin de mis días, porque nadie puede llegar a donde yo estoy. Es una condena autoimpuesta, aunque también sellada por circunstancias que se han complicado y que no he sabido controlar. Yo he elegido y firmado mi sentencia, pero no tenía otra salida. Tuve que hacerlo. Me refiero a las vidas que quité. Ahora solo espero ese momento final, y mientras tanto me inquieta pensar si llegaré a ver brillar la luz del cohete en el cielo, porque tal vez no sabré cómo interpretar esa señal. Aunque, de cualquier modo, si eso ocurre, sabré que todo ha acabado.

Debo apresurarme. Lo que pretendo, con este lápiz y en estos folios, es lanzar un mensaje en una botella hacia el océano del futuro, dejar mi memoria por escrito para que algún día alguien pueda recuperarla, estudiarla y entender todo lo que sucedió tal y como ocurrió realmente. Por si resulta de utilidad, aunque sea como testimonio histórico de la que fue, citando a una famosa periodista que escribió sobre mí, la mayor aventura jamás imaginada por el ser humano, la empresa más extraordinaria y ambiciosa desde la primera travesía de Colón a las Américas.

Verás, yo tuve un amigo de sangre y hermano del alma llamado Sam. Como todos los niños, Sam y yo dedicábamos las tardes después del colegio a barruntar sueños infantiles. Nuestro sueño de cabecera era emprender el viaje más grandioso y definitivo: volar al espacio, posarnos en otros mundos, poner el pie donde nadie jamás lo hizo antes y entablar contacto con sus pobladores alienígenas. Para la mayoría de los críos, la vida y la madurez se encargan de sofocar las ensoñaciones de la niñez como se desmenuzan y se extinguen las brasas en la fogata, y quienes anhelaban ser astronautas o exploradores acaban convertidos en auditores, contables o, peor aún, políticos. Pero al contrario que el resto de las personas, un buen día Sam descubrió vida en Marte. Y así nació la más grande de las ideas.

Esta es mi historia.

 

Diario de Samuel Waitiki

Querido Dios:

Hoy he cumplido siete años. Me he hecho mayor. Ya sé escribir bien, sin tachones, y sé poner las jotas a su lado y las eles al suyo, que antes las confundía. Por eso mama Betty me ha regalado este diario. Es muy chulo porque tiene las tapas rojas con unas letras de oro que dicen «Mi Diario». Yo nunca he tenido un diario y no sabía qué debía hacer con él, pero mama Betty me lo ha explicado. Me ha dicho que cada día te cuente a Ti lo que me ha pasado, lo que he hecho y lo que pienso. Que nadie más que yo podrá leerlo, por eso tiene una llave para cerrarlo. Y que para empezar, te cuente quién soy. Me llamo Samuel Waitiki. Nací en Nairobi, la capital de Kenia. Mi casa es muy bonita y está fuera de la ciudad, en el monte. Aquí vivo con mama Betty y mi papá, que se llama Frank, y también con tío Gabriel y tía Estrella y con su hijo Ismael, mi mejor amigo. Ellos no son africanos sino españoles, y por eso son blancos, aunque Ismael también nació en Nairobi el mismo día que yo. Los dos vamos a la misma clase. Tengo dos hermanos que se llaman Jeremy y Adam, pero a ellos los veo muy poco porque son muy mayores, trabajan de taxistas y viven en la ciudad. Vienen de vez en cuando a verme y me pongo muy contento porque me traen regalos. Y ese soy yo. Hoy ha sido mi cumpleaños, creo que eso ya te lo he dicho. Y también el de Ismael, claro. Hemos hecho una gran fiesta en casa. Papá y tío Gabriel se han disfrazado de payasos, con camisas de flores y sombreros de paja, y con unas guitarritas pequeñas nos han cantado el Cumpleaños feliz. Han cantado fatal, pero nos hemos reído mucho. Hemos comido tarta de mango, que es mi preferida, y nos han hecho muchos regalos. Los que más nos han gustado han sido dos fusiles láser, uno para Ismael y otro para mí. No hacen daño a la gente, pero son mortales para los extraterrestres. Eso es lo que dice Ismael. Además, tienen escáner de ultracuerpos, lo cual está muy bien, porque así podremos saber cuándo los frutos del arbusto de La Alcachofa llevan dentro embriones de alienígenas. Esto es muy importante, porque tenemos que destruirlos para que no invadan la Tierra. Después de la fiesta, Ismael y yo hemos ido a La Alcachofa y hemos probado los fusiles allí. Había dos frutos que llevaban ultracuerpos, así que los hemos arrancado y los hemos pisado. Y ya está. No se me ocurre nada más que contarte hoy. Pero espero que otros días me pasen muchas más cosas y así podré contártelas. Hasta luego, Dios.

Sinceramente tuyo,

SAMUEL WAITIKI

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Mi nombre, como ya te dije, es Ismael. ¿Mi procedencia? Me enorgullezco de mi origen africano, aunque soy hijo de expatriados españoles y a un keniano blanco nunca se le llega a considerar cien por cien keniano. Este conflicto de pertenencia lo debí de heredar de mi padre, huérfano sevillano que se crió con unos tíos muy viajeros, y a quien la jaula del terruño le empezó a causar claustrofobia y a tirar de la sisa apenas cumplió la mayoría de edad. Con sus estudios recién terminados, no necesitó más equipaje que su título de ingeniero y más compañía que la de su novia para lanzarse a traquetear sobre el adoquinado del mundo en busca de un lugar donde fundar su país privado. Lo encontró en Nairobi, donde una compañía china construía una autopista y ofrecía un suculento empleo para un jefe de obra con formación europea y dominio del inglés.

En cuanto a su novia, mi madre, tenía una ocupación de lo más singular y extravagante: era diseñadora de monstruos. Se dedicaba a parir criaturas alienígenas virtuales para una serie televisiva de ciencia ficción de gran éxito en el Reino Unido. Ellos, fueran quienes fuesen ellos, le enviaban por correo electrónico unas breves y enigmáticas órdenes de lo que precisaban como si se tratara de descripciones de inventario, a saber, «un zoomorfo quitinoso quelicerado y chupador de sangre del planeta Qoo67kz’os», o «un humanoide blando y semidesleído en ondas electromagnéticas de la galaxia Jjjrraknws», y ella los dibujaba en su ordenador para después insuflarles la vida con sus programas de animación. Así pasaba las horas en su maisonette de alquiler en el barrio de Lavington, pergeñando horribles engendros interplanetarios, mientras esperaba cada día a que mi padre regresara de la obra exhausto, recocido por el sol, con las suelas de las botas casi fundidas en el alquitrán churruscado y oliendo a denuedo humano.

Un día, cuando quedaban pocos kilómetros para concluir la carretera y las azoteas de la ciudad ya cuadriculaban el horizonte, en la obra aterrizó un poderoso todoterreno plateado de lunas tintadas que se deslizó casi sin ruido hasta donde terminaba la cinta de asfalto. Allí se detuvo y de su interior se apeó su conductor, un hombrecillo ágil que corrió a la parte de atrás, abrió el portaequipajes, sacó una silla de aula colegial y la plantó en mitad de la escena, hundiendo las patas de metal en el asfalto tierno ante la expectación atónita de los obreros, que abandonaron su labor para congregarse alrededor de aquel objeto. El personaje trotó de vuelta al coche, abrió una puerta trasera y de allí descendió un chino muy anciano vestido con un traje sastre blanco que relumbraba como la túnica de una potestad entre la multitud de trabajadores negros. El viejo caminó hasta la silla, se paró frente a ella y, aupado por el conductor, se alzó de pie sobre el improvisado púlpito. Todos los hombres contuvieron el resuello mientras sus miradas se anudaban en las facciones rugosas del hombre y en su hábito de arcángel en viaje de negocios. Después de unos segundos en los que se escuchó hasta el planeo de un marabú, el anciano levantó la mano, pronunció en voz alta tres apresuradas frases en chino que nadie entendió, descendió de la silla, caminó de regreso al vehículo, ocupó su asiento y cerró la puerta, desapareciendo de la vista de todos detrás de los cristales ahumados. El conductor, que no se había movido de su posición junto a la silla, tomó la palabra y voceó otras tres frases en swahili, idioma que mi padre aún no manejaba. Seguidamente, las tradujo al inglés para la conveniencia de los trabajadores extranjeros:

—¡Esto se ha acabado! ¡No hay más dinero para seguir! ¡Pasen por la oficina a recoger su paga!

Sin añadir palabra, el conductor galopó hasta su puesto frente al volante, arrancó el motor y en unos segundos el todoterreno desapareció dejando tras de sí una bocanada de polvo y un sabor a asfalto quemado. Y una silla vacía.

Los obreros miraron a mi padre, que dirigía las cuadrillas, pero él permanecía como la silla, estático y clavado al asfalto, sin reaccionar. Uno a uno, los hombres dejaron caer al suelo las herramientas que llevaban en las manos, se reunieron en pequeños grupos y, murmurando, se alejaron en peregrinación sobre la lámina alquitranada. Mi padre no encontró a nadie con quien murmurar y pronto se quedó allí solo, mirando el bisel que cortaba el fin de la carretera sobre el suelo de arcilla roja. Se sentó en la silla y sacó del bolsillo el puro que llevaba cada día para fumárselo al terminar la jornada. Lo encendió y lanzó la vista hacia las antenas de Nairobi, mientras pensaba: «En fin, es una pena. Era una buena carretera». Así pasó un par de horas. Finalmente, cuando la tarde caía, se levantó y tiró de la silla, pero esta no se movió. Sus patas habían quedado atrapadas en el asfalto. Entonces mi padre le dijo a la silla:

—Está bien. Si así lo quieres, aquí nos quedaremos.

Y así fue. La carretera se clausuró y nunca llegó a terminarse. Mis padres abandonaron su maisonette de Lavington, compraron un terreno que lindaba con la pista frente a aquella silla solitaria y levantaron un cortijo que finalmente se encarnó en cottage angloandaluz. Desde entonces mi padre siempre se jactó de ser el único propietario de una casa con autopista privada. No importaba que la vía no conectara con ninguna otra y que ni siquiera figurase en los mapas; en África, uno circula por donde puede y, si la carretera no deja, uno se baja de ella y conduce por cualquier otro sitio. Por motivos que solo él entendía, mi padre se ocupó de mantener siempre la silla en perfecto estado de exposición; la limpiaba cuando algún pájaro la empleaba como percha y dejaba su firma, y la reparaba y barnizaba después de cada estación de lluvias. A la casa al final de la autopista mi madre se llevó sus ordenadores y sus monstruos extraterrestres, y mi padre, ya sin empleo pero con unos ahorros, buscó algo a lo que dedicarse. La silla le había espoleado una vocación escultórica latente, a la que fusionó su profesión de ingeniero para renacer como creador de lo que él llamaba «reobjetos», algo que consistía en volver a inventar por su cuenta cosas existentes para, según él, liberarlas de su inercia histórica y así mejorarlas. Por ejemplo, el reparaguas no se plegaba como un bastón, un aditamento anticuado que hoy ya nadie utiliza, sino que se convertía en un chubasquero para llevar puesto, que, por cierto, resultaba incomodísimo, y este era precisamente el problema: mi padre concebía sus reobjetos como artículos de consumo, pero eran un descalabro porque nadie estaba interesado en producirlos. Mi padre siempre fue un tipo creativo, casi demasiado para ser ingeniero, pero nunca tuvo buen ojo para los negocios y ninguno de ellos llegó a cuajar. Su único éxito fue el de elegir su amor y su patria y reunirlos a ambos, y sus únicas raíces fueron aquellas cuatro patas de metal embutidas en el asfalto.

En la casa al final de la autopista nací yo. Fui hijo único, pero no vine al mundo solo. El mismo día en que mis ojos veían la primera luz, también lo hacían los de Sam. Fue una pura coincidencia que Frank y mama Betty, el matrimonio que desde el principio trabajaba al servicio de mis padres, tuvieran su bebé casi a la misma hora en que yo nacía. O quizá no fue casualidad, y simplemente la comadrona aceleró los partos para no tener que hacer dos viajes a nuestra casa tan apartada de la ciudad. Sea como fuere, allí estábamos los dos, el café y la leche, estropeando las fotos en las que era imposible que las facciones del bebé Sam se apreciaran sin que el bebé Ismael saliera sobreexpuesto, o al contrario.

Sam y yo crecimos jugando juntos en el mismo corralito, haciendo botellón con nuestros biberones, comparando opiniones sobre el buqué de los chupetes y atizándonos mutuamente con los sonajeros que compartíamos, mientras la madre de Sam aviaba la casa, la mía dibujaba sus criaturas, mi padre se encerraba en su taller y Frank arreglaba el jardín o reparaba el tejado. Éramos, más que hermanos, casi gemelos. Dormíamos cada uno en su habitación en distintas alas de la casa, pero de la mañana a la noche nunca nos separábamos, ni siquiera en la escuela. Debo advertirte que no adelantes conclusiones fáciles; la nuestra no es la clásica historia moralista del niño blanco rico y el niño negro pobre. Mis padres, que no eran adinerados y carecían de ese instinto tan British del Arriba y Abajo, quisieron responsabilizarse de que a Sam no le faltaran en la vida las oportunidades que yo tenía a mi alcance, y por ello se encargaron de costear su educación en el mismo colegio privado al que yo asistía. Allí mantuvieron en secreto el origen de Sam para evitar que los niños de las familias pudientes se burlaran de él. Oficialmente, Sam y yo éramos vecinos, y cuando ambos fuimos creciendo, él aprendió a esgrimir cualquier argumento ingeniosamente evasivo para eludir explicaciones sobre sus padres. A la larga, tal vez esta costumbre de ocultación le acarreara efectos contraproducentes. Pero tampoco se le podía pedir entonces a Sam que cargara innecesariamente con el estigma de ser el hijo de los house helps becado por los señores.

En realidad, disimular la modesta extracción familiar de Sam no fue una tarea complicada, una vez que su inteligencia privilegiada empezó a brillar sobre la mía y la del resto de nuestros compañeros, algo que la meritocracia de la educación anglosajona sabía recompensar. Supongo que, para Sam, cuando tuvo la edad suficiente para reflexionar sobre tales cosas, su sobresaliente rendimiento académico saldaba la deuda de la inversión en su formación y le ganaba un puesto por derecho propio en el tejido social de la escuela.

Nunca me importunó que las notas de Sam superaran a las mías, ni me frustró que todos los aplausos y las distinciones fueran para él. La escuela siempre me interesó menos que los alienígenas de mi madre, a los que responsabilizo en gran parte de que me suscitara más curiosidad lo que debía de estar sucediendo en otros mundos y yo me estaba perdiendo, que lo que ocurría en la Tierra. Quizá yo era un poco cabeza hueca, sumido en lecturas fantásticas y cómics de aventuras espaciales a años luz de distancia mientras Sam se labraba un futuro en su planeta natal. Me bastaba con saber que mis calificaciones habrían sido aún peores si no hubiera tenido cerca a Sam para explicarme las materias con una clarividencia de la que carecían todos nuestros profesores. Por lo demás, yo aceptaba fácilmente nuestros respectivos estatus intelectuales: él era Holmes y yo, Watson. A ambos nos atraían las mismas cosas, como los viajes estelares a galaxias lejanas y misteriosas, pero nuestros enfoques diferían sustancialmente; si alguna tarde llovía y no podíamos saciar nuestra hambre de aventura en el jardín, Sam se enfrascaba en sesudos cálculos destinados a determinar la cantidad de combustible y el tiempo necesarios para viajar a la estrella Sirio, mientras yo perpetraba tiras de viñetas en las que mi superhéroe, el Capitán Infinito, y cualquier monstruo de turno se freían mutuamente disparándose rayos estroboscópicos y estereolitográficos, fuera lo que fuese eso. Y sin embargo, nuestros papeles se invertían cuando cambiábamos libros y ordenadores por pistolas gammatrónicas, cascos hiperbáricos e intercomunicadores hiperbólicos. A la hora de la acción, yo era Don Quijote y él, Sancho. Muchas tardes, mientras el sol se ahuecaba una almohada sobre las montañas del oeste, saltábamos desde la mansarda de mi habitación y nos encaramábamos al tejado, donde Sam leía mis historias del Capitán Infinito y se deshacía en ataques de risa al verme escenificarlas con todo el histrionismo de que era capaz. Entonces su poquedad se rendía a mi audacia, y en aquellas ocasiones yo sentía que Sam admiraba y envidiaba mi arrojo. Años después entendí que probablemente aquello me servía como compensación de nuestro desfase intelectual, y que fue aquel reparto de dones el que durante tantos años actuó como dovela clave que neutralizaba cualquier tensión en la bóveda de nuestra amistad.

Por fin, cuando terminaba mi representación, echábamos mano de alguno de los libritos de la serie marciana de Burroughs, y yo me transmutaba entonces en John Carter combatiendo a diestra y a siniestra para proteger a la bella Dejah Thoris, y no paraba hasta caer de espaldas sobre las tejas, agotado, pero nunca rendido. Luego, ya después de anochecer, Sam y yo mirábamos cómo las estrellas y los planetas iban floreciendo contra el magma oscuro de la noche y soñábamos con volar algún día a través del piélago espacial hasta mundos remotos plagados de peligros.

Así llegamos a la época en que tuvo lugar el primer suceso fundamental que quedaría grabado para el resto de nuestras vidas. Ocurrió en una magra estación de lluvias, cuando Sam y yo teníamos doce años. Aquella tarde el cielo parecía aguantar su carga líquida inflando las panzas de las nubes sin atreverse a reventar, así que, después de terminar las tareas del colegio, nos calzamos las botas de agua y salimos al aire fino y húmedo que corría en el cauce del valle. Correteamos a través de la pradera, abriendo los brazos para que las puntas tiernas de las hierbas nos cosquillearan las palmas de las manos, y por fin llegamos a la autopista. En realidad, llamarla así era casi un eufemismo; aquella carretera, como la mayoría en África, era una montaña rusa pegada al relieve del terreno porque no había dinero para nivelar o para construir puentes. El hecho de que aquella estuviera proyectada para tener dos carriles por sentido la convertía en una montaña rusa de alta velocidad, un artefacto mortal al mínimo fallo de los frenos, ya que en Kenia los límites de velocidad los marcan el motor del vehículo y las leyes de Newton. La silla quedaba justo en un altozano donde el asfalto terminaba, y era por su situación elevada por lo que a menudo veíamos descansar sobre ella a alguna carraca en busca de presas o incluso algún pigargo vocinglero vigilando la pesca de la laguna cercana. A Sam y a mí, subir corriendo hasta la silla nos quemaba algo de la energía que nos vibraba en las piernas después de pasar el día sentados frente al pupitre. Cuando alcanzábamos la cima, el primero en encaramarse sobre la silla se ganaba el título de Capitán de Vuelo, que llevaba inherente el derecho a mandar sobre el otro el resto de la tarde. Yo vencía la mayoría de las veces porque era más alto y estaba más desarrollado, pero aquella vez Sam se me adelantó y trepó el primero al asiento, chillando, jadeando y espantando a dos incautos tejedores que creían haber encontrado un reposo tranquilo en el filo del respaldo.

—¡Soy el Capitán de Vuelo! —aulló Sam—. ¡Arrodíllate, copiloto!

En nuestro mundo, como en el real, unos estaban arriba y otros abajo, pero allí las tornas podían cambiar cada día dependiendo de factores tan livianos como que a mí las botas de agua del año anterior se me habían quedado pequeñas y me hacían daño al correr. Obedecí y me arrodillé. Eran las reglas.

—Bueno, ya está. ¿Qué mandas ahora, Capitán Sammy?

—¡Mira, hay dos impalas bebiendo en la laguna!

—Venga ya.

Mis padres contaban que años atrás, cuando nuestra casa era la única al final de la autopista, los animales solían merodear cerca de la laguna y por las noches se les escuchaba pastar y zascandilear al otro lado de la verja electrificada de nuestra propiedad. Durante la época en que se construía la carretera, en una ocasión un grupo de cebras desorientadas o simplemente gamberras había pisoteado todo un tramo nuevo de asfalto recién extendido, dejando tras de sí un caótico paseo de la fama picado de pezuñas que había arruinado el trabajo de toda una jornada. Cuando la carretera se abandonó sin terminar, también se arrumbó el proyecto de desarrollo residencial previsto, por lo que mis padres pudieron hacerse con el terreno colindante a bajo precio. Más tarde, cuando otros vecinos se establecieron en las proximidades, la zona se convirtió en un barrio disperso y deslavazado que aún mantenía anchos corredores abiertos al bosque y la sabana circundante, pero ya era raro que algún animal grande se aventurase, al menos de día, a curiosear en aquella jaula laberíntica infestada de humanos armados. Sin embargo, aquella vez Sam había avistado algo insólito. Dos impalas, un macho con grandes cuernos torneados y una hembra que a su compañero debía de parecerle despampanante, bebían despreocupadamente en la laguna ignorando el riesgo que corrían. No tanto por el resto de los vecinos, sino por nosotros; a veces el amor de los niños por la naturaleza es tan encendido que puede arder y explotar.

—¡Tienes razón! —Aplaudí—. Pero ¿qué harán aquí?

—Este año la estación adolece de escasez de lluvias —declamó Sam, con el típico discurso engolado que adoptaba cuando razonaba—. Seguramente no han encontrado otro sitio donde beber. El rebaño debe de estar por aquí cerca.

—¡O a lo mejor es que los ha abducido un platillo volante para estudiarlos y luego los ha soltado aquí! —sugerí.

—También puede ser —reconoció Sam—. Pero entonces sería evidente alguna señal de aterrizaje, hierba quemada o algo, y desde aquí no veo nada.

—Bueno, si los bajaron con el rayo tractor, no tuvieron que aterrizar.

—Es posible —concedió Sam—. ¿Qué hacemos?

—¡Tú eres el Capitán!

Sam se quedó dubitativo, plantado sobre la silla contemplando a los antílopes, sin decidirse a actuar ni a ejercer su privilegio de mando.

—¿Volamos juntos, Capitán Sammy…? —insinué, con el respeto debido al rango que mi amigo se había ganado, pero no tardé en rectificar mi tono—. ¡A por ellos! —grité.

Me disparé como la flecha de un arco tensado para correr cuesta abajo hacia la laguna. Apenas tardé dos segundos en oír que Sam saltaba al suelo y me seguía. Galopamos armando el escándalo de todo un batallón de apaches entregados a la batalla. Tan pronto como los impalas decidieron que aquella algarabía era ya intolerable, enderezaron sus cuellos gráciles, nos atendieron apenas medio segundo con sus caídas de pestañas y sus orejas hirsutas, y emprendieron una huida tranquila. Por su trote sin grandes zancadas se veía que no nos consideraban una grave amenaza, lo que enardeció nuestra fogosidad guerrera y elevó el tono de nuestros gritos. Aunque era imposible que los alcanzáramos, aquello no nos desalentó. Corrimos y corrimos siguiendo la estela de sus marcas traseras, que dibujaban dos emes negras, hasta que se fueron confundiendo entre la espesura. Por fin, mis berridos alocados lograron arrancarle al macho una de las cabriolas características de aquellos animales, antes de que sus cuernos rompieran sobre las matas de leleshwa y de que el mar de hojas y espino se tragara sus siluetas. Lo celebramos imitando el brinco del antílope y brindando nuestros puños al cielo. Luego caímos extenuados sobre la hierba, riendo a golpes de voz salpicados entre jadeos.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

Miré alrededor. Obnubilados por la carrera, nos habíamos alejado más de lo habitual. Las referencias de la autopista y la silla se habían esfumado, y aquel lugar nos era desconocido. Nos hallábamos en la ladera de una hoya que descendía suavemente hacia un ombligo de tierra cuarteada, una charca estacional que sufría la racanería de las lluvias. Sobre la cresta que la rodeaba no se veía despuntar el caballete del tejado de nuestra casa ni de ninguna otra. Salté sobre los dedos de mis pies, doloridos por el roce de las botas demasiado pequeñas, pero no reconocí ninguno de los árboles ni las lomas que abarcaba la vista.

—¡Demonios, Sam! ¿Dónde estamos? —insistí.

Sam no me escuchaba. Consternado, sujetaba con los dedos los bordes de un siete que la espina de alguna acacia había abierto en su camisa de cuadros.

—¡Oh, no, mama Betty me va a matar! —protestó.

—No te preocupes por eso ahora. Nos hemos perdido, Sammy. No veo la casa, ni la silla, ni nada.

—No podemos estar tan lejos. A ver, ¿dónde estaba el sol cuando perseguíamos a los impalas?

—Cuando los vimos, estaba al otro lado de la laguna, detrás de ellos. Pero luego… No sé, hemos corrido hacia todas partes.

—Ahí hay una casa —advirtió Sam.

Era cierto. A unos doscientos metros de nosotros se levantaba un seto macizo y desarreglado, casi indistinguible de la maleza, de no ser porque detrás de él sobresalía una discreta azotea plana pintada del mismo color que el paisaje y en la que se acostaba un puñado de antenas parabólicas.

—¿Quién vivirá ahí? Nunca he visto esa casa —observé.

—Sea quien sea, está bien conectado. Mira cuántas antenas. Puede que sea un edificio del gobierno… —sugirió Sam.

—O a lo mejor es un espía, o un terrorista. Pero da igual. ¿Vamos? Nos podrán ayudar a volver.

Sin esperar la respuesta de Sam, troté en dirección a la casa. Yo era propenso a actuar sin pensarlo dos veces, siempre con la esperanza de que la solución estaba en algún lugar un poco más allá y que solo había que caminar para que la respuesta saltara ante los ojos. En cambio, a Sam le gustaba aferrarse a la idea de que la salida siempre estaba dentro de su cabeza, y que no era moviendo las piernas como encontraría el cabo del que tirar, sino poniendo a trabajar su relojería cerebral. Me siguió remiso, rezongando mientras contemplaba el roto en su camisa.

—¡Mama Betty me va a matar! —repitió.

Al descender la cresta, el tejado y sus antenas desaparecieron de nuestra vista devorados por el seto, que se alzaba sus buenos tres metros sobre nuestras cabezas.

—¿Quién necesita una cerca tan alta? —medité—. Un espía o un terrorista, seguro.

—O una instalación del gobierno —razonó Sam—. ¡Pero mira, no hay valla, es solo una boma!

Sam estaba en lo cierto una vez más. A través de la sencilla maraña de espino se distinguía la casa, una curiosa construcción que parecía la interpretación maasai de un castillo medieval español, o la imitación árabe de una antigua misión cristiana en las Indias, o la morada de los Picapiedra pasada por el art déco, o nada de esto, sino simplemente un enorme búnker achaflanado y con los picos redondeados. Pero lo más inusual, sobre todo tratándose de una casa tan apartada, era que al dueño parecía bastarle la madeja erizada que tejía aquella alambrada vegetal para proteger su propiedad, al estilo de las empalizadas de los antiguos poblados nativos. No había muro, ni barrotes, ni siquiera una malla metálica. En el reino de las verjas electrificadas, aquello era una rareza y casi una invitación a entrar sin invitación para cualquiera que albergara intenciones menos inofensivas que las nuestras.

—Busquemos la entrada —propuse.

—¡Mira! —Sam me retuvo por el brazo.

—¿Qué pasa?

—Eso… ¡es un telescopio!

Frente a la puerta principal, bajo un voladizo que demarcaba una veranda, un grueso cilindro negro miraba al cielo, apoyado sobre tres largos zancos metálicos. Sam y yo nunca habíamos mirado por un telescopio, un objeto de lo más exótico en una sabana africana. Cuando éramos pequeños, mi padre nos había construido dos periscopios con cartón y espejos con los que corríamos por la pradera imaginando que a través de ellos perseguíamos la cola de fuego de los platillos volantes en fuga. Pero no eran más que juguetes. Aquello era diferente. Era un telescopio de verdad, una escalera hacia las estrellas con la que uno casi podría extender el brazo y acariciar las planicies de Marte, deslizar el dedo por sus cicatrices y hundirlo en el hielo de sus casquetes polares.

—¿Tú crees que nos dejarán mirar? —preguntó Sam.

—No veo por qué no. Si lo pedimos por favor y con buenos modales… O… ¿Y si no lo pedimos? —insinué.

—¿Qué dices? Oye…

Era tarde para echarse atrás. Cuando Sam quiso detenerme, ya me había sumergido en el remolino de espinas y había sorteado demasiadas púas como para recorrerlas de nuevo a contrapelo. Me rasgaban la camisa y me arañaban la piel, pero el acicate de correr hasta el telescopio, plantar el ojo en el ocular y ver lo que ocurría en ese preciso instante en otro lugar del universo era una tentación irresistible.

—Tranquilo —le susurré desde el corazón de la boma—. Así, si mama Betty te mata, no morirás solo. Mi madre me matará a mí también.

—¡Maldito loco! —masculló Sam, lanzándose tras de mí hacia el pasadizo que mi cuerpo había abierto en el ramaje.

Después de algunos lamentos y varios rotos en la ropa, emergimos al otro lado de la boma. Cautelosos, esperamos unos momentos sin movernos para comprobar si ocurría algo o si habíamos sido detectados. Al menos, la tensión consiguió que Sam dejase de preocuparse por su camisa y por el previsible enfado de su madre. En el jardín de la casa, demasiado descuidado para el gusto británico que imperaba por allí, no se movía un alma. Pero nuestro sigilo explotó en metralla de admiración cuando observamos la colosal máquina que descansaba junto a la casa.

—¡Es un tanque! —exclamé en un susurro que me arrancó un gallo de la garganta.

—¡Dios! —coreó Sam, tapándose la boca de inmediato, tal vez para refrenar el volumen de su voz, o quizá porque mama Betty siempre le advertía que no debía pronunciar el nombre de Dios en vano.

En realidad no era un tanque, sino un viejo todoterreno militar blindado, con armadura de acero envolviendo su carrocería, rejas en las lunas y una hilera de focos sobre el techo, del que protruía una torreta con un ojo rectangular. Calzaba orugas en lugar de neumáticos y esto reforzaba su aspecto de tanque, tan amenazador que ni un dóberman lanzado a la carrera hacia nosotros nos habría inspirado tanto miedo. Pero tampoco tanta fascinación.

—¿Seguro que quieres seguir? —dudó Sam.

—Venga, solo somos dos niños que se han perdido. Vamos a pedir ayuda, pero antes echaremos una miradita.

Caminamos acolchando nuestros pasos sobre la hierba dura, vigilando los arbustos dispersos y embrollados con formas que recordaban a monstruos harapientos y peludos, como un ejército camuflado aguardando a saltar sobre nosotros. Mientras nos escurríamos hacia la casa, noté que Sam giraba la cabeza a un lado y a otro, como desconcertado.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—¿No te has fijado? —replicó Sam—. La boma no tiene verja de entrada.

A lo largo de todo el perímetro del seto no se distinguía ninguna puerta de acceso a la propiedad, sino solo el brazo uniforme de vegetación sobrecrecida y tallos espinosos que rodeaba toda la parcela, como si los moradores de aquel búnker jamás salieran de allí ni recibieran visitas. El inquietante descubrimiento nos azoró aún más, y continuamos deslizándonos hacia la casa deseando alcanzar un lugar donde no nos sintiéramos tan expuestos como en aquel jardín misterioso.

Nada ocurrió y, por fin, alcanzamos el solado de la veranda. Entre varios sofás de mimbre cubiertos con almohadones y telas bordadas, el telescopio, cuya altura casi doblaba la nuestra, tendía su cañón mudo al firmamento que azuleaba en la tarde. Su metal cromado y negro relucía al sol del ocaso como un cohete recién bruñido. En un costado llevaba adherida una pegatina con un gran número cincuenta y cinco, y la efigie de un vaquero cabalgando en un proyectil sobre una inscripción que decía: LONE STAR BASTARD. Sam y yo nos miramos y nos reímos. El lado opuesto del cilindro tenía adosado el ocular, un fino tubo negro. Acerqué lentamente la cara, cerré un ojo y planté el otro delante de la lente. Bufé con un gesto contrariado. Solo se veía oscuridad.

—No se ve nada —sentencié—. Creo que…

—Vaya, vaya. Así que hoy hemos atrapado aquí a dos pequeñas alimañas.

Sobresaltados por la irrupción inesperada, brincamos sobre nuestras botas. Sin querer, golpeé el telescopio con el hombro y tuve la sensación de que aquello no hacía sino empeorar nuestra situación. Que no podía ser peor. Quien nos había sorprendido allanando su refugio era un hombre mayor y muy corpulento, con una cabeza aplanada y coronada por un ralo vello blanco que se apartaba en la sien, donde una cicatriz le hacía una permanente raya al lado. Bajo la frente estrecha y abigarrada de arrugas estrelladas, sus grises ojos profundos chispeaban en blanco y negro flanqueando una nariz roma y amazacotada donde parecían prolongarse los pliegues de su frente, como si la tuviera rota por varios sitios. Sus cachetes, colgantes como los de un bulldog, casi descansaban en la única prenda que parecía vestir, una larga túnica blanca que lo mismo habría servido para cubrir su enorme cuerpo que para resguardar de la lluvia el todoterreno blindado del jardín. Bajo el borde de la tela asomaban las punteras de dos botas vaqueras de cuero repujado. Con una de sus manos sostenía el cuello de una botella de bourbon. Pero lo que culminaba su terrorífica imagen era que iba armado, y no precisamente con una escopeta de perdigones: con el otro brazo apoyaba sobre el hombro el cañón de un fusil automático de asalto, un viejo M16. Definitivamente, no tenía la pinta de un funcionario del gobierno, sino de un terrorista. Al ver el cuadro, Sam aprovechó mi mayor tamaño y se parapetó detrás de mí, invitándome a que yo manejara la situación. Parecía haber decidido que yo sabía enfrentarme mejor a un trance como aquel, aunque la verdad era que nunca nos habíamos visto en un trance como aquel.

—No… No hacemos nada malo, señor —supliqué—. Solo… Vivimos por aquí cerca y nos hemos perdido. Solo queríamos echar un vistazo a su telescopio porque…

—Y para eso habéis penetrado ilegalmente en una propiedad ajena —interrumpió el hombre con voz ronca y nasal.

—Pues… sí… Pero es que…

—¿Y sabéis que, según la Ley Pancho, eso me da derecho a volaros los putos sesos? —espetó, al tiempo que cebaba el fusil con un chasquido metálico.

—¡No! ¡No, señor, lo sentimos mucho, no queríamos…! —Mortalmente nervioso, Sam había asomado la cabeza desde detrás de mi espalda mientras clavaba los dedos en mis hombros.

—¡Ja, ja, ja, ja…! —El hombre rió dejando caer la cabeza hacia atrás. Sus cachetes de bulldog se bambolearon como flanes de gelatina—. ¡Tranquilos, no os voy a matar, no parecéis muy feroces! Aunque, eso sí, debo reconocer que le habéis echado muchos huevos atravesando el espino. El último ladrón que lo intentó le dio un festín a las moscas. Claro que era más grande que vosotros.

—¿Mu… murió? —pregunté.

—No llegó a morir, pero dejó suficiente carne en las púas como para alimentar a todas las moscas de la región. Escapó corriendo como una jodida rata y pesando varios kilos menos. Pero incluso con la lluvia de plomo que le caía, el cabrón tardó más que vosotros en cruzar la boma. Sí señor, tenéis cojones.

—¿Cómo sabe…?

—Os estaba observando, claro. Desde antes de que entrarais. Tengo cámaras por todo el perímetro. Alguien que vive en un puto agujero como este debe protegerse.

—¿Y por qué no pone una valla?

—Es más divertido así. Prefiero observar tranquilamente cómo entran, y esperar a esos hijos de puta aquí dentro. Así puedo aplicarles la Ley Pancho. Un viejo como yo, que sale poco, debe buscarse alguna distracción. Y no hay nada que me divierta más que un buen tiroteo a medianoche.

—Pero ¿qué es eso de la Ley Pancho? —indagué.

Nuestro anfitrión arrojó el fusil violentamente sobre uno de los sofás de mimbre. Sam y yo nos asustamos porque en las películas un arma tirada así siempre solía dispararse, pero aquella vez no ocurrió nada.

—Es mi ley. Yo soy Pancho —aseveró, tendiéndonos la mano.

—Encantados de conocerle —repliqué, atendiendo a las normas de cortesía y urbanidad que aprendíamos en la escuela—. Yo soy Ismael y él es Samuel.

Estreché su manaza, grande, tosca y roja como un manojo de zanahorias. Sam hizo lo mismo, pero, al contrario que él, yo no pude mantener la boca cerrada.

—¿Pancho? ¡Pero si ese es un nombre de broma! —me atreví a soltar.

—¿De broma? —voceó—. ¿Y quién coño lo dice? ¿Ismael y Samuel? ¿Y qué cojones sois vosotros? ¿Putos testigos de Jehová? ¡Pues aunque sea de broma, ese soy yo, chaval, Pancho Monaghan!

—¿Pancho Monaghan? —repetí.

—Eso es. Mi padre era irlandés y mi madre mexicana, así que solo podía llamarme Pancho Monaghan. Pero yo soy de Texas. ¡La estrella solitaria!

—¡El bastardo de la estrella solitaria! —exclamé, otra vez hablando más de la cuenta.

—Así me llamaban —respondió Pancho sin alterarse—. Pero ¿cómo sabes…? ¡Ah, claro, el telescopio! —Se acercó al aparato y acarició la pegatina con el pulgar—. El cincuenta y cinco, ese era mi número en las carreras. Claro que ya no corro, desde que… —Se tocó la cicatriz de la sien—. Y además, esta maldita pierna… Pero el nombre me lo pusieron en mi época de astronauta. Decían que iba por mi cuenta, que arriesgaba demasiado, que era… indisciplinado.

—¿Usted era astronauta? —interpelamos, casi a dúo.

—¡Todavía lo soy! ¡Un astronauta nunca deja de serlo! ¡Vaya, malditos mocosos! ¿Es que acaso no me creéis?

—¡Sí, señor, sí! —Tratamos de demostrar que nos había convencido para evitar alguna reacción inconveniente, pero no lo logramos. Hincando los pies en las losas del suelo, caminó hasta la pared y descolgó varios marcos pequeños, que fue tirando uno tras otro sobre el mismo sofá al que había arrojado el arma. Mientras, no cesaba de gritar:

—¡En el viejo Atlantis, antes de que lo jubilaran! ¡El Endeavour! ¡Actividad extravehicular en la Estación Espacial! ¡Estrechando la mano al presidente! ¡Órbita lunar en el Comet 3! ¿Queréis más? ¡Demonio de críos!

Sam y yo estábamos epatados ante la admiración repentina que nos despertaba el personaje, mientras barajábamos las fotografías que él lanzaba al sofá, en las que reconocíamos al tipo que teníamos delante. Más joven y sensiblemente más atlético, con el cabello corto, negro y recio como un cepillo para hombres lobo, sin cicatriz en la sien y con la nariz de una sola pieza. Pero, sin duda, era él.

—¿Ha estado usted en la Luna? —pregunté.

—Sí, estuve en la Luna, chaval, pero solo dando vueltas como un gilipollas a ese pedazo de roca. No pude pisarla. El contribuyente no quería rascarse el bolsillo para que bajáramos allí, y a ninguna de las empresas espaciales le pareció rentable. Solo putos robots, decidieron, así que tiramos un maldito cachivache allí y nos largamos de vuelta a casa. Los chinos iban a pisar la roca, pero luego se les fue todo al carajo, ya sabéis. En el mundo libre, los días de los pioneros terminaron con el programa Apolo, vosotros ni sabréis de qué coño os estoy hablando, fue en el siglo pasado. Yo vi por la tele cómo Armstrong pisaba la Luna en el sesenta y nueve. No era más que un crío, pero aquel día decidí ser astronauta. Yo quería hacer lo mismo que él, aquello del pequeño paso para el hombre, el gran salto para la humanidad y toda esa grandiosa mierda, ¡ja, ja! Pero me quedé con las ganas. Llegaron los malos tiempos. Ya se acabó lo de plantar banderas, poner el pie más allá de la frontera, conquistar nuevos mundos… Hoy solo les importa medir cuántas putas moléculas de amoniaco hay en un asteroide de mierda y luego hacer un canuto con las hojas de resultados para metérselo por el culo y correrse de gusto. Se acabó la épica, la exploración… Ya no hay… romanticismo. Los cabrones como yo somos una reliquia. —Trasegó una cuarta de su botella de bourbon—. ¿Queréis un poco? Ah, no, vosotros no podéis beber esto. ¡Ayesha! ¡Ayesha! —comenzó a aullar—. ¡Sírveles agua a estos críos, o lo que sea que tengamos por ahí y puedan beber ellos!

De repente, como una aparición espectral, entre las hojas acristaladas que abrían la casa a la veranda surgió un bello ser de piel de bizcocho tostado que contrastaba punto por punto con la agria lechosidad de Pancho Monaghan, sobre todo porque, como él, vestía de largo y de blanco, un kanga sedoso y fulgurante que se anudaba a su cuello de tallo de papiro. La recuerdo joven y fresca como la menta mojada, con el tono de cutis y los rasgos altivos y angulosos de las mujeres etíopes.

—Venid conmigo, chicos —musitó.

Trotamos tras el borde ingrávido de su pareo y seguimos sus pies descalzos, que parecían levitar sobre el gres oscuro. Nos llevó a la cocina, abrió la nevera, sacó dos Coca-Colas, las destapó y ensartó sendas pajitas antes de ofrecérnoslas. Por casualidad miré la fecha impresa en la etiqueta. La bebida había caducado tres años antes.

—No recibimos muchas visitas —apuntó Ayesha, adivinando mis pensamientos.

Mientras aliviábamos el sofoco con un trago de burbujas frescas, Ayesha apoyó los codos en la encimera y reposó la cara entre las manos. Sus uñas lustradas en blanco lucían como puntillas de nata sobre su piel de capuccino.

—No os asustéis por su aspecto fiero. Es un trozo de pan. Pero no quiere que se sepa.

—¿Es usted su esposa? —me atreví a preguntar.

—No… Yo… le cuido.

Erigió su cuello de garza y flotamos de regreso a la veranda, donde Pancho Monaghan había derrumbado su masa corporal sobre un sofá para acurrucarse con su botella de licor. Así recostado, con los pies sobre la mesa de madera y cristal, descubrimos otro de los estragos que su explosivo pasado había dejado en su anatomía: llevaba una pierna de plástico. Ayesha se desvaneció tan misteriosamente como había aparecido. Retocé con la mirada buscando su figura virginal, pero no había rastro de ella.

—¡Os he dejado vivir, os he dado de beber…! ¿Vais a decirme ahora para qué coño habéis invadido mi propiedad? —vociferó Pancho Monaghan.

—Ya se lo dije, señor Monaghan, no mentimos —me excusé—. Nuestra casa está por aquí cerca, pero estábamos persiguiendo a dos impalas y nos perdimos. Queríamos pedir ayuda para volver, y entonces vimos su telescopio y… Pero no se ve nada.

—Pues claro que no, gilipollas. Es un telescopio digital. Hay que enchufarle el ordenador. —Con gran esfuerzo, se levantó del sofá. Amagamos para ayudarle, pero nos rechazó con el brazo—. Y de todas maneras, no se ve una mierda si no se quita la tapa —dijo mientras retiraba una capucha negra del tubo.

—Ah… —Me ruboricé—. ¿Podemos… mirar ahora?

—¿Qué quieres ver con esta luz, mentecato? Hasta dentro de un par de horas no se verá nada. Y vuestros padres se estarán preguntando dónde cojones os habéis metido. Venga, os llevaré a vuestra casa —proclamó, bajando el cilindro del telescopio de un golpe.

—¿Usted? —insinuó Sam, sin poder evitar que la vista se le escapara a la pierna ortopédica de nuestro anfitrión—. ¿Con…? ¿Cómo?

—Pero ¿qué dices, atontado? —gruñó Pancho Monaghan, al tiempo que agarraba el M16 del sofá y se lo colgaba del hombro sin soltar su botella de bourbon, que parecía pegada a la palma de su mano. Comenzó a remolcar su corpachón hacia el jardín. Nosotros lo mirábamos desde la veranda sin adelantar un paso—. ¡Bueno, imbéciles! ¿Venís o qué?

Salturreamos detrás de su mole que casi abría surco entre la hierba arando la tierra con la prótesis. Nos intrigaba lo que sucedería a continuación. Ante nuestro estupor, se dirigía hacia el todoterreno blindado. Sam y yo intercambiamos una mirada abierta de estupefacción y sonriente de picardía.

—¿Vamos a ir en eso? —interrogué.

—¿Qué? ¿Y dónde si no? ¿Es que acaso ves algún otro coche, chaval? Bueno, en el garaje tengo mi viejo Stingray descapotable del setenta y cuatro, ¡el coche de los astronautas! Una joya. Cuando lo conducía por Ocean Drive me llevaba a las damas de calle… ¡Ja, ja, se les ponían los pezones como los clavos de la cruz de Cristo solo con subirse al coche! Pero no sirve para estos jodidos caminos de cabras. Y la verdad es que ya casi ni quepo en él. Estoy hecho un puto mastodonte.

Pancho Monaghan se plantó frente al costado del tanque, abrió las dos puertas y ocupó su puesto frente al volante, arrojando el M16 al asiento del acompañante. Luego nos contempló un instante mientras tratábamos de decidir si era prudente hundirnos en el vientre de aquel armatoste de acero verde y marrón que se disponía a conducir un gordo loco, histriónico, violento, sacrílego y mutilado.

—¿A qué esperáis, alelados? —nos apremió.

Sam y yo apenas cruzamos un golpe de vista para firmar un acuerdo tácito. Habíamos llegado demasiado lejos como para echarnos atrás y ninguno de los dos quería aparecer como timorato ante el otro o ante aquel estrafalario héroe que había pisado polvo de estrellas; y, además, el sol se estaba poniendo y ya era tarde para buscar otra manera de volver a casa. Nuestra única opción descansaba sobre aquellas orugas. Sin pensarlo más, nos lanzamos a la tripa del tanque.

Y una vez más, Pancho Monaghan logró sorprendernos. Lo que encontramos allí dentro no era lo que habíamos imaginado. Desde fuera, el aire agresivo del vehículo lo asemejaba a un tiranosaurio, pero era un tiranosaurio que se había tragado una limusina. Donde esperábamos descubrir un habitáculo áspero y calculadamente hostil, repleto de plásticos duros y aristas afiladas para herir con cada bache a un pelotón de soldados y así estimularlos a que saltaran al combate con un cuchillo entre los dientes, en su lugar nos acogió un mullido asiento trasero tapizado en cuero viejo y suave. Todo el interior estaba forrado en madera de raíz y en algo que Sam y yo solo habríamos podido definir como pelillo acariciable. Los detalles eran inequívocamente femeninos, aunque, como imaginarás, entonces no reparamos en ello porque los niños no se fijan en esas cosas. ¿Quién si no se preocuparía de colocar espejitos de cortesía con luz en los asientos traseros y ganchos para colgar el bolso? En cualquier caso, la mente sí nos alcanzaba a colegir que todo aquel derroche de mimo decorativo no debía de venir de serie con el tanque. Pero en lugar de plantearme quién era la mujer que se había preocupado de equipar el intestino de la bestia con aquellos pormenores, me limité a impartir mi solemne veredicto:

—¡Jo, qué chulo es por dentro!

—¿Y qué esperabas, chaval? —presumió Pancho Monaghan, mientras el motor del artefacto despertaba con un rugido profundo que no estábamos acostumbrados a escuchar.

—¿Y lo lleva a la gasolinera? —curioseé.

—¿A la gasolinera? ¡Pues claro que no, capullo! ¡Ja, ja, yo he entrenado a este hijoputa para andar con la gasolina que cabe en un mechero! La diluyo en una mezcla de mi invención, un licor de corteza que tanto puedes echarlo al depósito como bebértelo. Aunque, eso sí, te convierte el culo en un tubo de escape.

—Pero… ¿cómo vamos a salir de aquí? Este jardín carece de acceso —objetó Sam.

—¿Qué? ¿Carece de acceso? ¡Ja, ja, ja, carece de acceso! —se burló Pancho Monaghan con una vocecilla en falsete—. ¿Qué crees, idiota, que me parieron aquí y que no he salido desde entonces? ¡Ja, ja! —Rió en un bramido grave que armonizaba con el motor.

Pancho Monaghan estiró el brazo y tocó la pantalla del salpicadero. Súbitamente, oímos un chasquido sordo y, ante nuestros ojos perplejos, una sección de varios metros de la boma se desplomó, dejando una mella en el seto por la que nunca habría pasado un automóvil de salón, pero que era perfectamente practicable para las orugas de la bestia.

—Estructura de acero articulado y fibra de carbono y tungsteno —explicó Pancho Monaghan, con la naturalidad de quien asume que los demás deben entender de qué diantres está hablando—. Un buen truco, ¿eh? Ya os lo dije, me entretengo haciendo estas mierdas. Un astronauta tiene que ser un manitas.

Empujó una gran palanca junto a su asiento y el tanque comenzó a avanzar traqueteando, pero sin que en la cabina se notara la más mínima vibración, como si navegáramos en un velero de juguete sobre un plato de manteca fundida.

—Buena suspensión, ¿eh? —comentó Pancho Monaghan mientras el vehículo salvaba el badén de acero y espino con apenas un ligero cabeceo, el mismo que provocaría una ola rompiendo contra el casco—. La he montado yo mismo. Después de armar un puto espectrómetro en órbita a cuatrocientos kilómetros sobre la Tierra, embutido en un traje presurizado y con unos guantes que te dejan los dedos como pollas, cualquier otro trabajo mecánico es pan comido.

No pusimos objeción a la fanfarronería de Pancho Monaghan. Estábamos mudos, impresionados por la aventura inesperada que nos había deparado la tarde. Al otro lado del seto, el sol rodaba sobre el horizonte buscando una salida, como una bola de billar hacia la tronera. La luz anaranjada prendía los arbustos y teñía la pradera de rubio platino. Viajábamos en un potente buque de tierra que parecía capaz de escalar la estatua de la Libertad hasta la punta de la antorcha y luego descender por el contorno contrario sin que allí dentro se volcara un vaso. El atardecer era perfecto. Nos sentíamos seguros. Me recosté en el asiento y Sam me imitó.

—Bueno, ¿vais a decirme dónde vivís o tengo que adivinarlo? —El vozarrón de Pancho Monaghan nos arrancó de la comodidad del respaldo.

—Es muy fácil, señor —afirmé—. Somos los de la casa al final de la autopista, la primera que se construyó por aquí.

—Chaval, no sé de qué diablos me estás hablando. Como os dije, no salgo mucho.

Manipuló la pantalla del cuadro de mandos hasta que en ella apareció una fotografía tomada por un satélite. Entre el paisaje irregular se distinguían dos cintas oscuras que se interrumpían abruptamente.

—¿Esa es la autopista que decís? —señaló.

Cerca de las dos tiras grises, un tejado rojo con planta en forma de T rompía la homogeneidad del tapiz verde y parduzco. Sam y yo nunca habíamos contemplado nuestra casa desde lo alto y difícilmente sabíamos reconocerla, pero por suerte había otro detalle en la imagen que sí podíamos identificar: la piscina, que mi padre decía haber excavado con sus propias manos y que imitaba la inequívoca silueta de un as de picas. Según mi padre solía contar, la había diseñado con aquella forma en homenaje a mi madre, que llevaba tatuado aquel símbolo junto al ombligo. No me pareció adecuado explicarle todo aquel entresijo a Pancho Monaghan, así que me contenté con exclamar:

—¡Sí, esa es nuestra casa!

—¡Vaya! ¿Vuestro padre, o el líder de vuestra secta, o quien coño sea, estuvo en la 101.ª?

—¿Señor?

—¡La pica! ¡Cuarto equipo de combate de brigada!

—¿Eh…? No, señor… Es que mi madre tiene…

—¡Yo era del primero! ¡El trébol! ¡De la tierra de mi viejo! ¿No sabéis de qué coño os estoy hablando, no? ¡Bah, vosotros no sabéis una mierda! ¡Sí, señor, yo me voy a hacer una piscina con forma de trébol, así haremos un bonito tapete para que los jodidos marcianos jueguen al póquer!

La mención de los marcianos nos inyectó una dosis de adrenalina. Al fin y al cabo, él era la persona que conocíamos que podía haber estado más cerca de otros mundos y sus seres. No tardé un segundo en tirar de aquel hilo.

—Señor Monaghan… ¿Usted ha visto marcianos?

—¿Señor Monaghan? Chaval, deja eso ya. Si quieres darme algún tratamiento, llámame comandante, o capitán, que era mi rango. Pero mejo ...