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UN HOMBRE AFORTUNADO

John Berger

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Fragmento

Uno de ellos gritó para avisarle, pero fue demasiado tarde. Las hojas le rascaron, casi con delicadeza. Las ramas más pequeñas lo aprisionaron. Y entonces el árbol y la ladera entera lo aplastaron.

Un hombre con voz jadeante dijo que uno de los leñadores había quedado atrapado debajo de un árbol. El médico le pidió a la auxiliar que averiguara dónde estaban exactamente, pero un segundo después agarró su propio teléfono y la interrumpió para hablar él mismo. Tenía que saber dónde estaban con la mayor precisión. ¿Cuál era el acceso más próximo? ¿De quién era el prado? Necesitaría una camilla. La suya se había quedado en el hospital el día anterior. Le dijo a la auxiliar que llamara a una ambulancia y que les dijera que esperaran junto al puente, que era el punto más próximo de la carretera. En el garaje de su casa tenía una puerta vieja. Cogió plasma en el dispensario; la puerta, en el garaje. Al volante, por las estrechas carreteras comarcales, mantuvo casi continuamente el dedo en la bocina; en parte, para avisar a los coches que pudieran venir en sentido contrario, en parte, para que lo oyera el hombre atrapado debajo del árbol y supiera que el médico estaba en camino.

Cinco minutos después, salió de la carretera y se metió ladera arriba por una pista que se perdía en la bruma. Allá arriba, sobre el río, solía haber esta neblina, una neblina muy blanca que parecía negar toda noción de peso y de volumen. Tuvo que pararse dos veces para abrir cancelas. La tercera ya estaba entreabierta, y pasó sin detenerse. La cancela osciló y golpeó la trasera del Land

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