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UN HOMBRE AL PODER (LOS MéDICI 2)

Matteo Strukul

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Fragmento

1

El torneo

El aire era frío. Lorenzo inspiró profundamente. Montado en Folgore sentía crecer la tensión. Su querido corcel, de lomos color carbón, lustroso y brillante, traicionaba su nerviosismo golpeando con los cascos el pavimento de la plaza. Giraba sobre sí mismo y Lorenzo lo contenía con esfuerzo.

Un murmullo se elevó como una plegaria desde las gradas y desde los palcos de madera. Los suspiros llovían desde las galerías y los balcones, desde las ventanas y los porches. Los ojos de Lorenzo buscaron los de Lucrecia. Ese día, la noble Donati llevaba un atuendo magnífico: la sobreveste era de color añil y parecía difuminarse en sus iris de obsidiana. La gamurra de color gris perla estaba salpicada de gemas e insinuaba con vehemencia la curva del pecho. Envuelta en una estola de piel de zorro blanca que le rodeaba los hermosos hombros claros, Lucrecia lucía en un peinado bellísimo la masa rebelde de cabellos negros que parecían olas de un mar nocturno.

Lorenzo se preguntó si ese día lograría rendirle honores.

Se llevó la mano al echarpe que le rodeaba el cuello. Lucrecia lo había bordado para él con sus propias manos. Inspiró el perfume de aciano y le pareció un abrazo celestial.

Por un momento, su mente corrió hacia los instantes anteriores: la llegada al torneo; su hermano Giuliano, espléndido con su jubón verde, y por último su compañía de doscientos hombres, vestidos con los colores de la primavera como si quisieran apaciguar el ánimo guerrero de una ciudad que hasta el día anterior estaba anegada de sangre y corrupción. Una ciudad que Piero de Médici, su padre, aunque con la salud socavada y devorado por la gota, había logrado, con esfuerzo y admirable compromiso, salvar de las familias rebeldes, aquellas que conspiraban en la sombra contra los Médici y que, en varias ocasiones, habían tendido trampas y emboscadas. Había entregado a Lorenzo una república cansada, agotada, al borde del colapso, que luchaba por encontrarse a sí misma.

Pero ese día, suspendida entre la sangre y el tormento, había llegado la fiesta de la justa, el torneo celebrado en honor a los esponsales de Braccio Martelli, buen amigo de Lorenzo; un evento que había costado la fortuna de diez mil florines, que lavarían temores y resentimientos al menos por algún tiempo.

Lorenzo miró ante sí: vio la barrera de madera que corría hasta el lado opuesto de la plaza. Y al fondo, encerrado en su armadura de placas metálicas, Pier Soderini. La estrecha celada pareció aún más amenazante con la visera ya caída. El brazo se inclinó para sostener la larga lanza de madera de fresno.

La multitud rugía ahora; las voces sonaban ensordecedoras en el embudo de la plaza Santa Croce.

Lorenzo comprobó una última vez su escudo. Vio, reflejados en un charco, los colores de los Médici que adornaban la gualdrapa de su corcel: los cinco roeles rojos, y un sexto en lo alto con el lirio, concesión del rey de Francia como símbolo de nobleza. Campaban amenazadores como un estandarte infernal.

Toda aquella responsabilidad y aquella espera lo estaban haciendo enloquecer.

Se encajó la visera mientras el mundo frente a él se transformaba en una línea gélida. Puso lanza en ristre y picó espuelas.

Sin dilación, su caballo partió más veloz que un vendaval y se arrojó como una marea palpitante y viva contra Pier Soderini.

Lorenzo sentía los poderosos músculos del caballo agitarse, la gualdrapa salpicada de barro sacudiéndose en el aire. Apuntó con la lanza. Soderini apenas acababa de salir cuando él ya había recorrido casi la mitad de la distancia. Levantó el escudo para protegerse mejor y cruzó la larga lanza de madera de fresno esperando dar en el blanco.

La multitud contenía el aliento.

Desde el palco de madera, Lucrecia clavaba sus ojos en Lorenzo. No tenía miedo; solo quería grabar en su mente ese momento. Sabía cuánto se había preparado su amado para aquel torneo y conocía su extraordinario valor. Lo había demostrado ya. Y aunque se había prometido a Clarice Orsini, la noble dama romana que su madre había elegido para él, aquel día no le importaba en absoluto. No se preocupaba tampoco de esconder su pasión por él.

Como tampoco se preocupaban ni Florencia ni su gente, que miraban a la pareja de amantes con indulgencia, si no con alegría, porque no podían soportar que el hombre designado para dirigir el señorío, con la complicidad de su madre hubiera elegido como esposa a una romana, aunque fuera de noble linaje.

Pero ese día no había tiempo para perderse en tales argumentos. Las fosas nasales de los caballos desprendían vapor azul en el aire helado, las placas de acero templado de las armaduras resplandecían, banderines y banderas se agitaban en un derroche de color.

Y, finalmente, llegó el impacto.

Fue un fragor de trueno, una embestida de madera y acero. La lanza de Lorenzo halló una fisura invisible en la guardia de Pier Soderini y lo golpeó en la placa pectoral de la coraza. La lanza de fresno se hizo pedazos y, por efecto del golpe, Soderini se vio lanzado hacia atrás y arrancado de la silla de montar.

Aterrizó con gran estruendo en la plaza mientras Lorenzo proseguía su carrera. Folgore galopó indómito para luego detenerse en el límite de su trayectoria, encabritándose y agitando las patas en una tempestad de bufidos.

Cuando Lorenzo llegó al final del recorrido, la gente estalló en un grito de estupor con un instante de retraso, como si Folgore les hubiera robado tiempo a todos gracias a su proverbial velocidad. Inmediatamente después, la multitud rugió de entusiasmo y lanzó gritos de júbilo. Los partidarios de Médici chillaron hasta partirse la garganta, los hombres le dedicaron un atronador aplauso y las mujeres se deshicieron en sonrisas y suspiros.

Lorenzo todavía no daba crédito. No se había dado cuenta de lo que había ocurrido, puesto que todo había sucedido con tal rapidez que los había tomado por sorpresa a todos, y a él el primero.

Asistentes y escuderos se estaban ya apresurando a prestar los primeros auxilios a Pier Soderini, quien, por otro lado, debía de hallarse aún entero, puesto que se estaba poniendo en pie. Se había quitado el casco y, con el rostro colorado, meneaba la cabeza, un poco por incomodidad y otro tanto por incredulidad.

¡Lo había golpeado de lleno!

Lucrecia se llevó al pecho la mano y su hermoso rostro se iluminó con una sonrisa resplandeciente.

Lorenzo se quitó el yelmo y los guantes de hierro. Tocó casi instintivamente el echarpe. Sintió el perfume de ella, embriagador y ligero, y, sin embargo, lleno de promesas.

Sentía hacia aquella mujer un amor ardiente, una pasión que intentaba expresar a través de torpes sonetos. Muchos juzgaban que aquellas composiciones eran magníficas, pero él sabía que ni todas las palabras del mundo serían capaces de hacer justicia a lo que albergaba su pecho.

Se sentía tan vivo... Cuando los ojos de Lucrecia se posaron en él, le pareció que lo bendecían aquellas largas pestañas de color ónice y aquellos iris que parecían querer atrapar la sombra. No había nada más hermoso. Nada de lo que él tuviera memoria.

La gente pareció captar aquel sutil juego de miradas y gestos y estalló en un segundo aplauso todavía más abrumador que el primero.

Florencia lo amaba. Y también Lucrecia. Ella no le dedicó más que un instante, pero Lorenzo se sumergió en aquel suspiro de infinito que era su mirada, y comprendió. Comprendió que la amaría solamente a ella y que, aunque su madre ya hubiera elegido para él a una esposa romana, una dama noble que garantizaría alianzas y acuerdos útiles para la familia, él guardaría su corazón para una sola mujer: Lucrecia.

Mientras estaba absorto en tales pensamientos, el heraldo comunicó el resultado de la batalla.

Con aquel éxito, obtenido de manera tan evidente, Lorenzo era proclamado vencedor del torneo. Nobles amigos y dignatarios parecían no esperar otra cosa. Braccio Martelli fue el primero en saltar del palco y felicitarlo. Corrió hasta el lugar en que los escuderos lo ayudaban a bajar del caballo y le retiraban el peto y los quijotes, preparándolo para recoger el aplauso que la multitud le otorgaba.

Braccio estaba tan contento que empezó a cantar su nombre.

La multitud respondió.

Giuliano, el menor de los dos Médici, sonreía desde la tribu

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