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UN VERANO EN EL PARAíSO

Miranda Beverly-Whittemore

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Fragmento

ÍNDICE

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Febrero

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Junio

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Julio

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Recibe antes que nadie historias como ésta

Agosto

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Junio

Capítulo 60

Agradecimientos

Notas de la traductora

Sobre la autora

Créditos

 

 

 

 

Para Ba y Fa, con quienes compartí la tierra,

y para Q, que me dio el mundo

 

 

 

Febrero

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CAPÍTULO 1

 

La compañera de habitación

 

 

 

Antes de que me odiara, antes de que me amara, Genevra Katherine Winslow ignoraba mi existencia. Es una exageración, claro está, porque, teniendo en cuenta que en febrero el departamento de alojamiento estudiantil nos había pedido que compartiésemos durante casi seis meses una habitación minúscula en la que nos asábamos de calor, no le quedó más remedio que colegir que yo era un ente físico (aunque solo fuese porque me entraba tos cada vez que ella se fumaba uno de sus Kool en la litera de arriba). Aun así, hasta el día en que me pidió que la acompañase a Winloch, estaba acostumbrada a que Ev me mirase como miraría a una poltrona con una tapicería espantosa, es decir: como algo que la estorbaba y que solo utilizaba cuando era absolutamente necesario, pero que sin duda no estaba ahí porque la hubiese elegido ella personalmente.

Aquel invierno hacía un frío como yo nunca había imaginado, por mucho que la alumna de Minnesota del fondo del pasillo comentase que eso no era nada. Allá en Oregón la nieve era una bendición: dos días de suaves copos blancos ganados a pulso después de soportar meses de cielos grises y lluvias. Pero el viento que rizaba las aguas del Hudson a su paso por la ciudad soplaba con tal vehemencia que a mí se me helaba hasta el tuétano. Cada mañana me quedaba acurrucada debajo del edredón sin saber cómo me las iba a ingeniar para llegar a la clase de Latín de las nueve en punto. Las nubes derramaban su blancura infinita y Ev se quedaba durmiendo hasta tarde.

Se levantó tarde todos los días del curso excepto la primera mañana que amaneció bajo cero. Yo estaba poniéndome las katiuskas de finísima goma que mi madre me había comprado en una Value Village. Me miró pestañeando y, sin decir palabra, se bajó de la litera, abrió nuestro armario ropero y dejó delante de mis pies su flamante par de botas de una marca de venta por catálogo, bicolores con forro de zalea.

—Cógelas —ordenó, meciéndose ante mí con su camisón de seda. ¿Cómo me tomé yo ese ofrecimiento insólitamente generoso? Toqué la piel de una de las botas: era tan increíblemente suave como parecía—. En serio. —Volvió a subirse a su cama—. Si piensas que voy a salir con eso, con esas botas, estás loca.

Su gesto de generosidad, así como el convencimiento de que las botas hay que domarlas a fuerza de usarlas, me hizo cobrar bríos; a ello se sumó el azuzamiento que a diario me provocaba el terror (el mismo que alienta a los campesinos a hacer acopio de alimentos) de pensar que a buen seguro de un momento a otro se darían cuenta de que ese no era mi sitio y me mandarían a casita, y de ese modo obligué a mi cuerpo aterido a cruzar el patio de la residencia. En medio de la lluvia helada, del granizo y de la nieve, perseveré. Mis piernas rechonchas y mi peso descomunal atinaban a plantarme en mitad de todos los hoyos llenos de nieve que me podía encontrar. Pestañeando, dirigí la mirada hacia la ventana de nuestro cuarto, donde se veía la silueta de Ev, esbelta, aturdida, fumando, y di gracias a los dioses por que no mirase hacia abajo.

 

 

Ev tenía un abrigo de pelo de camello, tomaba absenta en clubes alternativos de Manhattan y bailaba desnuda en lo alto de Main Gate porque alguien la había retado a hacerlo. Había cumplido la mayoría de edad en un internado y haciendo un programa de desintoxicación. Sus amigas, que siempre llevaban los labios pintados, pasaban por nuestra sofocante habitación compartida con la promesa de algo mejor; mi forma de socializar consistía en sentarme a leer Jane Eyre hecha un ovillo, después de tener que interrumpir la sesión de estudio por cortesía de las compañeras de residencia. Había semanas en que no la veía ni una sola vez. Las contadas ocasiones en que las inclemencias del tiempo le saboteaban los planes, dedicaba el rato a instruirme sobre la vida: (1) bebe alcohol destilado solo en fiestas, porque engorda (fruncía los labios cada vez que decía esa palabra delante de mí, pero no se privaba de decirla, de todos modos) y (2) cierra los ojos si alguna vez te toca meterte un pene en la boca.

«No esperes que tu compañera de habitación sea tu mejor amiga». Había sido el consejo que me había dado mi madre justo antes de coger el avión rumbo al este, en agosto, y me lo había dicho con el tono osado que solo empleaba conmigo. En ese momento, mientras observaba al empleado de Seguridad Aeroportuaria ojeando mis bragas antilujuria y mientras mi madre me decía adiós agitando la mano como una histérica, coloqué aquel comentario en la categoría de Insultante. Sabía perfectamente que a mis padres les daría igual si no me iba bien en la universidad y tenía que volver para dedicar mi vida a limpiarle la ropa a la gente. Era el sino que según ellos (o según mi padre, al menos) yo misma me había granjeado hacía solamente seis años. Pero a principios de febrero entendí lo que de verdad había querido decir mi madre: que se supone que las estudiantes becadas no deben meterse en la cama cerca de las herederas de América, porque eso despierta apetitos insaciables.

Ya faltaba poco para el final de curso y no tenía dudas de que Ev y yo habíamos establecido claramente nuestros respectivos roles: ella me soportaba y yo fingía desdeñar todo lo que ella simbolizaba. Por eso, recibir aquella primera semana de febrero en mi casillero del campus un sobre de gruesa y suave cartulina de color marfil, con mi nombre escrito a mano con tinta china en su inmaculada superficie mate, me dejó impactada. El sobre contenía una invitación a la recepción que ofrecería la rectora de la universidad en honor del decimoctavo cumpleaños de Ev, que tendría lugar en el museo de pintura del campus a finales de mes. Al parecer, Genevra Katherine Winslow iba a donar un Degas.

Cualquier testigo que me hubiese visto meterme a toda prisa el sobre en el bolsillo de la parka, sin haber salido aún de la ruidosa sala de correo, habría pensado que la llamativa decadencia de aquel sobre le producía sonrojo a la pobrecita y humilde Mabel Dagmar. Pero todo lo contrario: lo que yo quería era guardarme para mí la dulce sensación de exclusividad que me había producido la invitación, por temor a que se tratase de algún error o a que hubiese un sobre igual en todos los demás casilleros. La cartulina del sobre, fabricada dejando unos delicados grumos, me mantuvo la mano calentita el día entero. De vuelta en la habitación, me aseguré de dejar bien a la vista el sobre en mi mesa, donde a Ev le gustaba tener su cenicero, justo debajo de la única foto que había puesto ella en nuestra habitación: una foto de unas sesenta personas (jóvenes y viejos, todos tan guapos y tan rubios naturales como Ev, y todos vestidos de blanco de la cabeza a los pies), posando delante de una espléndida casa de campo. Aunque las prendas de vestir blancas de los Winslow eran de estilo informal, no era el estilo desenfadado que se gastaba en mi familia (camisetas de Disneylandia, barrigoncios, latas de Heineken). Los parientes de Ev eran gente esbelta, bronceada, sonriente. Camisas con cuello, impolutos vestidos de algodón bien planchados, y las niñas con calcetines calados y trenzas de raíz. Me sentía agradecida por que hubiese puesto la fotografía en mi mesa; disponía de infinidad de tiempo para analizarla y admirarla.

Pasaron tres días sin que se fijara en el sobre. Estaba fumando en la cama de arriba de la litera (mientras la habitación se llenaba de una bruma acre, yo, encorvada justo debajo de ella, con mis tareas de Cálculo, iba dando chupadas a mi inhalador), cuando de pronto soltó un gruñido en señal de reconocimiento, bajó de un salto hasta el suelo y cogió la invitación.

—¿No irás a ir, verdad? —preguntó, girándose con ella en la mano. Pareció que la horrorizaba la posibilidad de que yo asistiera. Había puesto sus labios de pitiminí en una mueca curva hacia abajo, prima lejana de fea; pero es que de verdad incluso cuando expresaba desdén, aun despeinada y sin arreglar, Ev era de una belleza digna de contemplar.

—He pensado que igual sí —respondí yo, dócil, sin dejar entrever la mezcla de pavor y éxtasis que me causaba el no saber qué me pondría para un evento semejante, y menos aún cómo me las arreglaría para hacer algo atractivo con mi pelo lacio.

Sus dedos largos lanzaron el sobre para devolverlo a mi mesa.

—Va a ser un horror. Como mis padres están enfadados porque no voy a donarlo al Met, no me dejan invitar a ninguno de mis amigos, por supuesto.

—Por supuesto. —Intenté que no se me notara que aquello me había dolido.

—No quería decir eso —replicó rápidamente, y se dejó caer con todo su peso en mi silla de escritorio, tras lo cual señaló con su dedo de porcelana en dirección al techo y miró ceñuda la grieta de la escayola.

—¿No has sido tú quien me ha invitado? —me atreví a preguntar.

—No. —Se rio como una boba, como si mi equivocación hubiese sido un pecado adorable—. Mi madre siempre invita a las compañeras de habitación. Se supone que así la cosa tiene un toque más… democrático. —Vio la cara que se me ponía y añadió—: Si no quiero ir ni yo, no hay ninguna razón para que vayas tú. —Alargó el brazo para coger su cepillo Mason Pearson y se lo pasó por la cabellera. Mientras se peinaba, haciendo resplandecer sus cabellos dorados, las cerdas de jabalí producían un sonido denso, grave.

—No iré —me avine. La decepción que teñía mi voz me delató. Volví a mis tareas de Matemáticas. Era mejor no ir, me habría puesto en ridículo. Pero entonces Ev ya me miraba, y en ese momento estuvo mirándome hasta que no pude soportar más tiempo su mirada clavada en mí, en mi cara—. ¿Qué? —pregunté, poniéndola a prueba con una carga de irritación (no excesiva; en el fondo no podía culparla por no quererme en un evento tan elegante).

—Tú sabes de pintura, ¿verdad? —preguntó, y la repentina dulzura de su voz me sacó de mi cerrazón—. Vas a hacer Historia del Arte, ¿no?

Aquello me sorprendió. Ignoraba que Ev tuviese alguna noción sobre mis intereses. Y aunque, a decir verdad, había renunciado a la idea de licenciarme en Historia del Arte (demasiadas horas cogiendo apuntes en aulas oscuras, además de que no me iba mucho el memorizar y que estaba enamorándome de tipos como Shakespeare y Milton), comprendí claramente que mi interés por la pintura sería mi billete de entrada.

—Eso creo.

Ev sonrió con una sonrisa deslumbrante, un respiro entre nubarrones de tormenta.

—Te haremos un vestido —dijo, dando palmas—. Estás guapa de azul.

Se había dado cuenta.

CAPÍTULO 2

 

La fiesta

 

 

 

Tres semanas después me encontraba en la vítrea sala principal del museo de arte del campus, con un vestido de seda de color verde mar, hábilmente drapeado y cosido de tal modo que mi cuerpo aparentaba pesar casi diez kilos menos. Junto a mí estaba Ev, enfundada en una columna de shantung de color champán. Parecía una princesa y, como princesa, quedaba excluida del sometimiento a las normas: saltándonos la ley, sosteníamos sendas copas de vino llenas a rebosar y nadie, ni los mandamases de la universidad ni los profesores ni los doctorandos de Historia del Arte que desfilaban delante de nosotras, nadie pestañeó mientras nosotras nos bebíamos el vino a sorbitos. En la otra punta de la sala una violinista arrancaba una lastimera melodía a su instrumento. La rectora (una decana de manual: con el pelo en forma de casco gris y una sonrisa ducha en el arte de recaudar cuartos institucionales) pululaba cerca de nosotras. Para librarse de su atención, Ev me la presentó. Aunque yo me sentí halagada ante el interés de la rectora por mis estudios («Estoy segura de que podremos meterte en ese seminario de nivel avanzado sobre Milton»), ansiaba verme lejos de ella para poder estar más tiempo a solas con Ev.

Ev me susurraba al oído el nombre de cada invitado, muy pegados los labios a mi oreja (aún hoy ignoro cómo conseguía saber quién era quién, salvo porque había sido adiestrada para ello) y comprendí que de alguna manera, inexplicablemente, yo había acabado siendo la invitada de honor. Puede que Ev cautivase a cada uno de los asistentes al acto, pero a quien hizo sus comentarios más personales fue a mí («Profesor adjunto Oakley —se ha acostado con todo el mundo—»; «Amanda Wyn —trastorno alimenticio grave—»). Tomándolo en conjunto, no podía entender por qué rechazaba todo aquello: el Degas (una bailarina inclinada con unas zapatillas de puntas, en el borde de un escenario), personas adultas prodigando lisonjas, la celebración de su cumpleaños y de la tradición. Mientras que ella insistía en que estaba deseando que la velada terminase, yo lo absorbía todo con avidez, sabiendo perfectamente que al día siguiente estaría de nuevo avanzando torpemente en medio del agua nieve, con las botas de invierno de ella, y rezando para que llegase el cheque de mi ayuda económica para poder comprarme unos mitones.

Las puertas del salón principal se abrieron y la rectora acudió rauda a recibir a los últimos invitados, avanzando entre la multitud, que quedó dividida en dos. Mi cortísima estatura nunca me ha dado ventaja, así que me estiré todo lo que pude para alcanzar a ver quién había llegado (¿una estrella de cine?, ¿un artista influyente?; solo alguien importante podría haber desatado semejante reacción en aquel grupo de personas del mundo académico).

—¿Quién es? —susurré yo, puesta de puntillas.

Ev apuró su segundo gin tonic.

—Mis padres.

Birch y Tilde Winslow eran las personas más glamurosas que había visto en mi vida: deslumbrantes, rutilantes y obviamente hechos de una pasta diferente de la mía.

Tilde era joven, o al menos más joven que mi madre. Tenía el mismo cuello de cisne que Ev, rematado con un rostro de rasgos más angulosos, menos exquisito; pero que nadie se confunda, Tilde Winslow era una belleza. Estaba flaca, demasiado flaca, y aunque reconocí en ella las señales de años contando calorías, debo admitir que me admiró lo que la privación había hecho por ella, como marcarle los bíceps o definirle la línea de la mandíbula. Sus pómulos le cruzaban la cara como dos cuchillas. Llevaba un vestido de seda dupioni color esmeralda, ceñido a la altura de la cintura con un broche de zafiro del tamaño de la mano de un niño. Su melena rubio platino estaba recogida en un moño.

Birch era mayor que ella (le sacaba a Tilde unos veinte años) y tenía esa panza imposible de eliminar de los septuagenarios. Pero el resto de su fisonomía era magra. Su rostro no tenía aspecto abuelil, en absoluto; era un rostro apuesto, juvenil, con unos ojos cristalinos de color azul como dos joyas engarzadas entre pestañas negras y largas, que Ev había heredado de esa parte de la familia. Tilde y él fueron avanzando hacia nosotras, despacio pero con paso decidido. Él iba estrechando manos a diestro y siniestro como un político, repartiendo comentarios socarrones y ocurrencias que despertaban el alborozo entre la multitud. A su lado, Tilde era justo el polo opuesto: esbozó apenas una sonrisa y, cuando finalmente llegaron hasta nosotras, me miró de hito en hito como si fuese un caballo percherón que hubiesen traído para arar la tierra.

—Genevra —la saludó, en tono neutro, una vez hubo comprobado que yo no tenía nada que ofrecer.

—Mamá. —Percibí tensión en la voz de Ev, que se disipó tan pronto como su padre le rodeó los hombros con un brazo.

—Felicidades, pecas —le susurró al oído perfecto, y le dio un toquecito suave en la nariz. Ev se ruborizó—. ¿Y esta —preguntó, tendiéndome la mano— quién es?

—Es Mabel.

—¡La compañera! —exclamó—. Señorita Dagmar, mucho gusto. —Se tragó esa espantosa «g» del centro de mi apellido y lo terminó con una floritura, alargando lo justo la erre. Por una vez, mi apellido sonó delicado. Me besó la mano.

Tilde esbozó una leve sonrisa.

—Tal vez puedas contarnos, Mabel, dónde estuvo nuestra hija en las vacaciones de Navidad. —Tenía una voz atiplada, fina, con un leve deje; resultaba imposible distinguir si se debía al pedigrí o se trataba de un acento extranjero.

El semblante de Ev reflejó un pánico pasajero.

—Estuvo conmigo —respondí yo.

—¿Contigo? —preguntó Tilde como si la inundase una sincera hilaridad—. ¿Y qué estaba haciendo contigo, si puede saberse?

—Fuimos a Baltimore a visitar a una tía mía.

—¡A Baltimore! Esto va mejorando por momentos.

—Fue precioso, mamá. Ya os dije que estaba en buenas manos.

Tilde levantó una ceja y nos lanzó una mirada a las dos, tras lo cual se volvió hacia la conservadora del museo, a su lado, y le preguntó si los Rodin estaban expuestos. Ev puso una mano en uno de mis hombros y me dio un ligero apretón.

No tenía ni idea de dónde había estado Ev en las vacaciones de Navidad. Conmigo no, desde luego. Pero no había mentido del todo: yo sí había estado en Baltimore, obligada a aguantar la compañía de mi tía Jeanne la única y penosa semana durante la cual la residencia universitaria había echado el cierre. Ir a casa de mi tía Jeanne cuando tenía doce años, la única aventura que mi madre y yo habíamos vivido juntas (un viaje relámpago de cinco días a la Costa Este), había representado el súmmum de mi existencia preadolescente. Aunque lo recordaba todo como una nebulosa turbia, pues correspondía a la época de «Antes de que todo cambiase», eran unos recuerdos alegres. La tía Jeanne me había parecido una mujer con un halo de glamur, el contrapunto despreocupado de mi densa y cumplidora madre. Habíamos tomado cangrejos de Maryland y habíamos ido a tomar copas de helado a una cafetería.

Pero, o bien mi tía Jeanne había cambiado, o bien mi mirada se había matizado considerablemente con los años que habían transcurrido. El caso fue que aquel primer diciembre en la universidad descubrí que antes me pegaría un tiro en la cabeza que convertirme en ella. Vivía en un piso frío, húmedo, infestado de gatos, y cuando le propuse ir al Smithsonian me miró atónita. Cenaba en el sofá, delante del televisor, y se quedaba frita mientras veía el canal de televenta a medianoche. Mientras Tilde se alejaba de nosotras, recordé con horror la promesa que me había arrancado mi tía al término de mi estancia (le bastó con invocar el nombre de mi abandonada madre): dos semanas interminables en mayo antes de regresar a Oregón. Me atreví a soñar que Ev vendría conmigo. Ella sería la clave para sobrevivir a El precio justo y al cosquilleo del pelo de gato en el fondo del paladar.

—Mabel va a hacer Historia del Arte. —Ev me empujó suavemente hacia su padre—. Le encanta el Degas.

—¿No me digas? —replicó Birch—. Puedes acercarte más, ¿eh? Sigue siendo nuestro.

Miré el lienzo, perfectamente iluminado, montado en un sencillo caballete. Solo me separaban de él unos palmos, pero habrían podido ser kilómetros.

—Gracias —dije yo, rehusando educadamente.

—Conque vas para Historia del Arte, ¿eh?

—Creía que querías estudiar Filología Inglesa —interrumpió la rectora, que había aparecido repentinamente a mi lado.

Me puse como un tomate, con toda la luz en la cara, y me sentí como si me hubiesen pillado mintiendo.

—Oh —balbucí—, las dos carreras me gustan…, es verdad…, y, vaya, estoy en primero nada más y…

—Bueno, a la literatura no se le puede quitar el arte, ¿verdad que no? —me interrumpió Birch amigablemente, y abrió el círculo a un puñado de admiradores de Ev. Apretó el hombro de su hija—. Cuando esta mocita tenía apenas cinco años, nos llevamos a los críos a Florencia y ella no podía dejar de mirar la cabeza de la Medusa en el palacio de los Uffizi. ¡Y Judith y Holofernes! A los niños les encantan ese tipo de fábulas horripilantes. —Todo el mundo rio. Yo volvía a ser invisible. Birch cruzó su mirada con la mía durante una milésima de segundo y me guiñó un ojo. Sentí que me ruborizaba, agradecida.

Tras el brindis de bienvenida de la rectora y tras los canapés y las magdalenas de cumpleaños con un glaseado del mismo color que mi vestido y después de que Ev dijese unas palabras acerca de cómo la escuela universitaria había conseguido hacer que se sintiera como en casa y de que esperaba que el Degas viviese muchos años feliz en el museo, Birch alzó una copa, atrayendo la atención de todos los congregados.

—Ha sido tradición de los Winslow —empezó a decir, como si todos formásemos parte de su familia— donar, cada vez que uno de los hijos cumplía dieciocho años, un cuadro a una institución de su elección. Mis hijos varones escogieron el Metropolitan. Mi hija ha elegido una escuela superior que antiguamente fue colegio universitario femenino. —La frase fue recibida con una carcajada general. Birch inclinó su copa en dirección a la rectora, en un gesto de disculpa retórica. Carraspeó mientras una sonrisa sardónica se borraba de sus labios—. Quizá esta tradición se deba a la voluntad de proporcionar a cada hijo una pingüe deducción de cara a su primera declaración de la renta —una vez más, la frase fue recibida con una carcajada—, pero su espíritu verdadero reside en el deseo de enseñar, en la práctica, que nunca poseemos verdaderamente las cosas que importan. La tierra, el arte e, incluso, por mucho que nos parta el corazón separarnos de ella, una gran obra de arte. Los Winslow son ejemplo vivo de filantropía. Fila, amor. Anthro, hombre. El amor al hombre, el amor a los demás. —Diciendo esto, se volvió hacia Ev y levantó su copa de champán—. Te queremos, Ev. Recuérdalo: no damos porque podemos, sino porque debemos.

CAPÍTULO 3

 

La invitación

 

 

 

Demasiado champán y pocos canapés, y una hora después el salón, donde reinaba un calor sofocante, daba vueltas a mi alrededor. Necesitaba aire, agua, lo que fuera, o de lo contrario estaba segura de que me explotarían los tobillos, que, bajo el peso de mi cuerpo, asomaban por el borde de los tacones que Ev había insistido en prestarme. «Enseguida vuelvo», susurré, mientras ella escuchaba, asintiendo en silencio, el relato de uno de los administradores de la universidad sobre un fallido viaje a Cancún. Me fui dando tumbos por la larga pasarela acristalada que comunicaba con el ala gótica del museo. En el baño, me eché agua templada en la cara. Recordé entonces que llevaba maquillaje. Pero fue demasiado tarde, el agua ya había hecho estragos: carmín corrido, ojos de mapache. Saqué un puñado de toallas de papel y me froté el cutis, y aunque acabé con cara de haber estado durmiendo en un banco del parque, al menos no llegaba a ser cara de loca de atar. De todos modos, daba igual, porque nos íbamos ya a la residencia. A lo mejor pedíamos unas pizzas.

Hice el camino de vuelta al salón, convertida en una mujer nueva por la promesa del pepperoni en pijama. Me llevé una sorpresa al descubrir que la gran sala estaba ya desierta, salvo por la violinista, que estaba guardando el violín en su estuche, y los camareros, desmontando las mesas plegables, ya sin los manteles. Ev, la rectora, Birch, Tilde: todos se habían ido.

—Disculpe —dije a uno de los camareros—, ¿ha visto adónde han ido?

El arete de su ceja reflejó con un destello la luz cuando el tipo enarcó las cejas con un gesto de indiferencia que reconocí de los tiempos en que yo misma me quedaba trabajando en la tintorería hasta las tantas de la noche. Me dirigí a los lavabos de señoras y me asomé a mirar por debajo de las puertas. Los ojos empezaron a escocerme de congoja, pero combatí las lágrimas. Era absurdo. Seguramente Ev se había ido a la residencia a buscarme.

—Cielos, querida —exclamó en tono de reprobación la conservadora cuando me pilló allí dentro—. El museo ha cerrado ya. —Si Ev hubiese estado a mi lado, no lo habría dicho y yo no me habría apresurado a marcharme. Descolgué mi abrigo de una de las perchas metálicas del vestíbulo, donde aguardaba solitario, y me zambullí en el frío de la calle.

Desde las puertas dobles alcancé a ver a Ev y a su madre, que estaban de espaldas a mí.

—¡Ev! —la llamé. Ella no se volvió. El viento se había llevado mis palabras, lo más seguro. Así pues, me acerqué a ellas, concentrando la atención en mis pasos para no torcerme un tobillo—. Ev —dije cuando estuve más cerca—. Al fin te encuentro. Estaba buscándote.

Tilde levantó la cabeza bruscamente al oír mi voz como si yo fuese un jején.

—Oye, Ev —dije yo con cautela. Ella no respondió. Estiré la mano para tocarle la manga.

—Ahora no —replicó entre dientes.

—Pensé que podíamos…

—¿Qué parte de «Ahora no» no has entendido? —Se volvió hacia mí con expresión iracunda.

Yo sabía muy bien lo que era que te mandaran a paseo. Y conocía lo suficiente de Ev para saber que había pasado gran parte de su vida mandando a paseo a personas. Pero después de la velada que habíamos compartido (después de que yo hubiese mentido por ella, y de que ella finalmente se hubiese comportado como amiga mía), me pareció tan incongruente que me quedé helada, mientras Tilde se llevaba a Ev al Lexus en el que Birch acababa de acercarse.

Esa noche no vino a la residencia. Pero no pasaba nada. Era hasta normal. Me había pasado meses viviendo con Ev sin esperar nada de ella, así fuera amistad o lealtad. Sin embargo, al día siguiente su rechazo me reconcomía, me roía por dentro, igual que los zapatos de tacón que me había prestado y que me habían hecho unas ampollas que tendría que haber previsto para tratar de evitarlas.

A pesar de enfundarme sus botas, que me levantaban la curva de la planta de los pies; a pesar de permitirme desear, a cada paso que daba, que la escena desagradable de la noche anterior hubiese sido una anomalía, el día resultó peor. Seis clases, cinco controles, cuatro trabajos que contarían para los parciales del trimestre, la mochila que pesaba casi quince kilos, molestias iniciales de dolor de garganta, pantalones calados por la nieve derretida y una soledad creciente, vacía, dentro de mí. Anochecía y yo iba por el pasillo de nuestra planta, andando pesadamente, cuando me llegó el delator olor a tabaco que se escapaba por debajo de la puerta de nuestra habitación y recordé el brusco comentario de la encargada (que si volvía a ocurrir, estaría en su derecho de ponernos una multa de cincuenta pavos), y me permití enfadarme. Ev había vuelto, ¿y qué? Yo era asmática. No podía sobrevivir en una habitación llena de humo, estaba intentando ahogarme, literalmente. La única ventaja de mi medicación contra el asma (tener una justificación para mi sobrepeso) no me serviría de nada si terminaba muriendo.

Apreté los dientes y me dije que tenía que ser fuerte, que no necesitaba las dichosas botas. Podía escribir a mi padre para pedirle unas (¿por qué no lo había hecho ya?). No tenía ninguna necesidad de que zanganease en mi habitación una esnob supermodelo donante de lienzos de Degas, que se dedicaba a recordarme que era un cero a la izquierda. Así el picaporte y me preparé para decirlo como Ev lo habría dicho: «Joder, Ev, ¿te puedes ir a fumar a otra parte?». (Lo diría en tono de indiferencia, como si mi objeción fuese de índole filosófica y no una expresión de pobre). E irrumpí en la habitación como una furia.

Normalmente fumaba cerca de la ventana, sentada encima de su escritorio, con el pitillo colgando de la comisura de los labios, o sentada en la cama de arriba, con las piernas cruzadas, echando la ceniza dentro de una botella de refresco vacía. Pero no estaba allí esta vez. Al soltar la mochila, imaginé con funesto regocijo que se había dejado encima de la cama un cigarrillo sin apagar antes de salir hacia algún destino glamuroso (el Russian Tea Room, o un ático en Tribeca). Que la residencia entera estaba abocada a ser pasto de las llamas y yo con ella. Así no le quedaría más remedio que acordarse de mí para siempre.

Entonces oí algo: el sonido de alguien sorbiéndose la nariz. Miré la cama alta de la litera con los ojos entornados. El cobertor temblaba.

—¿Ev?

Sonidos de un llanto en voz baja.

Me acerqué. Aunque yo seguía con los vaqueros empapados, la situación me resultaba electrizante.

Me quedé en ese ángulo incómodo, con el cuello estirado a más no poder. Ev estaba realmente hecha polvo. No sabía qué hacer, cuando de pronto su voz comenzó a transformarse en un llanto gutural incontenible.

—¿Te encuentras bien? —pregunté.

No esperaba que fuese a responderme. Y, desde luego, no fue mi intención apoyar mi mano en su espalda. Si hubiese estado pensando con claridad, jamás habría osado hacerlo: mi ira era demasiado altiva; el gesto, demasiado íntimo. Pero mi pequeño gesto de contacto suscitó una reacción inesperada. En primer lugar, la hizo llorar con mayor intensidad. A continuación, hizo que se volviese, de tal manera que su rostro y el mío quedaron mucho más cerca que nunca uno del otro y yo pude ver hasta el último milímetro de sus anegados ojos de color azul Tiffany, sus mejillas sonrosadas empapadas de lágrimas, sus crasos cabellos rubios, lacios por primera vez desde que la conocía. Los labios le temblaron, balbuceantes, y no pude evitar poner mi mano sobre su sien caliente. Vista tan de cerca, parecía mucho más humana.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté cuando se serenó finalmente.

Por un instante pareció que iba a echarse a llorar de nuevo. Pero sacó otro pitillo y lo encendió.

—Mi primo —dijo, como si con eso lo hubiese explicado todo.

—¿Cómo se llama tu primo? —Pensé que no podría soportar no saber qué era lo que le estaba partiendo el corazón a Ev.

—Jackson —susurró ella, y la boca se le curvó hacia abajo—. Es militar. Era —se corrigió, y las lágrimas volvieron a derramársele.

—¿Le han matado?

Ella negó con la cabeza.

—Regresó este verano. O sea, se portaba un poco raro y esas cosas, pero no pensé que… —Y entonces lloró. Lloró con tal congoja que yo me quité la parka y los vaqueros y me metí en la cama a su lado y abracé con fuerza su cuerpo tembloroso—. Se pegó un tiro. En la boca. Hace una semana —dijo finalmente, como una eternidad después, cuando estábamos tumbadas una junto a otra debajo de su colcha de lana de cachemir de cuatro hebras de grosor, mirando las grietas del techo como si no tuviésemos otra cosa que hacer en la vida. Fue un alivio escuchar por fin lo que había pasado; había empezado a preguntarme si el primo aquel habría entrado en la estafeta de correos y se habría liado a pegar tiros.

—¿Hace una semana? —inquirí.

Ella se volvió hacia mí, de manera que su frente y la mía se tocaron.

—Mi madre no me lo dijo hasta ayer por la noche. Después de la recepción. —La nariz y los ojos empezaron a ponérsele rosados, señal de que en breve se produciría otra tanda de lágrimas—. No quería que me llevase un disgusto y que «lo fastidiase».

—Oh, Ev —dije yo, compadeciéndome y llenándome de perdón hacia ella. Por eso me había replicado de un modo tan cortante después de la fiesta. Estaba destrozada—. ¿Cómo era Jackson? —pregunté, forzando un poco, y ella se echó a sollozar otra vez. Era chocante y delicioso estar tumbada a su lado, notar sus cabellos rubísimos contra mi mejilla, ver cómo le rodaban por el terso cutis aquellos lagrimones de tristeza. No quería que acabase. Sabía que si dejaba de hablar, la perdería de nuevo.

—Era un buen chico, ¿sabes? Por ejemplo, este verano... Una perra de su madre, Flip, iba corriendo por el camino de grava y un gilipollas de mantenimiento apareció por la curva como a ochenta por hora y la atropelló, con un ruido espantoso —se estremeció— y Jackson fue y se acercó sin más, cogió a Flip en brazos y, o sea, todo el mundo gritaba y lloraba, porque resulta que todo pasó delante de los niños pequeños, y la llevó hasta la hierba y le acarició las orejas. —Volvió a cerrar los ojos—. Y después la tapó con una manta.

Miré hacia la fotografía de la familia Winslow reunida, puesta en mi mesa, pero fue un gesto tan inútil como el de abrir la carta de un restaurante al que llevas yendo toda la vida: me sabía hasta la última de aquellas cabezas rubias, hasta la última de aquellas pantorrillas esbeltas, como si la familia de Ev fuese mi propia familia.

—Esa foto está hecha en vuestra casa de verano, ¿verdad?

Ella pronunció el nombre como si fuese la primera vez que lo decía.

—Winloch.

Noté que sus ojos miraban detenidamente el perfil de mi cara. Lo que dijo a continuación lo dijo con cuidado. Y aunque me dio un vuelco el corazón, no quise hacerme ilusiones y me dije que no volvería a oír esas palabras.

—Deberías venir.

 

 

 

Junio

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CAPÍTULO 4

 

La llamada

 

 

 

Sabían que veníamos? —pregunté cuando Ev me pasó el resto de la barrita de Kit Kat que yo había comprado en el vagón cafetería. Hacía ya un buen rato que el tren había emitido su doble pitido y se había alejado para proseguir su viaje al norte, dejándonos solas delante de unas vías vacías.

—Naturalmente. —Ev inspiró por la nariz con un rastro de duda, al tiempo que se sentaba, otra vez, encima de la maleta, bajo el saledizo de la oficina del jefe de estación. Contempló con desdén mi ejemplar naranja de El Paraíso perdido, comprobó por vigésima vez su teléfono móvil y maldijo la falta de cobertura—. Y ahora solo nos quedan seis días para la inspección.

—¿La inspección?

—De la casita.

—¿Quién va a inspeccionarla?

Por cómo pestañeó, varias veces seguidas, comprendí que mis preguntas la molestaban.

—Mi padre, por supuesto.

Intenté hablar con el tono más benévolo posible.

—Pareces preocupada.

—Pues claro que estoy preocupada —repuso mohína—, porque si no dejamos la casita como los chorros del oro en menos de una semana me quedaré sin ella en la herencia. Y luego tú te irás a tu casa y yo tendré que vivir bajo el mismo techo que mi madre.

Su boca quedó lista para gruñirme tan pronto como le diese yo una réplica, por lo que en vez de articular de viva voz todos los interrogantes que me asaltaban («¿Quieres decir que lo mismo tengo que irme a casa? ¿Quieres decir que a ti, nada menos, te va a tocar limpiar tu casa?»), dirigí la mirada hacia el otro lado de las vías del tren, hacia una maraña de carboneros que brincaban de rama en rama, y aspiré el fresco aire del norte.

 

 

Una invitación señala el comienzo de algo, pero es más un gesto que un comienzo propiamente dicho. Es como una puerta que se abre y se queda así, abierta, delante de ti, pero todavía no la cruzas. Esto lo sé ahora. Pero en aquel momento yo pensaba que todo había comenzado, y cuando digo todo, me refiero a la amistad que rápidamente prendió entre Ev y yo, que prendió como una fogata la noche que me habló de la muerte de Jackson y que siguió ardiendo a lo largo de la primavera, mientras Ev me enseñaba a bailar, me decía con quién hablar, me aconsejaba qué ropa ponerme, y yo le daba clases de química y la convencía de que no tenía más que aplicarse y dejaría de suspender. «Ella es la cerebrito», había empezado a decir en broma, cariñosamente, y a mí la frase me gustaba principalmente porque quería decir que nos veía como un dúo, cruzando juntas el patio interior de la residencia, cogidas del brazo, bebiendo vodka con tónica en fiestas fuera del campus, dejando colgados a sus amigos drogatas para ir a ver juntas una maratón de películas de Bogart. Desde el punto privilegiado que era junio, entendía que mi pertenencia a su mundo tenía su origen en aquel día de febrero en que Ev había pronunciado esas dos dulces palabras: «Deberías venir».

En el transcurso de la primavera, en cada nota escrita a mano en el dorso de algún recibo viejo de tintorería, en cada llamada misteriosa a mi habitación de la residencia, mi madre me había insinuado que debía tomarme con precaución esa generosidad recién hallada de la vida. Como de costumbre, sus advertencias me parecieron Deprimentes, Insultantes y Predecibles, como prácticamente todo lo que manaba de ella. A su modo, daba por hecho que Ev me estaba utilizando («¿Para qué?», pregunté yo, incrédula. «¿Para qué diablos iba alguien como Ev a utilizarme a mí, si se puede saber?»). Pero también di por hecho que lo dejaría estar en cuanto mi padre aceptó a regañadientes mis planes de veraneo, aunque solo fuese porque a mediados de mayo Ev había quitado de la pared la foto de Winloch, yo había guardado el grueso de mis pertenencias en una caja de madera y la había subido al desván de la residencia, en la quinta planta, y porque nada ni nadie alteraría ya mis planes estivales, tal como yo los veía.

Así pues, aquella llamada concreta que resonó en el apartamento del Upper East Side de Ev, la llamada que se produjo ese mes de junio, la noche antes de que Ev y yo cogiésemos aquel tren al norte, fue una sorpresa. Ev y yo estábamos cada una con nuestro envase de comida tailandesa a domicilio, comiendo con palillos, repantingadas en la cama antigua con dosel de su cuarto, en el que había dormido yo desde hacía dos gozosas semanas, un cuarto cuyas ventanas aislantes y cuyas cortinas de color malva resguardaban de cualquier sonido inconveniente de la ruidosa calle Setenta y Tres (un bendito contraste frente a la horrorosa cueva de solterona de mi tía Jeanne, en la que había pasado la segunda mitad de mayo, contando los días que faltaban para irme a Manhattan). A mis pies estaba mi maleta, abierta de par en par. Por toda la alfombra oriental había bolsas recias, de Prada, Burberry, Chanel. Acabábamos de hacer nuestra media hora de ejercicio en sendas cintas de correr, una junto a otra en la suite de su madre, y estábamos hablando de qué película íbamos a ver en la sala de proyecciones. Esa noche estábamos especialmente machacadas, porque habíamos salido a todo correr al Met antes de que cerrase para que Ev pudiese mostrarme las obras que había donado su familia, tal como le había prometido a su padre. Delante de los dos cuadros de Gauguin, de mismos tonos tostados ambos, lo único que se me ocurrió decir fue:

—Pues yo había entendido que tenías tres hermanos.

Ev se rio y agitó un dedo.

—Tienes razón, pero el tercero es un gilipollas que subastó su cuadro y donó lo recaudado a Amnistía Internacional. Mis padres casi lo tiran por la terraza de la azotea. —Dicha «terraza de la azotea» se encontraba en la planta octava del edificio, ocupada por completo por el apartamento de trescientos setenta metros cuadrados de los Winslow. Aunque no sabía a ciencia cierta cuánto dinero tenían los Winslow, a esas alturas había comprendido que lo que indicaba su estatus no eran los muebles de caoba ni las obras de arte de valor incalculable, sino las vistas a Central Park de las que se disfrutaba desde prácticamente todas las ventanas del apartamento: unas vistas bucólicas en pleno centro de una urbe superpoblada, algo aparentemente imposible y aun así obtenido sin el menor esfuerzo.

Podía figurarme lo lujosa que sería su finca de veraneo.

Al segundo berrido del teléfono, Ev contestó con voz cristalina: «Residencia de los Winslow», puso cara de desconcierto y al instante recobró la compostura.

—Señora Dagmar —dijo efusivamente, una forma de hablar que reservaba para los adultos—. Cuánto me alegro de oírla. —Me tendió el teléfono y luego se dejó caer en la cama y se ocultó detrás del último número de Vanity Fair.

—¿Mamá? —Me puse el aparato en la oreja.

—Naranjita dulce.

Evoqué de inmediato el aliento de mi madre con olor a pistacho. Pero todo sentimiento de añoranza quedó relegado cuando recordé cómo solían terminar esas llamadas telefónicas.

—Dice tu padre que mañana es el gran día.

—Ya.

—Naranjita dulce —repitió—. Tu padre lo ha organizado todo con el señor Winslow, y no hace falta que te recuerde que están obrando con una gran generosidad.

—Ya —respondí, notando que me erizaba. Quién sabía lo que Birch había dicho finalmente para convencer a mi renuente y hosco padre de que me permitiese perderme tres meses de trabajos forzados. Pero, fuera lo que fuera, había dado resultado. Y daba gracias al cielo. Con todo, me parecía que bordeaba el insulto dar a entender que mi padre había tenido algo que ver en «organizarlo todo» cuando apenas si lo había tolerado, y eso me recordó que mi madre siempre se ponía de su parte, incluso cuando (especialmente cuando) su cara lucía la marca rosada de su mano. Mis ojos escanearon el intrincado dibujo geométrico de la alfombra de Ev.

—¿Llevas un obsequio para la anfitriona? ¿Unas velas, quizá? ¿Unos jabones?

—Mamá.

Ev levantó la vista al oír mi réplica cortante. Sonrió y meneó la cabeza, y volvió a desconectar con la revista.

—El señor Winslow le contó a tu padre que no tienen línea en la casa.

—¿Línea?

—Hija, móvil, internet. —Parecía que estaba nerviosa—. Es una de las normas de la familia.

—Vale —repuse yo—. Escucha, tengo que…

—Así que nos escribiremos.

—Genial. Adiós, mamá.

—Aguarda. —Su voz se volvió audaz—. Tengo que decirte algo más.

Clavé la mirada, distraídamente, en un voluminoso cerrojo que había en la parte interior de la puerta del dormitorio de Ev. En las dos semanas que llevaba durmiendo en aquel cuarto, no le había dedicado gran atención. Pero ahora, al mirarlo detenidamente y ver lo recio que parecía, me pregunté, extrañada: ¿para qué narices quería una chica como Ev echar un cerrojo a alguna parte de su vida perfecta?

—¿Sí?

—No es demasiado tarde.

—¿Para qué?

—Para que cambies de idea. Nos encantaría que vinieras a casa. Lo sabes, ¿verdad?

Casi solté una carcajada. Pero entonces pensé en su pastel de carne quemado, puesto en mitad de la mesa, mondo y lirondo, sin nadie más con quien comerlo que con mi padre. Judías verdes de microondas, fláccidas, en medio de sus jugos marronáceos. Ron con Coca-Cola. No tenía sentido que le restregase mi libertad.

—Tengo que colgar.

—Una cosa más, nada más.

Todo lo que pude hacer fue no estampar el auricular en su horquilla. ¿No era cierto que había sido perfectamente afectuosa con ella? ¿Y que la había escuchado atentamente? ¿Cómo podía hacerle entender que esa conversación con ella, cargada de todo aquello de lo que estaba tratando de huir, hacía que Winloch me pareciese el paraíso, aun sin móviles ni internet?

La vi intentado dar con la manera de expresarlo, y sus exhalaciones retumbaron en el receptor mientras buscaba las palabras con las que decirlo.

—Sé dulce —dijo finalmente.

—¿Dulce? —Noté que se me hacía un nudo en la garganta. Me aparté de Ev.

—Que seas tú misma, quiero decir. Eres tan dulce, Naranjita. Es lo que le dijo el señor Winslow a papá. Que eres «una joya», dijo. Y, vaya —hizo una pausa y, a mi pesar, esperé con atención a ver qué más decía—, solo quería decirte que yo también lo creo.

¿Cómo era posible que todavía lograse que me aborreciese a mí misma tan fácilmente, que todavía pudiese recordarme que jamás podría deshacer lo que había hecho? Mi nudo en la garganta amenazó con transformarse en algo más.

—Tengo que colgar. —Colgué antes de que tuviese la oportunidad de protestar.

Pero no había logrado contener las lágrimas a tiempo. Y rodaron, calientes y enojadas, por mis mejillas contra mi voluntad.

—Las madres son unas brujas lunáticas —apuntó Ev pasados unos segundos.

Me mantuve de espaldas a ella, tratando de reunir fuerzas.

—¿Estás llorando? —Parecía impactada.

Negué con la cabeza, pero se dio cuenta de que precisamente eso era lo que estaba haciendo.

—Pobre gatita —me consoló, con voz aterciopelada de repente, y, antes de que me diese tiempo a reaccionar, me abrazó con todas sus fuerzas—. Tranquila, se pasará. Da igual lo que te haya dicho…, no tiene importancia.

Nunca había permitido que Ev me vi ...