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UNA ANTORCHA EN LAS TINIEBLAS

Sabaa Tahir

5


Fragmento

019

La esperada segunda parte de Una llama entre cenizas.

La mayoría de las personas no son más que destellos en la inmensa oscuridad del tiempo. Pero tú no eres una chispa que se consume en un instante.

Tú eres una antorcha en las tinieblas...
Si te atreves a arder

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A mi madre, a mi padre, a Mer y a Boon.

A vosotros os debo todo lo que soy

PRIMERA PARTE

HUIDA

I

Laia

«¿Cómo nos han encontrado tan deprisa?»

Detrás de mí, las catacumbas retumban con el eco de los gritos iracundos y el rechinar del metal. Al instante miro hacia las sonrientes calaveras que recubren las paredes; es como si escuchara las voces de los muertos.

«Avanza rauda y veloz si no quieres unirte a nuestras filas», parecen susurrar.

—Más deprisa, Laia —dice mi guía mientras corre delante de mí por las catacumbas, la luz reflejada en su armadura—. Los perderemos si somos rápidos. Conozco un túnel de huida que sale de la ciudad. Si llegamos hasta él, estaremos a salvo.

Oímos algo detrás de nosotros, y los pálidos ojos de mi guía miran más allá de mis hombros. Su mano, convertida en un borrón dorado, vuela hasta la empuñadura de la cimitarra que lleva cruzada a la espalda.

Un movimiento muy sencillo, pero preñado de amenaza. Un recordatorio de que no es tan solo mi guía, sino Elias Veturius, heredero de una de las familias más importantes del Imperio. Antes era un máscara, un soldado de élite del Imperio Marcial. Y ahora es mi aliado, la única persona capaz de ayudarme a liberar a mi hermano Darin de una infame cárcel marcial.

Elias se coloca a mi lado con un único paso. Con el segundo paso, ya está delante de mí, moviéndose con una elegancia que no corresponde a alguien de semejante tamaño. Juntos nos asomamos al túnel por el que acabamos de pasar. El pulso me late en los oídos. Ya ha desaparecido cualquier atisbo de la euforia que sintiera tras destruir Risco Negro y rescatar a Elias antes de su ejecución. El Imperio nos da caza. Si nos atrapa, moriremos.

El sudor me empapa la camisa, pero, a pesar del nauseabundo calor de los túneles, me recorre un escalofrío y se me eriza el vello de la nuca. Creo haber escuchado un gruñido, como el de una criatura astuta y hambrienta.

«Deprisa —me grita mi instinto—. Sal de aquí.»

—Elias —susurro, pero él me acerca un dedo a los labios para silenciarme y desenvaina uno de los seis cuchillos que lleva sujetos al pecho.

Yo saco una daga de mi cinturón e intento oír algo más que el correteo de las tarántulas de los túneles y mi propia respiración. La sensación de que alguien me observa va disminuyendo…, pero la sustituye algo peor: el olor a brea y llamas; la entonación de unas voces que se acercan.

Soldados imperiales.

Elias me toca el hombro, y apunta a sus pies y después a los míos:

—Pisa donde yo pise.

Lo imito con tanto cuidado que temo incluso respirar, y juntos nos volvemos y nos alejamos a toda prisa de las voces.

Llegamos a una bifurcación en el túnel y giramos a la derecha. Elias señala con la cabeza un agujero profundo en la pared, a la altura de los hombros, vacío salvo por un ataúd de piedra puesto de lado.

—Adentro —susurra—, hasta el fondo.

Me meto en la cripta y reprimo un escalofrío al oír el fuerte estridular de una tarántula residente. Llevo colgada a la espalda una cimitarra forjada por Darin, así que al estremecerme golpea la piedra y hace mucho ruido. «Estate quieta, Laia; da igual lo que se arrastre por aquí dentro.»

Elias se agacha para entrar en la cripta detrás de mí, pero, al ser tan alto, tiene que avanzar medio en cuclillas. En este espacio tan estrecho, nuestros brazos se rozan y él contiene el aliento. Sin embargo, cuando lo miro, tiene el rostro vuelto hacia el túnel.

A pesar de la penumbra, me impresionan el gris de sus ojos y la fuerza de su mentón. Noto un pellizco en el vientre; no estoy acostumbrada a su cara. Hace solo una hora, mientras escapábamos de la destrucción de Risco Negro, sus rasgos estaban ocultos bajo una máscara de plata.

Ladea la cabeza para oír mejor a los soldados que se acercan. Caminan deprisa, y sus voces retumban en las paredes de las catacumbas como los chillidos entrecortados de aves rapaces.

—… seguramente habrá ido hacia el sur. O lo habría hecho si tuviera dos dedos de frente.

—Si tuviera dos dedos de frente habría pasado la cuarta prueba y ahora no tendríamos que aguantar a una escoria plebeya como emperador.

Los soldados entran en nuestro túnel, y uno ilumina la cripta que tenemos enfrente con su farol.

—Por todos los infiernos —musita mientras retrocede al ver lo que acecha en el interior.

Nuestra cripta es la siguiente. Se me forma un nudo en el estómago y me tiembla la mano que sujeta la daga.

A mi lado, Elias desenvaina otra hoja. Tiene los hombros relajados, al igual que las manos que blanden los cuchillos. Pero cuando lo miro a la cara —el ceño fruncido, la mandíbula apretada—, se me encoge el corazón. Me mira a los ojos y, por un segundo, percibo su angustia: no desea acabar con estos hombres.

Sin embargo, si nos ven, alertarán a los demás guardias que hay por aquí abajo y estaremos hasta el cuello de soldados imperiales. Le aprieto el antebrazo, y él se cubre con la capucha y oculta su rostro tras un pañuelo negro.

El soldado se acerca con paso decidido. Lo huelo: es una mezcla de sudor, hierro y suciedad. Elias sujeta los cuchillos con más fuerza; su cuerpo se tensa como el de un gato salvaje antes de atacar. Me llevo una mano al brazalete que me regaló mi madre; recorro con los dedos su ya familiar patrón, y es como un bálsamo.

La luz del farol llega al borde de la cripta, el soldado lo levanta…

De repente se oye un golpe en otro punto del túnel. Los soldados se vuelven, desenvainan sus armas y corren a investigar el ruido. En pocos segundos, la luz de sus faroles desaparece y el sonido de sus pisadas se pierde a lo lejos.

Elias deja escapar el aliento que contenía.

—Vamos —dice—. Si esa patrulla estaba barriendo la zona, habrá más. Tenemos que llegar hasta el pasadizo.

Salimos de la cripta, y un temblor recorre los túneles, soltando polvo y tirando huesos y calaveras al suelo. Me tambaleo, pero Elias me sujeta por el hombro, me empuja hacia la pared y se aplasta contra mí. La cripta permanece intacta, aunque el techo del túnel cruje de un modo muy inquietante.

—Por los cielos, ¿qué ha sido eso?

—Parecía un temblor de tierra. —Elias se aleja un solo paso de la pared y mira al techo—. Pero en Serra no hay temblores de tierra.

Avanzamos por las catacumbas con más premura que antes. A cada paso que doy espero oír otra patrulla y ver antorchas a lo lejos.

Cuando Elias se detiene, lo hace tan de súbito que me estrello contra sus anchas espaldas. Hemos entrado en una cámara funeraria circular con un techo bajo abovedado. Frente a nosotros hay dos túneles; en uno titila la luz de unas antorchas que apenas se vislumbran. Las paredes de la cámara están repletas de criptas, cada una de ellas protegida por la estatua de piedra de un hombre con armadura. Bajo los yelmos, las calaveras nos miran, airadas. Me estremezco y me acerco a Elias.

Sin embargo, él no mira ni las criptas ni los túneles ni las lejanas antorchas.

Mira a la niña que está en el centro de la cámara.

Lleva la ropa hecha jirones y se aprieta con una mano la herida ensangrentada del costado. Tiene los elegantes rasgos de los académicos, pero, cuanto intento mirarla a los ojos, agacha la cabeza y la oscura melena le tapa la cara. «Pobrecita.» Las lágrimas le dibujan un surco en las sucias mejillas.

—Por los diez infiernos, esto empieza a estar abarrotado —masculla Elias, que da un paso hacia la niña enseñándole las manos, como si tratara con un animal asustado—. No deberías estar aquí, cielo —le dice con voz amable—. ¿Estás sola?

Ella deja escapar un sollozo muy débil.

—Ayúdame —susurra.

—Déjame ver ese corte. Te lo puedo vendar.

Elias hinca una rodilla en el suelo para ponerse a su altura, como hacía mi abuelo con sus pacientes más jóvenes. Ella se aparta de él y me mira.

Doy un paso adelante, aunque el instinto me dice que tenga cuidado. La niña me observa.

—¿Me dices tu nombre, pequeña? —le pregunto.

—Ayúdame —repite.

Algo en su forma de evitar mirarme a los ojos me pone el vello de punta, pero lo cierto es que la han maltratado (seguramente el Imperio) y ahora se enfrenta a un marcial armado de pies a cabeza. Debe de estar aterrada. Retrocede unos pasos, y yo miro hacia el túnel iluminado por las antorchas. Si hay antorchas, estamos en territorio del Imperio. Es cuestión de tiempo que aparezcan soldados.

—Elias —le digo, señalando las antorchas con la cabeza—, no tenemos tiempo. Los soldados…

—No podemos dejarla aquí —responde; su culpa clara como el agua.

La muerte de sus amigos hace unos días, en la tercera prueba, le pesa; no desea causar ninguna otra. Y eso es lo que pasará si dejamos aquí sola a esta niña herida.

—¿Tienes familia en la ciudad? —le pregunta Elias—. ¿Necesitas…?

—Plata —dice, ladeando la cabeza—. Necesito plata.

Elias arquea las cejas. No lo culpo, yo tampoco me lo esperaba.

—¿Plata? —digo—. No tenemos…

—Plata —repite mientras arrastra los pies de lado, como un cangrejo. Me parece ver uno de sus ojos parpadear demasiado deprisa a través de su pelo lacio. Muy raro—. Monedas. Un arma. Joyas.

Me mira el cuello, las orejas, las muñecas. Con esa mirada se traiciona.

Me quedo mirando las esferas negras como la brea que le sirven de ojos y me apresuro a sacar la daga, pero Elias ya está delante de mí, con sus relucientes cimitarras en las manos.

—Atrás —le gruñe a la niña, como un verdadero máscara.

—Ayúdame —insiste ella, dejando de nuevo que le caiga el pelo sobre la cara mientras se lleva las manos a la espalda en una retorcida caricatura de una niña llorosa—. Ayuda.

Ante mi evidente repulsión, ella esboza una sonrisa burlona que resulta obscena en un rostro que, por lo demás, es tan dulce. Gruñe, y es el mismo sonido gutural que oí antes. Esta cosa era la que nos observaba. Esta era la presencia que percibía en los túneles.

—Sé que tienes plata —dice la voz de niña de la criatura, en la que subyace un hambre furibunda—. Dámela. La necesito.

—Aléjate de nosotros si no quieres que te arranque la cabeza —la amenaza Elias.

La niña, o lo que sea, hace caso omiso de sus palabras y se concentra en mí.

—No la necesitas, pequeña humana. Te daré algo a cambio. Algo maravilloso.

—¿Qué eres? —susurro.

Ella extiende los brazos, y vemos que las manos emiten una extraña luz verdosa. Elias vuela hacia ella, pero la criatura lo esquiva y se aferra a mis muñecas. Grito, y los brazos me brillan una fracción de segundo antes de que la niña salga disparada hacia atrás, aullando, mientras se sujeta la mano como si le ardiera. Elias me ayuda a levantarme del suelo, donde estoy tirada, a la vez que lanza una daga hacia la criatura. Ella la esquiva sin dejar de chillar.

—¡Chica taimada! —Se aparta cuando Elias ataca de nuevo, sin dejar de mirarme—. ¡Qué astuta! Me preguntas qué soy, pero ¿qué eres tú?

Elias intenta rebanarle el cuello con una de sus cimitarras, pero no es lo bastante rápido.

—¡Asesino! —le grita ella—. ¡Criminal! ¡Eres la misma muerte! ¡El exterminador! Si tus pecados fueran sangre, te ahogarías en tu propio río.

Elias retrocede, estupefacto. La luz parpadea en el túnel: tres antorchas se nos acercan a toda prisa.

—Vienen soldados —dice la criatura, que se gira para volver a mirarme—. Los mataré por ti, chica de ojos de miel. Les desgarraré el cuello. Ya conseguí alejar a los otros que os seguían por el túnel. Lo haré otra vez. Si me das tu plata. Él la quiere. Nos recompensará si se la llevamos.

«Por los cielos, ¿quién es ese “él”?» No lo pregunto, sino que saco la daga a modo de respuesta.

—¡Estúpida humana! —exclama la niña, apretando los puños—. Te la quitará. Encontrará el modo. —Entonces se vuelve hacia el túnel y grita—: ¡Elias Veturius! —Doy un respingo, ya que su grito es tan fuerte que seguramente lo han oído hasta en Antium—. Elias Vetu…

Sus palabras se apagan cuando la cimitarra de Elias le atraviesa el corazón.

—Efrit, efrit de la caverna —dice mientras el cuerpo de la criatura aterriza en el suelo con un golpe sordo, como una piedra—, le gusta la oscuridad pero teme la siega.

—Una antigua rima —me explica tras envainar su acero—. No me di cuenta de lo útil que era hasta hace poco.

Me coge de la mano y salimos corriendo hacia el túnel sin luz. Puede que se dé el milagro de que los soldados no hayan oído a la niña. Puede que no nos hayan visto. Puede, puede…

No tenemos esa suerte: oigo un grito y el estruendo de las botas que nos persiguen.

II

Elias

Tres auxiliares y cuatro legionarios, a unos quince metros de nosotros. Mientras corro, vuelvo la cabeza de vez en cuando para calcular su avance. Al final son seis auxiliares, cinco legionarios y diez metros.

Con cada segundo que pasa llegan más soldados del Imperio a las catacumbas. A estas alturas, un mensajero ya habrá informado a las patrullas vecinas y los tambores habrán puesto en alerta a toda Serra: «Se ha visto a Elias Veturius en los túneles. Que todos los pelotones informen». Los soldados no necesitan confirmar mi identidad; nos darán caza de todos modos.

Doy un brusco giro a la izquierda para entrar en un túnel secundario y tiro de Laia para que me siga mientras mi cabeza no deja de saltar de un pensamiento a otro: «Quítatelos de encima a toda prisa, ahora que puedes. Si no…».

«No —me ordena entre dientes el máscara que llevo dentro—, para y mátalos. Solo son once. Es fácil. Podrías hacerlo con los ojos cerrados.»

Debería haber matado al efrit en la cámara funeraria nada más verlo. Helene se burlaría de mí si supiera que intenté ayudar a la criatura en vez de reconocerla de inmediato.

«Helene.» Apostaría todas mis armas a que ahora mismo se encuentra en una sala de interrogatorios. Marcus —o el emperador Marcus, como ahora se llama— le ordenó ejecutarme, pero Helene fracasó. Peor aún, fue mi confidente durante catorce años. Por ambos pecados pagará un precio, ahora que Marcus posee el poder absoluto.

Helene sufrirá en sus manos. Por mi culpa. Oigo de nuevo al efrit: «¡El exterminador!».

Los recuerdos de la tercera prueba me sacuden: Tristas muerto por la espada de Dex; la caída de Demetrius; la caída de Leander.

Un grito más adelante me devuelve al presente. «El campo de batalla es mi templo. —El viejo mantra de mi abuelo regresa cuando más lo necesito—. La punta de la espada es mi sacerdote. El baile de la muerte es mi plegaria. El golpe de gracia es mi liberación.»

A mi lado, Laia jadea y empieza a arrastrar los pies; me frena. «Podrías abandonarla —me susurra una voz insidiosa—. Avanzarías más deprisa tú solo.» Ahogo esa voz. Aparte de la obviedad de que prometí ayudarla a cambio de mi libertad, sé que ella haría lo que fuera por llegar a la Prisión de Kauf y su hermano, incluso intentar ir hasta allí ella sola.

En cuyo caso, moriría.

—Más deprisa, Laia —le digo—. Están demasiado cerca.

Ella recupera parte de la energía. Paredes de calaveras, huesos, criptas y telarañas vuelan junto a nosotros. Estamos mucho más al sur de donde deberíamos estar. Hace rato que dejamos atrás el túnel de huida en el que había ocultado provisiones para varias semanas.

Las catacumbas retumban y se sacuden, tirándonos a los dos al suelo. El hedor a fuego y muerte se filtra a través de la reja de alcantarilla que tenemos sobre nuestras cabezas. Unos segundos después, una explosión hace vibrar el aire. No me molesto en pensar en lo que puede ser, lo único que importa es que los soldados que nos persiguen han frenado, ya que temen los inestables túneles tanto como nosotros. Aprovecho la oportunidad para poner unos cuantos metros más de por medio. Después entro en un túnel secundario y regreso a las profundas sombras de un nicho medio derruido.

—¿Crees que nos encontrarán? —susurra Laia.

—Espero que no…

Una luz ilumina el camino al que nos dirigíamos y oigo el taconeo de unas botas. Dos soldados entran en el túnel y nos iluminan claramente con las antorchas. Se detienen un segundo, quizá desconcertados por la presencia de Laia y la ausencia de mi máscara. Después ven mi armadura y las cimitarras, y uno de ellos deja escapar un agudo silbido que atraerá la atención de todos los soldados que lo oigan.

Mi cuerpo toma el control. Antes de que los soldados puedan desenvainar, ya les he lanzado dos cuchillos que les atraviesan la tierna carne del cuello. Caen sin hacer ruido, y sus antorchas chisporrotean en el húmedo suelo de las catacumbas.

Laia sale del nicho y se tapa la boca con una mano.

—E-Elias…

Me vuelvo a meter rápidamente en el nicho, tirando de ella, mientras saco las cimitarras de sus vainas.

—Acabaré con todos los que pueda —le digo—. No te acerques. Por muy mal que vaya, no interfieras y no intentes ayudar.

Las últimas palabras brotan de mis labios justo cuando los soldados que nos seguían aparecen por el túnel de nuestra izquierda. A menos de cinco metros. Cuatro. En mi cabeza, los cuchillos ya han salido volando y ya han acertado en sus blancos. Salgo del nicho y los lanzo. Los primeros cuatro legionarios caen en silencio, uno detrás de otro; es tan fácil como segar trigo. El segundo se derrumba tras un corte de mi cimitarra. La cálida sangre sale disparada, y a mí me entran náuseas. «No pienses. No te regodees. Limítate a abrirte paso.»

Seis auxiliares aparecen detrás de los cinco primeros. Uno salta sobre mi espalda, y lo despacho de un codazo en la cara justo cuando otro soldado se abalanza sobre mis piernas. Tras recibir una patada de mi bota en los dientes, aúlla y se sujeta la nariz rota y la boca ensangrentada. «Gira, patada, paso a un lado, ataca.»

Laia grita detrás de mí: un auxiliar la saca del nicho por el cuello y le pone un cuchillo en la garganta cuello. Su sonrisa maliciosa se convierte en aullido cuando Laia le clava una daga en el costado. Después la saca, y el soldado se aleja, tambaleante.

Me vuelvo hacia los últimos tres soldados. Huyen.

A Laia le tiembla todo el cuerpo mientras contempla la carnicería: siete muertos; dos heridos que gimen e intentan levantarse.

Cuando me mira, la visión de la sangre que cubre mis cimitarras le hace abrir los ojos como platos. Siento una vergüenza tan intensa que desearía que me tragara la tierra. Ahora me ve de verdad, ve cómo soy en realidad: «¡Asesino! ¡Exterminador!».

—Laia… —empiezo, pero oigo un gruñido ronco que sale del túnel, y el suelo tiembla.

A través de las rejas de la alcantarilla llegan gritos, chillidos y la ensordecedora reverberación de una explosión enorme.

—Por la sangre de los diez infiernos, ¿qué…?

—Es la resistencia académica —grita Laia por encima del ruido—. ¡La revuelta!

No llego a preguntarle cómo ha llegado a saber ese chismorreo tan fascinante porque, justo entonces, el resplandor delator de la plata surge del túnel de nuestra izquierda.

—¡Por los cielos, Elias! —exclama Laia con voz ahogada y los ojos muy abiertos.

Uno de los máscaras que se acercan es enorme, unos doce años mayor que yo y desconocido. El otro es una figura baja, casi diminuta. La calma de su rostro enmascarado no hace justicia a la escalofriante rabia que emana de ella.

Mi madre. La comandante.

Oigo el estruendo de las botas a nuestra derecha mientras los silbidos atraen a más soldados todavía. Atrapados.

El túnel vuelve a gruñir.

—Ponte detrás de mí —le ordeno a Laia, que no me oye—. Laia, te he dicho que… Uf…

Laia se lanza contra mi estómago en un torpe salto desmañado tan inesperado que caigo hacia atrás contra una de las criptas de la pared. Atravieso la gruesa capa de telarañas que la cubren y aterrizo de espaldas en lo alto de un ataúd de piedra. Laia está medio encima de mí, medio metida entre el ataúd y la pared de la cripta.

La combinación de telarañas, cripta y calor femenino me desconcierta, y apenas soy capaz de mascullar:

—¿Estás lo…?

Bum. El techo del túnel en el que estábamos se derrumba de golpe, un ruido atronador intensificado por el rugido de las explosiones en la ciudad. Me coloco encima de Laia, con mis brazos a ambos lados de su cabeza, para protegerla del estallido. Sin embargo, la que nos salva es la cripta. Tosemos por culpa de la ola de polvo liberada por las explosiones, y soy muy consciente de que, de no ser por la agilidad mental de Laia, estaríamos los dos muertos.

Entonces acaba el estrépito y la luz del sol atraviesa la densa nube de polvo. Nos llegan los gritos de la ciudad. Con cuidado, me aparto de Laia y me vuelvo hacia la entrada de la cripta, que está medio obstruida por fragmentos de roca. Me asomo a lo que queda del túnel, que no es mucho. El derrumbamiento ha sido completo y no hay ni un máscara a la vista.

Salgo de la cripta a rastras, medio tirando, medio cargando con Laia, que sigue tosiendo, para pasar por encima de los escombros. Polvo y sangre —no de ella, compruebo— le manchan la cara mientras toca su cantimplora. Se la acerco a los labios. Después de unos cuantos tragos, se pone de pie.

—Puedo… puedo andar.

Las rocas bloquean el túnel de la izquierda, pero una mano con cota de malla las aparta. Los ojos grises y el cabello rubio de la comandante surgen a través del polvo.

—Vamos.

Salimos trepando por las catacumbas en ruinas y aparecemos en medio de la cacofonía de las calles de Serra. «Por la sangre de los diez infiernos.»

Parece que nadie se ha percatado del derrumbamiento de la calle en las criptas, ya que todos están demasiado absortos en las columnas de fuego que se alzan en el ardiente cielo azul: la mansión del gobernador, iluminada como una pira funeraria bárbara. Alrededor de sus puertas ennegrecidas y en la inmensa plaza que tiene delante, docenas de soldados marciales están enzarzados en una batalla campal con cientos de rebeldes vestidos de negro: los combatientes de la resistencia académica.

—¡Por aquí!

Me alejo de la mansión del gobernador y derribo por el camino a dos guerrilleros que se acercan, camino de la siguiente calle. Pero allí arde el fuego, que se extiende rápidamente, y el suelo está cubierto de cadáveres. Agarro la mano de Laia y corro hacia otro callejón que resulta estar tan destrozado como el anterior.

Por encima del entrechocar de las armas, los gritos y el rugido de las llamas, las torres de los tambores de Serra tocan como locas, exigiendo tropas de refuerzo en el barrio Perilustre, el barrio de los Extranjeros y el barrio de las Armas. Otra torre anuncia que estoy cerca de la mansión del gobernador y ordena a todas las tropas disponibles que se unan a la búsqueda.

Justo después de dejar atrás la mansión, una cabeza rubio pálido surge de entre los escombros del túnel derruido. «Maldita sea.» Estamos cerca del centro de la plaza, al lado de la fuente de un caballo encabritado cubierta de ceniza. Empujo a Laia contra ella y me agacho, buscando con desesperación una ruta de huida antes de que nos vea la comandante o uno de los marciales. Sin embargo, es como si todos los edificios y calles que rodean la plaza estuvieran ardiendo.

«¡Mira con más atención!» En cualquier momento, la comandante se unirá a la refriega de la plaza y usará su temible habilidad para abrirse camino a través de la batalla y encontrarnos.

Vuelvo la vista atrás para observarla mientras ella se sacude el polvo de la armadura, impasible ante el caos. Su serenidad me pone el vello de punta. Su escuela está destruida, su hijo y enemigo ha escapado, el desastre en la ciudad es absoluto. Sin embargo, ella está muy tranquila.

—¡Ahí! —exclama Laia mientras me agarra el brazo y señala un callejón oculto detrás del carro volcado de un comerciante. Nos agachamos y corremos hacia él, y le doy gracias a los cielos por el tumulto que mantiene ocupados tanto a académicos como a marciales e impide que se fijen en nosotros.

En pocos minutos llegamos al callejón y estamos a punto de entrar en él, pero se me ocurre mirar atrás una sola vez, para asegurarme de que la comandante no nos haya visto.

Busco entre el caos, a través de un grupo de combatientes de la resistencia que caen sobre un par de legionarios, más allá de un máscara que lucha contra diez rebeldes a la vez, hasta dar con los escombros del túnel, donde está mi madre. Un viejo esclavo académico que intenta escapar de la confusión comete el error de cruzarse en su camino. Ella le atraviesa el corazón con la cimitarra, brutal e indiferente. No lo mira. Me observa a mí. Su mirada cruza la plaza como si estuviésemos conectados, como si conociera todos y cada uno de mis pensamientos.

Sonríe.

III

Laia

La sonrisa de la comandante es un gordo gusano pálido. Aunque solo la veo un instante antes de que Elias me empuje para alejarnos del baño de sangre de la plaza, soy incapaz de hablar.

Me resbalo, ya que todavía tengo las botas cubiertas de la sangre de la carnicería de los túneles. Al pensar en el rostro de Elias justo después, en la aversión palpable en su mirada, me estremezco. Quería decirle que hizo lo que tenía que hacer para salvarnos, pero no conseguía pronunciar las palabras. Bastante me costaba no vomitar.

Los sonidos que acompañan al sufrimiento desgarran el aire: tanto marciales como académicos, tanto adultos como niños, se mezclan en un único grito cacofónico. Apenas lo oigo, puesto que me concentro en evitar los cristales rotos y los edificios en llamas que se derrumban sobre la calle. Vuelvo la vista atrás unas cuantas veces esperando ver a la comandante pisándonos los talones. De repente, me siento como la chica que era hace un mes; la chica que permitió que el Imperio encerrase a su hermano, la chica que gemía y sollozaba después de los latigazos. La chica sin valor.

«Cuando el miedo tome el control, procura utilizar la única arma lo bastante poderosa e indestructible como para doblegarlo: tu espíritu. Tu corazón.» Oigo las palabras que me dirigió ayer el herrero Spiro Teluman, amigo y mentor de mi hermano.

Intento transformar mi miedo en energía. La comandante no es infalible. Puede que ni siquiera me haya visto, porque estaba muy concentrada en su hijo. Escapé de ella una vez y escaparé de nuevo.

La adrenalina me corre por las venas, pero, cuando doblamos una esquina para entrar en la siguiente calle, tropiezo con una pequeña pirámide de escombros y caigo despatarrada sobre los adoquines ennegrecidos por el hollín.

Elias me levanta sin esfuerzo, como si yo no fuera más que una pluma. Mira adelante y hacia atrás, a las ventanas y los tejados cercanos, como si él también esperase que su madre apareciera en cualquier momento.

—Tenemos que seguir —digo, tirándole de la mano—. Debemos salir de la ciudad.

—Lo sé. —Elias me lleva hasta un huerto polvoriento y cubierto de polvo cercado por una pared—. Pero no podemos hacerlo si estamos agotados. No nos vendrá mal descansar un minuto.

Se sienta, y yo me arrodillo a su lado a regañadientes. El aire de Serra me resulta extraño y viciado; el fuerte olor de la madera chamuscada se mezcla con algo más oscuro: sangre, cadáveres ardiendo y acero sucio.

—¿Cómo vamos a llegar hasta Kauf, Elias?

Es la pregunta que me obsesiona desde que nos metimos en los túneles tras salir de sus barracones en Risco Negro. Mi hermano permitió que se lo llevaran los soldados marciales para que yo pudiera escapar. No lo dejaré morir por ese sacrificio; es la única familia que me queda en este maldito Imperio. Si no lo salvo, nadie lo hará.

—¿Nos ocultaremos en el campo? ¿Cuál es el plan?

Elias me mira con ojos opacos, firme.

—El túnel que buscaba nos habría dejado al oeste de la ciudad —responde—. Habríamos tomado los puertos de montaña del norte, robado una caravana tribal y fingido ser comerciantes. Los marciales no nos buscarían a los dos y no se les ocurriría que nos dirigíamos al norte. Pero ahora… —Se encoge de hombros.

—¿Qué se supone que significa eso? ¿Es que no tienes ningún plan?

—Lo tengo: salir de la ciudad. Escapar de la comandante. Es el único plan que importa.

—¿Y después?

—Cada cosa a su tiempo, Laia. Estamos hablando de mi madre.

—No le tengo miedo —digo para que no piense que soy la misma gallina que conoció en Risco Negro hace unas semanas—. Ya no.

—Debería dártelo —responde Elias fríamente.

Los tambores retumban, una descarga de sonido ensordecedor. La cabeza me palpita con su eco.

Elias ladea la cabeza.

—Están informando sobre nuestras descripciones —dice—. «Elias Veturius: ojos grises, metro noventa y tres, noventa y cinco kilos, pelo negro. Visto por última vez en los túneles al sur de Risco Negro. Armado y peligroso. Viaja con mujer académica: ojos dorados, metro sesenta y siete, cincuenta y siete kilos, pelo negro…» —Se detiene—. Ya sabes. Nos están dando caza, Laia. Ella nos está dando caza. No hay forma de salir de la ciudad. Lo más apropiado en estos momentos es sentir miedo; es lo que nos mantendrá con vida.

—Los muros…

—Bien protegidos por culpa de la revuelta académica —responde Elias—. Y ahora lo estarán más aún, sin duda. Habrá enviado mensajes por toda la ciudad para informar de que todavía no hemos salido. Las puertas estarán el doble de fortificadas.

—¿Podríamos, o podrías, abrirte paso por la fuerza? ¿Quizá en una de las puertas más pequeñas?

—Podríamos, pero significaría matar a muchas personas.

Entiendo por qué aparta la vista, aunque esa parte mía más fría y dura que nació en Risco Negro se pregunta qué diferencia supondría matar a unos cuantos marciales más. Sobre todo teniendo en cuenta los que ha matado ya, y sobre todo cuando pienso en lo que les van a hacer a los académicos cuando, como es inevitable, aplasten a los rebeldes.

Sin embargo, mi parte buena se espanta ante semejante crueldad.

—¿Los túneles, entonces? —pregunto—. Los soldados no se lo esperarán.

—No sabemos cuáles se han derrumbado, y no tiene sentido bajar si acabamos en un callejón sin salida. Puede que el puerto. Podríamos nadar por el río…

—No sé nadar.

—Recuérdame que le pongamos remedio a eso en cuanto tengamos tiempo —responde, sacudiendo la cabeza; nos quedamos sin opciones—. Podríamos intentar pasar inadvertidos hasta que se aplaque la rebelión. Cuando acaben las explosiones, nos metemos en los túneles. Conozco un refugio seguro.

—No —respondo a toda prisa—. El Imperio envió a Darin a Kauf hace tres semanas. Y las fragatas de prisioneros son veloces, ¿no?

Elias asiente con la cabeza.

—Llegarán a Antium en menos de dos semanas. Desde allí hay un viaje de diez días por tierra hasta Kauf si no les sorprende el mal tiempo. Quizá ya esté en la cárcel.

—¿Cuánto tardaremos en llegar? —pregunto.

—Tenemos que ir por tierra y evitar que nos detecten —responde Elias—. Tres meses, si somos rápidos. Pero solo si llegamos a la cordillera de Nevennes antes de las nieves del invierno. Si no, no cruzaremos hasta la primavera.

—Entonces no podemos retrasarlo. Ni siquiera un día. —Vuelvo la vista atrás otra vez e intento reprimir mi creciente temor—. No nos ha seguido.

—En apariencia —responde Elias—. Es demasiado lista para dejarse ver.

Examina los árboles que nos rodean mientras le da vueltas a la cimitarra que tiene en la mano.

—Hay un almacén abandonado cerca del río, contra los muros de la ciudad —dice al fin—. Es propiedad del abuelo, me lo enseñó hace años. En el patio de atrás hay una puerta para salir de la ciudad, pero hace tiempo que no voy por allí, es posible que ya no exista.

—¿Lo conoce la comandante?

—El abuelo jamás se lo diría.

Pienso en Izzi, esclava como yo en Risco Negro, y en su advertencia sobre la comandante cuando llegué a la academia: «Sabe cosas que no debería saber», me dijo.

Pero hay que salir de la ciudad y no se me ocurre ningún plan alternativo.

Pasamos a toda prisa por los barrios que se han librado de la revolución, y con mucho más cuidado por las zonas en las que hay escaramuzas e incendios. Transcurren las horas, la tarde se transforma en noche. Elias es una presencia serena a mi lado, en apariencia impasible ante tanta destrucción.

Es raro pensar que, hace un mes, mis abuelos seguían vivos, mi hermano estaba en libertad y yo nunca había oído el nombre de Veturius.

Todo lo que ha sucedido desde entonces es como una pesadilla: nana y tata asesinados; los soldados llevándose a Darin a rastras mientras él me gritaba que huyera.

Y la resistencia académica ofreciéndose a salvar a mi hermano, para, al final, traicionarme.

El recuerdo de otro rostro se me aparece fugazmente: ojos oscuros, guapo y triste, siempre triste. Por eso su sonrisa era aún más preciada. Keenan, el rebelde de pelo de fuego que desafió a la resistencia para ayudarme a salir en secreto de Serra, aunque, al final, la que saliera fuera Izzi.

Espero que no esté enfadado. Espero que comprenda por qué no podía aceptar su ayuda.

—Laia —dice Elias cuando alcanzamos al extremo oriental de la ciudad—. Estamos llegando.

Salimos de la madriguera de las calles de Serra cerca de un almacén de los mercatores. La solitaria aguja de un horno de ladrillo proyecta oscuras sombras sobre los depósitos y zonas de almacenaje. Durante el día, este sitio estará repleto de carros, comerciantes y estibadores. Sin embargo, a estas horas de la noche, está abandonado. El cambio de estación empieza a entreverse en el frío del atardecer, y un viento constante sopla desde el norte. No se mueve nada.

—Ahí —dice Elias, señalando un edificio construido en el muro de Serra, parecido a los que lo flanquean, salvo por el patio cubierto de malas hierbas que tiene detrás—. Ese es el sitio.

Observa el almacén durante unos cuantos minutos.

—La comandante no podría esconder ahí a una docena de máscaras, y dudo que viniera sin ellos. No se arriesgaría a dejarme escapar.

—¿Seguro que no vendría sola? —El viento sopla con más fuerza, y yo cruzo los brazos y me estremezco. La comandante ya es aterradora de sobra cuando está sola; no estoy segura de que necesite soldados de refuerzo.

—No del todo —reconoce—. Espera aquí. Me aseguraré de que no haya nadie.

—Creo que debería ir contigo —respondo, nerviosa de inmediato—. Si sucede algo…

—Entonces tú sobrevivirás, aunque yo no lo haga.

—¿Qué? ¡No!

—Si es seguro que entres, silbaré una vez. Si hay soldados, dos veces. Si nos espera la comandante, tres silbidos repetidos dos veces.

—¿Y si es ella? ¿Qué hacemos?

—Te quedas aquí fuera y esperas. Si sobrevivo, volveré a por ti. Si no, tendrás que salir de esta tú sola.

—Elias, so idiota, te necesito para sacar a Darin de…

Él me pone un dedo en los labios y me compele a seguir su mirada.

Más adelante, el almacén está en silencio. Detrás, la ciudad arde. Recuerdo la última vez que lo miré así: justo antes de besarnos. Por el tenso aliento que se le escapa entre los labios, creo que él también lo recuerda.

—Mientras hay vida, hay esperanza —dice—. Me lo enseñó una chica muy valiente. Si me pasa algo, no temas: encontrarás el modo de conseguirlo.

Antes de que vuelvan a asaltarme las dudas, él deja caer la mano y se aleja por la zona de almacenaje con la misma ligereza que las nubes de polvo que salen del horno de ladrillo.

Sigo sus movimientos con la mirada, muy consciente de lo endeble de su plan. Todo lo que ha sucedido hasta ahora ha sido resultado de fuerza de voluntad o de pura buena suerte. No sabría cómo llegar sana y salva al norte, aparte de confiar en que Elias me guíe. No tengo ni la más remota idea de cómo podría entrar en Kauf, aparte de esperar que Elias sepa hacerlo. Solo cuento con una voz interior que me insiste en que debo salvar a mi hermano y la promesa de Elias de que me ayudará en mi empeño. El resto no son más que deseos y esperanzas, y no hay nada más frágil que eso en el mundo.

«No basta, con eso no basta.»

El viento me revuelve el pelo, más frío de lo que debería ser a estas alturas del verano. Elias desaparece en el patio del almacén. Estoy a punto de perder los nervios y, aunque respiro hondo, es como si no entrara suficiente aire. «Vamos. Vamos.» La espera se me hace insoportable.

Entonces oigo la señal. Tan rápida que, por un instante, creo haberme equivocado. Espero haberme equivocado. Pero la oigo de nuevo.

Tres silbidos rápidos. Agudos, repentinos, pura advertencia.

La comandante nos ha encontrado.

IV

Elias

Mi madre es una consumada artista ocultando su ira, gracias a la experiencia. La envuelve en calma y la entierra en lo más profundo. Después pisotea la tierra de arriba, le pone una lápida y finge que está muerta.

Pero se la veo en los ojos. Arde a fuego lento en los extremos, como las esquinas de papel que se ennegrecen justo antes de estallar en llamas.

Odio compartir la misma sangre. Si pudiera, me la restregaría hasta expulsarla del cuerpo. Está de pie contra el oscuro muro de la ciudad, otra sombra en la noche, salvo por el destello plateado de su máscara. A su lado está nuestra ruta de escape, una puerta de madera tan cubierta de enredaderas secas que ni se ve. Aunque no lleva armas en las manos, el mensaje queda claro: «Si deseas pasar, tendrás que enfrentarte a mí».

«Por los diez infiernos.» Espero que Laia haya oído mi silbido de advertencia y se mantenga alejada.

—Te has tomado tu tiempo —dice la comandante—. Llevo horas esperando.

Se abalanza sobre mí, y un cuchillo largo le aparece en la mano tan deprisa que es como si le saliera de la piel. La esquivo, por poco, antes de atacarla con mis cimitarras. Se aparta con elegancia de mi ataque sin molestarse en cruzar nuestros aceros antes de lanzarme una estrella arrojadiza. Falla por un pelo. Antes de que saque otra, corro hacia ella y le doy una patada en el pecho que la tira al suelo.

Mientras se levanta, examino la zona en busca de soldados. Los muros de la ciudad están vacíos; tampoco se ve a nadie en los tejados. Del almacén del abuelo no surge ni un ruido. Sin embargo, no puedo creerme que no tenga algún asesino cerca.

Oigo arrastrar de pies a mi derecha y alzo las cimitarras esperando una flecha o una lanza, pero se trata del caballo de la comandante, que está atado a un árbol. Reconozco la montura de la gens Veturia: es uno de los caballos de mi abuelo.

—Te noto nervioso —comenta la comandante mientras arquea una ceja de plata y se pone en pie—. No lo estés. He venido sola.

—¿Y por qué harías algo semejante?

La comandante me lanza más estrellas. Al agacharme, ella rodea a toda velocidad un árbol, fuera del alcance de los cuchillos que le tiro.

—Si crees que necesito un ejército para destruirte, chico, te equivocas —me dice.

Después se abre el cuello del uniforme, y hago una mueca al ver debajo la camiseta de metal vivo, la que repele cualquier arma afilada.

La camiseta de Hel.

—Se la quité —explica la comandante mientras desenvaina las cimitarras y se enfrenta a mi ataque con suma elegancia— antes de entregarla a la Guardia Negra para que la interrogaran.

—Ella no sabe nada —respondo mientras baila a mi alrededor.

«Ponla a la defensiva. Después, un golpe rápido en la cabeza para dejarla inconsciente. Roba el caballo. Huye.»

La comandante deja escapar un ruido raro cuando chocan nuestras cimitarras, y su extraña melodía acaba con el silencio del almacén. Al cabo de un momento me doy cuenta de que es una risa.

Nunca había oído a mi madre reír. Nunca.

—Sabía que vendrías —dice cuando se abalanza sobre mí con sus cimitarras, y yo me dejo caer bajo ella, sintiendo el viento levantado por su acero a pocos centímetros de la cara—. Habrás pensado en escapar por una de las puertas de la ciudad. Después, en los túneles, el río y los muelles. Al final, todo era demasiado complicado, sobre todo con tu amiguita detrás. Recordaste este lugar y supusiste que yo no lo conocería. Qué estúpido.

»Está aquí, ¿no lo sabías? —añade mientras bufa, irritada, porque he bloqueado su ataque y le he hecho un corte en el brazo—. La esclava académica. Acechando en el edificio, observando. —La comandante resopla y alza la voz—. Te aferras a la vida con tenacidad, como la cucaracha que eres. Te han salvado los augures, ¿no? Tendría que haber puesto más empeño en destrozarte.

«¡Escóndete, Laia!», le grito en mi cabeza, pero no lo digo en voz alta por si acaba con una de las estrellas arrojadizas de mi madre clavadas en el pecho.

El almacén está ahora a las espaldas de la comandante. Jadea un poco, y los ojos le brillan de rabia asesina. Quiere acabar ya.

Hace una finta con el cuchillo, pero cuando lo bloqueo, ella me derriba atacando a los pies y deja caer la hoja. A pesar de que ruedo y evito que me atraviese, otras dos estrellas silban hacia mí; esquivo una, la otra me corta en el bíceps.

Una piel dorada brilla en la penumbra, detrás de mi madre. «No, Laia, no te acerques.»

Mi madre deja caer las cimitarras y saca dos dagas, decidida a rematarme. Salta sobre mí con todas sus fuerzas, dispuesta a herirme con golpes rápidos par ...