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UNA COLUMNA DE FUEGO (SAGA LOS PILARES DE LA TIERRA 3)

Ken Follett

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Fragmento

Título original: A Column of Fire

Edición en formato digital: septiembre de 2017

© 2017, Ken Follett

© 2017, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.

© 2017, ANUVELA (Ana Alcaina Pérez, Verónica Canales Medina, Laura Manero Jiménez, Laura Martín de Dios y Laura Rins Calahorra), por la traducción

© 2017, Stephen Raw, por el mapa

Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial

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ISBN: 978-84-01-01831-2

Composición digital: M.I. Maquetación, S.L.

www.megustaleer.com

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Para Emanuele:

49 años de alegría

 

Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche.

Éxodo, 13, 21

Personajes

Espero que la consulta de esta lista no sea necesaria. Cuando creo posible que el lector haya olvidado quién es un personaje determinado, he optado por añadir en el texto un pequeño recordatorio, aunque me consta que a veces los lectores dejamos un libro para leerlo más tarde y no tenemos tiempo de retomar la lectura hasta al cabo de una semana o más —me pasa a mí también— y entonces se nos olvidan ciertos detalles. Por eso, he aquí una lista de los personajes que aparecen en más de una ocasión, solo por si acaso…

 

INGLATERRA

Familia Willard

Ned Willard

Barney, su hermano

Alice, su madre

Malcolm Fife, mozo de cuadra

Janet Fife, ama de llaves

Eileen Fife, hija de Malcolm y Janet

Familia Fitzgerald

Margery Fitzgerald

Rollo, su hermano

Sir Reginald, su padre

Lady Jane, su madre

Naomi, criada

Hermana Joan, tía abuela de Margery

Familia Shiring

Bart, vizconde de Shiring

Swithin, su padre, conde de Shiring

Sal Brendon, ama de llaves

Los puritanos

Philbert Cobley, armador

Dan Cobley, su hijo

Ruth Cobley, hija de Philbert

Donal Gloster, secretario

Padre Jeremiah, párroco de St. John, en Loversfield

Viuda Pollard

Otros

Fray Murdo, fraile itinerante

Susannah, condesa de Brecknock, amiga de Margery y Ned

Jonas Bacon, capitán del Hawk

Jonathan Greenland, primer oficial del Hawk

Stephen Lincoln, sacerdote

Rodney Tilbury, juez de paz

Personajes históricos reales

María Tudor, reina de Inglaterra

Isabel Tudor, medio hermana de María, posteriormente reina

Sir William Cecil, consejero de Isabel

Robert Cecil, hijo de sir William

William Allen, abanderado de los católicos ingleses exiliados

Sir Francis Walsingham, cabecilla de una red de espionaje

FRANCIA

Familia Palot

Sylvie Palot

Isabelle Palot, su madre

Gilles Palot, su padre

Otros

Pierre Aumande

Vizconde de Villeneuve, compañero de estudios de Pierre

Padre Moineau, tutor de Pierre

Nath, criada de Pierre

Guillaume de Ginebra, pastor itinerante

Louise, marquesa de Nimes

Luc Mauriac, consignatario

Aphrodite Beaulieu, hija del conde de Beaulieu

René Duboeuf, sastre

Françoise Duboeuf, su joven esposa

Marqués de Lagny, aristócrata protestante

Bernard Housse, joven cortesano

Alison McKay, dama de honor de María, la reina de los escoceses

Miembros ficticios de la familia de Guisa

Gaston Le Pin, jefe de la guardia de la familia de Guisa

Brocard y Rasteau, dos de los hombres de Gaston

Véronique

Odette, doncella de Véronique

Georges Biron, espía

Personajes históricos reales: la familia de Guisa

Francisco, duque de Guisa

Enrique, hijo de Francisco

Carlos, cardenal de Lorena, hermano de Francisco

Personajes históricos reales: los Borbones y sus aliados

Antonio, rey de Navarra

Enrique, hijo de Antonio

Luis, príncipe de Condé

Gaspard de Coligny, almirante de Francia

Personajes históricos reales: otros

Enrique II, rey de Francia

Catalina de Médici, reina de Francia

Hijos de Enrique y Catalina:

Francisco II, rey de Francia

Carlos IX, rey de Francia

Enrique III, rey de Francia

Margarita, reina de Navarra

María Estuardo, la reina de los escoceses

Charles de Louviers, asesino

ESCOCIA

Personajes históricos reales

Jacobo Estuardo, medio hermano ilegítimo de María, la reina de los escoceses

Jacobo Estuardo, hijo de María, la reina de los escoceses, posteriormente rey Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra

ESPAÑA

Familia Cruz

Carlos Cruz

Tía Betsy

Familia Ruiz

Jerónima

Pedro, su padre

Otros

Arcediano Romero

Padre Alonso, inquisidor

Capitán Gómez, «Mano de Hierro»

PAÍSES BAJOS

Familia Wolman

Jan Wolman, primo de Edmund Willard

Imke, su hija

Familia Willemsen

Albert

Betje, esposa de Albert

Drike, su hija

Evi, hermana viuda de Albert

Matthus, hijo de Evi

OTROS PAÍSES

Ebrima Dabo, esclavo mandinga

Bella, fabricante de ron en La Española

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Prólogo

Lo ahorcamos delante de la catedral de Kingsbridge, el emplazamiento habitual para todas las ejecuciones; porque si no se puede colgar a un hombre ante el rostro de Dios, tal vez eso signifique que no debería estar muerto.

El sheriff lo subió desde los calabozos de la cárcel —situada bajo la casa consistorial, la antigua sede del gremio— con las manos atadas a la espalda. Caminaba erguido, con una expresión desafiante en su cara macilenta, con el gesto impávido.

La multitud vociferaba mofándose de él, maldiciéndolo entre abucheos, y aunque él parecía no verlos, sí me vio a mí: nos miramos a los ojos, y en ese efímero intercambio de miradas había una vida entera.

Yo era responsable de su muerte, y él lo sabía.

Había estado persiguiéndolo durante decenios; era un asesino que, en un acto de salvaje brutalidad, habría acabado con la vida de la mitad de los gobernantes de nuestro país, incluida la práctica totalidad de la familia real, si yo no se lo hubiera impedido.

Me he pasado la existencia yendo tras esos asesinos en potencia, y muchos de ellos han sido ejecutados, no solo en la horca, sino, además, destripados y descuartizados, la muerte más terrible, la que se reserva para los peores criminales.

Sí, he hecho esto mismo innumerables veces: ver morir a un hombre sabiendo que yo, más que ningún otro, lo había llevado ante su castigo, un castigo justo pero atroz. Lo hice por mi país, que tengo en gran estima; por Su Majestad, a quien sirvo, y por algo más, por un principio: la convicción de que una persona tiene derecho a decidir cuáles son sus creencias con respecto a Dios.

Aquel fue el último de los muchos hombres a quienes envié al infierno, pero me hizo pensar en el primero…

PRIMERA PARTE

1558

1

I

Ned Willard regresó a casa, a Kingsbridge, en plena ventisca.

Navegó río arriba desde la ciudad portuaria de Combe Harbour a bordo de una lenta barcaza cargada con telas de Amberes y vino de Burdeos. Cuando advirtió que la embarcación se aproximaba al fin a Kingsbridge, se arrebujó la capa sobre los hombros, se subió la capucha para protegerse las orejas, salió a cubierta y miró al frente.

Al principio se llevó una gran decepción, pues lo único que acertaba a vislumbrar era nieve y más nieve. Sin embargo, su ansia por ver al fin la ciudad, aunque solo fuese un pequeño atisbo de ella, era insoportable, de modo que aguzó la vista a través del vendaval, con la esperanza dibujada en el semblante. Al poco, sus deseos se hicieron realidad, y la tormenta empezó a amainar. Un retazo de cielo azul asomó por sorpresa entre las nubes y, mirando por encima de las copas de los árboles, Ned vio la torre de la catedral, de ciento veintitrés metros de altura, un dato que sabía cualquier alumno de la Escuela de Gramática de Kingsbridge. Un manto de nieve ribeteaba ese día las alas del ángel de piedra que vigilaba la ciudad desde lo alto de la aguja, y teñía las puntas grisáceas de sus alas de un blanco brillante. Mientras Ned la contemplaba, un fugaz rayo de sol iluminó la estatua e hizo refulgir la nieve, como bendiciéndola. Entonces la tormenta arreció de nuevo y la estatua desapareció de su vista.

Ned no vio nada más que árboles durante largo rato, pero su imaginación trabajaba con desbordante frenesí. Estaba a punto de reencontrarse con su madre, tras una ausencia de un año. Había decidido que no le diría cuánto la había echado de menos, pues a los dieciocho años un hombre debía ser independiente y autosuficiente.

Sin embargo, por encima de todo lo demás, había echado de menos a Margery. Se había enamorado de ella, con un pésimo sentido de la oportunidad, unas pocas semanas antes de abandonar Kingsbridge para realizar una estancia de un año en Calais, el puerto de dominio inglés en la costa norte de Francia. Conocía a la traviesa e inteligente hija de sir Reginald Fitzgerald desde la infancia, y también le había gustado desde entonces. Con el tiempo, la niña se había convertido en toda una mujer, y su picardía y vitalidad habían ejercido un nuevo atractivo sobre él, de manera que en ocasiones llegaba incluso a sorprenderse mirándola embobado en la iglesia, con la boca reseca y la respiración agitada. Él había tenido sus dudas respecto a hacer algo más que limitarse a observarla, pues la muchacha era tres años menor que él, pero ella no había mostrado semejantes reservas. Se habían besado en el camposanto de Kingsbridge, tras el voluminoso montículo que formaba la tumba del prior Philip, el monje encargado de la construcción de la catedral, cuatro siglos antes. No había habido nada de infantil en aquel largo y apasionado beso; luego, ella se había reído y había echado a correr.

Pero al día siguiente, ella lo besó otra vez, y la noche antes de su partida hacia Francia, ambos se habían confesado que se amaban.

Las primeras semanas se habían intercambiado cartas de amor. No habían dicho nada a sus padres acerca de sus sentimientos —les parecía demasiado pronto—, de modo que no podían escribirse abiertamente, pero Ned había confiado su secreto a su hermano mayor, Barney, quien se convirtió en el intermediario de ambos. Luego Barney se había marchado de Kingsbridge para ir a Sevilla. Margery también tenía un hermano mayor, Rollo, pero no confiaba en él del modo en que Ned confiaba en Barney, así que la correspondencia entre ellos cesó.

La falta de comunicación no hizo mella en los sentimientos de Ned; era consciente de lo que solía decirse sobre los primeros amoríos, y se cuestionaba a sí mismo de forma constante, esperando que lo que sentía por Margery cambiase en cualquier momento; sin embargo, nada cambió. Tras unas pocas semanas en Calais, su prima Thérèse le dejó bien claro que se había quedado prendada de él y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para demostrárselo, pero Ned no se sintió en absoluto tentado. Eso le produjo cierta sorpresa, pues hasta entonces nunca había dejado pasar la oportunidad de besar a una muchacha hermosa de pechos generosos.

Sin embargo, en ese momento sentía una desazón de índole distinta. Tras rechazar a Thérèse, estaba seguro de que sus sentimientos por Margery no iban a cambiar en todo el tiempo que permaneciese lejos de su hogar, pero en ese instante se preguntó qué sucedería cuando la viera. ¿Resultaría Margery en persona tan arrebatadora como había permanecido en sus recuerdos? ¿Superaría su amor la prueba del reencuentro?

¿Y Margery? Un año era mucho tiempo para una muchacha de catorce años, quince ya, por supuesto, pero aun así. Tal vez sus sentimientos habían ido perdiendo fuerza una vez que cesó la correspondencia epistolar. Tal vez había besado a otro tras la tumba del prior Philip. Ned se llevaría una enorme decepción si ahora él le resultaba indiferente. Y aunque ella aún lo amase, ¿estaría el verdadero Ned a la altura de sus dorados recuerdos?

La ventisca amainó de nuevo, y Ned vio cómo la barcaza atravesaba los barrios de la periferia al oeste de Kingsbridge. A ambas orillas se hallaban los talleres de las industrias que hacían uso de grandes cantidades de agua para su funcionamiento: la curtiduría y el tintado de telas, la elaboración de papel y el despiece de la carne en el matadero. Puesto que muchas veces dichos procesos podían despedir olores terriblemente pestilentes, era en la parte occidental de la ciudad donde el precio de la vivienda era más barato.

Al frente, la isla de los Leprosos apareció ante los ojos de Ned. El nombre había quedado anticuado, pues hacía siglos que allí no había ningún leproso. En el extremo más próximo de la isla se hallaba el hospital de Caris, erigido por la monja que había salvado a la ciudad durante la peste negra. A medida que la embarcación se acercaba a la costa, Ned pudo ver, más allá del hospital, los elegantes arcos gemelos del puente de Merthin, que conectaba la isla con tierra firme al norte y al sur. La historia de amor entre Caris y Merthin formaba parte de la leyenda local, una historia que se transmitía de generación en generación en torno a la lumbre del hogar en invierno.

La nave se detuvo en un amarradero en el muelle, atestado de gente. A primera vista, la ciudad apenas había cambiado en un año; los lugares como Kingsbridge cambiaban muy muy despacio, supuso Ned: catedrales, puentes y hospitales estaban hechos para perdurar por los siglos de los siglos.

Llevaba una bolsa colgada del hombro, y en ese momento el capitán de la barcaza le entregó su otro equipaje, un pequeño baúl de madera con algo de ropa, un par de pistolas y algunos libros. Ned cargó con el baúl, se despidió y bajó al muelle.

Se dirigió hacia el enorme edificio de piedra junto al agua que hacía las veces de almacén y que era la sede del negocio familiar, pero cuando solo había avanzado unos pocos pasos, oyó una voz familiar a su espalda.

—Vaya, vaya, vaya… Pero si es nuestro Ned. ¡Bienvenido a casa!

La mujer que hablaba era Janet Fife, el ama de llaves de su madre. Ned sonrió de oreja a oreja, contento de verla.

—Justo estaba comprando pescado para la cena de tu madre —dijo. Janet era tan delgada que semejaba un palo, pero le encantaba dar de comer a los demás—. Tú también deberías comer un poco. —Lo examinó de arriba abajo—. Has cambiado —observó—. Tienes la cara más flaca, pero ahora eres más ancho de espaldas. ¿Te ha alimentado bien tu tía Blanche?

—Sí, pero el tío Dick me tenía todo el día picando piedra.

—Pues eso no es trabajo para un joven con estudios.

—No, si a mí no me importaba…

Janet alzó la voz:

—¡Malcolm, Malcolm! ¡Mira quién está aquí!

Malcolm era el marido de Janet y el mozo de cuadra de la familia Willard. Llegó renqueando desde el otro lado del muelle; un caballo le había dado una coz algunos años antes, cuando era un muchacho joven e inexperto. Estrechó la mano de Ned con calidez.

—Ha muerto Bellotas —le dijo.

—Era el caballo favorito de mi hermano —repuso Ned.

Disimuló una sonrisa: era muy propio de Malcolm dar noticias sobre los animales antes que informar sobre lo acontecido a los seres humanos.

—¿Mi madre está bien?

—Sí, la señora está muy bien, gracias a Dios —contestó Malcolm—. Y lo mismo tu hermano, por lo último que supimos…, aunque eso de escribir cartas no se le da muy bien, y la correspondencia tarda un mes o dos en llegar desde España. Deja que te ayude con el equipaje, joven Ned.

Ned no quería ir directamente a casa, sino que tenía otros planes.

—¿Serías tan amable de llevar mi baúl a la casa? —le pidió a Malcolm. En un arranque impulsivo, se inventó una excusa—: Di a los míos que voy a entrar en la catedral un momento a dar gracias por que la travesía haya transcurrido sin incidencias, y que luego iré hacia allá.

—Muy bien.

Malcolm se alejó cojeando y Ned siguió andando más despacio, disfrutando de la imagen familiar de los edificios que le habían acompañado durante toda su infancia. La nieve todavía seguía cayendo, aunque de forma menos copiosa. Los tejados estaban todos blancos, pero en las calles había un trajín incesante de gente y carros, y bajo las pisadas y las ruedas solo había restos de nieve sucia.

Ned pasó junto a la famosa taberna White Horse, escena de las habituales trifulcas de los sábados por la noche, y caminó cuesta arriba por la calle mayor en dirección a la plaza de la catedral. Dejó atrás el palacio episcopal y se detuvo unos minutos frente a la puerta de la Escuela de Gramática, mirándola con expresión de nostalgia. A través de sus ventanas estrechas y ojivales, vio algunos anaqueles de libros iluminados por las lumbreras. Allí había aprendido a leer y a contar, a saber distinguir entre cuándo plantar cara y pelear y cuándo salir huyendo, y a soportar los azotes que le propinaban con una vara hecha de ramas sin que le cayera una sola lágrima.

En el extremo sur de la catedral se hallaba el priorato. Desde que el rey Enrique VIII disolvió los monasterios, el priorato de Kingsbridge había sufrido un lamentable proceso de deterioro y en ese momento tenía enormes agujeros en los tejados, unos muros que parecían a punto de desmoronarse y una espesa maleza que crecía de forma salvaje a través de las ventanas. El conjunto de edificios eran propiedad del alcalde de la ciudad, el padre de Margery, sir Reginald Fitzgerald, pero este no había hecho nada por mantenerlos en buenas condiciones.

Por fortuna, la catedral sí se conservaba en buen estado, y se erguía imponente ante él, tan alta y robusta como siempre, el símbolo en piedra de la vitalidad de la ciudad. Ned atravesó la enorme portada occidental hacia la nave central. Le daría gracias a Dios por haber llegado sano y salvo a su destino y, de ese modo, convertiría la mentira que le había dicho a Malcolm en una verdad.

Como siempre, además de lugar de culto, la iglesia seguía siendo un centro idóneo para las transacciones comerciales: fray Murdo disponía de una bandeja con frascos llenos de tierra de Palestina que, aseguraba, era auténtica; un hombre al que Ned no reconoció ofrecía piedras calientes para calentarse las manos a cambio de un penique, y Puss Lovejoy, tiritando en su delgado vestido rojo, vendía lo que había vendido siempre.

Ned examinó los nervios de la bóveda, semejantes a un conjunto de brazos extendidos hacia arriba, hacia el cielo. Cada vez que entraba en aquella catedral, pensaba en los hombres y mujeres que la habían construido. Muchos de ellos eran conmemorados en el Libro de Timothy, una historia del priorato que se estudiaba en la escuela: los maestros albañiles Tom Builder y su hijastro Jack; el prior Philip; Merthin Fitzgerald, quien además del puente había levantado la torre central; así como todos los canteros, albañiles, carpinteros y vidrieros, personas normales y corrientes que habían hecho algo extraordinario, que habían sabido sobreponerse a sus humildes circunstancias y creado algo hermoso capaz de perdurar para toda la eternidad.

Ned se arrodilló un momento ante el altar. Un viaje sin contratiempos era algo digno de un profundo agradecimiento. Aunque la travesía entre Francia e Inglaterra era breve, los barcos podían sufrir situaciones difíciles, en ocasiones con un terrible desenlace.

Sin embargo, no permaneció demasiado rato en la iglesia. Su siguiente parada era la casa de Margery.

En el extremo norte de la plaza de la catedral, frente al palacio episcopal, estaba la posada Bell y, junto a ella, algún vecino de Kingsbridge estaba construyendo una casa nueva. Las tierras habían pertenecido al priorato, por lo que Ned supuso que la construcción era del padre de Margery. Resultaba evidente que el edificio iba a ser impresionante, con ventanas saledizas y múltiples chimeneas; sería la casa más majestuosa de toda la ciudad.

Siguió andando por la calle mayor hacia el cruce. La casa donde vivía Margery estaba situada en una esquina de la calle, al otro lado del consistorio. Aunque no era tan imponente como prometía el nuevo edificio, se trataba de una espectacular construcción de madera de grandes dimensiones que ocupaba una enorme extensión del terreno más caro de Kingsbridge.

Ned se detuvo en la puerta. Llevaba un año esperando que llegara aquel momento, pero ahora que al fin estaba allí, descubrió que una mezcla de miedo y nervios le atenazaba el corazón.

Llamó a la puerta.

Una sirvienta de avanzada edad, Naomi, le abrió y le invitó a pasar al espacioso salón de la casa. Naomi conocía a Ned desde que era un niño, pero lo recibió con nerviosismo, como si fuera un simple desconocido de quien convenía guardarse, y entonces, cuando preguntó por Margery, Naomi dijo que iría a ver si podía recibirlo.

Ned examinó el cuadro de Jesucristo en la cruz, que estaba colgado encima de la chimenea. En Kingsbridge había dos clases de temáticas pictóricas: las escenas bíblicas y los retratos formales de miembros de la nobleza. En las casas de las familias francesas acaudaladas, Ned se había sorprendido de ver cuadros de dioses paganos como Venus y Baco, retratados en medio de un entorno formado por bosques fabulosos y ataviados con túnicas que siempre parecían a punto de caer resbalando al suelo.

Sin embargo, allí había algo inusual: en la pared opuesta al cuadro de la Crucifixión habían colgado un mapa de Kingsbridge. Ned nunca había visto semejante cosa, y lo examinó con interés. En él se veía la ciudad claramente dividida en cuatro secciones por Main Street, la calle mayor, que iba de norte a sur, y High Street, la calle principal, que la recorría de este a oeste. La catedral y el antiguo priorato ocupaban el cuadrante inferior derecho, el sudeste, mientras que el pestilente barrio manufacturero se extendía por el sudoeste. Todas las iglesias aparecían señaladas en el mapa, así como algunas casas, incluidas la de los Fitzgerald y la de los Willard. El río marcaba el límite oriental de Kingsbridge y luego formaba un recodo, como la pata de un perro. En el pasado también había constituido la frontera más meridional, pero la ciudad había crecido en tamaño y ampliado su extensión por encima del agua gracias al puente de Merthin, y ahora había un inmenso arrabal al otro lado de la orilla.

Ned advirtió que ambos cuadros representaban a los padres de Margery: su padre, el político, había colgado el mapa, mientras que su madre, la católica devota, habría ordenado colgar la Crucifixión.

No fue Margery quien apareció en la amplia sala, sino el hermano de esta, Rollo. Era más alto que Ned, y un hombre apuesto, con el cabello negro. Ned y Rollo habían ido juntos a la escuela, pero nunca habían sido amigos: Rollo era cuatro años mayor. Había sido el chico más listo y aplicado de la escuela, y lo habían puesto a cargo de los alumnos más jóvenes; sin embargo, Ned se había negado a considerarlo su maestro y nunca había aceptado su autoridad. Para colmo, además, enseguida se vio que Ned iba a ser tan inteligente o más que Rollo. Ambos se enzarzaban constantemente en peleas y discusiones hasta que Rollo se marchó a estudiar al Kingsbridge College, en Oxford.

Ned trató de disimular su disgusto y contener la irritación.

—He visto que están construyendo algo junto a la posada Bell —dijo cortésmente—. ¿Está haciendo tu padre una casa nueva?

—Sí. Esta se está quedando bastante anticuada.

—Los negocios deben de ir muy bien en Combe.

Sir Reginald era administrador de aduanas en Combe Harbour. Se trataba de un cargo muy lucrativo que María Tudor le había otorgado al acceder al trono, como recompensa por su apoyo.

—Así que has vuelto de Calais —señaló Rollo—. ¿Cómo te ha ido?

—He aprendido mucho. Mi padre construyó allí un muelle y un almacén, que ahora dirige mi tío Dick. —Edmund, el padre de Ned había muerto diez años atrás, y su madre había asumido el control de todas las transacciones comerciales desde entonces—. Enviamos mineral de hierro, estaño y plomo inglés de Combe Harbour a Calais, y desde allí se distribuye a toda Europa.

La actividad de Calais constituía la base de todo el negocio familiar de los Willard.

—¿Y cómo ha afectado la guerra a vuestros negocios?

Inglaterra estaba en guerra con Francia, pero saltaba a la vista que la preocupación de Rollo era completamente falsa. En realidad se regodeaba con el peligro que la guerra suponía para la fortuna de los Willard.

Ned no quiso darle importancia.

—Calais está muy bien protegida —dijo con un tono rebosante de una confianza que no sentía en realidad—. Está rodeada de fuertes que la han defendido desde que pasó a formar parte de Inglaterra, hace doscientos años. —En ese momento se le agotó la paciencia—. ¿Está Margery en casa?

—¿Tienes alguna razón para verla?

Era una pregunta grosera, pero Ned la pasó por alto. Abrió su bolsa.

—Le he traído un obsequio de Francia —dijo al tiempo que extraía una pieza de seda de color lavanda, cuidadosamente doblada—. Creo que el color le sentará muy bien.

—No querrá verte.<

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