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WONDER. LA LECCIóN DE AUGUST

R.J. Palacio

4


Fragmento

En el coche

El camino de vuelta a casa era largo. Me quedé dormido en el asiento de atrás, como siempre, con la cabeza sobre el regazo de Via, como si fuese mi almohada, y con el cinturón de seguridad envuelto en una toalla para no llenar a mi hermana de babas. Via también se quedó dormida, y mamá y papá se pusieron a hablar en voz baja de cosas de adultos que para mí no tenían importancia.

No sé cuánto rato estuve dormido, pero al despertarme ya era de noche y por la ventanilla del coche se veía la luna llena. El cielo tenía un color morado e íbamos por una carretera llena de coches. Entonces oí a mis padres hablando de mí.

—No podemos seguir protegiéndolo —le susurró mamá a papá, que era quien conducía—. No podemos hacer como si mañana fuera a despertarse y su realidad fuera otra, porque sí lo es, Nate, y tenemos que ayudarle a aprender a hacerle frente. No podemos seguir evitando situaciones que…

—Y enviarlo al colegio de secundaria como un cordero al matadero… —contestó papá enfadado, pero no llegó a acabar la frase porque vio por el retrovisor que tenía los ojos abiertos.

—¿Qué es un cordero al matadero? —pregunté medio dormido.

—Vuelve a dormirte, Auggie —dijo papá en voz baja.

—En el colegio todos se quedarán mirándome —repuse, y me eché a llorar.

—Cielo —dijo mamá. Se dio la vuelta en el asiento del copiloto y me puso la mano sobre la mía—. Ya sabes que si no quieres, no irás. Pero le hemos hablado de ti al director y tiene muchas ganas de conocerte.

—¿Qué le habéis contado de mí?

—Que eres muy divertido, bueno e inteligente. Cuando le dije que a los seis años ya habías leído El jinete del dragón, exclamó: «¡Caray, tengo que conocerlo!».

—¿Qué más le contaste? —pregunté.

Mamá me sonrió. Su sonrisa me envolvió como un abrazo.

—Le hablé de tus operaciones y de lo valiente que eres.

—¿Y sabe la pinta que tengo?

—Le llevamos fotos del verano pasado en Montauk —dijo papá—. Le enseñamos fotos de toda la familia. ¡Y esa foto estupenda en la que sostienes un lenguado en la barca!

—¿Tú también estabas? —Tengo que reconocer que me llevé una desilusión al saber que papá también había participado en aquello.

—Pues sí, los dos estuvimos hablando con él —contestó papá—. Es un hombre muy simpático.

—Te caería bien —añadió mamá.

De pronto me pareció que los dos estaban en el mismo bando.

—Un momento. ¿Cuándo os reunisteis con él? —pregunté.

—Nos enseñó el colegio el año pasado —dijo mamá.

—¿El año pasado? —exclamé—. Entonces, ¿lleváis un año pensándolo y no me habíais dicho nada?

—No sabíamos si podrías entrar, Auggie —contestó mamá—. Es muy difícil entrar en ese colegio. La solicitud tiene que pasar por un proceso de admisión. Pensé que no era necesario contártelo y que te preocupases innecesariamente.

—Pero tienes razón, Auggie, deberíamos habértelo dicho el mes pasado, cuando supimos que te habían admitido —añadió papá.

—Visto ahora, supongo que sí —reconoció mamá, y soltó un suspiro.

—¿Y la señora que vino a casa aquella vez tenía algo que ver con esto? —dije—. La que me hizo hacer aquel test.

—Sí —reconoció mamá, con aire de culpabilidad—. La verdad es que sí.

—Me dijiste que era un test de inteligencia —repuse.

—Ya lo sé. Fue una mentira piadosa —contestó—. Necesitabas hacer la prueba para entrar en el colegio. Te salió muy bien, por cierto.

—Entonces, me mentiste —repliqué.

—Fue una mentira piadosa, pero sí. Lo siento —dijo, intentando sonreír, pero, como no le devolví la sonrisa, se dio media vuelta en el asiento y se puso a mirar hacia delante.

—¿Qué es un cordero al matadero? —pregunté.

Mamá suspiró y le lanzó a papá una mirada asesina.

—No debería haberlo dicho —respondió papá, mirándome por el retrovisor—. No es verdad. Verás: mamá y yo te queremos tanto que intentamos protegerte todo lo que podemos. Lo que pasa es que a veces queremos hacerlo cada uno a nuestra manera.

—No quiero ir al colegio —les contesté, cruzándome de brazos.

—Te vendría bien, Auggie —repuso mamá.

—A lo mejor, el año que viene —dije, mirando por la ventana.

—Este año sería mejor, Auggie —replicó mamá—. ¿Sabes por qué? Porque entrarás en quinto, que es el primer curso que imparten en un colegio de secundaria. Y es así para todo el mundo. No serás el único alumno nuevo.

—Seré el único alumno con esta pinta —repuse.

—No voy a decir que no será un gran reto para ti, porque eso ya lo sabes —dijo—. Pero te sentará bien, Auggie. Harás un montón de amigos. Y aprenderás cosas que nunca aprenderías conmigo. —Se dio media vuelta en el asiento y me miró—. Cuando nos enseñaron el colegio, ¿sabes qué tenían en el laboratorio de ciencias? Un pollito que estaba saliendo del cascarón. ¡Era precioso! Auggie, me recordó a ti cuando eras un bebé… con esos ojazos marrones que tienes…

Normalmente me gusta que hablen de cuando era un bebé. A veces me apetece acurrucarme contra ellos y dejar que me abracen y me den besos por todas partes. Echo de menos ser un bebé y no saber ciertas cosas, pero en aquel momento no me apetecía.

—No quiero ir —dije.

—A ver qué te parece esto: ¿puedes al menos ir a hablar con el señor Traseronian antes de tomar una decisión? —preguntó mamá.

—¿El señor Traseronian? —repuse.

—Es el director —contestó mamá.

—¿El señor Traseronian? —repetí.

—Ya, ya lo sé —dijo papá, sonriendo y mirándome por el retrovisor—. ¿Qué te parece el apellido que tiene, Auggie? ¿Quién podría querer tener un apellido como Traseronian?

Sonreí, aunque no quería que me viesen sonreír. Papá era la única persona en todo el mundo capaz de hacerme reír aunque yo no quisiese. Papá siempre hacía reír a todo el mundo.

—¡Auggie, deberías ir a ese colegio solo para oír cómo dicen su apellido por megafonía! —exclamó papá emocionado—. ¿A que sería gracioso? Probando, probando. ¡Por favor, señor Traseronian! —dijo imitando una voz aguda de mujer mayor—. ¡Hola, señor Traseronian! ¡Veo que hoy va de culo! ¿Han vuelto a darle un golpe a su coche por detrás? ¡Acuda al patio trasero!

Me eché a reír, pero no porque pensase que fuera tan gracioso, sino porque no me apetecía seguir enfadado.

—¡Aunque podría ser peor! —prosiguió papá con su voz normal—. Nosotros teníamos una profesora en la universidad que se llamaba Pompish.

Mamá también se echó a reír.

—¿De verdad? —pregunté.

—Roberta Pompish —contestó mamá, levantando la mano como si fuese a jurarlo por algo—. Bobbie Pompish.

—Tenía unos cachetes enormes —dijo papá.

—¡Nate! —exclamó mamá.

—¿Qué? Lo único que he dicho es que tenía unos cachetes enormes.

Mamá se reía y negaba

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