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Niklas Natt Och Dag  

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Fragmento

1

Mickel Cardell flota en el agua fría. Con la mano libre —la derecha— intenta agarrar por el cuello de la guerrera a Johan Hjelm, que está a su lado, inmóvil y con espuma roja en los labios, pero la sangre y el agua salobre hacen que la tela se le resbale de los dedos. Cuando una ola se lo arrebata finalmente, Cardell siente ganas de gritar, pero de sus labios sólo brota un gemido. Hjelm se hunde sin remedio. Cardell hunde la cabeza en el agua y por unos instantes sigue el viaje del cuerpo hacia las profundidades. Temblando de frío y conmoción, cree divisar algo más allá abajo, en los límites de su percepción: los cadáveres mutilados de miles de marineros caen lentamente hacia las puertas del infierno. El Ángel de la Muerte, con una calavera a modo de corona, repliega las alas para acogerlos. En medio del remolino que forma la corriente, sus mandíbulas se abren y cierran en una carcajada burlona.

—¡Guardia! ¡Guardia Mickel! ¡Por favor, despierte!

Cuando unas sacudidas ansiosas lo arrancan del sueño, Cardell nota una punzada de dolor en el ausente brazo izquierdo. Una prótesis de madera sujeta al codo con unas correas de cuero que se le encajan en la carne (a esas alturas ya tendría que saber que debe aflojarlas antes de dormirse) ocupa el lugar del miembro perdido del que sólo queda un muñón embutido en un hueco tallado a propósito en la pieza de haya.

De mala gana, abre los ojos sobre la vasta mesa de madera. Está pringosa: cuando intenta alzar la cabeza, su mejilla se adhiere a la superficie y, al levantarse, se arranca la peluca sin querer. Después de maldecir, la utiliza para enjugarse la frente, después se la guarda en la chaqueta. El sombrero se le cae al suelo y la copa se abolla. La alisa de un puñetazo y se lo pone. Empieza a recobrar la memoria: está en la taberna Hamburg, debe de haber bebido hasta quedar inconsciente. Echa un vistazo por encima del hombro y descubre a otros en condiciones similares: los pocos borrachos que la propietaria ha considerado lo bastante pudientes como para no arrojarlos a la cuneta. Están espatarrados en los bancos o tumbados de cualquier modo sobre las mesas, y así seguirán hasta el amanecer, cuando se alejen tambaleantes para encajar los reproches de los que esperan en casa. No es el caso de Cardell: herido de guerra, vive solo y su tiempo no le pertenece a nadie más que a él.

—¡Mickel, tiene que venir: hay un muerto en el lago Fatburen!

Lo han despertado dos golfillos, un niño y una niña. Sus caras le resultan familiares, pero no consigue recordar sus nombres. Tras ellos se ha plantado el encargado, al que llaman el Carnero, un tipo grueso que trabaja para la viuda Norström, la propietaria. Adormilado y enrojecido, se interpone entre los niños y una colección de cristal grabado, el orgullo de la bodega, que se guarda bajo llave en una vitrina azul.

Los condenados a muerte se detienen allí, en la taberna Hamburg, de camino al patíbulo de Skanstull. Allí se les sirve su último trago; después se recoge cuidadosamente el vaso, se graba en él el nombre y la fecha y se añade a la colección. Los parroquianos pueden beber en esos cálices, aunque siempre bajo supervisión y tras haber pagado una suma que se calcula según el grado de infamia del condenado. Dicen que hacerlo trae buena suerte, aunque Cardell nunca ha entendido por qué.

Se frota los ojos y comprende que aún está ebrio. Cuando prueba a hablar, su voz suena ronca.

—¿Qué diantre pasa aquí?

Le contesta la niña, que a todas luces es la mayor. El otro (su hermano, a juzgar por sus facciones) tiene labio leporino. El aliento de Cardell lo hace arrugar la nariz; busca refugio detrás de su hermana.

—Hay un muerto en el agua, cerca de la orilla.

Su tono es una mezcla de miedo y excitación. Cardell se nota las venas de la frente a punto de reventar. Su corazón late con fuerza y amenaza con desmoronar sus frágiles pensamientos.

—¿Y yo qué tengo que ver?

—Por favor, guardia, no teníamos nadie más a quien acudir y sabíamos que usted estaba aquí.

Él se masajea las sienes con la esperanza vana de aliviar el dolor palpitante.

El día apenas despunta sobre Södermalm. Aún flotan en el aire las tinieblas de la noche y el sol asoma tímido tras la isla de Sickla, más allá de la bahía de Danviken. Cardell sale de la taberna Hamburg y baja tambaleándose la escalera. Sigue a los niños por la calle desierta mientras escucha sin mucho entusiasmo su historia sobre una vaca que se ha acercado a la orilla a beber y ha huido despavorida en dirección a Danto.

—Ha tocado el cuerpo con el hocico y lo ha hecho dar vueltas.

A medida que se acercan al lago, las piedras dan paso al lodo bajo sus pies. Hace tiempo que ningún asunto conduce a Cardell a la orilla del Fatburen, pero rápidamente advierte que nada ha cambiado por allí: los planes trazados años atrás para despejar las márgenes y construir un muelle con embarcaderos no se han materializado. No es de sorprender, cuando la ciudad y el Estado están al borde de la ruina. Hace mucho que las casas en torno al lago se reconvirtieron en manufacturas; aparecieron talleres que arrojan los desechos directamente al agua; la zona vallada destinada a los residuos humanos está desbordada y muchos optan por ignorarla. Cardell suelta un juramento cuando el talón de su bota se hunde en el lodo y tiene que hacer aspavientos con el brazo sano para mantener el equilibrio.

—Vuestra vaca se habrá encontrado con algún pariente y se habrá asustado al verlo tan desmejorado: los carniceros echan sus sobras al lago. Me habéis despertado sólo por una ijada de ternera podrida o algún costillar de cerdo.

—Hemos visto un rostro en medio del agua: el rostro de una persona.

Las olas lamen la orilla y dejan una espuma de un amarillo pálido. Los niños tienen razón en un punto: hay algo en el lago, un bulto oscuro, probablemente putrefacto; flota unos metros lago adentro. Lo primero que se le pasa por la cabeza es que no puede tratarse de un ser humano: es demasiado pequeño.

—Lo que os decía: son despojos del carnicero. El cadáver de un animal.

La niña insiste en su historia, su hermano la apoya asintiendo con la cabeza. Cardell suelta un bufido de resignación.

—Estoy borracho, ¿me oís? Borracho como una cuba. No lo olvidéis cuando alguien os pregunte por el día en que engañasteis al guardia para que se metiera en el lago y él os dio la zurra más grande de vuestra vida tras salir empapado y furioso del agua.

Se quita el abrigo con las dificultades propias de un manco. La peluca de lana que había olvidado tras la solapa cae al barro. Qué más da: es un objeto patético y pasado de moda, y además le ha costado una miseria. Si la lleva es tan sólo porque ir más arreglado aumenta las posibilidades de que alguien lo invite a un par de tragos. Cardell echa un vistazo al cielo: una franja de estrellas distantes reluce sobre la bahía de Årstaviken. Cierra los ojos para conservar dentro de sí la belleza de aquella imagen, adelanta la pierna derecha y se adentra en el lago.

La margen cenagosa no soporta su peso. Se hunde hasta la rodilla y nota cómo el agua del Fatburen entra en tromba por el borde de su bota, que queda atascada en el lodo cuando él cae hacia delante. Descalzo de un pie, continúa internándose en el agua con movimientos a medio camino entre gatear y nadar como un perrito. Nota el agua espesa entre los dedos, llena de cosas que ni siquiera los habitantes de Sodermalm consideran dignas de conservar.

La borrachera ha nublado su juicio; siente una punzada de pánico cuando deja de percibir el lecho del lago bajo los pies: es más hondo de lo que esperaba. De pronto vuelve a estar en Svensksund, tres años atrás, aterrorizado y zarandeado por las olas mientras la costa sueca se aleja ante sus ojos.

Patalea para acercarse al bulto. Al principio cree que estaba en lo cierto: no puede tratarse de un ser humano, deben de ser los despojos de un animal que habrán arrojado allí los mozos del carnicero y que, al expandirse sus tripas con los gases de la descomposición, ha terminado convertido en una especie de boya. Pero entonces el bulto gira y le muestra la cara.

No es un cadáver totalmente descompuesto, pero no tiene ojos: son unas cuencas vacías las que lo miran. No hay dientes tras los labios destrozados. Tan sólo el cabello conserva su lustre: la noche y el lago han hecho cuanto han podido por debilitar su color, pero es sin duda una melena rubia. Cardell intenta tomar aire, pero el agua le entra en la boca y lo hace atragantarse.

Cuando al fin remite el ataque de tos, se queda flotando inmóvil junto al cuerpo, estudiando sus facciones deformadas. Los niños, en la orilla, no hacen el menor ruido; aguardan su regreso en silencio. Cardell agarra el cadáver, se da la vuelta en el agua y empieza a patalear en dirección a tierra firme.

El rescate se torna más laborioso al llegar al ribazo cenagoso, cuando el agua deja de colaborar en el transporte del cuerpo. Cardell se vuelve boca arriba y sale como puede, hincando un pie tras otro y arrastrando la presa por la ropa hecha jirones. Los niños no le ofrecen su ayuda, sino que retroceden acobardados y tapándose la nariz. Cardell se aclara la garganta y escupe agua sucia en el lodo.

—Corred a la Esclusa y llamad a los guardias.

Ellos no hacen el menor ademán de obedecer: parecen dudar entre mantener la distancia o echar un vistazo a la presa que se ha cobrado Cardell. Sólo reaccionan cuando él les arroja un puñado de barro.

—¡Seréis merluzos! ¡Corred al puesto de noche y traedme a un maldito casaca azul!

Cuando sus pisaditas dejan de oírse, Cardell se inclina hacia un lado y vomita. Se hace el silencio y en ese momento, allí, solo, siente un abrazo gélido que extrae todo el aire de sus pulmones y le impide tomar aliento. Su corazón late cada vez más deprisa y se apodera de él un miedo que lo paraliza.

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