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A FUEGO LENTO (BUCHANAN 5)

Julie Garwood  

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Fragmento

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1

El viejo cascarrabias iba a provocar un alboroto, y lo que más lamentaba era que no estaría allí para verlo.

Estaba a punto de quitarles la silla a sus inútiles parientes y, oh, qué pena, se iban a caer. Pero ya era hora de que en aquella desdichada familia alguien enderezara un entuerto.

Mientras esperaba que instalaran el equipo, ordenó la mesa. Sus dedos nudosos acariciaron la suave madera con la misma ternura con que había acariciado en otro tiempo a sus amantes. La mesa era vieja, cubierta de cicatrices y tan gastada como él. El viejo había amasado su fortuna en esa misma habitación. Con el teléfono pegado a la oreja había hecho un negocio lucrativo tras otro. ¿Cuántas empresas había comprado en los últimos treinta años? ¿Cuántas más había destruido?

Dejó de rememorar sus numerosos triunfos. No era el momento. Cruzó la habitación hasta el mueble bar y se sirvió un vaso de agua de la licorera de cristal que años atrás le había regalado uno de sus socios. Tras beber un sorbo, llevó el vaso a la mesa y lo dejó sobre un posavasos que había en el rincón. Echó un vistazo a la estantería revestida con paneles y llegó a la conclusión de que era demasiado oscura para las cámaras, por lo que se apresuró a encender todas las lámparas de la mesa.

—¿Están listos? —preguntó con el tono rebosante de impaciencia. Retiró la silla, se sentó, se alisó el cabello y se arregló la americana del traje para que no se le levantara el cuello. Dio un tirón a la corbata como si eso fuera a reducir la tensión en la garganta—. Voy a poner en orden mis pensamientos —añadió con la voz áspera de quien se ha pasado años dando órdenes a gritos y fumando puros cubanos.

Ahora quería un puro. Pero en la casa no había ninguno. Había dejado el hábito hacía diez años, aunque de vez en cuando, si estaba nervioso, ansiaba repentinamente uno, con toda su alma.

En ese momento no sólo estaba nervioso sino que tenía un poco de miedo, sensación que le resultaba extraña, casi desconocida. Necesitaba con urgencia hacer lo que debía, y hacerlo antes de morir, lo que ocurriría pronto, muy pronto. Era lo menos que podía hacer por el apellido MacKenna.

En un trípode plantado frente al viejo habían colocado la anticuada videocámara con cinta VHS, encima e inmediatamente detrás de la cual estaba la cámara digital, cuyo objetivo también lo enfocaba.

Miró más allá de las cámaras.

—Sé que piensan que con la digital bastaría, y seguramente tienen razón, pero a mí todavía me gusta el estilo de las cintas de vídeo. No me fío de estos discos, así que la cinta será la copia de seguridad. Háganme una señal cuando todo esté conectado —ordenó—, y empezaré.

Cogió el vaso, bebió un sorbo y lo dejó en la mesa. Tenía la boca seca debido a las pastillas que aquellos irritantes médicos le obligaban a ingerir.

Unos segundos después todo estuvo a punto. Y comenzó.

—Me llamo Compton Thomas MacKenna. Éstas no son mis últimas voluntades, pues ya me he ocupado de ello. Hace tiempo que modifiqué mi testamento. El original se halla en mi caja de seguridad; hay una copia en la asesoría jurídica que me presta sus servicios y también otra que, les aseguro, levantará su horrible cabeza si por alguna razón se pierden o destruyen el original y la copia de los abogados.

»No dije nada sobre la nueva versión del testamento ni sobre los cambios que efectué porque no quería pasar mis últimos meses acosado, pero ahora que los médicos me han asegurado que el fin está próximo y que ya no pueden hacer nada más, quiero..., no, necesito —corrigió— explicar por qué he hecho lo que he hecho..., aunque dudo que alguno de ustedes lo comprenda o le dé importancia.

»Empezaré mi explicación con una breve historia de la familia MacKenna. Mis padres nacieron, se criaron y fueron enterrados en las Highlands de Escocia. Mi padre poseía bastante tierra..., bastante —repitió. Hizo una pausa para aclararse la garganta y tomar otro sorbo de agua antes de proseguir—. Cuando murió, la tierra pasó por partes iguales a mi hermano mayor, Robert Duncan segundo, y a mí. Robert y yo nos trasladamos a Estados Unidos para completar nuestra formación, y ambos decidimos quedarnos. Al cabo de unos años Robert me vendió su parte de la tierra. Ese dinero lo convirtió en un hombre muy rico, y yo pasé a ser el único heredero de la finca denominada Glen MacKenna.

»No me casé. Nunca tuve tiempo ni ganas. Robert se casó con una mujer que a mí no me gustaba, pero, a diferencia de lo que habría hecho mi hermano, no proferí amenazas ni hice ninguna escena por ello. Se llamaba Caroline... Una advenediza. Desde luego jamás lo amó. De todos modos, cumplió con su deber y le dio dos hijos, Robert Duncan tercero y Conal Thomas.

»Y llegamos al meollo de esta lección de historia. Cuando mi sobrino Conal decidió casarse con una mujer sin posición social, su padre lo repudió. Robert había elegido a otra —una mujer de una familia influyente— y le indignó que se hubieran pasado por alto sus deseos. La esposa de Conal, Leah, era prácticamente una pordiosera, pero a él no parecía importarle el dinero que perdería. —Soltó un resoplido de asco y añadió—: Todo lo que le quedaba a Robert era su primogénito, un auténtico pelotillero que hacía todo lo que le mandaban.

»Con el tiempo perdí contacto con Conal —prosiguió—. Estaba demasiado ocupado —añadió a modo de excusa—. Todo lo que sabía es que se había trasladado a Silver Springs, en las afueras de Charleston. Pero más adelante me enteré de que había muerto en un accidente de coche. Me constaba que mi hermano no iría al entierro..., pero yo sí fui. No exactamente porque me sintiera obligado a ello, lo admito. Supongo que tenía curiosidad por ver cómo se las había arreglado Conal. No le dije ni a Leah ni a nadie que yo estaba allí. Me mantuve a distancia. La iglesia estaba de bote en bote. Fui incluso al cementerio y vi a Leah con sus tres pequeñas, la menor apenas un bebé. —Se calló como si imaginara la escena. No quería que ningún atisbo de emoción lo traicionara y cruzara sus apagados ojos, por lo que desvió un instante los ojos de la cámara. Se enderezó en la silla y continuó—. Vi lo que quería ver. El linaje de los MacKenna seguiría a través de los hijos de Conal..., si bien era una lástima que no hubiera ningún chico.

»En cuanto al otro hijo de mi hermano..., Robert tercero..., lo consintió..., le enseñó a ser un inútil. No le permitió tener ambición, a cambio de lo cual mi hermano vivió lo bastante para ver a su primogénito morir joven a causa de la bebida.

»El pecado del exceso se había transmitido a la generación siguiente. He visto a los nietos de Robert despilfarrar su herencia y, aún peor, deshonrar el apellido MacKenna. Bryce, el mayor, sigue los pasos de su padre. Se casó con una buena mujer, Vanessa, pero ella no pudo salvarlo de sus vicios. Es un alcohólico, como su progenitor. Vendió todas sus acciones, canjeó sus bonos y dilapidó hasta el último dólar. Gastó muchísimo en bebida y mujeres, y quién sabe qué hizo con el resto.

»Y luego está Roger. Ha sido el más escurridi

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