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A LA SOMBRA DEL áRBOL KAURI (TRILOGíA DEL áRBOL KAURI 2)

Sarah Lark  

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Fragmento

Contenido

Agradecimientos

HIJA DE LAS ESTRELLAS

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HIJA DE LAS SOMBRAS

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EL FIN DEL MUNDO

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SIN ELECCIÓN

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CON LOS OJOS ABIERTOS

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CAMELIAS BLANCAS

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Nota de la autora

Agradecimientos

Como siempre, son muchas las personas que me han ayudado a elaborar este libro. La colaboración con mi editora, Milanie Blank-Schröder, y mi correctora de texto, Margit von Cossart, ha sido, una vez más, extraordinaria: ¡muchas gracias a las dos!

Klara Decker ha cooperado también en esta ocasión leyendo el manuscrito y con sus búsquedas en Internet; y en cuanto al tema «conducir carruajes tirados por caballos en general y la Harness Racing en particular», doy las gracias a Judith Knigge por su asesoramiento en el tema de las luces de los carruajes y los auténticos métodos para matar con ayuda de sulkys.

Mi especial agradecimiento a todos aquellos que siempre están ahí para hacer llegar con éxito las novelas de Sarah Lark de Nueva Zelanda al lector. ¡De distribuidores a libreros, de encargados de prensa a diseñadores de cubiertas, en realidad sus nombres también deberían figurar en las listas de los más vendidos!

Y, naturalmente, nada funcionaría sin mi maravilloso agente Bastian Schlück y todos los trabajadores de la agencia. A todos ellos, una vez más, mil gracias.

SARAH Lark

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HIJA DE LAS ESTRELLAS

Nueva Zelanda, Dunedin y Waikato

1875-1878

Inglaterra, Londres

Gales, Cardiff y Treherbert

1878

1

—¿Y ha recibido clases particulares hasta ahora?

Miss Partridge, la renombrada directora de la Otago Girls’ School de Dunedin, dirigió una severa mirada a Matariki y sus padres.

Matariki respondió con toda serenidad, a pesar de que aquella mujer madura, vestida de oscuro y con monóculo, le parecía un poco rara. Miss Partridge debía de tener la misma edad que las abuelas del poblado maorí, pero allí nadie llevaba aparatos ópticos. La directora, sin embargo, no le infundía temor alguno, como tampoco la habitación con sus muebles oscuros, importados sin duda de Inglaterra, los pesados cortinajes de las altas ventanas ni las paredes cubiertas de numerosas estanterías cargadas de libros. A la pequeña Matariki solo le resultaba insólito el comportamiento de su madre. Ya durante todo el trayecto desde Lawrence hasta Dunedin había mostrado una inquietud rayana en la histeria, no dejó de criticar cómo iba vestida Matariki y lo que hacía, y casi parecía como si fuera ella misma quien tuviese que pasar el examen al que su hija iba a someterse ese día.

—No siempre, se...

Lizzie Drury apenas logró contenerse para no llamar respetuosamente «señora» a la directora, y de hecho había estado a punto de hacer una reverencia al presentarse. Se llamó fríamente al orden. Lizzie llevaba más de diez años casada y era la propietaria de Elizabeth Station, una finca junto a Lawrence. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de trabajar de doncella, pero no podía remediarlo: las formalidades seguían intimidándola.

—Miss Partridge —prosiguió, intentando imprimir firmeza a su tono de voz—. En realidad nuestra hija fue a la escuela de Lawrence. Pero desde que se marcharon los buscadores de oro, la población está decayendo lentamente. Lo que todavía queda... En fin, la cuestión es que no queremos seguir enviando a nuestros hijos allí. Por eso en los últimos años hemos optado por profesores privados. Pese a ello... a estas alturas, la profesora que les enseña en casa ya no puede aportarles nada más.

Lizzie comprobó con dedos nerviosos si seguía bien peinada. Llevaba el cabello rubio oscuro y crespo formalmente recogido bajo un atrevido sombrerito. ¿Tal vez demasiado atrevido? Ante la indumentaria oscura de Miss Partridge, digna pero que en cierto modo le confería un aire de corneja, el azul claro y las flores de adorno de colores pastel casi parecían demasiado audaces. De haber sido por Lizzie, habría sacado del rincón más escondido del armario ropero la aburrida capota y se la habría puesto para adquirir un aspecto más grave. Pero en eso Michael no había condescendido.

—Lizzie, ¡vamos a una escuela; no a un entierro! —había dicho riendo—. Aceptarán a Riki. ¿Por qué no iban a hacerlo? Es una niña espabilada. Y si no fuera así... esta no es la única escuela para niñas de la Isla Sur.

Lizzie se había dejado convencer, pero en esos momentos, ante la implacable mirada de la directora, habría querido que la tierra se la tragase. Poco importaba que la Otago Girls’ School fuera peculiar o no: Matariki era, sin la menor duda, un caso especial...

Miss Partridge jugueteó con el monóculo y adoptó una inequívoca expresión de desaprobación.

—Interesante, pequeña... —señaló, dirigiéndose por vez primera a Matariki en lugar de hablar solo con sus padres—. Tienes... ¿cuántos eran...? ¿Once años recién cumplidos? ¿Y tu profesora particular ya no es capaz de enseñarte más? ¡Debes de ser realmente una niña con mucho talento!

Matariki, totalmente ajena a la ironía del comentario, esbozó una sonrisa, una sonrisa que por lo general alcanzaba a todos los corazones.

—Las abuelas dicen que soy lista —confirmó con su voz dulce y melodiosa—. Aku dice que puedo bailar más haka que todas las demás niñas de mi edad. Y Haeata asegura que podría convertirme en tohunga, sanadora, si siguiera estudiando las flores. Ingoa también...

—Pero ¿cuántas abuelas tienes, niña? —preguntó Miss Partridge, desconcertada.

Los grandes ojos castaño claro de Matariki se perdieron en la distancia mientras iba repasando mentalmente el número de ancianas de la tribu. No tardó demasiado, también en cálculo estaba avanzada para sus años, aunque de esto no eran responsables los profesores particulares ni las «abuelas», sino su ahorradora madre.

—Dieciséis —respondió.

Miss Partridge volvió a dirigir su mirada de un azul acuoso a los padres de Matariki. La expresión dejó a Lizzie sin habla.

—Se refiere a las ancianas de la tribu maorí vecina nuestra —explicó Michael—. Entre los ngai tahu es habitual llamar «abuela» a todas las ancianas, no solo a la abuela biológica. Lo mismo se aplica a los abuelos, tías y tíos... incluso madres.

—Entonces... ¿no es su hija?

Esa idea casi pareció aliviar a Miss Partridge. A fin de cuentas, Matariki no presentaba ningún parecido especial con sus padres. Si bien Michael Drury tenía el cabello oscuro como la niña, sus ojos eran tan azules como el cielo de Irlanda, incluso la forma de hablar delataba todavía sus orígenes. Tenía el rostro de rasgos angulosos, no redondo como el de Matariki, y la tez más clara. De su madre, la niña había heredado la figura menuda y el cabello rizado, pero el de Lizzie era crespo, mientras que el de la pequeña era ondulado. Por añadidura, los ojos de la mujer eran azul claro. La niña no había heredado el color ambarino de sus pupilas de ninguno de los dos.

—¡Sí, sí! —Michael Drury movió la cabeza con vehemencia—. Por supuesto que es hija nuestra.

Lizzie le dirigió una breve mirada cargada de culpabilidad, pero Michael no reaccionó, sino que hizo frente al evidente malestar de la directora de la escuela. Michael Drury tenía sus defectos y lo irreflexivo de su temperamento seguía irritando a Lizzie. No obstante, mantenía sus promesas, también aquella que le había hecho a su esposa, antes de que naciera Matariki, de que nunca reprocharía a la niña lo que su madre era y fue.

En efecto, Michael jamás había mencionado la cuestión de la paternidad, aunque muy poco después del nacimiento de la pequeña había quedado manifiesto que él no podía haber engendrado a esa encantadora niña de piel oscura y ojos castaños. La única observación respecto a ese tema que surgió por entonces estaba relacionada con la elección del nombre.

—¿Querrás llamarla Mary? —había dicho Lizzie, al tiempo que bajaba avergonzada la mirada.

El nombre de Mary Kathleen, el amor de juventud de Michael, casi se habría convertido en el inspirador del de la niña. Pero Michael se había limitado a sacudir la cabeza en un gesto de negación.

En esos momentos Lizzie se irguió. La directora no podía creer que Matariki fuera la hija de esa pareja. Si sabía algo de biología, no podía pasarle por alto que dos personas de ojos azules no podían tener un hijo de ojos castaños.

—Yo soy su madre —declaró con firmeza—. Y además es una hija de las estrellas.

Así había llamado una vez Hainga, la mujer sabia de la tribu maorí, a Matariki. La niña había sido engendrada durante la festividad de Tou Hou. Los maoríes celebraban la fiesta de fin de año cuando la constelación de Matariki, las Pléyades, aparecía por vez primera en el cielo nocturno.

Miss Partridge volvió a fruncir el ceño.

—Así que no solo está dotada de un talento sobrenatural, sino que además su origen es celestial... —comentó.

Matariki observó a la directora de la escuela. Era bastante cándida y las palabras de la mujer no le decían gran cosa, pero sí se dio cuenta de que ofendían a su madre. Y ella no iba a permitirlo.

—Haikina dice que soy la hija de un jefe tribal —declaró—. Es más o menos como ser una princesa. O eso creo yo.

Lizzie casi habría sonreído. En una época también ella lo había pensado. Kahu Heke, el padre de Matariki, la había atraído diciéndole que un día la convertiría en reina. Pero de hecho la situación había tomado un giro distinto... y Haikina había hecho bien en no contar a la niña todo lo referente a su origen.

Miss Partridge pareció todavía más indignada, pero en ese momento Michael reaccionó. Tenía que intervenir, no se quedaría mirando mientras Lizzie se iba achicando cada vez más ante esa matrona impertinente.

—Miss Partridge, se trata de Matariki Drury, hija de Michael y Elizabeth Drury. Es lo que pone en el certificado de nacimiento de Dunedin y así pedimos que lo admita usted. Nuestra hija es una niña inteligente, pero yo tampoco calificaría su talento de sobrenatural. Por otra parte, su profesora particular, Haikina, solo ha asistido a la escuela de la misión. Sabe leer y escribir bien, una habilidad que enseña con afectuoso rigor a nuestros hijos. Pero no habla francés ni latín y no puede preparar a Matariki para estudiar una carrera ni para contraer matrimonio con un hombre de su misma categoría social.

Michael imprimió un tono casi amenazador a las palabras «de su misma categoría social». Que se atreviera la directora a contradecirle. En los últimos años, Lizzie y él no se habían convertido exactamente en barones de la lana, pero sí habían construido un pequeño y muy próspero establecimiento de cría de ovejas con la granja junto a Lawrence. En él no se ocupaban tanto de la producción de lana en grandes cantidades como de la cría de animales de calidad. Era más fácil llevar a término un apareamiento selectivo y experimentar con la obtención de distintas calidades de lana en una empresa pequeña que en las granjas grandes, que ya tenían suficiente trabajo con la regulación de los pastizales y el esquileo. Los carneros y ovejas madre de Elizabeth Station alcanzaban los más altos precios en las subastas y los Drury gozaban de muy buena reputación.

Lizzie, sin embargo, siempre se sentía un tanto desplazada cuando los invitaban a los encuentros de las uniones de los criadores de ovejas o cuando asistían a los bailes que se celebraban allí. Los orígenes de la pareja Drury eran humildes, y Michael, en especial, no mostraba el menor interés por pulir sus modales en sociedad. Lizzie se esforzaba más por lograrlo, pero era tímida. Con gente como los Warden, de Kiward Station, o los Barrington y los Beasley, de Canterbury, le fallaba primero la sonrisa, que solía cautivar a todo el mundo, y luego también la voz. Se había jurado que a Matariki no le ocurriría lo mismo. La escuela para chicas de Otago le facilitaría las herramientas necesarias para ello.

En cualquier caso, Matariki no tendía a la timidez. Tampoco se puso nerviosa cuando, al final, Miss Partridge no tuvo más remedio que hacerle un par de preguntas sobre cultura general y le puso unos problemas de cálculo. Con la voz clara y sin deje alguno de dialecto irlandés o cockney londinense, contra el que Lizzie llevaba toda su vida peleándose, solucionó las tareas. A este respecto, Haikina había sido una profesora ideal. La joven maorí había aprendido en la escuela de la misión un inglés extraordinario y sin ningún acento.

A continuación, Matariki esperó aburrida hasta que Miss Partridge hubo acabado de corregir el dictado. Acto seguido, la directora puso mejor cara. La niña solo había cometido un error en una palabra sumamente difícil.

—Bien, por lo que se refiere a conocimientos no hay ningún impedimento para que ingrese en la escuela —observó Miss Partridge algo agria—. No obstante, deben ustedes tener claro que... esta... Mata... esto... riki, será la única alumna con ese tipo de... de antecedentes exóticos.

Michael ya pretendía protestar de nuevo cuando la directora levantó la mano con aire apaciguador.

—Por favor, señor Drury, se lo digo con la mejor intención. Tenemos aquí a muchachas... en fin, las mejores familias de Canterbury y Otago nos envían a sus hijas, y algunas de esas niñas no están... bueno... no están acostumbradas a...

—¿Se refiere usted a que la mera visión de nuestra hija asustaría tanto a esas chicas que correrían de vuelta a sus casas?

Michael estaba empezando a hartarse. La paciencia no era una de sus virtudes y, si hubiese sido por él, ya se habría marchado a otra escuela de inmediato. Tal vez el instituto de Miss Partridge fuese la mejor escuela para niñas de Otago, pero, como era sabido, no era la única de toda la Isla Sur de Nueva Zelanda. Por otra parte, no veía a Lizzie capaz en absoluto de enfrentarse a otra situación como esa. En ese momento parecía un gatito aterrorizado.

—Digo todo esto por el bien de su hija —respondió Miss Partridge—. La mayoría de estas niñas conocen a los maoríes como criados, en el mejor de los casos. No será fácil.

Lizzie se irguió. Cuando alzaba la cabeza y se enderezaba, parecía más alta y segura; y por primera vez en ese día encarnó a la mujer blanca de quien los ngai tahu hablaban con más respeto en toda la Isla Sur: la pakeha wahine tenía para ellos más mana que la mayoría de los guerreros.

—Miss Partridge, la vida no es fácil —observó con serenidad—. Y será envidiable que Matariki no lo aprenda en peores circunstancias que a través del trato con un par de niñas mimadas de una escuela de señoritas. —Miss Partridge miró por primera vez con admiración a su interlocutora. Hasta hacía unos instantes no la había considerado más que un ratoncito gris, pero ahora... Y Lizzie todavía no había terminado—. Quizás usted misma se acostumbre a su nombre si en el futuro asiste a su escuela. Se llama Matariki.

Miss Partridge frunció los labios.

—Sí... bueno... esto es algo de lo que también deberíamos hablar... ¿No podríamos llamarla... Martha?

—¡Claro que la enviaremos a la Otago Girls’ School!

Los Drury se habían despedido de Miss Partridge sin alcanzar un acuerdo preciso acerca del ingreso de Matariki en la escuela, y Michael había empezado a criticar a esa «tipeja impertinente» en cuanto pusieron el pie en la calle. Lizzie lo dejó refunfuñar un rato, pensando que ya se calmaría mientras iba a recoger a los caballos en el establo de alquiler. Pero cuando sacó a colación la Escuela católica para niñas del Sagrado Corazón, defendió con energía su parecer.

—Otago es la mejor escuela, tú mismo has oído que los barones de la lana envían a sus hijas ahí. Y aceptarán a Matariki. Sería una locura renunciar a eso.

—Esas niñas ricas le harán pasar un infierno —protestó Michael.

Lizzie sonrió.

—Como ya le he explicado a Miss Partridge —señaló ella—, el infierno no se compone de sofás afelpados, muebles ingleses y aulas bien caldeadas. En esos lugares puede que ronden un par de diablillos, pero seguro que no tantos como en Newgate Prison y Wicklow Gaol, los campos de trabajo australianos y los campamentos de buscadores de oro neozelandeses. Nosotros pudimos superar todo eso, ¿no ves a Matariki capaz de enfrentarse a una escuela para niñas?

Michael la miró casi avergonzado por el rabillo del ojo mientras ponía en movimiento a los caballos.

—Siempre será una princesa. —Sonrió y luego se volvió hacia su hija—. ¿Quieres ir a esa escuela, Matariki?

La niña se encogió de hombros.

—La ropa es bonita —respondió, señalando a un par de chicas que pasaban con los uniformes que combinaban el azul y el rojo de la Otago School. Lizzie se sorprendió pensando que su hija tendría un aspecto encantador así vestida. Las blusas blancas también le quedaban muy bien con su tez de brillos casi dorados, los labios de color frambuesa y los bucles negros, tan suaves como el cabello de la misma Lizzie, pero más fuertes y espesos—. Y Haikina dice que las niñas tienen que aprender mucho más que los niños. Quien sabe mucho tiene mucho mana, y el que más mana tiene puede llegar a ser jefe de la tribu.

Lizzie soltó una risa algo forzada. Sabía, por propia y dolorosa experiencia, que tener mucho mana no siempre beneficiaba a una mujer. Por ello decidió, a su pesar, advertir a su hija de las posibles dificultades con que tropezaría en la escuela.

—Pero es posible, Matariki, que no encuentres aquí a ninguna amiga.

La pequeña miró a su madre con aire indiferente.

—Haikina dice que un jefe no tiene amigos. Los jefes son in... in...

—Intangibles —completó Lizzie. También eso le despertaba malos recuerdos.

La niña asintió.

—Yo también lo seré.

—¿Pasamos a ver a los Burton?

Lizzie hizo la pregunta sin mucho entusiasmo mientras el carruaje traqueteaba por las calles toscamente adoquinadas de Dunedin en dirección al suroeste. Si bien el reverendo Burton siempre había sido un amigo para ella, sentía cierto recelo hacia la esposa de este, Kathleen. Michael había amado durante demasiado tiempo a su «Mary Kathleen», y el enlace matrimonial con Lizzie casi había fracasado cuando la pasión de Michael por su antiguo amor se había vuelto a encender. Esta era la razón por la que Lizzie habría preferido romper el contacto con los Burton, y sabía que el reverendo Peter lo entendería. Le gustaba tan poco tener a Michael cerca como a ella tener a Kathleen a su lado. Pero, al fin y al cabo, estaba Sean, el hijo de Kathleen y Michael. El muchacho había conocido a su padre casi en la edad adulta y, aunque no sentían gran entusiasmo el uno por el otro, no debían volver a perderse de vista.

—¿No están en Christchurch? —preguntó Michael—. Pensaba que Heather exponía allí.

Heather era la hija del matrimonio de Kathleen con Ian Coltrane, otra historia que Michael prefería no recordar. Muchos años atrás, cuando lo deportaron por robar unos sacos de grano, se había visto forzado a dejar en Irlanda a su novia Kathleen embarazada. El padre de esta la había casado con un tratante de caballos, Ian Coltrane, quien prometió ser un padre para su hijo. El matrimonio había sido desdichado, pese a lo cual se había visto bendecido con dos hijos más. La benjamina era Heather, que estaba adquiriendo renombre como retratista. Esa semana, una galería de Christchurch exponía sus obras. Kathleen y Peter habían viajado allí con la joven pintora para celebrar el acontecimiento.

Lizzie escuchó las palabras de Michael con atención y no percibió tristeza en ellas. Tampoco Michael parecía morirse de ganas por visitar a los Burton, pese a que todos los interesados se comportaban de modo muy cordial. Pero, por supuesto, debía de resultarle extraño ver a su antigua amada casada y, además, con un sacerdote de la Iglesia de Inglaterra. Michael y Kathleen habían crecido juntos en un pueblo de Irlanda y, claro está, habían recibido una educación católica. Tal vez reunirse con el cultivado e instruido Peter Burton también intimidara un poco a Michael o, aún más, coincidir con el no menos ilustrado e igual de culto Sean.

Aunque Michael podía aceptar que un reverendo fuese más inteligente que él, reaccionaba con cierta susceptibilidad ante el sabelotodo de su hijo, en particular porque el joven, al principio de conocerse, no ocultó que no quería saber nada de su padre biológico. En el ínterin la situación había mejorado algo. Desde que Kathleen se había casado con el reverendo y Michael con Lizzie Owens, Sean ya no se sentía amenazado por la presencia de ese padre que había aparecido de golpe.

—Y Sean todavía estará en el despacho —siguió Michael. El chico había estudiado Derecho en la Universidad de Dunedin y acababa de conseguir su primer trabajo como pasante. Quería ser abogado y trabajaba duramente para ello—. Si queremos verlo, tenemos que quedarnos en la ciudad. ¿Buscamos un hotel?

Entre Dunedin y Elizabeth Station había casi setenta kilómetros y a Lizzie se le encogía un poco el corazón cuando pensaba que, en adelante, iba a estar tan separada de su hija. También dudaba respecto a si pernoctar o no allí. Por una parte le gustaba el lujo de los hoteles de calidad y disfrutaba con una buena cena y una copa de vino en compañía de su esposo. El vino, así como la viticultura, formaban parte de las pasiones de Lizzie, quien incluso intentaba cultivar cepas en su granja. Por otra parte, Haikina seguramente se preocuparía si no volvían por la noche tal como le habían anunciado. La amiga maorí y profesora particular de sus hijos había pasado tantos nervios a causa de la prueba de admisión de Matariki como la misma Lizzie y consideraría un honor que la escuela aceptase a una niña medio maorí. Por añadidura, los chicos estarían haciéndole mil travesuras a Haikina. No le parecía bien dejar a la joven sola con ellos sin haberlo acordado previamente.

—No, vámonos —decidió finalmente Lizzie—. Sean ya tendrá otros planes. Es mejor que no le cojamo

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