Loading...

A TRAVéS DE MI VENTANA

Ariana Godoy  

5


Fragmento

1
LA CLAVE DEL WIFI

Todo comenzó con la clave del wifi.

Sí, parece algo simple y poco importante, pero no lo es. Hoy en día, la clave de tu wifi es más valiosa que muchas otras cosas que tienes. Internet por sí solo ya es lo suficiente adictivo. Agrégale conexión inalámbrica y tienes una fuente de adicción permanente bajo el techo de tu casa. Conozco a personas que prefieren no salir a perder su valiosa conexión wifi.

Para respaldar la importancia del wifi, quiero contarles la historia con mis vecinos de atrás: los Hidalgo. A pesar de que mi madre emigró a Estados Unidos desde México cuando estaba embarazada de mí, luchando desde que llegó a este pequeño pueblo en Carolina del Norte, ella no ha tenido problemas socializando con todos nuestros vecinos, siendo los Hidalgo la excepción. ¿Por qué? Bueno, son personas adineradas, cerradas y bastante odiosas. Si hemos cruzado tres saludos, ha sido mucho.

Su núcleo familiar consta de doña Sofía Hidalgo, su esposo Juan y sus tres hijos: Artemis, Ares y Apolo. Sus padres tenían una obsesión con la mitología griega. No me imagino cómo los pobres chicos la pasan en la escuela, no debo ser la única que ha notado sus peculiares nombres. ¿Cómo sé tanto de ellos si ni siquiera nos hablamos? Pues la razón tiene nombre y apellido: Ares Hidalgo.

Suspiro y corazones imaginarios flotan alrededor.

A pesar de que Ares no asiste a mi escuela, sino a una prestigiosa escuela privada, he diseñado un horario para verlo; digamos que tengo una obsesión poco sana con él.

Ares es mi amor platónico desde la primera vez que lo vi jugando con un balón de fútbol en su patio trasero cuando yo tenía apenas ocho años. Sin embargo, mi obsesión ha disminuido con los años porque nunca he cruzado palabra con él, ni siquiera una simple mirada. Creo que nunca ha notado mi presencia, aunque lo «acoso» ligeramente; con énfasis en ligeramente, no hay razón para alarmarse.

En fin, el poco contacto con mis vecinos está a punto de cambiar, ya que resulta que el wifi no solo es imperativo, sino que tiene la capacidad de unir mundos diferentes.

Imagine Dragons suena por todo mi pequeño cuarto mientras canto y termino de quitarme los zapatos. Acabo de llegar de mi trabajo de verano y estoy exhausta; se supone que teniendo dieciocho años debería estar llena de energía, pero no es así. Según mi madre, ella tiene mucha más energía que yo, y tiene razón. Estiro mis brazos, bostezando. Rocky, mi perro, un lobo siberiano, me imita a mi lado. Dicen que los perros se parecen a sus dueños; bueno, Rocky es mi reencarnación perruna, juro que a veces hace mis gestos. Merodeando mi habitación, mis ojos caen sobre los pósteres con mensajes positivos en mis paredes, mi sueño es ser psicóloga y poder ayudar a la gente, espero conseguir una beca.

Camino hacia mi ventana con la intención de contemplar el atardecer. Es mi momento favorito del día, me encanta observar en silencio cómo el sol desaparece a través del horizonte y abre paso a la llegada de la hermosa luna. Es como si tuvieran un ritual secreto entre los dos, un pacto donde prometieron nunca encontrarse, pero sí compartir el majestuoso cielo. Mi cuarto está en el segundo piso, así que tengo una vista maravillosa.

Sin embargo, cuando abro mis cortinas, no es exactamente el atardecer lo que me sorprende, sino la persona sentada en el patio trasero de mis vecinos: Apolo Hidalgo. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a un miembro de esa familia en el patio y no puedo culparlos, su casa queda a unos cuantos metros de la cerca que divide nuestros patios.

Apolo es el menor de los tres hermanos, tiene quince años y por lo que he oído es un chico agradable, aunque no puedo decir lo mismo de sus hermanos mayores. Sin duda, el gen de la belleza corre en esa familia, los tres hermanos son muy atractivos, incluso su padre es bien parecido. Apolo tiene el cabello castaño claro y una cara perfilada que derrocha inocencia, sus ojos son color miel, al igual que los de su padre.

Apoyando mis codos en la ventana, lo miro directamente. Noto que tiene una laptop en su regazo y parece estar escribiendo algo con apuro.

¿Dónde están tus modales, Raquel?

La voz de mi madre aparece en mi mente regañándome. ¿Debería saludarlo?

Por supuesto, es tu futuro cuñado.

Aclaro mi garganta y preparo mi mejor sonrisa.

—¡Buenas tardes, vecino! —grito sacudiendo mi mano en modo de saludo. Apolo levanta la mirada y su pequeña cara se estira de sorpresa.

—¡Oh! —Se levanta de golpe, su laptop cayendo al suelo abruptamente—. ¡Mierda! —maldice recogiéndola e inmediatamente revisándola.

—¿Está bien? —pregunto por su laptop, que parece costosa.

Apolo suelta un suspiro de alivio.

—Sí, está bien.

—Soy Raquel, soy tu ve...

Me sonríe amablemente.

—Sé quién eres, somos vecinos de toda la vida.

Por supuesto que sabe quién soy. ¡Tonta, Raquel!

—Claro —murmuro avergonzada.

—Me tengo que ir. —Recoge la silla—. Oye, gracias por darnos la clave de tu wifi, vamos a estar sin internet durante unos días por la instalación de un nuevo servicio. Es muy amable de tu parte compartir tu internet.

Me quedo fría.

—¿Compartir mi internet? ¿De qué estás hablando?

—Estás compartiendo tu wifi con nosotros, por eso estoy aquí en el patio, la señal no llega a la casa.

—¿Qué? Pero si yo no les he dado la clave... —La confusión apenas me deja hablar. Apolo arruga sus cejas.

—Ares me dijo que tú le habías dado la clave.

Mi corazón revolotea en mi pecho al escuchar ese nombre.

—En mi vida he cruzado palabra con tu hermano.

Créeme que lo recordaría con lujo de detalles si lo hubiera hecho.

Apolo parece caer en la cuenta de que no estoy enterada del asunto y sus mejillas se ponen rojas.

—Lo siento, Ares me dijo que tú le habías dado la clave, por eso estoy aquí; discúlpame, de verdad.

Meneo la cabeza.

—Tranquilo, no es tu culpa.

—Pero si tú no le diste la clave, entonces, ¿cómo la tiene? Acabo de navegar conectado a tu señal.

Me rasco la cabeza.

—No lo sé.

—Bueno, no volverá a pasar, te pido disculpas otra vez. —Con la cabeza baja desaparece a través de los árboles de su patio.

Me quedo pensativa mirando el lugar donde Apolo estuvo sentado. ¿Qué ha sido todo eso? ¿Cómo tiene Ares mi clave del wifi? Esto se está convirtiendo en un misterio policial, es que puedo imaginarme el título: El misterio de la clave del wifi. Sacudo mi cabeza ante mis ideas locas.

Cierro la ventana y me recuesto contra ella. Mi clave es vergonzosa y Apolo la sabe. ¡Qué pena! ¿Cómo ha llegado a manos de Ares? No tengo ni idea. Ares no solo es el más guapo de los tres hermanos, también es el más introvertido y cerrado.

—¡Raquel! ¡La cena está lista!

—¡Ya voy, mamá!

Esto no ha terminado, investigaré cómo Ares obtuvo mi clave, será mi propia investigación CSI; quién sabe, tal vez me compre unos lentes oscuros para parecer una detective profesional.

—¡Raquel!

—¡Voy!

Proyecto Clave wifi activado.

2
EL ODIOSO VECINO

Odio que me molesten cuando duermo, es una de las pocas cosas que no soporto. Normalmente, soy una persona tranquila y pacífica, pero, si me despiertas, verás mi lado más oscuro. Así que, cuando me despierta una melodía desconocida, no puedo evitar gruñir molesta. Doy vueltas en mi cama, cubriéndome la cabeza con mi almohada, pero el daño ya está hecho y no consigo conciliar el sueño otra vez. Irritada, lanzo la almohada a un lado y me siento, murmurando profanidades. ¿De dónde diablos viene ese sonido?

Gimo enfadada, es medianoche. ¿Quién puede estar haciendo ruido a esta hora? Ni siquiera es fin de semana. Después de caminar como un zombi hacia mi ventana, la brisa fresca colándose entre las cortinas me da escalofríos. Estoy acostumbrada a dormir con la ventana abierta porque nunca había tenido problemas con ruidos nocturnos. Al parecer eso cambió. Reconozco la canción que suena: Rayando el sol, de Maná. Rascándome la cabeza, abro las cortinas para buscar de dónde viene. Me quedo paralizada al notar a alguien sentado en la pequeña silla del patio de los Hidalgo, pero no es Apolo esta vez. Mi corazón se desboca en mi pecho cuando me doy cuenta de que es nada más y nada menos que Ares.

Para describir a Ares me faltarían palabras y aliento. Es el chico más apuesto que he visto en mi vida y créeme que he visto bastantes. Es alto, atlético, con unas piernas perfectamente definidas y un culo para morirse. Su rostro tiene un ademán griego, con pómulos aristocráticos y una nariz perfilada preciosa. Sus labios son carnosos y se ven mojados todo el tiempo. Su labio superior forma un arco como el de la parte de arriba de un corazón dibujado y el de abajo está acompañado de un piercing casi imperceptible. Sus ojos me quitan el aliento cada vez que los veo, son de color azul profundo con un destello de verde impresionante. Su cabello es negro azabache, el cual hace contraste con su piel blanca y cremosa y cae despreocupadamente sobre su frente y orejas. Tiene un tatuaje en su brazo izquierdo de un dragón lleno de curvas que se ve profesional y bien hecho. Todo sobre Ares grita misterio y peligro, lo que debería alejarme de él, pero, en vez de eso, me atrae con una fuerza que me corta la respiración. Lleva unos shorts, unas Converse y una camiseta negra que pega con su cabello. Lo observo abobada mientras teclea algo en su laptop, mordiéndose el labio inferior. ¡Qué sexy!

Pero entonces sucede. Ares levanta la vista y me ve. Esos hermosos ojos azules se encuentran con los míos y mi mundo se detiene. Él y yo nunca hemos compartido una mirada tan directa. Sin querer, me sonrojo de inmediato, pero no puedo apartar la mirada.

Ares arquea una ceja, con sus ojos fríos como el hielo.

—¿Necesitas algo? —Su voz carece de alguna emoción. Trago saliva, luchando por encontrar mi voz. Su mirada me paraliza. ¿Cómo puede alguien tan joven intimidar tanto?

—Yo... Hola —casi tartamudeo. Él no dice nada, solo se me queda mirando, poniéndome más nerviosa—. Yo..., eh, tu música me despertó.

Estoy hablando con Ares. Dios, no te desmayes, Raquel. Respira.

—Tienes buen oído, tu habitación está bastante retirada.

¿Eso es todo? ¿Nada de disculpas por despertarme? Sus ojos vuelven a la laptop y sigue escribiendo en ella. Yo tuerzo los labios en irritación. Al pasar unos minutos, él nota que yo no me muevo y vuelve a mirarme, arqueando una ceja.

—¿Necesitas algo? —repite con un aire de molestia. Eso me da valor para hablar.

—Sí, de hecho, quería hablar contigo. —Él me hace un gesto para que continúe—. ¿Estás utilizando mi wifi?

—Sí. —Ni siquiera duda a la hora de responder.

—¿Sin mi permiso?

<

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta