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ABRIL EN CURAZAO

Betina Shabliko  

5


Fragmento

Capítulo I

Por un mero instante, su silencio, munido de esa mueca cargada de desdén, parecía haber bastado para obviar la afrenta. Y, a criterio de Abril, era más que suficiente para demostrarle a esa desubicada que ella no estaba tan desesperada.

Pero estaba en un error. La mujer detrás de la mascarilla de barro del Nilo ignoró por completo la sutil gestualidad de su interlocutora y arremetió:

—Fuera de broma, mirá que te lo digo en serio... Tan solo por diez mil dólares tendrías tu visa prolongada y una nueva vida en París. Y no es con cualquiera... Es con mi ahijado franco argentino, Jean Claude.

Abril meneó la cabeza, pero, esa vez, pudo verbalizar su indignación.

—¿Me está hablando en serio o es un chiste? ¡Pero ni loca! ¡Ni loca! ¡Jamás! Eso no es para mí. Yo no soy ese tipo de persona, no, no. ¡Nunca en la vida! ¡Olvídese!

La mujer, al borde del desencanto, se encogió de hombros y tomó con displicencia el vaso de agua helada que estaba al lado de su camilla. Se lo acercó con lentitud a sus labios, coronados por un código de barras estampado en su piel, y, cuando estaba a punto de retrucar, fue interrumpida por la esteticista que, sonriendo pero sin permiso, la recostó y, sin mediar palabra, comenzó a enjuagarle la mascarilla de su rostro, que era del mismo color gracias al exceso de rayos UV absorbidos a lo largo de su plácida existencia..

Abril aprovechó esos segundos de silencio para aplacarse. Respiró profundo y se distendió. O, al menos, simuló hacerlo. Todavía no se reponía de la indignación. «¿Pero por quién me habrá tomado? ¿Acaso parezco tan desesperada?», se preguntaba, tratando de desviar la vista de la camilla donde yacía su ofensora. «Solo porque le dije que estoy aburrida de este país y que me he peleado con mi novio de seis años... Pero ¿tan pobre infeliz me habrá visto?».

Aunque irremediable, resulta una verdadera lástima que las personas casi nunca sepan cuál es ese momento en el que sus vidas están a punto de cambiar, porque, de saberlo, atesorarían cada segundo, apreciarían cada encuentro e, incluso, saborearían más cada bocado.

Y Abril se encontraba justo en esa situación. Pero, por supuesto, ella tampoco lo sabía.

Esa mañana, solo le preocupaba no parecer una sombra de sí misma y, a la vez, deshacerse de esa entrometida antigua vecina de su madre. Hasta ese día, ella no la había vuelto a ver desde que sus padres se habían mudado de vecindario.

«Qué mala suerte, ¡venir a encontrármela justo hoy, acá!», se repetía Abril con creciente malhumor, como si ese contratiempo vaticinara el preámbulo de su nuevo comienzo. Esa sesión de spa había sido obsequio de cumpleaños de Guillermina, su mejor amiga y flamante esposa de Tomás, el primo favorito de Abril. Un merecido momento colmado de mimos y belleza que inauguraría simbólicamente su regreso a la pistas. Ya que había estado bastante tiempo confinada, sin sentirse ella misma.

Asimismo, gracias a su estricto entrenamiento diario de los últimos tiempos, para entonces ya podía considerarse una experta, y de las de alta competencia, en la técnica de la autocompasión, a la que se había consagrado con insuperable denuedo.

Y ese no era su único dilema. Por esos días, debía decidir si aceptaba o no el préstamo del banco, el cual estaría avalado por su única propiedad, un departamento en una de las mejores zonas de Buenos Aires. Para empeorar las cosas, su nueva socia no la convencía del todo. Ni a ella ni a su intuitiva amiga Guillermina. Pero por más que lo recapacitara, Abril no vislumbraba otra opción. Ella sola, sin ayuda, no podría abrir el local soñado. Ese local a la calle donde se lucirían sus diseños exclusivos.

No obstante las múltiples decisiones que la esperaban, había algo que en verdad sí la desvelaba... era su temor a regresar a los sitios que hasta hacía muy poco tiempo solía frecuentar con quien había sido su amor durante los últimos seis años.

Ella tenía pánico de cruzarse con Pablo. Y no solo con él, sino con él y su nueva novia. «Novia». Al menos era la información escueta que le había llegado; escueta solo por el hecho de que apenas se lo nombraban, ella solía cambiar de tema o fingir desinterés. Aunque nadie le había asegurado qué tipo de relación tenían, lo habían visto varias veces acompañado por la misma joven con porte de modelo.

Aunque le parecía cursi, Abril amaba los refranes y solía tener uno para cada ocasión, y en esa en particular, cuando la nostalgia la invadía, le venía a la mente, como un mantra, uno de sus favoritos: «La mejor venganza es la superación», aunque, en los tiempos que corrían, no parecía estar resultándole de ayuda.

¡Menos mal que le quedaba Burton! ¡Ese rubio sí que valía la pena! Valía incluso los sacrificios, los gastos desmesurados en épocas de ajuste, los desvelos. ¡Él se merecía todo y mucho más! Y ambos sentían amor incondicional el uno por el otro. Y una lealtad a toda prueba.

¡No había dudas de que él era su gran amor! Y, sin dudas, su único gran amor.

Capítulo II

Es casi una regla que cuando alguien está empecinado en una nueva empresa, aunque la intuición le haga saber a gritos que está en peligro, en vez de escuchar esa advertencia, escoge la opción que aconseja: «Interpretarlo como un lógico temor al cambio».

Y Abril no era la excepción. Por eso, cuando el ejecutivo de cuentas le tendió el documento en el que se desplegaba con todos los ceros una cifra muy por encima de sus posibilidades, ella, aunque temblorosa, firmó, encomendándose a todos los santos.

Una vez acreditado el efectivo en su cuenta, no dudó en convertir gran parte de este en un cheque que daría a su socia para que se encargara del pago del anticipo del local. En el momento de hacerlo, tuvo el cuidado de calcular la cifra estimativa que representaba la compra de materiales, publicidad y, entre otras cosas, la decoración y diseño del cartel que ostentaría la marca Sol de Abril. ¡Ella lo había soñado tantas veces, que ahora solo debía llevarlo a la práctica! Tan simple como eso.

Con el cheque todavía en su bolso, decidió pasar a visitar a sus padres antes de dárselo a su socia. Era un modo de prolongar la sensación de holgura, de sentirse a resguardo y con dinero al menos por un par de horas más.

Hacía dos años que sus padres se habían mudado a esa nueva casa, sin embargo, a Abril le seguía pareciendo extraño visitarlos ahí. Lo sentía un lugar ajeno. Por esa razón, al entrar y verlos sentados en esa sala, no pudo evitar que le parecieran dos actores ensayando en una nueva escenografía.

Apenas entró, apoyó con displicencia el bolso sobre el sofá y exclamó contenta:

—¡Hola! ¿Qué tal?

Ninguno de los dos respondió al saludo, solo la miraron preocupados y, al unísono, le preguntaron:

—¿Y...? ¿Retiraste el dinero del banco? —Su padre la miró pretendiendo tranquilidad, y le sugirió—: Todavía estás a tiempo, pensalo bien, y más aún cuando decís que no te convence tu socia...

Siempre la habían apoyado en todos sus proyectos, pero en esa situación se mostraban bastante renuentes.

—Tengo que hacerlo. Las cosas se hacen cuando la oportunidad se da. ¿Qué voy a esperar? ¿O no es eso lo que siempre me dicen? «Hacelo ahora que podés».

Ambos padres concluyeron que la decisión estaba tomada y solo restaba desearle lo mejor.

Al dejar la casa familiar, Abril se despidió con el mejor de los ánimos y no tuvo ni una ínfima sospecha de que no volvería a ver a sus padres en muchísimo tiempo. Ni siquiera lo intuyó.

Tomó un taxi que la llevó, raudo, al edificio donde vivía su socia. Ambas se habían conocido hacía un año, en el caro gimnasio al que Abril había decidido asistir en la cándida creencia de que, debido al alto costo de las cuotas, ella sería constante con las clases, «si invierto tanto dinero, no pondré excusas para faltar a clase... Que me duele la cabeza, que me está por venir, que parece que va a llover...». Esa era la idea. Aunque no le funcionó. Pero sí, en cambio, sirvió para conocer a su futura socia, Samanta Bardi, una morocha de carácter fuerte y práctico, que ostentaba un título de licenciada en administración de empresas.

Cuando el taxi detuvo su marcha frente al edificio de Samanta, con lo primero que se topó, como de costumb

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