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ABRIR EN CASO DE APOCALIPSIS

Lewis Dartnell  

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Fragmento

 

Introducción

El mundo tal como lo conocemos ha llegado a su fin.

Una cepa particularmente virulenta de gripe aviar finalmente rompió la barrera de la especie y logró dar el salto a huéspedes humanos, o puede que hubiera sido deliberadamente propagada en un acto de bioterrorismo. El contagio se extendió con devastadora rapidez en esta era moderna de ciudades densamente pobladas y viajes aéreos intercontinentales, y mató a una importante proporción de la población mundial antes de que pudieran implementarse cualesquiera medidas de inmunización o siquiera órdenes de cuarentena eficaces.

O tal vez las tensiones entre la India y Pakistán llegaron al máximo y una disputa fronteriza se intensificó más allá de todo límite racional, culminando en el uso de armas nucleares. Los característicos impulsos electromagnéticos de las ojivas fueron detectados por la vigilancia defensiva china, desencadenando una ronda de lanzamientos preventivos contra Estados Unidos, que a su vez propiciaron represalias de dicho país y sus aliados en Europa e Israel. Grandes ciudades de todo el mundo quedaron reducidas a irregulares planicies de vidrio radiactivo. Los enormes volúmenes de polvo y cenizas inyectados en la atmósfera redujeron la cantidad de luz del Sol que llegaba a la Tierra, provocando un invierno nuclear que se prolongaría durante varias décadas, el hundimiento de la agricultura y una hambruna global.

O puede que fuera un acontecimiento completamente fuera del control humano. Un asteroide rocoso, de solo alrededor de un kilómetro de diámetro, se estrelló contra la Tierra y alteró mortalmente las condiciones atmosféricas. Las personas que se hallaban en un radio de unos cientos de kilómetros en torno a la zona cero fueron liquidadas en un instante por el intenso calor y la presión de la onda expansiva, y a partir de ese momento casi todo el resto de la humanidad tuvo los días contados. De hecho, daba igual en qué país cayera: la roca y el polvo arrojados a la atmósfera —junto con el humo producido por los incendios generalizados causados por la onda de calor— fueron dispersados por el viento hasta asfixiar el planeta entero. Como en un invierno nuclear, las temperaturas globales descendieron lo bastante para malograr las cosechas y provocar una hambruna masiva en todo el mundo.

Este es el argumento de numerosas novelas y películas que nos presentan mundos postapocalípticos. Con frecuencia, el período inmediatamente posterior aparece retratado —como en Mad Max o en la novela de Cormac McCarthy La carretera— como estéril y violento. Bandas errantes de buscadores de desperdicios acaparan los alimentos que quedan y atacan sin piedad a quienes están menos organizados o armados que ellos. Sospecho que, al menos durante un tiempo tras la conmoción inicial del colapso, esto podría no hallarse demasiado lejos de la realidad. Pero soy optimista: creo que en última instancia prevalecerían la moral y la racionalidad, iniciándose el acuerdo y la reconstrucción.

El mundo tal como lo conocemos ha llegado a su fin. La pregunta crucial es: ¿y ahora qué?

Una vez que los supervivientes han asumido su difícil situación —el hundimiento de toda la infraestructura que previamente sustentaba sus vidas—, ¿qué pueden hacer para resurgir de sus cenizas y asegurarse de prosperar a largo plazo? ¿Qué conocimiento necesitarían para recuperarse lo más rápidamente posible?

Esta es una guía para supervivientes. Un libro no solo preocupado por mantener viva a la gente en las semanas posteriores al apocalipsis —ya se han escrito abundantes manuales sobre habilidades de supervivencia—, sino que enseña cómo orquestar la reconstrucción de una civilización tecnológicamente avanzada. ¿Sabría explicar cómo construir un motor de combustión interna, o un reloj, o un microscopio, si se encontrara usted de repente sin una sola unidad en buen estado? O, a un nivel aún más básico, ¿sabría cómo cultivar alimentos y fabricar ropa de manera satisfactoria? Pero los escenarios apocalípticos que presento aquí son también el punto de partida de un experimento mental: constituyen un vehículo que permite examinar los fundamentos de la ciencia y la tecnología, los cuales, en la medida en que el conocimiento se hace cada vez más especializado, la mayoría de nosotros percibimos como muy remotos.

Las personas que viven en los países desarrollados se han desconectado de los procesos de la civilización que las sustentan. A nivel individual, somos asombrosamente ignorantes hasta de los aspectos básicos de la producción de alimentos, alojamiento, ropa, medicinas, materiales o sustancias vitales. Nuestras habilidades de supervivencia se han atrofiado hasta el punto de que una gran parte de la humanidad sería incapaz de sustentarse si fallara el sistema de soporte vital de la civilización moderna, si dejara de aparecer por arte de magia comida en las estanterías de las tiendas, o ropa en las perchas. Obviamente, hubo un tiempo en que todo el mundo era un «survivalista», con un vínculo mucho más íntimo con la tierra y los métodos de producción, y para poder sobrevivir en un mundo postapocalíptico habría que retroceder en el tiempo y volver a aprender todas esas habilidades esenciales.*

Es más, cada una de las piezas de tecnología moderna que damos por sentadas requiere una enorme red de soporte de otras tecnologías. Para fabricar un iPhone hace falta mucho más que conocer el diseño y los materiales de cada uno de sus componentes. El dispositivo es la culminación situada en la misma cúspide de una vasta pirámide de tecnologías que lo posibilitan: la extracción y el refinado del raro elemento indio para la pantalla táctil, la fabricación fotolitográfica de alta precisión del sistema de circuitos microscópicos de los chips de procesamiento informático, y los componentes increíblemente miniaturizados del micrófono, por no hablar de la red de repetidores de radio e infraestructuras necesarias para mantener las telecomunicaciones y el funcionamiento del teléfono. A la primera generación nacida tras la Caída los mecanismos internos de un teléfono moderno le resultarían inescrutables; los trayectos de los circuitos de sus microchips, invisiblemente pequeños para el ojo humano, y su finalidad, arcana por completo. El autor de ciencia ficción Arthur C. Clarke dijo en 1961 que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada resulta indistinguible de la magia. En un primer momento, el problema sería que esa milagrosa tecnología no pertenecería a algún ser alienígena procedente de las estrellas, sino a una generación de nuestro propio pasado.

Hasta los objetos cotidianos de nuestra civilización que no son especialmente productos de alta tecnología siguen requiriendo una serie de materias primas que deben extraerse de minas u obtenerse de otras formas y procesarse en plantas especializadas, para luego ensamblar sus diversos componentes en una instalación fabril. Y todo ello, a su vez, depende de centrales eléctricas y del transporte de larga distancia. Este aspecto quedaba subrayado de manera muy elocuente en un ensayo de 1958 de Leonard Read, escrito desde la perspectiva de uno de nuestros instrumentos más básicos, «Yo, el lápiz».2 La asombrosa conclusión es que, dado que las fuentes de las materias primas y los métodos de producción son tan dispersos, no hay ninguna persona en la faz de la Tierra que tenga por sí sola la capacidad y los recursos necesarios para hacer siquiera el más sencillo de los instrumentos.

Thomas Thwaites ofreció una potente demostración del abismo que actualmente separa nuestras capacidades individuales de la producción de incluso los artilugios más sencillos de nuestra vida diaria cuando en 2008 trató de hacer una tostadora desde cero mientras cursaba un máster en el Royal College of Art de Londres. Aplicó un proceso de retroingeniería a una tostadora barata para determinar sus piezas más básicas —armazón de hierro, láminas aislantes de mineral de mica, filamentos calentadores de níquel, cables de cobre y enchufe, y carcasa de plástico—, y luego obtuvo todas las materias primas por sí mismo, extrayéndolas del suelo en canteras y minas.3 También buscó las técnicas metalúrgicas históricas más sencillas, empleando como referencia un texto del siglo XVI a fin de construir un rudimentario horno para fundir hierro, utilizando un cubo de basura metálico, carbón de barbacoa y un soplador de hojas como fuelle. El modelo terminado resulta satisfactoriamente primitivo, pero también grotescamente hermoso por derecho propio, y subraya con claridad el núcleo de nuestro problema.

Obviamente, incluso en uno de los escenarios apocalípticos extremos, los grupos de supervivientes no tendrían que hacerse autosuficientes de manera inmediata. Aunque la gran mayoría de la población sucumbiera a un virus agresivo, seguiría dejando tras de sí enormes recursos. Los supermercados seguirían estando abastecidos de abundantes alimentos, y una persona podría elegir un nuevo y flamante conjunto de ropa de diseño en los grandes almacenes ahora desiertos o sustraer del concesionario el coche deportivo con el que siempre había soñado. Si encontrara una mansión abandonada, rebuscando un poco no le resultaría demasiado difícil rescatar algunos generadores diésel portátiles para hacer funcionar la luz, la calefacción y los electrodomésticos. Bajo las gasolineras seguiría habiendo lagos de combustible subterráneos, suficientes para mantener en funcionamiento su nueva casa y su nuevo coche durante un período de tiempo significativo. De hecho, los pequeños grupos de supervivientes podrían vivir con bastante comodidad en la época inmediatamente posterior al apocalipsis. Durante un tiempo, la civilización podría seguir avanzando por la inercia de su propio impulso. Los supervivientes se encontrarían rodeados por una rica variedad de recursos a su libre disposición: un abundante Jardín del Edén.

Pero ese Jardín se pudriría.

El alimento, la ropa, las medicinas, la maquinaria y otras tecnologías inexorablemente se descompondrían, se estropearían, se deteriorarían y se degradarían con el tiempo. Los supervivientes solo contarían con un período de gracia. Con el desplome de la civilización y la repentina detención de procesos clave —obtención de materias primas, refinado y fabricación, transporte y distribución—, el reloj de arena se invertiría y su contenido se iría agotando de manera incesante. Lo que quedara no proporcionaría más que un parachoques de seguridad para aliviar la transición al momento en que hubiera que comenzar de nuevo al cultivo y la fabricación.

UN MANUAL DE REINICIO

El problema más profundo que afrontarían los supervivientes es que el conocimiento humano es colectivo y está distribuido entre toda la población. Ningún individuo sabe lo bastante para mantener en marcha los procesos vitales de la sociedad. Aunque sobreviviera un técnico cualificado de una fundición de acero, él solo conocería los detalles de su trabajo, no los subconjuntos de conocimiento que poseían los otros trabajadores de la fundición y que resultaban vitales para mantenerla en funcionamiento, por no hablar de cómo extraer el mineral de hierro o proporcionar electricidad para mantener la planta en marcha. La tecnología más visible que utilizamos diariamente es solo la punta de un enorme iceberg, no solo en el sentido de que se basa en una gran red fabri

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