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ADICCIóN (MEDIANOCHE 2)

Claudia Gray  

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Fragmento

Capítulo uno

La tormenta se desató a medianoche.

Oscuros nubarrones surcaron el cielo, ocultando las estrellas. Las rachas crecientes de viento congelaban mis sentidos mientras el pelo no dejaba de revolotear en mi frente. Me puse la capucha de la gabardina negra y metí la bandolera debajo.

Pese a la inminente tormenta, la noche aún no se había cernido del todo sobre los jardines de la Academia Medianoche. Mis esfuerzos serían en vano si no había una oscuridad completa. Los profesores del internado podían ver de noche y oír a través del viento; todos los vampiros lo hacían.

Por supuesto, en Medianoche los profesores no eran los únicos vampiros: cuando comenzara el curso al cabo de un par de días, llegarían los alumnos, la mayoría tan poderosos y viejos como los profesores.

Yo no era ni poderosa ni vieja, pero en cierto modo era un vampiro: hija de vampiros, estaba destinada a terminar siendo uno de ellos con sus propias ansias de sangre. Ya había logrado burlar la vigilancia de los profesores en otras ocasiones, confiando en mis poderes y en mi buena suerte. Pero aquella noche necesitaba la más absoluta oscuridad para pasar lo más desapercibida posible.

Supongo que estaba nerviosa por estar a punto de cometer mi primer allanamiento de morada.

La expresión «allanamiento de morada» da una idea equivocada, como si mi única intención fuera colarme en la cochera de la señora Bethany y ponerla patas arriba en busca de dinero, joyas o algo parecido, cuando tenía razones de más peso.

Empezaron a caer las primeras gotas y el cielo se oscureció todavía más. Eché a correr por los jardines, no sin antes lanzar unas cuantas miradas a las torres de piedra del internado. Mientras resbalaba por la hierba mojada en dirección a la cochera con tejado de cobre donde vivía la señora Bethany, las dudas comenzaron a asaltarme. «¿En serio vas a ser capaz de allanar su casa o cualquier otra, si ni siquiera te descargas música que no has pagado?». Me pareció casi surrealista meter la mano en la bandolera y sacar la tarjeta plastificada de la biblioteca para algo que no fuera llevarme libros en préstamo. Pero estaba decidida a hacerlo. La señora Bethany solo dormía fuera del internado dos o tres noches al año, lo cual significaba que no podía dejar escapar mi oportunidad. Inserté la tarjeta entre la puerta y el marco e intenté forzar la cerradura.

Al cabo de cinco minutos, seguía probando en vano con la tarjeta de la biblioteca, con las manos frías de sudor. En la tele aquella parte siempre parecía fácil. Los verdaderos ladrones podían forzar una cerra

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