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ADIOS, MUñECA (PHILIP MARLOWE 2)

Raymond Chandler

0


Fragmento

1

Era uno de los tramos mezclados de la Central Avenue: de los que todavía no están habitados enteramente por negros. Yo salía de una peluquería de tres sillones, donde una agencia creía que podía estar trabajando un peluquero de nombre Dimitrios Aleidis. Era un trabajo menor. Su esposa decía que estaba dispuesta a gastar algún dinero, no mucho, para hacerlo volver a casa.

Nunca lo encontré, pero la señora Aleidis tampoco me pagó nada.

Era un día caluroso, casi a finales de marzo, y me quedé en la puerta de la peluquería mirando el cartel de neón del local de juego y comida que había en el piso de arriba, el Florian’s. Otro hombre estaba mirando el cartel. Alzaba el rostro hacia las ventanas polvorientas con una expresión de fijeza extasiada, como un saludable inmigrante viendo por primera vez la estatua de la Libertad. Era un hombre corpulento, pero no medía más de un metro noventa y cinco de alto, ni era más ancho que un camión. Estaba a unos tres metros de mí. Le colgaban flojos los brazos, y un cigarrillo olvidado ardía entre sus dedos enormes.

Negros delgados y silenciosos pasaban en ambas direcciones, y le lanzaban rápidas miradas de soslayo. Valía la pena observarlo. Llevaba un sombrero borsalino arrugado, una chaqueta de sport, gris, de textura gruesa, con pelotas de golf blancas cosidas a modo de botones, una camisa parda, una corbata amarilla, unos pantalones de franela gris y unos zapatos de cocodrilo con explosiones blancas en las puntas. Del bolsillo alto de la chaqueta brotaba un vistoso pañuelo del mismo amarillo brillante de la corbata. Además, tenía un par de plumas de color en la banda del sombrero, pero en realidad no las necesitaba. Incluso en la Central Avenue, que no es la calle mejor vestida del mundo, podía pasar inadvertido como una tarántula en la papilla de un bebé.

Era de piel pálida y necesitaba un afeitado. Era de los que siempre necesitan un afeitado. Tenía el pelo negro rizado y las cejas pesadas que casi se reunían sobre su nariz gruesa. Las orejas, pequeñas y bien formadas para un hombre de ese tamaño, y los ojos tenían un brillo parecido al de las lágrimas, el mismo que suelen tener los de color gris. Estaba quieto como una estatua; al cabo de un largo rato, sonrió.

Caminó lentamente hacia la doble puerta batiente de la escalera que llevaba al piso superior. La abrió, y después de echar una mirada fría, sin expresión, a ambos lados de la calle, entró. Si hubiera sido un hombre menos grande, y hubiera estado vestido con más discreción, yo podría haber pensado que iba a cometer un atraco. Pero no con esa ropa, ni con ese sombrero, y ese ancho de hombros.

Las puertas se balancearon, y casi detuvieron su movimiento. Pero antes de que se detuvieran del todo, volvieron a abrirse, y con violencia, hacia fuera. Algo voló todo a lo ancho de la acera y aterrizó más allá del bordillo, entre dos coches aparcados. Aterrizó sobre las manos y las rodillas y soltó un sonido largo y agudo, como una rata acorralada. Se levantó lentamente, recuperó su sombrero caído y subió a la acera. Era un jovencito oscuro, delgado, de hombros estrechos, con un traje color lila y un clavel en la solapa. Tenía el cabello negro engominado. La boca seguía abierta, y el gemido se prolongó un momento más. La gente lo miraba de soslayo. Después se acomodó el sombrero con elegancia, se aproximó a la pared y, sin apartarse de ella, con los pies de lado, se alejó silenciosamente.

Silencio. La gente siguió pasando. Caminé hasta la doble puerta y me quedé frente a ella. Ahora estaba inmóvil. No era nada que me interesara. Así que empujé una hoja y miré adentro.

Una mano en la que habría podido sentarme salió de la penumbra, se apoderó de mi hombro y lo apretó hasta reducirlo a una pulpa. Tras lo cual la mano me hizo entrar y me alzó un escalón. La cara grande me miraba. Una voz grave y suave me dijo, tranquila:

—¿Son todos negros aquí? Explíqueme eso, amigo.

Estaba oscuro. Y silencioso. Desde arriba llegaban vagos sonidos humanos, pero nosotros estábamos solos en la escalera. El hombre corpulento me miraba con solemnidad y siguió destrozándome el hombro con la mano.

—Un antro de negros —dijo—. Lo he arrojado afuera. ¿Ha visto cómo lo he hecho volar?

Me soltó el hombro. El hueso no parecía roto, pero el brazo me había quedado entumecido.

—Es de esa clase de locales —le dije, frotándome el hombro—. ¿Qué esperaba?

—No diga eso, amigo —ronroneó suavemente el hombretón, como lo harían cuatro tigres después de la cena—. Velma trabajaba aquí. La pequeña Velma.

Volvió a tomarme el hombro. Traté de esquivarlo, pero era veloz como un gato. Volvió a masticarme los músculos un poco más con sus dedos de hierro.

—Sí —dijo—. La pequeña Velma. No la he visto en ocho años. ¿Usted dice que este antro es para negros?

Grazné que lo era.

Me alzó dos peldaños más. Me sacudí tratando de recuperar un mínimo de libertad de movimiento. No llevaba un revólver encima. La búsqueda de Dimitrios Aleidis no parecía exigir un arma. Y dudaba de que me hubiera servido de algo. El hombretón probablemente me lo habría quitado y se lo habría comido.

—Suba y véalo usted mismo —dije, tratando de que el dolor del hombro no se transparentara en la voz. Volvió a soltarme. Me miró con una especie de tristeza en sus ojos grises.

—Me siento bien —dijo—. No me gustaría que nadie se pasara de listo conmigo. Subamos usted y yo, y podemos tomar una copa juntos.

—No le servirán. Ya le he dicho que es para gente de color.

—No he visto a Velma en ocho años —dijo con su voz profunda y triste—. Ocho largos años desde que le dije adiós. En seis años no me ha escrito. Pero debe de tener sus motivos. Trabajaba aquí. Era linda. Subamos, los dos, ¿eh?

—De acuerdo —grité—. Iré con usted. Pero deje de cargarme. Déjeme caminar. Estoy bien. Ya crecí. Voy al baño solo y todo lo demás. Deje de cargarme.

—La pequeña Velma trabajaba aquí —dijo dulcemente. No me estaba escuchando. Subió por la escalera. Me dejó caminar. El hombro me dolía. Tenía la nuca húmeda.

2

Otro par de puertas batientes separaba la cima de la escalera de lo que hubiera más allá. El hombretón las abrió apoyando en ellas la punta de los dedos, y entramos. Era un salón largo y estrecho, no muy limpio, no muy iluminado, no muy alegre. En el rincón un grupo de negros cantaba y parloteaba alrededor de una mesa de juego, bajo un cono de luz. A lo largo de la pared de la derecha había una barra. El resto del salón estaba cubierto de mesitas redondas. Había unos pocos clientes, hombres y mujeres, todos negros.

Las voces en la mesa de juego se interrumpieron, y la luz que colgaba encima se sacudió. Hubo un súbito silencio, tan pesado como un bote lleno de agua. Todos los ojos nos enfocaban, ojos castaños colocados en rostros cuyo color iba del gris al negro profundo. Las cabezas giraban lentamente y los ojos que había en ellas brillaban y contemplaban en medio del silencio mortal y ajeno de otra raza.

Un negro corpulento, de cuello grueso, estaba inclinado contra el extremo de la barra, con ligas rosas en las mangas de la camisa y tirantes rosa y blanco cruzándole la espalda muy ancha. Era casi como si tuviera escrito encima que era el encargado de mantener el orden. Bajó al suelo los pies, lentamente, se volvió despacio y nos miró, abriendo las piernas y pasándose una lengua gorda por los labios. Tenía un rostro castigado, como si, excepción hecha de una bola de hierro de demoliciones, todo lo demás lo hubiera golpeado. Era un rostro aplastado, marcado, hinchado, apretado y azotado. Era un rostro que no tenía nada que temer. Ya le habían hecho todo lo que a uno pudiera ocurrírsele.

El cabello corto tenía un toque de gris. Una de las orejas había perdido su lóbulo.

El negro era ancho y pesado. Tenía grandes piernas pesadas, y parecían un tanto arqueadas, lo que es raro en un negro. Movió la lengua un poco más, sonrió y enderezó el cuerpo.

Vino hacia nosotros con el paso suelto y algo agazapado de un luchador. El hombretón lo esperaba en silencio.

El negro con las ligas rosas en los brazos puso una maciza mano parda contra el pecho del hombretón. Grande como era la mano, allí parecía un pasador de corbata. El hombretón no se movió. El matón sonrió con amabilidad.

—No es para blancos, hermano. Solo para gente de color. Lo siento.

El hombretón movió sus pequeños y tristes ojos grises y miró el salón a su alrededor. Sus mejillas se encendieron un poco.

—De negros —dijo irritado, en voz baja. La alzó—: ¿Dónde está Velma? —le preguntó al matón.

El matón no llegó a reírse. Estudió las ropas del hombretón, la camisa marrón y la corbata amarilla, la chaqueta gris con las pelotas de golf. Movió delicadamente la gruesa cabezota de un lado para otro, y estudió la indumentaria desde varios ángulos. Miró los zapatos de cocodrilo. Reprimió una risita. Parecía divertido. Yo lo lamenté un poco por él. Volvió a hablar con suavidad.

—¿Dijo Velma? No hay ninguna Velma aquí, hermano. No hay camareras, no hay chicas, no hay nada. Así que puede largarse, chico blanco, puede largarse nada más.

—Velma trabajaba aquí —dijo el hombretón. Habló casi soñadoramente, como si estuviera solo, en los bosques, recogiendo flores. Yo saqué el pañuelo y volví a secarme la nuca.

De pronto el matón rompió a reír.

—¡Seguro! —dijo, lanzándole una mirada a su público por encima del hombro—. Velma trabajaba aquí. Pero Velma ya no trabaja aquí. Se jubiló. Ja, ja.

—Sáqueme su garra de la camisa —dijo el hombretón.

El matón frunció el entrecejo. No estaba acostumbrado a que le hablaran así. Sacó la mano de la camisa y la cerró en un puño más o menos del tamaño y el color de una berenjena grande. Estaba en juego su trabajo, su reputación de duro, su imagen pública. Lo pensó un momento y cometió un error. Lanzó con toda su fuerza el puño, con un movimiento súbito del codo hacia fuera, y golpeó al hombretón en un lado de la mandíbula. Un trémulo suspiro recorrió el salón.

Fue un buen golpe. El hombro acompañó al brazo, y el cuerpo al hombro. El puño llevaba una enorme carga, y el hombre que lo manejaba había tenido mucha práctica. El hombretón no movió la cabeza más allá de unos dos centímetros. No trató de bloquear el golpe. Lo asimiló, sacudió ligeramente la cabeza, su garganta emitió un sonido tranquilo y tomó al matón por el cuello.

El matón trató de asestarle un golpe de rodilla en la entrepierna. El hombretón lo hizo girar en el aire y deslizó sus zapatos brillantes sobre el desgastado linóleo que cubría el suelo. Torció hacia atrás al matón y deslizó la mano derecha a la cintura de la víctima. El cinturón estalló como un cordel en un embutido. El hombretón puso su enorme manaza en la espalda del matón y empujó. Lo arrojó limpiamente al otro extremo del salón, vacilante y dando vueltas y agitando los brazos. Tres hombres saltaron para dejarlo pasar. El matón cayó sobre una mesa y la arrastró contra la pared, donde se derrumbó con un estruendo que debió de oírse hasta en Denver. Las piernas se le torcieron. Se quedó inmóvil.

—Hay tipos —dijo el hombretón— que no saben cuál es el momento de ponerse duros. —Se volvió hacia mí—. Sí —dijo—, usted y yo tomemos una copa.

Fuim

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