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AFRICANUS. EL HIJO DEL CóNSUL (TRILOGíA AFRICANUS 1)

Santiago Posteguillo  

4


Fragmento

Contenido

Agradecimientos

Proaemium

Dramatis personae

LIBRO I

     1 Una tarde de teatro

     2 El paso del estrecho

     3 El hijo del senador

     4 El triunfo de Fabio

     5 Un nuevo comerciante

     6 Amílcar

     7 Una lección de historia

     8 Una ciudad protegida por los dioses

     9 Nuevas miras

LIBRO II

     10 Un león enjaulado

     11 Un barco mercante

     12 El giro de la espada

     13 Una noche para la venganza

     14 Un ánfora vacía

     15 La lena de Roma

     16 El desafío de los carpetanos

     17 Los primeros debates

     18 El asedio

     19 De camino al Senado

     20 La torre móvil

     21 En el jardín

     22 La desesperación

     23 Cuerpo a cuerpo

     24 La declaración de guerra

     25 El nuevo cónsul de Roma

LIBRO III

     26 Rumbo a Italia

     27 Ante los

     28 El amanecer de la guerra

     29 El paso del Ródano

     30 Planos y planes

     31 Una villa romana

     32 Centinelas de la noche

     33 Los desfiladeros de la muerte

     34 Cayo Lelio

     35 La

     36 El hijo del cónsul

     37 Al encuentro de Aníbal

     38 La batalla de Tesino

     39 Un puente sobre el río

     40 El debate de los cónsules

     41 Un amanecer helado

     42 La noche más larga

     43 La batalla de Trebia

LIBRO IV

     44 Cneo en Hispania

     45 Ojos negros de mirada profunda

     46 El enemigo ciego

     47 Trasimeno

     48 Querida Emilia

     49 Un triste regreso

     50 La batalla naval

     51 La dictadura

     52 Sacrificios

     53 En el molino

     54 Un error inesperado

     55 Duelo de titanes

     56 En el foro

     57 Un abrazo de hermanos

     58 El principio del fin

LIBRO V

     59 El mayor ejército de Roma

     60 Cannae

     61 La caída del cónsul

     62 La retirada

     63 La deserción de los tribunos

     64 El molino y el teatro

     65 La defensa de Roma

     66 Maharbal y Aníbal

     67 El día más triste

     68 El juicio a los derrotados

     69 El viejo arcón

LIBRO VI

     70 A la luz de una vieja lámpara de aceite

     71 El reparto del mundo

     72 La unión de dos familias

     73 Una pelea nocturna

     74 El cuarto consulado

     75 Sífax

     76 En busca de Rufo

     77 Las Lupercalia

     78 Las profecías de Aníbal

LIBRO VII

     79 Las

     80 La tarde del estreno

     81 La agonía de Capua

     82 Un mensajero

     83 El destino de Aníbal

     84 Un nuevo

     85 El destino de Roma

     86 El Campo de Marte

     87 Imperium

     88 La biblioteca

LIBRO VIII

     89 Rumbo a Hispania

     90 Los augurios de Fabio

     91 Lucio Marcio Septimio

     92 Una tragicomedia

     93 El puerto de Tarraco

     94 Un plan imposible

     95 La larga marcha

     96 El plan de Fabio

     97 Cartago Nova

     98 Una noche en el lago

     99 El desasosiego de la creación

     100 Un agridulce amanecer

     101 La esperanza de Aníbal

     102 Los enemigos de Escipión

     103 Los encargos de Lelio

APÉNDICES

     I Glosario

     II Árbol genealógico de Publio Cornelio Escipión,

     III El alto mando cartaginés

     IV Listado de cónsules de Roma

     V Mapas

     VI Bibliografía

Notas

Agradecimientos

Gracias a todos los grandes historiadores clásicos y modernos por sus magníficos tratados y monografías sobre la antigua Roma sin cuya información esta obra nunca habría sido posible. Gracias a todo el equipo de Ediciones B, por la ilusión que han puesto en esta novela y su continuación; gracias en especial a Faustino Linares, Lucía Luengo, Verónica Fajardo, Carmen Romero y al magnífico equipo de diseño gráfico. También quiero agradecer a los comerciales de la editorial su esfuerzo en la distribución de Africanus para que el libro llegue cada vez a más sitios. Y muy en particular tengo que agradecer a todos aquellos lectores que bien mediante mensajes en mi página web, bien con mensajes en diferentes foros de Internet, me han animado a seguir escribiendo. Sus comentarios, en su mayoría elogiosos, en ocasiones críticos, pero siempre revestidos de un gran respeto, son el mayor estímulo que un escritor puede encontrar especialmente en aquellos momentos de desfallecimiento que, inexorablemente, aparecen durante la creación de una obra de esta envergadura.

Gracias a mis padres por quererme tanto y por aficionarme a la lectura y a mi familia por estar siempre conmigo. Y gracias a mis amigos por entenderme y apoyarme: A Salva por leerse y corregir con minuciosidad una primera versión de esta novela y animarme a que luchara por que esta obra se publicase, a José Javier, por no tomarme por loco mientras escribía (él sabe lo valioso de su opinión a este respecto pues es psiquiatra), y a Emilio y Pepe por resistir con paciencia (y alguna cerveza) mis interminables historias sobre la segunda guerra púnica con un apreciable interés.

E infinitas gracias a mi mujer por creer en mí primero como compañero y luego como escritor, creyendo en esta novela desde un principio, leyéndose, capítulo a capítulo, cada pedazo de la misma, sin desfallecer y con paciencia. Y un agradecimiento muy especial a nuestra pequeña hija Elsa, por comer bien, dormir mucho y llorar muy muy poco durante los meses finales de edición y corrección de las pruebas de esta obra de entretenimiento titulada Africanus, el hijo del cónsul.

AFRICANUS.pdf

Ingrata patria, ne ossa quidem mea habes

[Patria ingrata, ni siquiera tienes mis huesos.]

Epitafio en la tumba de Escipión, el Africano

M. VALERIUS MAXIMUS, 5, 3, 2B

Proaemium

A finales del siglo III antes de Cristo, Roma se encontró al borde de la destrucción total, a punto de ser aniquilada y arrasada por los ejércitos cartagineses al mando de uno de los mejores estrategas militares de todos los tiempos: Aníbal. Ningún general de Roma era capaz de doblegar a este todopoderoso enemigo, genial en el arte de la guerra y hábil político, que llegó hasta las mismas puertas de la ciudad del Tíber, habiendo pactado con el rey Filipo V de Macedonia la aniquilación de Roma como Estado y el reparto del mundo conocido entre las otras dos potencias mediterráneas: Cartago y Macedonia. La historia iba a ser escrita por los enemigos de Roma y la ciudad de las siete colinas no figuraría en ella, no tendría espacio ni en los libros ni en los anales que habrían de rememorar aquella guerra, aquel lejano tiempo; Roma apenas representaría unas breves líneas recordando una floreciente ciudad que finalmente sería recluida a sus murallas, sin voz en el mundo, sin flota, sin ejército, sin aliados; ése era su inexorable destino hasta que o bien la diosa Fortuna, o quizá el mismísimo Júpiter Óptimo Máximo o el puro azar intervinieron en el devenir de los hombres y las mujeres de aquel tiempo antiguo y surgió un solo hombre, alguien inesperado que no entraba en los cálculos de sus enemigos, un niño que habría de nacer en la tumultuosa Roma unos pocos años antes del estallido del conflicto bélico más terrible al que nunca se había enfrentado la ciudad; alguien que pronto alcanzaría el grado de tribuno, un joven oficial de las legiones que iniciaría un camino extraño y difícil, equivocado para muchos, que, sin embargo, cambió para siempre el curso de la historia, que transformó lo que debía ocurrir en lo que finalmente fue, creando los hechos que ahora conocemos como la génesis de un imperio y una civilización secular en el tiempo y en la historia del mundo. Aquel niño recibió el nombre de su progenitor, Publio Cornelio Escipión, que fuera cónsul de Roma durante el primer año de aquella guerra. Las hazañas de el hijo del cónsul alcanzaron tal magnitud que el pueblo, para distinguirlo del resto de los miembros de su familia, los Escipiones, le concedió un sobrenombre especial, un apelativo referente a uno de los territorios que conquistó, ganado con extremo valor en el campo de batalla y que lo acompañaría hasta el final de sus días: Africanus. Sería la primera vez que se honraba a un general con una distinción semejante, dando así origen a una nueva costumbre que en los siglos venideros heredarían otros cónsules preeminentes y, finalmente, los emperadores de Roma. Sin embargo, tanta gloria alimentó la envidia.

Ésta es su historia.

Dramatis personae

Publio Cornelio Escipión (padre), cónsul en el 218 a.C. y procónsul en Hispania

Pomponia, mujer de Publio Cornelio

Cneo Cornelio Escipión, hermano del anterior; cónsul en el 222 a.C. y procónsul en Hispania

Publio Cornelio Escipión (hijo), Africanus, hijo y sobrino de los cónsules mencionados arriba

Lucio Cornelio Escipión, hermano menor

Tíndaro, pedagogo griego, tutor de los Escipiones

Cayo Lelio, decurión de la caballería romana

Emilio Paulo (padre), cónsul en el 219 y 216 a.C.

Lucio Emilio Paulo, hijo de Emilio Paulo

Emilia Tercia, hija de Emilio Paulo

Quinto Fabio Máximo (padre), cónsul en el 233, 228, 215, 214, 209 a.C. y censor en el 230 a.C.

Quinto Fabio, hijo de Quinto Fabio Máximo

Marco Porcio Catón, protegido de Quinto Fabio Máximo

Sempronio Longo, cónsul en el 223 y 218 a.C.

Cayo Flaminio, cónsul en el 217 a.C.

Terencio Varrón, cónsul en el 216 a.C.

Cneo Servilio, cónsul en el 217 a.C.

Claudio Marcelo, cónsul en el 222, 215, 214, 210 y 208 a.C.

Claudio Nerón, procónsul

Minucio Rufo, jefe de la caballería

Lucio Marcio Septimio, centurión en Hispania

Quinto Terebelio, centurión en Hispania

Mario Juvencio Tala, centurión en Hispania

Sexto Digicio, oficial de la flota romana

Ilmo, pescador celtíbero

Tito Macio, tramoyista en el teatro, comerciante, legionario

Druso, legionario

Rufo, patrón de una compañía de teatro

Casca, patrón de una compañía de teatro

Praxíteles, traductor griego de obras de teatro

Marco, comerciante de telas

Amílcar Barca, padre de Aníbal, conquistador cartaginés de Hispania

Asdrúbal, yerno de Amílcar y su sucesor en el mando

Aníbal Barca, hijo mayor de Amílcar

Asdrúbal Barca, hermano menor de Aníbal

Magón Barca, hermano pequeño de Aníbal

Asdrúbal Giscón, general cartaginés

Himilcón, general en la batalla de Cannae

Magón, jefe de la guarnición de Qart Hadasht

Maharbal, general en jefe de la caballería cartaginesa

Sífax, rey de Numidia occidental

Masinisa, númida, general de caballería, hijo de Gaia, reina de Numidia oriental

Filipo V, rey de Macedonia

Filémeno, ciudadano de Tarento

Régulo, oficial brucio

Rey de Faros, rey depuesto por los romanos, consejero del rey Filipo V

LIBRO I

UNA FRÁGIL PAZ

Vel iniquissiman pacem iustissimo bello anteferrem.

[Preferiría la paz más inicua a la más justa de las guerras.]

CICERÓN,

Epistulae ad familiares, 6, 6, 5.

1

Una tarde de teatro

Roma.

Año 519 desde la fundación

de la ciudad. 235 a.C.

El senador Publio Cornelio Escipión caminaba por el foro. Llevaba el cabello corto, casi rasurado, tal y como era costumbre en su familia. A sus treinta años, andaba erguido, dejando a todos ver con claridad su rostro enjuto y serio, de facciones marcadas, en las que una mediana nariz y una frente sin ceño se abrían paso en silencio. Ese día iba a asistir a un gran acontecimiento en su vida, aunque en ese momento tenía la mente entretenida con otro suceso sobresaliente en Roma: Nevio estrenaba su primera obra de teatro. Apenas habían transcurrido cinco años desde que se había representado la primera obra de teatro en la ciudad, una tragedia de Livio Andrónico, a la que el senador no había dudado en acudir. Roma estaba dividida entre los que veían en el teatro una costumbre extranjera, desdeñable, fruto de influencias griegas que alteraban el normal devenir del pensamiento y el arte romano puros; y otros que, sin embargo, habían recibido estas primeras representaciones como un enorme salto adelante en la vida cultural de la ciudad. Quinto Fabio Máximo, un experimentado y temido senador, del que todos hablaban como un futuro próximo cónsul de la República, se encontraba entre los que observaban el fenómeno con temor y distancia. Por el contrario, el senador Publio Cornelio Escipión, ávido lector de obras griegas, conocedor de Menandro o Aristófanes, era, sin lugar a dudas, de los que constituían el favorable segundo grupo de opinión.

Publio Cornelio llegó junto a la estructura de madera que los ediles de Roma, encargados de organizar estas representaciones, ordenaban levantar periódicamente para albergar estas obras. Al ver el enjambre de vigas de madera sobre el que se sostenía la escena, no podía evitar sentir una profunda desolación. Pensar cuántas ciudades del Mediterráneo disfrutaban de inmensos teatros de piedra, construidos por los griegos, perfectamente diseñados para aprovechar la acústica de las laderas sobre las que se habían edificado. Tarento, Siracusa, Epidauro. Roma, en cambio, si bien crecía como ciudad al aumentar su poder y los territorios y poblaciones sobre los que ejercía su influencia, cuando se representaba una obra de teatro tenía que recurrir a un pobre y endeble escenario de madera alrededor del cual el público se veía obligado a permanecer de pie mientras duraba el espectáculo o a sentarse en incómodos taburetes que traían desde casa. Como consolación, el senador pensaba que, al menos ahora, ya había posibilidad de ver sobre la escena actores auténticos recreando la vida de personajes sobre los que él había leído tanto durante los últimos años. Una mano en el hombro, por la espalda, acompañada de una voz grave y potente que enseguida reconoció, interrumpió sus pensamientos.

—¡Aquí tenemos al senador taciturno por excelencia! —Cneo Cornelio Escipión abrazó a su hermano con fuerza—. Ya sabía yo que te encontraría por aquí. Venga, vamos a ver una obra de teatro, ¿no? A eso has venido.

—No esperaba verte por aquí hoy.

—Hombre, hermano mío. —Cneo hablaba en voz alta de forma que todos alrededor podían escucharle. Era un gigantón de dos metros que no necesitaba abrirse camino entre el tumulto de gente que se había agolpado en torno al recinto del teatro ya que, como por arte de magia, siempre se abría un pequeño sendero justo un par de metros antes de que llegara su persona. Cneo era más alto, más fuerte, menos serio y más complaciente en la mesa que su hermano, lo que quedaba reflejado en su incipiente barriga que los años de adiestramiento y empleo militar mantenían relativamente difuminada—. Tanto hablar del teatro, el teatro esto, el teatro aquello... me dije, vayamos a ver qué es eso del teatro y... bueno...

—¿Bueno qué?

—¡Y, por todos los dioses! ¡Si ese viejo remilgado de Fabio Máximo ha dicho que lo mejor que puede hacer un buen romano es no acudir a estas representaciones, pues eso era ya lo que me faltaba para decidirme a venir! ¡Que los dioses confundan a ese idiota!

—Así que eso es lo que anda diciendo Fabio —respondió Publio—. Interesante. Ya entiendo por qué hay tanta gente. Creo que con sus palabras ha conseguido que venga más gente que nunca. Hay que felicitarle. Estoy seguro de que los actores agradecerán tanto debate sobre sus representaciones. Parece que Fabio Máximo no entiende que si deseas que algo pase desapercibido lo mejor es no mencionarlo. Supongo que futuras generaciones irán aprendiendo esto. En cualquier caso, me alegro. Cuanta más gente vea estas cosas mejor. Quizá así consigamos que en Roma se construya alguna vez un teatro digno de representar a Aristófanes o Sófocles.

—No sé; no creo que esto del teatro llegue a interesar tanto como para levantar esos enormes edificios de piedra de los que siempre hablas. Si me dijeras para ver gladiadores o mimos, cosas que sí gustan, entonces quizá sí... Pero desde luego hoy aquí hay un gentío notable —concluyó oteando desde lo alto de su sobresaliente punto de observación.

Así, conversando, los dos hermanos entraron en el recinto. Se había hablado ya en más de una ocasión de la posibilidad de levantar también una estructura de madera frente a la escena que soportase unas gradas de forma que el público pudiera sentarse y disfrutar con más comodidad del espectáculo, pero, de momento, todo aquello no eran más que conjeturas. Sólo había algunos bancos en las primeras filas para las principales autoridades de la ciudad, los ediles y algunos senadores.

—Resultará complicado conseguir una posición más céntrica. Mejor nos quedamos aquí —comentó Publio.

Su hermano se giró y le miró sacudiendo la cabeza, como quien perdona la vida a alguien a quien aprecia mucho pero que sabe que está equivoca

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