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AGUAS OSCURAS

Claudia Gray  

5


Fragmento

Capítulo 1

«No es demasiado tarde para dar la vuelta», me digo.

Acosada por las miradas lascivas de un grupo de marineros, cruzo los brazos sobre el pecho y lamento lo gastado que está mi abrigo. Aunque los días son cálidos en primavera, por las noches refresca, y el viento afilado del mar atraviesa el delgado tejido como una cuchilla.

Las calles de Southampton se oscurecen con el paso de las horas, si bien es cierto que tanto edificio alto a mi alrededor no me permite ver el sol ni nada tan alentador. Habituados a los caminos de tierra de mi pueblo y los suelos lisos de Moorcliffe, mis pies tropiezan con los adoquines. Me considero una muchacha equilibrada, pero la novedad de la gente y de las cosas que me rodean me tiene desconcertada. La ciudad se me antoja un lugar peligroso, y su anochecer, más imponente que la medianoche en mi pueblo.

Podría dar la vuelta y regresar a la suite del hotel, donde aguardan mis señores. Podría decirles que la tienda estaba cerrada, que no me ha sido posible comprar los cordones. A la señorita Irene no le importaría; ella era la primera que no quería que saliera sola.

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Lady Regina, en cambio, se pondría furiosa, incluso por algo tan trivial como que no me hubiera sido posible comprar cordones de repuesto para el viaje. A la furia de lady Regina se sumaría el castigo de la señora Horne. Me da miedo caminar sola por la ciudad, pero más miedo me da que me despidan antes de llegar a América.

Así pues, yergo los hombros y aprieto el paso. Mi uniforme de criada —largo vestido negro con delantal blanco y gorro abombado de hilo— indica que soy una persona insignificante y de clase humilde, pero también que trabajo para una familia lo bastante adinerada para disponer de criados que les hagan los recados. Quizá eso me sirva de protección. Los hombres que encuentro a mi paso saben que estoy al servicio de gente distinguida y que, si algo me sucede, podrían disgustarse y exigir justicia.

Por fortuna, no conocen a lady Regina. Su única reacción a mi muerte sería la de irritación por tener que buscar a otra criada que entrase en mis uniformes para no verse obligada a pagarle unos nuevos.

Algo oscuro desciende en picado. Una gaviota, me digo, y agito el brazo para ahuyentarla. Esta tarde ha sido la primera vez que he visto una gaviota y ya detesto a esas criaturas estridentes y glotonas.

Pero no es una gaviota. Aunque la rapidez de su vuelo me impide verlo bien, distingo los ángulos cerrados de las alas y su raudo movimiento. Es un murciélago, creo. Aún peor. Me trae a la memoria las novelas góticas que leía a hurtadillas en la biblioteca de la familia Lisle: Frankestein, Drácula y Udolfo, relatos terroríficos que ad

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