Loading...

AHORA SABRéIS LO QUE ES CORRER

Dave Eggers  

0


Fragmento

Hablaba por teléfono con Hand, uno de mis dos mejores amigos, el que aún vive, y con el que planeaba emprender un viaje. Por aquel entonces había días buenos, semanas buenas incluso, cuando tanto él como yo fingíamos que la existencia de Jack nos parecía admisible, que su vida, aun truncada, había tenido sentido. Aquel no era uno de esos días. Al otro lado del auricular Hand percibía mi deambular nervioso y comprendía sus motivos. Así solía moverme cuando pensaba o planeaba algo: me frotaba los nudillos, una mano contra la otra, hacía crujir las articulaciones de los dedos con suavidad, sin ritmo, y rondaba del lado oeste del piso, donde corría y descorría el cerrojo de la puerta de la calle, al lado este, a la puerta corredera de cristal que daba a la terraza trasera, me asomaba rápidamente y volvía a cerrar. Hand oía sin hacer comentarios el traqueteo de la puerta rodando una y otra vez por el riel. Era un viernes por la tarde de un día glacial, y yo llevaba puestos los pantalones del pijama nuevo de franela azul, que por aquel entonces acostumbraba vestir a todas horas, tanto dentro como fuera de casa. Un alocado pajarillo de feculento color revoloteó hasta el comedero colgado del balcón de la terraza y picoteó el inmundo alpiste que yo mismo, en un acto irreflexivo del que empezaba a arrepentirme, había vertido en su interior; a aquellas aves apenas les quedaban días de vida y no me apetecía lo más mínimo ver cómo echaban a volar, y tampoco ser testigo de su muerte. La calefacción no se repartía por el edificio de modo uniforme ni equitativo, y a mi piso, en la esquina superior izquierda de la fachada trasera, apenas si llegaba el calor y, cuando lo hacía, era a ráfagas. Jack había muerto cinco meses atrás, con veintiséis años, y Hand y yo planeábamos emprender un viaje. Dos semanas antes, me habían propinado una brutal paliza en un guardamuebles de Oconomowoc –a decir verdad, la tunda no había tenido que ver con Jack ni con nada, o tal vez sí, tal vez de forma indirecta fuera culpa de Jack, y muy directa de Hand– y deseábamos poner tierra por medio. Yo tenía la cara y la espalda cubiertas de costras, un abrupto chichón en forma de pera en la coronilla y una importante suma de dinero que repartir, por eso nos íbamos. En el interior de la iglesia en ruinas que entonces era mi cabeza revoloteaban bandadas de murciélagos; sin embargo, solo de pensar en el viaje saltaba de la pesadumbre a la euforia.

–¿Cuándo? –preguntó Hand.

–De hoy en una semana –respondí.

–¿El diecisiete?

–Sí.

–Este diecisiete.

–Exacto.

–Joder.

–¿Puedes cogerte la semana de vacaciones?

–No lo sé –respondió Hand–. ¿Me dejas que te haga una pregunta tonta?

–¿Qué?

–¿Por qué no en verano?

–Porque no.

–O el otoño que viene.

–Venga, hombre.

–¿Qué?

–Si vamos ahora, pago yo –respondí.

Sabía que Hand diría que sí; en los últimos cinco meses ninguno de los dos se había negado a nada. Nos habían encargado recados bien difíciles, pero los habíamos cumplido todos.

–Además, me debes una –agregué.

–¿Qué? Por lo de… Hay que joderse. Está bien, tú ganas.

–Así me gusta.

–¿Y por cuántos días dices? –preguntó.

–¿Cuántos podrías cogerte?

–Una semana, creo.

Sabía que aceptaría. Si no hubiese conseguido esa semana de permiso, habría renunciado a su empleo. Hand se ganaba la vida con un trabajo medianamente decente como jefe de seguridad en un casino junto al río, bajo el Gateway Arch, aunque hubo un tiempo, cuando estudiábamos en el instituto y Hand ostentaba el título de segundo mejor nadador de todo Wisconsin, en que él daba por sentado que la gloria le acompañaría de por vida. Nunca volvió a vérsele tan centrado como en aquella época, pero luego empezó a picar en toda una serie de trabajos aquí y allá y aprendió algo de sonido, otro poco de alarmas de coches, del mercado de futuros relacionados con la meteorología (no miento, pero es una larga historia), de carpintería (de hecho, un trabajillo al alimón conmigo: el porche de una enorme mansión, un caserón de ensueño en el lago Geneva); puestos de trabajo de los que él se despedía en cuanto dejaba de aprender o veía su dignidad comprometida en lo más mínimo. O al menos eso decía.

–Pues una semana, entonces. Habrá que aprovecharla al máximo.

Yo residía en Chicago y Hand en Saint Louis, aunque ambos éramos originarios de Milwaukee o alrededores. En esa ciudad nacimos, con tres meses de diferencia; y nuestros padres jugaron juntos al béisbol, antes de que el mío se fuera de casa la primera vez y al suyo le diera por tocar la batería y vestirse con chalecos de cuero. Pero de nuestros padres nunca hablábamos.

Telefoneamos a las compañías aéreas que ofrecían billetes sencillos sin restricciones de kilometraje ni límite de escalas. Tales billetes te permitían viajar a todos los países que desearas siempre que los vuelos se efectuaran en una única dirección; incluso se podía dar la vuelta al mundo. Por lo general sueles disponer de doce meses para completar el circuito, pero Hand y yo tendríamos que conformarnos con una semana. Los billetes costaban tres mil dólares cada uno, cantidad fuera del alcance de personas como nosotros en circunstancias normales, pero haría cosa de un año, de la forma más inopinada, había caído en mis manos una importante suma de dinero por la que me sentía tan agradecido como sumido en un mar de confusión. Una confusión total y absoluta. Aunque en breve iba a desprenderme de aquel dinero, o de gran parte de él, convencido de que con esa purga vendría la claridad de juicio y de que el mejor modo de llevarla a cabo era un viaje relámpago alrededor del globo; dicho sea de paso, no sé qué me llevaría a asociar una cosa con otra. El caso es que calculamos poder dar la vuelta completa en una semana, saliendo desde Chicago, desde donde volaríamos primero, a ser posible, a Saskatchewan, luego a Mongolia, Yemen, Ruanda, Madagascar –estos dos últimos países quizá intercambiados–, y después Siberia, Groenlandia y vuelta a casa.

–Qué bien lo vamos a pasar –dijo Hand.

–De verdad.

–¿Cuánto dices que te quieres quitar de encima?

–Unos treinta y ocho mil dólares.

–¿Incluidos billetes de avión?

–Sí.

–O sea que en total soltaremos unos… ¿treinta y dos mil?

–Más o menos –respondí.

–¿Cómo piensas llevar el dinero? ¿En metálico?

–En cheques de viaje.

–¿Y quiénes serán los afortunados? –preguntó.

–Aún no lo sé. Una vez allí estará claro, supongo.

Volando siempre rumbo oeste, apenas perderíamos horas por el camino. Daríamos la vuelta al mundo en una semana sin problemas, con cinco paradas a lo largo del recorrido; la pérdida de horas quedaría en parte compensada a medida que atravesáramos, siempre en dirección oeste, los distintos husos horarios. Según nuestros cálculos, si volábamos sobre el círculo polar ártico, de Saskatchewan a Mongolia se perdían dos o tres horas a lo sumo. Viajaríamos en dirección contraria al movimiento de la Tierra, evitando las puestas de sol.

El itinerario sufrió continuas modificaciones a lo largo de los cuatro días que restaban para tomar la decisión final, tiempo durante el cual Hand y yo mantuvimos un continuo contacto telefónico, yo pertrechado con mi atlas de bolsillo plastificado y Hand con su globo terráqueo, un cachivache enorme, tamaño balón de playa, que dominaba la sala de estar de su casa y giraba dislocado sobre el eje desde que una madrugada Hand chocara contra él y este perdiera para siempre su esfericidad.

Este sería nuestro primer itinerario:

Chicago-Saskatchewan-Mongolia

Mongolia-Qatar

Qatar-Yemen

Yemen-Madagascar

Madagascar-Ruanda

Ruanda-San Francisco-Chicago.

Nos pareció el más interesante. Pero íbamos a pasar demasiado calor, parecía demasiado concentrado en una única latitud. El segundo itinerario, tras las modificaciones pertinentes:

Chicago-San Francisco-Mongolia

Mongolia-Yemen

Yemen-Madagascar

Madagascar-Groenlandia

Groenlandia-Saskatchewan

Saskatchewan-San Francisco-Chicago.

Así quedaba resuelto el problema del calor, si bien nos excedíamos por el otro lado. Aun manteniendo siempre rumbo oeste, necesitábamos más contrastes, más saltos atrás y adelante, y arriba y abajo.

Tercer itinerario:

Chicago-San Francisco-Micronesia

Micronesia-Mongolia

Mongolia-Madagascar

Madagascar-Ruanda

Ruanda-Groenlandia

Groenlandia-San Francisco-Chicago.

Este lo tenía todo: interés político, amplia oferta climatológica. Desde sendos domicilios, ambos nos dedicamos a recabar información sobre los diversos destinos en las páginas de internet que ofrecían la relación de vuelos y horarios.

Hand llamó por teléfono.

–¿Qué?

–La hemos cagado.

Había surgido un problema imprevisto con los horarios. Al introducir los destinos Hand reparó en que saliendo de San Francisco –la escala allí era obligatoria si partíamos de Chicago– llegaríamos a Mongolia no solo unas horas, sino dos días más tarde.

–¿Y eso cómo puede ser?

–Yo, que me he dado cuenta –respondió Hand.

–¿De qué?

–¿A que no sabes a qué se debe?

–No, ¿a qué?

–Yo te lo explico.

–Suéltalo de una vez.

–¿Preparado?

–Vete a la mierda.

–Se debe a la línea internacional de cambio de fecha –explicó Hand.

–No.

–Sí.

–¡La línea internacional de cambio de fecha!

–Sí.

–¡Pues que le den por culo a la línea! –exclamé.

–¿Así de fácil? –contestó Hand.

–Yo qué sé. ¿Qué línea es esa?

–A ver si te lo explico: Nueva Zelanda es el punto más extremo del planeta en cuanto a husos horarios. Ellos son los primeros en ver el inicio del año nuevo. Por esa razón, si al salir de Chicago tomamos rumbo oeste, nos ahorramos un montón de horas durante el trayecto. Sin embargo, una vez pasada Nueva Zelanda, lo que hacemos es ganar un día entero. ¡Veinticuatro horas!

–Lo que significa perder todo un día.

–Si saliéramos en miércoles, aterrizaríamos en viernes.

–Y aunque fuéramos rumbo oeste, no serviría de nada –observé.

–No, más bien de poco. Bueno, la verdad es que de nada.

Telefoneamos a una agencia de viajes. La chica nos tomó por imbéciles. Para dar la vuelta al mundo en una semana, rezongó, tendríamos que pasar el setenta por ciento del viaje en el aire. Por mucho que siguiéramos la trayectoria del sol, la hemorragia horaria a través del Pacífico no nos la quitaba nadie.

–Hay que ir dirección este –propuso Hand.

–O al este primero y luego al oeste –repuse.

–No se puede. Para que nos apliquen la tarifa, hay que volar siempre en la misma dirección.

Nuevo itinerario:

Chicago-Nueva York-Groenlandia

Groenlandia-Ruanda

Ruanda-Madagascar

Madagascar-Mongolia

Mongolia-Saskatchewan

Saskatchewan-Nueva York-Chicago.

–Pero entonces perdemos horas en todos los vuelos –observé–. Así vamos a tardar el doble en cada uno.

–Coño, es verdad.

–Quizá habrá que conformarse solo con cuatro países. O pasar menos tiempo en cada uno.

–Vaya rollo –replicó Hand–. Teniendo una semana entera como tenemos, sería de tontos no ir a Mongolia. Vaya mierda. ¿Desde cuándo son tan lentos los aviones?

Siguiente itinerario:

Chicago-Nueva York-Groenlandia

Groenlandia-Ruanda

Ruanda-Madagascar

Madagascar-Qatar

Qatar-Yemen

Yemen-Los Ángeles-Chicago.

Inconveniente: que entre Groenlandia y Ruanda no había conexión. Ni entre Ruanda y Madagascar.

–¡Qué mierda! –exclamé.

–Eso digo yo.

Y tampoco entre Madagascar y Qatar. En cambio, de Saskatchewan a Nueva York sí había servicio. Y de Mongolia a Saskatchewan también. Pero de Groenlandia a Ruanda, nada. Qué fastidio. ¿Por qué no había conexión entre Groenlandia y Ruanda? Casi todos los vuelos, incluido el de Ruanda a Madagascar, hacían escala en grandes urbes como París o Lo

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta