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AHORCADO

Daniel Cole  

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Fragmento

Prólogo

Miércoles, 6 de enero de 2016

9.52 h

—Dios no existe. Es un hecho.

La inspectora jefe Emily Baxter contempló su reflejo en el falso espejo de la sala de interrogatorios, esperando la reacción a esa impopular verdad por parte de quienes la escuchaban al otro lado del mismo.

Nada.

Tenía un aspecto terrible: parecía estar más cerca de la cincuentena que de los treinta y cinco años que tenía. Unos puntos ennegrecidos le fruncían el labio superior y se tensaban cada vez que sonreía, recordándole toda una serie de cosas que preferiría olvidar, tanto del pasado lejano como del más reciente. Los arañazos de la frente no había manera de que se le curasen, un vendaje le mantenía rígidos y juntos los dedos fracturados y tenía una docena más de heridas ocultas bajo la ropa húmeda.

Con una expresión deliberadamente aburrida, se volvió hacia los dos hombres que estaban sentados al otro lado de la mesa. Ninguno de ellos abrió la boca. Bostezó y empezó a toquetearse la larga melena castaña, pasando los pocos dedos operativos por unos mechones deslucidos y apelmazados después de tres días de champú seco. No le importaba lo más mínimo que su respuesta hubiera ofendido al agente especial Sinclair, el imponente y calvo estadounidense que en ese momento garabateaba algo en una hoja con un elaborado membrete en la parte superior.

Atkins, el oficial de enlace de la Policía Metropolitana, resultaba anodino al lado de ese extranjero vestido con impecable elegancia. Baxter se había pasado la mayor parte de los cincuenta minutos anteriores intentando adivinar de qué color debía de haber sido originalmente su descolorida camisa beis. Atkins llevaba la corbata con el nudo flojo, como si se la hubiese anudado al cuello un verdugo caritativo, y en su parte inferior se vislumbraba una mancha reciente de ketchup.

Atkins acabó aprovechando el silencio para meter baza:

—Eso habrá dado pie a una conversación de lo más interesante con el agente especial Rouche —señaló.

Le caía el sudor por la cabeza completamente afeitada, debido a las luces que tenían encima y al calefactor de la esquina, que lanzaba aire caliente y había transformado los cuatro grupos de pisadas con restos de nieve en un charco mugriento sobre el suelo de linóleo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Baxter.

—Me refiero a que según su expediente…

—¡A la mierda el expediente! —lo interrumpió Sinclair—. Yo trabajé con Rouche y sé por experiencia que era un cristiano devoto.

El estadounidense repasó la carpeta minuciosamente ordenada que tenía a la izquierda y extrajo un documento con anotaciones manuscritas de Baxter.

—Al igual que usted, de acuerdo con la solicitud para su actual cargo.

Clavó la mirada en Baxter, deleitándose en el hecho de que esa beligerante mujer se hubiera contradicho a sí misma, como si el equilibrio del mundo se hubiese restituido ahora que se había demostrado que ella compartía las creencias de él y simplemente había intentado provocarlo. Baxter, sin embargo, se mostraba imperturbable.

—He llegado a la conclusión de que, en líneas generales, la gente es idiota —respondió la aludida—, y muchos tienen la idea equivocada de que creer ciegamente y tener unos principios morales muy estrictos están relacionados de algún modo. En esencia, lo que yo quería era un aumento de sueldo.

Sinclair negó con la cabeza, indignado, como si no pudiese creerse lo que estaba oyendo.

—Entonces ¿mintió? Eso no dice mucho en favor de su apelación a los principios morales estrictos, ¿no le parece? —Esbozó una sonrisa y tomó algunas notas más.

Baxter se encogió de hombros y replicó:

—Pero dice muchísimo sobre creer ciegamente.

Sinclair dejó de sonreír.

—¿Hay algún motivo por el que intenta usted convertirme? —preguntó Baxter, incapaz de resistirse a pinchar a su interrogador hasta que este se puso en pie y se inclinó hacia ella.

—¡Inspectora jefe, ha muerto un hombre! —bramó.

Baxter no se amilanó.

—Han muerto un montón de personas… después de lo que ha sucedido —murmuró. Acto seguido añadió con malicia—: ¡Y por algún motivo ustedes parecen empeñados en hacer perder el tiempo a todo el mundo preocupándose por la única que merece haber muerto!

—Le estamos preguntando —la interrumpió Atkins, intentando calmar los ánimos— porque cerca del cadáver se encontraron pruebas… de naturaleza religiosa.

—Que cualquiera podría haber dejado allí —dijo Baxter.

Los dos hombres intercambiaron una mirada, de lo cual la inspectora jefe dedujo que le ocultaban algo.

—¿Tiene usted alguna información sobre el paradero actual del agente especial Rouche? —le preguntó Sinclair.

Baxter resopló.

—Por lo que yo sé, el agente Rouche está muerto.

—¿De verdad va a enrocarse en esa respuesta?

—Por lo que yo sé, el agente Rouche está muerto —repitió Baxter.

—Entonces vio usted su ca…

La doctora Preston-Hall, psiquiatra de la Policía Metropolitana y la cuarta persona sentada alrededor de la pequeña mesa metálica, se aclaró la garganta de forma ostentosa. Al captar la advertencia, Sinclair se calló. Se echó hacia atrás hasta apoyarse en el respaldo de la silla e hizo un gesto dirigido al espejo. Atkins garabateó algo en su desgastado cuaderno de notas y se lo deslizó por la mesa a la doctora Preston-Hall.

Era una mujer elegante recién entrada en la sesentena, cuyo caro perfume en ese momento tan solo hacía las veces de ambientador floral que, aun así, no lograba enmascarar el apabullante olor de los zapatos húmedos. Tenía un aire de autoridad que parecía natural y había dejado claro que interrumpiría el interrogatorio si consideraba que la recuperación de su paciente peligraba. Sin prisas, cogió el cuaderno manchado de café y leyó el mensaje con el aspecto de una profesora que hubiera interceptado una nota secreta.

Había permanecido en silencio casi una hora entera y era obvio que no sentía ninguna necesidad de romperlo ahora, de modo que respondió a Atkins sobre lo que este había escrito limitándose a negar con la cabeza.

—¿Qué pone? —preguntó Baxter.

La doctora Preston-Hall hizo caso omiso.

—¿Qué pone? —insistió la inspectora jefe. Se volvió hacia Sinclair y le dijo—: Haga su pregunta.

Sinclair se mostró indeciso.

—Haga su pregunta —repitió Baxter.

—¡Emily! —gritó la doctora—. Señor Sinclair, no diga ni una palabra.

—Puede decirlo —la retó Baxter, y su voz llenó la pequeña sala—. ¿La estación? ¿Quiere preguntarme por la estación?

—El interrogatorio ha terminado —anunció la doctora Pres­ton-Hall al tiempo que se ponía en pie.

—¡Pregúnteme! —vociferó Baxter por encima de la psiquiatra.

Impulsado por la sensación de que se le escapaba la última oportunidad de obtener respuestas, Sinclair decidió perseverar. Ya se preocuparía después por las consecuencias.

—Según su declaración, usted cree que el agente especial Rouche estaba entre los muertos.

Exasperada, la doctora Preston-Hall alzó las manos.

—Eso no es una pregunta —replicó Baxter.

—¿Vio su cadáver?

Por primera vez Sinclair tuvo la impresión de que Baxter flaqueaba, pero en lugar de sentirse satisfecho por su incomodidad, se sintió culpable. A Baxter se le pusieron los ojos vidriosos cuando la pregunta la obligó a regresar a la estación de metro, atrapándola momentáneamente en el pasado.

Se le quebró la voz cuando por fin susurró la respuesta:

—De haberlo visto, no lo habría reconocido, ¿no le parece?

Se produjo otro silencio tenso durante el que todos reflexionaron sobre lo inquietante que resultaba esa sencilla frase.

—¿Qué impresión le dio? —Atkins lanzó de forma abrupta la incompleta pregunta cuando el silencio se volvió insopor­table.

—¿Quién?

—Rouche.

—¿En qué sentido? —quiso saber Baxter.

—Me refiero a su estado emocional.

—¿Cuándo?

—La última vez que lo vio.

Baxter reflexionó unos instantes y sonrió con franqueza.

—Parecía aliviado.

—¿Aliviado?

Baxter asintió.

—Se diría que le tenía afecto —continuó Atkins.

—No especialmente. Era inteligente, un compañero competente…, pese a sus obvios defectos —añadió.

Sus grandes ojos castaños, que resaltaban gracias al maquillaje oscuro, observaban a Sinclair a la espera de su reacción. El agente especial se mordisqueó el labio y volvió a mirar el espejo como si maldijese a alguien situado detrás por asignarle una misión tan ardua.

Atkins decidió poner fin al interrogatorio. A esas alturas tenía sendas manchas de sudor en la zona de las axilas y no se había percatado de que tanto Baxter como la doctora Preston-Hall habían echado hacia atrás su respectiva silla con disimulo para distanciarse del olor que desprendía.

—Previamente había enviado usted a una unidad a rastrear la casa de Rouche —dijo.

—Así es.

—Entonces ¿no se fiaba de él?

—No.

—¿Y ahora considera que ya no le debe ningún tipo de lealtad?

—Ni la más mínima.

—¿Recuerda qué fue lo último que le dijo?

Baxter pareció inquietarse.

—¿Todavía no hemos terminado?

—Casi. Por favor, respóndame. —Atkins aguardó, con la punta del bolígrafo sobre el cuaderno.

—Quiero marcharme —dijo Baxter a la psiquiatra.

—Por supuesto —respondió de inmediato la doctora Preston-Hall.

—¿Hay algún motivo por el que no pueda responder primero a esa sencilla pregunta? —Las palabras de Sinclair atravesaron la sala como una acusación.

—De acuerdo —dijo Baxter, irritada—. Se la contestaré. —Se pensó la respuesta, se inclinó sobre la mesa y miró a los ojos al estadounidense—. Dios… no… existe —dijo con una sonrisa altiva.

Atkins dejó caer el bolígrafo sobre la mesa mientras Sinclair se levantaba tirando la silla metálica al suelo y, acto seguido, abandonaba la sala indignado.

—Buen trabajo —musitó Atkins, y suspiró—. Gracias por su colaboración, inspectora jefe. Ya hemos terminado.

Cinco semanas antes…

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Miércoles, 2 de diciembre de 2015

6.56 h

La superficie helada del río crujió y se resquebrajó como si se moviese en pleno sueño bajo la bulliciosa metrópolis. Varias embarcaciones atrapadas en el hielo y olvidadas allí estaban ya sepultadas bajo la nieve mientras el continente quedaba temporalmente unido a la isla en la que la ciudad se alzaba.

A medida que el amanecer se abría paso sobre el atestado horizonte y la luz anaranjada bañaba el puente, este proyectaba su austera sombra sobre el hielo que había debajo. En el imponente

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