Loading...

AIRE ENTRE LAS MANOS (AIRE Y VIENTO 1)

Marta Márquez Rodríguez  

0


Fragmento

PRÓLOGO

Ella tenía veinte años y nunca había conocido nada más que aquellas calles.

Todos los días eran exactamente iguales y, pese a su juventud, se había rendido ante la posibilidad de encontrar una nueva vida esperando tras alguna esquina.

No podía evitar sentirse como la extraña habitante de un mundo que no conocía y que tampoco la conocía a ella.

Fantaseaba a menudo con cómo hubiera sido su vida si hubiera nacido en otro momento, en otro lugar, pero sus fantasías siempre acababan dormidas bajo un manto de desesperanza.

No podía evitar sentir que, pese a su corta edad, la vida había dejado de tener sentido hacía mucho tiempo, quizá desde el mismo día que ella, a la que tanto había querido, se había marchado para no volver. Cuando se miraba en el espejo veía los mismos ojos que un día había visto en ella, pero había algo que los diferenciaba. Los suyos aparecían empañados por una tristeza que la acompañaba como un estigma del que no podía desprenderse.

Y en ocasiones aún seguía sorprendiéndose de tener tan solo veinte años. Veinte años.

Él tenía veintinueve años y sabía demasiado del mundo que lo envolvía. Había aprendido a correr antes de saber siquiera a andar; nadie le había enseñado a hacerlo.

Había vivido demasiado deprisa y aquello era algo que sus ojos no podían ocultar. Cuando se miraba en el espejo, se sorprendía ante la dureza que transmitían esos ojos negros, que algún día habían sido inocentes.

A menudo pensaba en cómo hubiera sido su vida si las cosas hubieran sido distintas, si hubiera escogido otros caminos, pero sabía que, aunque volviera a empezar una y otra vez, siempre acabaría cayendo en los mismos errores. Al fin y al cabo, nadie le había enseñado a vivir de otra manera.

Al contemplar de nuevo las calles que lo habían visto nacer, que lo habían acompañado en sus primeros pasos y que le habían enseñado a volar, un sentimiento agridulce se despertó en él.

Se alegraba de estar de vuelta y reunirse de nuevo con todos con los que había aprendido a despegar los pies del suelo, pero también le asustaba regresar a las estrechas calles sombrías que lo habían convertido en la persona que era, pues sabía que allí aquellos sueños, en los que había conseguido creer en algún momento, volverían a quedar dormidos bajo su colchón.

CAPÍTULO 1

Sara se despertó y miró el reloj con forma de luna que había sobre su mesita de noche. Eran las seis y cinco minutos. Como siempre, se había despertado antes de que sonara la alarma. Era algo que le sucedía desde que era una niña. Parecía que su cabeza tuviera un propio despertador interior.

Se frotó los ojos y miró hacia la ventana: aún era de noche. La luz de un par de farolas dibujaba sombras en el alféizar.

Se levantó despacio, sintiendo los ojos demasiado pesados, castigados bajo un peso invisible. Encendió la luz de la habitación y lo primero que vio fue su imagen reflejada en el gran espejo circular que estaba colgado de la pared. Tenía los ojos hinchados y bajo ellos se habían instalado unas ojeras azules que hacían su expresión un tanto abatida.

Salió al estrecho pasillo que separaba su habitación del cuarto de baño. Pese a que siempre intentaba evitarlo, su mirada se volvió hacia la pequeña sala de estar.

Allí estaba él, como casi todas las mañanas. En esta ocasión ni siquiera se había quitado los zapatos. Sara caminó hacia allí y no pudo evitar sentir una arcada que subía por su garganta cuando percibió el olor que emanaba de su cuerpo. El olor rancio y nauseabundo del alcohol. No tuvo demasiado cuidado al quitarle los viejos zapatos gastados; nunca lo tenía, pero no importaba porque casi nunca se despertaba. Le lanzó una última mirada cargada de rencor; pese a todas las veces que había tenido que enfrentarse a aquella imagen, no podía evitar que una nueva herida se abriera en su maltrecho corazón. Cerró los ojos con fuerza y se apoyó en la pared descolorida del pasillo. Necesitaba unos segundos para recomponerse.

Las calles se veían desiertas a aquella hora y la madrugada había traído un viento frío. Se subió la cremallera de su abrigo negro y comenzó a caminar en dirección al supermercado que había al final de la calle y en el que trabajaba desde hacía más de cuatro años, desde que hubo tenido edad suficiente para trabajar.

Su jornada como reponedora comenzaba a las siete y terminaba sobre las nueve, momento en que empezaba su cargo de cajera.

Sara estaba absorta colocando los productos de limpieza en el estante de la góndola cuando Juanjo se situó junto a ella. Era su encargado desde hacía unos meses y, desde ese momento, la joven había sentido repulsión hacia él. Con su abultada barriga, que casi podía verse intentando escapar entre los botones de su uniforme; con su limitado cabello, que pretendía inútilmente de simular bajo un peinado ridículo, y con sus ojos, que siempre parecían ansiosos, era el hombre más vomitivo que había conocido en su vida. Pese a sus escasas cualidades, se sentía el hombre más poderoso del mundo y trataba a sus empleados con despotismo y arrogancia. A todos menos a ella, con quien era aún peor. Era evidente que se sentía atraído por la joven y lo demostraba cada vez que se le presentaba la menor oportunidad. Lo único que ella podía hacer era ocultar su desprecio bajo una falsa sonrisa.

—Muy bien, Sara, lo estás haciendo muy bien.

La joven alzó la vista y lo primero que vio fue su sobresaliente barrigón; tuvo que contener una risa que amenazaba con escapar. No dijo nada; sonrió, como hacía siempre, y prosiguió con su tarea. Podía sentir sus ojos clavados en ella, una mirada que parecía querer traspasar su ropa.

—Quedan solo unos minutos para que termines tu turno de reponedora; si quieres, podemos ir a tomar un café antes de que empieces en caja. —Su voz, ronca y pastosa, era tan desagradable como el resto de su ser.

—Te lo agradezco, pero me tomaré el descanso más tarde, aún es pronto.

Él chascó la lengua y alzó una mano a modo de disculpa.

—Claro, podemos tomarlo más tarde, si lo prefieres.

La joven cerró los ojos y maldijo para sus adentros; no parecía captar nunca sus negativas.

—Sí, supongo —dijo y se puso de pie, mientras miraba su reloj de pulsera—. Ya son casi las nueve y media, voy a empezar a preparar mi caja. —Y se marchó lo más deprisa que pudo, sabiendo que él siempre aprovechaba aquel momento para recrearse en su trasero.

Se colocó tras la caja y comenzó a realizar todas las comprobaciones que hacía siempre a principios de semana. En unos minutos el supermercado estaría otra vez abierto al público.

—Buenos días. —La voz joven y dulce de Mateo la sobresaltó. Lo miró y una sonrisa, esta vez sincera y pura, se asomó a sus labios.

—Buenos días.

El chico le sacó la lengua en un gesto cariñoso y se apoyó en su caja.

—No sé cómo puedes aguantar levantarte todos los días a las seis de la mañana; yo me he levantado hace un rato y estoy destrozado.

Sara lanzó una carcajada. Mateo era tan divertido como perezoso. Trabajaba en la frutería desde hacía un par de años y era casi tan joven como ella. Siempre que lo veía no podía evitar sonreír; le divertía su cara de niño, su pelo rubio —cortado siempre a la última moda— y sus ojillos verdes, que eran tan traviesos como él.

—Mateo, ¿qué esperas?, llegas tarde.

La voz de Juanjo se escuchó desde el final del pasillo. Era evidente que le enfurecía la relación de amistad que unía a los jóvenes. En realidad, nadie del supermercado sentía la más mínima deferencia hacia él y, pese a que fingía que no le importaba, con sus miradas despectivas y con

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta