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AL ENCUENTRO DE LAS TRES MARíAS

Diego Fischer  

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Fragmento

Nota preliminar
¿Por qué una segunda edición?

Suele suceder que, cuando se publica un libro que aporta una nueva mirada sobre una personalidad, aparezcan documentos que hasta entonces dormían en una biblioteca y testimonios que eran parte del anecdotario de un reducido grupo. Ello es más frecuente aún si el texto está sustentado en una investigación periodística. AL ENCUENTRO DE LAS TRES MARÍAS no podía ser una excepción. Esta primera biografía de Juana de Ibarbourou se editó en agosto de 2008 y cuatro años más tarde —cuando se cumple el 120 aniversario de su nacimiento— vuelve en una segunda edición ampliada y enriquecida por el aporte de muchas personas.

AL ENCUENTRO DE LAS TRES MARÍAS sorprendió a la mayoría de sus lectores, quienes desconocían la verdadera vida de Juana y su prolífica obra, más allá de que en la escuela hayan recitado hasta el cansancio sus poemas «La higuera», «La hora» o «El vendedor de naranjas» y hayan leído algunos cuentos de Chico Carlo. Si aquella primera edición generó debates y charlas de café, esta segunda quizás los reinstale, ya que aporta nuevos elementos que permiten conocer y comprender con mayor profundidad a la mujer que vivió casi enclaustrada en su casa de la avenida 8 de Octubre los últimos treinta años de su larga vida, y prisionera de su hijo y completamente aislada del mundo en el mismo caserón desde 1975 hasta su muerte, ocurrida en julio de 1979.

«Poco a poco me ha ido ganado una hurañez, una necesidad de estar sola, invencibles», le escribió Juana a su amiga Esther de Cáceres en 1962, al enterarse de la muerte de un amigo en común. «Quisiera hablar de él con usted. ¿Por qué fui tan lejana queriéndolo tanto?. Ahora tengo, Esther, una desesperación sin límites. Lo he perdido irreparablemente y estoy tan sola que me siento morir». Esta es la Juana verdadera; la que tuvo amores prohibidos en el umbral de la vejez, sufrió violencia doméstica, padeció penurias materiales inimaginables y soportó en silencio el desprecio que muchos integrantes de la Generación del 45 le prodigaron.

Está también aquí la mujer resignada que, presionada por las circunstancias, aceptó que la dictadura cívico-militar que gobernaba el Uruguay en 1975 terminara sepultándola en vida con una condecoración infame, que aun muerta y hasta hace pocos años siguió pesándole en el recuerdo y la consideración de mucha gente más que toda su obra, estudiada hoy en las universidades de Harvard y Stanford.

AL ENCUENTRO DE LAS TRES MARÍAS ha provocado muchas reacciones. La mayor y más positiva fue la revalorización de Juana como poeta por una nueva generación de intelectuales uruguayos que, formada bajo las normas impuestas por la Generación del 45, también la había ignorado por considerarla una escritora menor. Provocó además que los jóvenes conocieran sus versos y que se reeditaran algunos de sus libros de poesía.

Con este libro y su versión teatral tuve la enorme fortuna de recorrer casi todo el país. Fueron decenas las ciudades y los pueblos a los que me invitaron a presentarlo. En ellos no faltó nunca un parroquiano que me contara una anécdota sobre Juana o me entregara alguna carta de ella, y hasta poemas de su puño y letra que a mi regreso a Montevideo comprobaba que estaban contenidos en sus Obras completas con pequeñas correcciones. En varios casos esos generosos aportes me exigieron investigar la veracidad de las historias que hombres y mujeres me contaban. Algunas pude corroborarlas con documentos y están en las páginas que siguen. Otras, ante la falta de sustento documental o de otras fuentes que puedan avalarlas, seguirán siendo hermosos recuerdos de quien me los contó.

Nada me resultó más enriquecedor que esas giras. En ellas comprobé que Juana sigue siendo el mayor mito y la más venerada leyenda de los uruguayos. Un mito y una leyenda al que ahora le hemos concedido el derecho de haber sido antes una mujer.

Diego Fischer Requena

Montevideo, 5 de febrero de 2012

Prólogo
Aquí está Juana

Hace quince años llegó a mis manos una carta que Juana de Ibarbourou le escribió a un médico uruguayo en 1952. El manuscrito de cuatro largas carillas fue para mí, y cre

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