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ALEACIóN DE LEY (NACIDOS DE LA BRUMA [MISTBORN] 4)

Brandon Sanderson  

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Fragmento

Contenido Dedicatoria Agradecimientos Prólogo 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 17 18 19 20 Epílogo Arns arcanum Lista de metales Sobre las tres artes metálicas

PARA JOSHUA BILMES

Que nunca teme decirme

qué hay de malo en un libro,

y luego pelea por ese mismo libro,

no importa quién más renuncie a él.

Agradecimientos

Creo que le sugerí por primera vez a mi editor la idea de una serie de novelas de Nacidos de la Bruma de épocas posteriores ya en 2006. Hacía tiempo que lo planeaba para Scadrial, el planeta donde tienen lugar estos libros. Quería alejarme de la idea de los mundos de fantasía como lugares estáticos, donde pasan milenios sin que la tecnología cambie jamás. El plan entonces era situar una segunda trilogía épica en una era urbana, y una tercera trilogía en el futuro, con la alomancia, la feruquimia y la hemalurgia como hilos comunes que las unieran.

Este libro no es parte de esa segunda trilogía. Es un desvío, algo emocionante que creció inesperadamente en mi planificación de hacia dónde debería ir el mundo. El objeto de contarles todo esto, sin embargo, es explicar que sería imposible hacer una lista de todas las personas que me han ayudado a lo largo de los años; en cambio, lo mejor que puedo hacer es mencionar a las maravillosas personas que me han ayudado con este libro en concreto.

Los lectores alfa incluyeron, como siempre, a mi agente, Joshua Bilmes, y a mi editor, Moshe Feder. De hecho, este libro está dedicado a Joshua. Profesionalmente, ha creído en mi trabajo más tiempo que nadie aparte de mi grupo de escritura. Ha sido un recurso maravilloso y un buen amigo.

Otros alfas fueron mi grupo de escritura: Ethan Skarstedt, Dan Wells, Alan y Jeanette Layton, Kaylynn ZoBell, Karen Ahlstrom, Ben y Danielle Olsen, Jordan Sanderson (más o menos) y Kathleen Dorsey. Finalmente, por supuesto, está el Inseparable Peter Ahlstrom, mi secretario y amigo, que hace todo tipo de cosas importantes para mis escritos y nunca recibe suficiente agradecimiento.

En Tor Books, mi agradecimiento a Irene Gallo, Justin Golenbock, Terry McGarry, y muchos otros a quienes no podría mencionar: todos desde Tom Doherty hasta el departamento de ventas. Gracias a todos por vuestro excelente trabajo. Una vez más, siento la necesidad de mostrar un agradecimiento especial a Paul Stevens, que hace mucho más de lo que yo podría esperar razonablemente en cuestión de ayuda y explicaciones.

Los lectores beta incluyeron a Jeff Creer y Dominique Nolan. Mi agradecimiento especial a Dom por su información referida a las armas y pistolas. Si alguna vez necesitan algo a lo que disparar adecuadamente, ya saben a quién llamar.

Fíjense en la bella portada de Chris McGrath, a quien pedí específicamente por su trabajo en la serie en rústica de Nacidos de la Bruma. Tanto Ben McSweeney como Isaac Stewart volvieron a proporcionar ilustraciones interiores para este libro, ya que su trabajo para El camino de los reyes fue simplemente asombroso. Siguen sorprendiendo. Ben también proporcionó ilustraciones igualmente asombrosas para el juego de rol de Nacidos de la Bruma recientemente publicado por Crafty Games. Comprueben en crafty-games.com, sobre todo si les interesa la historia del origen de Kelsier.

En último lugar me gustaría dar una vez más las gracias a Emily, mi maravillosa esposa, por su apoyo, sus comentarios y su amor.

Prólogo

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Wax se arrastró agazapado junto a la irregular verja, rozando con sus botas el seco suelo. Alzaba su Sterrion 36 sobre la cabeza, el largo y plateado cañón manchado de barro rojo. El revólver no era bonito a la vista, aunque el tambor de seis tiros estaba engarzado con tanto cuidado en el armazón de acero que solo había fluidez en sus líneas. No había ningún brillo en el metal ni ningún material exótico en la empuñadura. Pero encajaba en su mano como si estuviera hecho para estar allí.

La verja de apenas un metro de altura era endeble, la madera gastada por el tiempo, sujeta por ajados trozos de cuerda. Olía a edad. Incluso los gusanos habían renunciado a esta madera hacía tiempo.

Wax se asomó por encima de las tablas atadas, escrutando el pueblo vacío. Líneas azules flotaban en su campo de visión, extendiéndose desde su pecho para apuntar a fuentes cercanas de metal, un resultado de su alomancia. Quemar acero producía ese efecto: le permitía ver la localización de fuentes de metal, y luego empujar contra ellas si quería. Su peso contra el peso del objeto. Si era más pesado, era empujado hacia atrás. Si el más pesado era él, era impulsado hacia delante.

Sin embargo, en este caso, no empujó. Solo observó las líneas para ver si algún elemento de metal se movía. No lo hacía ninguno. Los clavos sujetaban los edificios, los casquillos de bala gastados yacían dispersos por el polvo, las herraduras se apilaban en la silenciosa herrería... todo estaba tan inmóvil como la vieja bomba manual plantada en el suelo a su derecha.

Cauteloso, también él permaneció quieto. El acero continuaba ardiendo confortablemente en su estómago, y, por eso, como precaución, empujó suavemente hacia fuera en todas direcciones. Era un truco que había aprendido a dominar hacía unos cuantos años: no empujaba ningún objeto de metal concreto, sino que creaba una especie de burbuja defensiva a su alrededor. Todo metal que viniera corriendo en su dirección sería desviado levemente de su rumbo.

Distaba de ser perfecto: todavía podían alcanzarlo. Pero los disparos se desviarían, sin dar en el sitio donde apuntaban. Le había salvado la vida en un par de ocasiones. Ni siquiera estaba seguro de cómo lo hacía: la alomancia a menudo era para él una cosa instintiva. De algún modo incluso conseguía eximir el metal que llevaba, y no empujaba su propia pistola para arrebatarla de sus manos.

Hecho esto, continuó avanzando por la verja, todavía observando las líneas de metal para asegurarse de que nadie lo seguía. Feltrel había sido en tiempos una población próspera. Eso fue veinte años atrás. Entonces un clan de koloss se asentó cerca. Las cosas no habían ido bien.

Hoy, la ciudad muerta parecía completamente vacía, aunque Wax sabía que no era así. Había venido persiguiendo a un psicópata. Y no era el único.

Se agarró a la parte superior de la verja y saltó, los pies rechinando sobre el barro rojo. Tras agazaparse, corrió hasta el lado de la vieja fragua. Sus ropas estaban terriblemente cubiertas de polvo, pero eran de buen paño: un bonito traje, un pañuelo plateado al cuello, chispeantes gemelos en las mangas de su elegante camisa blanca. Había cultivado un aspecto físico que parecía fuera de lugar, como si planeara asistir a un baile de gala en Elendel en vez de recorrer una población muerta en los Áridos a la caza de un asesino. Completando el conjunto, llevaba un sombrero hongo en la cabeza para protegerse del sol.

Un sonido: alguien había pisado una tabla al otro lado de la calle, haciéndola crujir. Fue tan débil que casi lo pasó por alto. Wax reaccionó de inmediato, avivando el acero que ardía dentro de su estómago. Empujó un grupo de clavos en la pared que tenía al lado justo cuando la detonación de un disparo hendía el aire.

Su súbito empujón hizo que la pared se sacudiera, los viejos clavos oxidados se tensaron. Se impulsó a un lado, y rodó por el suelo. Una línea azul apareció durante un parpadeo: la bala, que golpeó el suelo donde él se encontraba un momento antes. Mientras se incorporaba, se produjo un segundo disparo. Este llegó cerca, pero se desvió un pelo mientras se aproximaba a él.

Desviada por la burbuja de acero, la bala zumbó junto a su oído. Otra pulgada a la derecha, y la habría recibido en la frente, con burbuja de acero o no. Respirando con calma, alzó su Sterrion y apuntó al balcón del viejo hotel al otro lado de la calle, de donde había surgido el disparo. El balcón tenía delante el cartel del hotel, capaz de ocultar a un pistolero.

Wax disparó, luego empujó la bala, lanzándola con más fuerza para hacerla más rápida y más penetrante. No usaba las típicas balas de plomo o con chaqueta de plomo y cobre: necesitaba algo más fuerte.

La bala de gran calibre recubierta de acero alcanzó el balcón, y su poder extra hizo que atravesara la madera e hiriera al hombre que había detrás. La línea azul que conducía al arma del hombre tembló mientras caía. Wax se levantó despacio, sacudiéndose el polvo de la ropa. En ese momento otro estampido quebró el aire.

Maldijo, empujó de nuevo por reflejo contra los clavos, aunque sus instintos le decían que sería demasiado tarde. Cuando se oía un disparo, ya era demasiado tarde para que empujar sirviera de algo.

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta